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Cuando la señorita tiró mi pañal a la basura y buscó uno limpio en el cajón, se dio cuenta de que no quedaban.
-Vaya, qué descuido. Tendremos que ir al supermercado.
Yo estaba tumbado en la cama, desnudo salvo por la camiseta. Me puse colorado.
-Pero ¿qué pasará si me hago pipí?
-No te preocupes. Tengo por aquí unas braguitas de plástico del año pasado. Te irán bien por un rato. Pero… si te haces un super pipí de campeón, no aguantarán mucho.
-Como usted diga, señorita.
Dicho y hecho. Un minuto después apareció con las braguitas y un par de toallas del armario. Las dobló para que absorbieran lo más posible, las colocó entre mis piernas y me puso las braguitas. Me estaban algo ajustadas, la verdad, pero no lucían mal. Como los pantalones me quedaban algo grandes, los improvisados pañales no se notaban apenas. Con unas converse, quedó completo mi atuendo. Me miré al espejo: podía pasar por un chico de 28 años normal y corriente.
De camino al aparcamiento la señorita y yo echamos una carrera. Ella me tomó la delantera, tal ágil y rápida como siempre (y el día que intentéis escapar de su zapatilla, sabréis que digo la verdad). Yo, detrás, hacía lo que podía: me faltó poco para estrenar los pañales del esfuerzo.
En coche, tardamos unos diez minutos en llegar al supermercado y al bajar, retomamos el juego. Pero con tanta gente como pasaba, yo tenía ventaja: se me daba bien correr con obstáculos. Y, además, la señorita era demasiado distinguida como para ponerse a correr entre la gente. De modo que llegué mucho antes que ella a la puerta del supermercado y la vi venir hacia mí con paso firme y ese bamboleo al caminar que me deja con la boca abierta. Cualquiera que la hubiera visto así, tan erguida y formal, hubiera pensado que era la mujer más seria del mundo y que la última vez que besó a alguien debió ser a su abuelita en el lecho de muerte. Pero yo sé lo dulce y cariñosa que es conmigo en privado. Lo que me mima y me cuida. No os podéis imaginar cómo la quiero.
Por fin, llegó a la puerta y le dije:
-¡He ganado! ¡He ganado! -alargué los brazos para suplicarle un abrazo- Quiero mi premio, señorita. ¡Una medalla! ¡Un juguete! Por lo menos… -conté con los dedos- ¡cinco super besitos!
-Lo siento, mi amor, pero de premios no dijimos nada.
-Jo… Es verdad -no tengo muy buena memoria, aunque, según la señorita, depende de para qué-. Pues quiero por lo menos… ¡diez besitos normales!
-Bueno. Como ganador, tengo por lo menos uno para ti -dijo ella. Me tomó la cabeza entre las manos y, como premio de consolación, me dio uno bien fuerte en la frente-. Para que luego digan tus amigos que en lo único que eres un hacha es en hacerte pis encima.
-¡Bah, qué sabrán ellos!
-Venga, vamos, que tenemos prisa.
Entramos en el supermercado y nos dirigimos al pasillo de los pañales. No sé si sería por el ejercicio, por el aire acondicionado o por alguna otra razón desconocida, pero nada más poner el pie dentro, me entraron muchas ganas de hacer pipí. Tuve que caminar con las piernas más juntas y más despacio para que no se me escapara. La señorita me lanzó una mirada inquisitiva. Se sabía mis trucos para aguantar y también que no funcionaban bien.
-Aguanta un poquito…
El supermercado estaba a rebosar. Me pareció que habíamos tardado horas cuando por fin llegamos a la zona de los pañales. Yo seguía juntando mucho las piernas, porque no quería decepcionar a la señorita. Cuando por fin encontró un paquete de nuestra marca habitual, resultó que no había de mi talla. La seño llamó a una empleada -una chica joven, muy mona, con el pelo rubio recogido en una graciosa coleta y el mono del supermercado- y le pidió un paquete. Ella se ofreció a traerlo del almacén y antes de irse me miró como si me acusara de la cochinada que yo aún no había hecho. Se fue al almacén y yo, que tenía muchísimo calor, no pude aguantarme más.
-Oh, no…¡No!
En cuanto la perdí de vista, noté el pipí fluir por entre mis piernas, humedecer las toallas y desbordarse. Agaché la cabeza, avergonzado, con la sensación de que todo el que pasaba por allí iba a levantar un dedo para señalarme y decir: “Mira: ese señorito se está haciendo pis”. Cerré los ojos y recé para no mojar los pantalones y para que las braguitas ayudaran, pero no sirvió de nada. Cuando terminé de hacerme y me fijé, sendas líneas oscuras bajaban por la pernera de mis pantalones, como pintadas con acuarela por el dios de los meones. Odio las acuarelas.
Por supuesto, la señorita se había dado cuenta.
-Vaya por dios. ¿No puedes estar seco ni veinte minutos?
-Yo… Yo… lo siento. Lo siento mucho, señorita. Se me escapó. Perdóneme.
Vencí a duras penas la tentación de chuparme el dedo.
-Anda, será mejor que te quites el pantalón. Vaya pintas que llevas.
-Pero entonces todo el mundo me verá en braguitas y sabrá que…
-Si te quitas los pantalones disimularás el pipí, al menos. Venga, no me discutas.
Si algo sé de la señorita es que no es buena idea llevarle la contraria. Obedecí. Me ayudó a quitarme las converse y después, al ver que me demoraba con los pantalones, me hizo un gesto categórico para que me apoyara en la pared y de dos fuertes tirones me los quitó; casi diría que me los arrancó. Me quedé en braguitas en medio del pasillo de los pañales. Tenía las mejillas como ascuas y un par de lagrimones se columpiaban en las comisuras de mis ojos. El aire acondicionado enfriaba los rastros delatores del interior de mis piernas.
Justo entonces llegó la chica rubia con el paquete.
-Apuesto a que se ha hecho pipí -dijo-. Los nenitos, cuanto más monos, más meoncetes. ¿A que sí? -dijo, dirigiéndose a mí- ¿A que estás mojadito?
Me sorbí los mocos y aparté la cara. No le contesté. Con aguantar el llanto tenía suficiente. Estaba claro que a mi cuerpo, por muy atlético que fuera, se le daba mal retener líquidos. Notaba cómo las toallas, empapadas, tiraban de las braguitas hacia abajo.

-Dile algo, no seas maleducado.
-Bueno…Yo…Quiero decir… -tuve que callar para no echarme a llorar. Asentí con la cabeza. Una. Dos. Tres veces.
-Qué monada. ¿Es suyo?
-No, pero a estas alturas, prácticamente -la señorita cogió el paquete y lo puso en el carrito-. Muchas gracias.
-Vuelvan pronto. Tú también, ricura -y me tiró un beso.
La dejamos atrás y nos dirigimos a los baños. Yo apenas podía levantar la mirada. Solo veía los zapatos de la gente que venía hacia nosotros en dirección contraria. Esperaba alguna burla de un momento a otro. Un chascarrillo. Un comentario. Apreté la mano de la señorita muy fuerte y la miré de soslayo. Ella me acarició la cabeza. Sonrió. En sus ojos claros había una promesa de paz y tranquilidad: “No te preocupes, todo saldrá bien”.
Y, como la señorita nunca se equivoca, ocurrió algo increíble. Genial. En vez de reírse de mí, la gente pasaba junto a nosotros y nos hacía cumplidos.
-¡Pero qué nene más bueno!
-¿Vas con tu mami a que te cambie?
-¿Cómo te llamas, preciosidad?
Y cosas por el estilo. Nadie se burló ni se metió conmigo, aunque sí escuché chistar a la señorita un par de veces, quizá para pedir indulgencia a alguien. Lo único malo fue que también pasó un señor muy alto y guapo, y me llamó “campeón”, me dio una palmadita en el culete mojado e intercambió una mirada insinuante con la señorita. No me gustó nada esa mirada: a la señorita solo yo la miraba así. Aceleré el paso para alejarme de él cuanto antes. Casi tiraba yo de ella, en vez de al revés como suele ser habitual, (salvo cuando vamos al kiosco a comprar golosinas).
Al llegar al cambiador, nos metimos dentro y por fin estuvimos solos. Me enjugué las lágrimas, avergonzado, mientras la señorita me daba un fuerte abrazo para tranquilizarme. Yo ardía como si tuviera fiebre.
-¿Ves? – me dijo al oído-. No ha pasado nada. Todo el mundo te ha dicho lo mono que eres y lo bien que te quedan las braguitas.
Hice un puchero. El contacto físico con ella siempre tenía un efecto al mismo tiempo narcótico y excitante para mí. La señorita me dio unos cuantos besos en la mejilla y los fue contando uno tras otro.
-Uno: por ser tan mono. Dos: por ser tan obediente. Tres: por ser tan rápido. Cuatro: por subirte solo al cambiador…
Lo hice. El plástico estaba helado y me dio un escalofrío.
-Seño… Señorita… ¿Sabe una cosita?
-Dime, mi amor.
-La amo.
Y cuando la señorita, acto seguido, me quitó las braguitas y retiró las toallas, entendió perfectamente por qué le había dicho eso.
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