Historias ABDL: «Junto a la chimenea»

Primero, como siempre, las reglas

-¿Cuánto hacía que no nos veíamos, tía?

-No sé, desde antes de mi boda, creo.

-Menos mal que hemos recuperado el contacto. Pensaba que te habías ido al extranjero.

Ángela le sirvió a Lourdes otra copa. Después de tanto tiempo, las dos hubieran querido remojarlo, pero remojarlo de verdad. Salir de fiesta y todo eso, como habían hecho tantas veces en la universidad. Por desgracia, no podía ser.

-Nada. Al final nos quedamos. El nene no quería irse a los Estados Unidos y yo no estaba demasiado segura.

El nene -otros días era su marido Mateo, pero aquella tarde era su nenito- estaba sentado en la alfombra, jugando con unas piezas de Lego, sin más ropa que la camiseta del pijama y el pañal. Habían apartado la mesa para que pudiera hacerlo a la vista de las dos. Por precaución, más que nada. Tenían que estar pendientes del nenito. Qué hacía, qué no hacía, dónde estaba… Todo eso. Era bastante traviesillo y le gustaba esconderse por la casa. Aunque Ángela luego le reñía, él nunca escarmentaba, porque adoraba jugar con ella. Sí. El nenito adoraba a Ángela; de eso no había duda.

-Mírale -dijo Lourdes-. Qué mono y qué grande está. Y el pijama de animalitos es una pasada, le queda genial.

-Sí, la verdad es que es un bombón. ¿Me da un beso mi nenito bombón? ¿Quién me da un beso?

Cuando Ángela sonrió, Mateo se desentendió de la construcción de su nave espacial y la miró fijamente. Tenían una conexión especial y no necesitaban más que un gesto o una palabra para que esa conexión se manifestara. Mateo se quitó el chupete de la boca, se levantó y se arrojó en brazos de Ángela con los ojos cerrados y una expresión de felicidad incontrolable. Ángela sintió las manos del nenito recorrer su espalda y encontrarse en su cintura. Le correspondió, mientras Mateo le comía a besos la mejilla. Tuvo que reír: no podía evitarlo. Lourdes también rio.

-Hueles a galletas -dijo Ángela en voz baja- ¿has estado cogiendo dulces a escondidas otra vez?

-Qué travieso -dijo Lourdes-. Yo a mi chico no le consiento tanto.

Mateo se colgó del cuello de Ángela y los dos acabaron tumbados en el sofá. El nenito era más que grande y, de hecho, le sacaba una cabeza a su mujer.

-A ver, dime la verdad, mi pequeñín -le dijo Ángela-. ¿Has cogido galletas a escondidas?

Lo preguntó con esa voz melodiosa que se usa para regañar cuando aún no se está de veras enfadado. Mateo abrió la boca para decir algo, pero Ángela le introdujo el chupete en ella y no le dejó contestar. Él sacudió la cabeza: “No, no, no, yo soy muy bueno”.

-¿Seguro?

Con deliberada lentitud, consciente del efecto que iba a tener su gesto, Ángela se agachó, se sacó la zapatilla del pie derecho y se dio unos golpecitos en la palma de la otra mano. Tap. Tap Tap. Mateo abrió los ojos como un búho y volvió a negar con la cabeza, más veces y más rápido.

-Huy, huy, huy… aquí alguien va a terminar con el culito muuuuy rojo -dijo Lourdes, agitando la mano arriba y abajo.

-No me mientas, ¿eh?

Mateo se enfurruñó, se cruzó de brazos y les hurtó la mirada. Ángela tuvo la seguridad de que no mentía. Lo que le pasaba, probablemente, era que no le gustaba Lourdes. No es que se llevaran mal, es que Lourdes era mucho más severa que ella y la animaba a poner firme a Mateo cuanto antes. Y Mateo la escuchaba, claro. Hablar casi no hablaba -esas eran las reglas- pero no podía evitar escucharlo todo.

-Bueno, ve a jugar. Pero no te acerques a la chimenea, que te quedarás dormido.

-A esta hora es lo normal -dijo Lourdes-. ¿Cuál es el problema?

Ángela le dio un beso a Mateo, e hizo que se sentara junto a él. Pareció que él iba a protestar, pero ella le puso un dedo en los labios y se lo impidió. Tomándole de los pies, lo recostó sobre el sofá. Cuando las rodillas de Mateo reposaron sobre los muslos de Ángela, ella desabrochó las cintas. Mateo abrió un poco las piernas y se dejó hacer. Siempre se portaba bien en el cambio de pañal.

– ¡Sequito y limpito, mi campeón del espacio! -exclamó Ángela.

Mateo no se había hecho en toda la tarde. Ángela volvió a abrocharle y tironeó de él hasta que se puso en pie.

-Nada, siempre le pasa lo mismo. Abraza al osito, se queda dormido y se levanta con el pañal a reventar. Puede tirarse seco el día entero, pero como se duerma junto a la chimenea, acabo gastando un paquete entero de toallitas para cambiarle -Ángela cogió la copa que le alargaba su amiga y le dio a Mateo una palmadita en el trasero-. ¡Venga! Tú a jugar, pero que te veamos. Y nada de chimenea, ¿eh?

Mateo recogió su enorme oso de peluche de la alfombra, lo estrujó con un brazo y con el otro señaló a las llamas del hogar, que llevaba encendido desde después de la comida. Con el frío de fuera era necesario para caldear la casa, en la que hacía bastante calor. Ese calor acaramelado de las navidades que inspira los sueños más dulces. Que acaricia sin agobiar.

-No, no, no- dijo Ángela-. Nada de chimenea. Estás sequito y limpito como un niño mayor. ¿Es que quieres ensuciarte delante de la tía Lourdes?

Al nenito, quedarse dormido junto a la chimenea le gustaba más que chupetear y mordisquear los pezones de Ángela. Ella no le quería consentir eso: Mateo debía comprender que no siempre podía salirse con la suya. Si se dormía, iba a acabar embarrado hasta las trancas. Ángela no se extrañó cuando Mateo dio un fuerte pisotón. Y otro. Y otro. Y se puso a protestar. Y a gimotear. ¡Ya estaba liada!

«Mateo recogió su enorme oso de peluche de la alfombra…«

-¿Qué te pasa? ¿No me has oído? Venga, juega con las piezas y pórtate bien.

-Este sí que es buena pieza – Lourdes hizo un gesto de advertencia-. Un día de estos deberías dejarle con una canguro y salir conmigo por ahí.

Mateo se acercó a Lourdes y se volvió a quitar el chupete. La mirada que le dedicó a la mejor amiga de su mujer lo decía todo. Luego, dijo:

-¡No, no y no!

Por toda respuesta, Lourdes dio un sorbo a la copa mientras, por el rabillo del ojo, se fijaba en la reacción de Ángela, que fue la de dejarse caer en el sofá.

-Muy bien -dijo Ángela-. ¿Sabes lo que te digo, caprichoso? Duérmete si quieres. Pero como te despiertes sucio, me voy a enfadar. A enfadar de verdad. ¿Lo entiendes? ¡Hala!

El nenito sí que estaba un poco consentido: Ángela lo reconoció e hizo una mueca cuando Mateo alzó los brazos en señal de triunfo y salió correteando hasta el hogar. Allí abrazó a Azotitos (Mateo lo llamaba así porque muchas veces jugaba a castigarlo por portarse mal), y con el chupete entre los labios se hizo un ovillo y cerró los ojos.

Ángela y Lourdes llenaron las copas hasta arriba y brindaron. Dos veces. Después del segundo trago, Ángela suspiró:

-No sé, quizá tengas razón. Me tiene cogida la medida. Es que lo veo tan guapo, tan mono, con esa ropa y esos pañalitos estampados que no me sale ser estricta con él. Es… no sé cómo decirlo. Me lo como. Es lo mejor de ser esposa y lo mejor de ser madre, pero sin lo malo. Y sigue siendo una fiera en la cama.

-¿Para mojarla?

-No, boba -las dos amigas rieron-. Tú ya me entiendes.

-Sí, yo tampoco me quejo del mío, la verdad.

Charlaron durante largo rato. Se pusieron al día. Siempre habían estado muy unidas, pero desde que se habían casado con sus novios de la universidad habían perdido contacto. Gracias a las redes sociales se habían vuelto a localizar y habían descubierto que las dos tenían una relación muy especial con sus parejas. En el caso de Lourdes, de absoluta dominación y en el de Ángela… bueno. De devoción mutua, o algo así.

Se había formado entre ellos, en efecto, un vínculo especial, a base de cocinar sus vidas al fuego lenta y amorosamente. Los jueguecitos con pañales, chupetes y demás empezaron como una broma: una de estas tonterías que se ven en una página de internet y que se prueban más para hacer risas que por ganas. Luego la cosa fue escalando. Se normalizó y se infiltró en la rutina del día a día. Mateo le pedía que le pusiera pañales para dormir, o que le leyera cuentos infantiles. Ella llegaba del trabajo y necesitaba relajarse en brazos de él. Y después de unos años, ni Ángela ni Mateo querían pasar un solo día sin esas caricias y esos juegos. Las semanas pares, él se convertía en su nenito especial. Las impares, Ángela era su princesita. “Valiente, pero meona”, como decía él.

Ángela sonrió. No pudo evitarlo. No quiso evitarlo.

-¿Y eso? – preguntó Lourdes-. ¿En qué estás pensando? Te has puesto colorada.

-Nada, nada… Es solo que mañana es lunes y además cogemos vacaciones.

-¿Y? – Lourdes alzó las cejas-. ¡Ah, ya! Cambio de tercio, ja, ja. No sé cómo puede gustarte, tía.

-Es genial. De algún modo siento que estamos más unidos que nunca. Es… no sé. Mágico. Él no ha hecho ni hace esto con nadie más. Es una prueba de que confía en mí ciegamente. Y eso me toca el corazón. Joder, qué cursi… pero no sé explicarlo de otra manera.

Lourdes levantó los ojos hacia el cielo, como si lamentara algo. Ángela se sorprendió.

-¿Qué ocurre?

-¿Qué pasa? ¿No lo hueles?

¡Era de esperar! Ángela miró a Mateo, que dormía a pierna suelta, de espaldas y abrazado a Azotitos.  La parte trasera de su pañal estaba invadida por una mancha oscura que amenazaba con desbordarse. Y entonces lo olió. Vaya si lo olió. ¡Como para no olerlo!

-¡Mateo! ¡Guarro! ¡Despierta ya!

Pero el nenito estaba profundamente dormido y lo único que hizo fue darse la vuelta, ponerse el osito de almohada y seguir durmiendo. Lourdes contuvo la risa y cabeceó, para indicar a su amiga que lo tenía que haber previsto. Ángela se llevó las manos a la cabeza.

-¡Tú misma, tía!

-Pues sí. Yo misma. Y ahora mismo.

No le gustaba. Y a Mateo tampoco le iba a gustar. Pero había cosas que tenía que hacer por él. Saberle cuidar y saberle castigar era exactamente lo mismo. Ángela rara vez tenía que ponerle límites o reivindicar su autoridad de la forma que Lourdes le aconsejaba siempre: Mateo no era un nenito rebelde, sino cariñoso y soñador. Pero tocaba hacerlo.

En fin, cuanto antes mejor, pensó Ángela. Se sacó la zapatilla, esta vez con muchas menos ganas de broma y se encaminó al hogar. Fue entonces cuando ese vínculo íntimo volvió a manifestarse y Mateo abrió los ojos para verla de pie junto a él, con una mano en jarras, la otra empuñando la zapatilla y la mirada amenazante. Para quien mira desde el suelo y en pañales, todas las miradas lo son o pueden serlo.

Mateo levantó los brazos, suplicando un aúpa. Aún seguía medio dormido. Ángela chasqueó la lengua.

-Lo siento, mi amor. Mami te avisó.

Casi por azar Mateo se llevó la mano al culete y manoseó el pañal. El crujido sordo del plástico y el ruido de succión no dejaban lugar a dudas. Se había hecho cacota dormido. ¿Y entre las piernas? Igual o peor. El pañal ya no era blanco sino entre amarillo y marrón, y los animalitos estampados parecían mucho más tristones, anegados en pipí como estaban.

-Yo… Yo…-fue lo único que Mateo pudo decir al levantarse.

Ángela lo agarró de la mano, dio un tirón para atraerlo y con el primer zapatillazo -¡¡PLAAAS!!- Mateo puso los ojos en blanco. Intentó escapar, pero ya no podía. El segundo azote casi lo levantó del suelo: la cosa iba muy en serio. Quiso correr para apartarse del tercer mordisco pero la zapatilla de Ángela tenía hambre aquella noche. Hambre de culitos traviesos, como el de Mateo.

-¡Toma!¡Toma y toma! Así aprenderás a no hacer cochinadas delante de tía Lourdes. Mami te había avisado, ¿no? ¡Pues toma! ¡Toma! ¡Por desobediente!

Normalmente Ángela no recurría a esos métodos, pero estaba dispuesta a hacer una excepción. E hizo treinta excepciones como treinta soles, que fueron estampándose contra el trasero de su marido una detrás de otra. ¡ZAS! Mateo daba un indefenso saltito. ¡ZAS! Mateo sollozaba. ¡ZAS! Mateo decía: “¡No!” (pero sí). ¡ZAS! Mateo la llamaba “mala”. ¡ZAS! ¡ZAS!¡ZAS!

-¡Y esta por hacer la escena para que te dejara dormir! ¡Y esta por llamarme mala!

Cuando Ángela paró de zurrarle, Mateo lagrimeaba y se frotaba los ojos y el culete sucio: uno con cada mano. Con la vista en la alfombra llena de juguetes dio unos pasitos cortos hacia ella y sin atreverse a mirarla le tomó la mano desarmada. Ángela pensó que seguía estando muy guapo, aunque oliera a lo que olía, claro. El muy cochino. 

-Lo siento -murmuró Mateo-. Perdón. Perdón.

Y se echó a llorar otra vez, mucho más fuerte que con los zapatillazos. Ángela lo atrajo hacia sí, pero no para castigarle más sino para reconfortarle. Sin embargo, el temblor acompasado del cuerpo de su marido no se detenía por mucho que ella lo abrazase, le acariciase el pelo y le susurrara al oído que era su nenito, que lo amaba y que lo había hecho por su bien. Se sentía al mismo tiempo culpable y… ¿cómo decirlo? Extrañamente satisfecha. Incluso reconocía que se había puesto un poco cachonda. De no haber estado Lourdes en el sofá, además de las toallitas habrían necesitado condones.

Besó a Mateo. Lourdes, desde el sofá, aplaudía.

-¡Bravo! ¡Bravo! ¡Eso es marcar límites, tía!

Ángela buscó con la mirada el rostro de Mateo. Lo levantó entre sus manos. Tenía los ojos irritados, pero brillantes como canicas nuevas. Ángela sacó un pañuelo y le limpió los mocos.

-Te perdono, mi amor. ¿Cómo no te voy a perdonar?

-Mami… -dijo Mateo besándola en el cuello-. Mami, yo no quería.

-Yo tampoco. Estamos en paz. Y ahora…

-¿Sí?

Ángela se separó unos milímetros porque le había notado a Mateo algo muy duro debajo del pañal y solo podía ser una cosa. Ya estaba ella lo bastante cachonda como para ponerse más, aunque hay reacciones que, como esa, no se eligen. Tragó saliva; le supo a gloria y aún tenía más sed. Así que le susurró al oído a Mateo una de esas frases que a él siempre le gustaba oír:

-Tráeme las toallitas, cochinote.

Mientras veía cómo Mateo se dirigía al cuarto de baño, Ángela sonrió. Iban a necesitar más toallitas que nunca, porque su marido no podía estar más mojado que ella.

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