Antes de nada y como siempre, las normas de Historias ABDL.
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-Bueno, Martín. Y tú, ¿dónde te vas este año? ¿A la playa? ¿A la montaña?
Martín se quedó embobado, mirando cómo María daba vueltas al palito del café. ¿Dónde voy a ir?, pensó. Con Mami. Y notó una súbita tensión en el perineo, como un dulce pinchazo. Luego se acercó a la máquina, seleccionó “con leche”, “azúcar max” e introdujo una moneda en la ranura.
-Pues ya veré – dijo Martín-. Supongo que me iré a Marbella, que hay más ambiente.
-Ambiente, ambiente… Tú vas a lo que vas, ¿no, soltero de oro?
Después de casi veinte años trabajando juntos, María tenía derecho a tomarse ciertas libertades con Martín, el consejero delegado. Había entre ellos una gran confianza. Confianza que, en algunas épocas, a Martín le hubiera gustado convertir en algo más, pero María se había casado a los veintinueve con un tipo de esos que salían en las revistas de economía prediciendo crisis y más crisis.
-Joder, ¡pues claro! ¿A qué va uno a Marbella, si no? ¿De retiro espiritual? -Martín soltó una carcajada fanfarrona.
-Ah, no sé… dímelo tú.
¿Pasarse quince días en calcetines, onesies y pijamas con personajes de dibujos animados podía considerarse retiro espiritual? ¿Y jugar en una cerca de bebé tamaño adulto? ¿Y hacérselo todo encima? María no tenía ni idea de la verdad. Ella no sabía nada, ni podía saberlo. Ni lo sabría nunca ya.
Martín hizo un gesto ambiguo; lo mismo podía significar sexo o cualquier otra cosa. Sonrió.
-¿Y qué quieres que te diga?
-No sé, estos últimos años te pasas días sin responder al wasap ni coges el móvil de la empresa. Para ser un directivo, me parece desconectar demasiado.
¡Qué va! Lo que María no sabía es que los niños buenos -y Martín intentaba ser bueno, lo intentaba de verdad- no usan el móvil, porque es de mayores. Por eso nunca deben tocar el móvil de Mami, ni jugar con él, ni tampoco con ningún otro. Una vez, Martín se había hecho unas fotos vestido como más le gustaba, recién cambiado y con el pañal limpio, pero a Mami le había parecido una travesura imperdonable y le había propinado tal zurra que Martín había perdido la cuenta de los palmetazos a los ciento veinte. Justo los que había aguantado antes de echarse a berrear sobre las rodillas de Mami como si no hubiera un mañana. O, en palabras de Mami: “como el cochino y desobediente que eres”.
-Es la política que yo mismo he implantado en la empresa -dijo Martín-. Estaría bueno que no la respetase.
Según Mami, eso de que era consejero delegado de una gran empresa eran puras fantasías, alimentadas por un exceso de televisión y videojuegos, que ella le tenía estrictamente prohibidos. Mami no se cansaba de repetirlo. ¿Qué era entonces? Un niño malcriado, travieso y desobediente, que tenía que aprender modales, fuera como fuese. Solo así podría ser algo en la vida.
Eso de ser algo en la vida a Martín siempre le había sonado muy enigmático. Hasta que, con treinta y cinco años, poco después de ser nombrado consejero, volvió a mojar la cama, como cuando era pequeño. Una noche tras otra, se levantaba en medio de cercos fríos y amarillentos, cuyo olor agrio le traía de vuelta recuerdos nada agradables de su niñez. Y así, a los treinta y cinco, supo de veras lo que sería y era en la vida: un meón. Mami siempre decía que mucha gente tardaba una eternidad en descubrirlo, y que Martín tenía suerte de haberlo hecho en la treintena.
-Ya, hombre, pero no sé…- María dio otro sorbo al café-. Antes te ponías tan exigente con lo de la disponibilidad, que… ¡menudo cambio!
¿Disponibilidad? Martín lo sabía todo sobre disponibilidad. Cuando Mami le decía que tocaba chequear el pañal, apenas tenía unos segundos para acercarse, estuviera donde estuviese, abrir un poquito las piernas y permitir que Mami le palpara entre ellas. A la hora de comer, más le valía estar en la sillita cuando Mami trajera la papilla si no quería, también en palabras de Mami, “comer caliente”. Cuando se le escapaba algún taco (cosa que ocurría a menudo, por cierto), tenía que acompañar al baño a Mami, en donde ella le lavaba la boca con jabón, y luego lo llevaba de la oreja hasta el rincón de pensar. Y, si Mami decía que había que cambiar el pañal, daba igual lo que estuviera haciendo: cuentos, cubos, cochecitos, peluches, siesta… ¡Daba igual! Tenía que ir a por las toallitas al baño, tumbarse sobre la manta y cuando Mami se inclinara hacia él, acercarle las toallitas, darle un beso y decir siempre la misma frase: “Gracias por limpiar mi culito cochino, Mami”. O eso, o no había pañal limpio. Y volar de Barcelona a Sidney con el culo escocido por haber estado dos días enteros con el mismo pañal, era algo que Martín no quería volver a experimentar. Ni la horrible vergüenza de tener que ponerse cremita a escondidas, en el baño del avión, mientras el espejo le devolvía la imagen de lo que, si Mami hubiera estado allí, habría descrito como “melocotón con crema”.
-Los tiempos cambian. Ya no soy ese joven con ideales que entraba en la empresa a comerse el mundo, ¿no?
María negó con la cabeza y se rio. Martín adoraba esa risa. Dios, cómo la adoraba.
-Mira que eres tonto, de verdad. Ni que tuvieras ochenta palos.
¿Palos? Sí. Además de los de golf, tenía otros. Mami usaba todos para lo mismo y hasta les había puesto nombres. Los de cada una de las mujeres que Martín no había sido capaz de conservar. La paleta de caoba -los ricos son ricos- con la que había recibido alguna de las azotainas más contundentes, se llamaba “María”, de hecho. También estaban “Nerea” (aunque Martín opinaba que no era un buen nombre para un bastón), “Marta” (que estaba adornado con la cola de una marta de las de verdad) y “Núria” (que más que palo era una fusta en toda regla y, además, de color rosa). Sí. Martín tenía palos para dar y -sobre todo- recibir.

-No, mujer, pero no somos jovencitos, hay que ir pensando en dar ejemplo.
Qué mentiroso. Pues claro que era un jovencito. Mami le tenía prohibido mentir y si se enteraba de una mentira tan grande, el castigo iba a ser sonado. Sentido. Martín se la imaginó entrando en el comedor de la empresa justo en ese mismo momento y se estremeció. Mami era perfectamente capaz de castigarle en público. Una vez lo había hecho, en la playa; menos mal que a las nueve de la mañana no suele haber mucha gente todavía y la tenían toda para ellos. Es lo que tiene. Mami te pregunta si has metido en tu mochila la crema solar, tú se lo prometes y luego resulta que no está ahí. Entonces, Mami se enfada mucho y te dice: “Prepara el culo ahora mismo. Y ven, que te quito el dodotis”.
-Bueno, yo creo que estamos en nuestro mejor momento -dijo María.
Martín se dio cuenta de que les quedaba poco café y sintió una asfixiante congoja al saber que no volvería a ver a María en los siguientes quince días de vacaciones. Menos mal que Mami le había dicho que los hombres no lloran y estaba acostumbrado a aguantar, porque de lo contrario, se habría puesto de rodillas y le habría suplicado a María que se viniera con él. Deseaba más que nada en el mundo estar con ella. A menudo pensaba en María cuando se masturbaba por las noches en su gigantesco apartamento de Pedralbes, en el que solo entraban él, las chicas de la limpieza y Mami.
-¡Brindo por este buen momento!
-¡Por el buen momento! -dijo Martín, alzando el vaso.
Tenía prohibido también tomar café. El café es una bebida de mayores. Los niños beben zumo, leche, agua y poco más. Si beben cualquier otra cosa, es muy importante que sus Mamis lo sepan cuanto antes, para que puedan darles la medicina. Y Mami le daba a Martín una medicina que, a los diez minutos de entrar, obligaba a todo lo demás a salir. No se podía decir que por la puerta grande, pero desde luego salía a chorro. Martín no era quién a aguantarse ni unos segundos cuando llegaba la “cacarata” como Mami la llamaba. Dejaba sus juguetes, se levantaba de un salto, pero ya llegaba a la puerta del baño -siempre cerrada- con el pañal completamente lleno. Los ruiditos que iba haciendo por el pasillo le daban más vergüenza que ninguna otra cosa, porque a Mami, a veces, le hacían gracia. A Martín, no tanta. Sobre todo cuando, al volver a la alfombra y sentarse -rojo de vergüenza y sintiéndose fracasado- se le salía algún chorrito y acababa manchándola de caca. A Mami no le gustaba nada eso, por lo que Martín escondía las manchas poniéndoles encima los cubos o los peluches. Luego, solo quedaba esperar que Mami no se diera cuenta del truco. Porque si se daba… ¡Huy, si se daba!
-Buenas vacaciones, Martín. Nos vemos.
Se dieron dos cordiales besos. Lo habitual. Martín vio venir la boca de María hacia la suya como un condenado que, de camino al infierno, ve pasar un ángel y no se atreve a pedir ayuda.
-Igualmente, María. Pásalo bien.
-¡Vacaciones!- volvió a decir ella. El resto de los compañeros, que se reunían en torno a las diferentes mesas del comedor, contestaron con la misma palabra.
¿Vacaciones? No, Martín no tenía vacaciones. Nunca volvería a tenerlas. Mami, que era toda una experta en inventarse palabras, les había puesto un nombre mucho más acorde con lo que Martín hacía en ellas. Con lo que llevaba haciendo los últimos doce años. Desde la boda de María.
–Cacaciones -dijo en voz baja.
Menos mal que mami era muy severa, pero también muy previsora. Y no le dejaba salir de casa sin la jaulita de castidad puesta, porque los niños buenos tampoco tienen erecciones. Eso sí que es de mayores. Y Martín no era mayor, ni consejero de un gigante tecnológico, ni un hombre rico, fuerte, respetado, de cuarenta y dos años, con dos casas, un apartamento, dos coches y una cuenta bancaria en la que no cabía un euro más.
Era un meón, que debía ser corregido para hacer de él alguien de provecho.
Un meón a punto de irse de cacaciones. Con Mami.