Hola, gentecilla, ¿cómo va eso? Espero que bien, porque escribo esto un viernes por la noche y los viernes por la noche todo tiene que ser bien 😉. Todo bien… salvo que no tengo sueño. Así que aquí ando, y no sé si conseguiré que me entre el sueño o si, al tener que hacer el esfuerzo, ocurrirá justo lo contrario. Bueno, si me han dado las tantas cuando termine, os lo digo al final.
Esta entrada va a ser un poco especial. Un poco más íntima (que no personal) y más introspectiva que de costumbre. También va a ser, me parece, de las más largas, porque quiero intentar explicar algo que ha menudo me han preguntado y que suele ser objeto de especial curiosidad para las personas que, desde fuera, se asoman un poquito al mundo del BDSM. Y si me queda un poco pedante, os pido disculpas: ¡la culpa es del insomnio!

“Dame a beber el fluido que desintegra / y proporcióname el dulce bálsamo y la bendición / del olvido, vacío y fuerte / Leteo / Oh…Leteo!”
Haciendo memoria -sin tirar de agenda ni nada-, me he dado cuenta de que hace ya mucho tiempo, más de tres meses, que navego por las tibias aguas del Leteo, pero no me sumerjo ni bebo de ellas. No os asustéis por el ramalazo greco-pretencioso; no me he vuelto catedrático de Filología Clásica así, súbitamente (“canta, oh, musa, la cólera del pélida Aquiles”… y ya de paso haz la cena, etc.).
No adelantemos acontecimientos. Empecemos por el principio.
Hemos hablado varias veces del mundo BDSM y de su relación con las prácticas ABDL, que con carácter general se consideran englobadas en él. Sin embargo, nunca hemos dedicado una entrada completa a hablar de sexualidad BDSM y algún día -noche- tenía que ser el primero. Hoy es ese día.
A todos los que alguna vez hemos reconocido -o simplemente mencionado- que practicamos o hemos practicado BDSM nos han preguntado las mismas cosas: “¿Pero tú que sientes?”, “¿Pero cómo lo haces?”, “¿Pero cómo eres capaz de hacer daño a tu pareja?”, “¿No te da miedo? ¿No es peligroso?”. Etc, etc.
Para alguien que no haya tenido nunca nada que ver con el estilo de vida BDSM (que lo es; aunque hoy en día esté de moda llamar estilo de vida a cualquier cosa), asomarse un poquito a él puede ser, además de intimidante, engañoso. Por un lado está la ingente cantidad de parafernalia y de atrezzo que rodea con frecuencia al BDSM y, por otro, el acercamiento -aun a título meramente informativo- a alguna de sus prácticas más extremas puede causar una fuerte impresión que en poco o nada se corresponde con lo que el BDSM es. Al menos con lo que yo creo que es. Y como este es mi Skattergories, pues…
Estas personas poco informadas o sin experiencia caen en el mismo error -o cualquiera de sus variantes- a menudo: confundir continente con contenido y creer que el BDSM consiste en vestirse de formas estrafalarias y en hacer daño a otra persona. No seré yo, desde luego, quien critique o niegue el derecho de nadie a practicar el BDSM -o el macramé- como le dé la gana, siempre que lo haga de un modo consensuado, respetuoso y entre adultos responsables. A lo que me refiero es a que bajo la mera superficie -lo que se ve- se revuelve y predomina algo muchísimo más importante -lo que se siente- donde no llega, literalmente, la luz del sol. Ni los prejuicios.
Vamos a intentarlo con una metáfora sencilla. Para una persona muy religiosa y con verdadera fe cristiana ¿qué es lo más importante de ir a misa? ¿Las retahílas? No creo. ¿Los trajes del domingo? Qué va. ¿El retablo con el Cristo ensangrentado? Imposible. ¿Las plegarias del cura? Difícilmente. ¿Los temazos tipo ”Señooooor, has venido a la orillaaaaaa”? Lo dudo, aunque cuando uno ha escuchado barritar a tantas feligresas como yo, no puede descartarse. Bromas aparte, lo que de veras cuenta es el significado. Algo más profundo y personal que no puede encapsularse ni mucho menos reducirse a un puñado de objetos, y cuya trascendencia, en realidad, no tiene nada que ver con lo físico, sino con lo mental y espiritual.
En el BDSM pasa exactamente lo mismo. Lo físico es meramente accesorio. La mente y el espíritu son lo que de veras cuenta. En pocas palabras: las máscaras, las ataduras, las cadenas, los collares, las jaulas… Todo eso importa una puta mierda. Es, en el mejor de los casos, pura anécdota. Pura accidentalidad.
El BDSM no va de dolor, sino de devoción. De liberación. De búsquedas. El BDSM es la última cruzada por reconquistar una tierra santa en donde ya solo quedan dos dioses: el dominante y el sumiso. ¿Creéis que el templo es solo para la dómina con tacones de aguja? ¿Que el sumiso arrodillado no irradia esa misma o incluso mayor divinidad? Craso error, queridos míos. Prescindid de cáscaras y de envoltorios, sean estos de látex, de pvc, cuero o vinilo. Arrojadlos al fuego y quedaos viendo cómo se consumen. Lo harán en unos pocos segundos. Lo que deja auténticas marcas no es el látigo, ni la pala, ni la fusta.
¿Y entonces qué se busca? ¿Qué es lo que tiene de tan maravilloso el BDSM?
Un estado mental. Un estado de intrincada felicidad que, por lo normal, los practicantes alcanzan en una sesión de BDSM y que en mi opinión está conectado con dos elementos: la exaltación de la vulnerabilidad, por un lado, y por otro, la fantasía de una entrega absoluta.

“Así, limpiado por una inundación de luz / aparezco, renovado y reforjado / acariciado por el dulce bálsamo y bendición / del olvido vacío y fuerte / Leteo”
Uno: hay una fuerza imparable en la vulnerabilidad, más imparable que el tránsito de los planetas, y que todos los practicantes del BDSM adoramos. Cuando nos sometemos, la exploramos, pero no hay en ello humillación alguna, sino exaltación. Es un modo de elevamos por encima de lo mundano -no queremos, no necesitamos ser fuertes ni invulnerables- convertidos en mejores versiones de nosotros mismos.
Dos: nos han enseñado a racionalizarlo todo. A medir, calibrar y ahorrar. Que el mundo son matemáticas. Química. Tú y luego los demás. Lo absoluto se nos ha vedado, o lo perdimos por el camino. ¿Eso se nos ha dicho? Quienes practicamos el BDSM nos negamos a aceptarlo. Perseguimos y abrazamos el absoluto con una avidez infinita en nosotros y en la otra persona. Nos olvidaremos hasta de nuestros nombres, nuestra entrega será más perfecta que la proporción áurea y al que no le guste, que le jodan. Así de claro.
Pero ese momento… ¿Cómo explicarlo? Nunca es exactamente igual y nunca es predecible. No avisa. No puede convocarse, ni atiende a ruegos ni órdenes, pero cuando los astros se alinean, acude. A veces es breve, como un relámpago: te invade, te fríe y se va. Y durante unos segundos, la mente y el espíritu se alinean y dejan de tirar cada uno de su extremo de la cuerda. Otras, en cambio, se extiende durante un tiempo indeterminado que parecen horas y horas de juegos en una de esas noches de verano de tu infancia. De promesas bajo la lluvia. De sublime plenitud.
Y en ambos casos se produce algo así como un eclipse de vida. El Leteo. Lethe.
Justo antes, durante y/o después de este estado (al cual mi pobre descripción no hace justicia en absoluto), el grado de excitación sexual puede variar, sin mayor problema, de bajo a extremo, de nimio a insoportable o al menos eso me ocurre a mí. Algunas personas pueden orgasmar sesionando y otras no, o lo hacen después en el aftercare. El orgasmo es solo la guinda del pastel y, como tal, ni siquiera forma parte del plato principal sino, como mucho, del postre. Y… bueno, hay gente que prefiere el salado al dulce, ¿no? 😉.
Nada que yo haya experimentado puede compararse a ese estado mental. O, al menos, nada que yo haya experimentado de forma natural. Tampoco las drogas: yo no las recomiendo. He probado unas cuantas y ni siquiera se le acercan. Es por ello que el BDSM puede llegar a ser tan adictivo para sus practicantes, creo. Tan atrayente. Y por lo que se lo considera algo más que un simple elenco de prácticas sexuales.

“Mantenme cerca / desenreda las estrellas / mientras cojo velocidad a través de los cielos / velocidad a través de la noche / pues tú eres mi hoja y mi soga / tú eres mi Leteo / lo eres todo”
A mí personalmente no me gusta la ropa fetichista clásica, ni prácticamente ninguna que no sean mis cositas ABDL. Tampoco soy especialmente fan de los látigos y las fustas. Nunca me ha atado nadie a una cruz de san Andrés. Casi ninguno (casi) de los adminículos asociados normalmente con el BDSM me atrae lo suficiente como para incorporarlo a mis juegos. Pero no creáis que en mi caso es diferente a los que van full equip. Yo también quiero darme un buen chapuzón. Y no solo eso: beber hasta hartarme de ese fluido que desintegra.
Es lo que tiene ser switch: alguien tiene que estar esperando en la barca mientras el otro se baña, resopla, bucea en el agua y emerge con los ojos enrojecidos, para decirle aquello tan bonito de: “Ven, ven, bebe. ¡Es estupendo!”. Alguien debe mantener el timón en su sitio y vigilar las corrientes. Bien está. Me ha tocado a mí los últimos meses.
Pero seguro que un día de estos, cuando menos lo piense, ella llegará a casa, me cubrirá de besos, me empujará al río y cuando yo consiga volver a cubierta me estará esperando con una provisión infinita de pañales, mimos, peluches, cosquillas y zapatillazos en el culo. Entonces a mí me aflorará una sonrisilla de bobo al careto, le diré: “¡Hola, seño!”, me pondré colorado y me arrojaré a sus brazos.
Mierda. Son casi las 3 de la mañana y sigo sin tener sueño.
En fin, amigos. Tendré que acostarme de todas maneras. ¡Buen fin de semana!
Lethe.
Oh, Lethe…
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