Como siempre, antes de cualquier historia, las normas.
Hoy nos vamos a poner muy AB. Muy, pero que muuuuuy AB… 😉
¡Disfrutad!
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A las diez de la mañana sonó el despertador. Los agujeros de las persianas proyectaban pequeños círculos dorados sobre las sábanas de la habitación en penumbra, coloreando de gris oscuro el armario, el cambiador y los juguetes desperdigados alrededor de la cama. Apenas se oía el rumor de la calle; los sábados, a la ciudad le gustaba tanto remolonear como a Bruno.
Se dio la vuelta en la cama y estiró el brazo para agarrar a Milo, su peluche favorito. Allí estaba. Se lo acercó de un tirón e hincó la nariz en el pescuezo del elefantito: olía a sobado, a suavizante y también -Bruno lo reconocía- un poco a pipí. Eso le recordó que había dormido la noche del tirón. Palpó el colchón justo debajo de él. No estaba húmedo. Hizo lo mismo con su pijama; también estaba seco. No había mojado la cama. No se le había escapado ni una gotita. Mami se iba a poner muy, muy contenta.
Además, era sábado por la mañana. Los sábados por la mañana eran lo mejor del mundo. Podía comer todas las magdalenas que quisiese, todos los platos de cereales que le apeteciesen, jugar sin parar durante horas y horas… Y eso cuando dejaran de poner dibujos animados en la televisión, claro. En realidad, mami le ponía el despertador a las diez para que no se los perdiese y aprovecharse mejor el fin de semana. De no ser por ello, Bruno nunca se levantaba antes de las doce, porque le gustaba quedarse en la cama, dormitando.
Se sentía tan en paz. Tan afortunado y pleno. Mami le decía siempre que los niños debían dormir mucho para recargar las pilas y poder hacerle mimos a sus mamis. Era verdad, porque cuando él se despertaba, siempre tenía esa urgente necesidad de afecto, de intimidad. Necesitaba liberar esa carga cuanto antes con mami. Se arrastró hacia el otro lado de la cama sin soltar a Milo, aún con los ojos cerrados y una sonrisa bobalicona en la cara. En busca de una blanca espalda y un terso cuello. Iba a tejerle a mami un albornoz de besos y caricias que sería la envidia de todas las mamis del mundo.
Pero ella no estaba allí. Su lado estaba frío y la almohada había perdido el huequecito de su cabeza. Solo quedaba de ella su tenue olor a flores, matizado por la transpiración de ambos, de mami y de él: la fragancia más inconfundible del mundo. Para Bruno, la felicidad olía exactamente así: a los dos al mismo tiempo, pero sobre todo a ella. Una vez, mientras mami le vestía, le había sugerido que sacaran una colonia igual que esas que anunciaban en la tele, justo con ese olor, y mami se estuvo riendo de la ocurrencia toda la semana.
-¡Buenos días, Grenouille! -le decía mami antes de abrir las cortinas.
-¿Qué es eso de Grenuil, mami? -inquiría él, frotándose los ojos.
Pero ella no estaba allí para hacer la misma broma, si es que lo del grinuil ese era una broma.
A Bruno se le ensombreció el ánimo. Los besos se le iban a marchitar en los labios. Las caricias en la punta de los dedos. Todo ese amor se malograría, se esfumaría sin remedio. La angustia de la pérdida se encaramó desde su vientre a la garganta, como una bola de plomo impulsada por un martillazo en las atracciones de la feria. Bruno tanteó. Arañó. Pataleó. Pero ella no estaba allí. No estaba allí para los mordisquitos en la oreja y los buenos días. No estaba allí para cantarle la canción de los sábados. No estaba allí para felicitarle, dibujar un sol en el calendario de la mesita, quitarle el pañal y ponerle el pullup de estrellitas mientras lo llamaba “mi hombrecito”.
Cuando vio que sobre la mesita había un sobre con la letra de mami y unas caritas sonrientes dibujadas se sintió… no sabía cómo… Quizá como un viajero que, a punto de morir de sed, encuentra un oasis en mitad del desierto. Sí. Eso. Y ojalá mami le esperase en ese oasis, vestida con una túnica y un velo. O, mejor, desnuda, que es cuando más guapa estaba. Y tuviera preparada una bandeja de dulces de miel y pistachos para él. Y los labios pintados con mermelada de lima.
Dentro del sobre había una carta perfumada, escrita a mano con esa letra tan bonita y redonda de mami. Las “b” tenían barriguitas tan gordas como la de Milo. Casi inconscientemente, Bruno se introdujo el chupete en la boca. Aun sabía un poco al helado que habían comido de postre la noche anterior. Empezó a leer.
“Buenos días, tesoro. ¡Levántate pronto o te perderás los dibujos!
He tenido que salir temprano de compras para poder hacerte espaguetis. Volveré en cuanto pueda, ¿vale? Pórtate bien y no te preocupes.
No tardaré mucho; a lo mejor vuelvo antes de que te levantes, pero prefiero dejarte la nota, por si acaso.
Te echa mucho de menos y te adora
Mami.
XOXO”
Bruno suspiró y se llevó al corazón la carta de mami como quien se cubre una herida que sangra. Una tempestad de dudas se desató dentro de él. Los primeros signos de la inundación se revelaron en su cara, más concretamente en las lágrimas que empujaban contra las comisuras de sus ojos, clamando por ser liberadas. Los más acuciantes e incontrolables, sin embargo, fueron otros: en cuanto Bruno se sentó al borde de la cama, empezó a hacerse pipí. No un poquito. No unas gotitas. Un chorretón incontrolable, de los que mami llamaba “la gota fría”. Bruno se sentía incapaz de reaccionar. Lo único que se le ocurrió fue seguir haciéndoselo, notando los burbujeos dentro del pañal y cómo este iba engordando más y más entre sus piernas. Dio un estirón a la cintura del pijama y lo comprobó. Si habitualmente el pañal abultaba bastante, después de empaparlo así el pijama le iba a quedar muy justito. Puede que mami tuviera que ponerle el nuevo, el de los patitos. Cuando volviese, claro.
Pero ella no estaba allí.
-Mami. Mami… -susurró-. Ven.
En cuanto hubo terminado, se echó a llorar. En la mano derecha apretaba la carta de mami. En la otra, sostenía a Milo contra su cara, como si quisiera ocultar su llanto al resto de juguetes, a la foto de mami que le sonreía en un marco sobre la mesita y a la gran ciudad de la que le separaba la persiana aún bajada. El olor rancio del peluche mojado de lágrimas le retrotrajo a las escasas ocasiones en las que mami había tenido que castigarle. ¿Y qué? ¿Qué importaba? Solo habían sido unos cuantos azotes con el pañal puesto. Y se los había merecido, por jugar cerca de los enchufes y por romper el móvil de mami con la pistola de ventosas. Estaba dispuesto a recibir el doble, el triple… los que fueran. Con el cepillo. Y con el culito al aire, si era necesario. Estaba dispuesto a afrontar cualquier prueba. Pero no a tener que esperar a mami ni un solo minuto más.
¿Y si se había marchado para siempre? Solo de pensarlo, la cabeza le daba vueltas y tenía la sensación de que la casa se le iba a desmoronar encima, a sepultarlo irremediablemente. Si de veras ella lo había dejado, quería que el derrumbe fuera cuanto antes. No quería ni podía vivir sin ella. ¿Dónde se había visto a un nene sin mami? Sí, él sabía que había huérfanos, pero su orfandad sería, de consumarse, mucho peor que una orfandad natural. Porque Bruno tenía una madre, sin ir más lejos. Pero había tardado treinta y seis años en tener una mami, y perderla era un drama que no quería siquiera considerar como posibilidad.
No había peor castigo que no estar con ella. Que no poder abrazarla. Que no quedarse embelesado durante horas escuchándola hablar por teléfono, mientras él organizaba carreras con sus cochecitos de juguete. Que no quedarse con la boca abierta y perder el chupete cuando ella se daba la vuelta y lo miraba antes de explicarle a esa voz difusa y bisbiseante del teléfono:
-Está para comérselo, de verdad. La semana pasada tres solecitos bien sequitos y grandotes; pronto dejará el pañal. Y tendrías que ver lo bien que dibuja. Está hecho un artista.
Y él sonreía, se ruborizaba y se hinchaba de orgullo como un globo. Mami tomaba entonces una foto para la tía y cuando él volvía a ponerse el chupete, mami hacía como que lo abrazaba de lejos. Era genial.
Bruno siguió llorando sin parar. Desconsolada y ardientemente. A cada poco, se frotaba la irritada nariz con la manga del pijama y lo hizo tantas veces que, al final, solo consiguió extenderse los mocos por la cara. Se levantó y se dirigió al espejo; en la solitaria habitación, sus pasos sonaban como chapoteos. Contempló la imagen: tenía las mejillas llenas de costras blancuzcas. Estaba feísimo, con los ojos hinchados, la cara sucia y el pelo sin peinar. Si mami estuviera allí, no permitiría que su príncipe especial estuviera tan feo: le pondría los leotardos, la ropa de marinero, le lavaría la cara y le haría un peinado super mono, de esos que ella sabía hacer.
-Mami…
Contuvo el llanto con un esfuerzo supremo y salió de la habitación. Cruzó el pasillo. El comedor era inmenso si mami no estaba. Las sillas tenían el asiento demasiado alto. No alcanzaba el tablero de la mesa. Los muebles lo amenazaban como gigantes de madera. Sabía que no podía ser así, que se trataba de puras figuraciones suyas, pero eso era exactamente lo que sentía. Si le hubieran arrancado un brazo o una pierna habría podido soportarlo, a condición de que mami estuviera con él. Pero ella no estaba allí.
Se asomó a la calle a través de las ventanas del salón. Llovía a cántaros y por culpa del agua el mundo se revelaba ante sus ojos como a través de un cristal rayado. Sollozó. Mami decía que la lluvia la causaban los ángeles. Cuando él hacía alguna travesura y se la ocultaba, los ángeles se ponían tristes y lloraban. Pero Bruno no recordaba haber hecho ninguna trastada tan grave como para sufrir la pérdida de mami. ¿O sí? Dejó las marcas de sus palmas sobre el cristal. Sin mami, aquel piso era una cárcel.
¿Cuánto faltaba para que mami abriera la puerta y entrara en casa? ¿Un minuto? ¿Diez? ¿Una hora? Cualquier plazo era excesivo. ¿Y si se escapaba para ir a buscarla? Sí. Saldría por la puerta en busca de mami. Aunque corrían ciertos rumores por el edificio, le daba igual que los vecinos lo vieran en pijama y en zapatillas. Que lo llamaran bebé meón y cualquier otra cosa. Que lo señalaran con el dedo y se rieran de él. Bruno correría bajo la lluvia, con el pañal a reventar, y recorrería cada palmo de la ciudad hasta encontrar a mami, con la única ayuda de Milo. Lo sostuvo frente a sí: el elefantito, con la cabeza torcida, parecía tan compungido como él. Claro: cuando mami no le daba un beso de buenos días, Milo se ponía muy triste.
-¿Tú también la echas de menos?
Bruno hizo que Milo asintiera. Tres veces.
-¡No! Yo la quiero más.
¿Y si mami le había engañado con la carta? ¿Y si era un truco para que no la persiguiera y así poder darle esquinazo? Bruno había sido bueno. ¿Lo bastante bueno? Mami decía de vez en cuando, cuando él se portaba mal, que un día se marcharía a buscar a otro niño más obediente, y se ponía super dramática (las mamis son así) cuando, por ejemplo, él se manchaba la ropita o dejaba los juguetes tirados por ahí. Sin embargo, con la súbita desaparición de mami un sábado por la mañana Bruno no había contado. Aquella huida podía ser su venganza definitiva por seguir creyéndose más listo que nadie. Por mentirle. Por no comerse las verduras. Por tantas cosas que a Bruno no le importaban hacía pocas horas, pero que aquella mañana le parecían pecados imperdonables contra mami. Ah, si de veras regresaba no la volvería a decepcionar. Recogería los juguetes. Se comería las zanahorias. Todo, lo haría todo como le gustaba a mami para que estuviera contenta.
Y había… Bueno, había algunas otras travesuras pendientes de resolución. Se moría de vergüenza por haber sido tan desconsiderado. Necesitaba pedir perdón a mami, de rodillas si era necesario, pero ella no estaba allí. A lo mejor esperaba turno debajo de alguno de esos tejados que brillaban bajo la lluvia. O caminaba por las calles esquivando las ráfagas de goterones. O iba metida dentro de alguno de esos coches que iban de un lado a otro por las carreteras levantando telones de agua sucia a su paso. O acaso ya no estaba en la ciudad y, en ese mismo momento, mami estaba besando, acariciando y mimando a otro nenito mucho más guapo y obediente que él. Lo que no era muy difícil.
-No. No, por favor.
“Bruno Martínez: 34 años, metro ochenta y seis, ochenta kilos. Rubio, atlético, me gustan los deportes y el cine. Complaciente, humilde, sincero… ¿Nos damos una oportunidad? El no ya lo tenemos”. Eso decía el anuncio -¡pésimo anuncio!- gracias al cual, contra todo pronóstico, había conocido a mami dos años atrás: los mejores de su vida. Había consumido su reserva de suerte en encontrarla, para después no valorarla lo suficiente. ¡Ahora regresaría a la soledad! A volver a sentirse inconexo, inútil, como una herramienta rota y en el estuche equivocado. A ver los días pasar; todos iguales, todos clónicos. Prescindibles. Y rememorar cada uno de ellos (“nada”) al meterse en una cama fría, vacía, en la que su cuerpo lograba entrar en calor justo antes de tener que levantarse, pero su alma seguía igual de congelada que ocho horas antes. Un buen resumen de la inmensa mayoría de los años de su vida, por cierto.
-Mami, lo siento. Lo siento, mami. Mami…
Oyó un ruido. Al girarse, el elástico resbaló y se le bajaron los pantalones del pijama a las rodillas. Falsa alarma: quizá fuera el timbre de los vecinos.
No supo si con la lluvia se vería ventanas adentro. Le dio igual. Quizá fuera algo bueno. Si se daba el caso, y algún vecino lo encontraba ahí, en pijama y pañales y agarrando a Milo por el brazo, por lo menos podría preguntarle si sabía dónde estaba mami. A gritos, si hacía falta, porque tenía ganas de gritar. De gritar el nombre de mami, con la esperanza de que ella pudiera oírle y se dignara a perdonarle.
-¡Mami! ¡Ven! ¡Ven conmigo!
La parte racional de su mente le decía: “ten calma”, pero Bruno estaba en plena regresión. Añadía: “ella vendrá en un rato”, pero un rato era una maldita eternidad. “Mami nunca te engañaría”, pero Bruno la había engañado más de una vez, diciéndole que no tenía pipí para seguir viendo la tele, por ejemplo, o que no había sido él quien había roto la figurita de porcelana del vestíbulo. ¡Cuánto se arrepentía de haberlo hecho! ¿Y si mami se había dado cuenta de todo? Se habría enfadado muchísimo y habría decidido no seguir queriendo a un niño tan malo y mentiroso. Eso era lo que pasaba, seguro.
Con pasitos cortos y tímidos, fue al baño, abrió el cajón y sacó el cepillo del pelo de mami. Si ella volvía, por lo menos sería un niño valiente y se lo confesaría todo. Sí; eso haría en cuanto entrara en casa. Y después de confesar, le ofrecería el cepillo, agacharía la mirada y le pediría perdón mil veces. Aceptaría cualquier castigo, con tal de que ella nunca le dejara. Sería un niño nuevo: el mejor que mami hubiera nunca soñado. Su niño ideal.
Aunque… probablemente tendría que dejar sus propósitos de enmienda para el día siguiente, porque se estaba haciendo popó. Bueno, ya se la había hecho, más bien. O más mal. Pero una cochinada más… ¿qué importaba? Como mami decía siempre cuando metía los pañales en la maleta y él se sentía avergonzado por si alguien descubría su secreto: “esto no tiene importancia, mi amor”. Un culito sucio de más o de menos no le impediría pedir perdón. Al revés: le proporcionaba otra razón más. Una razón gordota y apestosa, que no podría esconder. Y le daba igual.

«Mami, lo siento. Lo siento, mami. Mami…»
Y entonces, sucedió el milagro. Justo cuando Bruno se quedaba quieto, de pie frente a la puerta de la calle, con las piernas muy juntas, el cepillo aferrado con ambas manos y a Milo sujeto entre el brazo y la cadera, sonó la cerradura de la puerta, las bisagras gimieron y mami entró en casa. Bruno supo que era ella, porque su llegada le hizo sentir como si viera el amanecer sentado al borde de un precipicio.
-¡Vaya tormentón! -dijo mami.
La puerta tardó solo un segundo más de lo normal en cerrarse.
-¿Mi príncipe? ¿Qué ocurre?
Silencio. Bruno estaba temblando de pies a cabeza. No sabía cómo ponerse. Se mareaba al estar de pie. No importaba: había hecho una promesa y la iba a cumplir.
-Mami…-dijo él con un hilo de voz-. Creí… Creía…
Ella dejó las bolsas que traía. Emanaba -porque mami era como un jardín en movimiento- un aura fresca y húmeda que a Bruno le erizó los pelos de las piernas. No se sentía capaz de levantar la vista. Si se encontraba con los ojos de mami se echaría a llorar otra vez y quería demostrarle que era un niño fuerte y valiente. Mojado y embarrado, sí, pero fuerte y valiente de todas maneras.
-¿Qué creías, pequeñín? ¿Qué te pasa? -Mami hizo una pausa reflexiva. Se desembarazó del último paquete-. ¿Has estado llorando?
-Mami… Creí que te habías ido para siempre.
Las bolsas crujieron y algunos de sus productos se derramaron por el vestíbulo. Mami intentó responder pero Bruno se lo impidió. Dentro de él, sus miedos saltaron despedazados. Él se desprendió de ellos uno por uno, tras convertir cada cascote en una palabra. Y los soltó:
-Yo rompí la figurita del recibidor jugando con la pelota. Ayer te dije que no tenía pipí cuando tú querías mirar, pero me había hecho un montón. El lunes te dije que me había lavado los dientes y no lo hice. Y el martes no me comí la merienda: la enterré en el parterre de la terraza. Y… Y…
Bruno se sorbió los mocos. Jadeaba de miedo. Notó un pinchazo en el pecho, como una cuchillada. Su brazo, tembloroso, ascendió lentamente para ofrecerle a mami su cepillo. Así se portaban los niños valientes. Hasta creyó escuchar que Milo le daba ánimos en voz baja.
-Toma, mami.
-Pero…
-Lo siento, mami -gimió Bruno-. Lo siento mil veces. Lo siento tanto… Perdóname. Perdóname. Toma… Toma… He sido malo, pero no te vayas. No te vayas nunca.
A Bruno se le quebró la voz; por mucho que lo intentaba, de la garganta no le salían más que gorgoritos ahogados. Dio un pasito atrás, como si estar tan cerca de mami fuese un honor inmerecido para él, y entonces notó en los dedos el roce gélido de los guantes de ella. Se estremeció. Tierna, pero firmemente, mami le quitó el cepillo y lo arrojó lejos; resonó el impacto cuando el cepillo chocó con una pata de la mesa del salón. Ploc. Bruno solo podía ver sus propios pies descalzos y la punta de las botas negras de mami. No se atrevía a avanzar. No se lo merecía, pero no podía pensar en otra cosa que en enterrar la cabeza entre los pechos de mami y llorar hasta el anochecer.
-Solo fui a comprar para hacerte tu comida favorita, mi amor. ¿Has estado pensando en cosas malas?
Bruno ya no se acordaba de que tenía los pantalones bajados y, al dar un nuevo paso atrás, pisó el chupete y tropezó. Se habría estampado contra el suelo de no ser porque mami lo agarró por el jersey del pijama a tiempo. Por pura inercia -o, más bien, magnetismo-, mami lo atrajo hacía sí y lo rodeó con dos brazos que a él le parecían cadenas, pero cadenas hechas con eslabones de caramelo. Se moría de pena por haber pensado mal de mami. Y, al propio tiempo, el estar pegado a ella, el sentir los latidos de su corazón, el notar las cosquillas que la melena de mami le hacía en la frente al achucharla… Un momento. ¿La estaba achuchando? Vaya. Había cosas que no podía controlar. Y eso le encantaba.
Se dejó ir y derramó lágrimas de arrepentimiento sobre el hombro enfundado en ante de ella.
-Pero… Es que me he hecho pipí.
Ella le quitó con dulzura el jersey del pijama y le acarició la espalda. Ya no llevaba guantes. Sus cálidas manos eran como mariposas que despiertan tras un largo sueño y extienden las alas.
-¡Pues vaya una cosa! -bromeó mami-. Tú eres mi niñito y los niñitos mojan su pañal.
-Y… y también me he hecho popó.
Mami olfateó discretamente. La mariposa se posó sobre el trasero de Bruno, tras rozar por un segundo la cintura del pañal.
-No importa. Tenemos toallitas del año que las pidas para… este culito- y mami le dio un pellizquito justo ahí.
-Pero he sido muy malo. Te he engañado y por eso los angelitos lloran.
Lo cierto era que había salido el sol y, desde la cristalera del salón, un rectángulo de luz tibia y serena se proyectaba sobre Bruno y su mami, enmarcándolos.
-Tú sí que eres un angelito. Además, ya no lloran, ¿ves? Están felices porque me has pedido perdón y has sido sincero conmigo.
-Pero…Pero… -a Bruno le entró hipo, de puro nerviosismo- Pensaba que te habías ido para siempre. No he confiado en ti. No…
-¿Qué pasa, caprichoso? – preguntó ella con un deje irónico- ¿Me montas esta escena porque no te apetecen los espaguetis?
La pregunta tuvo el mismo efecto que si a Bruno le hubieran pegado los labios con cinta aislante. Se enjugó las lágrimas usando la nuca de mami como pañuelo y siguió llorando. Ella no permitió que se apartara ni un centímetro. Y, mientras seguía desahogándose, Bruno alcanzó a oír la voz de mami, que le hablaba directamente al oído:
-Escucha, príncipe mío: mami te adora. Te quiere con locura. No le importa que cometas errores, que te equivoques o que tengas malos pensamientos. Si has hecho alguna travesura, te perdono. Si te has hecho pipí, no pasa nada. Y si te has ensuciado, tampoco. No me importa lo mas mínimo.
-Mami, yo…
Ella le chistó y Bruno omitió su enésima disculpa.
-Mientras seas tú mismo, para mami siempre serás perfecto.
-Mami… -un sollozo- A partir de hoy seré el niño más bueno del mundo, para que no te vayas.
-Ya eres el niño más bueno del mundo. Mi niño especial. Y yo te quiero así, tal y como eres. Incondicionalmente.
-Mami, te quiero -un beso en la mejilla-. Mami, te amo. Mami…
Por la tímida vibración que le transmitían los hombros de mami, Bruno dedujo que se estaba riendo.
-¿Y qué te piensas? ¿Que yo a ti no? -ella le pasó la mano por el pelo-. ¿Que no te amo, te necesito ni te quiero?
Bruno reía y lloraba al mismo tiempo. Se sentía como ido. Fuera de sí mismo, viendo todo lo que ocurría como quien ve una película. Semejante felicidad solo estaba al alcance de los personajes de ficción. O eso creía él hasta que había conocido a mami. Y la confirmación la había recibido aquel sábado de enero, tan lluvioso y desapacible, en el que mami le había sacado de dudas y le había hecho feliz para siempre. Ya no tendría miedo de perderla nunca más, en adelante. Porque aquel momento de plenitud absoluta nadie se lo podría robar jamás.
Unos instantes después volvió en sí y se fijó en el reloj que llevaba en la muñeca. Eran las diez y siete minutos de la mañana. ¡Qué bien! El peor día de su vida solo había durado siete minutos.
Las veintitrés horas y cincuenta y tres minutos restantes los quería pasar entre besos, mimos y caricias. Quería comer espaguetis y mancharse de salsa de tomate. Quería dormir la siesta en pañales. Quería jugar. Quería vivir. Y también quería a mami… Y quería…
-Mami.
-¿Qué desea mi hombrecito?
Bruno se separó un poco de ella. Por amor. Por rubor, también. Mami siempre olía bien, pero Bruno no. De hecho, olía fatal. Mami creyó intuir la pregunta y compuso una mueca divertida.
-Mami, ¿me pones los dibus?
-Antes hay que cambiarte -se tapó la nariz con los dedos y continuó con voz gangosa-. Vamos a la habitación a limpiar ese culete.
-¡Pero mamiiiiiiii! -Bruno dio unos fugaces y rápidos saltitos, sin moverse de donde estaba- ¡Yo quiero dibus!
Los dos sonrieron. Después, ella negó con la cabeza y puso los brazos en jarras.
-¿Quieres que mami recoja el cepillo de donde lo tiró? ¿Eso quieres?
-¡No! -chilló Bruno, cuyas pulsaciones habían experimentado un aumento frenético tras la mención al cepillo-. ¡Vamos, mami, vamos!
Se cogieron de la mano. Caminaron despacio por el pasillo. El tableteo de los tacones de mami era una melodía sublime para la conciencia limpia de Bruno, que volvía a sentirse, de veras, como un angelito. Él, descalzo, no hacía ruido alguno, salvo el clásico fruncir de pañal a rebosar. Apretó fuerte la mano de mami y ella hizo lo mismo. Ninguno de los dos se sorprendió cuando ambos dijeron al unísono:
-No te vayas nunca.
Stephan
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