Historias ABDL: «ABDLIA» (I)

¡Hola, queridos!

Hoy vamos con historia, que ya iba tocando, y va a ser un poco diferente. En primer lugar, va a ser larga, muy larga, así que la iré subiendo por entregas. En segundo lugar, será un poco especial ya que la mayor parte de la historia será un encuentro o entrevista ficticia entre dos mujeres, en un lugar igualmente ficticio, claro está (Abdlia, hasta donde yo sé, no existe; nada de hacerse ilusiones, jajajaja). Y será también muy intertextual, casi como un post convertido en relato.

También quería deciros que ando liado, con mucho curro y cientos de proyectos entre manos, por lo que no voy a poder actualizar el blog con tanta frecuencia como hasta ahora. Supongo que a medida que se vaya acercando el verano tendré más tiempo para darle caña y podré volver a una media de cinco o seis posts al mes. Pero vamos, que no lo dejo, ni mucho menos. Es solo que necesito priorizar otras movidas durante unos mesecitos ;).

¿Qué podéis esperar durante los próximos 3-4 meses en Historias ABDL? Sobre todo, «capítulos» adicionales de «Abdlia» y, muy de tanto en tanto, si me da la vida, algún post random sobre nuestro tema de siempre.

Por supuesto, para cualquier cosa que me queráis contar, escribidme: nenitomojadito@gmail.com

Como es costumbre, antes de empezar, las normas.

Y, por fin… «let me tell you of the days of high adventure...» 😉

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Maite mantenía el dedo índice sobre el timbre, pero no se atrevía a presionarlo, como si tuviera miedo de que el ruido fuera a despertar a alguna bestia dentro de la casa. Dudaba que hubiera animales, pero gente había seguro; se escuchaban voces, conversaciones, y de vez en cuando alguna risa lejana, amortiguada por la pared de ladrillo y por las gruesas cortinas, corridas en todas y cada una de las ventanas.

La sierra de Madrid en febrero podía llegar a ser un lugar inhóspito. El viento levantó los bajos de su abrigo y Maite se arrebujó en él. Notó una helada humedad calando sus medias hasta el hueso. El brazo empezaba a dolerle. Quizá, pensó, sea mejor que me vaya; esto ha sido una mala idea y este edificio, aquí en mitad de la nada, da mal rollo. Todo eso del ABDL es chungo, se dijo.

La posibilidad de recorrer de vuelta los cien kilómetros hasta su casa y acabar con las manos vacías estaba ahí. Había empezado sus vacaciones y podía permitirse perder un poco el tiempo. Pablo, su novio, ni siquiera sabría nunca que había llegado tan lejos como hasta aquellas coordenadas de Google Earth, después de bucear en páginas y páginas de internet y de interesarse a fondo por esa historia rara del ABDL.

Ella quería de veras a Pablo. Muchísimo. Pero…¿tanto? Hubiera entendido que a su novio le gustaran otras cosas: la ropa de cuero, atarla a la cama…. Raro, pero básico. Lo de los pañales, los chupetes y demás, le costaba infinito. ¿Cuántas mujeres habrían siquiera considerado la opción de informarse? Pocas. Y de involucrarse en ello, Maite creía que una o ninguna, como solía decir su padre. Ella era esa una. Informarse y leer de todo era su vicio.

Y, sin embargo…

Aquel podía ser el fin de su búsqueda. ¿Qué le podía pasar? ¿Qué más iba a aprender? ¿Qué iba a ver que no hubiera visto ya en internet? Una cosa tenía clara: lo del ABDL, por raro que fuera -y lo era mucho, joder- le parecía inofensivo. ¿Una fantasía como cualquier otra? Eso tampoco, ojo. Sí, vale: ella también tenía sus fantasías, pero mucho más… normales, vaya. Maite se consideraba bastante normal. O sea, con sus cosas y eso, ¿no? ¡Ay, joder! ¡Qué difícil era la vida a veces! Chasqueó la lengua.

-¿Qué es normal? -musitó Maite. Lo mismo que Pablo le había dicho más de una vez cuando le sacaba el dichoso tema.

-Y yo qué sé. Pero eso no, cariño -solía decirle ella.

-O sea, que soy un anormal -el típico contraataque de ese cabronazo y adorable guaperas que era su novio.

-No… Déjame pensarlo. Déjame. Quiero entenderlo de alguna manera.

Pues ahora es el momento, se dijo Maite. Miró por encima del hombro: dehesas perladas de lluvia, la carretera serpenteando hacia unas montañas que sostenían sobre sus romas cumbres un cielo encapotado. Escapar no era una opción. Iba a dar el paso. Y ese paso la adentraría en una casa aislada en mitad de Sistema Central que, por fuera, habría hecho un buen papel en un libro de Stephen King: ladrillo desportillado, ventanas de madera y el aspecto desvencijado de un edificio decimonónico. Salvo por el críptico cartel adornaba la fachada, que en letras mayúsculas ponía “Abdlia”.

Tomó aliento. Pulsó el timbre y escuchó, ansiosa, el rumor de pasos que venían hacia ella. Hasta los contó. Siete en total. El corazón de Maite se embarcó en un sprint implacable. Por fin, la puerta se abrió.

-Buenos días. Tú debes de ser Maite, ¿no?

-Hola. Sí.

Debido a la diferencia de temperaturas, una vaharada de calor se abalanzó desde dentro contra Maite, que tuvo que parpadear para mantener la compostura.

-Encantada. Yo soy Paula. Hoy me toca a mí hacer de relaciones públicas aquí. Ya he echado un vistazo a tu cuestionario.

-Ah… Perdona -dijo Maite-. No quiero molestar. Solo informarme un poco… Ya sabes.

-Claro que sé.

La chica le hizo un gesto, invitándola a pasar. No era muy alta, pero sí algo más joven que Maite: veintimuchos años. Sonrisa afable. Anchas caderas. La piel sonrosada, con mejillas como manzanas silvestres y dos coletas doradas que las enmarcaban, sobrepasando la boca de labios carnosos. Vestía un mandil sencillo, sobre una bata a cuadros blancos y azules que a Maite le pareció como de maestra de guardería. No faltaba el portatizas en el bolsillito correspondiente.

-Adelante -dijo Paula, guiñando un ojo-. Que se escapa el gato.

-Por supuesto.

Dentro hacía un calor casi achicharrante. Maite se quitó el abrigo mientras contemplaba el hall. Las paredes estaban pintadas de colores vivos: azul cielo, amarillo limón y lila, aunque había tantos recortables, tantos dibujos y paneles de corcho atiborrados de monigotes que la pintura apenas tenía claros. Maite se fijó en las palabras que recorrían las paredes, construidas con grandes letras de papel pintarrajeado: “Amistad”, “Felicidad” y ya casi en penumbra -no había mucha luz en el pasillo, solo un discreto halógeno- “Alegría”. Olía a ambientador, con un toque de lejía.

Estando allí dentro, era imposible no sentirse más segura, y no solo por el calor. Maite venció la sensación de irrealidad para preguntar:

-Vaya. Por fuera es muy diferente.

-Sí, es verdad. Pero nos gustó la idea y decidimos hacerlo así.

-¿Por algo en concreto?

-Los usuarios. Nadie es igual por dentro que por fuera. Acompáñame, por favor.

Recorrieron el pasillo. En cada una de las habitaciones -o aulas- laterales se paseaban sombras de un lado a otro. Los gruesos y traslúcidos cristales impedían a Maite ver nada más.

Llegaron a un pequeño saloncito muy en la línea de una consulta médica, con una mesa baja llena de folletos y panfletos varios. Maite los estudió de lejos, intentando disimular su interés. No; decididamente, ninguno de los hombres en pañales, pijama o onesie que había en las portadas era Pablo. Tendrían otros nombres. La idea, por muy simple que fuera, la sobresaltó, aunque no para mal. Quería decir algo: en este mundillo había más gente. Y mucha, quizá.

También había un mueble archivador, un par de sofás algo viejos y sobados, y una cafetera llena el aroma de cuyo contenido reinaba supremo dentro del saloncito. El toque cotidiano lo ponía la fila de archivadores negros que copaba el resto del mueble. Con los lomos atestados de lamparones inidentificables, rasgaduras y rayones de color, daba la impresión de que los archivadores estaban cansados, pero felices de seguir en pie.

-¿Un café? -dijo Paula-. Me imagino que tendrás muchas preguntas. Echa un vistazo a los folletos, si quieres, aunque dirán más o menos lo que ya sabes.

-Sí, por favor. Con leche- a Maite le pesaba la cabeza-. Cuanto más cargado, mejor.

Paula destapó la cafetera, se dejó bautizar por el humo y sirvió dos tazas, mientras el burbujeo del líquido hacía salivar a Maite. Paula se agenció un puñado de terrones de azúcar de un cestito, le dio uno a ella y Maite lo vio normal: Paula tenía aspecto de ser muy dulce, y en más de un sentido. Ambas mujeres (de las cuales una aún podía identificarse como chica) se sentaron, frente a frente, y se permitieron beber el primer sorbo en silencio. Después, Paula retomó la conversación:

-Lo primero, gracias por venir. Es un acto de valor.

-Imagino que no se atreverá mucha gente.

-Pues imaginas mal -rio Paula-. Cuando empezamos, hace cinco años, no logramos reclutar ni a una docena de personas. Y ahora somos casi doscientos.

-Guau. ¿Doscientos?

-Y eso que, como es normal, solo viene gente de Madrid y alrededores. Y que no todo el mundo quiere participar en un proyecto así -Paula tomó la taza con ambas manos y puso cara de satisfacción-. No tenemos datos fiables, pero solo en España calculamos que puede haber, entre caregivers y littles, varias decenas de miles.

-Vosotros sois una inmensa minoría, entonces.

-Pues sí. La punta del iceberg, apenas.

De lejos llegó el eco de lo que sonaba como un llanto y Maite apretó los dientes. Luego escuchó el portazo y ya no lo pudo evitar: se puso tensa. Paula hizo un gesto para reconfortarla.

-Tranquila. Este es un lugar feliz y seguro. No será nada.

Un segundo después un chico irrumpió en el salón. Maite le calculó unos treinta años: alto, fuerte, moreno, con el pelo corto y un pecho prominente de deportista. Vestía solo una camiseta estampada de animalitos, que le quedaba pequeña, y unos calcetines largos de lana. En conjunto, si no fuera por el muñeco de trapo de la mano derecha y el pañal, a Maite le habría parecido incluso atractivo.

El chico ni se fijó en ella. Hizo un mohín y se envaró.

-¡Mami Paulita! -dijo el chico, zalamero- No quiero más judías. ¡No me gustan! ¡No y no!

Maite se removió en el sofá debido a una nueva punzada de incomodidad; era como si se hubiera sentado en el colchón de un faquir. También puedo levantarme y marcharme, razonó. No me lo van a impedir. Solo la mirada serena de la cuidadora -si Maite comprendía la terminología- la logró retener. Otra cosa no, pero Paula transmitía una ternura y una serenidad innegables, que hasta a ella la reconfortaban. De algún modo.

-Ya hemos hablado de eso, tesoro -la voz de Paula tenía una musicalidad adormecedora-. Tienes que comer judías para estar fuerte. ¿O quieres ser un debilucho?

El chico pasó junto a la mesa, se sentó en el regazo de Paula y apoyó la cabeza en su hombro. De pie, probablemente le sacara cabeza y media a su rubia cuidadora. Mientras tanto, Maite se había perdido en su interior, justo entre el estupor y la curiosidad. Es decir: en el terreno de la vergüenza ajena. Se mordisqueó los labios para no reír. Una vez superada la primera impresión… como para no hacerlo.

-Pero yo nu quiero judías -dijo el chico para el cuello de Paula. Pataleó con timidez, más como juego que como protesta.

-Bueno, ¿y entonces qué hacemos? Es lo que había hoy -apoyó la mano en el vientre del chico y apretó ligeramente-. ¿Esta barriguita se queda vacía?

-Mmmm… Pero yo no quiero.

-Aaaaaanda -de nuevo ese tono cálido y armonioso-. Vaaaaamos.

-Eso -el chico batió las palmas-. ¡Aúpa! ¡Aúpa!

Mientras él la aferraba como un monito, Paula lo levantó en el aire y le dio un beso. Él se puso de pie. Maite se quedó mirando el pañal, que el chico llevaba muy ajustado, casi tirante. No podía explicarse que un hombre de treinta años se paseara así, en pañales, por aquella casa, con toda la tranquilidad del mundo y sin privacidad. Paula introdujo un dedo por detrás del pañal, forzó el elástico y echó un vistazo dentro.

-Seco -dijo amablemente-. Pero te queda justito. Habrá que pedir más de tu talla.

-Sí, mami Paulita. ¡De dinosaurios!

-Hala, vamos allá -Paula le dio una graciosa nalgadita. Pam-. Que si no te perderás el postre. Venga, sé un poco educado y por lo menos di adiós con la manita, cielo-. Y se dirigió a Maite-. Disculpa, no tardo nada.

El chico la miró, sorprendido, como si hasta aquel momento no hubiera sido consciente de que Maite estaba allí. Levantó muy despacio la mano. La agitó. Maite se sintió obligada a hacer lo mismo.

Paula sacó un chupete de uno de sus múltiples bolsillos y se lo metió al chico en la boca. Él succionó con avidez, como si tuviera una deuda consigo mismo y quisiera pagarla así. Ambos se marcharon, caminando de la mano. Maite, al quedarse sola, se imaginó a su novio acurrucado contra ella, en pijama y chupándole los pezones. Se estremeció.

El amargor del café la arrebató de sus ensoñaciones. Se le estaba quedando frío. Casi tanto como los folletos que tenía delante. Tomó uno al azar y lo hojeó. Llevaba por título “¿Eres sissy y no lo sabes?” y en la portada salía una chica en pañales, vestida con un extravagante conjunto rosa, y gateando. ¿O era un chico? Iba tan maquillada que Maite… ¡Anda! ¡Si era un chico! Sí, casi con seguridad. Como si fuera un periódico, Maite fue pasando las páginas del folleto y leyendo los titulares de cada artículo: “Género fluido y ABDL”, “La importancia del travestismo en el Ageplay”, “Feminización forzada y petticoating”…

«¡Mami Paulita! ¡No quiero más judías!»

-¿Interesante?

Paula entró de nuevo en el salón pero Maite, esa vez, mantuvo la calma. Decidió que, por el momento, no se alteraría más. Aunque supusiera un reto para ella, afrontaría la experiencia como algo positivo. Porque desde luego, para las personas que había por allí (los “usuarios” como decía Paula) Abdlia era un sitio 100% positivo. Casi perfecto. Eso resultaba evidente.

-Por experiencia, sé lo difícil que es romper el hielo -Paula se sirvió otro café-. Permíteme ser directa. ¿Tu pareja es un sissy boy?

-¿Pablo? -Maite no se avergonzó de decir el nombre de su novio en aquella estancia-. Yo… ni idea, solo estaba leyendo -dejó el folleto con los demás-. Te agradezco… Te agradezco la amabilidad, porque no sé ni por donde empezar.

-Tampoco lo sabía yo hace seis o siete años. Y aquí me tienes hoy, cuidando de algunos de mi little favoritos.

-¿Tu… tesoro?

Nada más decirlo, Maite comprendió lo impertinente, lo absurdo de la pregunta, pero Paula se echó a reír, como si tuviera preparada la respuesta de antemano:

-¿Quién te crees que soy? ¿Gollum?

Entonces fue Maite la que rio. Fue una risa espontánea, franca. Sintió que liberaba con ella una considerable parte de sus prejuicios. Como un globo, soltaba lastre para poder ascender. Paula le estaba cayendo bien. Tuvo que dejar la taza sobre la mesa, porque no quería derramar el café.

-Perdona. Soy gilipollas, de verdad -dijo Maite-. Imagino que será tu pareja.

-¿Bruno? ¡Qué va! No. Es el compañero de mi mejor amiga y uno de los little más populares por aquí. Un poco mentirosillo, pero nada que no se pueda corregir con algo de cariño y disciplina. Tú ya me entiendes, ¿no? Y si no, me lo dices y yo te explico.

-Vaya -dijo Maite, genuinamente asombrada-. Veo que os tomáis muy en serio lo de los little y demás.

-Eso es más difícil de responder de lo que parece -Paula se quedó pensativa unos instantes. Sus ojos acapararon la luz del salón-. Es al mismo tiempo en serio y en broma. De verdad y de mentira. A veces lloramos y a veces reímos -se encogió de hombros-. O las dos cosas a la vez. Nosotros no tenemos todas las respuestas. Es más: la mayor parte hemos renunciado a buscarlas. Ya no queremos respuestas, sino disfrutar de lo que nos gusta y expresarlo en un entorno seguro. Pero estoy hablando yo demasiado. Dime. Pregúntame.

-Me gustaría saber más respecto a un tema, no sé si es lo más adecuado.

-Tú dirás.

Maite hizo un amplio gesto circular, como queriendo abarcar todo el salón. La casa entera. Y, con un suspiro de impaciencia, se lanzó:

– Cuéntame. ¿Cómo empezásteis?

-¿Esta aventura de Abdlia?

-Sí, esta aventura de Abdlia.

-Ahora soy yo la que no sé por dónde empezar -. Pero antes de que Maite dijera algo demasiado obvio, Paula la chistó-. Un segundo. Ya. Ya sé como.

-Me muero de ganas de oírlo -y Maite lo decía con absoluta sinceridad. Curiosidad le sobraba, aunque le diese un poco de grima eso del ABDL. Bueno; con Paula cerca, reconocía que un poquitín menos-. ¿Cómo empezó todo?

(Continuará…)

Stephan

PD: Jojojojo… soy el puto amo de los cliffhangers XD

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