Siempre las normas primero.
Y allá vamos!
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Las palabras de Maite quedaron suspendidas en el aire. Paula las recogió con delicadeza y, en voz baja, de confidencias, dijo:
-¿Nunca has tenido la sensación de que algo no encaja dentro de ti? ¿De que estás fuera de lugar?
-Depende del sitio en donde me encuentre -Maite hizo una mueca burlona-. Aquí, por ejemplo, sí.
-Ya, bueno. Es habitual al principio.
-¿Al principio? -Maite se puso a la defensiva-. Venía a por información, nada más.
-Estupendo. Informar es uno de nuestros objetivos. Con claridad. Con transparencia.
Había un deje cansado, casi de agotamiento en la voz de Paula, como si acabara de salir de un gimnasio después de horas de entrenamiento. Maite iba a preguntarle si se sentía bien, pero Paula se recuperó y tras una muy honda respiración, dijo:
-Cada cual tenemos nuestra propia experiencia. La mía, te la resumo: niña solitaria, adolescente problemática y joven nihilista. Comencé a interesarme por este mundillo de casualidad. Con veinte o veintiún años leí Historia de O (no sé si te suena el libro) y, como me gustó, me puse a buscar por internet para profundizar. Hasta que encontré algo que de veras me hizo “clic” en la cabeza. Ese algo fue el ageplay: una rama específica del BDSM.
El término le sonaba mucho a Maite. Se había documentado exhaustivamente antes de buscar Abdelia.
-¿Y antes no te había llamado la atención?
-Puede, pero no le había hecho mucho caso a las señales. Ya sabes: un día estás discutiendo con tu chico y te asaltan pensamientos del tipo “te voy a lavar la boca con jabón, mocoso” o “una buena zurra es lo que te debería dar”. Y te lo imaginas pataleando sobre tus rodillas y suplicándote, mientras tú le pones el culo como un tomate.
Maite no había experimentado nada de eso, pero descubrió que tenía la boca abierta y que la taza de café seguía bajo ella sin necesidad, porque se lo había terminado. Paula se dio cuenta del efecto que su confesión había producido y detuvo la narración. Maite, tímida, desvió la mirada y devolvió la taza a la mesita. Aprovechó para tapar la foto de uno de los folletos; los hombres vestidos de rosa y con faldita no le gustaban.
-Entiendo. Estaba un tanto latente esa necesidad.
-Sí, algo así. El caso es que por aquella época, a los veintipocos, comencé a frecuentar foros y páginas de internet en las que se hablaba del tema y vi que había mucha más gente con esas tendencias. Al final, me desinhibí y me animé a probar.
-Vaya. Te refieres a ello como si fuera una droga.
-Una droga inofensiva. Sí -Paula consideró la idea unos segundos-. Es un buen modo de describirlo.
-Algo he leído también en internet sobre eso.
-Seguro -y Paula continuó su historia-. Empecé a conocer gente, más o menos por el centro de España: Madrid, Castilla-León, Castilla la Mancha, etc.
Maite necesitaba detalles para hacerse una imagen mental del relato y Paula iba muy aprisa, pero no le pidió ir más despacio porque le gustaba su naturalidad. Su sinceridad.
-¿Te gustó cuando probaste?
-¿Gustarme? -Paula agachó la cabeza a medida en que sus recuerdos la asaltaban-. “Gustar” es decir poco. Fue como si aquel día descubriera mi lugar en el mundo. Como si por primera vez me sintiera libre. Perfecta -. Una pausa dubitativa-. Yo.
-¿Tú?
-Sí. Yo… «de verdad«.
El silencio resultante fue largo. Paula respiraba hondo. Maite deseaba algunas aclaraciones por su parte. Las típicas notas a pie de página en un libro difícil de entender. Le daba vergüenza pedirlas. Prefirió esperar a que Paula retomase el hilo:
-Nos acabamos juntando un grupo de siete u ocho personas que congeniábamos mucho entre nosotros. Dos de ellas acabaron siendo pareja. El resto, buenos amigos con… cierto derecho a roce.
-Ajá.
-Quedábamos casi todos los fines de semana para vernos, hablar de nuestros gustos y ponerlos en práctica, aunque esto último solo de vez en cuando y con moderación. No porque no quisiéramos, sino porque necesitábamos conocernos bien antes. Nos parecía lo más adecuado tratándose de una actividad tan íntima. Y no todos teníamos la misma experiencia.
-¿Sexo? -Maite se sorprendió de su atrevimiento
Paula negó con la cabeza.
-Depende de la práctica en cuestión. Cada cual se sentía libre. Teníamos unos deseos, unas expectativas y unos límites distintos. Compartimos muy buenos momentos en aquella época, la verdad. Éramos un grupo de lo más variopinto.
-¿Y eso?
-Pues… imagínate. La más joven era yo, con veintidós años, pero el mayor pasaba de los cincuenta. Había gente de dinero y gente corriente. Heteros y homo. Más atrevidos y menos atrevidos, pero todos con una mentalidad muy abierta, eso sí. Y ganas de explorar.
-Heteros y homos. Los de veinte con los de cincuenta. Qué raro, ¿no?
La pregunta, en realidad, era muy otra: si la diferencia de edad tenía algún significado relevante en las prácticas. Una función diferenciada.
-Es bastante habitual en nuestro mundillo. Mi primer sumiso, y uno de los mejores, por cierto, me doblaba la edad.
-Perdona, debí callarme.
-Al revés; cuando menos te calles, mejor. En fin, que a los veinticuatro años, más o menos, tuve claro quién era y lo que quería en esto de la dominación y la sumisión.
-Y tú querías dominar.
-Sí, pero no exactamente dominar. No simplemente infligir dolor o humillación. Esa parte tenía menos importancia para mí-. Paula se inclinó hacia un lado y apoyó el codo en el brazo del sofá -. Yo prefería corregir, domar, educar… Dar y recibir devoción y ternura. Mi motivación, mi vocación si lo prefieres, siempre tenía una base… no sé. Sentimental, si quieres. Emotiva.
–Algo más espiritual y mental que físico.
-Puede. Lo físico tenía su importancia, pero en un plano diferente.
Se oyó algo similar a una canción, que un coro de voces entonaba a lo lejos. A Maite le llegaba el sonido muy distorsionado, pero dio por hecho que sería una canción infantil. Fue incapaz de reconocerla.
-¿Y así fue como te metiste en lo del ABDL?
-Más o menos. Al principio fue raro; qué te voy a contar que no sepas. Ver a tíos hechos y derechos en pañales me parecía una frikada. La primera vez fue con alguien mayor que yo; me dio la risa, igual que a ti -Maite se envaró y Paula fingió ignorarlo-. No pude seguir. Luego, fui mejorando. Comprendiendo, poco a poco, las reglas del juego. Para mí el ABDL fue como el whisky.
-¿Como el whisky?
-La primera vez que lo probé me supo fatal -Paula hizo una mueca, como si le dieran arcadas-. La segunda, un poco menos a mierda que la primera; digamos que el regusto fue bueno. Y así. Con el tiempo, llegué a disfrutar profundamente del juego. Y ahora, lo practico siempre que puedo.
-No sé -Maite se frotó la barbilla, pensativa-. Dudo mucho que yo pudiera acostumbrarme, la verdad. Además -creyó necesario bromear, para distender un poco el ambiente-, casi no bebo.
-Haces bien -Paula sonrió de oreja a oreja-. Pero, en fin, las estadísticas están ahí.
-¿Estadísticas?
-Pues sí -dijo Paula, satisfecha-. Hemos elaborado algunas estadísticas con los pocos datos de que disponemos. Y lo dicen claro: más de la mitad de quienes prueban, repiten. Al menos aquí, en Abdlia.
-¿Se puede probar?
¿Por qué cojones había dicho eso? ¿Su innata curiosidad le jugaba la enésima mala pasada? ¿Se había dejado llevar por la pasión con la que Paula le estaba revelando todo aquello? Decidió disculparse, para evitar malentendidos.

«Ver a tíos hechos y derechos en pañales y onesie me parecía una frikada»
-Perdona, quiero decir si prueba mucha gente.
-Casi todos. Mmm… -Paula hizo memoria-. Nueve de cada diez, prueban.
-Qué precisión.
-¡Solo faltaba! -Paula se recostó en el sofá, con aire desenfadado-. Soy licenciada en Matemáticas.
-No se te nota.
-¡Ja! Esa sí que es buena -una risa, como un trino-. ¿Y cómo se me debería notar? ¿Poniéndome unos pendientes con el signo de la integral?
Maite sonrió y se preguntó si tales pendientes, de existir, podían tener connotaciones sadomasoquistas. Por lo menos, para ella sí. A fin de cuentas, Maite era funcionaria, no científica. Su única relación con las integrales consistía en comer insípidas barritas de cereales…integrales.
-¿Qué pasó luego? ¿Cómo llegasteis a fundar Abdlia?
-En aquel grupillo, como te dije, había un hombre maduro. Lo queríamos y respetábamos mucho. Se llamaba Sebas. Este hombre, además de ser la persona más dulce y culta que jamás he conocido, había hecho bastante dinero en su vida.
-¿Fue tu pareja ¿Tu little?-preguntó Maite, orgullosa de deslizar el término.
-¿Sebas? No, qué va. Pobre.
-¿Por qué?
-Lo primero y principal, porque era gay. Aunque él odiaba esa palabra. “Qué cursilada”, solía decir.
-¿Y qué más?
-Verás: Sebas había visto mucho mundo, con diferencia el que más de todos nosotros. Eso incluía haber explorado a fondo la cultura BDSM, tanto aquí como en el extranjero. Era un tío liberal. Sin embargo, también llevaba a cuestas mucha carga psicológica.
Más allá del hueco de la puerta Maite vio desfilar a varios little. Iban juntos, de la mano, a veces con su cuidador y otras con algún compañero. Ninguno iba vestido del mismo modo, pero Maite estaba segura que debajo de aquellos pijamas, aquellos trajecitos y aquellos mandiles llevaban pañales porque, en la mayoría de los casos, la ropa les abultaba demasiado de cintura para abajo. La tropa no les molestó. De hecho, no les hizo el menor caso. Su alegre griterío pasó de largo y se extinguió.
-¿Cuánta gente tenéis hoy?
-Entre las tres plantas, seremos unos treinta, más o menos -y, como si ese dato no tuviese la menor importancia, Paula retomó la historia-. Cuando digo cargas, digo cosas serias. Auténticas movidas. Unos padres retrógrados. Un matrimonio fracasado en los años noventa. Un intento de suicidio. Acoso. Amenazas de muerte. Problemas con las drogas… Yo que sé. Sebas arrastraba tanta mierda que ninguno comprendíamos cómo era posible que pudiera aún sonreír. Y lo más raro: nunca estaba de mal humor.
-Hablas en pasado. ¿Qué le pasó?
-Murió de cáncer -Paula aguardó a que la terrible píldora surtiera efecto en el rostro de Maite-. En junio hará cuatro años.
-Lo siento de veras.
-Gracias -y Maite tuvo la sensación de que ese gracias no se parecía a otros que estaba acostumbrada a oír o a pronunciar-. Sebas, como te dije, tenía pasta, pero su único heredero resultó ser un primo suyo o algo así. Sus padres ya habían muerto y él había sido hijo único, así que, antes de morir nos pidió que hiciéramos… esto.
-Abdlia.
-“Haced esto en memoria mía” nos dijo -al ver la sonrisa torcida de Maite, Paula se la devolvió-. A él le encantaba hacer coñas con las cosas de la iglesia. Según él, los curas le habían jodido demasiado en su niñez y adolescencia como para perdonarlos. Y, sin embargo, a su manera, él creía. Les había perdonado más de lo que le gustaba reconocer.
-Sebas era ABDL, entonces. ¿Me equivoco?
-Y muchas más cosas: spanko, por ejemplo. Pero profesaba un cariño especial al ABDL y a quienes lo practicaban. Hasta tenía su propia definición: “Teatro indie meets meditación trascendental, pero meándote encima” -. Paula rio, atolondrada-. Le echamos mucho de menos.
-Ya veo. ¿La herencia de Sebas cubrió todo esto?
-En gran parte. El resto lo pusimos de nuestro bolsillo. Aunque no fue muy caro.
-¿Y cómo lo hicisteis? -Maite superó la tentación de pedir el importe exacto a la licenciada en matemáticas- ¿Vosotros, directamente?
La interrumpió un súbito zumbido. El teléfono móvil de Paula vibraba sobre los cojines del sofá. Maite le dio permiso para cogerlo con un gesto.
-¿Sí? -pausa indeterminada-. Ah, sí, claro -un bisbiseo ininteligible-. Escucha, hoy estoy de embajadora. Está esa chica, Maite, conmigo. ¿Te importa si pongo el manos libres? Vale.
Paula dejó el móvil en la mesa con sumo cuidado, como si conociera la acústica del salón y quisiera escoger el mejor lugar. Del otro lado se presentó una bonita voz de barítono, apenas distorsionada por la algarabía de fondo:
-Hola, Maite. ¿Cómo estás? Nos encanta que nos visites. Soy Mateo, encantado.
-Hola, ¿qué tal?
-Oye, Mateo -dijo Paula-. Estamos aquí de charleta, pero si necesitas que te eche una mano, no hay problema.
-Sí, porfa. A saber lo que han desayunado estos cabrones. Están hiperactivos -la voz se alejó por momentos, perdiendo volumen-¡Clara, estate quieta con las cortinas! ¡David, ven aquí! -y la voz volvió a escucharse en primer plano-. Hay que cambiarles y no quiero alborotos en plena Operación Culito Al Aire.
-¿Vamos?
Maite detestó darse cuenta de ello, pero aquel era uno de esos momentos en los que un “sí” o un “no” pueden lamentarse el resto de la vida. Y detestó más aún ignorar cuál de las dos opciones la haría, a la larga, más feliz. A corto plazo prefería el “no”, eso lo tenía clarísimo. El subsiguiente conflicto interior se saldó, tras un enconado enfrentamiento, con la victoria por la mínima -y en el tiempo de descuento- de la Maite curiosa e inquieta.
– Por mí, está bien -dijo Maite.
-Vale -dijo Mateo desde el altavoz-. Estoy en la sala 2 con… -y soltó un grito estridente, antes de colgar-. ¡Como vaya ahí os caliento!- Y colgó.
Las dos mujeres intercambiaron una mirada de inteligencia. Se avecinaba la prueba de fuego y ambas lo sabían. Lo único que Maite tenía claro es que a ella el whisky no le gustaba. Pero, como había dicho Paula, a nadie le gustaba al principio. O a casi nadie. Casualidades de la vida: Pablo, su novio, no bebía otra cosa cuando salían.
(Continuará…)
Un comentario en “Historias ABDL: «ABDLIA» (II)”