Primero, como siempre, las normas
En episodios anteriores… I y II
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Paula se levantó despacio, con cierta solemnidad, y dijo:
-Se me ha ocurrido sobre la marcha, no estaba preparado. En el cuestionario, si mal no recuerdo, escogiste interactuar con los usuarios si había ocasión.
-Sí… eso puse. Creo.
-Estate tranquila. Los little que están con Mateo se han prestado voluntarios también -Paula levantó un pedagógico dedo índice. Hacía el papel de maestra a las mil maravillas-. En Abdlia no solo tenemos cuidadores embajadores, sino también embajadores little. Así tiene más sentido la propuesta y las personas que vienen pueden hacerse una idea lo más real posible.
-¿No es muy caro todo esto?
-Al principio sí lo fue -dijo Paula-. Ahora lo mantenemos entre todos y no es nada caro para todo el bien que nos hace. Créeme: aquí solo hay adultos que saben lo que quieren.
-Y quieren usar pañales y tal.
-Muchos sí, de vez en cuando. Y otros les cuidamos, por así decir. También tenemos bastantes usuarios que disfrutan de ambos roles. Y algunos que mantienen relaciones 24/7, pero son muy pocos. ¿Vamos?
-Oye… Yo no quiero cambiar pañales ni nada de eso. Paso.
-Por supuesto que no -contestó Paula-. De eso nos encargamos nosotros. En cualquier caso, si en algún momento te sientes incómoda, superada o, por la razón que sea, prefieres salir y volver a este salón o a algún otro sitio, por favor, dínoslo.
-Lo prometo.
Salieron en dirección a la sala correspondiente, que estaba al fondo del pasillo. A Maite le llamó la atención que las paredes de aquel ala estaban llenas de pintura de manos. Había manos por todas partes y de todos los colores imaginables. Supuso que los usuarios dejaban así su firma en la casa.
-Para la mayor parte -dijo Paula, adivinando los pensamientos de Maite- sus edades de little van de los dos a los seis años. No tendría sentido una firma para ellos. Ni un grafiti.
-Tiene su lógica. ¿Y los hay que juegan a ser más mayores?
-Sí, claro. Pero esta planta es para los más little.
-¿Hay plantas para otros juegos?
-También -dijo Paula llamando a la vieja puerta de madera-, por supuesto. Tenemos tres mazmorras en el tercer piso y ahí cada cual…
-¿Y el segundo?
-Ese es especial. Luego te lo enseño, si quieres. De todas formas, las tres cuartas partes de los usuarios solemos andar más por aquí abajo.
La puerta se abrió violentamente y al otro lado apareció quien Maite supuso que sería Mateo. Debía frisar los treinta, también. De complexión y estatura medias. El pelo cortado al cepillo. Aniñado todavía; la barba parecía más postiza que de verdad. Su rostro, congestionado por la furia, era todo líneas de expresión.
-Llegáis a tiempo -dijo Mateo-. Porque me sé de uno que, además de un pañal limpio, va a necesitar dentro de nada un culito nuevo.
De dentro llegaba una barahúnda de gritos, risas y algún que otro quejido. Cosas arrastrándose por el suelo. Cosas revueltas. Cosas que golpeaban otras cosas. Maite miró a Paula, como pidiendo más información.
-Son little -explicó Paula-. Si se portan mal, les castigamos. Esa es una de mis especialidades, además.
-Anda -Maite no podía imaginarse a Paula riñendo ni pegando a nadie. Y menos después de haber visto lo cariñosa que había sido con Bruno en el salón-. Quién lo diría.
-Pasad, por favor. Maite. Mami Pau… Perdón; Paula.
En menos de lo que tardó Maite en comprender la razón del error, el rostro de Mateo adquirió un color capaz de rivalizar con el colorete de Paula. Mateo permitió que la cuidadora le acariciase. Luego ella retiró las manos de repente, haciendo como que se había quemado. Eso hizo sonrojarse a Mateo aún más, hasta el punto de que el tono de su piel era indistinguible del de sus labios.
-Mateo tiene poca experiencia como cuidador en Abdlia -comentó Paula-. Normalmente prefiere ser little, pero lleva una temporada explorando otros roles.
-Eh… Sí, claro. Es eso -una risa nerviosa, efervescente-. Paula. Paula…
-A ver, ricura mía -dijo Paula, tomando a Mateo del mentón-. Cuéntale a la tía Maite cuántas veces Mami Paulita le ha cambiado el pañal a su meoncete preferido. Cuántas veces le ha leído cuentos y cuántas veces le ha hecho mimitos hasta que se duerme.
Los ojos de Mateo chisporrotearon como ascuas. Luego, el brillo fue remitiendo lentamente, a medida en que una sonrisa iba dibujándose en su rostro milímetro a milímetro, y otra, más pícara e inmediata en el de Paula.
-Cabrona.
-Un poquito, sí.
Ambos estallaron en carcajadas y Maite se les unió por cortesía. ¿Por qué, si no? Quería encajar un mínimo en aquel estrafalario lugar.
-Venga, que si no estos prenden fuego a la casa -dijo Mateo-. No sé cómo haces tú para meterlos en cintura, Paula.
-Como si no lo supieras -respondió Paula, insinuante-. Vamos allá.
Aunque Maite no se sentía completamente preparada, entró detrás de ellos. La sala era amplia; el triple que el salón de su casa, por lo menos. La decoración ya se la esperaba: dibujos rudimentarios, paneles con letras de colores y posters de dibujos animados. Estaba dividida en secciones: había una pizarra y pupitres en una esquina, una zona de juegos en la que destacaba un curioso tobogán y una pequeña biblioteca con silloncitos, pufs y peluches grandes como armarios. También había un pequeño arenero, pero estaba cerrado. Reinaba una febril actividad; Maite contó hasta nueve little muy metidos en su papel. Había dos que jugaban con piezas de construcción y se disputaban las mejores. Otros dos jugando a esconderse tras las cortinas. Otros dos peleándose por tirarse antes del tobogán. El restante les echaba a los demás miradas rencorosas desde un rincón. Maite dedujo que estaría castigado.
Los nueve tenían un aspecto diferente, único por así decir, pero inequívocamente… ¿ABDL?. La mitad solo llevaban puestas camisetas de colores y pañal. Uno vestía pantaloncitos cortos, con tirantes. Otra little, un vestido con lazos que parecía más de juguete que la muñeca con la que jugaba. El del rincón llevaba un onesie con muñequitos (elefantes, presumió Maite desde el centro del salón). Maite supo que su novio se habría encontrado en aquella sala como en su casa. No, se dijo. Casa no era el término adecuado. “Hogar” acertaba de plano. El matiz era fundamental, si es que Maite estaba en disposición de entender lo que estaba ocurriendo allí. Tenía que intentarlo, por lo menos.
Mateo y Paula no la importunaron y la dejaron pasear por entre los little, observando cuanto hacían. Maite había supuesto que dejarían de jugar. Que se asustarían o al menos se avergonzarían al entrar ella allí. Pero nada de eso. Al revés; incluso uno de ellos, de la edad de Pablo más o menos, le sonrió y le ofreció el cuento que estaba leyendo. Cuando Maite lo cogió, el chico se ruborizó de emoción, pero ella apenas se dio cuenta. No podía dejar de mirar la mancha de color amarillo verdoso que el little lucía entre las piernas. Estaba empapado. Y le daba igual estarlo, de eso Maite no dudaba. Allí dentro, según parecía, uno podía hacerse pis encima y no tenía importancia. Podía tirarse por un tobogán y se consideraba normal. Podía jugar al escondite como si nada.
Paula apareció junto a Maite, saludó al chico y le puso el chupete en la boca. Él rio despreocupadamente y alargó los brazos hacia Paula, ansioso por recibir cariñitos.
-¿Te estás portando bien hoy, Juanito? -preguntó Paula-. Mateo dice que estáis muy rebeldes.
El little asintió con la cabeza y señaló con disimulo a su compañero castigado, que observaba la escena con interés desde su rincón “de pensar”. En cuanto se dio cuenta de que Paula y Mateo lo miraban, se volvió de repente y se quedó muy quieto.
-Ya veo, ya -dijo Paula-. Vamos a ello.
Maite tuvo que preguntarlo. De alguna manera necesitaba una confirmación expresa para creerlo.
-¿A qué?
-Oh, ya sabes… A imponer un poquito de disciplina a un nene travieso. A ese, en concreto. Puedes salir un ratito si quieres, Maite.
-Ah… Bueno, supongo que me quedo. Acabo de entrar.
-Sí, mami Paulita -dijo el little sin levantar la vista del cuento. Pronunciaba mal debido al chupete-. Ha sido muy malo. Pam, pam, en el culete hasta que haga buah, buah.
-Sí, ¿eh? -dijo Mateo-. Pues a lo mejor tú eres el siguiente, así que mejor no digas nada.
-Noooooo -el chico parecía de veras ofendido-. Yo he sido muy bueno, papi Mateo.
-Ya veremos.
Maite tuvo la impresión de que la algarabía previa daba paso a una quietud tensa, expectante, a medida que Paula se aproximaba al rincón con pasos lentos y rituales, atrayendo las miradas temerosas de todos y cada uno de los little de la sala. Cuando llegó junto al chico que estaba castigado, el silencio era tal que Maite escuchaba los latidos de su propio corazón. De alguna manera, se había dejado contagiar por aquella amalgama de devoción y miedo que la presencia de Paula generaba en la sala. El little con el que estaban se puso a toquetear su pañal muy ufano y Mateo le dio un suave coscorrón para que parase.
-Vamos a ver -dijo Paula, metiendo un dedo en la cintura del pañal y tirando hacia atrás. El little se puso tenso y juntó las piernas como un soldado en posición de firmes-. Ajá. Ya veo. Además de bruto, un gran meón.
-N…no, no -balbuceó el chico-. Yo no hice nada, mami Paulita. Ha sido Juanito.
-¿El pipí también es culpa de Juanito?
-Yo… yo… Se me escapó cuando jugaba…
El brazo derecho de Paula salió disparado como una serpiente, agarró al little por la oreja y le dio un tirón. La otra mano se estampó en el trasero del little y lo hizo vacilar.
-Ven conmigo, pequeñín, ven. Ven a la faldita de mami.
Paula arrastró una silla de madera por el suelo. El inexorable chirrido de las patas le puso a Maite la piel de gallina y un nudo en la garganta que no era capaz de explicar.
-No, mami Paulita. Faldita, no. ¡Faldita, no!
-Sí, sí -dijo Paula, casi solfeando-. A mami no le gustan los niños malos y meones que se pelean con sus amiguitos- desabrochó el onesie con una habilidad notable, mientras el little daba pisotones en el suelo, sin moverse del sitio-. Así, bien desabrochadito.
-Mami, mami Paulita… Seré muy bueno. Seré bueno.
-Claro que lo serás, tesoro. Venga, la cuenta atrás -Paula fue arrancando las tiras adhesivas del pañal una a una, mientras las contaba-. Cuatro, tres, dos… -el little sollozó-. Uno.
Paula recogió el pañal mojado, lo dobló y lo puso bajo la silla. El little, desnudo de cintura para abajo, no se atrevía a mirarla. Paula lo agarró por una mano y le clavó un dedo en una de las redondas nalgas.
-Y ahora toca poner este culito como una picota. ¡Venga! A la faldita, mi amor.
-No, mami, no…
-Sí, mami, sí. Claro que sí.
El little, muy despacio, como si aún tuviera esperanzas de ser perdonado, se inclinó sobre el regazo de Paula y le dirigió una última mirada de tardío arrepentimiento. Cuando tenían la cabeza a la misma altura, Paula le dio un encantador beso en la sien y Maite se estremeció al escuchar a la cuidadora decir:
-Mami te quiere.
Por fin, el little se quedó tumbado de bruces sobre las rodillas de Paula, con el trasero completamente al aire y un poco elevado. Aunque la azotaina no había comenzado, el little no dejaba de lloriquear y de pedir perdón en voz muy baja. Maite se fijó en que más de uno de sus compañeros de juegos contemplaba la escena con malicia. Quizá el little no hubiera mentido. Pero ya daba igual.
Después, todo sucedió a una velocidad portentosa. Maite ni siquiera fue quién a contar los palmetazos cuando Paula comenzó a descargar una auténtica retahíla sobre el culo de su pupilo, a mano abierta y con el vigor de una atleta. Las marcas de sus dedos pronto formaron un red roja sobre la piel, mientras esta se encendía bajo los demoledores azotes, pasando del blanco al rosa y del rosa al encarnado. El little no dejaba de patalear, como si quisiera escapar corriendo, ni de sollozar bajo la implacable disciplina de Paula. Su culo, que vibraba bajo los tremendos impactos como un flan, fue literalmente tundido por Paula, ante la atenta y medrosa mirada de los demás little, que había perdido todo atisbo de la malicia inicial. Maite se preguntó por qué Paula no seguía riñendo al chico; le habría parecido lo más natural del mundo en aquel contexto. Algo del tipo “esto te pasa por malo” o “llora todo lo que quieras”. Lo típico, o lo que ella pensaba que sería lo típico. Incluso como neófita, Maite no carecía de imaginación.
El castigo se detuvo tan súbitamente como había comenzado. Casi parecía que el chico se había sentado sobre una hoguera cuando Paula le acarició las nalgas al rojo vivo y le dijo con suma ternura:
-Hala, ya tienes el culito bien rojo. Ahora, enséñamelo.
Maite no pudo entender nada de lo que el little respondió: algo ininteligible y entrecortado. Paula le ayudó a incorporarse, lo sentó sobre sus muslos y se puso a acunarlo. El little la abrazó, sin parar de llorar, enterrando el rostro bajo la barbilla de su cuidadora. Paula le susurraba palabras al oído, meciéndose con él atrás y adelante. Maite aprovechó la calma sobrevenida para mirar a Mateo, que estaba a su lado de brazos cruzados, y se lo imaginó también sobre las rodillas de Paula, sufriendo el mismo castigo. Por mucho que se hiciera el duro en su rol de cuidador, seguro que también había pasado por la faldita de Paula alguna vez.
Entretanto, el little castigado iba recobrando la compostura. Al menos ya se le entendía.
-Mami, mami… Lo siento mucho.
-Shhhh… Tranquilo, tesoro. No pasa nada. Estoy aquí contigo. A ver, dile a mami por qué te ha castigado.
Aquí dentro hace un calor de mil demonios, pensó Maite.
-Por hacerme pipí -se le quebró la voz-. Y por pelearme con Juanito. Pero ya no lo haré más, mami.
-Pues claro que no. Un nenito tan guapo y tan listo como tú -Paula pasó el dorso de la mano por las mejillas pringosas del little, que se quedó extasiado, mirándola con la boca abierta, incapaz de articular una sola palabra más-. Mami ha tenido que calentarte el culito un poco, pero te sigue adorando. Hala, ahora haz lo que mami te dijo, ¿vale?
El abrazo en que se fundieron descolocó a Maite. Sentía un vacío en el estómago que distaba mucho de ser desagradable. Un hambre nueva, de una avidez refinada. Una gota de sudor fluyó hacia abajo por el canal de su espalda y la obligó a pensar en Pablo. En sus ojos. Sus brazos. Y, sobre todo, en su culo. Maite se metió las manos en los bolsillos y apretó los dientes, entre los que habría dado cualquier cosa por tener los labios de su novio. Ese cabroncete de Pablo. Ese… ese… niño malo. Joder, qué poderosas eran algunas palabras.
Hubiera querido no mirar, pero lo hizo cuando el little se levantó, ayudado por Paula, y se inclinó hacia delante, mostrando su baqueteado trasero a toda la sala.
-¿Veis? -dijo Paula-. Esto es lo que les pasa a los niños malos.
Maite cerró sus puños bajo los bolsillos. Se clavó las uñas. Tenía el resultado de la antológica azotaina delante de sus ojos y no podía apartarlos.
-Muy bien -Paula se levantó y abrazó de nuevo al chico-. Ven, que voy a cambiarte.
-Sí, mami.
-Sí, mami… ¿qué más?
-Sí, mami Paulita.
Lo llevó de la mano a un lateral en el que había dos cambiadores. A una indicación de Mateo, se fueron acercando los demás usuarios y se pusieron a la cola. Maite recordó lo que había dicho Mateo, lo de la “Operación Culito” o algo así. Iban a cambiarlos a todos y ella no estaba segura de querer verlo.
-¿Cómo vas, Maite?- le preguntó Mateo-. ¿Estás bien? ¿Estás a gusto?
-Pues… es complicado. Por una parte sí, y por otra… me siento algo incómoda.
-Ya sabes que puedes quedarte o salir cuando quieras -le dijo Paula, abriendo el cajón del cambiador. Estaba lleno de pañales y toallitas de mil tipos y marcas diferentes-. Nada es obligatorio aquí salvo relajarse.
Maite había tenido suficiente para una primera aproximación. Se sentía abrumada por la experiencia. Había notado una auténtica conexión en algunos momentos, mientras que en otros se había sentido completamente alienada. Saciada su primera curiosidad, necesitaba digerir lo visto y presenciado. No tenía todavía una opinión formada respecto a eso del ABDL. Al menos no en su conjunto. Sin embargo, la idea de ser ella quien zurrara a Pablo era sumamente atrayente. Más que eso: excitante. Nunca lo había deseado antes y no sabía por qué. ¿Acaso se trataba del atrezzo? ¿Del ritual previo? ¿De la situación? ¿De… del público? Y Maite, que toda su vida se había considerado normal, se encogió de hombros y dijo:
-Bueno… Me quedo un poquito más.
-Como quieras -dijo Paula-. A ver, ven aquí, principito -Paula dio unos golpecitos encima del cambiador, levantando nubecillas de talco-. Vamos a ver qué regalito tienes para mami.
El primero de los little se subió al cambiador y se quedó quieto y a cuatro patas, esperando más indicaciones.
-Huy, huy huy… -Paula se cruzó de brazos, con un ademán desenfadado-. Mira lo que tenemos aquí. A ver, enséñale tu super pipí a la tía Maite.
-Pensándolo mejor, prefiero esperar fuera un ratito -dijo Maite-, hasta que terminéis.
-Ok, no te preocupes. Estoy contigo en cinco minutos -y se dirigió al usuario-. ¡Hop! Venga, date la vuelta y abre esas piernecitas bien para mami Paulita. Mateo, ¿te pones con los otros y abreviamos?
-Sí, claro -Mateo cogió a la chica del vestido cantoso de la mano y se la llevó al cambiador contiguo-. Vamos a ver ese culito de princesa -la levantó a pulso y la sostuvo hasta que la little consintió en sentarse en el borde. Luego, a traición, ella le dio un beso en la nariz y se echó a reír-. Mira que eres…
Maite levantó la mano para despedirse y salió sin mirar atrás. Cuando ya estaba fuera, se apoyó en la puerta y resopló como si hubiera escapado de un desprendimiento por los pelos. Caminó en círculos por el pasillo durante unos minutos, luchando por ordenar sus sentimientos y asimilar lo que había aprendido en aquella sala. Al poco, como había prometido, Paula salió, precedida por un coro de voces que cantaron al unísono: “Adiós, mami Paulita”.

«Y, sobre todo, en su culo…»
-¿Qué tal? ¿Muy fuerte? ¿Muy chocante? ¿Muy cringe?
-Un poco sí, la verdad.
-Pero solo un poco. Eso es buena señal.
-Necesito más café -la sonrisa de Maite fue equivalente a enarbolar una bandera blanca. Suspiró-. Es como si no estuviera preparada, y mira que he investigado por internet, pero verlo en persona es totalmente diferente.
-Sí, por supuesto -Paula hizo un gesto para que Maite fuera delante-. Tómate todo el tiempo que necesites y, si puedes, pásalo bien.
-Es jodido -Maite se sintió súbitamente nerviosa por soltar el taco y rectificó-. Quiero decir… rompe mis esquemas.
Siguieron hablando mientras se dirigían de vuelta al salón de estar. Allí, Paula preparó otra cafetera mientras le daba a Maite algunos detalles sobre lo que había visto.
-Tienen entre veinticinco y cuarenta y tres años. Son todos ellos ABDL, claro, aunque más AB que DL. Usuarios veteranos, por cierto. Uno de ellos estaba en el grupo de Sebas. ¿Sabes, el de los tirantes?
-Sí, sí.
-Pues nos conocemos desde hace años ya -Paula le acercó a Maite la taza de café-. Es un tío encantador. Para él, esto es un refugio con todas las de la ley. Lo necesita.
-¿Qué quieres decir?
(continuará…)