Historias ABDL: «ABDLIA» (IV)

Primero, como siempre, las normas

En episodios anteriores… II y III

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Maite prefirió quedarse de pie. Tenía calor y los sillones la harían sudar más. Aspiró el olor el café y le dio un sorbo. Estaba ardiendo, pero no le molestó.

-Verás: cuando tratas durante años con los demás usuarios, o compañeros, o amigos si lo prefieres, descubres cosas. Las personas que vienen aquí son muy diferentes entre sí, pero puedes estar segura de que todos, a su manera, disfrutan mucho de sus visitas.

-Me lo imagino… Oye. Y… ¿alguna vez…? Bueno, ya sabes.

-¿Sí?

Aunque en la última hora y pico Maite había visto algunas de las cosas más raras de su vida, no se atrevía a hablar de sexo abiertamente con Paula. Alzó las cejas, y Paula entendió la indirecta.

-Ah, ya entiendo. Ya sé por donde vas -Paula se rascó la nuca, divertida-. Bueno, con estos usuarios no hay problema. Son muy AB; para ellos no tiene nada o casi nada de sexual. Algunas veces hay pequeños accidentes con eso, pero no hay problema, estamos acostumbrados y ellos también. Las normas son las normas y en esta planta, nada de sexo entre los usuarios. Para eso está la segunda planta y las habitaciones privadas. Por eso no permitimos que la pareja del usuario sea su cuidadora en la planta baja.

-Sí que lo tenéis controlado.

-Esas cosas son importantes y somos tajantes con ellas. Las parejas y los rollitos, a la segunda planta. Aquí, tranquilidad y seguridad.

-Ah, vale. Perdona -y Maite, aliviada, cambió de tema-. Me estabas hablando de las diferencias entre los usuarios.

-Sí -brindaron con las tazas de café-. Yo casi siempre cuido chicos y he aprendido mucho de ellos. De los hombres, me refiero.

-¿Por ejemplo?

Paula meditó un instante, dando vueltas al café con la cucharilla. Parecía la bruja buena de un cuento infantil, preparando una pócima.

-Yo soy feminista. Creo que las mujeres siempre nos llevamos la peor parte en todo. Pero… -Paula detuvo su discurso para dar énfasis- ya no soy tan radical como antes. Tengo claro que ser un hombre tampoco es ninguna ganga.

-¿Y eso?

-Es la verdad. Cada cual tiene sus presiones. Nosotras las nuestras y ellos las suyas. Cuando los ves ahí jugando, riendo o pidiendo mimos, sientes por ellos… No sabría decirte. Una empatía especial. Aunque lleven su onesie, su trajecito o su pañal, en realidad es como si estuvieran desnudos por completo. Aquí no hay jefes cabrones, no hay padres exigentes… Los estereotipos no operan. No tienen por qué ser fuertes, agresivos ni invencibles. Si necesitan llorar, lloran. Si se enfadan, protestan. Si están cansados, se echan la siesta.

-Vestidos por fuera y desnudos por dentro.

-Sí. Algo así -de pronto a Maite le pareció que Paula estaba exhausta-. Lo percibo en cómo me abrazan, en cómo me besan… Incluso en cómo berrean y se contorsionan cuando les doy una buena zurra. Ya lo has visto. Cuando consuelas a un little es cuando comprendes de veras lo que ser little significa para ellos.

-Sí, sí, consolar -Maite agitó la mano derecha arriba y abajo-. Le has puesto fino, ¿eh? ¡Caray!

-¡A tope! -Paula esbozó una sonrisa tan amable como malévola-. Hay días en los que salgo de aquí prácticamente borracha, después de tanta carga emocional. Pero ellos se sienten felices y seguros conmigo y eso me importa. Y yo me siento… renovada. Me cargan las pilas.

-Ajá -aunque Maite no lo comprendía del todo, le fascinó la idea de ser capaz de comprenderlo al menos en parte-. Siempre es más o menos como lo he visto, ¿no?

-Hay mucha improvisación. Cantamos, jugamos, leemos… Mediamos entre ellos, pero les dejamos libres. Lo importante es la comunidad, la idea de tener un espacio seguro en el que compartir este estilo de vida con personas afines.

-Intrigante, lo reconozco. Y raro.

-Si, muy raro. Raro y maravilloso, en mi opinión.

-¿Vienen muchas parejas?

-Bastantes. Yo diría que más de la mitad de usuarios tienen pareja. Pero lo que te digo: si va a haber sexo, que sea en privado.

-¿Y qué hay de ti, Paula?

Maite pensó en retirar la pregunta, pero la reacción de Paula la intrigó demasiado: cruzar las piernas, echarse hacia atrás y juguetear con uno de los tirabuzones de su pelo. Probablemente estaba acostumbrada a despertar la curiosidad de los visitantes. ¿Una mujer aficionada a cambiarle los pañales a hombres hechos y derechos? ¿A leerles cuentos? ¿A darles unas azotainas de campeonato? Peculiar, como mínimo.

-Mi pareja no sabe que soy fundadora y cuidadora en Abdlia. No es de este mundillo, vaya.

-Anda. Qué raro. Me da la impresión de que cualquiera de esos hombres de antes… Ya sabes. Se morirían por ser tu pareja.

-Es posible, sí. Pero mi chico… bueno. Nuestro porcentaje de éxito es alto, pero no del 100%.

El asombro de Maite la obligó a terminarse la taza de un solo trago. Por suerte se había enfriado lo suficiente.

-Lo trajiste aquí y no funcionó, entonces. Menudo papelón -Maite miró a Paula con verdadera piedad-. Siempre introduciendo a otras personas, pero tú, en cambio, nada.

-Por desgracia, así es. Hice un par de intentos con él. Le compré algo de ropa, un chupetito mono… Pero nada, no hubo la menor química.

-¿Y lo de…? -Maite creyó que si lo decía de cierta manera, Paula no notaría su renovado interés por la cuestión-. Lo de “pam, pam en el culete” -Maite hizo el gesto-. ¿Tampoco?

-Tampoco -Paula entrelazó sus manos y las usó de almohada. Más que sentada, estaba hundida en el sofá-. Le pareció estúpido. Desagradable. ¿Sabes qué me dijo? “No entiendo qué tiene de excitante pegarle a tu pareja”.

Por mucho que le costara asumirlo, Maite no podía decir otro tanto. Había descubierto ciertas inclinaciones muy íntimas acerca del significado de pegar a un amante. Solo de imaginarse a ella misma jugando a según qué cosas con Pablo, se mareaba. ¿Se atrevería ella a plantearlo? ¿Habría una negociación al respecto? ¿Le diría Pablo que ni loco? ¿O se pondría a cien?

-¿Y crees que se enfadaría si se entera de que vienes a menudo?

-Puede, pero por ahora prefiero callarme -Paula respiró profundamente-. No tengo nada con ningún usuario, pero supongo que mi rol sería difícil de explicar.

-¿Y no te planteas dejarle?

-Qué va -Maite se enterneció. Había una nota de auténtica tristeza en la voz de Paula-. Yo le quiero. Le quiero muchísimo. No estoy dispuesta a renunciar a él. Pero a esta faceta de mi vida -Paula corrigió los pliegues de su batín de maestra- tampoco. No tengo ningún amante aquí. Solo amigos.

-Tranquila, yo no te juzgo. Tiene sentido lo que dices.

-Por desgracia, dudo que él lo entendiese. No estoy dispuesta a arruinar mi relación contándole algo así. Es mejor mantener el secreto.

-¿Y no te reconcome? ¿No te comes el tarro?

-Bastante -Paula carraspeó-. Pero estábamos hablando de tus sensaciones. Cuéntame qué tal en el aula.

-Pues, bueno… De todo un poco, la verdad

Maite descubrió que era divertido, además de oportuno, el hablar de sus nuevas ideas con alguien que tenía infinitamente más experiencia que ella en ponerlas en práctica,

-Me gustaría saber, si puede ser, lo que sentías cuando estabas castigando al little.

-¿Te llamó la atención?

Un silencio cortés, a modo de respuesta implícita. Maite sonrió con afectación.

-Oh, claro. Perdona. Mis sensaciones -Paula hablaba en ese tono apresurado y agudo que preludia la risa, pero la contuvo-. Cuando están a mi merced, completamente entregados y sumisos, preparados para su castigo, es cuando más se fortalece el vínculo del que te hablaba. El momento previo a propinar ese primer manotazo o zapatillazo es el más especial de todos. Algunos incluso tiemblan de la emoción y tengo que tranquilizarlos un poco antes de empezar. En cuanto a mí, lo que siento es, sobre todo, conexión e intimidad. Y una especie de impaciencia muy gratificante. ¿Te has tirado en paracaídas alguna vez?

-Pues no.

-¿Y del trampolín de una piscina?

-Sí, pero no muy alto.

-Pues yo me tiro del más alto de todos -Paula hizo una mueca divertida y guiñó un ojo-. Casi ni veo el agua desde ahí arriba, te lo juro.

Maite se conocía a sí misma lo suficiente como para comprender que el pinchacito que sintió en el vientre era de envidia. Ella también quería experimentar eso. Tenía que subir alto, muy alto, y luego precipitarse. Soltó un silbido.

-Guau. Pues no sé. Quizá lo pruebe algún día.

Para mañana es tarde, pensó Maite.

-¿Qué más querrías saber? No te cortes.

-Tantas cosas… Por ejemplo, ¿no te da asco lo de cambiarles? ¿No te echa para atrás?

-En absoluto. Es algo bastante común. Lo habitual, ¿no? Si llevan pañales, es por algo.

-Ya, pero podían limitarse a llevarlos. ¡Puagh!

-Y algunos solo los llevan, nada más -Paula hizo un ademán comprensivo-. De los usuarios que viste, hay uno que no lleva nunca, porque no le gusta. Luego, hay dos o tres que llevan pañal, pero no lo usan, porque para ellos eso no es importante. De los otros, hay tres que lo mojan y los dos restantes… pues de todo. Ya me entiendes.

-Uf… qué asco. Para mí eso sería una línea roja.

-¿Y qué hay del lado bueno de esa línea?

Ahí estaba de nuevo. Esa inexorable tranquilidad con la que Paula le planteaba cada avance y le sacaba punta a sus comentarios. Maite se atragantó de la impresión y se puso a toser. Tardó lo suyo en recuperar el aliento.

-Uf, no me veo, no me veo -dijo Maite-. El pañal, bueno, pero nada más.

-Cada persona es un mundo, y cada sumiso un universo. ¿Tu pareja te habló del tema?

-Una vez mencionó lo de hacerse pis. Ya sabes: el truquito. Decirlo en plan de broma, como quien no quiere la cosa. No me hizo mucha gracia, la verdad.

-¿Y ahora que lo has visto en vivo y en directo?

-Ya vi que uno de los usuarios se había hecho. El chico del cuento, el que estaba donde los libros. Me pareció que estaba muy mojado.

-Y lo estaba, créeme. Te lo digo como quien lo cambió.

-El caso es que viéndolos a ellos, no me parecía tan desagradable. Pero no me imagino a Pablo haciendo lo mismo. Ni a mí misma con las toallitas y demás, en plan «meoncete«, etc.

-Pues ningún problema. Eso háblalo con él y ya está. ¿Te ves bañándolo, acostándolo o leyéndole cuentos, por ejemplo?

-Mmmm… Quizá -Paula asintió con la cabeza y Maite se sobresaltó-. ¡Eh! Solo digo que quizá.

-Es un comienzo muy prometedor, Maite.

-Quizá, he dicho.

Una vez más, Paula tenía razón. Había una enorme diferencia entre el “quizá” y el “no sé”. Y entre el “no sé” y el “ni de coña”. De hecho, “ni de coña” es lo que Maite le había dicho a Pablo la primera vez. Había sido durante unas vacaciones en la playa, en las cuales él le había mencionado lo de comprarse un onesie y dormir con él. Se acordaba a la perfección de la cara de decepción que Pablo había puesto ante su rotunda negativa; poco le había faltado para hacer pucheros. Tres años después, y tras innumerables anécdotas, los pasos de Maite la habían encaminado a Abdlia, en busca de un sentido que ella, por sí sola, no había logrado desentrañar. Quizá, sí. Quizá gracias a Paula había conseguido encontrar uno de los extremos del nudo. Y ahora tenía que decidir si tiraba de él o no.

-Te gustaría castigarle, ¿no? Al menos, probarlo.

-Sí.

Qué fácil había sido decirlo. Maite no se arrepintió en absoluto de ser tan franca y menos después de todo lo que Paula se había esforzado para ayudarla. Se lo debía.

«Me pareció que estaba muy mojado»

-Díselo, entonces. Así iréis encontrando puntos en común.

-Das por hecho que dirá que sí.

-Es muy probable. Los castigos son muy importantes. Ser little implica, entre otras cosas, poder meter la pata sin miedo real a las consecuencias.

-Pero eso no es así. Si acaban con el culo rojo como un mandril… ¡Hay consecuencias!

Paula bajó la mirada. Parecía enfrascada en un monólogo interior que se sabía de memoria, por haberlo mantenido con anterioridad innumerables veces. Maite supo que iba a revelarle algo importante.

-No funciona así, Maite. Créeme: no funciona así.

-¿Y cómo?

-El castigo es un juego íntimo, un mutuo desahogo. En la vida real, el el mundo real, los little son como cualquier otra persona. Tienen problemas el trabajo, en su entorno familiar, en su círculo de amistades, etc. En ese mundo real, los errores se pagan caro. Te equivocas y pierdes un amigo, a tu pareja, a un familiar. O pierdes tu trabajo. O te arruinas. O pierdes el apoyo de tu familia.

-Pero eso tampoco es así.

-O sí.

Maite tuvo que callarse. No podía descartar que Paula tuviera, cuando menos, bastante razón. Mucha más razón de la que le habría gustado reconocer. La vida, además de injusta, podía ser muy cruel.

-El little cuenta con su cuidador haga lo que haga. ¿Lo entiendes? Porque en el fondo, ese tiempo que, como little, pasa en el rincón de pensar, o el escozor del culo, o el sabor a jabón en la boca no significan casi nada. Llegan rápido y se van. Cuando mete la pata, el little sabe que podrá expiar su culpa rápidamente y en menos de nada volverá a sentirse genial. El cuidador seguirá ahí. Sus juguetes seguirán ahí. Sus peluches seguirán ahí. Sus rotuladores nuevos también. La felicidad, cuando se es little, nunca está de veras en juego, ni camina por el filo de la navaja. Es tan perenne como las hojas de un pino. Es indestructible. ¿Qué importan unas nalgadas de más o de menos? ¿Qué importa irse a la cama a las siete de la tarde? Al minuto o al día siguiente, todo volverá a ser perfecto.

-No estoy segura de seguirte.

-¿Has hecho la primera comunión?

Maite se echó a reír con ganas.

-¿Eso que tiene que ver? -como Paula seguía muy seria, Maite decidió darle la información-. Sí, la hice. ¿Y qué?

-Entonces tuviste que confesarte antes.

-Claro.

-Ajá. Pues no lo llames castigo, llámalo penitencia. Un precio ínfimo por reconciliarte con ese mundo perfecto. Por volver al paraíso.

-Joder -esa vez Maite no sabía como ponerse, ni en dónde meter las las manos, ni qué contestar que tuviera algo de sentido-. Suena incluso demasiado profundo. ¿Entonces tú serías… una especie de dios para ellos?

-No exactamente. Pero sí el guardián y gestor de ese paraíso. El que decide quién entra, quién sale y quién se queda. El garante de ese estado de dicha interminable.

-Me parece acojonante -dijo Maite con un resoplido-. Pero así descrito, ese mundo es más un estado mental que otra cosa.

-Puede ser. Pero esta es solo mi visión, Maite. Hay otras. Mira, ¿sabes qué es lo que más teme un little?

Maite, abrumada por la avalancha de información, buscó el asiento más próximo y se sentó con un quejido.

-¿La soledad? -Paula negó con un dedo-. ¿La oscuridad? -el mismo gesto de Paula-. Huy, yo qué sé. ¿La muerte? ¿La vejez? ¿La vida real?

Esa vez quien se carcajeó fue Paula, y lo hizo tan fuerte que Maite estuvo tentada de taparse los oídos.

-¿La vida real? ¿Quién no teme a eso? -Paula se secó las lágrimas de risa-. No, mujer. Los usuarios y yo misma somos personas completamente capacitadas para la vida real. Los kinks nos generan ningún problema. Fuera de este edificio no dirías que somos diferentes a nadie y vivimos tan plenamente nuestras vidas como cualquier otra persona. Simplemente, tenemos… ¿cómo decirlo? Una vidilla paralela.

-¿Qué es lo que temen, según tú?

-La pérdida.

-¿Cómo que la pérdida?

-Sí. La pérdida -Paula alzó una mano en un ademán solemne-. Temen perder ese mundo, con todo lo que hay en él y cuanto significa. Temen ser expulsados para siempre de ese paraíso del que te hablaba. Temen perder el cariño del cuidador. Temen dejar de ser lo que son. Temen despertarse un día y haber perdido la capacidad de regresar a ese estado. En definitiva: la pérdida.

-¿Y por eso se mean encima?

-No -replicó Paula, sonriendo-. Vuelves a confundir… incontinente e incontenido.

-Pues lo siento, no lo entiendo. Creía que en parte sí, pero me equivocaba. Lo siento.

-Ya lo entenderás cuando pruebes con… ¿Pablo?

La mención del nombre de su novio hizo aterrizar a la mente de Maite, después de un viaje vertiginoso, casi de vértigo, por galaxias previamente desconocidas.

-Sí. Quizá me anime.

-Quizá, no. Te animarás.

-¿Cómo estás tan segura?

-Porque Pablo te está esperando en la segunda planta.

(continuará…)

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