Me eché a llorar. Así, sin más. Directamente.
Mi reacción inmediata fue, por supuesto, intentar disimularlo. No quería molestar a Bea ni que pensara que había hecho o dicho algo malo, entre otras cosas porque no lo había hecho. Mi llantina, completamente espontánea, me salió de un modo natural. ¿Por qué? No lo sé. No tengo ni idea.
El problema es que me sentía emocionalmente desbordado y controlar mi llanto me resultaba muy difícil. Ella se dio cuenta, e hizo lo posible por tranquilizarme con palabritas dulces y todo eso pero, aun así, la cosa se demoró un buen rato. Recuerdo que me dio la mano, yo se la besé y estuve un buen rato escuchando cómo me consolaba. Fue dulce y considerada. Y yo no paraba de pensar: “No me dejes, no te vayas, no es culpa tuya. Por favor, quédate conmigo”.
En esta parte del evento el problema fue que, aunque pude calmarme por fuera, no fui capaz de calmarme por dentro. No tuvo que ver con el hecho de que Bea tuviera que irse a seguir con sus tareas y sus cosas (de mayor, por supuesto). Sí, pude dejar de llorar. Sí, pude dejar de hacer pucheros. Pero había una herida que se había abierto -por muy rimbombante que suene- en lo más profundo de mi ser, y que no había manera de cerrar. Supuraba, sangraba, palpitaba… Yo quería volver a ese estado de simplona y caótica felicidad del que os hablé en el episodio anterior, pero de alguna manera estaba convencido que el tiempo de permanecer en ese estado había pasado, como si, dondequiera que mirase, viera un cronómetro cuya cuenta atrás progresara cada vez más rápido.
Venga, la pongo. Aunque sea para subir un poco los ánimos…
Me dolía. Mucho. La jodida y misteriosa herida dolía un huevo. No había manera de apartar de mi cabeza esas palabras -por otra parte, tan inocuas- que habían desencadenado el infierno dentro de mí. Me las repetí mil veces, hurgando en mi propia memoria, con la esperanza de poder racionalizarlo todo y superar la crisis. Sí; por la parte buena, mi yo racional y cuadriculado estaba de vuelta. Por la mala, mi nuevo yo solo quería llorar y llorar hasta caer rendido, a ser posible en brazos de alguien que me… quisiera.
Llegó la hora de la merienda (tarde, pero no quedaba otra) y merendamos nuestras cositas, aunque yo no tenía mucha hambre: hubo chocolate, refrescos, zumos, patatuelas… Cosas ricas. A mí se me notaba un huevo que me había pasado algo, que ya no estaba igual de contento que hacía apenas media hora. El staff volvió a echarme una mano y, de hecho, me propusieron apartarme un rato del evento y descansar la cabezota. Al principio pasé, porque no quería perderme nada, pero cuando me di cuenta de que yo solo no podía salir de aquel pozo de angustia y de que me estaba hundiendo más y más, hube de rendirme a la evidencia y les pedí que, por favor, llamaran a la seño, porque necesitaba estar un rato con ella y respirar hondo, muy hondo. Accedieron de inmediato, aunque implicara saltarse un poco las reglas del evento.
Truqui 7: Las reglas son las reglas, pero no están por encima del bienestar y la seguridad de las personas. Si necesitas apartarte un rato, hazlo. Si necesitas compañía, ayuda, consuelo o feedback, pídelo.
La seño vino a recogerme y me llevó de la mano al piso de arriba -donde, por cierto, estaban comenzando los chequeos médicos, de los que os hablaré luego-. Fue el equivalente, para mí, de escapar del ojo de un huracán. Una parte importante de mi ruido interior se esfumó gracias a ella y aunque el dolor seguía ahí, al menos ya no acompañado de ese marasmo adicional. Y aunque ella se ofreció a hacer cualquier cosa que necesitara -no penséis mal, ¡cochinos!- yo lo único que quería era sentirla cerca, abrazarme a ella y cerrar los ojos. Lo único que quería era… No sé cómo decirlo. Chutarme amor en vena, como si fuera un analgésico. De un modo intuitivo, yo sabía que los efectos de aquel shock solo podía paliarlos el amor.
Lo hice: la achuché y empecé a contarle cómo me sentía. Me fue muy difícil -me es difícil hoy y han pasado ya 15 días-, pero no por tener que abrirme, sino porque no comprendía qué me pasaba y me sentía doblemente estúpido: por no aprovechar el evento al máximo y por no saber gestionarme a mí mismo. La seño me escuchó, me mimó un poquito -esto fue lo más importante- y me dijo que si no me sentía a gusto, no tenía ningún sentido quedarme. Que ella no quería verme así y que lo único importante para ella era… yo.
Entonces tuvo lugar, más o menos, la siguiente conversación:
-Perdóname, lo estoy estropeando todo, soy un imbécil. No me riñas.
-¿Por qué eres tan duro contigo mismo? Siempre te pasa.
-Hay algo dentro de mí que estaba oculto, algo a lo que nunca me he enfrentado. Es terrible y muy, muy poderoso. Me está torturando mientras hablo contigo. Sé que suena a una locura más de las mías, pero es la verdad.
-Pues olvídalo. Hoy es tu día, chico guapo -. Un beso-. Mi nenito especial…
– Seño…Seño… Yo… xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(1)
-¿Qué importa eso? Pero mírate: ¡si eres una monada!
¡Hala! Y ooooooooootra vez a llorar. Pero esta vez sin pudor, continencia ni miedo alguno. A moco tendido, vaya. Me tiré berreando, abrazado a la seño, lo suficiente como para que no me quedara ni una lágrima más que derramar durante el resto de la tarde.
Cuando me hube tranquilizado, acordamos volver abajo con los demás. Debían ser, como mucho, las ocho y media. El plan -casi la orden- de la seño estaba claro: si no conseguía pasármelo bien, no iba a quedarse ahí viendo cómo sufría. Me llevaría de vuelta a casa con ella y se acabó.
Me pareció bien, la verdad: ese lo-que-fuera que vigilaba mi jodido edén interno me lo estaba haciendo pasar fatal. Mordía, pateaba, laceraba… Yo qué sé. Solo le faltaba el arma de aliento de 10D10 de daño… ¡Joder! ¿Y si la tenía y acababa usándola contra mí? Solo de pensarlo, me moría del miedo. No sabía si tendría fuerzas para volver a encontrarme con él cara a cara.
Y después de llorar mucho y bien, y de los correspondientes mimitos, volví abajo a jugar con los demás amiguitos.
En cuanto a eso… A esa cosa, locura, trauma, monstruo o lo que sea, os he dicho cuanto os puedo decir. No me salen muchas más palabras. Al menos, todavía no.
Es mejor que os lo digan los Héroes del Silencio por mí …
Siempre he preferido
Un beso prolongado
Aunque sepa que miente
Aunque sepa que es falso
¿Qué demonios ocurre
Cuando miradas no se encuentran?
La pelea de gallos
Se admiten apuestas
¿Quién buscó abrigo
En algún otro lugar?
¿Es posible que el frío
Venga con la edad?
«¡No se vayan todavía! ¡Una y más!» 😉
Stephan
(1) La misma frase que le dije a Bea y que, por ahora, prefiero no hacer «semipública» 😉