Historias ABDL: «El paquete» (I)

Venga, va.

Vamos con una historia larga y por fascículos, que sé que os gustan.

Full AB, nada de travesurillas 😉

Y antes de abrir el telón, ya sabéis: las normas

«Hoy les ofresemos…»

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Siempre le ocurría lo mismo, o parecido. En cuanto se ponía un pañal, todo cuanto le rodeaba y, también, todo cuanto había dentro de él, cambiaban para bien. El mundo dejaba de ser un entorno absolutamente frío y hostil para convertirse en un campo de juegos con infinitas posibilidades. Su mente dejaba de vagar de problema en problema, de miedo en miedo, y se desbordaba, relegando sus complejos a un lugar en donde no le hacían daño. Y en ese estado, que no siempre estaba a su alcance, no tenía necesidad de ser nadie más que él.

No solo tenía que ver con el pañal. El olor de los polvos de talco, tan suave y tierno, también contaba. El encontrar esas manchitas harinosas en los lugares más inverosímiles. El chupete, que ayudaba lo suyo: lo mascaba, lo succionaba, lo cambiaba de carrillo como si fuera una piruleta. El crujir del plástico. La sensación siempre calurosa del bulto bajo el pantalón del pijama (aunque aquel día solo llevase un imperceptible pañal desechable). Todo ello le absolvía de los sinsabores y errores de su vida diaria. Lo reconectaba consigo mismo.

A veces, fascinado, se quedaba quieto, chupando y chupando, mirando a las musarañas. Podía pasar media hora hasta que recuperaba la noción del tiempo, en medio de una avalancha de fantasías y evocaciones de una vividez apabullante. No había diferencias entre aquellos viajes mentales y una buena borrachera. Su mundillo ABDL era mejor que le alcohol: no atentaba contra su salud y, además, le dejaba unas resacas bien placenteras.

Superados los miedos de su adolescencia y las reticencias de su juventud, había abrazado definitivamente su afición, gusto o lo que fuera. Y se lo pasaba bien, pero una cosa le faltaba: un amiguito con el que jugar. O dos. O tres. Y una mami. En ese aspecto, aspiraba al menos a tener una, una que fuera tan feliz cuidándolo como él dejándose cuidar. ¡Ay, si tuviera con quien compartir esa felicidad! ¿Tanto pedía?

¿Qué hacer para conseguirla? ¿Cómo se conocía a alguien con quien tuviera esa afinidad? No es que se pudiera decir a las primeras de cambio. Lo había intentado con algunas chicas y la receptividad había sido nula, o incluso negativa. “No, no, tío, tú estás muy mal”. O “paso infinito”. Y otras múltiples variantes, más o menos adornadas, de la palabra “no”. Y ahí se había acabado la cosa.

Eso le obesionaba. Había llegado al punto de convencerse de que jamás encontraría a esa otra persona o personas. Y esta autoprofecía se cumplía todos los días de su vida, muy especialmente los días en los que, como aquel, se ponía un pañal, se metía el chupete en la boca y se pasaba la tarde viendo dibujos animados, coloreando o gateando arriba y abajo por el pasillo de casa.

Y, sin embargo…

Cuánto deseaba encontrar esa mami que, sonriente, lo mirase jugar con sus muñequitos sobre la alfombra. Una mami que lo acostase pronto, tras comérselo a besos, después de haberle puesto su pañalito de las noches. Una mami que lo mimase… o que lo castigase cuando no se portara bien. Ni siquiera tenía por qué haber sexo. Para él, sus gustos tenían poco o nada que ver con el sexo. Sí con la paz interior y con un cierto estado mental, muy próximo a la felicidad.

Se fijó en el estuche lleno de lápices de colores que tenía encima de la mesa y comenzó a fantasear. ¿Qué le habría dicho mami si, por ejemplo, le daba un manotazo y desparramaba los lápices por la alfombra? Seguro que se enfadaba y se lo hacía recoger. ¿Y si él se negaba? Pues lo mismo lo mandaba a su habitación o al rincón de pensar. ¿Y si seguía protestando? Pues entonces, lo más seguro sería que mami le diese pam-pam en el culete hasta ponérselo como un tomate. Se puso a acariciar el culete en cuestión -el suyo- por encima del pijama, recreándose en el fruncir casi melódico del algodón contra el plástico. Huy, sí. Mami se lo habría puesto bien rojito, por maleducado. Y él quizá habría llorado y le habría pedido perdón mil veces.

– Joder. Sería la hostia.

La fantasía se adueñó de él. Sentía un cosquilleo muy especial; no en la piel, sino más adentro. ¿Cómo le daría mami de comer? ¿Cómo lo vestiría? ¿Le haría una fiesta de cumpleaños -él quería cumplir 3 años-? ¿Le cambiaría el pañal? ¿Le reñiría mucho? ¿Poco? ¿Le querría incluso aunque se hiciera pipí y popó? Claro, pensó. Las mamis son así. Hacen esas cosas porque quieren mucho a sus peques.

«Y en ese estado, que no siempre estaba a su alcance, no tenía necesidad de ser nadie más que él».

El timbre de la puerta puso fin a su ensoñación. Dio un respingo; de no ser porque ya estaba empapado hasta las trancas, se habría vuelto a mear. Abrió la boca para maldecir -aunque fuese en voz baja- y el chupete se precipitó, rebotó en un peluche y se fue rodando hasta parar debajo de la mesa. Lo recogió y procedió a revisar su ropa para detectar posibles indicios que lo delataran, si iba a ver quién llamaba. Nada, todo bien. Podría abrir la puerta en pijama y pañal; nadie lo iba a notar. Lo había hecho más de una vez, estaba acostumbrado. Pero… ¡joder! ¡Vaya susto! ¡Qué inoportuna es la gente! pensó.

Se levantó de un salto y tuvo que sobreponerse a un leve mareo por hacerlo demasiado deprisa.

-¡Va! ¡Va!

Cuando la niebla de sus ojos hubo desaparecido, se puso las zapatillas y salió al recibidor para abrir. No sin antes, claro, entrecerrar la puerta del salón, convertido aquella tarde en su refugio personal, su santuario. De lo que había en ese refugio -no tanto físico como mental- nadie se tenía por qué enterar.

Abrió. Sin más. Ni siquiera notó un escalofrío, ni un nudo en la garganta, ni nada de eso. No pensaba cambiarse, ducharse ni recogerlo todo para venir a abrir la puerta. No le habría dado tiempo y, además, tampoco preveía problema alguno. Sería un muy breve paréntesis en su tarde de los viernes. Esa tarde que, desde hacía años, se reservaba exclusivamente para sí mismo y para su lado más íntimo.

Como había previsto, se trataba de un paquete: una veinteañera con coletas, pizpireta, un poco gordita pero muy mona, enfundada en un horroroso uniforme azul marino, le sonrió profesionalmente al otro lado del felpudo.

-Buenas tardes. Paquete para Javier Jiménez… -. La chica leyó en una tablet que traía-. ¿Junín?

-Soy yo -contestó él, y repitió eso que llevaba repitiendo desde el parvulario-. Tres jotas, sí, lo has dicho bien.

-Claro, claro…-. Ella anotó algo, sin dejar de sonreír-. Aquí tienes.

Una ráfaga de corriente. Súbita. Traicionera. Una de esas que parecen perpetradas con alevosía por algún monstruo mofletudo de esos que triscan por los mapas antiguos. Una que, en fin, penetró desde el descansillo, los acarició a ambos y empujó la puerta del salón lo justo, lo muy justo, como para que Javier se quedara petrificado.

Le pareció fuera de lugar volver a ponerla como estaba -¡ni que estuviera haciendo algo malo!- y, al mismo tiempo, quería que su secreto lo siguiera siendo. Apartó la vista y cerró los ojos como si no quisiera volver a abrirlos. Pero tuvo que hacerlo después de unos larguísimos segundos, porque no estaba en un sueño y la puerta seguía abierta. Estúpidamente abierta.

¿Cómo podía haber sido tan descuidado, tan dejado? Si hubiera puesto una silla para asegurar la… ¡Joder! ¿Qué iba a decir ahora? No se le ocurría nada. Tampoco es que estuviera obligado. En su casa hacía lo que le diera la gana. Ah, pero si eso era así, ¿entonces por qué se ocultaba? ¡Contradicciones! ¡Siempre contradicciones! ¡Su vida era una montaña de contradicciones! La escalaba una y otra vez para, al final, regresar al mismo valle en el que, en vez de árboles y praderas, había biberones y pañales king size. Como los que estaban ahí -menos mal que secos- sobre la mesa. Y el peluche. Y las toallitas. Y el botecito de polvos de talco con un despreocupado y delator osito pintado en la etiqueta.

Atrapado entre la rabia y el pánico, Javier se vio incapaz de reaccionar. Si se inventaba una excusa… malo. Si no lo hacia… ¡qué vergüenza! Y lo peor era que, cuanto más tardara en tomar una decisión, peor. Al final, se obligó a tomarla. Agachándose, arrastró el paquete dentro de casa pero, al incorporarse para firmar, se topó cara a cara con la repartidora, que contemplaba descaradamente la parafernalia del salón por encima de su hombro izquierdo.

-El paquete…

-Ya lo veo, ya-. La chica señaló hacia la cintura de Javier con el dedo, no hacia el suelo-. Te asoma por encima del pijamita.

En un mundo de dibujos animados, como esos en los que adoraba perderse, los ojos de Javier se hubieran salido de sus órbitas, les habrían brotado alas y habrían partido al vuelo, dado tres vueltas al descansillo y retornado a sus respectivas cuencas. En el mundo real, demasiado real, solo se abrieron desmesurada y súbitamente, como objetivos de una cámara de fotos.

– Eh… Eh… Yo…

Ahí estaba la foto del Pulitzer. Del año. Del siglo. El pañal era por completo visible y los animalitos del estampado se reían a tope, seguramente de él. Concluyó que quizá había aflorado minutos antes, cuando se frotaba el culo, pensando en sus chorradas de siempre. La verdad es que daba igual. Había pecado de exceso de confianza. No había sido concienzudo antes de abrir la puerta.

-Bueno…Esto no…

¡Bravo! pensó Javier. Eso era balbucear y lo demás, recitar poesía. No era ya que se muriera de vergüenza, que por supuesto, es que además sudaba como un picapedrero en agosto.

-¿Estás bien? -preguntó ella.

Se subió el pantalón del pijama de un fuerte tirón. Tarde, pero lo hizo. Qué puto papelón estaba haciendo.

-¿Qué?

-Yo… No es lo que parece -. Le costó un esfuerzo titánico decirlo, y no bien lo hubo hecho, se dio cuenta de lo tonto de la frase y de lo mal que le hacía quedar-. No es nada.

La chica suspiró -Javier creyó que de vergüenza ajena- y su aliento ascendió hasta él. Olía a chicle de menta y a limpio. Contrastaba con el olor a pis que, de inmediato, se hizo omnipresente. Un olor que antes no estaba ahí, que solo se había manifestado en presencia de la repartidora. O en presencia del ridículo que Javier estaba haciendo; todo podía ser. Sintió un rubor en las mejillas capaz de derretir la primera mano que las rozara.

(Continuará…)

Stephan

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