Vamos con el segundo episodio. No sin antes recordar las normas, claro.
«Mami ha venidooooo….» 🙂
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No obstante, no fue así, porque cuando la chica trazó una línea sobre una de ellas, desde la sien hasta su boca, con un dedo suave y refrescante, fue como si lo estuvieran tatuando. Aquel dedo dejaba rastro e impronta, no solo huella.
-Pobrecito bebé -dijo una voz melosa, que era de la chica y al mismo tiempo de alguien más-. Aquí solito, asustado y mojado.
Javier asintió. No podía dejar de mirarse sus zapatillas. Un momento, ¿por qué acababa de asentir con la cabeza? ¿Qué cojones…? ¡No, no! ¡Que se fuera!
-Eh… bueno, sí. Muchas gracias.
Quiso agarrar el marco de la puerta para cerrar, pero sentía los brazos pegados a sus respectivos costados. Se descubrió creyendo que si los despegaba de ahí, el pantalón del pijama daría de sí y se le caería, y entonces ella vería lo que había debajo. No una pequeña parte: todo. Incluyendo, por supuesto, la mancha amarillenta que, a aquellas alturas, estaría copando su entrepierna.
-Pero bueno, mírate -. La chica puso los brazos en jarras. Su mediana estatura y su silueta curvilínea le conferían un aire indudablemente maternal-. ¿De veras te vas a pasar así toda la tarde? ¿Un niño tan guapo y tan mayor?
-Así… O sea, así… Así, ¿cómo?
-¡Qué tontorrón! Pues con el pipí. No me irás a decir que estás sequito.
No. Javier no se lo iba a decir. Ni eso ni nada, en realidad, porque tenía un nudo en la garganta y no podía colar a través de él ni un monosílabo. Lo único que se atrevió a hacer fue dar un paso atrás y encogerse de vergüenza. Estaba a punto de pedir perdón y no sabía por qué.
-Shhhhh, tranquilo, bebé. ¿Quieres que mami esté contigo un ratito?
“Sí, mami, un ratito. Quédate un ratito conmigo”. Javier se apartó para dejarla pasar. Ella lo hizo, cerró la puerta tras de sí y dejó la tablet sobre el mueble del recibidor. “Hala, mami, ¿eso es tuyo? Parece super importante y mágico”.
-En fin, hoy me quedo sin bocata -dijo ella, risueña-. Pero a cambio, creo que voy a conocer a un nene muy mono.
Le cogió de la mano, pero Javier no se conformó con una mano y pidió la otra. “Qué manos más suaves, mami”. Lo eran en verdad. Mami tenía manos de algodón y labios de fruta escarchada. Olía como las tiendas de chuches y se movía como las heroínas de las películas.
-Venga, vamos dentro, que seguro que tienes el pañal a reventar.
Javier se dejó llevar hacia la mesa del salón. De un modo extraño, casi sobrenatural, ese salón había cambiado. Se le ocurrían muchas posibilidades: el sillón podía ser el puesto de mando de una nave espacial y, si quitaba el teléfono de la mesita, como tenía ruedas, podía montarse en ella y echar carreras por el pasillo. ¿Cómo no lo había pensado antes? Su salón era mucho más que un simple salón. Su casa entera mucho más que una simple casa.
Mami apartó los lápices y los demás trastos de la mesa, que quedaron amontonados en un extremo. Luego dio unos golpecitos sobre ella.
-¿Me traes una toalla, ricura? No queremos manchar la mesa de pipí, ¿a que no?
“Pues claro que no, mami, no podemos ser cochinos”. Javier se escabulló al baño, arrampló la primera toalla que se le cruzó por delante y volvió al salón, en donde mami había recuperado, de entre los trastos, los polvos de talco y las toallitas.
-Vente conmigo -dijo mami-. Súbete. ¿Puedes solito?
“Buah, mami, claro si yo soy super fuerte”. Javier se encaramó a la mesa sin esfuerzo y se volvió hacia mami para recibir sus cumplidos, como hacen los niños buenos. Y sonrió a más no poder cuando mami dijo:
-¡Hala, pero qué niño más fuertote! -. Mami se llevó las manos al rostro. Abrió desmesuradamente la boca-. ¡Mami está orgullosa de ti!
“Sí, mami, quiero que estés orgullosa”. Javier se puso a palmotear. Ni siquiera tuvo que pensarlo. Es más: es que no tenía nada que pensar. Solo se dejaba ir. Actuaba como tenía que actuar y no se le ocurría hacerlo de otra manera. El Javier de las tres jotas se había quedado en el recibidor y al nuevo -o mejor dicho, viejo- Javier sus apellidos le importaban un comino.
-¡Venga, vamos allá! -dijo mami, tomándole suavemente por los hombros-. ¿Le enseñas a mami ese pipí, mi niño grandote?
Lo empujó, con sumo cariño, hacia abajo y hacia delante. Una sensación de liberadora e infinita vulnerabilidad invadió a Javier, que no pudo hacer otra cosa que dejarse vencer por ella y se tumbó, tan relajado como obediente. Aunque estuvieran en un cuarto piso, él se disponía a bucear por un mar cálido y tranquilo, en el que mami bien podía ser la reina de las sirenas. Si cerraba los ojos seguro que veía pececitos de colores y campos de coral. Probó suerte, a ver si estaban ahí los. No fue el caso, pero se los imaginó a la perfección.
-A ver ese culete, levántalo un poquito. Así, así. Muy requetebién, mi pequeñín. A ver las piernecitas. Venga, como si dieras un salto. ¿Das un salto para mí?
“Sí, mami, lo que tú digas”. Javier reunió fuerzas para levantar las piernas de un tirón pero, cuando se disponía a hacerlo, mami le puso la mano en la tripa, se inclinó sobre él y le susurró, en voz muy, muy bajita:
-Pero no demasiado fuerte, mi campeón. ¡Imagínate que llegas a la luna y me quedo aquí solita!
Tocado y hundido. Javier apenas veía ya la luz de la superficie en su mar imaginario. Pero no tenía miedo, no. El agua lo abrazaba por todas partes. Lo protegía. Quería seguir descendiendo, sumergiéndose en ese océano que era mami. Un océano de amor en el que bañarse, en donde no había ni monstruos ni tempestades. Y eso era lo mejor: la calma, la quietud. La paz de aquellas aterciopeladas y narcóticas profundidades.
Mami le quitó el pantalón del pijama. Javier apenas se dio cuenta, porque seguía en un estado de relajación absoluta. Pero tampoco tenía ninguna necesidad de analizarlo y, además, la palabra “autosugestión” era una palabra de mayores y él no sabía qué podía significar esa palabra. A lo mejor significaba lo mismo que “mami”. O lo mismo que “pipí”. Y, además, las palabras eran tontas. Ninguna podía expresar lo que estaba experimentando gracias a mami.
-Y ahora, el ris-rás -dijo mami, y se puso a cantar una canción para él-. «Ris-ras-ris-ras, las cintitas del pañal / Ris-ras-ris-ras, el pipí se va a acabar / Ris-ras-ris-ras, mi nene no va a escapar / Ris-ras-ris-ras, mami se lo va a…» ¿A qué, eh? ¿A qué?
“Jajajaja, mami, nunca había oído esa canción. ¡Cántamela otra vez!”.
-¿Qué es lo que va a hacer mami? ¿Qué es lo que va a hacer?
“Como eres la mejor, puedes hacer lo que quieras :D”
-¡Se lo va a zampaaaaaaaaaaaaaar! -. Y mami se acurrucó contra su tripa y empezó a mordisquearla-. ¡Ñam, ñam, ñam! ¡Qué ricoooooo!
“¡Jajajaja, mami, noooo, mami…!”
–Ñam, ñam, ñam. ¡Sabe a fresa! ¡Y el ombliguito a chocolate! Ñam, ñam. ¡No voy a dejar nada de nada!
La canción decía que no iba a llorar, pero Javier se dio cuenta de que estaba llorando. De felicidad. “Pero eso no es malo, esto no es malo”. Su risa histérica restalló en el salón, rebotó en los cristales de la terraza y se expandió por toda la casa como una inundación. Era la primera vez en su vida que reía y lloraba a la vez.
Y, de pronto, sintió el roce del aire en la cara interna de los muslos, en las ingles y el bajo vientre. El calor que se había acumulado entre sus piernas quedó libre y Javier comprendió que estaba completamente en manos de mami. Ya no llevaba calcetines, ni pijama, ni braguita de plástico. Mami le había desnudado de la cintura para abajo. Y no pasaba nada, absolutamente nada. Estaba bien.
-¡Halaaaa! ¡Pero bueno! ¡Vaya meoncete que tenemos aquí! Claro, como es tan grandoteeee…
“Sí, mami, soy muy grande. Y te quiero”. Por alguna razón, estar desnudo delante de mami le parecía lo más natural del mundo. Ningún miedo. Ninguna vergüenza. Se sentía alegre, despreocupado. ¿Una prenda de ropa menos? Un problema menos. “Te quiero”.
-A ver, vamos a limpiar un poquito por aquí…

«Ris-ras-Ris-ras…»
La fragancia de las toallitas -genérica, pero muy reconocible- desplazó al olor del pipí. Javier notaba los lametones de la tela húmeda arriba y abajo sobre el culete. Arriba y abajo. Mami era concienzuda y sistemática: selo iba a decjar como los chorros del oro. Arriba y abajo. «Mami es la mejor»
– Listo. Levanta un poco… -. “Sí, mamí ¿así?”-. Eso, así. Muy, muy requetebien.
Mami apartó el pañal mojado a un lado y deslizó bajo su cintura uno limpio, espolvoreó el talco y levantó la parte delantera hacia ese ombliguito que, al parecer, sabía a chocolate. “¡Y yo sin saberlo, mami!”. Javier notó una comunión con ella que nunca había notado con nadie. “Gracias, mami. Te quiero”. Cuando mami ajustó el pañal y pegó las cintas -esta vez sin canción- hasta le entraron ganas de dormir. Echarse una siesta, pero en vez de achuchar a sus peluches, achucharía a mami. “Seguro que si dormimos juntitos ya no me hago más pipí, mami”.
– Bueno, preciosidad, mami tiene que irse. Se pone triste, pero tiene que volver al trabajo -. “¿Cómo que irte? No, no, no quiero”-. Otro día nos vemos.
“Pero mami, ¿es que prefieres estar en el trabajo que conmigo?”. Javier pataleó sobre la mesa. Mami le llamó la atención, pero él no hizo caso. Acabó por volcar el botecito de los polvos de talco, que estornudó sobre los lápices de colores. Mami también estornudó y, cuando se hubo recuperado, lo miró muy seria y formal, pero igual de guapa. “Es la mami más guapa del mundo”.
-Mira cómo has dejado los lápices. Vas a mancharlo todo cuanto te pongas a colorear. ¡Estate quieto, peque!
“¡No, no, y no! ¡No te vayas!”. Javier se revolvía como un bichito panza arriba y mami, que se estaba limpiando las manos, no pudo reaccionar a tiempo y unos cuantos lápices se precipitaron hacia la alfombra, seguidos, por ese orden, del paquete de toallitas, de un cochecito de juguete y de algo que hizo un seco “clot-tokrot” contra el parquet. O “cataplonk”. O algo así, pero sonó como un mazazo: recio y romo.
-¡Mi móvil! -dijo mami, escandalizada-. ¡Has tirado mi móvil! -, Se agachó para recogerlo, mientras Javier se cruzaba de brazos, aún tumbado sobre la toalla-. ¿A ver? ¿Funciona? Marca, clave… No, no… No… ¡Está roto! ¡Roto! Mi jefe me mata, de esta me mata.
Pasadlo bien, chicos! :*
Stephan