Vamos con el tercer y último episodio. Y siempre, al principio, las normas, claro.
Parece que mami se ha enfadado con su nene…
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“Ese jefe es tonto y no te hará nada, mami. Yo te defenderé con mi espada: la tengo en mi habitación”. Mami se agachó y lo estudió de cerca, con el borde de la mesa a la altura de la nariz. Parecía un cocodrilo acechando a su presa. “Ja, ja, mami. ¿Quieres jugar a los crocodrilos?”. Javier se incorporó y crispó los dedos. “¡Grrrrr! ¡Yo seré un león submarino devorador de crocodilos! ¡Grrrrrr! ¡Te voy a comer!”. Se puso a cuatro patas y gateó por encima de la toalla hacia mami. “¡Grrrrrr! ¡Grrrrrr!”. Mami se puso de pie; seguramente quería atacarle desde arriba. “¡Jaja, eso no funciona con los leones submarinos devoradores de crocodrilos!”. Javier abrió la boca todo lo que pudo. “¡Waaaaaargh!”. Era su momento: ¡iba a saltar para devorar a mami! La devoraría de mentira, claro, pero la devoraría. A él también le gustaba dar chupetones y mordisquitos. ¡Mami vería que…!
-Te vas a enterar -. Mami debió pensar que no la había oído, porque subió el tono-. ¡Te vas a enterar!
-“De eso nada, mami, además te he pillado por sorpresa, jaja. Eres tú la que no se entera”. El león se arrojó a los brazos de mami, fundiéndose con ella en una presa muy juguetona. Ella lo cargó a cuestas hasta el sofá. “Qué fuerte estás, mami”. Javier encontró aquella sensación de ingravidez encantadora. ¡Qué cómoda era mami! ¡Qué ergonómica! “¡Pero el león submarino comedor de crocodrilos siempre gana!”. Le dio a mami un mordisquito en el cuello, pero ella se zafó de él y lo obligó a ponerse de pie. Luego se sentó en el sofá y le lanzaba una mirada oblicua y afilada como un colmillo. ¿De crocodilo o de león submarino? “Bah, eso da igual, yo he ganado, mami”.
-¿Has visto lo que has hecho, desagradecido? Has tirado el móvil de mami, y ahora no funciona.
“Sí que funciona, mami, ya verás como sí. Yo le haré un pase mágico para…”.
-¿Qué te dijo mami? ¿Te dijo que estuvieras quieto? ¿Te lo dijo o no?
“Nooo, no me dijo nada de eso. Me dijo que íbamos a jugar a los tiburones y…”. Javier juntó mucho las piernas, como si tuviera frío; encajó una rodilla en el hueco de la otra. “Y… y… que era muy fuerte y muy guapo”. Dejó de mirar a mami; algo le impedía centrar la vista. “Y además el león siempre gana y…”.
-¿Y tú qué hiciste? ¿Fuiste bueno y obediente? ¿O fuiste muy malo y desobedeciste a mami y por eso tiraste el móvil de mami?
“Yo… Mami, fue sin querer”.
-Claro, seguro que tú lo hiciste sin querer, pero cuando el señor de la tienda me vaya a cobrar la reparación, ¿qué le digo? “¿Mi principito lo tiró sin querer?”.
“Sí, mami, dile eso. El señor de la tienda lo comprenderá”. Javier sentía una súbita urgencia de esconder el pañal de los ojos de mami, pero por más que estirara los bajos de la camiseta del pijama, seguía sin poder taparlo. Se notaba mucho. Y entonces sintió, por primera vez desde que mami había entrado, una punzada de culpabilidad. “¿Por qué no jugamos a los coches, mami?”.
-Seguro que el señor se ríe de mí y me llama tonta y boba. Y entonces ¿qué? ¿Mami se queda sin trabajo? ¿Y qué hacemos?
“No, eso no te lo dirá, mami. Tú eres guapa y lista, no tonta y boba.”.
-Esto es lo que vamos a hacer: te voy a quitar el pañal…
A pesar de los ímprobos esfuerzos de Javier, mami lo hizo, bajándoselo de unos cuantos tirones, como si fuera un calzoncillo, y dejándoselo por la mitad del muslo. “Pero mami, ¿y si se me escapa?”
-Luego, te vas a venir conmigo -. Mami lo agarró por la cintura y lo sentó en su regazo-. Así, muy bien.
“¿Mami, te has enfadado porque perdiste en el juego de los crocodrilos?”. Javier se acurrucó contra los pechos de mami, temiendo lo peor. Rezongó. Ronroneó. El calor que transmitía hizo suspirar a mami, o acaso fuera otra cosa. ¿Y si mami no estaba ya jugando ni disfrutando? Ya no. ¿O sí? Mami era como la corriente de un torrente: lo arrastraba consigo. “Pero mami, no te enfades”.
-Y ahora, mi amor, mami te va a dar unos zapatillazos en ese culito travieso. Para que aprendas a ser bueno.
“¡No, mami! ¡No!”. La cabeza de Javier parecía una veleta. “¡No quiero! ¡No! ¡En el culito no!”.
-A ver, venga -. Los fuertes y cálidos brazos de mami lo empujaron hacia abajo-. Así, apoyadito en el sofá. Túmbate sobre la barriguita, que mami pueda ver ese culete.

«¿Te has enfadado porque perdiste en el juego de los crocodilos?»
“Perdón, mami, perdón. Seré superbueno”. Mami apartó la mesita con la punta del pie, para dejarle espacio, y se retiró del sofá. Javier quedó postrado sobre él, con las rodillas en la alfombra y el culete al aire, tal y como mami había dispuesto. La funda del sofá olía a polvo y a ambientador barato; el olor le trajo a la mente experiencias que Javier creía olvidadas, o más bien las sensaciones que esas experiencias le habrían provocado, si supiera cuáles eran, pero no lo sabía. Lo único que sabía es que estaba rendido ante mami, que mami debía estar detrás de él y que, cuando volvió la vista atrás para verificarlo, mami enarbolaba una de sus zapatillas en la mano y lo miraba con carita de pena… y de algo más.
-¿Estás listo para tu castigo, mi pequeñín?
Javier cerró los ojos muy fuerte, como si no quisiera volver a abrirlos y sollozó. “Mami, no, mami…”. El chupete se le salió de la boca; babeó y se limpió en un cojín, que ya estaba húmedo. “Seré muy bueno, haré siempre lo que me digas, mami, pero pampám no. Pampám no”. No recordaba haberse sentido así de vulnerable y de desesperado jamás.
-¿Sí?
-Sí, mami -dijo Javier, permitiéndose hablar por primera vez desde que el juego había empezado y descubriendo, al mismo tiempo, que algunas palabras podían tener sabor propio-. Mami.
-Ah, vale, todo bien. Voy en seguida.
-¿En seguida, mami?
-Vale, estoy en diez minutos.
No ocurrió nada más. No se oyó el zumbar de la zapatilla, ni el restallar de la suela contra las nalgas, ni tampoco quejidos, ni súplicas, ni pucheros. Javier seguía con los ojos cerrados pero, cuando los hubo abierto supo que la situación había cambiado por completo. Algo había ocurrido que lo había alejado de ese otro yo suyo. Quizá a ella también le hubiera pasado.
-Me voy, peque, que me reclama el jefe. Ha estado genial.
Javier se incorporó y se enjugó una lágrima muy poco furtiva. Buscó a mami; estaba sentada en el sillón, poniéndose la zapatilla. Respiraba rápida y entrecortadamente, y parecía tener mucha prisa.
-Eh… Esto…
-A ver si algún día quedamos -. Le tiró un beso-. Seguro que tú también quieres…
¿Cómo demonios era posible que permaneciese delante de una desconocida con un pañal en las rodillas y no sintiera necesidad de taparse, disimular o decirle adiós, como poco? No sabía qué explicación dar ni cómo comportarse. Era como si se hubiera olvidado del lenguaje. Como si de veras tuviera dos años y no dominase más que unas pocas palabras. No sentía vergüenza, solo confusión y ofuscación.
-Tienes… ¿Tienes?
-Ya te escribo yo, tranqui -. Se levantó de un salto-. Nos vemos.
Se dirigió a la puerta, escoltada por una mirada nebulosa de Javier, que seguía en la misma posición desde que había dejado de babear sobre el cojín y se había puesto de pie.
-Por cierto -dijo ella cuando ya tenía el picaporte en la mano, como si se olvidara algo-. Una cosa importante.
Javier hizo un esfuerzo y caminó hacia ella con pasitos tímidos, anadeando como un pollito que persigue a su madre. El pañal no le dejaba separar las piernas bien. No supo por qué lo hizo, se había sentido llamado, simplemente, y había asumido que su deber era obedecer.
En cuanto la hubo alcanzado, ella lo agarró por el antebrazo, lo zarandeó violentamente y, antes de que Javier pudiera reaccionar, le estampó la palma de la mano en una nalga con tal contundencia que Javier soltó el “¡Au!” más convincente de sus treinta y un años de vida. Capaz de rivalizar, por cierto, con el segundo “¡Au!”, que emitió después de que ella repitiera la operación seguidamente, contra la otra nalga. Javier se sintió como si cada azote lo hubiera marcado a fuego: “Propiedad de mami”. Porque quemar, lo que es quemar, quemaba de narices.
-No creas que te vas a librar, niño malo -musitó ella.
No dijo más. Salió por la puerta y Javier oyó, poco después, cerrarse también la de la calle. El renovado silenció cayó sobre él como una manta térmica y, sin saber nuevamente por qué, se puso a acariciar el picaporte de la puerta como si buscase en él el la huella térmica de los dedos de la repartidora. Huella que lo abandonó muy pronto, dejándolo a solas con los rumores de la calle y los ecos del ascensor perdiéndose en lo profundo.
Arrastró los pies por el salón, deambulando, tocando esto y lo otro sin ningún propósito, rastreando el olor del ella y el suyo, el de los polvos de talco, las toallitas y el pipí, como lo haría un perrito en busca de su ama. Esa tarea, aunque sabía que sería infructuosa, lo volvió a conectar con la realidad circundante, pero la conexión no fue inmediata, sino paulatina. A cada paso rememoraba una escena. A cada mirada una palabra.
Se miró en el pequeño espejo del salón. Javier Jiménez Junín. Treinta y un años. Un chico normal, salvo en lo relativo a todo el «equipamiento» -como le gustaba llamarlo- que lo rodeaba en aquel momento. El montoncito de pañales. Los lápices de colores. Todo eso, al fin, que no aparecía en el espejo. O no siempre.
Suspiró para tranquilizarse y supo que lo había conseguido porque empezaba a notar frío de la cintura para abajo. Su dulcísimo delirio, su éxtasis, había terminado. Ni siquiera podía decir si había sido corto o largo, ni cuánto había durado. Pero sí había una cosa que tenía que decir, y lo dijo sin miramientos y en voz bien alta:
-Tu jefe es un hijo de puta, mami.
Y sonrió… como un león submarino comedor de crocodilos.
FIN
(¿o principio?)
😉
Stephan