La eterna y recurrente pregunta (I)

Disclaimer: este post va a ser largo y enrevesado. Se va a alejar un poco de la tónica distendida del blog y se adentrará en cuestiones que, quizá, podrían ser delicadas o demasiado emotivas para algunos lectores.

Me habéis escrito o preguntado algunos si todo va bien, ya que en los últimos meses el ritmo de actualizaciones ha descendido mucho.

Es difícil contestaros a esa pregunta. A esa eterna y recurrente pregunta, vaya 😉.

Digamos que va, dentro de lo que cabe, bien, pero que no va bien del todo. Rara vez va bien del todo en mi cocorota; llamadme cenizo, inadaptado, incomprendido, o simple y llanamente gilipollas…

No me llame gilipollas, llámeme payaso -12:50-”

¿Cómo explicarlo? Es una sensación o un estado mental bastante habitual en mí desde mi adolescencia y que, por épocas, aflora o se manifiesta de maneras impredecibles. Es un poco como el fokin Visitante Incierto de Gorey: nadie sabe por qué está ahí ni qué demonios quiere. Simplemente, está y se siente…extraño.

Esta sensación a veces se retira por sí sola (gracias a dios, en esto no se parece al Visitante Incierto), y otras necesita una ayudita adicional, normalmente en la forma de algún proyecto delirante, de esos que tanto me gusta emprender. Como este blog, sin ir más lejos 😉.

«It came seventeen years ago and, to this day / It has shown no intention of going away»

Hoy quiero hablaros de ello más en profundidad, porque me parece a mí que no soy el único a quien le pasa y, respecto a estas cosas tan señaladas: “podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto…”.

Voy a empezar contándoos una anécdota. Benigna, por supuesto.

Hace muchos, muchos años -parece que ha pasado un siglo- tuve un jefe de veras peculiar. Un tipo de esos -vamos a llamarle Pepe- que te marcan, para bien y para mal. Hay un antes y un después de él en mi vida y no solo en lo profesional. Suena a tópico, pero es la verdad.

Tenía un perfil marcadísimo, muy común en las altas y medianas esferas de mi país: muy buena familia, contactos en todas partes, títulos nobiliarios por aquí y por allá, estancias en el extranjero, universidades privadas, etc. A todo esto, se añadían un carisma, una simpatía natural y una incuestionable inteligencia, además de una capacidad extraordinaria para gestionar personas y, sobre todo, para calarlas.

Su perspicacia y su don de gentes, cuando quería, rozaban lo prodigioso. Le vi, en vivo y en directo, meterse en reuniones con personas que al entrar pedían su cabeza en bandeja de plata y que al salir lo abrazaban y le pedían disculpas, cuando una hora antes no querían verle ni en pintura y hasta maldecían su nombre.

Mi relación con él fue extraordinariamente buena. De hecho, es una de las personas a las que más agradecido estoy en muchos sentidos. Y puedo aseguraros que no teníamos nada en común. Yo; un chico de barrio. Él: un niño bien. Yo: un “anarquista, pero buena gente”. Él: un monárquico conservador. Yo: anti-fútbol. Él: futbolero a muerte. Yo: friki de los libros. Él: el “Marca” y gracias. Y así, si quisiera, hasta rellenaros el post entero. Éramos el día y la noche, las personas más diferentes que os podáis imaginar.

Podría contaros muchas otras anécdotas sobre él, algunas de ellas completamente descacharrantes, pero no vienen al caso. Os voy a referir, concretamente, la que viene que ni pintada al tema.

Esto ocurrió en el otoño del año 2010, más o menos: ¡hace catorce años! Dios, ¡qué viejo soy! Tempus fugit y tal y cual 😊

También hay otras cosas que se fugan, ya me entendéis… 😛

Contra todo pronóstico, y después de una serie de desencuentros con diversos clientes y proveedores de la empresa, conseguí resolver un marrón de los gordos, uno que llevaba encima de la mesa varios meses. Digamos que, gracias a mi solución, Pepe se libró de una buena, y de tener que dar un montón de explicaciones de esas que nadie quiere dar, porque puedes perder a tu mejor cliente, a tu único proveedor fiable del tipo tal o cual, etc.

Bajábamos juntos las escaleras del edificio, porque a él le gustaba bajar andando. Pepe iba exultante, más contento que unas pascuas, con su sonrisa de cuarto creciente -marca registrada- en la cara.

Estábamos ya en el recibidor del edificio, en la penumbra, a punto de salir a la calle, cuando me agarró del brazo y me paró. No le di importancia, porque era mucho de abrazos, palmaditas, etc. Muy cordial, muy cercano. A la media hora de conocerte, ya te llevaba en el bolsillo.

-Oye, Stephan.

-Dime.

Se me quedó mirando un rato, como si dudase de lo que iba a decirme. Me sonreía, pero solo con la boca; en sus ojos había un brillo no burlón, pero sí muy condescendiente.

-Eres un buen tío. Un tío magnífico, de verdad.

-Vaya, muchas gracias, pero…

-¡Chissssst! ¡Calla! -me interrumpió, como solía-. Escúchame. Va en serio. Eres un tipo fantástico. Tienes madera. Tienes futuro. Te lo digo de corazón y yo rara vez me equivoco en esto. Y encima tienes una cosa muy buena: eres un tío peculiar. Raro, pero en el buen sentido. Eso es muy, muy bueno. De verdad. Eso es muy bueno. Pero permíteme un consejo, ¿eh? Esto tienes que comprenderlo, es muy importante.

-¿A qué te refieres?

De pronto, su sonrisa se esfumó y se puso muy serio. Luego, cuando se hubo asegurado de captar toda mi atención, torció un poco el gesto y, mirándome fijamente, me dijo, en un susurro:

-No juegues siempre esa carta.

No supe qué decirle, fuera de “ya”. Asentí, salimos juntos a la calle y no hubo nada.

La cuestión, mis queridos amigos, es la siguiente: ¿puede uno jugar cartas que no ha robado? O, en resumidas cuentas: ¿puede alguien dejar de ser quien es? ¿se puede fingir que eres otra persona? ¿Incluso una persona normal? ¿De esas que ve el fútbol, hace maratones de series y habla de política como si le fuera la vida en ello?

Yo no puedo. No sé hacerlo.

¿Y vosotros?

(continuará)

Stephan

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