La eterna y recurrente pregunta (y III)

¡Mis cojones es fácil ser raro! Puede llegar a ser acojonantemente difícil. Dificilísimo. Dificilérrimo. Más duro que escalar con tenedores. Más jodido que caminar boca abajo. Más desafiante que… que… ¡Que yo qué sé!

Mi generación -y muy probablemente cualquier otra generación- se crio en base a unos principios que, por doloroso que sea reconocerlo, son principios fallidos. Falsos. Mendaces. Una mierda pinchada en un palo, vaya. No hay uno solo que resista el menor análisis. Si se les dedica un poco de reflexión, saltan por los aires que esto parece la mascletá.

Uno de los más recurrentes es esa idea de que todos los seres humanos tienen derechos. Que las personas tienen derecho a una casa, a un trabajo, a una educación, a su personalidad y a un montón de cosas más.

Pues es mentira. Pero mentira cochina, vaya. Tan cochina como un pañal después de 48 horas.

Tienes derecho a la casa que compres, al trabajo que encuentres, a la educación que recibas y así con todo. En resumidas cuentas: no tienes derecho a nada de nada que no consigas tú mismo. Y, a veces, ni así.

Si ya nos ponemos más trascendentes y hablamos del derecho a la individualidad o, en términos más prosaicos, del derecho de cada cual a ser como es, aquí la polémica ya puede ser de las que hacen época.  ¿Quién no ha visto alguna puta película de Disney sobre eso? ¿Eh?

Joder, no os podéis imaginar cómo odio a Disney, en serio. Me supera.

Es una puta falacia que cada cual pueda ser como es, sin más. Una falacia cruel, destinada a encontrarse con el impenetrable muro de los prejuicios y la estadística. El sistema está programado para detectar, delimitar y desechar cualesquiera diferencias. Para tamizar a los seres humanos y convertirlos simplemente en gente.

¿Por qué? Porque está inspirado en el principio de igualación (observad que no digo de igualdad). Cuanto más iguales seamos para él, mejor, así que en cuanto aparece algo diferente, los mecanismos del Leviatán se activan de inmediato para aniquilar esa diferencia, cortar el tallo y desechar la flor. A mí esto me parece una aberración absoluta, que atenta contra la naturaleza humana, pero es lo que hay. ¿Quieres ser diferente? Estupendo. Sé diferente. Siempre y cuando, claro, estés dispuesto a pagar la factura que te va a pasar el Leviatán de los huevos. SÉ RARITO POR TU CUENTA Y RIESGO, Y A TU PROPIA COSTA.

Esto no es sino una deformación grotesca del principio antropológico más básico: tendemos a rechazar a los que no son como nosotros. En eso, no ha cambiado gran cosa la humanidad. Hay mucho maquillaje, claro está, pero se queda en eso: maquillaje. La auténtica verdad es más profunda y mucho más cruel. Y no me habléis de inclusión, porque con la inclusión pasa como con la libertad en la transición española (“Libertad sí, pero dentro de un orden”, “Libertad, no libertinaje” , “De la ley a la ley”, etc.).

Ser distinto o diferente es tener todos los boletos para estar jodido en la vida real. La gente cuya máxima aspiración -no me preguntéis por qué- es la de ser normal, abomina de cualquier individualidad muy pronunciada. Así que Disney podrá decir lo que le dé la gana, pero a ti te seguirán haciendo bullying, te señalarán con el dedo o te echarán del trabajo porque no quieres reducirte a un patrón predeterminado de normalidad, cosa que en algunos sitios y situaciones es imprescindible e incluso se incentiva.

Si a esta problemática le unís una práctica como el ABDL, tan minoritaria como pintoresca, pues para qué os voy a contar. Muy poca gente hace lo que hacemos nosotros y el mundo está lleno de Pepes: si eso que llamamos “sociedad” (ya os advierto que no existe) está dispuesta a censurar cualquier rareza, imaginaos lo que hará con vuestro mundillo ABDL, con vuestros peluches y vuestros mimitos. Es por esa razón que, muy a menudo, en este blog, hemos defendido la “naturalización”, pero nunca la normalización, porque ese es un objetivo muy poco realista y hace flaco favor a los que somos ABDL’s. La verdad es que el 95% de la gente no nos va a aceptar, por mucho que les expliquemos mil veces que esto son prácticas inofensivas, que no hacemos daño a nadie y demás. Guardémoslo para nosotros, los nuestros y nuestra comunidad, y ya está. A la sociedad que le vayan dando. A fin de cuentas, ¿qué nos da a nosotros la sociedad, salvo por el culo?

Yo no quiero dejar de ser ABDL; me gusta serlo y disfruto todo lo que puedo de ello. Pero a los que tenéis dudas, os desesperáis o desearíais arrojaros a los aletargantes y candorosos brazos de la normalidad, no creáis que no os entiendo. Como a cualquiera que se deje caer por este blog y pertenezca a la comunidad kink, o que sufra algún tipo de marginación por ser distinto. Recibid todo mi apoyo y mi cariño -tan anónimos como sinceros-; os deseo lo mejor.

Es duro, muy duro, esto del ABDL, especialmente si no tienes amigos o pareja con que compartirlo. La soledad puede llegar a ser inmensa y la sensación de culpa también. No tanto por la práctica en sí, sino por verla como una enfermedad, un lastre que no tienes manera de quitarte de encima. Es cierto que está internet (imaginaos lo que era ser ABDL hace 30 años…), pero ni por esas; no hay tanta gente que se abra en cosas tan íntimas y para algunos de nosotros encontrar mami, papi o caregiver en general es casi una utopía.

A veces, la vida nos deja pocas opciones y cuanto podemos hacer es optar entre la mentira y la desolación. Algunas personas -y también muchos ABDL en la parte que les toca- acaban por hacerse pasar por quienes no son. Yo no les culpo. La vida es muy dura y tenemos que afrontarla como podamos. Y es extremadamente hostil con los raritos. ¡Toca joderse, chavales!  Las fábulas y los dibujos animados no tienen ninguna virtualidad: ahí fuera hace frío y, para los raritos, hiela, nieva y graniza.

¿Sería más fácil ser como Pepe? Puede que sí, pero es que yo no soy como Pepe, no puedo ser nadie distinto a mí mismo, y es fácil que os pase igual a vosotros. Si no os interesa lo que les interesa a los demás, si no os motivan las mismas cosas, y si, en definitiva, lo que queréis es dormir en pañales, abrazados a un peluche, despertaros empapados y decir «Mami, tengo pipí«, ¿qué hacéis? ¿Fingís que no?

También podéis ser sinceros con vosotros mismos, quedaros en vuestro escaque del tablero y defenderos como podáis, porque más tarde o más temprano, la Inquisición se os echará encima (cuando menos lo esperéis, por supuesto) :P. Es así, y no le deis mas vueltas.

Nadie dijo que fuera fácil, y no lo es. Ser diferente, seguir tu propio camino, hacer aquello que amas aunque nadie lo entienda, tiene un precio exorbitante. No sé si merece la pena o no, esa es otra pregunta que quizá algún día intentaremos contestar en Historias ABDL. Lo que sí sé es que a quienes somos de esta manera tan peculiar nadie nos va a consolar ni a comprender, salvo que tengamos la suerte de encontrar a esa persona o personas que se sientan poco más o menos como nosotros.

¿Y qué hacer con el desprecio, la soledad, la burla, la censura? No lo sé. Lo único que se me ocurre es traer a colación la vieja cita:

“Pañales tengo; lo demás, dios lo remedie”

Ánimo, peques.

¡Y FELIZ NAVIDAD!

Stephan

Deja un comentario