Autor: Nenito82

Un nenito como cualquier otro: cariñoso, travieso...y meoncete ;)

A little bit more… (I)

Bueno, pues aquí estoy, con la primera parte del post del que os daba alguna pista a finales de agosto.

¿Habéis sido buenos, no?

«Con el culete bien rojo ya veréis lo buenos que sois…» 😛

Foto: Wikipedia

El caso es que, sobre todo a raíz del anuncio de cierre de una de las páginas ABDL más conocidas (www.adisc.org), he estado reflexionado sobre “lo nuestro”, y me gustaría comentarlo en el blog. Vaya por delante que este post es un poco por desahogarme, como algunas otras veces, pero esta vez creo que lo que os voy a contar tiene mucho más de positivo que de negativo, o podría tenerlo. Seamos optimistas, aunque sea un poquito.

Como sabéis, Historias ABDL es, hablando en términos generales, un blog sobre BDSM y, muy especialmente, sobre el ABDL, que viene a ser un subgénero de Ageplay, y este, a su vez, una rama del BDSM, etc. etc. O, al menos, así es como lo hemos venido planteando en estos últimos tres años. Como un blog que trata temas eróticos, sexuales, o llamadlo como queráis. Y no solo hemos hablado de esas cosas, sino también de esa parte del ABDL o del BDSM que no es en absoluto sexual y que tiene más que ver con lo psicológico y espiritual. Con un cierto tipo de experiencia íntima y profunda, pero diferente y única para cada persona.

Pues bien, si hay un tema recurrente en el blog es lo difícil que es conocer gente con la cual esté uno alineado y con la que haya una confianza e intimidad lo bastante intensas como para dar el “tránsito” al BDSM. Si hablamos del ABDL en particular, es todavía más difícil, y no creo que haga falta explicar aquí por qué. Las imágenes, la parafernalia y las escenas ABDL son lo que son y a muchas personas les echan para atrás, incluso a aquellas que no son en absoluto vanilla. No todas las amas ni amos están abiertos a ese tipo de juegos. Los que lo están, a menudo imponen límites estrictos, que a alguno le pueden parecer excesivos o frustrantes, por chocar con sus preferencias. Y a pesar de que aquí siempre hemos sido positivos, porque fantasear es gratis, no nos vamos a engañar: plantearle esto a una persona que no tiene ni ha tenido contacto con el BDSM es, como mínimo, arriesgado.

Eso hace que liberar a ese “yo” tan reprimido y necesitado de expresión sea difícil para nosotros, los ABDL. Si se diera el caso de que quisiéramos hacerlo, ¿con quien podríamos o nos animaríamos? No es tan sencillo como decir “ah, pues quedo con alguien y ya está”. No todo el mundo vive en una gran ciudad, en la que es siempre más sencillo (ojo: no fácil), ni tiene las mismas prioridades, gustos ni enfoques. Entonces, ¿qué hacer? Quiero decir: ¿existe algún club o círculo ABDL en España? Que yo sepa, no. ¿Algún tipo de asociación o colectivo explícitamente centrado en el ABDL? Pues que yo sepa, tampoco. ¿Eventos o fiestas ABDL regulares o relativamente conocidas? Nasti, hasta donde yo sé. ¿Guarderías ABDL? Pues no, (creo). ¿Mazmorras o locales especializados? Si los hay, los desconozco. ¿Una comunidad online -o outline– asentada y accesible? Qué va. Ni siquiera en Fetlife, en donde no pasamos de algún grupo suelto y muy poco frecuentado (aunque no por falta de interés, me parece a mí). Tampoco ayuda el hecho de que Fetlife sea una página de mayoría anglosajona, y más centrada (no digo que exclusivamente) en el aspecto sexual. Y esto del ABDL para muchas personas ni siquiera es sexual. A mí, por ejemplo, me pasa: algunas veces es sexual y otras muchas no, y tiene que ver más con un estado mental, tranquilidad, relajación, alivio del estrés, complicidad, diversión, conexión interna… ¡whatever!

Al decir esto, no pretendo invisibilizar a nadie. Sé que, por ejemplo, este año ha habido otro evento en MZM Rainbow (al que me fue imposible asistir) y que hay mucha gente moviéndose, hablando, conociéndose y demás. Que están Wasap y Telegram. Todo eso es verdad. Gracias a la tecnología existen opciones que antes no había. Veo en ello un potencial muy importante, pero, a la hora de la verdad, ese potencial se queda un poco cojo y casi todo el mundo te cuenta la misma historia: “estoy muy solo”, “no encuentro a nadie”, “no soy capaz de soltarme”, “vivo con el miedo permanente de que me descubran”, etc. En pocas palabras: que a pesar de ese potencial, los ABDL’s seguimos más o menos como antaño, instalados en el miedo y la desconfianza. Incluso un poquito marginados (es la verdad) dentro de la cultura BDSM. Y he dicho un poquito, por dios. No empecemos a discutir sobre niveles, que no estamos jugando a D&D (¡pero molaría!).

Nos conocemos poco, nos vemos poquísimo y nos mimamos todavía menos… o nada. Y para muestra, un botón: yo mismo llevo veinticinco años tratando a otros ABDL y relacionándome con ellos a través de internet, pero en persona… casi no he visto a nadie. No me han cuidado apenas, ni he cuidado. En la práctica “real” acabo de salir del armario, si vosotros me entendéis. El evento del año pasado fue mi estreno.

La cuestión es: siendo este el panorama, ¿qué puedo hacer yo? Y cuando me hago esta pregunta, me refiero a qué puedo hacer yo activamente, más allá de llevar este blog y daros la murga con mis mierdas mentales e historietas XD. Es decir, ¿puedo hacer algo más, por mí y por vosotros? ¿Por nosotros? “¿Por mí y por todos mis compañeros?”

Sinceramente, sí…”

Me gustaría ir un poco más allá con Historias ABDL. Contribuir a la creación de entornos seguros, recursos tangibles y relaciones reales. Más acercar a las personas y menos scrollear la pantalla de un móvil ad nauseam. No digo que esté pensando en montar la ABDELIA de mis relatos, pero… ¡Igual sí, oye! ¡Yo qué sé! O podría ser algo distinto, sin dejar el ámbito online, siempre y cuando nos ayude. Siempre y cuando sea algo positivo. Ni puta idea de qué, pero algo.

Me consta lo útil y entretenido que es Historias ABDL para muchos de vosotros. Y ahora… ¿qué más? ¿doy/damos un paso adelante o no? ¿Cómo?

El caso es que lo estoy pensando y se admiten ideas ;).

Portaos bien y… continuará 😉

Stephan

Cambios (y no de pañal)

¿Cómo estáis, meoncetes y meoncetas? 🙂

¡Vaya racha que llevo de andar ocupado! No he tenido tiempo ni de respirar los últimos meses, embarcado como estoy en uno de esos proyectos locuelos que de vez en cuando me da por acometer para sobreponerme al ennoie de vivre, que dicen en Francia. Ya sabéis a qué me refiero. Os hablé de ello en este post múltiple: con primera, segunda y tercera parte.

En estos últimos días, por fin, he vuelto no a la normalidad (a eso no puedo volver, leeros los fokin post de antes), sino a una situación de relativa relajación, en comparación con la época en la que dejé un poquito de lado el blog, allá a principios de año. Ahora ya puedo deciros que, si lo hice, fue porque atravesé otra de esas rachas malas o muy malas que mi desahuciada cabeza me brinda de vez en cuando. Lo de siempre: pastillas, psicólogos, psiquiatras… Esos rollos.

Todavía no estoy bien, pero sí lo suficiente como para retomar un poco el blog, aunque no sé hasta qué punto. No habrá promesas esta vez, que luego las cumplo solo a medias (o, directamente, las incumplo) y me siento muy mal por ello. Diréis: ¡vaya chorrada! Pues no, no es ninguna chorrada. Yo soy así. Lo de cumplir mi palabra es algo que me obsesiona desde niño. Junto con los pañales, los onesies y dilucidar cuál es la mejor canción de Abba (pista: es Super Trooper, y se acabó).

Joder… ¡qué temón!

Además de todo esto, quería comentaros que llevo un tiempo dando vueltas a ampliar esta página y hacerla mucho más extensiva y participativa. Tengo muchas ideas al respecto, y me gustaría ponerme a ello pronto, siempre y cuando tenga claro hacia dónde quiero llevarla. Justo este verano se han cumplido 3 años desde que empezamos, y va siendo hora de aspirar a un poquito más. ¿A qué más? Lo iremos viendo juntos. Como decía el mítico Ánsar: Estamos trabajando en ello.

Otra cosa, aun a riesgo de ser pesado: os agradezco mucho a las personas que me escribís o contactáis para contarme vuestra opinión, vuestras experiencias o cualquier otra cosa que se os ocurra. Es un alegrón para mí saber que mis movidas os aportan algo positivo en vuestra vida diaria. Ser útil a los demás es otra de mis muchas obsesiones ;).

Hay una tercera cosa de la que os quería hablar un poco más en profundidad, pero lo dejaremos para la semana que viene. Cuasi spoiler: tiene algo que ver con la serie de posts que dedicamos al evento Orfanato del año pasado en MZM Rainbow, y cuya primera parte os linkeo aquí. Ojo: no es que ahora me vaya a dedicar a organizar eventos ABDL, que os veo venir. Síiiiiiiiiiiiiiii, yaaaaaaaaa, yaaaaaaaaaaa, ya sé que molaría maaaaaaaazo y tal y cual. Pues no.

Notwithstanding the foregoing…

Besituelos, babies :*

Stephan

Estoy vivo ;)

¡Hola chicos!

Solo quería pasarme un rato por el blog para deciros que sigo vivo, y que aunque mi intención sería actualizar el blog con cierta asiduidad, estoy embarcado en otros proyectos personales que me roban tiempo a manos llenas, y no hay manera de sacar un rato para contaros nada.

No es que no se me ocurran temas, es que simplemente no tengo tiempo. En cuanto saque un poquito, volveré a daros la brasa por aquí con más historias y artículos abedélicos y bedesémicos.

Por lo demás, espero que estéis todos muy bien y que sigáis siendo tan meones y mimosos como siempre 😛

Se os quiere!

Besitos

PD: Y fotito 😉

¡Otra vez de links caídos!

¡Hola, chicos! No he desaparecido, es solo que estas últimas semanas he estado hasta arriba de curro y otros compromisos, y no he tenido tiempo ni de respirar.

Entretanto, se me ha olvidado renovar el dominio como dios manda y algunos links se me han vuelto a descuajeringar. ¡Lo siento! Voy a ir reparándolos poco a poco.

No os preocupéis, que en unos días sigo dando guerra con más artículos, historias y movidas ABDL. Esta vez he venido a quedarme. ¡Crucemos los dedos!

Y sed buenos, que si no, ya sabéis: ¡tras-tras al culete! 😛

Stephan

La eterna y recurrente pregunta (y III)

¡Mis cojones es fácil ser raro! Puede llegar a ser acojonantemente difícil. Dificilísimo. Dificilérrimo. Más duro que escalar con tenedores. Más jodido que caminar boca abajo. Más desafiante que… que… ¡Que yo qué sé!

Mi generación -y muy probablemente cualquier otra generación- se crio en base a unos principios que, por doloroso que sea reconocerlo, son principios fallidos. Falsos. Mendaces. Una mierda pinchada en un palo, vaya. No hay uno solo que resista el menor análisis. Si se les dedica un poco de reflexión, saltan por los aires que esto parece la mascletá.

Uno de los más recurrentes es esa idea de que todos los seres humanos tienen derechos. Que las personas tienen derecho a una casa, a un trabajo, a una educación, a su personalidad y a un montón de cosas más.

Pues es mentira. Pero mentira cochina, vaya. Tan cochina como un pañal después de 48 horas.

Tienes derecho a la casa que compres, al trabajo que encuentres, a la educación que recibas y así con todo. En resumidas cuentas: no tienes derecho a nada de nada que no consigas tú mismo. Y, a veces, ni así.

Si ya nos ponemos más trascendentes y hablamos del derecho a la individualidad o, en términos más prosaicos, del derecho de cada cual a ser como es, aquí la polémica ya puede ser de las que hacen época.  ¿Quién no ha visto alguna puta película de Disney sobre eso? ¿Eh?

Joder, no os podéis imaginar cómo odio a Disney, en serio. Me supera.

Es una puta falacia que cada cual pueda ser como es, sin más. Una falacia cruel, destinada a encontrarse con el impenetrable muro de los prejuicios y la estadística. El sistema está programado para detectar, delimitar y desechar cualesquiera diferencias. Para tamizar a los seres humanos y convertirlos simplemente en gente.

¿Por qué? Porque está inspirado en el principio de igualación (observad que no digo de igualdad). Cuanto más iguales seamos para él, mejor, así que en cuanto aparece algo diferente, los mecanismos del Leviatán se activan de inmediato para aniquilar esa diferencia, cortar el tallo y desechar la flor. A mí esto me parece una aberración absoluta, que atenta contra la naturaleza humana, pero es lo que hay. ¿Quieres ser diferente? Estupendo. Sé diferente. Siempre y cuando, claro, estés dispuesto a pagar la factura que te va a pasar el Leviatán de los huevos. SÉ RARITO POR TU CUENTA Y RIESGO, Y A TU PROPIA COSTA.

Esto no es sino una deformación grotesca del principio antropológico más básico: tendemos a rechazar a los que no son como nosotros. En eso, no ha cambiado gran cosa la humanidad. Hay mucho maquillaje, claro está, pero se queda en eso: maquillaje. La auténtica verdad es más profunda y mucho más cruel. Y no me habléis de inclusión, porque con la inclusión pasa como con la libertad en la transición española (“Libertad sí, pero dentro de un orden”, “Libertad, no libertinaje” , “De la ley a la ley”, etc.).

Ser distinto o diferente es tener todos los boletos para estar jodido en la vida real. La gente cuya máxima aspiración -no me preguntéis por qué- es la de ser normal, abomina de cualquier individualidad muy pronunciada. Así que Disney podrá decir lo que le dé la gana, pero a ti te seguirán haciendo bullying, te señalarán con el dedo o te echarán del trabajo porque no quieres reducirte a un patrón predeterminado de normalidad, cosa que en algunos sitios y situaciones es imprescindible e incluso se incentiva.

Si a esta problemática le unís una práctica como el ABDL, tan minoritaria como pintoresca, pues para qué os voy a contar. Muy poca gente hace lo que hacemos nosotros y el mundo está lleno de Pepes: si eso que llamamos “sociedad” (ya os advierto que no existe) está dispuesta a censurar cualquier rareza, imaginaos lo que hará con vuestro mundillo ABDL, con vuestros peluches y vuestros mimitos. Es por esa razón que, muy a menudo, en este blog, hemos defendido la “naturalización”, pero nunca la normalización, porque ese es un objetivo muy poco realista y hace flaco favor a los que somos ABDL’s. La verdad es que el 95% de la gente no nos va a aceptar, por mucho que les expliquemos mil veces que esto son prácticas inofensivas, que no hacemos daño a nadie y demás. Guardémoslo para nosotros, los nuestros y nuestra comunidad, y ya está. A la sociedad que le vayan dando. A fin de cuentas, ¿qué nos da a nosotros la sociedad, salvo por el culo?

Yo no quiero dejar de ser ABDL; me gusta serlo y disfruto todo lo que puedo de ello. Pero a los que tenéis dudas, os desesperáis o desearíais arrojaros a los aletargantes y candorosos brazos de la normalidad, no creáis que no os entiendo. Como a cualquiera que se deje caer por este blog y pertenezca a la comunidad kink, o que sufra algún tipo de marginación por ser distinto. Recibid todo mi apoyo y mi cariño -tan anónimos como sinceros-; os deseo lo mejor.

Es duro, muy duro, esto del ABDL, especialmente si no tienes amigos o pareja con que compartirlo. La soledad puede llegar a ser inmensa y la sensación de culpa también. No tanto por la práctica en sí, sino por verla como una enfermedad, un lastre que no tienes manera de quitarte de encima. Es cierto que está internet (imaginaos lo que era ser ABDL hace 30 años…), pero ni por esas; no hay tanta gente que se abra en cosas tan íntimas y para algunos de nosotros encontrar mami, papi o caregiver en general es casi una utopía.

A veces, la vida nos deja pocas opciones y cuanto podemos hacer es optar entre la mentira y la desolación. Algunas personas -y también muchos ABDL en la parte que les toca- acaban por hacerse pasar por quienes no son. Yo no les culpo. La vida es muy dura y tenemos que afrontarla como podamos. Y es extremadamente hostil con los raritos. ¡Toca joderse, chavales!  Las fábulas y los dibujos animados no tienen ninguna virtualidad: ahí fuera hace frío y, para los raritos, hiela, nieva y graniza.

¿Sería más fácil ser como Pepe? Puede que sí, pero es que yo no soy como Pepe, no puedo ser nadie distinto a mí mismo, y es fácil que os pase igual a vosotros. Si no os interesa lo que les interesa a los demás, si no os motivan las mismas cosas, y si, en definitiva, lo que queréis es dormir en pañales, abrazados a un peluche, despertaros empapados y decir «Mami, tengo pipí«, ¿qué hacéis? ¿Fingís que no?

También podéis ser sinceros con vosotros mismos, quedaros en vuestro escaque del tablero y defenderos como podáis, porque más tarde o más temprano, la Inquisición se os echará encima (cuando menos lo esperéis, por supuesto) :P. Es así, y no le deis mas vueltas.

Nadie dijo que fuera fácil, y no lo es. Ser diferente, seguir tu propio camino, hacer aquello que amas aunque nadie lo entienda, tiene un precio exorbitante. No sé si merece la pena o no, esa es otra pregunta que quizá algún día intentaremos contestar en Historias ABDL. Lo que sí sé es que a quienes somos de esta manera tan peculiar nadie nos va a consolar ni a comprender, salvo que tengamos la suerte de encontrar a esa persona o personas que se sientan poco más o menos como nosotros.

¿Y qué hacer con el desprecio, la soledad, la burla, la censura? No lo sé. Lo único que se me ocurre es traer a colación la vieja cita:

“Pañales tengo; lo demás, dios lo remedie”

Ánimo, peques.

¡Y FELIZ NAVIDAD!

Stephan

La eterna y recurrente pregunta (II)

No sé vosotros, pero yo me paso la vida rodeado de personas con las que no tengo nada que ver. No tenemos intereses comunes, ni pasados comunes, ni las mismas ideas, ni los mismos referentes. Si a esto le añadís el escaso aliciente que supone para mí el trabajo (porque llevo como veinte años haciendo lo mismo) y una jornada laboral completa en una gran ciudad, ya os podéis imaginar que mi vida es… pues eso. Poco interesante, por no decir monótona y alienante.

A lo mejor también la vuestra lo es y os sentís como yo me siento, o puede que no y estéis viviendo el sueño americano. O boliviano, ecuatoriano, argentino, español… Vuestro sueño, sea el que sea.

Podría contar con los dedos de la mano las personas que he conocido en el trabajo y por las cuales he sentido una cierta afinidad o que, a la vuelta de los años, se han convertido en algo más que simples compañeros. Me sobrarían dedos, tenedlo por seguro.

Es muy posible que alguien diga: “bueno, el trabajo es trabajo y nada más”. Eso estaría bien para un recopilatorio de aforismos vacíos de contenido y para de contar.

En el mundo real el trabajo es, para la inmensa mayoría de las personas, aquello a lo que dedicamos la mayor parte del tiempo. Y algo a lo que dedicas la mayor parte de tu tiempo no es “trabajo y nada más”, ¡a otro perro con ese hueso! ¿Que es muy duro reconocerlo? Claro que es duro reconocerlo, joder, pero es la verdad.

En otros aspectos de la vida me ocurre lo mismo, porque mi vida familiar, sin ir más lejos, es igualmente insatisfactoria en ese sentido, y nadie cambia de familia como cambia de trabajo. Así es: no soporto a mi hermano -le quiero mucho, pero no le soporto- y mi padre siempre me pareció un marciano. Con mi madre es diferente. Ella fue lo más cerca que estuve de sentirme comprendido hasta que conocí a mi pareja. Sin embargo, tampoco tengo una conexión tan intensa con mi madre como para sentirme de veras “bien”.

En cuanto a mi familia política digamos que… “ok”. Un muy discreto ok.

Vayamos con mi mujer. Como ya sabéis los que seguís el blog, la adoro, y no hay palabras que puedan describir hasta qué punto. También a mi hijo. No tengo ningún problema con ellos, al revés. Aunque los veo muy poco, me dan fuerzas para levantarme de la cama y vivir un día más… y un día menos. Suena triste, lo sé. Perdonadme.

En esto cada persona es diferente, pero en mi opinión y ya bastante dilatada experiencia, el amor consuela, no salva. Es una medicina, un bálsamo, o una droga si queréis, no la Piedra Filosofal.

Tampoco hay tiempo para estar con mis amigos -acaso porque tengo pocos o muy pocos, y están lejos-. En resumidas cuentas: no tengo ocasión de ser yo mismo durante días enteros, semanas o meses. Me siento desconectado, desarraigado… Y es frustrante, viendo lo mucho que se motiva la gente con las mayores nimiedades.

Pongamos un ejemplo: yo uso mucho el metro y, de vez en cuando, me lo encuentro petado de hinchas de fútbol. Los veo sumidos en una especie de trance místico e incomprensible para mí, entonando cánticos ridículos, vociferando, alborotando. No los entiendo, y entiendo menos todavía el impulso que los mueve a comportarse así. La cuestión es que los miro y me digo: “¿soy yo capaz de esto? ¿podría hacer lo mismo?”.

Pues no. No soy capaz, o no me veo capaz.

Y, entonces, indefectiblemente, escucho la voz de Pepe en mi cabeza:

-Venga, hombre, no digas bobadas. ¿Cómo no te va a gustar el fútbol?

Decido rebelarme y le replico en voz baja, para que nadie piense que estoy pirado. Hago como que tarareo una canción, aunque tenga los auriculares desconectados y el móvil en silencio.

-No, no me gusta. ¿Qué carta juego ahora, Pepe? ¿Una que no tengo?

-¿Y los toros? ¿Cómo no te van a gustar los toros?

-Pues no, no me gustan nada.

-¡Es una tradición milenaria!

-Sí, como la horca. No te jode.

Algún que otro pasajero me mira extrañado. Ya me ha puesto la etiqueta -no del todo inmerecida- de tarado irredento. Se me nota hasta cuando quiero disimular. La voz de Pepe, inmune al desaliento, no ceja:

-¡Hay que ser comercial, hombre!

-Hay que fingir, básicamente, ¿no?

-Mira que eres raro, macho.

-¿Y qué culpa tengo yo?

La chica que va leyendo junto a mí se pasa sin complejos al asiento de al lado y deja uno vacío, digamos de seguridad, entre ella y el tío que habla solo con un tal Pepe.

-Juego mi mano, Pepe, pero las cartas las repartió dios, no las escogí yo.

-Si tú no vas a misa, descreído. No hables de dios.

-Me sé los evangelios mil veces mejor que tú.

-Pues mil por cero…

Pepe me observa (o me observaría) con un interés puramente ecológico, científico, como un biólogo que descubre una nueva especie de escarabajo en el desván de su casa. Porque Pepe no solo no me entiende, sino que no cuenta con las herramientas necesarias para entenderme y es muy posible que no tenga interés en adquirirlas. Total, ¿para qué? ¡Ya llegará algún científico de los de verdad a diseccionarme!

Pero… ¡cuidado! Es que es mucho peor. Es muchísimo peor, chicos.

Es jueves por la tarde/noche y vuelvo a casa. Me he pasado todo el día fantaseando con ella y me duelen los huevos desde la hora de comer. Y entonces Pepe, que es un cachondo, va y se materializa ante mis asombrados ojos -porque tiene la facultad de materializarse a voluntad, además de ser ubicuo y omnisciente-, se sube al metro conmigo en Nuevos Ministerios, en Sants o en Maritim y, en su tono más irónico, me pregunta:

-¿Y entonces qué es lo que te apetece hacer a ti?

-Como mañana es fiesta y el enano irá con su abuela, me gustaría estar en pañales, sobre la alfombra de mi casa, con mis juguetes. Solo eso y nada más.

-¿En serio?

-Y hacerme pis encima.

-Tú me estás vacilando.

-¡Qué va! Y, si me apuras, también…

-¡Para, para! -porque Pepe presume de cosmopolita, de heterodoxo y de políglota, pero, en el fondo, y por decirlo de alguna manera, no distinguiría el klingon del sindarin -. No me lo puedo creer, macho. ¡Y encima no te gusta el fútbol!

-Y me quiero tirar a mi chica cien veces, eso también. Pero a ella y solo a ella. ¿Sabes lo que te digo?

-Bueno, eso lo entiendo un poco mejor.

-Qué vas a entender, si tienes tarjeta VIP de todos los puticlubs de aquí a Tombuctú, coño.

-¡Ya salió el melindres!

Es exactamente esto.

A esas alturas, nos hemos quedado solos en el vagón del metro. Damos un poco de miedo, la verdad, pero no tanto como el vagón del metro semivacío, que recuerda demasiado a una jaula. Pepe y yo mantenemos el tipo y seguimos piando.

-Tengo un chupete nuevo, es super chulo. Y un biberón. Y pañales con muñequitos. Y si soy bueno, la seño me dejará dormir con mi peluche y mi pañalito.

-¿Qué leches dices?

-Pero si me hago pipí me dará pam pam en el culete.

-Tú estás mal de la cabeza, tío.

-No como tú, que lloras por el resultado de un partido de fútbol. Eso sí que es cordura, ¿eh?

-¿Me estás diciendo que lo tuyo es mejor que el fútbol, la política, los toros o el puticlub?

-De puticlubs no entiendo, pero te digo que, si ahora mismo me dejaras escoger entre acabar con el hambre en el mundo y mi onesie de piratas, me costaría tomar la decisión. Lo siento por África.

-Supongo que tú prefieres tus pañales y tus peluches y tal.

-Sí.

Así de simple y categórico. No le doy más explicaciones a Pepe. Podría hacerlo, pero, ¿para qué? Si no entiende lo del fútbol, ¿qué probabilidades hay de que entienda lo demás? De que entienda que yo tengo esa necesidad y que no escogí tenerla, sino que es inherente. De que para mí, todo eso que él ignora o rechaza es fundamental. Forma parte de mí mismo. Soy como soy, y si no podía cambiar a los 20 años, ¿cómo voy a cambiar ahora, a los 40 y pico?

¿Comprendéis lo que quiero decir? Seguro que sí. Vosotros no sois unos pepes.

Ser raro no es un drama, chicos. No tiene nada de malo, ni es indeseable (“eso es muy bueno, de verdad”), ni es intrínsecamente negativo. Ya lo hemos dicho más de una vez en Historias ABDL. Vive la difference y todo eso. A tope.

Otra cosa es que sea fácil, claro, porque NO lo es.

De hecho, es muy jodido. Jodidísimo.

Stephan

La eterna y recurrente pregunta (I)

Disclaimer: este post va a ser largo y enrevesado. Se va a alejar un poco de la tónica distendida del blog y se adentrará en cuestiones que, quizá, podrían ser delicadas o demasiado emotivas para algunos lectores.

Me habéis escrito o preguntado algunos si todo va bien, ya que en los últimos meses el ritmo de actualizaciones ha descendido mucho.

Es difícil contestaros a esa pregunta. A esa eterna y recurrente pregunta, vaya 😉.

Digamos que va, dentro de lo que cabe, bien, pero que no va bien del todo. Rara vez va bien del todo en mi cocorota; llamadme cenizo, inadaptado, incomprendido, o simple y llanamente gilipollas…

No me llame gilipollas, llámeme payaso -12:50-”

¿Cómo explicarlo? Es una sensación o un estado mental bastante habitual en mí desde mi adolescencia y que, por épocas, aflora o se manifiesta de maneras impredecibles. Es un poco como el fokin Visitante Incierto de Gorey: nadie sabe por qué está ahí ni qué demonios quiere. Simplemente, está y se siente…extraño.

Esta sensación a veces se retira por sí sola (gracias a dios, en esto no se parece al Visitante Incierto), y otras necesita una ayudita adicional, normalmente en la forma de algún proyecto delirante, de esos que tanto me gusta emprender. Como este blog, sin ir más lejos 😉.

«It came seventeen years ago and, to this day / It has shown no intention of going away»

Hoy quiero hablaros de ello más en profundidad, porque me parece a mí que no soy el único a quien le pasa y, respecto a estas cosas tan señaladas: “podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto…”.

Voy a empezar contándoos una anécdota. Benigna, por supuesto.

Hace muchos, muchos años -parece que ha pasado un siglo- tuve un jefe de veras peculiar. Un tipo de esos -vamos a llamarle Pepe- que te marcan, para bien y para mal. Hay un antes y un después de él en mi vida y no solo en lo profesional. Suena a tópico, pero es la verdad.

Tenía un perfil marcadísimo, muy común en las altas y medianas esferas de mi país: muy buena familia, contactos en todas partes, títulos nobiliarios por aquí y por allá, estancias en el extranjero, universidades privadas, etc. A todo esto, se añadían un carisma, una simpatía natural y una incuestionable inteligencia, además de una capacidad extraordinaria para gestionar personas y, sobre todo, para calarlas.

Su perspicacia y su don de gentes, cuando quería, rozaban lo prodigioso. Le vi, en vivo y en directo, meterse en reuniones con personas que al entrar pedían su cabeza en bandeja de plata y que al salir lo abrazaban y le pedían disculpas, cuando una hora antes no querían verle ni en pintura y hasta maldecían su nombre.

Mi relación con él fue extraordinariamente buena. De hecho, es una de las personas a las que más agradecido estoy en muchos sentidos. Y puedo aseguraros que no teníamos nada en común. Yo; un chico de barrio. Él: un niño bien. Yo: un “anarquista, pero buena gente”. Él: un monárquico conservador. Yo: anti-fútbol. Él: futbolero a muerte. Yo: friki de los libros. Él: el “Marca” y gracias. Y así, si quisiera, hasta rellenaros el post entero. Éramos el día y la noche, las personas más diferentes que os podáis imaginar.

Podría contaros muchas otras anécdotas sobre él, algunas de ellas completamente descacharrantes, pero no vienen al caso. Os voy a referir, concretamente, la que viene que ni pintada al tema.

Esto ocurrió en el otoño del año 2010, más o menos: ¡hace catorce años! Dios, ¡qué viejo soy! Tempus fugit y tal y cual 😊

También hay otras cosas que se fugan, ya me entendéis… 😛

Contra todo pronóstico, y después de una serie de desencuentros con diversos clientes y proveedores de la empresa, conseguí resolver un marrón de los gordos, uno que llevaba encima de la mesa varios meses. Digamos que, gracias a mi solución, Pepe se libró de una buena, y de tener que dar un montón de explicaciones de esas que nadie quiere dar, porque puedes perder a tu mejor cliente, a tu único proveedor fiable del tipo tal o cual, etc.

Bajábamos juntos las escaleras del edificio, porque a él le gustaba bajar andando. Pepe iba exultante, más contento que unas pascuas, con su sonrisa de cuarto creciente -marca registrada- en la cara.

Estábamos ya en el recibidor del edificio, en la penumbra, a punto de salir a la calle, cuando me agarró del brazo y me paró. No le di importancia, porque era mucho de abrazos, palmaditas, etc. Muy cordial, muy cercano. A la media hora de conocerte, ya te llevaba en el bolsillo.

-Oye, Stephan.

-Dime.

Se me quedó mirando un rato, como si dudase de lo que iba a decirme. Me sonreía, pero solo con la boca; en sus ojos había un brillo no burlón, pero sí muy condescendiente.

-Eres un buen tío. Un tío magnífico, de verdad.

-Vaya, muchas gracias, pero…

-¡Chissssst! ¡Calla! -me interrumpió, como solía-. Escúchame. Va en serio. Eres un tipo fantástico. Tienes madera. Tienes futuro. Te lo digo de corazón y yo rara vez me equivoco en esto. Y encima tienes una cosa muy buena: eres un tío peculiar. Raro, pero en el buen sentido. Eso es muy, muy bueno. De verdad. Eso es muy bueno. Pero permíteme un consejo, ¿eh? Esto tienes que comprenderlo, es muy importante.

-¿A qué te refieres?

De pronto, su sonrisa se esfumó y se puso muy serio. Luego, cuando se hubo asegurado de captar toda mi atención, torció un poco el gesto y, mirándome fijamente, me dijo, en un susurro:

-No juegues siempre esa carta.

No supe qué decirle, fuera de “ya”. Asentí, salimos juntos a la calle y no hubo nada.

La cuestión, mis queridos amigos, es la siguiente: ¿puede uno jugar cartas que no ha robado? O, en resumidas cuentas: ¿puede alguien dejar de ser quien es? ¿se puede fingir que eres otra persona? ¿Incluso una persona normal? ¿De esas que ve el fútbol, hace maratones de series y habla de política como si le fuera la vida en ello?

Yo no puedo. No sé hacerlo.

¿Y vosotros?

(continuará)

Stephan

Historias ABDL: «El paquete» (y III)

Vamos con el tercer y último episodio. Y siempre, al principio, las normas, claro.

Parece que mami se ha enfadado con su nene…

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Ese jefe es tonto y no te hará nada, mami. Yo te defenderé con mi espada: la tengo en mi habitación”. Mami se agachó y lo estudió de cerca, con el borde de la mesa a la altura de la nariz. Parecía un cocodrilo acechando a su presa. “Ja, ja, mami. ¿Quieres jugar a los crocodrilos?”. Javier se incorporó y crispó los dedos. “¡Grrrrr! ¡Yo seré un león submarino devorador de crocodilos! ¡Grrrrrr! ¡Te voy a comer!”. Se puso a cuatro patas y gateó por encima de la toalla hacia mami. “¡Grrrrrr! ¡Grrrrrr!”. Mami se puso de pie; seguramente quería atacarle desde arriba. “¡Jaja, eso no funciona con los leones submarinos devoradores de crocodrilos!”. Javier abrió la boca todo lo que pudo. “¡Waaaaaargh!”. Era su momento: ¡iba a saltar para devorar a mami! La devoraría de mentira, claro, pero la devoraría. A él también le gustaba dar chupetones y mordisquitos. ¡Mami vería que…!

-Te vas a enterar -. Mami debió pensar que no la había oído, porque subió el tono-. ¡Te vas a enterar!

-“De eso nada, mami, además te he pillado por sorpresa, jaja. Eres tú la que no se entera”. El león se arrojó a los brazos de mami, fundiéndose con ella en una presa muy juguetona. Ella lo cargó a cuestas hasta el sofá. “Qué fuerte estás, mami”. Javier encontró aquella sensación de ingravidez encantadora. ¡Qué cómoda era mami! ¡Qué ergonómica! “¡Pero el león submarino comedor de crocodrilos siempre gana!”. Le dio a mami un mordisquito en el cuello, pero ella se zafó de él y lo obligó a ponerse de pie. Luego se sentó en el sofá y le lanzaba una mirada oblicua y afilada como un colmillo. ¿De crocodilo o de león submarino? “Bah, eso da igual, yo he ganado, mami”.

-¿Has visto lo que has hecho, desagradecido? Has tirado el móvil de mami, y ahora no funciona.

Sí que funciona, mami, ya verás como sí. Yo le haré un pase mágico para…”.

-¿Qué te dijo mami? ¿Te dijo que estuvieras quieto? ¿Te lo dijo o no?

Nooo, no me dijo nada de eso. Me dijo que íbamos a jugar a los tiburones y…”. Javier juntó mucho las piernas, como si tuviera frío; encajó una rodilla en el hueco de la otra. “Y… y… que era muy fuerte y muy guapo”. Dejó de mirar a mami; algo le impedía centrar la vista. “Y además el león siempre gana y…”.

-¿Y tú qué hiciste? ¿Fuiste bueno y obediente? ¿O fuiste muy malo y desobedeciste a mami y por eso tiraste el móvil de mami?

Yo… Mami, fue sin querer”.

-Claro, seguro que tú lo hiciste sin querer, pero cuando el señor de la tienda me vaya a cobrar la reparación, ¿qué le digo? “¿Mi principito lo tiró sin querer?”.

Sí, mami, dile eso. El señor de la tienda lo comprenderá”. Javier sentía una súbita urgencia de esconder el pañal de los ojos de mami, pero por más que estirara los bajos de la camiseta del pijama, seguía sin poder taparlo. Se notaba mucho. Y entonces sintió, por primera vez desde que mami había entrado, una punzada de culpabilidad. “¿Por qué no jugamos a los coches, mami?”.

-Seguro que el señor se ríe de mí y me llama tonta y boba. Y entonces ¿qué? ¿Mami se queda sin trabajo? ¿Y qué hacemos?

No, eso no te lo dirá, mami. Tú eres guapa y lista, no tonta y boba.”.

-Esto es lo que vamos a hacer: te voy a quitar el pañal…

A pesar de los ímprobos esfuerzos de Javier, mami lo hizo, bajándoselo de unos cuantos tirones, como si fuera un calzoncillo, y dejándoselo por la mitad del muslo. “Pero mami, ¿y si se me escapa?”

-Luego, te vas a venir conmigo -. Mami lo agarró por la cintura y lo sentó en su regazo-. Así, muy bien.

¿Mami, te has enfadado porque perdiste en el juego de los crocodrilos?”. Javier se acurrucó contra los pechos de mami, temiendo lo peor. Rezongó. Ronroneó. El calor que transmitía hizo suspirar a mami, o acaso fuera otra cosa. ¿Y si mami no estaba ya jugando ni disfrutando? Ya no. ¿O sí? Mami era como la corriente de un torrente: lo arrastraba consigo. “Pero mami, no te enfades”.

-Y ahora, mi amor, mami te va a dar unos zapatillazos en ese culito travieso. Para que aprendas a ser bueno.

¡No, mami! ¡No!”. La cabeza de Javier parecía una veleta. “¡No quiero! ¡No! ¡En el culito no!”.

-A ver, venga -. Los fuertes y cálidos brazos de mami lo empujaron hacia abajo-. Así, apoyadito en el sofá. Túmbate sobre la barriguita, que mami pueda ver ese culete.

«¿Te has enfadado porque perdiste en el juego de los crocodilos?»

Perdón, mami, perdón. Seré superbueno”. Mami apartó la mesita con la punta del pie, para dejarle espacio, y se retiró del sofá. Javier quedó postrado sobre él, con las rodillas en la alfombra y el culete al aire, tal y como mami había dispuesto. La funda del sofá olía a polvo y a ambientador barato; el olor le trajo a la mente experiencias que Javier creía olvidadas, o más bien las sensaciones que esas experiencias le habrían provocado, si supiera cuáles eran, pero no lo sabía. Lo único que sabía es que estaba rendido ante mami, que mami debía estar detrás de él y que, cuando volvió la vista atrás para verificarlo, mami enarbolaba una de sus zapatillas en la mano y lo miraba con carita de pena… y de algo más.

-¿Estás listo para tu castigo, mi pequeñín?

Javier cerró los ojos muy fuerte, como si no quisiera volver a abrirlos y sollozó. “Mami, no, mami…”. El chupete se le salió de la boca; babeó y se limpió en un cojín, que ya estaba húmedo. “Seré muy bueno, haré siempre lo que me digas, mami, pero pampám no. Pampám no”. No recordaba haberse sentido así de vulnerable y de desesperado jamás.

-¿Sí?

-Sí, mami -dijo Javier, permitiéndose hablar por primera vez desde que el juego había empezado y descubriendo, al mismo tiempo, que algunas palabras podían tener sabor propio-. Mami.

-Ah, vale, todo bien. Voy en seguida.

-¿En seguida, mami?

-Vale, estoy en diez minutos.

No ocurrió nada más. No se oyó el zumbar de la zapatilla, ni el restallar de la suela contra las nalgas, ni tampoco quejidos, ni súplicas, ni pucheros. Javier seguía con los ojos cerrados pero, cuando los hubo abierto supo que la situación había cambiado por completo. Algo había ocurrido que lo había alejado de ese otro yo suyo. Quizá a ella también le hubiera pasado.

-Me voy, peque, que me reclama el jefe. Ha estado genial.

Javier se incorporó y se enjugó una lágrima muy poco furtiva. Buscó a mami; estaba sentada en el sillón, poniéndose la zapatilla. Respiraba rápida y entrecortadamente, y parecía tener mucha prisa.

-Eh… Esto…

-A ver si algún día quedamos -. Le tiró un beso-. Seguro que tú también quieres…

¿Cómo demonios era posible que permaneciese delante de una desconocida con un pañal en las rodillas y no sintiera necesidad de taparse, disimular o decirle adiós, como poco? No sabía qué explicación dar ni cómo comportarse. Era como si se hubiera olvidado del lenguaje. Como si de veras tuviera dos años y no dominase más que unas pocas palabras. No sentía vergüenza, solo confusión y ofuscación.

-Tienes… ¿Tienes?

-Ya te escribo yo, tranqui -. Se levantó de un salto-. Nos vemos.

Se dirigió a la puerta, escoltada por una mirada nebulosa de Javier, que seguía en la misma posición desde que había dejado de babear sobre el cojín y se había puesto de pie.

-Por cierto -dijo ella cuando ya tenía el picaporte en la mano, como si se olvidara algo-. Una cosa importante.

Javier hizo un esfuerzo y caminó hacia ella con pasitos tímidos, anadeando como un pollito que persigue a su madre. El pañal no le dejaba separar las piernas bien. No supo por qué lo hizo, se había sentido llamado, simplemente, y había asumido que su deber era obedecer.

En cuanto la hubo alcanzado, ella lo agarró por el antebrazo, lo zarandeó violentamente y, antes de que Javier pudiera reaccionar, le estampó la palma de la mano en una nalga con tal contundencia que Javier soltó el “¡Au!” más convincente de sus treinta y un años de vida. Capaz de rivalizar, por cierto, con el segundo “¡Au!”, que emitió después de que ella repitiera la operación seguidamente, contra la otra nalga. Javier se sintió como si cada azote lo hubiera marcado a fuego: “Propiedad de mami”. Porque quemar, lo que es quemar, quemaba de narices.

-No creas que te vas a librar, niño malo -musitó ella.

No dijo más. Salió por la puerta y Javier oyó, poco después, cerrarse también la de la calle. El renovado silenció cayó sobre él como una manta térmica y, sin saber nuevamente por qué, se puso a acariciar el picaporte de la puerta como si buscase en él el la huella térmica de los dedos de la repartidora. Huella que lo abandonó muy pronto, dejándolo a solas con los rumores de la calle y los ecos del ascensor perdiéndose en lo profundo.

Arrastró los pies por el salón, deambulando, tocando esto y lo otro sin ningún propósito, rastreando el olor del ella y el suyo, el de los polvos de talco, las toallitas y el pipí, como lo haría un perrito en busca de su ama. Esa tarea, aunque sabía que sería infructuosa, lo volvió a conectar con la realidad circundante, pero la conexión no fue inmediata, sino paulatina. A cada paso rememoraba una escena. A cada mirada una palabra.

Se miró en el pequeño espejo del salón. Javier Jiménez Junín. Treinta y un años. Un chico normal, salvo en lo relativo a todo el «equipamiento» -como le gustaba llamarlo- que lo rodeaba en aquel momento. El montoncito de pañales. Los lápices de colores. Todo eso, al fin, que no aparecía en el espejo. O no siempre.

Suspiró para tranquilizarse y supo que lo había conseguido porque empezaba a notar frío de la cintura para abajo. Su dulcísimo delirio, su éxtasis, había terminado. Ni siquiera podía decir si había sido corto o largo, ni cuánto había durado. Pero sí había una cosa que tenía que decir, y lo dijo sin miramientos y en voz bien alta:

-Tu jefe es un hijo de puta, mami.

Y sonrió… como un león submarino comedor de crocodilos.

FIN

(¿o principio?)

😉

Stephan

Historias ABDL: «El paquete» (II)

Vamos con el segundo episodio. No sin antes recordar las normas, claro.

«Mami ha venidooooo….» 🙂

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No obstante, no fue así, porque cuando la chica trazó una línea sobre una de ellas, desde la sien hasta su boca, con un dedo suave y refrescante, fue como si lo estuvieran tatuando. Aquel dedo dejaba rastro e impronta, no solo huella.

-Pobrecito bebé -dijo una voz melosa, que era de la chica y al mismo tiempo de alguien más-. Aquí solito, asustado y mojado.

Javier asintió. No podía dejar de mirarse sus zapatillas. Un momento, ¿por qué acababa de asentir con la cabeza? ¿Qué cojones…? ¡No, no! ¡Que se fuera!

-Eh… bueno, sí. Muchas gracias.

Quiso agarrar el marco de la puerta para cerrar, pero sentía los brazos pegados a sus respectivos costados. Se descubrió creyendo que si los despegaba de ahí, el pantalón del pijama daría de sí y se le caería, y entonces ella vería lo que había debajo. No una pequeña parte: todo. Incluyendo, por supuesto, la mancha amarillenta que, a aquellas alturas, estaría copando su entrepierna.

-Pero bueno, mírate -. La chica puso los brazos en jarras. Su mediana estatura y su silueta curvilínea le conferían un aire indudablemente maternal-. ¿De veras te vas a pasar así toda la tarde? ¿Un niño tan guapo y tan mayor?

-Así… O sea, así… Así, ¿cómo?

-¡Qué tontorrón! Pues con el pipí. No me irás a decir que estás sequito.

No. Javier no se lo iba a decir. Ni eso ni nada, en realidad, porque tenía un nudo en la garganta y no podía colar a través de él ni un monosílabo. Lo único que se atrevió a hacer fue dar un paso atrás y encogerse de vergüenza. Estaba a punto de pedir perdón y no sabía por qué.

-Shhhhh, tranquilo, bebé. ¿Quieres que mami esté contigo un ratito?

Sí, mami, un ratito. Quédate un ratito conmigo”. Javier se apartó para dejarla pasar. Ella lo hizo, cerró la puerta tras de sí y dejó la tablet sobre el mueble del recibidor. “Hala, mami, ¿eso es tuyo? Parece super importante y mágico”.

-En fin, hoy me quedo sin bocata -dijo ella, risueña-. Pero a cambio, creo que voy a conocer a un nene muy mono.

Le cogió de la mano, pero Javier no se conformó con una mano y pidió la otra. “Qué manos más suaves, mami”. Lo eran en verdad. Mami tenía manos de algodón y labios de fruta escarchada. Olía como las tiendas de chuches y se movía como las heroínas de las películas.

-Venga, vamos dentro, que seguro que tienes el pañal a reventar.

Javier se dejó llevar hacia la mesa del salón. De un modo extraño, casi sobrenatural, ese salón había cambiado. Se le ocurrían muchas posibilidades: el sillón podía ser el puesto de mando de una nave espacial y, si quitaba el teléfono de la mesita, como tenía ruedas, podía montarse en ella y echar carreras por el pasillo. ¿Cómo no lo había pensado antes? Su salón era mucho más que un simple salón. Su casa entera mucho más que una simple casa.

Mami apartó los lápices y los demás trastos de la mesa, que quedaron amontonados en un extremo. Luego dio unos golpecitos sobre ella.

-¿Me traes una toalla, ricura? No queremos manchar la mesa de pipí, ¿a que no?

Pues claro que no, mami, no podemos ser cochinos”. Javier se escabulló al baño, arrampló la primera toalla que se le cruzó por delante y volvió al salón, en donde mami había recuperado, de entre los trastos, los polvos de talco y las toallitas.

-Vente conmigo -dijo mami-. Súbete. ¿Puedes solito?

Buah, mami, claro si yo soy super fuerte”. Javier se encaramó a la mesa sin esfuerzo y se volvió hacia mami para recibir sus cumplidos, como hacen los niños buenos. Y sonrió a más no poder cuando mami dijo:

-¡Hala, pero qué niño más fuertote! -. Mami se llevó las manos al rostro. Abrió desmesuradamente la boca-. ¡Mami está orgullosa de ti!

Sí, mami, quiero que estés orgullosa”. Javier se puso a palmotear. Ni siquiera tuvo que pensarlo. Es más: es que no tenía nada que pensar. Solo se dejaba ir. Actuaba como tenía que actuar y no se le ocurría hacerlo de otra manera. El Javier de las tres jotas se había quedado en el recibidor y al nuevo -o mejor dicho, viejo- Javier sus apellidos le importaban un comino.

-¡Venga, vamos allá! -dijo mami, tomándole suavemente por los hombros-. ¿Le enseñas a mami ese pipí, mi niño grandote?

Lo empujó, con sumo cariño, hacia abajo y hacia delante. Una sensación de liberadora e infinita vulnerabilidad invadió a Javier, que no pudo hacer otra cosa que dejarse vencer por ella y se tumbó, tan relajado como obediente. Aunque estuvieran en un cuarto piso, él se disponía a bucear por un mar cálido y tranquilo, en el que mami bien podía ser la reina de las sirenas. Si cerraba los ojos seguro que veía pececitos de colores y campos de coral. Probó suerte, a ver si estaban ahí los. No fue el caso, pero se los imaginó a la perfección.

-A ver ese culete, levántalo un poquito. Así, así. Muy requetebién, mi pequeñín. A ver las piernecitas. Venga, como si dieras un salto. ¿Das un salto para mí?

Sí, mami, lo que tú digas”. Javier reunió fuerzas para levantar las piernas de un tirón pero, cuando se disponía a hacerlo, mami le puso la mano en la tripa, se inclinó sobre él y le susurró, en voz muy, muy bajita:

-Pero no demasiado fuerte, mi campeón. ¡Imagínate que llegas a la luna y me quedo aquí solita!

Tocado y hundido. Javier apenas veía ya la luz de la superficie en su mar imaginario. Pero no tenía miedo, no. El agua lo abrazaba por todas partes. Lo protegía. Quería seguir descendiendo, sumergiéndose en ese océano que era mami. Un océano de amor en el que bañarse, en donde no había ni monstruos ni tempestades. Y eso era lo mejor: la calma, la quietud. La paz de aquellas aterciopeladas y narcóticas profundidades.

Mami le quitó el pantalón del pijama. Javier apenas se dio cuenta, porque seguía en un estado de relajación absoluta. Pero tampoco tenía ninguna necesidad de analizarlo y, además, la palabra “autosugestión” era una palabra de mayores y él no sabía qué podía significar esa palabra. A lo mejor significaba lo mismo que “mami”. O lo mismo que “pipí”. Y, además, las palabras eran tontas. Ninguna podía expresar lo que estaba experimentando gracias a mami.

-Y ahora, el ris-rás -dijo mami, y se puso a cantar una canción para él-. «Ris-ras-ris-ras, las cintitas del pañal / Ris-ras-ris-ras, el pipí se va a acabar / Ris-ras-ris-ras, mi nene no va a escapar / Ris-ras-ris-ras, mami se lo va a…» ¿A qué, eh? ¿A qué?

Jajajaja, mami, nunca había oído esa canción. ¡Cántamela otra vez!”.

-¿Qué es lo que va a hacer mami? ¿Qué es lo que va a hacer?

Como eres la mejor, puedes hacer lo que quieras :D”

-¡Se lo va a zampaaaaaaaaaaaaaar! -. Y mami se acurrucó contra su tripa y empezó a mordisquearla-. ¡Ñam, ñam, ñam! ¡Qué ricoooooo!

“¡Jajajaja, mami, noooo, mami…!”

Ñam, ñam, ñam. ¡Sabe a fresa! ¡Y el ombliguito a chocolate! Ñam, ñam. ¡No voy a dejar nada de nada!

La canción decía que no iba a llorar, pero Javier se dio cuenta de que estaba llorando. De felicidad. “Pero eso no es malo, esto no es malo”. Su risa histérica restalló en el salón, rebotó en los cristales de la terraza y se expandió por toda la casa como una inundación. Era la primera vez en su vida que reía y lloraba a la vez.

Y, de pronto, sintió el roce del aire en la cara interna de los muslos, en las ingles y el bajo vientre. El calor que se había acumulado entre sus piernas quedó libre y Javier comprendió que estaba completamente en manos de mami. Ya no llevaba calcetines, ni pijama, ni braguita de plástico. Mami le había desnudado de la cintura para abajo. Y no pasaba nada, absolutamente nada. Estaba bien.

-¡Halaaaa! ¡Pero bueno! ¡Vaya meoncete que tenemos aquí! Claro, como es tan grandoteeee…

Sí, mami, soy muy grande. Y te quiero”. Por alguna razón, estar desnudo delante de mami le parecía lo más natural del mundo. Ningún miedo. Ninguna vergüenza. Se sentía alegre, despreocupado. ¿Una prenda de ropa menos? Un problema menos. “Te quiero”.

-A ver, vamos a limpiar un poquito por aquí…

«Ris-ras-Ris-ras…»

La fragancia de las toallitas -genérica, pero muy reconocible- desplazó al olor del pipí. Javier notaba los lametones de la tela húmeda arriba y abajo sobre el culete. Arriba y abajo. Mami era concienzuda y sistemática: selo iba a decjar como los chorros del oro. Arriba y abajo. «Mami es la mejor»

– Listo. Levanta un poco… -. “Sí, mamí ¿así?”-. Eso, así. Muy, muy requetebien.

Mami apartó el pañal mojado a un lado y deslizó bajo su cintura uno limpio, espolvoreó el talco y levantó la parte delantera hacia ese ombliguito que, al parecer, sabía a chocolate. “¡Y yo sin saberlo, mami!”. Javier notó una comunión con ella que nunca había notado con nadie. “Gracias, mami. Te quiero”. Cuando mami ajustó el pañal y pegó las cintas -esta vez sin canción- hasta le entraron ganas de dormir. Echarse una siesta, pero en vez de achuchar a sus peluches, achucharía a mami. “Seguro que si dormimos juntitos ya no me hago más pipí, mami”.

– Bueno, preciosidad, mami tiene que irse. Se pone triste, pero tiene que volver al trabajo -. “¿Cómo que irte? No, no, no quiero”-. Otro día nos vemos.

Pero mami, ¿es que prefieres estar en el trabajo que conmigo?”. Javier pataleó sobre la mesa. Mami le llamó la atención, pero él no hizo caso. Acabó por volcar el botecito de los polvos de talco, que estornudó sobre los lápices de colores. Mami también estornudó y, cuando se hubo recuperado, lo miró muy seria y formal, pero igual de guapa. “Es la mami más guapa del mundo”.

-Mira cómo has dejado los lápices. Vas a mancharlo todo cuanto te pongas a colorear. ¡Estate quieto, peque!

¡No, no, y no! ¡No te vayas!”. Javier se revolvía como un bichito panza arriba y mami, que se estaba limpiando las manos, no pudo reaccionar a tiempo y unos cuantos lápices se precipitaron hacia la alfombra, seguidos, por ese orden, del paquete de toallitas, de un cochecito de juguete y de algo que hizo un seco “clot-tokrot” contra el parquet. O “cataplonk”. O algo así, pero sonó como un mazazo: recio y romo.

-¡Mi móvil! -dijo mami, escandalizada-. ¡Has tirado mi móvil! -, Se agachó para recogerlo, mientras Javier se cruzaba de brazos, aún tumbado sobre la toalla-. ¿A ver? ¿Funciona? Marca, clave… No, no… No… ¡Está roto! ¡Roto! Mi jefe me mata, de esta me mata.


Pasadlo bien, chicos! :*

Stephan

Historias ABDL: «El paquete» (I)

Venga, va.

Vamos con una historia larga y por fascículos, que sé que os gustan.

Full AB, nada de travesurillas 😉

Y antes de abrir el telón, ya sabéis: las normas

«Hoy les ofresemos…»

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Siempre le ocurría lo mismo, o parecido. En cuanto se ponía un pañal, todo cuanto le rodeaba y, también, todo cuanto había dentro de él, cambiaban para bien. El mundo dejaba de ser un entorno absolutamente frío y hostil para convertirse en un campo de juegos con infinitas posibilidades. Su mente dejaba de vagar de problema en problema, de miedo en miedo, y se desbordaba, relegando sus complejos a un lugar en donde no le hacían daño. Y en ese estado, que no siempre estaba a su alcance, no tenía necesidad de ser nadie más que él.

No solo tenía que ver con el pañal. El olor de los polvos de talco, tan suave y tierno, también contaba. El encontrar esas manchitas harinosas en los lugares más inverosímiles. El chupete, que ayudaba lo suyo: lo mascaba, lo succionaba, lo cambiaba de carrillo como si fuera una piruleta. El crujir del plástico. La sensación siempre calurosa del bulto bajo el pantalón del pijama (aunque aquel día solo llevase un imperceptible pañal desechable). Todo ello le absolvía de los sinsabores y errores de su vida diaria. Lo reconectaba consigo mismo.

A veces, fascinado, se quedaba quieto, chupando y chupando, mirando a las musarañas. Podía pasar media hora hasta que recuperaba la noción del tiempo, en medio de una avalancha de fantasías y evocaciones de una vividez apabullante. No había diferencias entre aquellos viajes mentales y una buena borrachera. Su mundillo ABDL era mejor que le alcohol: no atentaba contra su salud y, además, le dejaba unas resacas bien placenteras.

Superados los miedos de su adolescencia y las reticencias de su juventud, había abrazado definitivamente su afición, gusto o lo que fuera. Y se lo pasaba bien, pero una cosa le faltaba: un amiguito con el que jugar. O dos. O tres. Y una mami. En ese aspecto, aspiraba al menos a tener una, una que fuera tan feliz cuidándolo como él dejándose cuidar. ¡Ay, si tuviera con quien compartir esa felicidad! ¿Tanto pedía?

¿Qué hacer para conseguirla? ¿Cómo se conocía a alguien con quien tuviera esa afinidad? No es que se pudiera decir a las primeras de cambio. Lo había intentado con algunas chicas y la receptividad había sido nula, o incluso negativa. “No, no, tío, tú estás muy mal”. O “paso infinito”. Y otras múltiples variantes, más o menos adornadas, de la palabra “no”. Y ahí se había acabado la cosa.

Eso le obesionaba. Había llegado al punto de convencerse de que jamás encontraría a esa otra persona o personas. Y esta autoprofecía se cumplía todos los días de su vida, muy especialmente los días en los que, como aquel, se ponía un pañal, se metía el chupete en la boca y se pasaba la tarde viendo dibujos animados, coloreando o gateando arriba y abajo por el pasillo de casa.

Y, sin embargo…

Cuánto deseaba encontrar esa mami que, sonriente, lo mirase jugar con sus muñequitos sobre la alfombra. Una mami que lo acostase pronto, tras comérselo a besos, después de haberle puesto su pañalito de las noches. Una mami que lo mimase… o que lo castigase cuando no se portara bien. Ni siquiera tenía por qué haber sexo. Para él, sus gustos tenían poco o nada que ver con el sexo. Sí con la paz interior y con un cierto estado mental, muy próximo a la felicidad.

Se fijó en el estuche lleno de lápices de colores que tenía encima de la mesa y comenzó a fantasear. ¿Qué le habría dicho mami si, por ejemplo, le daba un manotazo y desparramaba los lápices por la alfombra? Seguro que se enfadaba y se lo hacía recoger. ¿Y si él se negaba? Pues lo mismo lo mandaba a su habitación o al rincón de pensar. ¿Y si seguía protestando? Pues entonces, lo más seguro sería que mami le diese pam-pam en el culete hasta ponérselo como un tomate. Se puso a acariciar el culete en cuestión -el suyo- por encima del pijama, recreándose en el fruncir casi melódico del algodón contra el plástico. Huy, sí. Mami se lo habría puesto bien rojito, por maleducado. Y él quizá habría llorado y le habría pedido perdón mil veces.

– Joder. Sería la hostia.

La fantasía se adueñó de él. Sentía un cosquilleo muy especial; no en la piel, sino más adentro. ¿Cómo le daría mami de comer? ¿Cómo lo vestiría? ¿Le haría una fiesta de cumpleaños -él quería cumplir 3 años-? ¿Le cambiaría el pañal? ¿Le reñiría mucho? ¿Poco? ¿Le querría incluso aunque se hiciera pipí y popó? Claro, pensó. Las mamis son así. Hacen esas cosas porque quieren mucho a sus peques.

«Y en ese estado, que no siempre estaba a su alcance, no tenía necesidad de ser nadie más que él».

El timbre de la puerta puso fin a su ensoñación. Dio un respingo; de no ser porque ya estaba empapado hasta las trancas, se habría vuelto a mear. Abrió la boca para maldecir -aunque fuese en voz baja- y el chupete se precipitó, rebotó en un peluche y se fue rodando hasta parar debajo de la mesa. Lo recogió y procedió a revisar su ropa para detectar posibles indicios que lo delataran, si iba a ver quién llamaba. Nada, todo bien. Podría abrir la puerta en pijama y pañal; nadie lo iba a notar. Lo había hecho más de una vez, estaba acostumbrado. Pero… ¡joder! ¡Vaya susto! ¡Qué inoportuna es la gente! pensó.

Se levantó de un salto y tuvo que sobreponerse a un leve mareo por hacerlo demasiado deprisa.

-¡Va! ¡Va!

Cuando la niebla de sus ojos hubo desaparecido, se puso las zapatillas y salió al recibidor para abrir. No sin antes, claro, entrecerrar la puerta del salón, convertido aquella tarde en su refugio personal, su santuario. De lo que había en ese refugio -no tanto físico como mental- nadie se tenía por qué enterar.

Abrió. Sin más. Ni siquiera notó un escalofrío, ni un nudo en la garganta, ni nada de eso. No pensaba cambiarse, ducharse ni recogerlo todo para venir a abrir la puerta. No le habría dado tiempo y, además, tampoco preveía problema alguno. Sería un muy breve paréntesis en su tarde de los viernes. Esa tarde que, desde hacía años, se reservaba exclusivamente para sí mismo y para su lado más íntimo.

Como había previsto, se trataba de un paquete: una veinteañera con coletas, pizpireta, un poco gordita pero muy mona, enfundada en un horroroso uniforme azul marino, le sonrió profesionalmente al otro lado del felpudo.

-Buenas tardes. Paquete para Javier Jiménez… -. La chica leyó en una tablet que traía-. ¿Junín?

-Soy yo -contestó él, y repitió eso que llevaba repitiendo desde el parvulario-. Tres jotas, sí, lo has dicho bien.

-Claro, claro…-. Ella anotó algo, sin dejar de sonreír-. Aquí tienes.

Una ráfaga de corriente. Súbita. Traicionera. Una de esas que parecen perpetradas con alevosía por algún monstruo mofletudo de esos que triscan por los mapas antiguos. Una que, en fin, penetró desde el descansillo, los acarició a ambos y empujó la puerta del salón lo justo, lo muy justo, como para que Javier se quedara petrificado.

Le pareció fuera de lugar volver a ponerla como estaba -¡ni que estuviera haciendo algo malo!- y, al mismo tiempo, quería que su secreto lo siguiera siendo. Apartó la vista y cerró los ojos como si no quisiera volver a abrirlos. Pero tuvo que hacerlo después de unos larguísimos segundos, porque no estaba en un sueño y la puerta seguía abierta. Estúpidamente abierta.

¿Cómo podía haber sido tan descuidado, tan dejado? Si hubiera puesto una silla para asegurar la… ¡Joder! ¿Qué iba a decir ahora? No se le ocurría nada. Tampoco es que estuviera obligado. En su casa hacía lo que le diera la gana. Ah, pero si eso era así, ¿entonces por qué se ocultaba? ¡Contradicciones! ¡Siempre contradicciones! ¡Su vida era una montaña de contradicciones! La escalaba una y otra vez para, al final, regresar al mismo valle en el que, en vez de árboles y praderas, había biberones y pañales king size. Como los que estaban ahí -menos mal que secos- sobre la mesa. Y el peluche. Y las toallitas. Y el botecito de polvos de talco con un despreocupado y delator osito pintado en la etiqueta.

Atrapado entre la rabia y el pánico, Javier se vio incapaz de reaccionar. Si se inventaba una excusa… malo. Si no lo hacia… ¡qué vergüenza! Y lo peor era que, cuanto más tardara en tomar una decisión, peor. Al final, se obligó a tomarla. Agachándose, arrastró el paquete dentro de casa pero, al incorporarse para firmar, se topó cara a cara con la repartidora, que contemplaba descaradamente la parafernalia del salón por encima de su hombro izquierdo.

-El paquete…

-Ya lo veo, ya-. La chica señaló hacia la cintura de Javier con el dedo, no hacia el suelo-. Te asoma por encima del pijamita.

En un mundo de dibujos animados, como esos en los que adoraba perderse, los ojos de Javier se hubieran salido de sus órbitas, les habrían brotado alas y habrían partido al vuelo, dado tres vueltas al descansillo y retornado a sus respectivas cuencas. En el mundo real, demasiado real, solo se abrieron desmesurada y súbitamente, como objetivos de una cámara de fotos.

– Eh… Eh… Yo…

Ahí estaba la foto del Pulitzer. Del año. Del siglo. El pañal era por completo visible y los animalitos del estampado se reían a tope, seguramente de él. Concluyó que quizá había aflorado minutos antes, cuando se frotaba el culo, pensando en sus chorradas de siempre. La verdad es que daba igual. Había pecado de exceso de confianza. No había sido concienzudo antes de abrir la puerta.

-Bueno…Esto no…

¡Bravo! pensó Javier. Eso era balbucear y lo demás, recitar poesía. No era ya que se muriera de vergüenza, que por supuesto, es que además sudaba como un picapedrero en agosto.

-¿Estás bien? -preguntó ella.

Se subió el pantalón del pijama de un fuerte tirón. Tarde, pero lo hizo. Qué puto papelón estaba haciendo.

-¿Qué?

-Yo… No es lo que parece -. Le costó un esfuerzo titánico decirlo, y no bien lo hubo hecho, se dio cuenta de lo tonto de la frase y de lo mal que le hacía quedar-. No es nada.

La chica suspiró -Javier creyó que de vergüenza ajena- y su aliento ascendió hasta él. Olía a chicle de menta y a limpio. Contrastaba con el olor a pis que, de inmediato, se hizo omnipresente. Un olor que antes no estaba ahí, que solo se había manifestado en presencia de la repartidora. O en presencia del ridículo que Javier estaba haciendo; todo podía ser. Sintió un rubor en las mejillas capaz de derretir la primera mano que las rozara.

(Continuará…)

Stephan