Autor: Nenito82

Un nenito como cualquier otro: cariñoso, travieso...y meoncete ;)

Historias ABDL: «ABDLIA» (III)

Primero, como siempre, las normas

En episodios anteriores… I y II

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Paula se levantó despacio, con cierta solemnidad, y dijo:

-Se me ha ocurrido sobre la marcha, no estaba preparado. En el cuestionario, si mal no recuerdo, escogiste interactuar con los usuarios si había ocasión.

-Sí… eso puse. Creo.

-Estate tranquila. Los little que están con Mateo se han prestado voluntarios también -Paula levantó un pedagógico dedo índice. Hacía el papel de maestra a las mil maravillas-. En Abdlia no solo tenemos cuidadores embajadores, sino también embajadores little. Así tiene más sentido la propuesta y las personas que vienen pueden hacerse una idea lo más real posible.

-¿No es muy caro todo esto?

-Al principio sí lo fue -dijo Paula-. Ahora lo mantenemos entre todos y no es nada caro para todo el bien que nos hace. Créeme: aquí solo hay adultos que saben lo que quieren.

-Y quieren usar pañales y tal.

-Muchos sí, de vez en cuando. Y otros les cuidamos, por así decir. También tenemos bastantes usuarios que disfrutan de ambos roles. Y algunos que mantienen relaciones 24/7, pero son muy pocos. ¿Vamos?

-Oye… Yo no quiero cambiar pañales ni nada de eso. Paso.

-Por supuesto que no -contestó Paula-. De eso nos encargamos nosotros. En cualquier caso, si en algún momento te sientes incómoda, superada o, por la razón que sea, prefieres salir y volver a este salón o a algún otro sitio, por favor, dínoslo.

-Lo prometo.

Salieron en dirección a la sala correspondiente, que estaba al fondo del pasillo. A Maite le llamó la atención que las paredes de aquel ala estaban llenas de pintura de manos. Había manos por todas partes y de todos los colores imaginables. Supuso que los usuarios dejaban así su firma en la casa.

-Para la mayor parte -dijo Paula, adivinando los pensamientos de Maite- sus edades de little van de los dos a los seis años. No tendría sentido una firma para ellos. Ni un grafiti.

-Tiene su lógica. ¿Y los hay que juegan a ser más mayores?

-Sí, claro. Pero esta planta es para los más little.

-¿Hay plantas para otros juegos?

-También -dijo Paula llamando a la vieja puerta de madera-, por supuesto. Tenemos tres mazmorras en el tercer piso y ahí cada cual…

-¿Y el segundo?

-Ese es especial. Luego te lo enseño, si quieres. De todas formas, las tres cuartas partes de los usuarios solemos andar más por aquí abajo.

La puerta se abrió violentamente y al otro lado apareció quien Maite supuso que sería Mateo. Debía frisar los treinta, también. De complexión y estatura medias. El pelo cortado al cepillo. Aniñado todavía; la barba parecía más postiza que de verdad. Su rostro, congestionado por la furia, era todo líneas de expresión.

-Llegáis a tiempo -dijo Mateo-. Porque me sé de uno que, además de un pañal limpio, va a necesitar dentro de nada un culito nuevo.

De dentro llegaba una barahúnda de gritos, risas y algún que otro quejido. Cosas arrastrándose por el suelo. Cosas revueltas. Cosas que golpeaban otras cosas. Maite miró a Paula, como pidiendo más información.

-Son little -explicó Paula-. Si se portan mal, les castigamos. Esa es una de mis especialidades, además.

-Anda -Maite no podía imaginarse a Paula riñendo ni pegando a nadie. Y menos después de haber visto lo cariñosa que había sido con Bruno en el salón-. Quién lo diría.

-Pasad, por favor. Maite. Mami Pau… Perdón; Paula.

En menos de lo que tardó Maite en comprender la razón del error, el rostro de Mateo adquirió un color capaz de rivalizar con el colorete de Paula. Mateo permitió que la cuidadora le acariciase. Luego ella retiró las manos de repente, haciendo como que se había quemado. Eso hizo sonrojarse a Mateo aún más, hasta el punto de que el tono de su piel era indistinguible del de sus labios.

-Mateo tiene poca experiencia como cuidador en Abdlia -comentó Paula-. Normalmente prefiere ser little, pero lleva una temporada explorando otros roles.

-Eh… Sí, claro. Es eso -una risa nerviosa, efervescente-. Paula. Paula…

-A ver, ricura mía -dijo Paula, tomando a Mateo del mentón-. Cuéntale a la tía Maite cuántas veces Mami Paulita le ha cambiado el pañal a su meoncete preferido. Cuántas veces le ha leído cuentos y cuántas veces le ha hecho mimitos hasta que se duerme.

Los ojos de Mateo chisporrotearon como ascuas. Luego, el brillo fue remitiendo lentamente, a medida en que una sonrisa iba dibujándose en su rostro milímetro a milímetro, y otra, más pícara e inmediata en el de Paula.

-Cabrona.

-Un poquito, sí.

Ambos estallaron en carcajadas y Maite se les unió por cortesía. ¿Por qué, si no? Quería encajar un mínimo en aquel estrafalario lugar.

-Venga, que si no estos prenden fuego a la casa -dijo Mateo-. No sé cómo haces tú para meterlos en cintura, Paula.

-Como si no lo supieras -respondió Paula, insinuante-. Vamos allá.

Aunque Maite no se sentía completamente preparada, entró detrás de ellos. La sala era amplia; el triple que el salón de su casa, por lo menos. La decoración ya se la esperaba: dibujos rudimentarios, paneles con letras de colores y posters de dibujos animados. Estaba dividida en secciones: había una pizarra y pupitres en una esquina, una zona de juegos en la que destacaba un curioso tobogán y una pequeña biblioteca con silloncitos, pufs y peluches grandes como armarios. También había un pequeño arenero, pero estaba cerrado. Reinaba una febril actividad; Maite contó hasta nueve little muy metidos en su papel. Había dos que jugaban con piezas de construcción y se disputaban las mejores. Otros dos jugando a esconderse tras las cortinas. Otros dos peleándose por tirarse antes del tobogán. El restante les echaba a los demás miradas rencorosas desde un rincón. Maite dedujo que estaría castigado.

Los nueve tenían un aspecto diferente, único por así decir, pero inequívocamente… ¿ABDL?. La mitad solo llevaban puestas camisetas de colores y pañal. Uno vestía pantaloncitos cortos, con tirantes. Otra little, un vestido con lazos que parecía más de juguete que la muñeca con la que jugaba. El del rincón llevaba un onesie con muñequitos (elefantes, presumió Maite desde el centro del salón). Maite supo que su novio se habría encontrado en aquella sala como en su casa. No, se dijo. Casa no era el término adecuado. “Hogar” acertaba de plano. El matiz era fundamental, si es que Maite estaba en disposición de entender lo que estaba ocurriendo allí. Tenía que intentarlo, por lo menos.

Mateo y Paula no la importunaron y la dejaron pasear por entre los little, observando cuanto hacían. Maite había supuesto que dejarían de jugar. Que se asustarían o al menos se avergonzarían al entrar ella allí. Pero nada de eso. Al revés; incluso uno de ellos, de la edad de Pablo más o menos, le sonrió y le ofreció el cuento que estaba leyendo. Cuando Maite lo cogió, el chico se ruborizó de emoción, pero ella apenas se dio cuenta. No podía dejar de mirar la mancha de color amarillo verdoso que el little lucía entre las piernas. Estaba empapado. Y le daba igual estarlo, de eso Maite no dudaba. Allí dentro, según parecía, uno podía hacerse pis encima y no tenía importancia. Podía tirarse por un tobogán y se consideraba normal. Podía jugar al escondite como si nada.

Paula apareció junto a Maite, saludó al chico y le puso el chupete en la boca. Él rio despreocupadamente y alargó los brazos hacia Paula, ansioso por recibir cariñitos.

-¿Te estás portando bien hoy, Juanito? -preguntó Paula-. Mateo dice que estáis muy rebeldes.

El little asintió con la cabeza y señaló con disimulo a su compañero castigado, que observaba la escena con interés desde su rincón “de pensar”. En cuanto se dio cuenta de que Paula y Mateo lo miraban, se volvió de repente y se quedó muy quieto.

-Ya veo, ya -dijo Paula-. Vamos a ello.

Maite tuvo que preguntarlo. De alguna manera necesitaba una confirmación expresa para creerlo.

-¿A qué?

-Oh, ya sabes… A imponer un poquito de disciplina a un nene travieso. A ese, en concreto. Puedes salir un ratito si quieres, Maite.

-Ah… Bueno, supongo que me quedo. Acabo de entrar.

-Sí, mami Paulita -dijo el little sin levantar la vista del cuento. Pronunciaba mal debido al chupete-. Ha sido muy malo. Pam, pam, en el culete hasta que haga buah, buah.

-Sí, ¿eh? -dijo Mateo-. Pues a lo mejor tú eres el siguiente, así que mejor no digas nada.

-Noooooo -el chico parecía de veras ofendido-. Yo he sido muy bueno, papi Mateo.

-Ya veremos.

Maite tuvo la impresión de que la algarabía previa daba paso a una quietud tensa, expectante, a medida que Paula se aproximaba al rincón con pasos lentos y rituales, atrayendo las miradas temerosas de todos y cada uno de los little de la sala. Cuando llegó junto al chico que estaba castigado, el silencio era tal que Maite escuchaba los latidos de su propio corazón. De alguna manera, se había dejado contagiar por aquella amalgama de devoción y miedo que la presencia de Paula generaba en la sala. El little con el que estaban se puso a toquetear su pañal muy ufano y Mateo le dio un suave coscorrón para que parase.

-Vamos a ver -dijo Paula, metiendo un dedo en la cintura del pañal y tirando hacia atrás. El little se puso tenso y juntó las piernas como un soldado en posición de firmes-. Ajá. Ya veo. Además de bruto, un gran meón.

-N…no, no -balbuceó el chico-. Yo no hice nada, mami Paulita. Ha sido Juanito.

-¿El pipí también es culpa de Juanito?

-Yo… yo… Se me escapó cuando jugaba…

El brazo derecho de Paula salió disparado como una serpiente, agarró al little por la oreja y le dio un tirón. La otra mano se estampó en el trasero del little y lo hizo vacilar.

-Ven conmigo, pequeñín, ven. Ven a la faldita de mami.

Paula arrastró una silla de madera por el suelo. El inexorable chirrido de las patas le puso a Maite la piel de gallina y un nudo en la garganta que no era capaz de explicar.

-No, mami Paulita. Faldita, no. ¡Faldita, no!

-Sí, sí -dijo Paula, casi solfeando-. A mami no le gustan los niños malos y meones que se pelean con sus amiguitos- desabrochó el onesie con una habilidad notable, mientras el little daba pisotones en el suelo, sin moverse del sitio-. Así, bien desabrochadito.

-Mami, mami Paulita… Seré muy bueno. Seré bueno.

-Claro que lo serás, tesoro. Venga, la cuenta atrás -Paula fue arrancando las tiras adhesivas del pañal una a una, mientras las contaba-. Cuatro, tres, dos… -el little sollozó-. Uno.

Paula recogió el pañal mojado, lo dobló y lo puso bajo la silla. El little, desnudo de cintura para abajo, no se atrevía a mirarla. Paula lo agarró por una mano y le clavó un dedo en una de las redondas nalgas.

-Y ahora toca poner este culito como una picota. ¡Venga! A la faldita, mi amor.

-No, mami, no…

-Sí, mami, sí. Claro que sí.

El little, muy despacio, como si aún tuviera esperanzas de ser perdonado, se inclinó sobre el regazo de Paula y le dirigió una última mirada de tardío arrepentimiento. Cuando tenían la cabeza a la misma altura, Paula le dio un encantador beso en la sien y Maite se estremeció al escuchar a la cuidadora decir:

-Mami te quiere.

Por fin, el little se quedó tumbado de bruces sobre las rodillas de Paula, con el trasero completamente al aire y un poco elevado. Aunque la azotaina no había comenzado, el little no dejaba de lloriquear y de pedir perdón en voz muy baja. Maite se fijó en que más de uno de sus compañeros de juegos contemplaba la escena con malicia. Quizá el little no hubiera mentido. Pero ya daba igual.

Después, todo sucedió a una velocidad portentosa. Maite ni siquiera fue quién a contar los palmetazos cuando Paula comenzó a descargar una auténtica retahíla sobre el culo de su pupilo, a mano abierta y con el vigor de una atleta. Las marcas de sus dedos pronto formaron un red roja sobre la piel, mientras esta se encendía bajo los demoledores azotes, pasando del blanco al rosa y del rosa al encarnado. El little no dejaba de patalear, como si quisiera escapar corriendo, ni de sollozar bajo la implacable disciplina de Paula. Su culo, que vibraba bajo los tremendos impactos como un flan, fue literalmente tundido por Paula, ante la atenta y medrosa mirada de los demás little, que había perdido todo atisbo de la malicia inicial. Maite se preguntó por qué Paula no seguía riñendo al chico; le habría parecido lo más natural del mundo en aquel contexto. Algo del tipo “esto te pasa por malo” o “llora todo lo que quieras”. Lo típico, o lo que ella pensaba que sería lo típico. Incluso como neófita, Maite no carecía de imaginación.

El castigo se detuvo tan súbitamente como había comenzado. Casi parecía que el chico se había sentado sobre una hoguera cuando Paula le acarició las nalgas al rojo vivo y le dijo con suma ternura:

-Hala, ya tienes el culito bien rojo. Ahora, enséñamelo.

Maite no pudo entender nada de lo que el little respondió: algo ininteligible y entrecortado. Paula le ayudó a incorporarse, lo sentó sobre sus muslos y se puso a acunarlo. El little la abrazó, sin parar de llorar, enterrando el rostro bajo la barbilla de su cuidadora. Paula le susurraba palabras al oído, meciéndose con él atrás y adelante. Maite aprovechó la calma sobrevenida para mirar a Mateo, que estaba a su lado de brazos cruzados, y se lo imaginó también sobre las rodillas de Paula, sufriendo el mismo castigo. Por mucho que se hiciera el duro en su rol de cuidador, seguro que también había pasado por la faldita de Paula alguna vez.

Entretanto, el little castigado iba recobrando la compostura. Al menos ya se le entendía.

-Mami, mami… Lo siento mucho.

-Shhhh… Tranquilo, tesoro. No pasa nada. Estoy aquí contigo. A ver, dile a mami por qué te ha castigado.

Aquí dentro hace un calor de mil demonios, pensó Maite.

-Por hacerme pipí -se le quebró la voz-. Y por pelearme con Juanito. Pero ya no lo haré más, mami.

-Pues claro que no. Un nenito tan guapo y tan listo como tú -Paula pasó el dorso de la mano por las mejillas pringosas del little, que se quedó extasiado, mirándola con la boca abierta, incapaz de articular una sola palabra más-. Mami ha tenido que calentarte el culito un poco, pero te sigue adorando. Hala, ahora haz lo que mami te dijo, ¿vale?

El abrazo en que se fundieron descolocó a Maite. Sentía un vacío en el estómago que distaba mucho de ser desagradable. Un hambre nueva, de una avidez refinada. Una gota de sudor fluyó hacia abajo por el canal de su espalda y la obligó a pensar en Pablo. En sus ojos. Sus brazos. Y, sobre todo, en su culo. Maite se metió las manos en los bolsillos y apretó los dientes, entre los que habría dado cualquier cosa por tener los labios de su novio. Ese cabroncete de Pablo. Ese… ese… niño malo. Joder, qué poderosas eran algunas palabras.

Hubiera querido no mirar, pero lo hizo cuando el little se levantó, ayudado por Paula, y se inclinó hacia delante, mostrando su baqueteado trasero a toda la sala.

-¿Veis? -dijo Paula-. Esto es lo que les pasa a los niños malos.

Maite cerró sus puños bajo los bolsillos. Se clavó las uñas. Tenía el resultado de la antológica azotaina delante de sus ojos y no podía apartarlos.

-Muy bien -Paula se levantó y abrazó de nuevo al chico-. Ven, que voy a cambiarte.

-Sí, mami.

-Sí, mami… ¿qué más?

-Sí, mami Paulita.

Lo llevó de la mano a un lateral en el que había dos cambiadores. A una indicación de Mateo, se fueron acercando los demás usuarios y se pusieron a la cola. Maite recordó lo que había dicho Mateo, lo de la “Operación Culito” o algo así. Iban a cambiarlos a todos y ella no estaba segura de querer verlo.

-¿Cómo vas, Maite?- le preguntó Mateo-. ¿Estás bien? ¿Estás a gusto?

-Pues… es complicado. Por una parte sí, y por otra… me siento algo incómoda.

-Ya sabes que puedes quedarte o salir cuando quieras -le dijo Paula, abriendo el cajón del cambiador. Estaba lleno de pañales y toallitas de mil tipos y marcas diferentes-. Nada es obligatorio aquí salvo relajarse.

Maite había tenido suficiente para una primera aproximación. Se sentía abrumada por la experiencia. Había notado una auténtica conexión en algunos momentos, mientras que en otros se había sentido completamente alienada. Saciada su primera curiosidad, necesitaba digerir lo visto y presenciado. No tenía todavía una opinión formada respecto a eso del ABDL. Al menos no en su conjunto. Sin embargo, la idea de ser ella quien zurrara a Pablo era sumamente atrayente. Más que eso: excitante. Nunca lo había deseado antes y no sabía por qué. ¿Acaso se trataba del atrezzo? ¿Del ritual previo? ¿De la situación? ¿De… del público? Y Maite, que toda su vida se había considerado normal, se encogió de hombros y dijo:

-Bueno… Me quedo un poquito más.

-Como quieras -dijo Paula-. A ver, ven aquí, principito -Paula dio unos golpecitos encima del cambiador, levantando nubecillas de talco-. Vamos a ver qué regalito tienes para mami.

El primero de los little se subió al cambiador y se quedó quieto y a cuatro patas, esperando más indicaciones.

-Huy, huy huy… -Paula se cruzó de brazos, con un ademán desenfadado-. Mira lo que tenemos aquí. A ver, enséñale tu super pipí a la tía Maite.

-Pensándolo mejor, prefiero esperar fuera un ratito -dijo Maite-, hasta que terminéis.

-Ok, no te preocupes. Estoy contigo en cinco minutos -y se dirigió al usuario-. ¡Hop! Venga, date la vuelta y abre esas piernecitas bien para mami Paulita. Mateo, ¿te pones con los otros y abreviamos?

-Sí, claro -Mateo cogió a la chica del vestido cantoso de la mano y se la llevó al cambiador contiguo-. Vamos a ver ese culito de princesa -la levantó a pulso y la sostuvo hasta que la little consintió en sentarse en el borde. Luego, a traición, ella le dio un beso en la nariz y se echó a reír-. Mira que eres…

Maite levantó la mano para despedirse y salió sin mirar atrás. Cuando ya estaba fuera, se apoyó en la puerta y resopló como si hubiera escapado de un desprendimiento por los pelos. Caminó en círculos por el pasillo durante unos minutos, luchando por ordenar sus sentimientos y asimilar lo que había aprendido en aquella sala. Al poco, como había prometido, Paula salió, precedida por un coro de voces que cantaron al unísono: “Adiós, mami Paulita”.

«Y, sobre todo, en su culo…»

-¿Qué tal? ¿Muy fuerte? ¿Muy chocante? ¿Muy cringe?

-Un poco sí, la verdad.

-Pero solo un poco. Eso es buena señal.

-Necesito más café -la sonrisa de Maite fue equivalente a enarbolar una bandera blanca. Suspiró-. Es como si no estuviera preparada, y mira que he investigado por internet, pero verlo en persona es totalmente diferente.

-Sí, por supuesto -Paula hizo un gesto para que Maite fuera delante-. Tómate todo el tiempo que necesites y, si puedes, pásalo bien.

-Es jodido -Maite se sintió súbitamente nerviosa por soltar el taco y rectificó-. Quiero decir… rompe mis esquemas.

Siguieron hablando mientras se dirigían de vuelta al salón de estar. Allí, Paula preparó otra cafetera mientras le daba a Maite algunos detalles sobre lo que había visto.

-Tienen entre veinticinco y cuarenta y tres años. Son todos ellos ABDL, claro, aunque más AB que DL. Usuarios veteranos, por cierto. Uno de ellos estaba en el grupo de Sebas. ¿Sabes, el de los tirantes?

-Sí, sí.

-Pues nos conocemos desde hace años ya -Paula le acercó a Maite la taza de café-. Es un tío encantador. Para él, esto es un refugio con todas las de la ley. Lo necesita.

-¿Qué quieres decir?

(continuará…)

Historias ABDL: «ABDLIA» (II)

Siempre las normas primero.

Y allá vamos!

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Las palabras de Maite quedaron suspendidas en el aire. Paula las recogió con delicadeza y, en voz baja, de confidencias, dijo:

-¿Nunca has tenido la sensación de que algo no encaja dentro de ti? ¿De que estás fuera de lugar?

-Depende del sitio en donde me encuentre -Maite hizo una mueca burlona-. Aquí, por ejemplo, sí.

-Ya, bueno. Es habitual al principio.

-¿Al principio? -Maite se puso a la defensiva-. Venía a por información, nada más.

-Estupendo. Informar es uno de nuestros objetivos. Con claridad. Con transparencia.

Había un deje cansado, casi de agotamiento en la voz de Paula, como si acabara de salir de un gimnasio después de horas de entrenamiento. Maite iba a preguntarle si se sentía bien, pero Paula se recuperó y tras una muy honda respiración, dijo:

-Cada cual tenemos nuestra propia experiencia. La mía, te la resumo: niña solitaria, adolescente problemática y joven nihilista. Comencé a interesarme por este mundillo de casualidad. Con veinte o veintiún años leí Historia de O (no sé si te suena el libro) y, como me gustó, me puse a buscar por internet para profundizar. Hasta que encontré algo que de veras me hizo “clic” en la cabeza. Ese algo fue el ageplay: una rama específica del BDSM.

El término le sonaba mucho a Maite. Se había documentado exhaustivamente antes de buscar Abdelia.

-¿Y antes no te había llamado la atención?

-Puede, pero no le había hecho mucho caso a las señales. Ya sabes: un día estás discutiendo con tu chico y te asaltan pensamientos del tipo “te voy a lavar la boca con jabón, mocoso” o “una buena zurra es lo que te debería dar”. Y te lo imaginas pataleando sobre tus rodillas y suplicándote, mientras tú le pones el culo como un tomate.

Maite no había experimentado nada de eso, pero descubrió que tenía la boca abierta y que la taza de café seguía bajo ella sin necesidad, porque se lo había terminado. Paula se dio cuenta del efecto que su confesión había producido y detuvo la narración. Maite, tímida, desvió la mirada y devolvió la taza a la mesita. Aprovechó para tapar la foto de uno de los folletos; los hombres vestidos de rosa y con faldita no le gustaban.

-Entiendo. Estaba un tanto latente esa necesidad.

-Sí, algo así. El caso es que por aquella época, a los veintipocos, comencé a frecuentar foros y páginas de internet en las que se hablaba del tema y vi que había mucha más gente con esas tendencias. Al final, me desinhibí y me animé a probar.

-Vaya. Te refieres a ello como si fuera una droga.

-Una droga inofensiva. Sí -Paula consideró la idea unos segundos-. Es un buen modo de describirlo.

-Algo he leído también en internet sobre eso.

-Seguro -y Paula continuó su historia-. Empecé a conocer gente, más o menos por el centro de España: Madrid, Castilla-León, Castilla la Mancha, etc.

Maite necesitaba detalles para hacerse una imagen mental del relato y Paula iba muy aprisa, pero no le pidió ir más despacio porque le gustaba su naturalidad. Su sinceridad.

-¿Te gustó cuando probaste?

-¿Gustarme? -Paula agachó la cabeza a medida en que sus recuerdos la asaltaban-. “Gustar” es decir poco. Fue como si aquel día descubriera mi lugar en el mundo. Como si por primera vez me sintiera libre. Perfecta -. Una pausa dubitativa-. Yo.

-¿Tú?

-Sí. Yo… «de verdad«.

El silencio resultante fue largo. Paula respiraba hondo. Maite deseaba algunas aclaraciones por su parte. Las típicas notas a pie de página en un libro difícil de entender. Le daba vergüenza pedirlas. Prefirió esperar a que Paula retomase el hilo:

-Nos acabamos juntando un grupo de siete u ocho personas que congeniábamos mucho entre nosotros. Dos de ellas acabaron siendo pareja. El resto, buenos amigos con… cierto derecho a roce.

-Ajá.

-Quedábamos casi todos los fines de semana para vernos, hablar de nuestros gustos y ponerlos en práctica, aunque esto último solo de vez en cuando y con moderación. No porque no quisiéramos, sino porque necesitábamos conocernos bien antes. Nos parecía lo más adecuado tratándose de una actividad tan íntima. Y no todos teníamos la misma experiencia.

-¿Sexo? -Maite se sorprendió de su atrevimiento

Paula negó con la cabeza.

-Depende de la práctica en cuestión. Cada cual se sentía libre. Teníamos unos deseos, unas expectativas y unos límites distintos. Compartimos muy buenos momentos en aquella época, la verdad. Éramos un grupo de lo más variopinto.

-¿Y eso?

-Pues… imagínate. La más joven era yo, con veintidós años, pero el mayor pasaba de los cincuenta. Había gente de dinero y gente corriente. Heteros y homo. Más atrevidos y menos atrevidos, pero todos con una mentalidad muy abierta, eso sí. Y ganas de explorar.

-Heteros y homos. Los de veinte con los de cincuenta. Qué raro, ¿no?

La pregunta, en realidad, era muy otra: si la diferencia de edad tenía algún significado relevante en las prácticas. Una función diferenciada.

-Es bastante habitual en nuestro mundillo. Mi primer sumiso, y uno de los mejores, por cierto, me doblaba la edad.

-Perdona, debí callarme.

-Al revés; cuando menos te calles, mejor. En fin, que a los veinticuatro años, más o menos, tuve claro quién era y lo que quería en esto de la dominación y la sumisión.

-Y tú querías dominar.

-Sí, pero no exactamente dominar. No simplemente infligir dolor o humillación. Esa parte tenía menos importancia para mí-. Paula se inclinó hacia un lado y apoyó el codo en el brazo del sofá -. Yo prefería corregir, domar, educar… Dar y recibir devoción y ternura. Mi motivación, mi vocación si lo prefieres, siempre tenía una base… no sé. Sentimental, si quieres. Emotiva.

Algo más espiritual y mental que físico.

-Puede. Lo físico tenía su importancia, pero en un plano diferente.

Se oyó algo similar a una canción, que un coro de voces entonaba a lo lejos. A Maite le llegaba el sonido muy distorsionado, pero dio por hecho que sería una canción infantil. Fue incapaz de reconocerla.

-¿Y así fue como te metiste en lo del ABDL?

-Más o menos. Al principio fue raro; qué te voy a contar que no sepas. Ver a tíos hechos y derechos en pañales me parecía una frikada. La primera vez fue con alguien mayor que yo; me dio la risa, igual que a ti -Maite se envaró y Paula fingió ignorarlo-. No pude seguir. Luego, fui mejorando. Comprendiendo, poco a poco, las reglas del juego. Para mí el ABDL fue como el whisky.

-¿Como el whisky?

-La primera vez que lo probé me supo fatal -Paula hizo una mueca, como si le dieran arcadas-. La segunda, un poco menos a mierda que la primera; digamos que el regusto fue bueno. Y así. Con el tiempo, llegué a disfrutar profundamente del juego. Y ahora, lo practico siempre que puedo.

-No sé -Maite se frotó la barbilla, pensativa-. Dudo mucho que yo pudiera acostumbrarme, la verdad. Además -creyó necesario bromear, para distender un poco el ambiente-, casi no bebo.

-Haces bien -Paula sonrió de oreja a oreja-. Pero, en fin, las estadísticas están ahí.

-¿Estadísticas?

-Pues sí -dijo Paula, satisfecha-. Hemos elaborado algunas estadísticas con los pocos datos de que disponemos. Y lo dicen claro: más de la mitad de quienes prueban, repiten. Al menos aquí, en Abdlia.

-¿Se puede probar?

¿Por qué cojones había dicho eso? ¿Su innata curiosidad le jugaba la enésima mala pasada? ¿Se había dejado llevar por la pasión con la que Paula le estaba revelando todo aquello? Decidió disculparse, para evitar malentendidos.

«Ver a tíos hechos y derechos en pañales y onesie me parecía una frikada»

-Perdona, quiero decir si prueba mucha gente.

-Casi todos. Mmm… -Paula hizo memoria-. Nueve de cada diez, prueban.

-Qué precisión.

-¡Solo faltaba! -Paula se recostó en el sofá, con aire desenfadado-. Soy licenciada en Matemáticas.

-No se te nota.

-¡Ja! Esa sí que es buena -una risa, como un trino-. ¿Y cómo se me debería notar? ¿Poniéndome unos pendientes con el signo de la integral?

Maite sonrió y se preguntó si tales pendientes, de existir, podían tener connotaciones sadomasoquistas. Por lo menos, para ella sí. A fin de cuentas, Maite era funcionaria, no científica. Su única relación con las integrales consistía en comer insípidas barritas de cereales…integrales.

-¿Qué pasó luego? ¿Cómo llegasteis a fundar Abdlia?

-En aquel grupillo, como te dije, había un hombre maduro. Lo queríamos y respetábamos mucho. Se llamaba Sebas. Este hombre, además de ser la persona más dulce y culta que jamás he conocido, había hecho bastante dinero en su vida.

-¿Fue tu pareja ¿Tu little?-preguntó Maite, orgullosa de deslizar el término.

-¿Sebas? No, qué va. Pobre.

-¿Por qué?

-Lo primero y principal, porque era gay. Aunque él odiaba esa palabra. “Qué cursilada”, solía decir.

-¿Y qué más?

-Verás: Sebas había visto mucho mundo, con diferencia el que más de todos nosotros. Eso incluía haber explorado a fondo la cultura BDSM, tanto aquí como en el extranjero. Era un tío liberal. Sin embargo, también llevaba a cuestas mucha carga psicológica.

Más allá del hueco de la puerta Maite vio desfilar a varios little. Iban juntos, de la mano, a veces con su cuidador y otras con algún compañero. Ninguno iba vestido del mismo modo, pero Maite estaba segura que debajo de aquellos pijamas, aquellos trajecitos y aquellos mandiles llevaban pañales porque, en la mayoría de los casos, la ropa les abultaba demasiado de cintura para abajo. La tropa no les molestó. De hecho, no les hizo el menor caso. Su alegre griterío pasó de largo y se extinguió.

-¿Cuánta gente tenéis hoy?

-Entre las tres plantas, seremos unos treinta, más o menos -y, como si ese dato no tuviese la menor importancia, Paula retomó la historia-. Cuando digo cargas, digo cosas serias. Auténticas movidas. Unos padres retrógrados. Un matrimonio fracasado en los años noventa. Un intento de suicidio. Acoso. Amenazas de muerte. Problemas con las drogas… Yo que sé. Sebas arrastraba tanta mierda que ninguno comprendíamos cómo era posible que pudiera aún sonreír. Y lo más raro: nunca estaba de mal humor.

-Hablas en pasado. ¿Qué le pasó?

-Murió de cáncer -Paula aguardó a que la terrible píldora surtiera efecto en el rostro de Maite-. En junio hará cuatro años.

-Lo siento de veras.

-Gracias -y Maite tuvo la sensación de que ese gracias no se parecía a otros que estaba acostumbrada a oír o a pronunciar-. Sebas, como te dije, tenía pasta, pero su único heredero resultó ser un primo suyo o algo así. Sus padres ya habían muerto y él había sido hijo único, así que, antes de morir nos pidió que hiciéramos… esto.

-Abdlia.

-“Haced esto en memoria mía” nos dijo -al ver la sonrisa torcida de Maite, Paula se la devolvió-. A él le encantaba hacer coñas con las cosas de la iglesia. Según él, los curas le habían jodido demasiado en su niñez y adolescencia como para perdonarlos. Y, sin embargo, a su manera, él creía. Les había perdonado más de lo que le gustaba reconocer.

-Sebas era ABDL, entonces. ¿Me equivoco?

-Y muchas más cosas: spanko, por ejemplo. Pero profesaba un cariño especial al ABDL y a quienes lo practicaban. Hasta tenía su propia definición: “Teatro indie meets meditación trascendental, pero meándote encima” -. Paula rio, atolondrada-. Le echamos mucho de menos.

-Ya veo. ¿La herencia de Sebas cubrió todo esto?

-En gran parte. El resto lo pusimos de nuestro bolsillo. Aunque no fue muy caro.

-¿Y cómo lo hicisteis? -Maite superó la tentación de pedir el importe exacto a la licenciada en matemáticas- ¿Vosotros, directamente?

La interrumpió un súbito zumbido. El teléfono móvil de Paula vibraba sobre los cojines del sofá. Maite le dio permiso para cogerlo con un gesto.

-¿Sí? -pausa indeterminada-. Ah, sí, claro -un bisbiseo ininteligible-. Escucha, hoy estoy de embajadora. Está esa chica, Maite, conmigo. ¿Te importa si pongo el manos libres? Vale.

Paula dejó el móvil en la mesa con sumo cuidado, como si conociera la acústica del salón y quisiera escoger el mejor lugar. Del otro lado se presentó una bonita voz de barítono, apenas distorsionada por la algarabía de fondo:

-Hola, Maite. ¿Cómo estás? Nos encanta que nos visites. Soy Mateo, encantado.

-Hola, ¿qué tal?

-Oye, Mateo -dijo Paula-. Estamos aquí de charleta, pero si necesitas que te eche una mano, no hay problema.

-Sí, porfa. A saber lo que han desayunado estos cabrones. Están hiperactivos -la voz se alejó por momentos, perdiendo volumen-¡Clara, estate quieta con las cortinas! ¡David, ven aquí! -y la voz volvió a escucharse en primer plano-. Hay que cambiarles y no quiero alborotos en plena Operación Culito Al Aire.

-¿Vamos?

Maite detestó darse cuenta de ello, pero aquel era uno de esos momentos en los que un “sí” o un “no” pueden lamentarse el resto de la vida. Y detestó más aún ignorar cuál de las dos opciones la haría, a la larga, más feliz. A corto plazo prefería el “no”, eso lo tenía clarísimo. El subsiguiente conflicto interior se saldó, tras un enconado enfrentamiento, con la victoria por la mínima -y en el tiempo de descuento- de la Maite curiosa e inquieta.

– Por mí, está bien -dijo Maite.

-Vale -dijo Mateo desde el altavoz-. Estoy en la sala 2 con… -y soltó un grito estridente, antes de colgar-. ¡Como vaya ahí os caliento!- Y colgó.

Las dos mujeres intercambiaron una mirada de inteligencia. Se avecinaba la prueba de fuego y ambas lo sabían. Lo único que Maite tenía claro es que a ella el whisky no le gustaba. Pero, como había dicho Paula, a nadie le gustaba al principio. O a casi nadie. Casualidades de la vida: Pablo, su novio, no bebía otra cosa cuando salían.

(Continuará…)

Historias ABDL: «ABDLIA» (I)

¡Hola, queridos!

Hoy vamos con historia, que ya iba tocando, y va a ser un poco diferente. En primer lugar, va a ser larga, muy larga, así que la iré subiendo por entregas. En segundo lugar, será un poco especial ya que la mayor parte de la historia será un encuentro o entrevista ficticia entre dos mujeres, en un lugar igualmente ficticio, claro está (Abdlia, hasta donde yo sé, no existe; nada de hacerse ilusiones, jajajaja). Y será también muy intertextual, casi como un post convertido en relato.

También quería deciros que ando liado, con mucho curro y cientos de proyectos entre manos, por lo que no voy a poder actualizar el blog con tanta frecuencia como hasta ahora. Supongo que a medida que se vaya acercando el verano tendré más tiempo para darle caña y podré volver a una media de cinco o seis posts al mes. Pero vamos, que no lo dejo, ni mucho menos. Es solo que necesito priorizar otras movidas durante unos mesecitos ;).

¿Qué podéis esperar durante los próximos 3-4 meses en Historias ABDL? Sobre todo, «capítulos» adicionales de «Abdlia» y, muy de tanto en tanto, si me da la vida, algún post random sobre nuestro tema de siempre.

Por supuesto, para cualquier cosa que me queráis contar, escribidme: nenitomojadito@gmail.com

Como es costumbre, antes de empezar, las normas.

Y, por fin… «let me tell you of the days of high adventure...» 😉

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Maite mantenía el dedo índice sobre el timbre, pero no se atrevía a presionarlo, como si tuviera miedo de que el ruido fuera a despertar a alguna bestia dentro de la casa. Dudaba que hubiera animales, pero gente había seguro; se escuchaban voces, conversaciones, y de vez en cuando alguna risa lejana, amortiguada por la pared de ladrillo y por las gruesas cortinas, corridas en todas y cada una de las ventanas.

La sierra de Madrid en febrero podía llegar a ser un lugar inhóspito. El viento levantó los bajos de su abrigo y Maite se arrebujó en él. Notó una helada humedad calando sus medias hasta el hueso. El brazo empezaba a dolerle. Quizá, pensó, sea mejor que me vaya; esto ha sido una mala idea y este edificio, aquí en mitad de la nada, da mal rollo. Todo eso del ABDL es chungo, se dijo.

La posibilidad de recorrer de vuelta los cien kilómetros hasta su casa y acabar con las manos vacías estaba ahí. Había empezado sus vacaciones y podía permitirse perder un poco el tiempo. Pablo, su novio, ni siquiera sabría nunca que había llegado tan lejos como hasta aquellas coordenadas de Google Earth, después de bucear en páginas y páginas de internet y de interesarse a fondo por esa historia rara del ABDL.

Ella quería de veras a Pablo. Muchísimo. Pero…¿tanto? Hubiera entendido que a su novio le gustaran otras cosas: la ropa de cuero, atarla a la cama…. Raro, pero básico. Lo de los pañales, los chupetes y demás, le costaba infinito. ¿Cuántas mujeres habrían siquiera considerado la opción de informarse? Pocas. Y de involucrarse en ello, Maite creía que una o ninguna, como solía decir su padre. Ella era esa una. Informarse y leer de todo era su vicio.

Y, sin embargo…

Aquel podía ser el fin de su búsqueda. ¿Qué le podía pasar? ¿Qué más iba a aprender? ¿Qué iba a ver que no hubiera visto ya en internet? Una cosa tenía clara: lo del ABDL, por raro que fuera -y lo era mucho, joder- le parecía inofensivo. ¿Una fantasía como cualquier otra? Eso tampoco, ojo. Sí, vale: ella también tenía sus fantasías, pero mucho más… normales, vaya. Maite se consideraba bastante normal. O sea, con sus cosas y eso, ¿no? ¡Ay, joder! ¡Qué difícil era la vida a veces! Chasqueó la lengua.

-¿Qué es normal? -musitó Maite. Lo mismo que Pablo le había dicho más de una vez cuando le sacaba el dichoso tema.

-Y yo qué sé. Pero eso no, cariño -solía decirle ella.

-O sea, que soy un anormal -el típico contraataque de ese cabronazo y adorable guaperas que era su novio.

-No… Déjame pensarlo. Déjame. Quiero entenderlo de alguna manera.

Pues ahora es el momento, se dijo Maite. Miró por encima del hombro: dehesas perladas de lluvia, la carretera serpenteando hacia unas montañas que sostenían sobre sus romas cumbres un cielo encapotado. Escapar no era una opción. Iba a dar el paso. Y ese paso la adentraría en una casa aislada en mitad de Sistema Central que, por fuera, habría hecho un buen papel en un libro de Stephen King: ladrillo desportillado, ventanas de madera y el aspecto desvencijado de un edificio decimonónico. Salvo por el críptico cartel adornaba la fachada, que en letras mayúsculas ponía “Abdlia”.

Tomó aliento. Pulsó el timbre y escuchó, ansiosa, el rumor de pasos que venían hacia ella. Hasta los contó. Siete en total. El corazón de Maite se embarcó en un sprint implacable. Por fin, la puerta se abrió.

-Buenos días. Tú debes de ser Maite, ¿no?

-Hola. Sí.

Debido a la diferencia de temperaturas, una vaharada de calor se abalanzó desde dentro contra Maite, que tuvo que parpadear para mantener la compostura.

-Encantada. Yo soy Paula. Hoy me toca a mí hacer de relaciones públicas aquí. Ya he echado un vistazo a tu cuestionario.

-Ah… Perdona -dijo Maite-. No quiero molestar. Solo informarme un poco… Ya sabes.

-Claro que sé.

La chica le hizo un gesto, invitándola a pasar. No era muy alta, pero sí algo más joven que Maite: veintimuchos años. Sonrisa afable. Anchas caderas. La piel sonrosada, con mejillas como manzanas silvestres y dos coletas doradas que las enmarcaban, sobrepasando la boca de labios carnosos. Vestía un mandil sencillo, sobre una bata a cuadros blancos y azules que a Maite le pareció como de maestra de guardería. No faltaba el portatizas en el bolsillito correspondiente.

-Adelante -dijo Paula, guiñando un ojo-. Que se escapa el gato.

-Por supuesto.

Dentro hacía un calor casi achicharrante. Maite se quitó el abrigo mientras contemplaba el hall. Las paredes estaban pintadas de colores vivos: azul cielo, amarillo limón y lila, aunque había tantos recortables, tantos dibujos y paneles de corcho atiborrados de monigotes que la pintura apenas tenía claros. Maite se fijó en las palabras que recorrían las paredes, construidas con grandes letras de papel pintarrajeado: “Amistad”, “Felicidad” y ya casi en penumbra -no había mucha luz en el pasillo, solo un discreto halógeno- “Alegría”. Olía a ambientador, con un toque de lejía.

Estando allí dentro, era imposible no sentirse más segura, y no solo por el calor. Maite venció la sensación de irrealidad para preguntar:

-Vaya. Por fuera es muy diferente.

-Sí, es verdad. Pero nos gustó la idea y decidimos hacerlo así.

-¿Por algo en concreto?

-Los usuarios. Nadie es igual por dentro que por fuera. Acompáñame, por favor.

Recorrieron el pasillo. En cada una de las habitaciones -o aulas- laterales se paseaban sombras de un lado a otro. Los gruesos y traslúcidos cristales impedían a Maite ver nada más.

Llegaron a un pequeño saloncito muy en la línea de una consulta médica, con una mesa baja llena de folletos y panfletos varios. Maite los estudió de lejos, intentando disimular su interés. No; decididamente, ninguno de los hombres en pañales, pijama o onesie que había en las portadas era Pablo. Tendrían otros nombres. La idea, por muy simple que fuera, la sobresaltó, aunque no para mal. Quería decir algo: en este mundillo había más gente. Y mucha, quizá.

También había un mueble archivador, un par de sofás algo viejos y sobados, y una cafetera llena el aroma de cuyo contenido reinaba supremo dentro del saloncito. El toque cotidiano lo ponía la fila de archivadores negros que copaba el resto del mueble. Con los lomos atestados de lamparones inidentificables, rasgaduras y rayones de color, daba la impresión de que los archivadores estaban cansados, pero felices de seguir en pie.

-¿Un café? -dijo Paula-. Me imagino que tendrás muchas preguntas. Echa un vistazo a los folletos, si quieres, aunque dirán más o menos lo que ya sabes.

-Sí, por favor. Con leche- a Maite le pesaba la cabeza-. Cuanto más cargado, mejor.

Paula destapó la cafetera, se dejó bautizar por el humo y sirvió dos tazas, mientras el burbujeo del líquido hacía salivar a Maite. Paula se agenció un puñado de terrones de azúcar de un cestito, le dio uno a ella y Maite lo vio normal: Paula tenía aspecto de ser muy dulce, y en más de un sentido. Ambas mujeres (de las cuales una aún podía identificarse como chica) se sentaron, frente a frente, y se permitieron beber el primer sorbo en silencio. Después, Paula retomó la conversación:

-Lo primero, gracias por venir. Es un acto de valor.

-Imagino que no se atreverá mucha gente.

-Pues imaginas mal -rio Paula-. Cuando empezamos, hace cinco años, no logramos reclutar ni a una docena de personas. Y ahora somos casi doscientos.

-Guau. ¿Doscientos?

-Y eso que, como es normal, solo viene gente de Madrid y alrededores. Y que no todo el mundo quiere participar en un proyecto así -Paula tomó la taza con ambas manos y puso cara de satisfacción-. No tenemos datos fiables, pero solo en España calculamos que puede haber, entre caregivers y littles, varias decenas de miles.

-Vosotros sois una inmensa minoría, entonces.

-Pues sí. La punta del iceberg, apenas.

De lejos llegó el eco de lo que sonaba como un llanto y Maite apretó los dientes. Luego escuchó el portazo y ya no lo pudo evitar: se puso tensa. Paula hizo un gesto para reconfortarla.

-Tranquila. Este es un lugar feliz y seguro. No será nada.

Un segundo después un chico irrumpió en el salón. Maite le calculó unos treinta años: alto, fuerte, moreno, con el pelo corto y un pecho prominente de deportista. Vestía solo una camiseta estampada de animalitos, que le quedaba pequeña, y unos calcetines largos de lana. En conjunto, si no fuera por el muñeco de trapo de la mano derecha y el pañal, a Maite le habría parecido incluso atractivo.

El chico ni se fijó en ella. Hizo un mohín y se envaró.

-¡Mami Paulita! -dijo el chico, zalamero- No quiero más judías. ¡No me gustan! ¡No y no!

Maite se removió en el sofá debido a una nueva punzada de incomodidad; era como si se hubiera sentado en el colchón de un faquir. También puedo levantarme y marcharme, razonó. No me lo van a impedir. Solo la mirada serena de la cuidadora -si Maite comprendía la terminología- la logró retener. Otra cosa no, pero Paula transmitía una ternura y una serenidad innegables, que hasta a ella la reconfortaban. De algún modo.

-Ya hemos hablado de eso, tesoro -la voz de Paula tenía una musicalidad adormecedora-. Tienes que comer judías para estar fuerte. ¿O quieres ser un debilucho?

El chico pasó junto a la mesa, se sentó en el regazo de Paula y apoyó la cabeza en su hombro. De pie, probablemente le sacara cabeza y media a su rubia cuidadora. Mientras tanto, Maite se había perdido en su interior, justo entre el estupor y la curiosidad. Es decir: en el terreno de la vergüenza ajena. Se mordisqueó los labios para no reír. Una vez superada la primera impresión… como para no hacerlo.

-Pero yo nu quiero judías -dijo el chico para el cuello de Paula. Pataleó con timidez, más como juego que como protesta.

-Bueno, ¿y entonces qué hacemos? Es lo que había hoy -apoyó la mano en el vientre del chico y apretó ligeramente-. ¿Esta barriguita se queda vacía?

-Mmmm… Pero yo no quiero.

-Aaaaaanda -de nuevo ese tono cálido y armonioso-. Vaaaaamos.

-Eso -el chico batió las palmas-. ¡Aúpa! ¡Aúpa!

Mientras él la aferraba como un monito, Paula lo levantó en el aire y le dio un beso. Él se puso de pie. Maite se quedó mirando el pañal, que el chico llevaba muy ajustado, casi tirante. No podía explicarse que un hombre de treinta años se paseara así, en pañales, por aquella casa, con toda la tranquilidad del mundo y sin privacidad. Paula introdujo un dedo por detrás del pañal, forzó el elástico y echó un vistazo dentro.

-Seco -dijo amablemente-. Pero te queda justito. Habrá que pedir más de tu talla.

-Sí, mami Paulita. ¡De dinosaurios!

-Hala, vamos allá -Paula le dio una graciosa nalgadita. Pam-. Que si no te perderás el postre. Venga, sé un poco educado y por lo menos di adiós con la manita, cielo-. Y se dirigió a Maite-. Disculpa, no tardo nada.

El chico la miró, sorprendido, como si hasta aquel momento no hubiera sido consciente de que Maite estaba allí. Levantó muy despacio la mano. La agitó. Maite se sintió obligada a hacer lo mismo.

Paula sacó un chupete de uno de sus múltiples bolsillos y se lo metió al chico en la boca. Él succionó con avidez, como si tuviera una deuda consigo mismo y quisiera pagarla así. Ambos se marcharon, caminando de la mano. Maite, al quedarse sola, se imaginó a su novio acurrucado contra ella, en pijama y chupándole los pezones. Se estremeció.

El amargor del café la arrebató de sus ensoñaciones. Se le estaba quedando frío. Casi tanto como los folletos que tenía delante. Tomó uno al azar y lo hojeó. Llevaba por título “¿Eres sissy y no lo sabes?” y en la portada salía una chica en pañales, vestida con un extravagante conjunto rosa, y gateando. ¿O era un chico? Iba tan maquillada que Maite… ¡Anda! ¡Si era un chico! Sí, casi con seguridad. Como si fuera un periódico, Maite fue pasando las páginas del folleto y leyendo los titulares de cada artículo: “Género fluido y ABDL”, “La importancia del travestismo en el Ageplay”, “Feminización forzada y petticoating”…

«¡Mami Paulita! ¡No quiero más judías!»

-¿Interesante?

Paula entró de nuevo en el salón pero Maite, esa vez, mantuvo la calma. Decidió que, por el momento, no se alteraría más. Aunque supusiera un reto para ella, afrontaría la experiencia como algo positivo. Porque desde luego, para las personas que había por allí (los “usuarios” como decía Paula) Abdlia era un sitio 100% positivo. Casi perfecto. Eso resultaba evidente.

-Por experiencia, sé lo difícil que es romper el hielo -Paula se sirvió otro café-. Permíteme ser directa. ¿Tu pareja es un sissy boy?

-¿Pablo? -Maite no se avergonzó de decir el nombre de su novio en aquella estancia-. Yo… ni idea, solo estaba leyendo -dejó el folleto con los demás-. Te agradezco… Te agradezco la amabilidad, porque no sé ni por donde empezar.

-Tampoco lo sabía yo hace seis o siete años. Y aquí me tienes hoy, cuidando de algunos de mi little favoritos.

-¿Tu… tesoro?

Nada más decirlo, Maite comprendió lo impertinente, lo absurdo de la pregunta, pero Paula se echó a reír, como si tuviera preparada la respuesta de antemano:

-¿Quién te crees que soy? ¿Gollum?

Entonces fue Maite la que rio. Fue una risa espontánea, franca. Sintió que liberaba con ella una considerable parte de sus prejuicios. Como un globo, soltaba lastre para poder ascender. Paula le estaba cayendo bien. Tuvo que dejar la taza sobre la mesa, porque no quería derramar el café.

-Perdona. Soy gilipollas, de verdad -dijo Maite-. Imagino que será tu pareja.

-¿Bruno? ¡Qué va! No. Es el compañero de mi mejor amiga y uno de los little más populares por aquí. Un poco mentirosillo, pero nada que no se pueda corregir con algo de cariño y disciplina. Tú ya me entiendes, ¿no? Y si no, me lo dices y yo te explico.

-Vaya -dijo Maite, genuinamente asombrada-. Veo que os tomáis muy en serio lo de los little y demás.

-Eso es más difícil de responder de lo que parece -Paula se quedó pensativa unos instantes. Sus ojos acapararon la luz del salón-. Es al mismo tiempo en serio y en broma. De verdad y de mentira. A veces lloramos y a veces reímos -se encogió de hombros-. O las dos cosas a la vez. Nosotros no tenemos todas las respuestas. Es más: la mayor parte hemos renunciado a buscarlas. Ya no queremos respuestas, sino disfrutar de lo que nos gusta y expresarlo en un entorno seguro. Pero estoy hablando yo demasiado. Dime. Pregúntame.

-Me gustaría saber más respecto a un tema, no sé si es lo más adecuado.

-Tú dirás.

Maite hizo un amplio gesto circular, como queriendo abarcar todo el salón. La casa entera. Y, con un suspiro de impaciencia, se lanzó:

– Cuéntame. ¿Cómo empezásteis?

-¿Esta aventura de Abdlia?

-Sí, esta aventura de Abdlia.

-Ahora soy yo la que no sé por dónde empezar -. Pero antes de que Maite dijera algo demasiado obvio, Paula la chistó-. Un segundo. Ya. Ya sé como.

-Me muero de ganas de oírlo -y Maite lo decía con absoluta sinceridad. Curiosidad le sobraba, aunque le diese un poco de grima eso del ABDL. Bueno; con Paula cerca, reconocía que un poquitín menos-. ¿Cómo empezó todo?

(Continuará…)

Stephan

PD: Jojojojo… soy el puto amo de los cliffhangers XD

¿Fracasados?

Hace unos días me encontré con un post de esos que uno, después de tanto tiempo como ABDL, está acostumbrado a leer. Un post en el que el autor, un chico ABDL, comparte su ansiedad y sus miedos más profundos con sus lectores. Decía sentirse fracasado, anclado, con una percepción muy negativa de sí mismo y del mundo que le rodea, hasta el punto de interiorizar que ser ABDL le condiciona de algún modo a fracasar en la vida. Que su fantasía lo condena para siempre.

Vamos a dejar de lado el hecho de que haya famosos fetichistas. Sí: incluso DL’s. Ned Stark… Boromir… XD

El post era algo antiguo, y no me quise meter (quizá era peor retomar el tema). Espero de veras que el autor se sienta mejor y dudo que vaya yo a propiciarlo si rescato el hilo y le fusilo una contestación kilométrica. Pero, como tampoco quiero dejar pasar la oportunidad sin comentar nada, he decidido hacerlo en este post. Algo más amplio, menos personalizado y más abierto para todos los ABDL que visiten el blog. Alguno habrá que se sienta parecido, si no igual, sobre todo si es una persona joven o relativamente joven.

Es muy habitual encontrarse con ABDL’s jóvenes que acumulan sentimientos negativos respecto a sus gustos. Personas que se culpan de tener una inclinación fetichista -o no sexual, pero en todo caso inclinación- por objetos normalmente relacionados con la infancia. A veces es por las perturbadoras y equivocadas asociaciones que, desde fuera, un observador extraño o no iniciado podría hacer. Otras veces es porque se ve como algo extravagante, demasiado fuera de lo normal. Muy a menudo, es la simple vergüenza de reconocer que se tiene un fetiche poco habitual (aunque no tan poco habitual). Por último, en determinados casos hay un fuerte sentimiento de culpabilidad de origen religioso. Hay mas casuísticas, pero podrían resumirse en esas cuatro: confusión, miedo, vergüenza y culpabilidad. En casos puntuales, pueden darse varias a la vez.

«Hombre, es que una cosa es tener derecho a la individualidad y otra usar pañales. ¡Shame! ¡Shame!»

Para decirlo claro: ser ABDL da exactamente igual. No te predispone ni condiciona a nada. No te confiere poderes mágicos, ni tampoco te impone taras. Puedes ser lo que tú quieras, lo que la suerte te permita (sí, la suerte cuenta y mucho) y lo que tus capacidades consigan, tanto si eres ABDL como si no. Y va a dar lo mismo que te gusten los pañales cuando dirijas una empresa, cuando seas un autor de éxito, un actor conocido, un youtuber, un profesor, un dependiente, un ingeniero de la NASA, padre, madre, marido, esposa o cualquier otra cosa. Algunos diréis que eso es obvio, pero quizá otros necesitéis leerlo y, sobre todo, creerlo. Pues creedlo de una vez. En serio. Y vivid la vida, que es bien corta, chicos.

Confusión ni la hay ni puede haberla. El ABDL no tiene nada que ver con la mierda esa de la pedofilia. Del mismo modo que coleccionar cuchillos no te convierte en Jack el Destripador ni ver La Naranja Mecánica en psicópata. Sepamos discernir y comprender una práctica, el ABDL, que puede ser un poco infrecuente, pero nada más. Si queremos, claro, que esa es otra: gente con mala fe siempre hay. Pero hoy en día hay ya mucha información sobre el ABDL fácilmente disponible en internet. El que quiera entender, que entienda. Y punto.

El miedo a no ser aceptado ya lo hemos tratado en el blog y no veo razón para incidir. Puedo entender que te preocupe la aceptación de las personas más cercanas, pero la de la sociedad en general, no (otro día hablamos de eso). Por otra parte, no es necesario salir en el Diario de Patricia y contarle tus fantasías a media España; basta con tu pareja, ¿no? Pues bien: es una persona en todo el mundo; no puede ser tan difícil. Y si no quiere jugar contigo, considera todas las demás cosas buenas que te da y si no te compensan ;).

Entiendo que algunos penséis “claro, eso lo dices porque tu pareja sí te apoya y le parece guay que seas ABDL”, pero no es tan sencillo como parece. También le conté mis fantasías a mi ex-pareja -ojo, solo la del spanking, no llegué al ABDL- y le faltó poco para llamar a “Psicólogos sin fronteras”, vamos (“¡que se te quite de la cabeza!”). Así que de rechazos también sé, creedme: no todo ha sido vino y rosas en mi -por otro lado bastante limitado- historial sentimental XD.

La vergüenza…¿de qué? ¿De que alguien descubra que eres ABDL? Si tampoco lo andas publicando por todas partes, ¿quién lo va a descubrir? No creo yo que tus padres o tu hermana tengan cuenta en Fetlife. ¿O sí? 😉 Y en caso de que te descubran, será porque algo andarían buscando, digo yo. Otra cuestión es que no tengas privacidad y vivas en un piso compartido o con tus padres. Entonces, entiendo que es más difícil, pero bueno. Mi recomendación es la de siempre: sé independiente cuanto antes. Y no sería la primera vez que escucho lo de compartir piso “kink friendly”; siempre puedes intentarlo. Por último, mira: tampoco es tan terrible que te descubra una persona con la que tienes confianza, hay destinos muchos peores.

¿Culpabilidad? Bueno, en esta poco puedo aportar, teniendo en cuenta que no soy creyente ni he sentido jamás culpa alguna por ser ABDL. Supongo que para alguna gente todo lo que no sea el misionero con la luz apagada y sin condón está mal. Y no solo eso: cada vez que te pongas un pañal dios matará a un gatito y como se te ocurra ir a un taller de Shibari tu novio te dejará por la pija del sexto derecha. Qué le vamos a hacer: esta gente que tiene línea directa con dios adora imponer cierta visión del mundo a los demás. Aunque dios, parafraseando al gran Forges, “no se ha manifestado a tal respective”.

En cuanto al fracaso… A ser o no un fracasado… No sé qué deciros. Estoy casado con la mujer más maravillosa del mundo, que me ha dado un hijo excepcional. He alcanzado metas con las que la mayoría de la gente se limita a soñar (lo podéis creer o no, pero es así). He llegado a cumplir muchos de mis sueños, incluso algunos que ni yo mismo juzgaba realizables. No vivo mal en absoluto, al menos, de momento. Y, joder… Que me quiten lo bailao. Y aún me queda minuetto, si dios quiere.

Con esto, me refiero a que otra cosa no, pero podéis estar seguros de que soy ABDL hasta la médula XD. Y hombre, fracasado, lo que se entiende por fracasado, desde luego, creo que no soy. Otra cosa es que mi cabeza me juegue malas pasadas con esos temas, que me las juega. Pero esa es otra historia, «que será contada en otra ocasión«.

Una ocasión en la que no tenga pipí, por ejemplo…

Por supuesto que ha habido malos momentos y etapas oscuras e incluso muy oscuras. Lo he reconocido en el blog a menudo. La vida no es fácil. Y, bueno… quizá seas un rarito, pero ¿qué le vas a hacer? Eres lo que eres. Todos nos hemos sentido condenados, fracasados o desilusionados. Yo, aquí donde me leéis, he estado en tratamiento psiquiátrico (“no entiendo nada de lo que me estás contando: toma estas pastillas” –sic) muchas veces en mi vida: entre los 21 y 22 años, entre los 24 y 25, a los 30, a los 41… Y creedme: el ABDL no tuvo nada que ver en ninguna de ellas. Al revés: si acaso, me sirvió como válvula de escape, como un refugio al que volver para sentirme seguro. Sumó y nunca restó.

Hoy quiero transmitir un mensaje positivo a todos esas personas ABDL -o kink en general- que se atormentan por serlo y creen que eso les mediatizará negativamente para el resto de sus vidas, como si tener un fetiche fuera una maldición bíblica. No os juzguéis a vosotros mismos ni a la vida tan severamente y seguid buscando vuestro sitio; estoy seguro de que lo encontraréis (joder, si yo lo encontré, vosotros también podéis). Siempre merece la pena luchar y os lo dice alguien que de mierdas mentales entiende un huevo, no hay más que ver mi historial psiquiátrico. Un chico de barrio, de colegio público y biblioteca pública, no el típico millonario que hace charlas de TED («uuuuuuh, cree en ti mismo y el universo conspirará para concederte tus deseos, uuuuuuuuuuuuuuuuh…» ¡Anda y cómeme la p_ _ _ a!).

No eres ningún fracasado. No lo somos. Solo necesitamos respirar hondo de vez en cuando y que mami, papi o la seño nos pongan el pañal y nos mimen un poquito ;).

¡Aüre entuluva!

Abrazos y azotitos.

Stephan

NI NUEVO, NI MODERNO: DOS MIL QUINIENTOS AÑOS DE BDSM Y… ¿TRES SIGLOS DE ABDL?

Como estamos en carnaval -o deberíamos-, vamos a dejarnos de intrincadas y profundas reflexiones sobre la naturaleza de nuestras fantasías y de alambicados post llenos de líricas reflexiones sobre sexualidad BDSM. Hoy vamos a intentar ser amenos y nada más.

Empecemos, pues, con una pregunta tramposa: ¿Desde cuando creéis que existe el BDSM? Mejor todavía. ¿Cuál es, a vuestro entender, la referencia más antigua que conocéis de la existencia de prácticas ABDL?

En realidad el BDSM, muy probablemente, es tan antiguo como la civilización y puede que más. Todavía hoy hay muchos practicantes que lo conciben como la expresión más intelectual y “civilizada” de la sexualidad humana, porque en el BDSM la genitalidad tiene una importancia comparativamente menor que en la sexualidad vanilla. Esto, por supuesto, es más que discutible, pero hoy nos abstenemos de debates sesudos. Hoy, a tope con las risas, la curiosidad y la divulgación carnavalescas.

Así, a bote pronto y a modo de ejemplo, es muy probable que los misterios eleusinos y/o dionísíacos incluyeran, dentro de un amplio espectro de prácticas psico-sexuales, elementos BDSM. Y es que la importancia que en los cultos órficos y sobre todo dionisíacos tenían elementos simbólicos como los látigos, los tirsos y determinadas plantas trepadoras o con espinas no puede ser simplemente obviada.

Yo diría más: el mito de Orfeo contiene elementos BDSM para dar y tomar. Y qué decir de los famosos relieves de la llamada Tumba de los Flagelantes (siglo VI A.C., nada menos), en donde se representan con ab-so-lu-ta cla-ri-dad prácticas sexuales de flagelación. El spanking y el whipping vuelven a aparecer con toda su crudeza en un fragmento de El Satiricón de Petronio, una obra, dicho sea de paso, muy saturnálica y carnavalesca.

Antíoco, macho. Ahora no me acuerdo si mi palabra segura era “onicofagia” o “catalepsia»

Aquí, como nos gusta contribuir al buen rollo, os damos una idea para disfraz de carnaval: Ménade. Y cuando la peña se queje de que vais fustigando o despedazando al personal por la Diagonal, vosotros os ofendéis y decís que forma parte de vuestra religión y que quien no se deje zurrar es un Dionisiófobo y mimimimimimimi…

¿Shakira y Piqué? Unos aficionados. ¡Prepara el culo!

Si seguimos hacia la Edad Media, resulta bien fácil encontrar referencias BDSM en la literatura de los goliardos. Recordemos, si no, la mítica “Balada de Margot la Gorda” del aún más mítico François Villon (Siglo XV):

Pero vuelve la paz, se tira un pedo
más criminal que de un cañón la bala,
riendo me da un golpe, luego, quedo,
“¡súbete!” dice, en tanto que se instala.
Dormimos como un zueco, ambos beodos.
Si despierta y su vientre aún reclama
se alza y me monta, tales son sus modos.
¡Nos aplasta!” gemimos yo y la cama,
“¡Por tu lujuria nos desvencijamos!”
en el burdel en donde el pan ganamos.

Que llueva o truene, tengo el pan seguro.
Soy vicioso y halléme una viciosa.
No sé cuál de los dos lo es más, lo juro.
Y la basura nos parece hermosa
y el honor nos repugna y lo ahuyentamos
en el burdel en donde el pan ganamos.”

Pero para encontrar referencias al ABDL es necesario, hasta donde yo sé, avanzar un poco más en el tiempo. Hasta el siglo llamado de las luces, el siglo XVIII. Aquí, incluso, existe una literatura cuya razón de ser consiste en explorar, divulgar y escandalizar describiendo prácticas BDSM. Es la época de «Fanny Hill«, de «Las Amistades Peligrosas» y, por supuesto, del gran y divino Marqués de Sade. También es la época en la que Jean Jacques Rousseau -quizá el filósofo más influyente de los últimos siglos, y pilar fundamental del pensamiento moderno, para bien o para mal- escribía, ni corto ni perezoso, lo siguiente en un celebérrimo párrafo de sus “Confesiones”:

El cariño, propio de una madre, que la señorita Lambercier nos profesaba, la revestía de la autoridad de tal, y algunas veces usaba de ella imponiéndonos castigos merecidos. Durante mucho tiempo se concretó a la amenaza, pareciéndome espantosa la prometida pena, nueva enteramente para mí; pero desde que la sufrí me pareció mucho menos terrible de lo imaginado. Y lo más particular es que aquel castigo aun me aficionó más a lo que me lo había impuesto, de modo que fue necesaria mi natural dulzura y toda la verdad del afecto que le profesaba para que no tratara de conocer la repetición del mismo, mereciéndolo, porque encontré una mezcla de sensualismo en el deber y en la vergüenza del castigo, que me hacía desear recibirlo otra vez de la misma mano. Es verdad que había en ello cierta precocidad instintiva de sexo y, por lo tanto, el mismo tratamiento practicado por su hermano no me habría parecido tan gustoso. Pero, atendido su carácter, no había que pensar en semejante sustitución: y me abstenía de merecer el correctivo por temor de disgustar a la señorita Lambercier; pues tal es el imperio que sobre mí ejerce la benevolencia”

Aquí ya estamos un poco más cerca de encontrarnos de lleno con una referencia explícita al ABDL, pero aún no llegamos del todo. Nos quedamos cerca como quien dice: en los culetes rojos, castigos y demás. Tendrá que ser, como siempre, el Divino Marqués el que, en sus “120 Jornadas de Sodoma”, por la boca de uno de los personajes, describa algunas fantasías típicamente ABDL. ¡Agarraos, que vienen curvas!:

Un joven cuya manía, aunque muy poco libertina, en mi opinión, no por eso era menos singular, se presentó en casa de madame Guérin poco después de la última aventura de la que hable ayer. Necesitaba una nodriza joven y lozana, la mamaba y eyaculaba sobre los muslos de aquella buena mujer mientras se atiborraba con su leche. Su pito me pareció muy mediocre, y toda su persona bastante desmedrada y su descarga fue tan dulce como su operación.”

¿Qué os parece? No es todavía 100% ABDL, pero ya nos acercamos muy mucho. Fetiche de lactancia, que es primo hermano del nuestro. Y ya donde entramos de lleno en el rollo es en el siguiente, del que he eliminado la parte de scat. Más que nada, por hacerlo más obvio y porque el scat no es mi rollo, aunque al marqués se la pusiera como un torreón de la Bastilla.

El héroe de la aventura era un viejo brigadier de los ejércitos del rey; había que desnudarlo del todo, después fajarlo como a un niño y, estando así (…). Todo se ejecuta, nuestro libertino lo come todo y descarga en sus pañales mientras imita los lloros de un niñito.”

Lá voilá: la primera referencia al ABDL clara y evidente que yo conozco en la historia de la humanidad. ¿Qué os parece?

Y ahora os dejo, que no seré brigadier de los ejércitos del rey, pero acabo de hacerme pipí en el pañal como el meoncete que soy…

No es un disfraz. Soy yo. Ahora.

Fuera prejuicios…¡y divertíos!

Stephan

Littlespace…¡y piratas! (II)

¡Más littlespace!

A ver, que os veo venir. En este post no vamos a discutir sobre quienes molan más: los ninjas o los piratas. Primero porque aquí solo hablamos, mayormente, del mundo ABDL. Y segundo porque, como todo el mundo sabe, los piratas molan mucho más. ¡Es que no hay color!

Más claro el agua…

Como adelantamos en este post de la semana pasada sobre el littlespace, hoy vamos a repasar varias anécdotas específicas de littlespace. Esos momentos irrepetibles. Los que han dejado una huella imborrable. Cuando la sensación fluye y todo es perfecto.

A los ABDL nos gusta que nos digan cosas concretas, de una forma determinada y en un tono específico, cuando somos little. Eso nos reafirma en el rol y nos reconforta. Hace que el intercambio tenga un profundo sentido. Que se sienta único. ¿Qué cosas? ¡Ah! Cada quien es diferente.

Como mi FAI y yo llevamos juntos la tira de años, hemos llegado a un punto en el que casi es más divertido improvisar que preparar. Yo la dejo hacer y ella me deja a mí. El no saber lo que va a ocurrir es mucho más excitante y divertido. Así que en vez de montarnos una película guionizada, mantenemos la obsesión del control lejos (a mí me cuesta, yo soy un friki de la planificación) y nos dejamos llevar.

De todos estos momentos espontáneos y sin ningún orden en particular, hoy rescato para Historias ABDL los cinco más memorables. Cinco de esos “clicks” de la realidad que me dejaron tocado y maravillosamente hundido ;).

¡Pero qué mono estás!”

No hace tanto tiempo que me hice con mi onesie en Diaper Minister, quizá algo más de un año. Es uno de estos adminículos que siempre había querido tener y nunca había encontrado uno que me gustara del todo, o no me había animado, o…”x”.

La primera vez que ella me lo vio puesto se quedó de una pieza y se echó a reír. Yo pensaba -bobo de mí- que me iba a decir algo en plan “tío, quítate eso, venga” o similar, pero qué va. En vez de pasar de mí, viene, me da un beso y me suelta un “¡pero qué mono estás!” muy risueño y acaramelado.

Me dejó totalmente k.o. Vamos, en plan “Finish him!” del Mortal Kombat.

No soy mucho de Johnny Cage pero a ella sí que le pega bastante Kitana: ¿ninja con abanicos? ¡Claro!

Ven aquí. ¿Te has hecho caca?”

Hace la tira de años, en una de nuestras primeras tardes ABDL, andaba yo a mi bola en casa, en pleno verano y con solo camiseta y pañal, mientras ella estaba en ordenador del salón. De pronto me empieza a decir que huele raro, que si se habrá roto una cañería en el edificio, etc. Vamos, lo típico del verano en una gran ciudad. Yo, muy inocente, le digo que no noto nada y entonces ella se mosquea, levanta la voz y de modo 100% inesperado me riñe: “¡Ven aquí! ¿Te has hecho caca?”. Vaya que si fui, podéis creerlo, y muy acojonado. Y el chequeo resultante me eximió de cualquier culpa, claro, ya que yo no soy de N2 y menos cuando ella está cerca.

Lo mejor de esta situación fue que se sintió como muy real; más littlespace imposible. Muy verosímil. Ella de veras había sentido ese mal olor y creo -y esto es lo más genial de todo- que cuando me chequeó estaba super segura de que me lo había hecho… a pesar de que me había dejado muy claro que nada de N2. Pero fue tan…realista, tan inesperado y tan natural que siempre lo recordaré.

littlespace y frikadas

No es una foto de ese momento, pero quería enseñaros la camiseta XD

Y ahora vamos a poner este culito travieso bien rojo”.

Cosas parecidas me las ha dicho muchas veces. Pero recuerdo una concreta, hará tres o cuatro años, que se lleva la palma.

Yo había dormido con pañal y peluche. Por la mañana, me tiré un buen rato vagueando y jugando en la cama mientras ella me decía las cosas típicas de las mañanas del sábado: “me das mucho calor”, “déjame dormir”, “pórtate bien”, etc. No le hice caso y acabó por “enfadarse” conmigo. Me quitó el pañal, se sentó en el borde de la cama y me puso sobre sus rodillas para castigarme.

Aquella vez fue diferente a las demás, y creo que fue porque sí que estaba un poquito enfadada «de verdad«. Escuchar eso de “y ahora vamos a poner este culito travieso bien rojo” tumbado sobre su regazo y con el culete al aire fue uno de los momentos más sexies, excitantes y little de mi vida. Quizá la única vez, que yo recuerde, en la que ese momento little tuvo también connotaciones sexuales.

¿A qué juegas?”

Estaba yo sobre la alfombra del salón, el verano pasado, completamente embebido con mis juguetes y sintiéndome muy little cuando al darme la vuelta veo que ella está arrodillada justo detrás de mí. Comprendo que me lleva observando un buen rato. Le pido mimos y ella, antes de dármelos, se interesa por mi little world: “¿A qué juegas?”.

Parece una chorrada de pregunta, una cosa sin importancia. Nimia. Pero me hizo sentir «regresado» como pocas otras veces. Esa simple monería.

¿Te gustan los piratas?”

Y llegamos al último y más intenso de mis momentos little. Creo que fue también el verano pasado cuando, durante un chequeo de pañal (“¿Seco?¡Qué rarooo!”), ella me estaba abrochando de nuevo los botoncitos del onesie y se fijó de cerca en los dibujos tanto del pañal como del onesie en cuestión (“Mira, si tiene barquitos pirata y todo...”). Yo me puse de pie para estar más cómodo, porque el sofá no es muy grande, y mientras yo estaba ahí, junto a ella, esperando a que terminara de abrocharme, me atraviesa con la mirada y me pregunta: “¿Te gustan los piratas?”.

Guau.

Lo único que me vi capaz de hacer fue balbucear incoherencias y ruborizarme (“Sí… porque…los piratas son… fuertes y valientes…y…y…y…y yo…”). Ella se dio cuenta inmediatamente de que me había tocado algún punto muy sensible, como se suele decir, y para los dos fue un momento encantador. A menudo lo recordamos.

Os vais a reír, pero fue una de las experiencias más tiernas e íntimas de mi vida. Fijaos si me impactó que ese momento me inspiró una canción. ¿Quién sabe? A lo mejor hasta la produzco un poquito y la grabo para ella, como un regalo. El que tuvo retuvo, ¿no? 😉 Y también, para qué negarlo, me motivó a incluir uno de los escasos fragmentos autobiográficos que aparecen en una de nuestras Historias ABDL (¿sabéis cuál?).

Y eso ha sido todo por hoy. ¿Qué pensáis vosotros? ¿Cuáles de vuestras experiencias little os han gustado más? ¿Tenéis alguna anécdota little favorita? ¿Qué os gusta que os digan? ¿Cómo vivís ese littlespace? ¿Hay algo que os ponga en modo little automáticamente?

Portaos bien y no lo olvidéis: los piratas… molan mucho.

Muchísimo.

Infinito.

Stephan

Littlespace …¡y piratas! (I)

Para los que seáis poco aficionados a la lengua de Shakespeare, vaya por delante la traducción de «littlespace»: “espacio pequeño”. Y también el disclaimer: es una traducción de mierda que no explica bien el significado y las connotaciones de ese término en el mundo ABDL y en el de alguna de sus prácticas hermanas, como las que describíamos aquí.

Aunque cada ABDL lo concibe de una manera especial, podríamos decir que el littlespace es algo así como la “zona de confort ampliada” ABDL. Ese estado mental, emocional y/o físico en el que la persona se reencuentra con su otra identidad interior y en el que experimenta una sensación muy placentera de relajación y despreocupación. Un ABDL en su littlespace logra reconectar con determinados repositorios psíquicos y espirituales que lo devuelven -algunos dicen “regresan”- a un estado de mayor seguridad y paz, normalmente identificado con la infancia.

Cómo funciona o se accede al littlespace es uno de los aspectos más íntimos y personales de cada ABDL. Para algunos puede ser algo casi instantáneo (una palabra, un gesto…) mientras que para otros requiere una atención, interacción o preliminares que pongan en marcha el mecanismo interno. Tampoco está del todo claro qué demonios es en la práctica el littlespace. Si es una especie de regresión psicológica autoinducida. O si tiene algo que ver con un estado alterado de la conciencia, parecido al que alcanzan algunos deportistas -sobre todo corredores de larga distancia- en determinados momentos de las carreras o competiciones. Solo que, en vez de la euforia del corredor, los ABDL experimentan paz y relajación. Nadie lo sabe; y eso le añade un encanto especial.

El littlespace es un concepto profundamente ligado al ABDL, sobre todo en su variante más AB. Para un AB puro, o casi, la consecución de este estado es primordial. Es durante ese littlespace que los AB “conectan”, por decirlo de algún modo, y disfrutan al máximo de sus juegos e intercambios. Un AB puro podría decirse que, sobre todo, busca adentrarse en ese littlespace y permanecer en él el mayor tiempo posible, o, al menos, con la suficiente intensidad. No solo por lo placentero de la sensación, sino porque, además, es durante el littlespace que la conexión con su FAI se vuelve más intensa y necesaria. Los AB se identifican en gran medida con ese estado y es normal que se piensen o se refieran a él con expresiones del tipo “ahora me siento mono de nuevo”, “vuelvo a ser yo mismo” o similares.

littlespace abdl

C’est moi siendo muuuy little 😉. Lástima que no se vean los juguetes

Para cada ABDL el littlespace es diferente y solo coinciden en el tipo de emociones positivas que se experimentan. El caso es que, en un momento determinado, la persona corriente y moliente deja de estar al 100% al mando y es el little, es decir, la persona regresada a ese estado de dicha despreocupada, quien toma el control, total o parcialmente. Algunos ABDL son capaces de regresar por completo y conectar con ese little al 100% mientras que otros no, o solo lo consiguen tras mucha práctica. Para la mayoría es cuestión de niveles y matices. También es un momento de máxima intimidad con la FAI, claro está, puesto que es cuando la persona ABDL se muestra más vulnerable y se entrega completamente al cuidado, atención y cariño de esa FAI. Para lo bueno y para lo… “malo”, ya me entendéis ;).

¿Y qué hay de mí? Pues veamos. Mi littlespace no implica un nivel de regresión muy alto. Digamos un 2-3 en una escala de 1 al 10 en la que el 10 es la máxima regresión. Pero entro en él con relativa facilidad, sin necesidad de demasiados prolegómenos. Y salgo… bueno. Como salimos todos los ABDL: a regañadientes.

Sin embargo, hay momentos puntuales dentro de mi littlespace, en los que mi inmersión es muchísimo más profunda que un 2 o un 3. Son esos momentos en los cuales la escala se me queda corta y desearía que hubiera hasta el 40 o el 50. O que hubiera una escala superior para medirlo, o una escala cualitativa, si eso es posible.

Mis littlespace, de hecho, se caracterizan por esas situaciones puntuales de yo-qué-sé-qué en las que me quedo literalmente anonadado, sin saber qué me ocurre. Siempre reacciono igual: bajo la mirada, me pongo colorado y siento aflorar un calor inconmensurable bajo el pecho, como si me estuvieran dando lametones en el corazón. Ya, ya sé que suena tirando a cursi. Pero tampoco se me ocurre otra forma de describir esos momentos. Porque, creedme: no tienen nada de sexuales ni de excitantes, no va por ahí. No son meros arrebatos de pasión, sino algo muchísimo más íntimo y espiritual. A lo mejor son súbitos e inesperados tragos de Leteo, como poetizábamos aquí.

Nuestros juegos de softdom ABDL -los de mi pareja y míos- han ido evolucionando mucho y a mejor. Hasta el punto de que ella se divierte, incluso se pone disfrutona, ideando qué cosas hacer o decir para lograr de mí esa reacción. Porque, esencialmente, la seño (como lea esto se va a enfadar muuuuuucho) es una maldita y maravillosa hija de puta XD.

Como me conoce mejor que nadie en el mundo, cada vez le resulta más fácil hacerlo. Y como yo no soy capaz de disimular cuando acierta en mitad de la diana, me tiene más a sus pies que nunca. Pero un breve, divertido y tierno repaso a alguno de esos momentos concretos quedará para el siguiente post, que dejaremos para el fin de semana. Así sabréis el porqué del título de esta entrada 😉

¿Qué hay de vosotros, angelitos? ¿Cómo es vuestro littlespace? ¿Qué objetos, palabras o situaciones lo disparan? ¿Cómo os sentís? ¿En qué creéis que puede ser diferente al de otros ABDL?

Un cariñito para todos.

Stephan

FETICHES EN PAREJA (SALIENDO DEL ARMARIO y III): “Y después, ¿qué?”

Los fetiches en pareja son más fetiches ;).

Suponiendo que hayáis leído las dos entradas previas sobre salir del armario ABDL (si no, las tenéis aquí y aquí), imaginaos que sí, que lo habéis hecho y que vuestra pareja, amante, partenaire o lo que sea ha mostrado cierta receptividad. Vamos, que no os ha mandado a paseo directamente. ¡Viva y bravo! ¡Ya tenéis a vuestra FAI!

Vamos, que estáis más contentos que Jake en la isla-muy-chachi

El haber conseguido dar ese paso y haberos sincerado es, pequeños míos, solo el principio. Para lo bueno y para lo malo, claro está. Debéis comenzar a tratar el tema con vuestra pareja desde el punto de vista práctico, de lo que querríais hacer y lo que no, así como de lo que la otra persona piensa sobre todas esas prácticas y hasta dónde quiere llegar con vosotros.

Yo no diría que se trata de una negociación, porque no es exactamente eso, o al menos yo no lo veo así. En mi opinión, entablar largas batallas para conseguir que tu pareja haga aquello que simplemente rechaza -por mucho que a ti te guste- es una mala idea. Quizá lo mejor sea buscar lugares comunes o actividades concretas que a ambos os gusten u os atraigan y sobre todo que no generen rechazo. Por ejemplo: empezar por llevar pañales cuando estáis solos con vuestra pareja es lo básico, creo yo, ya sea plenamente visibles o debajo de la ropa.

fetiches en pareja y onesies :D

Y si esa ropa es un onesie, pues aún mola más…

Por supuesto, podéis explorar y probar con algo menos básico para ver si os vais desenvolviendo adecuadamente; los fetiches en pareja se disfrutan, sobre todo, explorando. Como siempre digo, cada persona es un mundo: a algunos les gustará más que les cambien y a otros que les lean cuentos, o lo que sea. Así, una vez conseguida cierta armonía en lo básico, se pueden ir agregando capas adicionales de juego. El lenguaje, por ejemplo, es una de las más importantes para los ABDL y en mi experiencia es relativamente fácil de implementar. O sea: hablar entre vosotros de esa manera tan maravillosa y excitante que a los ABDL nos pone en órbita (no necesariamente en el terreno sexual, ojo).

He puesto lo de órbita solo para meter de clavo este temazo, que no tiene nada que ver, pero mola

Es importante buscar el feedback de la otra persona: si le ha gustado, si se ha sentido cómodo, si ha sido una experiencia positiva, etc. Tu pareja, por supuesto, también preguntará: si lo hace bien, si te ha gustado esto o lo otro (“¿cuando te di la palmadita en el culo te gustó?” etc.). En este punto a veces ocurren auténticas transformaciones y la pareja comienza a sentirse cada vez más a gusto en su rol de “cuidador” e incluso descubre que le encanta. Otras lo prueban un par de veces y les echa para atrás. En este último caso… bueno. Al menos lo habréis intentado. Y de ser así, insisto: en mi opinión, brasear a tu pareja para que haga algo que no le gusta no suele acabar bien y es injusto, pero cada cual es muy libre de decidir cómo gestiona el rechazo. Y vuestra pareja también, ojito.

Si de forma natural las cosas fluyen hacia el sexo… estupendo. Si no, tampoco tiene sentido forzarlo. Habrá otras ocasiones. Además, es posible que los AB más puros prefieran mantener el sexo apartado de sus momentos ABDL; en ese caso, lo mejor es dejarlo muy claro desde el principio, para evitar equívocos.

Y ahora, por resumir un poco mi itinerario personal y también a modo de ejemplo, paso a describiros mis hitos, por orden de consecución:

  1. Atreverme a plantear el tema de los pañales (ella ya lo sabía, pero tardé un poco en sacar la cuestión). Esto fue de lo más sencillo.
  2. Llevarlos. En este sentido, tampoco era algo muy habitual, podría tener ganas de usarlos una o dos veces al mes, como mucho, en un momento en el que ella estuviera en casa. No hay que abusar, chicuelos…
  3. Mojarlos. De ensuciarlos, ni hablar con ella cerca (para mí no supone un problema).
  4. Dormir en pañales (con ella, claro).
  5. Probarlos ella. Lo hizo, pero no le gustó (damnit!) ☹
  6. Roleplay. Aquí ocurrió una cosa peculiar: a ella no le gustaba asumir el rol de “mami”, por así decir, se sentía muy incómoda y fuera de lugar. Buscamos otras opciones y no hubo problema (maestra, por ejemplo). Tampoco es que a mí me guste demasiado el término «mami» en mis momentos ABDL. Prefiero otros, como bien sabéis 😉
  7. Castigos. Ni el menor problema aquí. No sé si me explico…
  8. Cambios de pañal (con toallitas y todo). A ella no le gustan, por lo cual rara vez lo ha hecho y nunca, que yo recuerde, cuando están mojados “de verdad”. Pero sí hemos hecho cambios en plan fake o coqueteado con ese momento particular.
  9. Accesorios (onesies, chupetes, etc.). En este punto ella se subió un poco al carro y se compró también un onesie porque dice que quiere estar tan guapa como estoy yo con el mío XD. Nice!
  10. Littlespace. Este ha sido el último y definitivo peldaño de la escalera, que hemos implementado hace relativamente poco. A lo que me refiero aquí es a llevar la práctica más allá, no como una modalidad kink de preliminares a la hora del sexo. La búsqueda del “pequeño espacio” o “espacio mini” (ya hablaremos más en profundidad de esto) implica centrarse en la parte más AB y menos en la DL. De esta manera, y durante períodos relativamente largos de tiempo (una mañana entera, un día entero…) el juego es algo así como una sesión prolongada de softdom y se extiende a todos los aspectos de nuestra interacción; no termina en los pañales, onesies, chupetes, etc. Ella, por ejemplo, trabaja o lee mientras yo juego con algún juguete en la alfombra, me entretengo con peluches, leo cuentos o llevo a cabo cualquier otra actividad típicamente little. Por supuesto, nada de videojuegos, redes sociales ni cosas de “mayores…” 😉. Aquí hay espacio para la improvisación: chequeos de pañal, bromas, juegos, cosquillas, “al rincón” y lo que se nos vaya ocurriendo, sin salirnos demasiado de la dinámica. Todo es buscar el estado mental adecuado (yo soy de los que piensa que el BDSM es la persecución de determinados estados mentales y no la parafernalia ni la actividad en sí).

Así que, por resumiros: la parte de cambios de pañal y demás, muy poco o nada, pero el resto, más o menos, “guay”. No al nivel que nos gustaría, claro, pero a tope. Con la paternidad tenemos escasa privacidad y muy pocas ocasiones de jugar, pero cuando nos quedamos solos, las aprovechamos 😊.

Nada más por hoy: si os animáis a salir del armario… ¡mucha suerte, mucho respeto y a disfrutar!

Y recordad, peña: coñas políticas aparte -que aquí no nos interesan- solo «sí» es «sí». Los fetiches en pareja son una delicia, pero el BDSM es consentido y consensuado o NO es BDSM. Es maltrato, así de simple.

Stephan

Historias ABDL: «Angelitos»

Como siempre, antes de cualquier historia, las normas.

Hoy nos vamos a poner muy AB. Muy, pero que muuuuuy AB… 😉

¡Disfrutad!

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A las diez de la mañana sonó el despertador. Los agujeros de las persianas proyectaban pequeños círculos dorados sobre las sábanas de la habitación en penumbra, coloreando de gris oscuro el armario, el cambiador y los juguetes desperdigados alrededor de la cama. Apenas se oía el rumor de la calle; los sábados, a la ciudad le gustaba tanto remolonear como a Bruno.

Se dio la vuelta en la cama y estiró el brazo para agarrar a Milo, su peluche favorito. Allí estaba. Se lo acercó de un tirón e hincó la nariz en el pescuezo del elefantito: olía a sobado, a suavizante y también -Bruno lo reconocía- un poco a pipí. Eso le recordó que había dormido la noche del tirón. Palpó el colchón justo debajo de él. No estaba húmedo. Hizo lo mismo con su pijama; también estaba seco. No había mojado la cama. No se le había escapado ni una gotita. Mami se iba a poner muy, muy contenta.

Además, era sábado por la mañana. Los sábados por la mañana eran lo mejor del mundo. Podía comer todas las magdalenas que quisiese, todos los platos de cereales que le apeteciesen, jugar sin parar durante horas y horas… Y eso cuando dejaran de poner dibujos animados en la televisión, claro. En realidad, mami le ponía el despertador a las diez para que no se los perdiese y aprovecharse mejor el fin de semana. De no ser por ello, Bruno nunca se levantaba antes de las doce, porque le gustaba quedarse en la cama, dormitando.

Se sentía tan en paz. Tan afortunado y pleno. Mami le decía siempre que los niños debían dormir mucho para recargar las pilas y poder hacerle mimos a sus mamis. Era verdad, porque cuando él se despertaba, siempre tenía esa urgente necesidad de afecto, de intimidad. Necesitaba liberar esa carga cuanto antes con mami. Se arrastró hacia el otro lado de la cama sin soltar a Milo, aún con los ojos cerrados y una sonrisa bobalicona en la cara. En busca de una blanca espalda y un terso cuello. Iba a tejerle a mami un albornoz de besos y caricias que sería la envidia de todas las mamis del mundo.

Pero ella no estaba allí. Su lado estaba frío y la almohada había perdido el huequecito de su cabeza. Solo quedaba de ella su tenue olor a flores, matizado por la transpiración de ambos, de mami y de él: la fragancia más inconfundible del mundo. Para Bruno, la felicidad olía exactamente así: a los dos al mismo tiempo, pero sobre todo a ella. Una vez, mientras mami le vestía, le había sugerido que sacaran una colonia igual que esas que anunciaban en la tele, justo con ese olor, y mami se estuvo riendo de la ocurrencia toda la semana.

Buenos días, Grenouille! -le decía mami antes de abrir las cortinas.

-¿Qué es eso de Grenuil, mami? -inquiría él, frotándose los ojos.

Pero ella no estaba allí para hacer la misma broma, si es que lo del grinuil ese era una broma.

A Bruno se le ensombreció el ánimo. Los besos se le iban a marchitar en los labios. Las caricias en la punta de los dedos. Todo ese amor se malograría, se esfumaría sin remedio. La angustia de la pérdida se encaramó desde su vientre a la garganta, como una bola de plomo impulsada por un martillazo en las atracciones de la feria. Bruno tanteó. Arañó. Pataleó. Pero ella no estaba allí. No estaba allí para los mordisquitos en la oreja y los buenos días. No estaba allí para cantarle la canción de los sábados. No estaba allí para felicitarle, dibujar un sol en el calendario de la mesita, quitarle el pañal y ponerle el pullup de estrellitas mientras lo llamaba “mi hombrecito”.

Cuando vio que sobre la mesita había un sobre con la letra de mami y unas caritas sonrientes dibujadas se sintió… no sabía cómo… Quizá como un viajero que, a punto de morir de sed, encuentra un oasis en mitad del desierto. Sí. Eso. Y ojalá mami le esperase en ese oasis, vestida con una túnica y un velo. O, mejor, desnuda, que es cuando más guapa estaba. Y tuviera preparada una bandeja de dulces de miel y pistachos para él. Y los labios pintados con mermelada de lima.

Dentro del sobre había una carta perfumada, escrita a mano con esa letra tan bonita y redonda de mami. Las “b” tenían barriguitas tan gordas como la de Milo. Casi inconscientemente, Bruno se introdujo el chupete en la boca. Aun sabía un poco al helado que habían comido de postre la noche anterior. Empezó a leer.

“Buenos días, tesoro. ¡Levántate pronto o te perderás los dibujos!

He tenido que salir temprano de compras para poder hacerte espaguetis. Volveré en cuanto pueda, ¿vale? Pórtate bien y no te preocupes.

No tardaré mucho; a lo mejor vuelvo antes de que te levantes, pero prefiero dejarte la nota, por si acaso.

Te echa mucho de menos y te adora

Mami.

XOXO”

Bruno suspiró y se llevó al corazón la carta de mami como quien se cubre una herida que sangra. Una tempestad de dudas se desató dentro de él. Los primeros signos de la inundación se revelaron en su cara, más concretamente en las lágrimas que empujaban contra las comisuras de sus ojos, clamando por ser liberadas. Los más acuciantes e incontrolables, sin embargo, fueron otros: en cuanto Bruno se sentó al borde de la cama, empezó a hacerse pipí. No un poquito. No unas gotitas. Un chorretón incontrolable, de los que mami llamaba “la gota fría”. Bruno se sentía incapaz de reaccionar. Lo único que se le ocurrió fue seguir haciéndoselo, notando los burbujeos dentro del pañal y cómo este iba engordando más y más entre sus piernas. Dio un estirón a la cintura del pijama y lo comprobó. Si habitualmente el pañal abultaba bastante, después de empaparlo así el pijama le iba a quedar muy justito. Puede que mami tuviera que ponerle el nuevo, el de los patitos. Cuando volviese, claro.

Pero ella no estaba allí.

-Mami. Mami… -susurró-. Ven.

En cuanto hubo terminado, se echó a llorar. En la mano derecha apretaba la carta de mami. En la otra, sostenía a Milo contra su cara, como si quisiera ocultar su llanto al resto de juguetes, a la foto de mami que le sonreía en un marco sobre la mesita y a la gran ciudad de la que le separaba la persiana aún bajada. El olor rancio del peluche mojado de lágrimas le retrotrajo a las escasas ocasiones en las que mami había tenido que castigarle. ¿Y qué? ¿Qué importaba? Solo habían sido unos cuantos azotes con el pañal puesto. Y se los había merecido, por jugar cerca de los enchufes y por romper el móvil de mami con la pistola de ventosas. Estaba dispuesto a recibir el doble, el triple… los que fueran. Con el cepillo. Y con el culito al aire, si era necesario. Estaba dispuesto a afrontar cualquier prueba. Pero no a tener que esperar a mami ni un solo minuto más.

¿Y si se había marchado para siempre? Solo de pensarlo, la cabeza le daba vueltas y tenía la sensación de que la casa se le iba a desmoronar encima, a sepultarlo irremediablemente. Si de veras ella lo había dejado, quería que el derrumbe fuera cuanto antes. No quería ni podía vivir sin ella. ¿Dónde se había visto a un nene sin mami? Sí, él sabía que había huérfanos, pero su orfandad sería, de consumarse, mucho peor que una orfandad natural. Porque Bruno tenía una madre, sin ir más lejos. Pero había tardado treinta y seis años en tener una mami, y perderla era un drama que no quería siquiera considerar como posibilidad.

No había peor castigo que no estar con ella. Que no poder abrazarla. Que no quedarse embelesado durante horas escuchándola hablar por teléfono, mientras él organizaba carreras con sus cochecitos de juguete. Que no quedarse con la boca abierta y perder el chupete cuando ella se daba la vuelta y lo miraba antes de explicarle a esa voz difusa y bisbiseante del teléfono:

-Está para comérselo, de verdad. La semana pasada tres solecitos bien sequitos y grandotes; pronto dejará el pañal. Y tendrías que ver lo bien que dibuja. Está hecho un artista.

Y él sonreía, se ruborizaba y se hinchaba de orgullo como un globo. Mami tomaba entonces una foto para la tía y cuando él volvía a ponerse el chupete, mami hacía como que lo abrazaba de lejos. Era genial.

Bruno siguió llorando sin parar. Desconsolada y ardientemente. A cada poco, se frotaba la irritada nariz con la manga del pijama y lo hizo tantas veces que, al final, solo consiguió extenderse los mocos por la cara. Se levantó y se dirigió al espejo; en la solitaria habitación, sus pasos sonaban como chapoteos. Contempló la imagen: tenía las mejillas llenas de costras blancuzcas. Estaba feísimo, con los ojos hinchados, la cara sucia y el pelo sin peinar. Si mami estuviera allí, no permitiría que su príncipe especial estuviera tan feo: le pondría los leotardos, la ropa de marinero, le lavaría la cara y le haría un peinado super mono, de esos que ella sabía hacer.

-Mami…

Contuvo el llanto con un esfuerzo supremo y salió de la habitación. Cruzó el pasillo. El comedor era inmenso si mami no estaba. Las sillas tenían el asiento demasiado alto. No alcanzaba el tablero de la mesa. Los muebles lo amenazaban como gigantes de madera. Sabía que no podía ser así, que se trataba de puras figuraciones suyas, pero eso era exactamente lo que sentía. Si le hubieran arrancado un brazo o una pierna habría podido soportarlo, a condición de que mami estuviera con él. Pero ella no estaba allí.

Se asomó a la calle a través de las ventanas del salón. Llovía a cántaros y por culpa del agua el mundo se revelaba ante sus ojos como a través de un cristal rayado. Sollozó. Mami decía que la lluvia la causaban los ángeles. Cuando él hacía alguna travesura y se la ocultaba, los ángeles se ponían tristes y lloraban. Pero Bruno no recordaba haber hecho ninguna trastada tan grave como para sufrir la pérdida de mami. ¿O sí? Dejó las marcas de sus palmas sobre el cristal. Sin mami, aquel piso era una cárcel.

¿Cuánto faltaba para que mami abriera la puerta y entrara en casa? ¿Un minuto? ¿Diez? ¿Una hora? Cualquier plazo era excesivo. ¿Y si se escapaba para ir a buscarla? Sí. Saldría por la puerta en busca de mami. Aunque corrían ciertos rumores por el edificio, le daba igual que los vecinos lo vieran en pijama y en zapatillas. Que lo llamaran bebé meón y cualquier otra cosa. Que lo señalaran con el dedo y se rieran de él. Bruno correría bajo la lluvia, con el pañal a reventar, y recorrería cada palmo de la ciudad hasta encontrar a mami, con la única ayuda de Milo. Lo sostuvo frente a sí: el elefantito, con la cabeza torcida, parecía tan compungido como él. Claro: cuando mami no le daba un beso de buenos días, Milo se ponía muy triste.

-¿Tú también la echas de menos?

Bruno hizo que Milo asintiera. Tres veces.

-¡No! Yo la quiero más.

¿Y si mami le había engañado con la carta? ¿Y si era un truco para que no la persiguiera y así poder darle esquinazo? Bruno había sido bueno. ¿Lo bastante bueno? Mami decía de vez en cuando, cuando él se portaba mal, que un día se marcharía a buscar a otro niño más obediente, y se ponía super dramática (las mamis son así) cuando, por ejemplo, él se manchaba la ropita o dejaba los juguetes tirados por ahí. Sin embargo, con la súbita desaparición de mami un sábado por la mañana Bruno no había contado. Aquella huida podía ser su venganza definitiva por seguir creyéndose más listo que nadie. Por mentirle. Por no comerse las verduras. Por tantas cosas que a Bruno no le importaban hacía pocas horas, pero que aquella mañana le parecían pecados imperdonables contra mami. Ah, si de veras regresaba no la volvería a decepcionar. Recogería los juguetes. Se comería las zanahorias. Todo, lo haría todo como le gustaba a mami para que estuviera contenta. 

Y había… Bueno, había algunas otras travesuras pendientes de resolución. Se moría de vergüenza por haber sido tan desconsiderado. Necesitaba pedir perdón a mami, de rodillas si era necesario, pero ella no estaba allí. A lo mejor esperaba turno debajo de alguno de esos tejados que brillaban bajo la lluvia. O caminaba por las calles esquivando las ráfagas de goterones. O iba metida dentro de alguno de esos coches que iban de un lado a otro por las carreteras levantando telones de agua sucia a su paso. O acaso ya no estaba en la ciudad y, en ese mismo momento, mami estaba besando, acariciando y mimando a otro nenito mucho más guapo y obediente que él. Lo que no era muy difícil.

-No. No, por favor.

“Bruno Martínez: 34 años, metro ochenta y seis, ochenta kilos. Rubio, atlético, me gustan los deportes y el cine. Complaciente, humilde, sincero… ¿Nos damos una oportunidad? El no ya lo tenemos”. Eso decía el anuncio -¡pésimo anuncio!- gracias al cual, contra todo pronóstico, había conocido a mami dos años atrás: los mejores de su vida. Había consumido su reserva de suerte en encontrarla, para después no valorarla lo suficiente. ¡Ahora regresaría a la soledad! A volver a sentirse inconexo, inútil, como una herramienta rota y en el estuche equivocado. A ver los días pasar; todos iguales, todos clónicos. Prescindibles. Y rememorar cada uno de ellos (“nada”) al meterse en una cama fría, vacía, en la que su cuerpo lograba entrar en calor justo antes de tener que levantarse, pero su alma seguía igual de congelada que ocho horas antes. Un buen resumen de la inmensa mayoría de los años de su vida, por cierto.

-Mami, lo siento. Lo siento, mami. Mami…

Oyó un ruido. Al girarse, el elástico resbaló y se le bajaron los pantalones del pijama a las rodillas. Falsa alarma: quizá fuera el timbre de los vecinos.

No supo si con la lluvia se vería ventanas adentro. Le dio igual. Quizá fuera algo bueno. Si se daba el caso, y algún vecino lo encontraba ahí, en pijama y pañales y agarrando a Milo por el brazo, por lo menos podría preguntarle si sabía dónde estaba mami. A gritos, si hacía falta, porque tenía ganas de gritar. De gritar el nombre de mami, con la esperanza de que ella pudiera oírle y se dignara a perdonarle.

-¡Mami! ¡Ven! ¡Ven conmigo!

La parte racional de su mente le decía: “ten calma”, pero Bruno estaba en plena regresión. Añadía: “ella vendrá en un rato”, pero un rato era una maldita eternidad. “Mami nunca te engañaría”, pero Bruno la había engañado más de una vez, diciéndole que no tenía pipí para seguir viendo la tele, por ejemplo, o que no había sido él quien había roto la figurita de porcelana del vestíbulo. ¡Cuánto se arrepentía de haberlo hecho! ¿Y si mami se había dado cuenta de todo? Se habría enfadado muchísimo y habría decidido no seguir queriendo a un niño tan malo y mentiroso. Eso era lo que pasaba, seguro.

Con pasitos cortos y tímidos, fue al baño, abrió el cajón y sacó el cepillo del pelo de mami. Si ella volvía, por lo menos sería un niño valiente y se lo confesaría todo. Sí; eso haría en cuanto entrara en casa. Y después de confesar, le ofrecería el cepillo, agacharía la mirada y le pediría perdón mil veces. Aceptaría cualquier castigo, con tal de que ella nunca le dejara. Sería un niño nuevo: el mejor que mami hubiera nunca soñado. Su niño ideal.

Aunque… probablemente tendría que dejar sus propósitos de enmienda para el día siguiente, porque se estaba haciendo popó. Bueno, ya se la había hecho, más bien. O más mal. Pero una cochinada más… ¿qué importaba? Como mami decía siempre cuando metía los pañales en la maleta y él se sentía avergonzado por si alguien descubría su secreto: “esto no tiene importancia, mi amor”.  Un culito sucio de más o de menos no le impediría pedir perdón. Al revés: le proporcionaba otra razón más. Una razón gordota y apestosa, que no podría esconder. Y le daba igual.

«Mami, lo siento. Lo siento, mami. Mami…»

Y entonces, sucedió el milagro. Justo cuando Bruno se quedaba quieto, de pie frente a la puerta de la calle, con las piernas muy juntas, el cepillo aferrado con ambas manos y a Milo sujeto entre el brazo y la cadera, sonó la cerradura de la puerta, las bisagras gimieron y mami entró en casa. Bruno supo que era ella, porque su llegada le hizo sentir como si viera el amanecer sentado al borde de un precipicio.

-¡Vaya tormentón! -dijo mami.

La puerta tardó solo un segundo más de lo normal en cerrarse.

-¿Mi príncipe? ¿Qué ocurre?

Silencio. Bruno estaba temblando de pies a cabeza. No sabía cómo ponerse. Se mareaba al estar de pie. No importaba: había hecho una promesa y la iba a cumplir.

-Mami…-dijo él con un hilo de voz-. Creí… Creía…

Ella dejó las bolsas que traía. Emanaba -porque mami era como un jardín en movimiento- un aura fresca y húmeda que a Bruno le erizó los pelos de las piernas. No se sentía capaz de levantar la vista. Si se encontraba con los ojos de mami se echaría a llorar otra vez y quería demostrarle que era un niño fuerte y valiente. Mojado y embarrado, sí, pero fuerte y valiente de todas maneras.

-¿Qué creías, pequeñín? ¿Qué te pasa? -Mami hizo una pausa reflexiva. Se desembarazó del último paquete-. ¿Has estado llorando?

-Mami… Creí que te habías ido para siempre.

Las bolsas crujieron y algunos de sus productos se derramaron por el vestíbulo. Mami intentó responder pero Bruno se lo impidió. Dentro de él, sus miedos saltaron despedazados. Él se desprendió de ellos uno por uno, tras convertir cada cascote en una palabra. Y los soltó:

-Yo rompí la figurita del recibidor jugando con la pelota. Ayer te dije que no tenía pipí cuando tú querías mirar, pero me había hecho un montón. El lunes te dije que me había lavado los dientes y no lo hice. Y el martes no me comí la merienda: la enterré en el parterre de la terraza. Y… Y…

Bruno se sorbió los mocos. Jadeaba de miedo. Notó un pinchazo en el pecho, como una cuchillada. Su brazo, tembloroso, ascendió lentamente para ofrecerle a mami su cepillo. Así se portaban los niños valientes. Hasta creyó escuchar que Milo le daba ánimos en voz baja.

-Toma, mami.

-Pero…

-Lo siento, mami -gimió Bruno-. Lo siento mil veces. Lo siento tanto… Perdóname. Perdóname. Toma… Toma… He sido malo, pero no te vayas. No te vayas nunca.

A Bruno se le quebró la voz; por mucho que lo intentaba, de la garganta no le salían más que gorgoritos ahogados. Dio un pasito atrás, como si estar tan cerca de mami fuese un honor inmerecido para él, y entonces notó en los dedos el roce gélido de los guantes de ella. Se estremeció. Tierna, pero firmemente, mami le quitó el cepillo y lo arrojó lejos; resonó el impacto cuando el cepillo chocó con una pata de la mesa del salón. Ploc. Bruno solo podía ver sus propios pies descalzos y la punta de las botas negras de mami. No se atrevía a avanzar. No se lo merecía, pero no podía pensar en otra cosa que en enterrar la cabeza entre los pechos de mami y llorar hasta el anochecer.

-Solo fui a comprar para hacerte tu comida favorita, mi amor. ¿Has estado pensando en cosas malas?

Bruno ya no se acordaba de que tenía los pantalones bajados y, al dar un nuevo paso atrás, pisó el chupete y tropezó. Se habría estampado contra el suelo de no ser porque mami lo agarró por el jersey del pijama a tiempo. Por pura inercia -o, más bien, magnetismo-, mami lo atrajo hacía sí y lo rodeó con dos brazos que a él le parecían cadenas, pero cadenas hechas con eslabones de caramelo. Se moría de pena por haber pensado mal de mami. Y, al propio tiempo, el estar pegado a ella, el sentir los latidos de su corazón, el notar las cosquillas que la melena de mami le hacía en la frente al achucharla… Un momento. ¿La estaba achuchando? Vaya. Había cosas que no podía controlar. Y eso le encantaba.

Se dejó ir y derramó lágrimas de arrepentimiento sobre el hombro enfundado en ante de ella.

-Pero… Es que me he hecho pipí.

Ella le quitó con dulzura el jersey del pijama y le acarició la espalda. Ya no llevaba guantes. Sus cálidas manos eran como mariposas que despiertan tras un largo sueño y extienden las alas.

-¡Pues vaya una cosa! -bromeó mami-. Tú eres mi niñito y los niñitos mojan su pañal.

-Y… y también me he hecho popó.

Mami olfateó discretamente. La mariposa se posó sobre el trasero de Bruno, tras rozar por un segundo la cintura del pañal.

-No importa. Tenemos toallitas del año que las pidas para…  este culito- y mami le dio un pellizquito justo ahí.

-Pero he sido muy malo. Te he engañado y por eso los angelitos lloran.

Lo cierto era que había salido el sol y, desde la cristalera del salón, un rectángulo de luz tibia y serena se proyectaba sobre Bruno y su mami, enmarcándolos.

-Tú sí que eres un angelito. Además, ya no lloran, ¿ves? Están felices porque me has pedido perdón y has sido sincero conmigo.

-Pero…Pero… -a Bruno le entró hipo, de puro nerviosismo- Pensaba que te habías ido para siempre. No he confiado en ti. No…

-¿Qué pasa, caprichoso? – preguntó ella con un deje irónico- ¿Me montas esta escena porque no te apetecen los espaguetis?

La pregunta tuvo el mismo efecto que si a Bruno le hubieran pegado los labios con cinta aislante. Se enjugó las lágrimas usando la nuca de mami como pañuelo y siguió llorando. Ella no permitió que se apartara ni un centímetro. Y, mientras seguía desahogándose, Bruno alcanzó a oír la voz de mami, que le hablaba directamente al oído:

-Escucha, príncipe mío: mami te adora. Te quiere con locura. No le importa que cometas errores, que te equivoques o que tengas malos pensamientos. Si has hecho alguna travesura, te perdono. Si te has hecho pipí, no pasa nada. Y si te has ensuciado, tampoco. No me importa lo mas mínimo.

-Mami, yo…

Ella le chistó y Bruno omitió su enésima disculpa.

-Mientras seas tú mismo, para mami siempre serás perfecto.

-Mami… -un sollozo- A partir de hoy seré el niño más bueno del mundo, para que no te vayas.

-Ya eres el niño más bueno del mundo. Mi niño especial. Y yo te quiero así, tal y como eres. Incondicionalmente.

-Mami, te quiero -un beso en la mejilla-. Mami, te amo. Mami…

Por la tímida vibración que le transmitían los hombros de mami, Bruno dedujo que se estaba riendo.

-¿Y qué te piensas? ¿Que yo a ti no? -ella le pasó la mano por el pelo-. ¿Que no te amo, te necesito ni te quiero?

Bruno reía y lloraba al mismo tiempo. Se sentía como ido. Fuera de sí mismo, viendo todo lo que ocurría como quien ve una película. Semejante felicidad solo estaba al alcance de los personajes de ficción. O eso creía él hasta que había conocido a mami. Y la confirmación la había recibido aquel sábado de enero, tan lluvioso y desapacible, en el que mami le había sacado de dudas y le había hecho feliz para siempre. Ya no tendría miedo de perderla nunca más, en adelante. Porque aquel momento de plenitud absoluta nadie se lo podría robar jamás.

Unos instantes después volvió en sí y se fijó en el reloj que llevaba en la muñeca. Eran las diez y siete minutos de la mañana. ¡Qué bien! El peor día de su vida solo había durado siete minutos.

Las veintitrés horas y cincuenta y tres minutos restantes los quería pasar entre besos, mimos y caricias. Quería comer espaguetis y mancharse de salsa de tomate. Quería dormir la siesta en pañales. Quería jugar. Quería vivir. Y también quería a mami… Y quería…

-Mami.

-¿Qué desea mi hombrecito?

Bruno se separó un poco de ella. Por amor. Por rubor, también. Mami siempre olía bien, pero Bruno no. De hecho, olía fatal. Mami creyó intuir la pregunta y compuso una mueca divertida.

-Mami, ¿me pones los dibus?

-Antes hay que cambiarte -se tapó la nariz con los dedos y continuó con voz gangosa-. Vamos a la habitación a limpiar ese culete.

-¡Pero mamiiiiiiii! -Bruno dio unos fugaces y rápidos saltitos, sin moverse de donde estaba- ¡Yo quiero dibus!

Los dos sonrieron. Después, ella negó con la cabeza y puso los brazos en jarras.

-¿Quieres que mami recoja el cepillo de donde lo tiró? ¿Eso quieres?

-¡No! -chilló Bruno, cuyas pulsaciones habían experimentado un aumento frenético tras la mención al cepillo-. ¡Vamos, mami, vamos!

Se cogieron de la mano. Caminaron despacio por el pasillo. El tableteo de los tacones de mami era una melodía sublime para la conciencia limpia de Bruno, que volvía a sentirse, de veras, como un angelito. Él, descalzo, no hacía ruido alguno, salvo el clásico fruncir de pañal a rebosar. Apretó fuerte la mano de mami y ella hizo lo mismo. Ninguno de los dos se sorprendió cuando ambos dijeron al unísono:

-No te vayas nunca.

Stephan

IL MESSAGIERO…¿É IMPORTANTE? (II)

Nota: Mi experiencia personal, por resumir, se parece mucho a la que relata el célebre Kent Perry, auténtico precursor y patrón laico de los ABDLS, solo que yo no tuve “epifanía” pañalera porque lo soy desde siempre. Si tenéis buen nivel de inglés, echadle un vistazo. Es de veras interesante.

¡Hola, posturetas del BDSM! ¿Qué dulce tortura tenéis preparada para hoy?

«Hellraiser, Hellraiser, nos tiene aquí acojonadoooooooooos…«

Hoy en Historias ABDL vamos con la segunda parte de este post, en la que os contaré un poco mis andanzas ABDL, que ocupan ya un espacio de casi cuatro décadas, ahí es nada.

Nadie sabe todavía si un ABDL nace o se hace. Teorías, hay para todos los gustos, claro. Que si lovemaps, que si fijaciones, que si imprinting, que si patatas. El caso es que, para resumir, los psiquiatras y psicólogos no tienen ni puta idea del origen de esta extraña -pero maravillosa- fantasía, fetiche o llamadlo “x”. Aquí, en Historias ABDL ya hicimos nuestros pinitos y seguiremos haciéndolo.

En mi caso, y hasta donde alcanza mi por otra parte magnífica memoria, yo nací ABDL. No recuerdo un día en el que no me haya sentido atraído por los pañales y -en mucha menor medida- por los peluches, chupetes, ropita y demás. En ciertas épocas de mi vida, esa atracción rozaba lo obsesivo y en otras, aun estando presente, se mantenía un poco más agazapada.

Como ya os conté, usé pañales para dormir hasta los 7 años. Mi ritual para irme a la cama era el mismo todas las noches: mi madre me poñía los pañales, subía la braguita de plástico, el pantalón del pijama, un beso y a la cama. Casi siempre eran de tela: toallas estratégicamente dobladas para que absorbieran más (pasta no había) o, a veces, pads similares a este, de los que necesitaba, como poco, unos tres. No era lo habitual porque la celulosa, al mojarse, se volvía demasiado blanda y tendía a desmenuzarse, además de no ser lavable ni reutilizable. Así que en un 95% de las veces, usaba toallas viejas.

Todos los tópicos que hayáis leído por ahí en páginas ABDL y en relatos del mismo rollo me ocurrían: los cercos de pis en la cama, el cambio de pañales a escondidas para decir que me había levantado seco, la noche en que por alguna razón no me conformé con el pis y me lo hice todo encima, el miedo a que mis amigos se enterasen, la vez que me lo hice a propósito, etc. Profundizaremos en anécdotas concretas otro día, quizás.

El caso es que en aquella época yo no comprendía muy bien lo que me pasaba con los pañales y ni mucho menos lo identificaba con algo sexual, porque no tenía ni idea de qué era eso del sexo, pero usarlos era a la vez vergonzoso y agradable, con un punto mágico. ¿Por qué no sentía auténtico rechazo, como un niño de 5 o 6 años debería hacerlo (o eso mandaban los cánones establecidos)? Ni idea. Muy al contrario, por aquellos días yo quería profundizar en lo relativo a los pañales. Me habría encantado usar los desechables, por ejemplo. Quería ser como los niños que salían en los anuncios de pañales de la televisión y cada vez que veía uno con 6 o 7 años, me sentía completamente identificado. Quería ser actor de anuncios de pañales XD.

Poco después de los 7 años mi enuresis remitió súbita y definitivamente, sin ninguna razón aparente. Puede que fuera un tema de madurez física o algo así. Desde entonces se acabaron las toallas y las bragas de plástico para mí. En principio mi actitud fue la de “ah, qué bien, por fin. Ya soy definitivamente mayor”. Pero eso fue a corto plazo. A largo, en cambio, los eché muchísimo de menos. Incluso puedo decir que la mejor parte de mi infancia transcurrió antes de que dejara de usar pañales para dormir. ¿Casualidad? Es difícil de decir, pero yo siempre lo he sentido así.

A partir de los 9 años tuve habitación propia y con ello, cama propia. Fue en esa época cuando comencé a fantasear, noche sí y noche también, con usar pañales de nuevo. Para ello, me quitaba los pantalones del pijama y los metía dentro del calzoncillo, de forma que abultara como un pañal. En esta época, que duró hasta los 12 o 13 años, yo era un preadolescente y mis fantasías a menudo incluían chicas guapas y esculturales que ejercían de “mamis”, aunque yo seguía sin comprender por qué me gustaba tanto, ni mucho menos que hubiera algún componente sexual en ello.

Fue una etapa bastante intensa en lo relativo al ABDL. Por ejemplo: intenté fabricarme unos pañales propios con bolsas de plástico y camisetas viejas, pero los prototipos desaparecían misteriosamente (¿mi madre? ¿mi hermano? Jamás lo supe) de los sitios donde los escondía. También me pasaba los ratos libres husmeando por casa, cuando me quedaba solo, con la esperanza de encontrar mis viejas braguitas de plástico, aunque nunca lo conseguí.

Mis fantasías fueron perfeccionándose y llegué a inventarme de todo: desde programas de televisión ABDL a películas y demás (con servidor como actor principal), además de escenas de un erotismo subliminal con las “chicas-mamis”. Solía dedicarles las primeras horas de la mañana del sábado en la cama, antes de levantarme a ver dibujos animados, y a menudo también la madrugada del jueves al viernes, la media hora o tres cuartos de hora previos a levantarme para el desayuno.

Durante mi adolescencia abandoné todas estas prácticas bajo el lema “esto no es lo que hacen los hombres”, que me repetí hasta la saciedad, aunque eso no significa que me sintiera mal ni avergonzado por el pasado. No es que me quisiera “curar” ni mucho menos; simplemente mi lado ABDL pasó un tiempo en hibernación, desarrollándose más y madurando (si es que eso es posible XD). Algunas veces pensaba en pañales, pero no con tanta frecuencia e intensidad como en mi preadolescencia. Lo único relevante desde la perspectiva ABDL en esta etapa es que comencé a entender mejor lo que sentía. Que mi fijación con los pañales tenía mucho de kink.

Y unos pocos años después llegó algo que nos cambió la vida a todos los ABDL: internet. Como usuario muy temprano en comparación con la inmensa mayoría (llevo navegando asiduamente por internet desde el año 1997), fui seguidor y visitante de todas las páginas de aquella época: Dpf, Deeker (de turbia memoria), Abkingdom (todavía sigue muy pero que muy activa) y demás. No obstante, llegué a ellas un poco después, de la mano de otros fetiches míos (spanking) y, sobre todo, a raíz de una mera casualidad.

La cosa fue así: a finales de los 90 y principios de los 2000 yo era usuario habitual de dos páginas muy conocidas en aquellos tiempos: yonkis.com y la página de Torbe (Putalocura cuando era en un 95% bizarra y humorística, no pornográfica). Fue una de estas páginas la que, un día cualquiera, allá por el 2000 o el 2001, publicó un artículo sobre sexo y pañales, en plan “esta pareja tiene sexo en pañales, vaya movida”. El artículo y las fotos que incluía eran más bien humorísticos, pero curiosamente unas pocas semanas después la página publicó otro un poco más serio (“se está poniendo de moda esto de follar en pañales”, etc.), proporcionado más información y diversos links entre los que estaban -creo- algunas de las páginas que os mencionaba en el párrafo anterior.

Yo ya andaba por la veintena y a partir de ahí, mi lado ABDL volvió -nunca se había ido del todo- con más fuerza que nunca. Y, como yo nunca me había sentido mal por tener estos gustos, cuando descubrí que había muchas otras personas que los compartían mi reacción fue más la de “de puta madre” que la de “menos mal, qué alivio, no estoy loco”. A partir de este año 2000-2001, mi nenito interior se cobró de sobra los años que había permanecido “a la sombra” 😉. Así, fui explorando mis gustos a través de chats, grupos de yahoo, foros, grupos de msn (dios, ¡el puto jurásico!), irc y demás. Conociendo a mucha, muchísima gente. Y por todo el mundo: es lo que tiene hablar inglés decentemente :P, sobre todo teniendo en cuenta que en aquella época el 95% de los contenidos ABDL eran en inglés.

Allá por 2003-2004 retomé la costumbre de pantalones de pijama+calzoncillos de vez en cuando, aunque muy residualmente. Y por fin, en 2006, tuve el valor de comprar pañales en Mercadona y usarlos, si bien en esa época yo estaba prácticamente independizado y no le daba explicaciones a nadie.

Luego me mudé para vivir con mi novia –quien ya sabía lo de mis stranger things, como os conté aquí– y juntos hemos ido profundizando más. Ella no es ni nunca ha sido ABDL pero lo respeta absolutamente y disfruta conmigo de aquellos aspectos que sí le llaman (los castigos, la forma de hablarnos, la ropita…) y en otros, esencialmente, se mantiene aparte (cambios de pañal, por ejemplo). A veces nuestros juegos ABDL incluyen sexo y otras veces no, pero lo más frecuente es que sí. Lo importante para nosotros es disfrutar juntos, explorar y reforzar al otro para que sea siempre él mismo, sin que nadie tenga nunca que fingir lo que no es. Recordad, además, que aunque ella no es ABDL sí es una ageplayer y spankee de pro. Y ambos somos switchers y unos auténticos yonkis del soft dom y los culitos rojos 🙂 _______ .

Y eso es todo, chicos. Esta es mi propia Historia ABDL para Historias ABDL.

Seguro que la vuestra no es tan, tan diferente. ¿A que no?

¡Besitos!

Stephan

PD: Perdonad los anglicismos, pero términos como «spankee» o «ageplayer» son muy chungos de traducir.