Autor: Nenito82

Un nenito como cualquier otro: cariñoso, travieso...y meoncete ;)

OH, LETHE…

Hola, gentecilla, ¿cómo va eso? Espero que bien, porque escribo esto un viernes por la noche y los viernes por la noche todo tiene que ser bien 😉. Todo bien… salvo que no tengo sueño. Así que aquí ando, y no sé si conseguiré que me entre el sueño o si, al tener que hacer el esfuerzo, ocurrirá justo lo contrario. Bueno, si me han dado las tantas cuando termine, os lo digo al final.

Esta entrada va a ser un poco especial. Un poco más íntima (que no personal) y más introspectiva que de costumbre. También va a ser, me parece, de las más largas, porque quiero intentar explicar algo que ha menudo me han preguntado y que suele ser objeto de especial curiosidad para las personas que, desde fuera, se asoman un poquito al mundo del BDSM. Y si me queda un poco pedante, os pido disculpas: ¡la culpa es del insomnio!

“Dame a beber el fluido que desintegra / y proporcióname el dulce bálsamo y la bendición / del olvido, vacío y fuerte / Leteo / Oh…Leteo!”

Haciendo memoria -sin tirar de agenda ni nada-, me he dado cuenta de que hace ya mucho tiempo, más de tres meses, que navego por las tibias aguas del Leteo, pero no me sumerjo ni bebo de ellas. No os asustéis por el ramalazo greco-pretencioso; no me he vuelto catedrático de Filología Clásica así, súbitamente (“canta, oh, musa, la cólera del pélida Aquiles”… y ya de paso haz la cena, etc.).

No adelantemos acontecimientos. Empecemos por el principio.

Hemos hablado varias veces del mundo BDSM y de su relación con las prácticas ABDL, que con carácter general se consideran englobadas en él. Sin embargo, nunca hemos dedicado una entrada completa a hablar de sexualidad BDSM y algún día -noche- tenía que ser el primero. Hoy es ese día.

A todos los que alguna vez hemos reconocido -o simplemente mencionado- que practicamos o hemos practicado BDSM nos han preguntado las mismas cosas: “¿Pero tú que sientes?”, “¿Pero cómo lo haces?”, “¿Pero cómo eres capaz de hacer daño a tu pareja?”, “¿No te da miedo? ¿No es peligroso?”. Etc, etc.

Para alguien que no haya tenido nunca nada que ver con el estilo de vida BDSM (que lo es; aunque hoy en día esté de moda llamar estilo de vida a cualquier cosa), asomarse un poquito a él puede ser, además de intimidante, engañoso. Por un lado está la ingente cantidad de parafernalia y de atrezzo que rodea con frecuencia al BDSM y, por otro, el acercamiento -aun a título meramente informativo- a alguna de sus prácticas más extremas puede causar una fuerte impresión que en poco o nada se corresponde con lo que el BDSM es. Al menos con lo que yo creo que es. Y como este es mi Skattergories, pues…

Estas personas poco informadas o sin experiencia caen en el mismo error -o cualquiera de sus variantes- a menudo: confundir continente con contenido y creer que el BDSM consiste en vestirse de formas estrafalarias y en hacer daño a otra persona. No seré yo, desde luego, quien critique o niegue el derecho de nadie a practicar el BDSM -o el macramé- como le dé la gana, siempre que lo haga de un modo consensuado, respetuoso y entre adultos responsables.  A lo que me refiero es a que bajo la mera superficie -lo que se ve- se revuelve y predomina algo muchísimo más importante -lo que se siente- donde no llega, literalmente, la luz del sol. Ni los prejuicios.

Vamos a intentarlo con una metáfora sencilla. Para una persona muy religiosa y con verdadera fe cristiana ¿qué es lo más importante de ir a misa? ¿Las retahílas? No creo. ¿Los trajes del domingo? Qué va. ¿El retablo con el Cristo ensangrentado? Imposible. ¿Las plegarias del cura? Difícilmente. ¿Los temazos tipo ”Señooooor, has venido a la orillaaaaaa”? Lo dudo, aunque cuando uno ha escuchado barritar a tantas feligresas como yo, no puede descartarse. Bromas aparte, lo que de veras cuenta es el significado. Algo más profundo y personal que no puede encapsularse ni mucho menos reducirse a un puñado de objetos, y cuya trascendencia, en realidad, no tiene nada que ver con lo físico, sino con lo mental y espiritual.

En el BDSM pasa exactamente lo mismo. Lo físico es meramente accesorio. La mente y el espíritu son lo que de veras cuenta. En pocas palabras: las máscaras, las ataduras, las cadenas, los collares, las jaulas… Todo eso importa una puta mierda. Es, en el mejor de los casos, pura anécdota. Pura accidentalidad.

El BDSM no va de dolor, sino de devoción. De liberación. De búsquedas. El BDSM es la última cruzada por reconquistar una tierra santa en donde ya solo quedan dos dioses: el dominante y el sumiso. ¿Creéis que el templo es solo para la dómina con tacones de aguja? ¿Que el sumiso arrodillado no irradia esa misma o incluso mayor divinidad? Craso error, queridos míos. Prescindid de cáscaras y de envoltorios, sean estos de látex, de pvc, cuero o vinilo. Arrojadlos al fuego y quedaos viendo cómo se consumen. Lo harán en unos pocos segundos. Lo que deja auténticas marcas no es el látigo, ni la pala, ni la fusta.

¿Y entonces qué se busca? ¿Qué es lo que tiene de tan maravilloso el BDSM?

Un estado mental. Un estado de intrincada felicidad que, por lo normal, los practicantes alcanzan en una sesión de BDSM y que en mi opinión está conectado con dos elementos: la exaltación de la vulnerabilidad, por un lado, y por otro, la fantasía de una entrega absoluta.

“Así, limpiado por una inundación de luz / aparezco, renovado y reforjado / acariciado por el dulce bálsamo y bendición / del olvido vacío y fuerte / Leteo”

Uno: hay una fuerza imparable en la vulnerabilidad, más imparable que el tránsito de los planetas, y que todos los practicantes del BDSM adoramos. Cuando nos sometemos, la exploramos, pero no hay en ello humillación alguna, sino exaltación. Es un modo de elevamos por encima de lo mundano -no queremos, no necesitamos ser fuertes ni invulnerables- convertidos en mejores versiones de nosotros mismos.

Dos: nos han enseñado a racionalizarlo todo. A medir, calibrar y ahorrar. Que el mundo son matemáticas. Química. Tú y luego los demás. Lo absoluto se nos ha vedado, o lo perdimos por el camino. ¿Eso se nos ha dicho? Quienes practicamos el BDSM nos negamos a aceptarlo. Perseguimos y abrazamos el absoluto con una avidez infinita en nosotros y en la otra persona. Nos olvidaremos hasta de nuestros nombres, nuestra entrega será más perfecta que la proporción áurea y al que no le guste, que le jodan. Así de claro.

Pero ese momento… ¿Cómo explicarlo? Nunca es exactamente igual y nunca es predecible. No avisa. No puede convocarse, ni atiende a ruegos ni órdenes, pero cuando los astros se alinean, acude. A veces es breve, como un relámpago: te invade, te fríe y se va. Y durante unos segundos, la mente y el espíritu se alinean y dejan de tirar cada uno de su extremo de la cuerda. Otras, en cambio, se extiende durante un tiempo indeterminado que parecen horas y horas de juegos en una de esas noches de verano de tu infancia. De promesas bajo la lluvia. De sublime plenitud.  

Y en ambos casos se produce algo así como un eclipse de vida. El Leteo. Lethe.  

Justo antes, durante y/o después de este estado (al cual mi pobre descripción no hace justicia en absoluto), el grado de excitación sexual puede variar, sin mayor problema, de bajo a extremo, de nimio a insoportable o al menos eso me ocurre a mí. Algunas personas pueden orgasmar sesionando y otras no, o lo hacen después en el aftercare. El orgasmo es solo la guinda del pastel y, como tal, ni siquiera forma parte del plato principal sino, como mucho, del postre. Y… bueno, hay gente que prefiere el salado al dulce, ¿no? 😉.

Nada que yo haya experimentado puede compararse a ese estado mental. O, al menos, nada que yo haya experimentado de forma natural. Tampoco las drogas: yo no las recomiendo. He probado unas cuantas y ni siquiera se le acercan. Es por ello que el BDSM puede llegar a ser tan adictivo para sus practicantes, creo. Tan atrayente. Y por lo que se lo considera algo más que un simple elenco de prácticas sexuales.

“Mantenme cerca / desenreda las estrellas / mientras cojo velocidad a través de los cielos / velocidad a través de la noche / pues tú eres mi hoja y mi soga / tú eres mi Leteo / lo eres todo”

A mí personalmente no me gusta la ropa fetichista clásica, ni prácticamente ninguna que no sean mis cositas ABDL. Tampoco soy especialmente fan de los látigos y las fustas. Nunca me ha atado nadie a una cruz de san Andrés. Casi ninguno (casi) de los adminículos asociados normalmente con el BDSM me atrae lo suficiente como para incorporarlo a mis juegos. Pero no creáis que en mi caso es diferente a los que van full equip. Yo también quiero darme un buen chapuzón. Y no solo eso: beber hasta hartarme de ese fluido que desintegra.

Es lo que tiene ser switch: alguien tiene que estar esperando en la barca mientras el otro se baña, resopla, bucea en el agua y emerge con los ojos enrojecidos, para decirle aquello tan bonito de: “Ven, ven, bebe. ¡Es estupendo!”. Alguien debe mantener el timón en su sitio y vigilar las corrientes. Bien está. Me ha tocado a mí los últimos meses.

Pero seguro que un día de estos, cuando menos lo piense, ella llegará a casa, me cubrirá de besos, me empujará al río y cuando yo consiga volver a cubierta me estará esperando con una provisión infinita de pañales, mimos, peluches, cosquillas y zapatillazos en el culo. Entonces a mí me aflorará una sonrisilla de bobo al careto, le diré: “¡Hola, seño!”, me pondré colorado y me arrojaré a sus brazos.

Mierda. Son casi las 3 de la mañana y sigo sin tener sueño.

En fin, amigos. Tendré que acostarme de todas maneras. ¡Buen fin de semana!

Lethe.

Oh, Lethe…

Links ABDL (II)

¡Links ABDL a tope!

Fe de erratas: Perdonad, creí que era el tercer post con links variados y resulta que es el segundo. ¡Corregido!

¿No queríais más links ABDL? Pues aquí va otra una buena retahíla de links de esos que os gustan 😉

Familia ABDL:

Es el canal de youtube de dos ABDL españoles muy majetes que intentan visibilizar el mundillo y darlo a conocer con total transparencia y sencillez. Ya sabéis que yo no soy de visibilizar nada, pero me parece un esfuerzo encomiable por su parte. El contenido del canal es muy similar al de este blog (más o menos), pero con vídeos de Youtube 😉

https://www.youtube.com/@FamiliaABDL

Dl-BOY

Una de las páginas más longevas, centrada especialmente en el mundo ABDL homosexual y, más concretamente, homosexual masculino. Tiene opciones de pago y gratuitas y una sección de vídeos que en su momento no era gran cosa, pero hace mucho que no paso por ahí. De todas maneras, no está mal.

https://www.dl-boy.com/

The Dailydiapers

Otro de los buques insignia de la comunidad ABDL en las últimas décadas. Anda un poco de capa caída, pero la galería de fotos y las comparativas de pañales molaban bastante. Ya no tiene sección de vídeos, si no me equivoco.

https://www.dailydiapers.com/

The Cushypen

En cuestión de dibujos ABDL y si dejamos a un lado Patreon y Deviantart es el lugar más conocido de la red. Tiene mucho contenido gratuito, pero es una web de suscripción y esta no es precisamente barata, aunque hay artistas muy buenos. Yo nunca he estado suscrito, pero oye; es un sitio muy conocido.

https://www.cushypen.com/landing_page/

Diaperpin

Una especie de Instagram ABDL, o algo así: no me hagáis mucho caso, que yo de redes sociales no tengo ni idea. Hace unos años parecía que lo iba a petar en la comunidad pero tiene pinta de que se ha quedado estancado. Sea como fuere, hay material ABDL de todo tipo, sobre todo fotos y algún vídeo.

https://diaperpin.me/

Y esto es todo en esta tercera edición de links. ¿Qué os parecen?

Enjoy the silence, peña. Y ojalá todo cuanto siempre hayáis querido y necesitado esté ahora en vuestros brazos 😊

¡El único grupo de pop oscuro y con sintes liderado por Arturo Valls!

Stephan

IL MESSAGIERO… ¿É IMPORTANTE? (I)

¡Hola, traviesillos! Espero que los inicios de 2023 os estén tratando bien. O mal, si lo preferís (cada cual tiene sus kinks; yo, desde luego, sí).

Han pasado prácticamente seis meses desde que iniciamos el blog y creo que, tras la encuesta que finalizó hace unas semanas, es un buen momento para hablaros un poco más de mí mismo. No porque yo sea un cerdo narcisista y ególatra, no. Simple y llanamente porque me lo habéis pedido. Y también, aunque en menor medida, porque ya va siendo hora de que sepáis quién está al teclado, en un 90% (y por el otro 10% Tumblr e internet XD), de Historias ABDL.  

Como tampoco quiero convertir esto en un diario -lo que sería muy aburrido- voy a intentar condensar toda la información más o menos relevante en este post y la información más centrada en el ABDL en otro, para así dejar el tema cerrado. Tampoco voy a subir una foto de mi DNI, y ya sabéis por qué: lo comentábamos aquí.

Yo soy este de la foto:

Vale, vale… Supongo que preferís que empiece de otro modo. En plan Historias ABDL, que para eso estamos aquí.

«¿Quieres que empecemos como en David Copperfield? Nací. Crecí…»

Nací hace algo más de 40 años (tampoco mucho más) en el norte de España, así que soy español, como podía haber sido cualquier otra cosa. No estoy ni orgulloso ni avergonzado de serlo, porque básicamente me da igual. No creo en nada parecido a patrias ni naciones.

Pertenezco a una familia muy, muy clásica: padre trabajador y madre ama de casa, con bastante tradición militar por línea paterna, y un tanto… farandulera por línea materna. Crecí durante los años 80 y 90 en un ambiente muy conservador, marcado por una fuerte religiosidad católica y con normas estrictas, a menudo incomprensibles para mí.

Mis padres fueron y son buenas personas, pero yo no tuve una infancia feliz. No hay que darle muchas vueltas. Simplemente no fui un niño feliz y ya está. Puede que muy al principio sí, pero recuerdo la época que va entre los 7 y 12 años con horror: aburrimiento, apatía, incomunicación, normas y más normas, malas caras, soledad… Me evadía de todo ello a través de la música y de los libros; no había mucho más. Así que, por si no lo sospechabais, sí: soy un ratón de biblioteca y además, melómano.

Lo peor fue la soledad. No es que no tuviera amigos, sino que mis amigos y yo no congeniábamos demasiado. Yo no era bueno jugando al fútbol ni nada de eso. Pero mi perfil no encaja del todo con el del chaval tímido que sufre bullying. En primer lugar porque siempre tuve mucho carácter (soy orgulloso como un demonio) y en segundo porque si con alguien me solía llevar bien era con los más gamberros. Con esta forma de ser, ya podéis imaginar que nunca he encajado en ningún sitio: demasiado empollón para unos y demasiado rebelde para otros.

Es posible que de pequeño sufriera algún tipo de trastorno psicológico, en mayor o menor medida. Puede que el menda fuera un poco autista, o índigo o vete tú a saber… También se habló mucho de una supuesta superdotación, ya que un estudiante tan brillante como yo fui hasta la universidad y sin ningún esfuerzo era algo que nadie se podía explicar. No sé si lo fui o lo soy. Pero si es así, puedo aseguraros que ser superdotado es una puta mierda. Pasad de esas chorradas, en serio.

Mi adolescencia, gracias a los videojuegos y los juegos de rol fue mucho mejor que mi infancia y la considero una de mis mejores etapas. No fue una adolescencia prototípica, ya que la mayor parte de las cosas que a los adolescentes les interesan a mí no me decían lo más mínimo. Ya sabéis: el sexo, las discotecas y todo eso. Tuve muchas oportunidades para tener una adolescencia más común y las rechacé todas. Eso, en aquella época, era comprar todas las papeletas para que te llamaran maricón/maricona y cosas peores, y así ocurriría hasta muy avanzados los años 2000 por las calles de mi pequeña ciudad natal. Más adelante, ya durante mi vida plenamente adulta descubrí que soy -a grandes rasgos- demisexual y gracias a ello pude explicarme parte de lo que sentía entonces. Pronto, también a petición vuestra en la encuesta, trataremos un poco más estos temas.

A los 18 años tuve una crisis religiosa y dejé de creer en dioses y cosas por el estilo. Y no lo digo con orgullo: ojalá creyese todavía. No soy ateo, ojo, sino más bien deísta.

La época de la universidad no fue tampoco buena, salvo por dos cosas: por mis pinitos en la industria de la música y por haber conocido en ella a una chica muy especial, con la que tuve desde el principio “una comprensión mística y profunda”. Justo a finales de esa época universitaria nos liamos, me mudé a la gran ciudad para estar con ella y aquí seguimos, 15 años después. Ella y el hijo que me dio hace unos años es lo único inequívocamente bueno que hay en mi vida.

Soy uno de esos tíos que trabajan en edificios grandes. Con traje, corbata y gemelos. Lo mismo soy economista, auditor, arquitecto, ingeniero o vete tú a saber. Uno de esos que se pasan la vida hablando en inglés, que utilizan palabras incomprensibles y que parecen tan poderosos y seguros de sí mismos. Cuando veáis alguno, no hagáis ni caso: es todo mentira. Pura fachada y teatro. Desconfiad de la gente que necesita deslumbraros; lo hace precisamente para que no podáis ver con claridad.  

Aunque pueda parecer una persona triste y apocada por todo esto que os he contado, tengo una personalidad muy independiente y un sentido del humor a prueba de terremotos. Río muchísimo y me paso el día diciendo chorradas, como estrategia de defensa contra el mundo que me rodea y que mayormente detesto. En el lado negativo, tengo tendencia a la melancolía, a soñar despierto y a enfrentarme con cualquier clase de poder que tenga delante, sea el que sea. Lo cual me ha granjeado, en mi vida personal y profesional, problemas de leves a muy serios.

¿Ha merecido la pena el viaje hasta ahora? Puede. Pero de eso hablaremos otro día, así como de mi propio historial ABDL.

En fin. Ahora ya me conocéis un poco mejor y os podéis ir a dormir la siesta. Con pañal, chupete y peluche. Como Ilúvatar manda.

Y ver si os levantáis sequitos por una vez, ¿eh?

Stephan

¡Feliz 2023!

¡¡FELIZ AÑO, MEONCETES!! Que vuestras más delirantes fantasías se hagan realidad. Que encontréis a vuestro mami, papi o whatever si no lo tenéis. Que riáis, améis y disfrutéis más que nunca.

PD: Iba a cambiarlo y a poner «Diapers» en vez de «Dragons», pero estoy demasiado borracho ahora mismo XD.

Stephan

Resultados de la encuesta de Historias ABDL

Hola, chicos, ¿qué tal va eso? Nosotros con ardor de estómago crónico, a estas alturas. Los excesos navideños pasan factura.

Hoy vamos con un post muy rápido y sencillo en el que compartimos con vosotros los resultados de la encuesta que hicimos las últimas semanas, grosso modo.

Si recordáis, solo había 2 tandas de preguntas. Las respuestas a la primera tanda han sido estas:

Lo que más os gusta del blog son las historias, los artículos sobre la relación entre el BDSM y el ABDL y los artículos de opiniones, consejos y experiencias. De cara al año que viene, nos centraremos un poco más en ellos, ya lo veréis.

En la segunda pregunta, habéis incidido aun más en las historias y nos pedís más links (¿no habíamos quedado en que no os molaban tanto? :P), artículos sobre temas de género y sexualidad BDSM y en la opción de «otros», lo que más nos habéis pedido -curiosamente- es que os hable más de mí mismo y que suba más contenidos de ese tipo, algo más personales (fotos, anécdotas, etc.). Vídeos ya os adelanto que no creo que suba, ya que mi seño y yo somos de esa clase de personas de las que hablábamos en este post , pero os contaré más y quizá subamos algunas fotos de vez en cuando.

Mil gracias a los participantes: no fuisteis muchos, pero sí muy claros

Sin más, os dejamos con los polvorones y los dulces. ¿Puede haber algo más ABDL que la Navidad?

Yo creo que no 😉

¡Feliz 2023 y nos vemos pronto!

Stephan

Historias ABDL: «Carta a Papá Noel»

Como siempre, antes de cualquier historia, las normas.

Os recuerdo que la encuesta sigue abierta. ¡Últimas 48 horas!

Y vamos con la historia, aunque no es exactamente una historia, sino una carta, jejeje…

____________________________________________________________________________________________

Querido Papá Noel:

Soy ________________ y te escribo esta carta porque si no lo hago a lo mejor no me traes ningún juguete y si no me traes ningún juguete me pondré muy triste ☹. Pero yo soy un nenito muy bueno y siempre hago caso a lo que me dice la seño. O casi siempre, pero en eso no me extenderé para que no te enfades.

Aunque tengo casi treinta prefiero pensar que estoy a punto de cumplir cuatro añitos. Eso no sé por qué es así, pero es la verdad, te lo prometo. Y hago todas las cosas que hacen los niños de cuatro años. Veo dibujos animados, juego con mis juguetes, voy al parque, duermo con mi peluche… La señorita dice que, en eso, no ve ninguna diferencia entre otros nenitos de cuatro años y yo. Siempre le respondo que no hay ninguno tan guapo ni que la quiera tanto como yo, y ella me sonríe y entonces yo también le sonrío y la quiero más todavía y voy corriendo hasta donde está ella y le doy muchos besitos y ella me hace mimos y me dice que me adora y esas cosas.

Hay una cosa que no suelen hacer los nenitos de cuatro años y yo todavía hago. Me da un poco de vergüenza reconocerlo, pero la señorita me ha advertido que a Papá Noel no se le puede mentir ni ocultar nada, así que te lo contaré, a condición de que no te chives a nadie. Ni a los renos, ni a los elfos ni a nadie. Y a mis amigos del cole tampoco. ¿Me lo prometes? Vale.

Pues es que todavía me hago pipí y uso pañales como los niños pequeños, ¿sabes? Porfa, no se lo cuentes a nadie. Si mis amigos se enteran se reirán de mí. Yo creo que sospechan algo, porque cuando jugamos en el aula, a veces le preguntan a la señorita por qué aún lleva en el bolso toallitas y pañales y ella dice que no son para mí, que son para unos vecinos a los que les hace recados de vez en cuando. Este verano también le preguntaban por qué me abultaban tanto los pantaloncitos cortos. Se lo preguntaban porque a ellos, que usan ya calzoncillos y braguitas, no les abultan tanto. La señorita les decía que era porque soy muy friolero, incluso en verano, y tengo que llevar mucha ropita. Y ellos decían: “ah, vale”, y la señorita me miraba y entonces yo me ponía rojo como un tomate, me sentaba en tobogán y me tiraba super rápido con mi bajada secreta supersónica. Las otras seños decían que sus nenes también son muy frioleros, sobre todo cuando están en casa o por las noches y se guiñaban un ojo las unas a las otras. No sé qué quiere decir eso, pero tú no preocupes, Papá Noel: si tú no te chivas, nadie se enterará. La señorita es listísima y ella cuida de mi secreto: por eso nunca me cambia delante de las otras mamis ni de nadie. Ni siquiera cuando se me escapa un super pipí mientras juego en el arenero. Cuando eso pasa, a veces mojo un poco el pantalón y entonces ella me coge de la mano y me lleva a casa, poniendo como excusa a mis amiguitos que sudo mucho y que me tiene que bañar. Ellos se quedan cuchicheando, pero no saben nada, seguro, porque nunca me dicen nada ni se burlan de mí. Y es que la seño es super lista, nadie la puede pillar.

La señorita me ha dicho que, por si no te lo crees, te mande una foto junto al árbol de Navidad. Ella piensa que un nenito de veintinueve años ya debería usar calzoncillos y yo le digo que tengo cuatro y ella me dice “pues con cuatro también”, pero hasta el momento todas las veces que lo hemos intentado he acabado haciéndome pipí en público. Este verano hicimos la prueba yendo al supermercado, aunque la señorita, que no se fía mucho, me había puesto las braguitas de plástico y pañal de tela por si no me podía aguantar. No me aguanté y me dio mucha vergüenza tener que pasear en braguitas de plástico por el supermercado. Por suerte, vamos a uno que queda bastante lejos de casa y no nos encontramos con nadie conocido.

Al final no encontré la foto, así que no soy yo, pero para que te hagas una idea…

El popó ya nunca se me escapa. Bueno, casi nunca. La última vez fue el mes pasado, cuando fui con la señorita a la farmacia. Es que chica de la farmacia es muy guapa y siempre me da caramelos, pero ese día no le quedaban y entonces yo me puse a llorar y a pedirle caramelos y la señorita me riñó por ser un maleducado y me atizó una nalgada delante de la chica de la farmacia y entonces yo me enfadé y estaba tan enfadado que me hice popó. Luego, en casa, le pedí mil veces perdón a la seño y le prometí que no me volvería a portar mal cuando voy de compras con ella. Ella me perdonó -casi siempre lo hace-, me cambió el pañal y estuvimos jugando juntos toda la mañana.

Mi seño es la mejor seño del mundo. Soy muy feliz con ella y hago todo lo que puedo por ser obediente. Ella dice que lo soy mucho, pero que podría serlo más. Y entonces me da una palmadita cariñosa en el culete y me dice: “venga, juega un poco con tus muñecos, mi amor”. Y yo le hago caso y juego. Aunque a veces es un poco difícil, porque cuando estoy haciendo una batalla con mis juguetes y la señorita viene a verla, y se sienta junto a mí y me da un besito o me abraza, me pasa una cosa muy rara que yo no entiendo bien, ¿sabes, Papá Noel? La seño dice que te lo puedo contar y que no me tiene que dar miedo, así que te lo contaré.

Lo que me pasa es esto: cuando la señorita se sienta conmigo y demás, me siento como raro. Pero no me da miedo, ni me pongo triste, ni nada de eso. Me siento muy raro, pero muy bien. Y me dan muchas ganas de besar a la señorita, de achucharla como a un peluche y de chupetear sus pezones. Ella casi siempre me deja y cuando lo hago mi cosita se pone muy, muy dura y siento que quiero mucho a la señorita y que quiero dormir abrazado a ella y otras cosas muy bonitas. Al principio pensaba que sería una travesura y que estaba mal, pero ella me dijo que de eso nada, que estaba muy orgullosa de su nenito y que eso solo le pasa a los nenitos que quieren a su seño muchísimo.

Por lo demás, soy un nenito muy bueno. Voy al cole, hago los deberes y también a una cosa que se llama trabajo y que es muy aburrido, aunque la seño dice que es mi obligación. Ayudo a la seño en todo lo que puedo: pongo la mesa y la recojo, y la ayudo a fregar los platos y a limpiar el polvo. La cama solo la hago cuando no la mojo por las noches, porque entonces dejo un cerco de pipí enorme. La seño no suele reñirme por hacer pipí en la cama -siempre duermo en pañales-, pero sí me dice que ya soy un hombrecito y que pronto dejaré de usarlos. Que es cuestión de unos pocos meses más.

Y eso es lo que te quería pedir este año, Papá Noel. Quiero darle un alegrón a la señorita y dejar de hacerme pipí y popó. Así podría usar calzoncillos como los otros niños, ir al baño y todas esas cosas. Seguro que la señorita se pone contentísima y me da un montón de premios. Además, así ya no tendría que seguir engañando a las mamis del parque ni a mis amigos con lo de la ropita. Ni tendría que volver corriendo a casa desde el arenero. Yo quiero que la señorita se sienta muy orgullosa de mí, así que mi regalo quiero que sea ese: dejar de hacerme pipí y popó. ¿Me lo concederás? Te prometo que cuando tenga muchas ganas avisaré siempre a la señorita y que aguantaré todo lo que pueda. Y así me convertiré en un niño mayor, como quiere la señorita. Cuando vea que el pañal siempre está sequito se pondrá loca de contenta y yo quiero que esté siempre contenta para que juegue conmigo.

De todas formas, la señorita me ha avisado que pedirte eso sería demasiado. Yo le he dicho que no, porque tú tienes poderes y esas cosas y puedes hacerlo. Pero, por si acaso, también me puedes traer el barco pirata de playmobil y una espada de piratas chula y que parezca de verdad. A mí me encantan los piratas porque son valientes y viven aventuras. Quiero ser igual de fuerte y de valiente para poder cuidar de la señorita y que no tenga que ser siempre ella quien cuide de mí. Se lo dije un día y ella se rio mucho y me compró unos pañales super chulos de piratas. Ahora mismo, mientras te escribo esto, estoy en pijama y llevo puesto un pañal de piratas. Y la seño dice que, teniendo en cuenta lo meoncete que soy, los piratas van a tener marejadas y tempestades para rato.

Y estoy super mono con ellos

También te pongo una poesía que le he hecho a la señorita y que se me ocurrió el otro día, para que veas lo mucho que la quiero. No tengo ninguna para ti, pero te prometo inventar alguna para el año que viene.

La poesía es así:

“Mi seño es la más guapa

Y yo la quiero así.

Me hace mimos y me cuida

Y me riñe si me hago pipí”

A ella le encantó. La hizo imprimir y ahora está pegada al frigorífico junto con otras poesías y dibujos míos. Me siento muy orgulloso cuando invita a sus amigas a casa y me pide que la recite para ellas, justo antes de llevarme a la cama. Suele ser así: me cambia, me pone el pijama (me queda ajustado y el pañal se nota mucho) y vamos juntos al salón. Entonces yo saludo, me pongo delante de sus amigas muy sonriente y recito la poesía de memoria, sin equivocarme ni una sola vez. Las amigas de la señorita me aplauden a rabiar, me dan cada una un beso de buenas noches y le dicen que se mueren de envidia, porque ellas no tienen un nenito tan bueno ni tan guapo como yo. A mí me encanta que la señorita invite a sus amigas, porque a veces me traen regalos o juegan un rato conmigo antes de la hora de dormir.

Uh…Eh…Bueno, Papá Noel. Tengo que dejarte. Estaba tan concentrando en la carta que no me he dado cuenta y creo que se me han escapado unas gotitas… Además, huelo raro; ojalá no se me haya escapado también otra cosa. ¿Tú me perdonas? Eso espero. ¿Ves como necesito tu regalo? Si me lo traes seré el nenito más bueno del mundo; no te arrepentirás.

Ahora le enseñaré la carta a la señorita para que la corrija. Por bien que yo escriba… pues bueno. Cuatro años son cuatro años.

Porfa, porfa, seré bueno. Haz que no se me vuelva a escapar el pipí ni el popó. Porfa.

¡Gracias! Te quiere mucho…

________________________

PD: Papá Noel: soy la señorita. ¡No le traigas nada, se ha puesto perdido mientras te escribía y hasta he tenido que poner una lavadora! Le he dado la azotaina de su vida y ahora está en el rincón, con el culito al aire y llorando a moco tendido. ¡Este año se queda sin juguetes! ¡Por cochino!

Un beso. La seño.

PD2: Papá Noel: soy la señorita otra vez. Está bien, tráele lo que consideres más adecuado. Cuando te escribí lo de antes estaba muy enfadada, pero luego mi nenito me pidió perdón de verdad. Pobrecito, cómo suplicaba. Lo sentía de veras.

Quizá sea demasiado indulgente con él. De todos modos, cómo no voy a serlo: en cuanto me mira con esos ojos de cachorrito hace conmigo lo que quiere. En fin. Por lo menos no va a poder sentarse hasta Nochebuena.

¡Un besito y Feliz Navidad!

La seño y su nenito.

SALIENDO DEL ARMARIO ABDL (II): “¡Mi primera vez!”

Hoy, como os adelanté la semana pasada, voy a contaros mi propia anécdota. No solo porque viene a cuento, sino porque en la encuesta que cerramos muy en breves algunos de los lectores me han pedido que hable un poco más de mí mismo, y que incluya contenidos sobre mis propias experiencias como ABDL.

“Pos pa eso estamos…”

Yo, que soy ABDL desde siempre y que no recuerdo ni un solo día de mi vida en el que no me haya sentido atraído por los pañales, no salí del armario hasta muy tarde. Tan tarde como los  27 años, ahí es nada. Ojo: cuando digo salir del armario es salir del armario con todas las de la ley, no chatear con otros ABDL, hablar por teléfono, redes sociales o seguir un foro. Me refiero a ponerte delante de alguien a quien conoces, quieres y aprecias, soltarlo todo por primera vez en tu vida y a ver qué pasa.

La persona que elegí para salir del armario fue mi mejor amiga, aunque más bien fue ella quien me eligió a mí. Alguien a quien yo consideraba absolutamente especial y con quien compartía todo lo que sentía y lo que me pasaba. También ella lo hacía conmigo, sin ocultarme nada (creo). En el momento en que di el paso llevábamos unos siete años siendo amigos (este es un dato random, pero podría ser útil). Ella tenía pareja en ese momento; yo no.

Cuando digo que hablábamos de todo y que nos contábamos todo es porque literalmente era así. Eso incluía, por supuesto, hablar de sexo. Tampoco quiero decir con esto que ella me contara lo que hacía con su pareja -una cosa es la confianza y otra la bocachanclez XD-, solo que no había tabúes de ningún tipo entre nosotros.

¿Cómo ocurrió? Pues fue algo directo y nada premeditado. Pasó en una época en la que, digámoslo claro, coqueteábamos con frecuencia. Una tarde en la que estábamos hablando -qué sorpresa- de sexo, ella sacó el tema de las fantasías y me preguntó directamente cuáles eran las mías. No era la primera vez: antes le había contado otras, pero no mi fantasía digamos… “raruna premium”.

Otras fantasías como, por ejemplo…

Me lo pensé un momento: no había ninguna necesidad de revelarle que me gustaban los pañales. Pero, al mismo tiempo, yo sabía que ocultárselo equivaldría a mentir. Y, a fin de cuentas, había sido ella la que había dado el paso. Ahí entró en juego una de mis máximas favoritas: “contra el vicio de preguntar, la virtud de responder”. Se puede decir, por tanto, que en mi caso el “¿por qué?” de salir del armario fue no mentirle a mi mejor amiga. 

Así que se lo dije clara y abiertamente: “Te parecerá chungo de cojones, pero me gustan los pañales”. Ella se sorprendió muchísimo y me hizo un montón de preguntas, del tipo: “¿pero que se los ponga ella o que te los pongas tú?”, “y luego, ¿qué harías?”, “¿pero te ponen o es más el juego y no el objeto en sí?”, etc. Todas sus preguntas iban encaminadas a entenderme mejor y a hacerse una idea de lo que yo sentía. No me censuró ni me criticó en absoluto.

Después de un buen rato de intercambios, la conversación sobre el tema se cerró más o menos de la siguiente manera:

Bueno, pues ya te lo he contado. Soy un puto rarito.

Eso ya lo sabía. Por eso me gustas tanto.

Del tema de los pañales pasamos a otro completamente distinto y el hecho de que yo se lo contara no marcó un antes ni un después, ni afectó en absoluto a nuestra relación. También debo decir que ella era una persona muy moderna, de mente abierta y sin prejuicios. Por su forma de ser era la chica más idónea que se me habría podido ocurrir si bien, como os digo, la iniciativa partió de ella, aunque fuese por alusiones.

Unos meses después, nos liamos y… ¡hasta hoy! Y puedo decir -no sin cierto orgullo freak– que soy el único caso de ABDL que conozco (no salido de una página fetichista o de contactos) cuya pareja ya sabía “el secreto” antes de comenzar la relación. Respect.

Por otra parte, también es importante hablar de lo que ocurrió -y sigue ocurriendo, gracias a Thor- después. O sea: muy bonito lo de contárselo a tu pareja, pero luego, ¿qué?

Eso lo reservamos para el tercer y último post, que llegará pronto 😉.

¡Besitos, nen@s!

Stephan

SALIENDO DEL ARMARIO ABDL (I)

Este sí que es un tema peliagudo: el de contarle a alguien que nos gusta…lo que nos gusta, vaya.

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Así, a bote pronto, tampoco es que sea muy complejo ni peligroso. Quiero decir: vosotros sabéis tan bien como yo que esto del ABDL -al igual que muchas prácticas BDSM- es algo completamente inofensivo, por poco conocido o infrecuente que sea. Desde dentro, claro. Hablando desde vuestra zona de confort. Pero, ¡oh sorpresa! Cada cual tiene la suya y a menudo ni siquiera son tangentes.

Las personas ABDL se sienten tan necesitadas de compartir su fantasía, fetiche o afición como cualquier otra persona. Esto no tiene nada de malo, todos tenemos fantasías sexuales -y no sexuales- y la única razón por la cual no las compartimos es el miedo. No me refiero, claro, a compartirlo indiscriminadamente con todo el personal, sino con aquella persona o personas que más nos importan: nuestra pareja, amigos…

Yo personalmente no intentaría convencer a alguien al que acabas de conocer para que te cuide -o te “cuide”, ya me entendéis- como a un niño pequeño, la verdad XD. No es que esté mal, sino que casi con total seguridad te va a dar con la puerta en las narices. Además, creo que a muchos de nosotros nos gusta que nos mime y/o castigue alguien con quien tengamos un plus de confianza y eso, por lógica, excluye a los rollos de una noche y similares. Que todo puede ser, no digo lo contrario, pero os deseo mucha suerte a los valientes.

Eh nena, qué buena estás…¿Vamos a mi casa y me limpias el culete?

¡Policíaaaa!

Que uno decida salir del armario es cosa suya. Es algo muy personal que no puede juzgarse desde fuera y aquí en Historias ABDL –siempre a tope con la libertad personal– no somos nadie para abogar por una cosa ni por otra. Solo podemos dar nuestra opinión y, como mucho, contar nuestras propias experiencias o las de nuestros amigos y conocidos cuando decidieron salir, poco más. Quizá haya algo que podáis sacar en limpio si os ronda la cabeza este asuntillo tan delicado. Cada cual debe preguntarse por qué quiere salir o para qué, y obrar en consecuencia. Ese por qué o para qué tiene su importancia: no la despreciéis.

En primer lugar, yo creo que el elemento fundamental que tiene que estar presente sí o sí para salir del armario es la confianza en la persona a la que se lo vas a contar. Debe ser alguien con quien te encuentres verdaderamente cómodo y con el que puedas mostrarte tal y como eres. Si sois honestos, descubriréis que no es tan fácil encontrar a alguien con quien tengáis un vínculo tan estrecho. A veces ni siquiera estará dentro de vuestra familia y las más ocasiones será un amigo muy cercano o vuestra pareja. Es posible que ni siquiera tengáis esa confianza con vuestra pareja (por la razón que sea: por su carácter, porque la relación no se ha consolidado, etc.). Sea como fuere, no sobreestiméis a la otra persona ni a la relación que tenéis con ella, ni os generéis expectativas poco realistas (esto es un relato erótico ABDL, no la realidad. Mostly).

Un tema recurrente al hilo de salir del armario: en general, yo nunca me plantearía ni me planteé contárselo a mis padres. Creo que no habría sido buena idea, por muy diversas razones. La primera porque ese grado extra de confianza no existía. La segunda porque los míos eran y son personas muy tradicionales y dudo mucho que me hubieran entendido. Y la tercera porque se trata de un fetiche y yo no le voy contando a mis padres las cosas que me ponen cachondo XD. Sé que hay muchos ABDL que se plantean esta opción, sobre todo cuando siguen viviendo con sus padres y se mueren de ganas de usar pañales sin el miedo a ser descubiertos. Suelen ser gente joven, sin trabajo o no independizada. No soy quien para dar consejos (porque “un consejo es un regalo muy precioso, aun del sabio al sabio”); lo único que puedo decir es que yo no lo hice, no lo he hecho y no lo haré.

No obstante, el mundo es diverso. Conocí, y hace ya tiempo, casos de chicos jóvenes (universitarios) que tuvieron suerte; sus padres se mostraron muy comprensivos con ellos y les ayudaron a exteriorizar y cumplir ese deseo, hasta el punto de acondicionarles una habitación ABDL full equip para ellos solos en su casa. También de casos en los que la salida del armario fue traumática e incluyó inútilmente psicólogos, psiquiatras, conflictos y poco menos que exorcismos. Life’s a bitch, tíos. Ojo al dato.

En segundo lugar, un elemento indispensable es la sinceridad. Cuando uno decide salir del armario, no tiene el menor sentido mentir ni guardarte bajo la manga tal o cual detalle por el “qué dirán”. Ya que das el paso, dalo con todas las consecuencias. Caso típico: si te gusta mojar o ensuciar el pañal y te lo preguntan, ¿para qué mentir? Si te gusta que te den el biberón, dilo. ¿Dormir en pañales? ¿Onesies? ¿Jugar con cubos?

Algunos ABDL cuentan que a ellos les ha ido mejor con una táctica (aproximación militar al problema XD) progresiva: ir poco a poco, sin prisas, no soltar toda la información de golpe para no intimidar a la otra persona. Yo creo que es perfectamente compatible ese “modo seguro” con la sinceridad: si quieres darle tiempo al otro, dáselo, pero no le engañes. Lo que me parece un error es decir “no, no, eso no me gusta” solo porque pensamos que causará rechazo si decimos lo contrario. El viejo dicho de “mejor una vez rojo que diez amarillo” viene aquí muy a colación.

Otro punto importantísimo es que tengáis la suficiente madurez para aceptar el punto de vista del otro. Del mismo modo que vosotros os abrís y contáis vuestras movidas ABDL con total transparencia debéis estar dispuestos a admitir cualquier reacción frente a ellas, al menos de primera mano. Sinceraros y revelaros como ABDL’s no os garantiza ni os legitima para nada. Puede que vuestra salida del armario no sea bien recibida, que causéis rechazo o incluso asco y que tengáis que escuchar cosas poco agradables. Ese es el riesgo que corréis, claro, y debéis asumirlo incluso si ponéis por delante todos los disclaimers del mundo (ejemplo: que no hay que malinterpretarlo, etc.). Si no sois lo suficientemente estables y maduros emocionalmente para gestionar un posible rechazo, igual no deberíais salir del armario, o igual no estáis listos para ello con el confidente en cuestión.

Yo he conocido personas que arruinaron una relación -hablo de divorcio traumático, ojo- por salir del closet ABDL y hablarlo con su pareja. Y otras que no solo hallaron comprensión o apoyo, sino absoluta complicidad. Es así. La vida son riesgos y posibilidades.

“Unas veces te comes al oso y otras veces el oso te come a ti…”

Por último, tened siempre presente que la vida sigue y que el mundo no se acaba por tener una pareja o un amigo que no te entienda o no comparta tus fetiches. No creo que hoy en día esa persona, si de veras te quiere, vaya a censurarte o a darte de lado por haberte sincerado con ella, y haberle explicado cómo te sientes cuando te pones un pañal con tu pijama de gatitos. Pero cuidado: siempre debes prepararte para el rechazo y estar razonablemente seguro de que ese rechazo, llegado el caso, no se llevará vuestra relación por delante. Y si lo hace… ¡yo qué sé! Lo mismo así descubres que la habías juzgado mal y por lo menos te llevas el aprendizaje.

Bueno, que me enrollo. En la segunda parte de este post, la semana que viene, os contaré más sobre mi salida del armario ABDL y otros cotilleos interesantes al respecto 😉.

¡Chao, meoncetes!

Stephan

Historias ABDL: «Peque»

Como siempre, antes de cualquier historia, las normas.

Os recuerdo que la encuesta sigue abierta. La cerramos en un par de semanas, así que venga, ¡animaos! No os llevará ni 30 segundos.

Y vamos con la historia, que toca uno de los temas más delicados de nuestro mundillo y del que hablaremos otro día más a fondo. Porque más tarde o más temprano, a todos nos pillan, chicuelos…

—————————————-

– Qué raro -exclamó David-. ¿Y esto?

Mónica se quedó paralizada. No podía apartar los ojos del armario, ni de lo que su novio había sacado de él. Hubiera debido extender el brazo, decirle que lo dejara en su sitio y cubrirlo con una blusa, pero no fue capaz. Estaba sin aliento y apenas consciente. La habitación, la casa, el mundo entero giraban en torno a ese paquete de color blanco que tenía gravedad propia y se había convertido en el centro del universo solo porque David lo había encontrado. Cuando recuperó un mínimo de control apartó la vista, angustiada, para impedir que él se asustara a su vez.

Normalmente, esconder los pañales era lo primero que hacía antes de invitar a David a pasar el fin de semana con ella, pero después de un mes matador en el trabajo se le había olvidado. En realidad, se sentía más culpable por el lapsus que por tener que dar explicaciones. Además, nadie la obligaba a hacerlo. Pero tampoco tenía fuerzas para seguir disimulando. ¿Y qué mentira iba a improvisar? David la conocía demasiado bien y se las pillaba siempre, incluso cuando intentaba colarle alguna para darle una sorpresa.

Como ella no se lo impidió, David curioseó dentro.

– ¡Joder! ¡Si son pañales! -dijo, levantando el paquete.

El paquete estaba abierto y faltaban por lo menos cuatro o cinco unidades. Tenía su explicación. Para contrarrestar el estrés de la oficina Mónica se había pasado la semana entera durmiendo en pañales. Y en compañía de uno de sus peluches: un unicornio del tamaño de su mesita de noche que respondía al nombre de Valiant. En aquel momento, su achuchable amiguito parecía lanzarle reproches airados desde el edredón: “Eres una niña tonta y te ha descubierto”. Mónica luchaba contra ellos, se defendía, negaba las acusaciones. Sin embargo, no podía evitar sentirse culpable. Culpable y miserable también. ¿Y si perdía a David? ¿Y si le daba asco el… secreto de su novia?

-No es lo que uno se espera encontrar en el armario de una chicha de veintinueve años, la verdad.

Mónica apretó los dientes, como si tuviera entre ellos una correa con la cual tuviese atado a David. Si no lo hacía, él soltaría cualquier barbaridad, saldría corriendo y ya nunca lo volvería a ver. Lo visualizó mentalmente. ¿Cómo podía haber tenido semejante descuido? Tonta era poco: gilipollas integral, y eso solo para empezar.

-Esto… Me imagino… Supongo que serán de alguna broma, ¿a que sí?

Qué bueno es conmigo, pensó Mónica. Como me ha visto tocada, me ofrece una salida del atolladero. No quiere violentarme. Está dispuesto a pasarlo por alto y a aceptar cualquier excusa. Mónica lo habría dicho en voz alta, pero detestaba la idea de deshacerse en lágrimas delante de él por unos simples pañales. A pesar de ello, los síntomas de un llanto inminente distorsionaron su respuesta:

-Sí…Nada importante. Una despedida de soltera.

Concentró todas sus fuerzas en girar el cuello. Tenía que hacerlo. Tres simples acciones: una mirada, una mentira, una broma y todo habría quedado atrás. Por desgracia, le fue imposible. Su cuello ya no era flexible, sino de piedra. Apropiado, por cierto, dado que seguía sin poder moverse. Le sirvió para comprender algo fundamental: el momento de las mentirijillas y a otra cosa ya había pasado. Notó la sangre concentrándose en sus mejillas. El sudor le chorreaba por la espalda. Su reacción la había traicionado. Incluso Valiant dejaría de quererla. “Niña tonta e irresponsable”. Se lo merecía. Se merecía todo lo malo que le dijeran.

-¿Estás bien, mi amor? -quiso saber él-. ¿Qué te pasa?

Me pasa que vas a salir por esa puerta llamándome de todo menos guapa, pensó Mónica. Me pasa que me siento indefensa. Que me siento idiota. Fue superior a sus fuerzas: hizo un puchero y huyó hacia una de las esquinas de la habitación, mientras una emoción picante, efervescente, se desbordaba en su pecho como champán por el cáliz de una copa.

-No me asustes, nena. Por favor.

Al oír lo de “nena”, la poca confianza que le quedaba a Mónica explotó en su interior, hecha añicos. Se apoyó en la pared, rendida, y se dejó escurrir hacia el suelo. Terminó llorando como una niña, la espalda contra la pared y la cabeza reposando sobre las rodillas, levemente flexionadas. Cuando David se acercó para reconfortarla, Mónica notó el sabor salado de sus propios mocos en la boca. Igual que cuando era niña y la reñían. Qué irónico.

David se sentó junto a ella y la abrazó, sin decir nada. Mónica resopló de vergüenza y se replegó por completo sobre sí misma. Se sentía tan incapaz de rechazar el consuelo que se le brindaba como de entregarse a él.

-De acuerdo. No importa. Me olvido de esto… ¡Ya mismo! ¡Hop! -David se rio por lo bajo y añadió, en un tono nada despreocupado -: No llores, por favor, que me vas a hacer llorar a mí también.

-¡Es que soy idiota! -chilló Mónica, histérica-. ¡Soy idiota! ¿No lo ves?

Por el rabillo del ojo, creyó ver cómo él pasaba la mirada por la habitación, inspeccionándola. Luego volvió a centrarse en ella, pero Mónica tenía la vista empañada por las lágrimas, que le impedían ver con claridad. Era como si cuanto había su alrededor se reblandeciera y derritiese, como muñecos de nieve al sol. Mónica abrazó a David y se recreó en el tacto de su piel. En su indulgente calor, más cercano que nunca.

-Aquí no hay ninguna idiota -le susurró David al oído-. Lo único que yo veo es a la chica más guapa e inteligente del mundo.

-Cállate, por dios. Cállate.

-Y yo amo a esa chica.

-¡Cállate!

A Mónica se le atragantó el llanto. Tosió. Parpadeó. Se lamió los labios goteantes. Tembló en brazos de David. No quería soltarlo. No lo soltaría nunca, si era por ella. Además, ¿por qué clase de patética fantasía, en medio de aquel mal trago, no podía dejar de imaginárselo desnudo? Ah, pero si eso implicaba que él debía alejarse un solo milímetro, aunque fuera para quitarse la ropa, lo seguiría abrazando en camiseta y vaqueros, al menos un buen rato. Mónica soltó un suspiro ahogado y, en ese momento, sintió el tacto de uno de los dedos de David bajo la barbilla. ¿Un simple dedo de su chico tendría más fuerza que ella? David no tardó en demostrárselo, haciéndole levantar la cabeza.

Por primera vez en varios minutos, lo tenía delante. Él le sonrió con su dulzura habitual y para ella fue como si se hubieran perdido y no tuvieran prisa por encontrar el camino. Aunque, si el camino de vuelta pasaba justo por la boca de David -boca que, levemente abierta, clamaba por ser sellada- Mónica estaría encantada de superponer la suya. Se dispuso a ello, pero David la esquivó y tomando una mínima distancia, le dijo:

-Sí. Amo a esa chica que usa pañales -su tono era tan tierno que la hizo salivar, como cuando se pasaban los caramelos de lengua a lengua-. Y estoy loco por ella.

Mónica se obligó a sonreír. Le agradecía que abordara el tema directamente y sin tapujos. Que no se comportara como un cura que escucha supuestos pecados. Se descubrió capaz de articular unas pocas palabras juntas. Cautas, pero coherentes:

-Sí. Los uso de vez en cuando. Me… me gusta.

Él le robó una lágrima con la punta de su omnipotente dedo índice. El mismo que había usado para ahuyentar la vergüenza de su chica. Solo fue un roce, pero ella volvió a apartar la mirada.

-No me juzgues, por favor. Solo… es para relajarme. Para sentirme bien conmigo misma. Conecto con… Lo siento. No quiero… No quiero que pienses cosas raras.

-Hombre, habitual tampoco es -bromeó David y, a continuación, le quitó importancia-.  Pero cosas más raras se han visto.

-¿Tú las has visto?

-Es solo una forma de hablar -le revolvió el pelo-. Tontorrona.

La besó en la coronilla. Mónica se dejó vencer por el beso y volvió a refugiarse en los brazos de David, quien enterró la mano bajo su melena cobriza y siguió con las caricias.

-Si no lo entiendes o no lo compartes, lo entenderé, cariño. Perdona. Debí…

Contra todo pronóstico, David interrumpió sus disculpas y comenzó a sincerarse con ella de un modo que para Mónica resultó desconcertante. Le hablaba con total franqueza, haciendo pausas enfáticas para permitir que ella asimilara bien la información. Mónica se dejó arrullar por su voz.

-En primer lugar, ya lo sabía, nena. -A ella solo le faltó ronronear como una gatita-. O al menos lo imaginaba. Llevamos juntos varios años. Te miro. Te observo. Y pienso constantemente en ti. Por eso me fijo en muchos detalles que a otros les pueden pasar desapercibidos, pero a mí no.

Ella, por supuesto, se consideraba la chica más discreta y sibilina del mundo en lo tocante a su…afición.

-¿Como cuáles?

-Pues muchos -contestó él, y se puso a peinarla con los dedos. Mónica se dejó hacer, porque le encantaba-. Por ejemplo: me fijo en cómo me miras y cómo reaccionas cuando, por casualidad, pasamos por la sección de pañales en el supermercado. En cómo revolotean tus ojitos de un lado a otro, posándose en un paquete de Dodotis aquí, en uno de toallitas acá… Y en cómo me agarras de la mano, sin siquiera darte cuenta.

Mónica se quedó con la boca abierta, roja como una moneda de gominola. David aprovechó para limpiarle los chorretones que desembocaban en ella y le ofreció un pañuelo para que dejara de sorberse los mocos.

-Pero… Eso…

-En segundo lugar, no todas las chicas tienen semejante cantidad de peluches en su habitación. Ni tan grandes como Valiant.

-¡Ya ves! A muchas tías les molan los peluches. ¿Qué tiene de raro?

Miró de reojo a Valiant. Su voz imaginaria -que para Mónica era muy real- le repetía sin cesar: “¡Suertuda! ¡Suertuda!”.

-Yo no dije que sea raro. Pero uno va atando cabos. ¿Comprendes?

-Bueno…

-En tercer lugar, te notaba motivadísima cuando te disfrazaste de bebé en carnavales. Me pareció que lo vivías de una manera muy personal. No era un simple disfraz para ti. Ahora veo que era una indirecta y lo siento mucho, mi amor. Debí ser un poco más zorro. Contar estas cosas es difícil. Perdóname.

Mónica soltó una carcajada estentórea, que fue amainando hasta convertirse en un suspiro.

-Eres un bobo adorable -sollozó-. Te cuento mis rollos y resulta que quien acaba pidiéndome perdón eres tú.

-¡Ah, ah, ah! -replicó David, entonando cada sílaba-. Nada de rollos. Para mí, cualquier cosa que te guste tanto es muy importante y me interesa al máximo.

Sonó la alarma del reloj. A esas horas deberían estar levantándose de la siesta, pero ni siquiera la habían dormido, porque habían comido a las cuatro. Mónica se dio cuenta de que, en adelante, todos los sábados por la tarde, a las cinco y media, tendría algo que celebrar para el resto de su vida. La conmemoración del día en que pudo revelar a otra persona el rincón más íntimo de sí misma. Y, además, a la persona que más quería en el mundo.

-Cuéntame, entonces. ¿Los usas mucho?

Ella asintió en silencio.

-¿Te gusta dormir en pañales? ¿Con tus peluches?

Mónica, por toda respuesta, depositó un beso tardío pero tórrido en los labios de David. Él hizo amago de darle una dentellada y ella se echó hacia atrás, riendo con picardía.

-Quizá no te guste solo dormir. ¿Te gustaría estar en pañales conmigo? ¿En pijama? ¿O desnuda?

Solo falta, de fondo, el jingle con el que empiezan las películas de Disney, pensó Mónica. En el ojo de aquel huracán de emociones era incapaz de explicarse, pero no hacía falta porque las preguntas de David eran certeras como dardos y no fallaba ni un lanzamiento.

-No sé, cuéntame -ella estaba demasiado emocionada como para contarle nada-. ¿Mojas el pañal? ¿Siempre? ¿A veces? ¿También lo ensucias? ¿Tienes toallitas?

-S…Sí…A…A veces -balbuceó ella.

-Guau. Si hasta balbuceas como una niña pequeña y todo. Impresionante.

-¡Idiota! ¡Idiota!

Mónica le dio unos cuantos puñetazos en el pecho. Más bien suaves. Comprendió que lo hacía como preludio de un juego cuyas normas se moría por diseñar juntamente con él. David detuvo el último de los puñetazos y le dio un mordisquito en los nudillos.

-Esto no se hace, bomboncito. ¿Es que no tienes modales?

El tiempo se detuvo para Mónica. De pronto, todo cuanto la rodeaba adquiría un nuevo significado. Se abrían ante ella posibilidades que antes ni siquiera se había permitido imaginar. Como si su vida pasada hubiera estado mediatizada por una enfermedad que David le había curado. Se sentía más segura de sí misma y más enamorada que nunca.

-O sea -dijo DAvid-, que tendré que darte de comer, vestirte, bañarte, cuidarte…

-Bu…Bueno… No es necesario…

-Ver dibujos animados contigo, jugar, hacerte mimos, comprarte ropita…

-Yo solo…

-Vamos, como ahora, pero con más parafernalia.

-¡Qué bobo eres!

-¡Ah! Y cambiarte los pañales, me imagino. Seguro que luego te pasas las tardes correteando por el salón, con el pañal colgando y diciendo: “¡no me pillas! ¡no me pillas!”.

Maldito y maravilloso hijo de puta, pensó Mónica, a punto de llorar de felicidad.

-Bueno -dijo David-. Secreto por secreto. Ven.

Le indicó que se tumbara en la cama. Ella lo hizo y él la imitó y la abrazó por detrás, pasando un brazo entre la almohada y el hombro. La cucharita de siempre, solo que más incitante, porque Mónica notaba cómo una rosa de humedad estaba floreciendo entre sus piernas. Aunque no llevaba pañales, si la conversación seguía por los mismos derroteros, los iba a necesitar. Y de los más absorbentes.

-¿Te acuerdas de Natalia, mi hermana pequeña? ¿Y de Gabriel, mi otro hermano?

-Sí claro. Muy majos.

-Pero no se lo cuentes a nadie, ¿eh?

-No, no. ¿Qué pasa?

Mónica sintió un cosquilleo de curiosidad, que David disipó susurrándole al oído.

-Natalia usó pañales para dormir hasta los doce años. Y Gabriel hasta los nueve.

Mónica, a su vez, casi retrocedió veinte años en el tiempo. A la época en la que intercambiaba mensajitos insidiosos con sus compañeros de clase, apenas una lacónica frase en un trozo de papel. “Juancho está por Inés”. “Rubén es imbécil” (eso no era ningún secreto). Sonrió. “Natalia y Gabriel se mean en la cama y usan pañales” sonaba de lo más verosímil. No habría envidiado a ninguno de los dos en caso de que semejante secreto hubiera sido descubierto.

-Vaya. ¿Y eso?

-Pues nada. A ella le saco doce años y a Gabriel diez. Imagínate.

Con los ojos cerrados, Mónica estaba en la mejor disposición posible para dejar volar la imaginación. Sin pasarse, claro. Si la dejaba volar muy alto, incendiaría las sábanas. Entonces comprendió, y giró sobre sí misma con una sonrisa de incredulidad en la cara.

-¿Quieres decir que les cambiabas tú?

-De pequeños, muy a menudo. Y luego, como dormíamos en la misma habitación, a ella hasta los siete y a él hasta los ocho. En casa éramos ciento y la madre. Los mayores no daban abasto. Sobre todo durante el verano, cuando no estábamos en el colegio.

-¿En serio? Qué mono.

-Y eso no es todo. Me pasé mi primera adolescencia cuidando a mis hermanitos. Entre mis doce y mis quince años, había días que cambiaba diez o doce pañales. Mis amigos me llamaban Cacaman, no te digo más.

-Qué poca inventiva -rio Mónica-. ¿Cacaman?

-De pie, sobre la cama, en el cambiador -David contaba con los dedos de la mano-, sobre una toalla, en la playa, en el parque, en el asiento de atrás del coche… ¡Tengo un master en cambiar pañales y en pringar culitos!

-Si, claro, y yo me lo creo.

David se puso a imitar la voz de un niño pequeño. Mónica iba a decirle que se le daba genial, pero él empezó a hacerle cosquillas y la risa se lo impidió.

-¿Quieres mimos?

-¡Para! Ja, ja, ja… ¡Para!

-¿Qué pasa? ¿Te haces pipí?

-¡Venga ya! Te lo estás inventando. Eres muy capaz.

Siguió un silencio bastante largo, durante el cual Mónica se planteó ciertas dudas acerca de la sinceridad. La suya y la de su pareja. Lo que David le contaba sonaba demasiado artificial. Y ella no quería más mentiras ni más secretos entre los dos. Nunca más.

-¿Eso crees?

-Pues sí. Eso creo. Lo haces para que me sienta mejor.

-Muy bien -dijo David en un tono deliciosamente paternal, mientras sus manos escalaban con suavidad hacia los pechos de ella-. Acércame ese paquete y te lo demuestro.

Luego añadió en voz baja una palabra. Solo una. Pero fue suficiente como para arrancar de cuajo todas las reservas de Mónica y sembrar en ella una semilla de divina locura:

Peque.

Aunque no había ni podía haber eco en la habitación, Mónica creyó escuchar la voz de David rebotando de pared en pared. Se incorporó en la cama y lo miró. Estaba acostado, las manos detrás de la cabeza, mirándola con una vaga sonrisa. David reiteró su invitación enarcando una ceja y ella se encogió de hombros, todavía sin creerle del todo.

Gateó sobre la cama hacia el paquete de pañales y, al hacerse con él, sintió cómo David le propinaba una rotunda nalgada. “¡Plas!” sonó. Y Mónica ya ni se preocupó por lo que había brotado bajo sus braguitas. La rosa se había transformado en rosal y muy pronto el rosal mutaría en exuberante jardín. Y no precisamente impenetrable.

-Vamos, peque -repitió David-. ¿Me traes tus pañalitos?

Mónica se volvió hacia él. Era como si David hubiera accionado un resorte oculto de su alma que ni ella misma conocía. Un hormigueo embriagador campaba por sus muslos, por su culo, por sus caderas, cuando David se sentó en el borde de la cama y le dijo:

-Venga. Ponte de pie delante de mí.

-Vale. Pero dímelo otra vez, por favor.

Una rodilla. Otra. David estaba tan lejos y tan cerca… Mónica intentó expresar verbalmente lo que sentía, pero solo podía gemir, mirar a David y probar suerte. Estuvo a punto de apartarse, en pleno conflicto interior. La vida le brindaba la ocasión de reconciliarse consigo misma. ¿Debía aprovecharla? David estaba a punto de ponerle un pañal. ¿Eso hacían las parejas normales? Seguro que no. ¿Por qué no lo olvidaban todo y se iban al cine? Sí, mejor. ¿Por qué no…?

-Tranquilízate, peque. Solo te voy a poner tu pañalito. No tengas miedo.

El corazón de Mónica batía a toda velocidad. Triturando sus prejuicios. Haciendo trizas sus dudas. Y ella, una excelente corredora, capaz de cubrir tres kilómetros en once minutos, se veía incapaz de salvar el metro escaso que en aquel instante le separaba de su novio. Su mente se oponía, a pesar de que su cuerpo lo necesitaba como pocas otras veces había necesitado nada.

Cuando estaba a punto de renunciar, él se estiró, la tomó por la cintura con gentileza y la ayudó a bajarse de la cama y a ponerse de pie frente a él. Dio un tironcillo y Mónica notó cómo el pantalón del pijama le caía sobre los tobillos, dejando sus piernas al descubierto. Con una suavidad que a Mónica le provocó escalofríos, David le bajó las braguitas también, obviando el hecho de que estuvieran calientes y mojadas. Mónica se preguntó cómo era posible que él pudiera respirar todavía, porque todo el aire de la habitación lo estaban consumiendo sus pulmones. Y todavía echaban en falta un poco más.

Con una técnica inmejorable, David desplegó el pañal entre sus piernas, estiró los extremos y se lo subió a dos dedos del ombligo, por delante, y hasta la cintura, por detrás. Mónica sintió que cuatro brazos la abrazaban simultánea y amorosamente. Dos cálidos y dos fríos. Dos fuertes y dos elásticos.

-Abre un poquito más las piernas. Vas a estar preciosa con tu pañalito.

A Mónica lo mismo le habría dado, en aquel momento, que le hubieran arrancado la piel con garfios al rojo. O que la hubieran cosido a flechazos. Total… ya estaba en el cielo y se veía a sí misma flotando entre las nubes como un ángel borracho. El rasgar de las tiras adhesivas cuando David las despegaba y las volvía a ajustar no tenía nada que envidiar a ningún coro celestial. Ojalá, pensó Mónica, este momento dure para siempre.

-Ya estás. ¡Mira qué guapa! -dijo David.

Sumergió la cabeza en su vientre y le dio a Mónica un suave lametón. Mónica se estremeció de júbilo.

-Dímelo otra vez. Por favor…

-Claro.

Él la miró desde abajo y Mónica tuvo que apoyarse en sus hombros para no marearse. El aliento de David en su vientre la abrasaba. Estaba perdiendo algo más que el control de sí misma. Perdía un peso que había arrastrado consigo, como un fantasma arrastra sus cadenas. Sin ese lastre se sentía capaz de todo. De todo… menos de soportar otro lametón en el vientre. Si eso ocurría, estaba segura de que se desmayaría.

Por fortuna, David prefirió subirle los pantaloncitos del pijama de nuevo. Y por mayor fortuna todavía, cuando estaban a medio subir, se paró en seco y en vez de lamerle, le dio un bocadito justo entre el ombligo y el pañal. Después se pegó a ella y le dijo lo más hermoso y divertido que un hombre le había dicho en toda su vida:

-Te amo,

peque.

BDSMK: Una pequeña recomendación (o dos)

Hoy seré breve y muy práctico: Bdsmk.

Para los que estéis por el centro de España, sobre todo Madrid, que sepáis que existe una asociación -BDSMK- que se dedica a informar y apoyar a las personas que tenemos determinados gustos sexuales y/o que abogamos por relaciones poco convencionales. Ya sabéis por donde voy, ¿no?

BDSMK

Foto de A. Krivitsky en Pexels

No conozco a nadie personalmente en ella, pero he oído hablar muy bien de sus actividades. Se mueven bastante por Fetlife, creo.

Así que os dejo el link por si os apetece echar un vistazo y nos vemos en unos pocos días con más artículos, curiosidades e historias ABDL 😉

¡Disfrutad del finde, cochinotes!

Stephan

PD: Actualizo unos meses después -enero 2023- para comentaros que BDSMK no es la única asociación que se dedica a esto, ni mucho menos. Recientemente he descubierto alguna otra que seguramente os pueda interesar. Sí, vale: también está en Madrid, qué le vamos a hacer. Para los que no vivan en Ciudad Capital seguramente habrá otras y en cuanto me entere de alguna, las iré añadiendo a este post.

Se trata de la asociación MzMRainbow cuya página web podéis visitar a través del link.

Tienen un local disponible para los que queráis probar a hacer una sesión o lo que sea y una serie de tarifas que podéis consultar en la página web. Y, por supuesto, tratándose de una asociación dedicada al BDSM también tienen normas, claro. Siempre es bueno que echéis un vistazo a las normas antes de mover ficha en ningún sentido, que luego vienen los malentendidos.

Hace poco, creo, organizaron una fiesta o taller de crossdressing que para los que os mole ese rollito, tiene pinta de haber estado muy chulo.

Así que nada, de momento tenemos 2 asociaciones en Madrid: BDSMK y MzMRAINBOW. No sé si son muchas o pocas, pero el caso es que ahí están. Si sentís curiosidad o tenéis alguna necesidad concreta, quizá puedan ayudaros…

Sí, exactamente: como el Equipo A XD

Un abrazo a todos.

Stephan