Autor: Nenito82

Un nenito como cualquier otro: cariñoso, travieso...y meoncete ;)

LA FIGURA DE AUTORIDAD (FAI)

En cuanto uno se mueve un poco por foros fetichistas (nosotros, en historias abdl nos movemos), o páginas tipo ALT, Fetlife y demás, se encuentra fácilmente con los típicos post de contacto del tipo “bebé busca mami…”,bebita busca papi…”, «reconozco que me gusta usar pañales» y este tipo de hilos que surgen así como quien no quiere la cosa incluso fuera de esas páginas especializadas. Supongo que es normal; todos queremos encontrar nuestra media naranja, y si puede compartir nuestros gustos más íntimos, mejor.

Pero no es de esto de lo que hoy quería hablaros en Historias abdl, aunque tiene cierta relación con ello. Quería tratar una figura que me parece muy importante y que es fundamental en el universo ABDL, especialmente para los más AB. Esta figura es la que yo llamo “FAI” (Figura de Autoridad Incontestable).

Está claro que cuando uno siente la necesidad de compartir sus fantasías con otra persona las cualidades -físicas o no- que buscamos en esa persona son lo más importante. ¿Cómo nos gustaría que fuera nuestra pareja/ligue/rollo/amigo con derecho a roce? Y, teniendo en cuenta esas preferencias, ¿cómo casarían con la realidad? Nadie es perfecto. Es decir, ¿a qué estamos dispuestos a renunciar o a transigir para conseguir esa intimidad especial o -mejor dicho- qué cualidades son más importantes para nosotros y cuáles no tanto?

«¡Eh, tú, terremoto!¡Estate quieto!» Etc.

Creo que todos estaríamos de acuerdo en reconocer que casi todos los ABDL asumimos una posición o rol de sumisión respecto a la persona con la que queremos compartir nuestras fantasías, aunque sería interesante discutir otro día si una mami o papi que disfruten del juego son también ABDL’s. En ese sentido, para los DL quizá esa figura de autoridad de la que hablo sea, en esencia, una mistress o un master al que le gusten determinadas prácticas englobadas en el BDSM (ya hablamos de la relación entre el ABDL y el BDSM aquí). Por supuesto, para los AB no funciona así; tiene otras connotaciones. Personalmente yo uso el término “FAI”, más sencillo y muy explícito, para englobar todos los que de sobra conocemos (“papi”, “mami”, “ama”, “amo”, “seño”, etc…).

Para las personas AB, curiosamente, se suele repetir una preferencia que siempre me han llamado la atención y es la “obligatoriedad” de que sus FAI casen con sus preferencias sexuales, incluso si sus fantasías AB no tienen un componente sexual.

Esta tendencia se repite constantemente en los AB más puros o los menos interesados en el aspecto sexual del kink y siempre me ha parecido que choca frontalmente con el planteamiento de muchos AB. Quiero decir que no lo entiendo muy bien, ojo, no que me parezca mal ni mucho menos. ¿Por qué esa tendencia a buscar una figura de autoridad que, en términos de género y orientación sexual sea compatible, cuando no tendría por qué serlo, al no haber un trasfondo sexual?

En teoría, los AB puros no se excitan con el juego ABDL, pero rara vez buscan o escogen figuras de autoridad de su mismo sexo -si son heterosexuales- o del otro -si son homosexuales-. Yo, en 20 años, nunca he conocido un caso de pareja -a falta de mejor denominación- ABDL y FAI cuyas opciones sexuales no sean compatibles. ¿Será que, en el fondo, sí que hay algún tipo de interés sexual subyacente incluso en los AB puros?

Personalmente, yo creo que sí, y que, de algún modo, nuestra fantasía siempre tiene un componente sexual innegable, pero sobre esto ha habido y hay opiniones de todo tipo. Algunos ABDL lo explican en el sentido de que aunque ellos no sexualizan la actividad ABDL, ven perfectamente compatible el tener una relación íntima con su FAI fuera de esa zona ABDL. Es decir: una cosa es la relación que se desarrolla más allá de la fantasía, o fuera de sus límites, y otra cosa es lo que pasa dentro de ellos, en donde no hay ningún interés sexual directo e, incluso, la sexualidad debe quedar fuera. Es un tema, como digo, muy habitual, y no tenéis más que pasaros por Tumblr o por cualquier página fetichista para leer mil y una opiniones.

Comoquiera que sea, la figura de la FAI es absolutamente clave para los ABDL. Todos elaboramos un arquetipo de FAI y fantaseamos o hemos fantaseado con él: no tanto desde el punto de vista físico como de la interacción. Incluso diría que en este rollo nuestro el aspecto físico es menos importante que en otros, o que en la sexualidad estándar. Esa es mi sensación, al menos.

Creo que ese aspecto físico de la FAI es algo secundario y suelen importarnos más cuestiones como, por ejemplo:

  • ¿Cuál es su carácter? ¿Debe ser cariñosa, severa, permisiva, indulgente…?
  • ¿Cómo nos gustaría que nos trate? ¿De manera firme? ¿Ausente? ¿Exagerada? ¿”Realista”?
  • Creo que todos estaríamos de acuerdo en que la FAI ideal -la mía y la de todos los ABDL- siempre debería cambiar pañales. Siempre, siempre y siempre 😉
  • ¿Qué actitud debe mostrar ante una travesura, una rabieta o una situación similar? ¿Debe imponer disciplina? ¿Cómo? ¿O debe ser dialogante?
  • ¿Cómo nos gustaría que reaccionara cuando estamos mojados y/o sucios? ¿Debe reñirnos? ¿O, por el contrario, debe mostrarse comprensiva? ¿O depende de la situación?
  • ¿Debe castigarnos? ¿Corregirnos? ¿Mostrarse paciente? ¿O más bien implacable?
  • En caso de que nos guste la idea del castigo, ¿qué castigos serían adecuados? ¿O debe ser la FAI quien los escoja (siempre, por supuesto, con la comunicación adecuada y pleno consentimiento)?
  • ¿Qué actividades nos gustaría hacer con ella? ¿El baño? ¿El cuento? ¿La siesta? ¿La comida? ¿El juego?

¿Y vosotros? ¿Cuál es vuestra FAI ideal?

Chao, traviesillos…

Stephan

PD: En cualquier caso, mi seño es la más guapa del mundo. Que lo sepáis.

Historias ABDL: «Cacaciones»

Antes de nada y como siempre, las normas de Historias ABDL.

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-Bueno, Martín. Y tú, ¿dónde te vas este año? ¿A la playa? ¿A la montaña?

Martín se quedó embobado, mirando cómo María daba vueltas al palito del café. ¿Dónde voy a ir?, pensó. Con Mami. Y notó una súbita tensión en el perineo, como un dulce pinchazo. Luego se acercó a la máquina, seleccionó “con leche”, “azúcar max” e introdujo una moneda en la ranura.

-Pues ya veré – dijo Martín-. Supongo que me iré a Marbella, que hay más ambiente.

-Ambiente, ambiente… Tú vas a lo que vas, ¿no, soltero de oro?

Después de casi veinte años trabajando juntos, María tenía derecho a tomarse ciertas libertades con Martín, el consejero delegado. Había entre ellos una gran confianza. Confianza que, en algunas épocas, a Martín le hubiera gustado convertir en algo más, pero María se había casado a los veintinueve con un tipo de esos que salían en las revistas de economía prediciendo crisis y más crisis.

-Joder, ¡pues claro! ¿A qué va uno a Marbella, si no? ¿De retiro espiritual? -Martín soltó una carcajada fanfarrona.

-Ah, no sé… dímelo tú.

¿Pasarse quince días en calcetines, onesies y pijamas con personajes de dibujos animados podía considerarse retiro espiritual? ¿Y jugar en una cerca de bebé tamaño adulto? ¿Y hacérselo todo encima? María no tenía ni idea de la verdad. Ella no sabía nada, ni podía saberlo. Ni lo sabría nunca ya.

Martín hizo un gesto ambiguo; lo mismo podía significar sexo o cualquier otra cosa. Sonrió.

-¿Y qué quieres que te diga?

-No sé, estos últimos años te pasas días sin responder al wasap ni coges el móvil de la empresa. Para ser un directivo, me parece desconectar demasiado.

¡Qué va! Lo que María no sabía es que los niños buenos -y Martín intentaba ser bueno, lo intentaba de verdad- no usan el móvil, porque es de mayores. Por eso nunca deben tocar el móvil de Mami, ni jugar con él, ni tampoco con ningún otro. Una vez, Martín se había hecho unas fotos vestido como más le gustaba, recién cambiado y con el pañal limpio, pero a Mami le había parecido una travesura imperdonable y le había propinado tal zurra que Martín había perdido la cuenta de los palmetazos a los ciento veinte. Justo los que había aguantado antes de echarse a berrear sobre las rodillas de Mami como si no hubiera un mañana. O, en palabras de Mami: “como el cochino y desobediente que eres”.

-Es la política que yo mismo he implantado en la empresa -dijo Martín-. Estaría bueno que no la respetase.

Según Mami, eso de que era consejero delegado de una gran empresa eran puras fantasías, alimentadas por un exceso de televisión y videojuegos, que ella le tenía estrictamente prohibidos. Mami no se cansaba de repetirlo. ¿Qué era entonces? Un niño malcriado, travieso y desobediente, que tenía que aprender modales, fuera como fuese. Solo así podría ser algo en la vida.

Eso de ser algo en la vida a Martín siempre le había sonado muy enigmático. Hasta que, con treinta y cinco años, poco después de ser nombrado consejero, volvió a mojar la cama, como cuando era pequeño. Una noche tras otra, se levantaba en medio de cercos fríos y amarillentos, cuyo olor agrio le traía de vuelta recuerdos nada agradables de su niñez.  Y así, a los treinta y cinco, supo de veras lo que sería y era en la vida: un meón. Mami siempre decía que mucha gente tardaba una eternidad en descubrirlo, y que Martín tenía suerte de haberlo hecho en la treintena.

-Ya, hombre, pero no sé…- María dio otro sorbo al café-. Antes te ponías tan exigente con lo de la disponibilidad, que… ¡menudo cambio!

¿Disponibilidad? Martín lo sabía todo sobre disponibilidad. Cuando Mami le decía que tocaba chequear el pañal, apenas tenía unos segundos para acercarse, estuviera donde estuviese, abrir un poquito las piernas y permitir que Mami le palpara entre ellas. A la hora de comer, más le valía estar en la sillita cuando Mami trajera la papilla si no quería, también en palabras de Mami, “comer caliente”. Cuando se le escapaba algún taco (cosa que ocurría a menudo, por cierto), tenía que acompañar al baño a Mami, en donde ella le lavaba la boca con jabón, y luego lo llevaba de la oreja hasta el rincón de pensar. Y, si Mami decía que había que cambiar el pañal, daba igual lo que estuviera haciendo: cuentos, cubos, cochecitos, peluches, siesta… ¡Daba igual! Tenía que ir a por las toallitas al baño, tumbarse sobre la manta y cuando Mami se inclinara hacia él, acercarle las toallitas, darle un beso y decir siempre la misma frase: “Gracias por limpiar mi culito cochino, Mami”. O eso, o no había pañal limpio. Y volar de Barcelona a Sidney con el culo escocido por haber estado dos días enteros con el mismo pañal, era algo que Martín no quería volver a experimentar. Ni la horrible vergüenza de tener que ponerse cremita a escondidas, en el baño del avión, mientras el espejo le devolvía la imagen de lo que, si Mami hubiera estado allí, habría descrito como “melocotón con crema”.

-Los tiempos cambian. Ya no soy ese joven con ideales que entraba en la empresa a comerse el mundo, ¿no?

María negó con la cabeza y se rio. Martín adoraba esa risa. Dios, cómo la adoraba.

-Mira que eres tonto, de verdad. Ni que tuvieras ochenta palos.

¿Palos? Sí. Además de los de golf, tenía otros. Mami usaba todos para lo mismo y hasta les había puesto nombres. Los de cada una de las mujeres que Martín no había sido capaz de conservar. La paleta de caoba -los ricos son ricos- con la que había recibido alguna de las azotainas más contundentes, se llamaba “María”, de hecho. También estaban “Nerea” (aunque Martín opinaba que no era un buen nombre para un bastón), “Marta” (que estaba adornado con la cola de una marta de las de verdad) y “Núria” (que más que palo era una fusta en toda regla y, además, de color rosa).  Sí. Martín tenía palos para dar y -sobre todo- recibir.

«O eso, o no había pañal limpio»

-No, mujer, pero no somos jovencitos, hay que ir pensando en dar ejemplo.

Qué mentiroso. Pues claro que era un jovencito. Mami le tenía prohibido mentir y si se enteraba de una mentira tan grande, el castigo iba a ser sonado. Sentido. Martín se la imaginó entrando en el comedor de la empresa justo en ese mismo momento y se estremeció. Mami era perfectamente capaz de castigarle en público. Una vez lo había hecho, en la playa; menos mal que a las nueve de la mañana no suele haber mucha gente todavía y la tenían toda para ellos. Es lo que tiene. Mami te pregunta si has metido en tu mochila la crema solar, tú se lo prometes y luego resulta que no está ahí. Entonces, Mami se enfada mucho y te dice: “Prepara el culo ahora mismo. Y ven, que te quito el dodotis”.

-Bueno, yo creo que estamos en nuestro mejor momento -dijo María.

Martín se dio cuenta de que les quedaba poco café y sintió una asfixiante congoja al saber que no volvería a ver a María en los siguientes quince días de vacaciones. Menos mal que Mami le había dicho que los hombres no lloran y estaba acostumbrado a aguantar, porque de lo contrario, se habría puesto de rodillas y le habría suplicado a María que se viniera con él. Deseaba más que nada en el mundo estar con ella. A menudo pensaba en María cuando se masturbaba por las noches en su gigantesco apartamento de Pedralbes, en el que solo entraban él, las chicas de la limpieza y Mami.

-¡Brindo por este buen momento!

-¡Por el buen momento! -dijo Martín, alzando el vaso.

Tenía prohibido también tomar café. El café es una bebida de mayores. Los niños beben zumo, leche, agua y poco más. Si beben cualquier otra cosa, es muy importante que sus Mamis lo sepan cuanto antes, para que puedan darles la medicina. Y Mami le daba a Martín una medicina que, a los diez minutos de entrar, obligaba a todo lo demás a salir. No se podía decir que por la puerta grande, pero desde luego salía a chorro. Martín no era quién a aguantarse ni unos segundos cuando llegaba la “cacarata” como Mami la llamaba. Dejaba sus juguetes, se levantaba de un salto, pero ya llegaba a la puerta del baño -siempre cerrada- con el pañal completamente lleno. Los ruiditos que iba haciendo por el pasillo le daban más vergüenza que ninguna otra cosa, porque a Mami, a veces, le hacían gracia. A Martín, no tanta. Sobre todo cuando, al volver a la alfombra y sentarse -rojo de vergüenza y sintiéndose fracasado- se le salía algún chorrito y acababa manchándola de caca. A Mami no le gustaba nada eso, por lo que Martín escondía las manchas poniéndoles encima los cubos o los peluches. Luego, solo quedaba esperar que Mami no se diera cuenta del truco. Porque si se daba… ¡Huy, si se daba!

-Buenas vacaciones, Martín. Nos vemos.

Se dieron dos cordiales besos. Lo habitual. Martín vio venir la boca de María hacia la suya como un condenado que, de camino al infierno, ve pasar un ángel y no se atreve a pedir ayuda.

-Igualmente, María. Pásalo bien.

-¡Vacaciones!- volvió a decir ella. El resto de los compañeros, que se reunían en torno a las diferentes mesas del comedor, contestaron con la misma palabra.

¿Vacaciones? No, Martín no tenía vacaciones. Nunca volvería a tenerlas. Mami, que era toda una experta en inventarse palabras, les había puesto un nombre mucho más acorde con lo que Martín hacía en ellas. Con lo que llevaba haciendo los últimos doce años. Desde la boda de María.

Cacaciones -dijo en voz baja.

Menos mal que mami era muy severa, pero también muy previsora. Y no le dejaba salir de casa sin la jaulita de castidad puesta, porque los niños buenos tampoco tienen erecciones. Eso sí que es de mayores. Y Martín no era mayor, ni consejero de un gigante tecnológico, ni un hombre rico, fuerte, respetado, de cuarenta y dos años, con dos casas, un apartamento, dos coches y una cuenta bancaria en la que no cabía un euro más.

Era un meón, que debía ser corregido para hacer de él alguien de provecho.

Un meón a punto de irse de cacaciones. Con Mami.

Test de preguntas ABDL (I)

No sé dónde encontré la primera versión o la más antigua de este test, pero la tenía por ahí y como los test son siempre divertidos, he pensado que la podía compartir con vosotros. El original estaba en inglés y más o menos lo he traducido sobre la marcha. Son unas 40 en total, así que hoy pondré solo las 20 primeras en historias abdl.

¡Al lío!

1) ¿Cuándo descubriste que te atraía todo esto del abdl? Desde que tengo uso de razón me gustan los pañales (sobre todo), chupetes y demás. Siempre. Cinco o seis años, puede que antes.

2) ¿Tela o desechables? Me gustan todos, pero tengo una ligera preferencia por los desechables. La razón es que de pequeño usé los de tela con braguitas de plástico pero los desechables eran como más chulos y modernos. ¿blancos, de otro color o con muñequitos? Aquí soy un poco escogidito. Los que más me gustan son los de muñequitos, pero no todos (por ejemplo, los Rearz los he probado y no me gustan mucho). Tampoco me gustan los pañales de colores, prefiero para eso los blancos de toda la vida (los clásicos no decepcionan).

3) ¿Escribes o lees historias abdl? Sí, claro 😉

4) ¿A quién le has contado que eres ABDL? A mis 3 mejores amigos y a una amiga, que luego fue mi novia y ahora es mi mujer.

5) ¿Has tenido parejas abdl? No.

6) ¿Qué es lo que más te gusta del abdl? La sensación de plenitud y de relajación que me proporciona.

Y que estoy bastante mono

7) ¿Y lo que menos? Que se nos trate a los abdl como si fuéramos enfermos mentales.  

8) ¿N1, N2, ambas? N1, básicamente. El N2 está bien sobre el papel; mola mucho los primeros 30 segundos, pero luego es un rollo.

9) ¿Has intentado «dejarlo» o has buscado ayuda para dejar de ser abdl? Nunca. Me encanta. No quiero dejar de serlo.

10) ¿Más ab o más dl? Depende del día. Suelo tender más al dl pero con un muy alto porcentaje de AB. Digamos 60-40%. Pero también hay días -pocos- que solo me apetece estar en modo AB, sin que haya contexto ni intención sexual alguna.

11) ¿Mimos o castigos? Las dos cosas, por favor, y en cantidades industriales.

12) ¿Qué juguetes tienes o usas con más frecuencia? No tengo muchos: algún peluchito bastante grande y poco más. Pero me encanta coger cualquier objeto que encuentre por casa y utilizarlo como si fuera un juguete (el soporte para el móvil es una nave espacial, el mando a distancia es un sable de luz, la caja de cartón es un baúl mágico para guardar tesoros, etc).

13) ¿»Regresas»? En caso afirmativo, ¿hasta qué punto? Sí, en una escala de 1 a 10 donde 10 es la regresión total, diría que un 3-4, pero mantengo el control siempre y en todo caso mi regresión consiste en flashes mentales o momentos de desconexión muy breves aunque extraordinariamente agradables.

14) ¿Cómo te ves a ti mismo cuando regresas? Pues tengo unos 3-4 años pero aún uso pañales (y soy muy listo y muy guapo y tal y tal… :P). Digamos que esa es mi edad de «little», en términos BDSM.

15) ¿Mojaste la cama? Sí, hasta los 7 años, más o menos. ¿Usabas pañales? Sí. De tela, con braguitas de plástico.

16) ¿Qué mimos te gustan más? Que me acaricien la cabeza o las mejillas, las pedorretas, las cosquillas en la cama…

17) ¿Qué castigos te “gustan” más? Azotes en el culete. Siempre.

18) ¿Qué objetos abdl -que no sean los pañales- te gustan más? Chupetes, onesies, toallitas, cremita para el culete, pijamitas (sobre todo si se nota el pañal debajo)…

19) ¿Tendrías una pareja o relación estable SIN ninguna interacción abdl? Aclaración: esa persona te gusta muchísimo, es genial en todo lo demás PERO no quiere saber nada del abdl porque le da asco-grima-yuyu-bajona. Sí, creo que no supondría un problema grave para mí. Evidentemente no sería «lo perfecto» pero a menudo lo perfecto es enemigo de lo bueno, que decía Voltaire. De todas formas, aunque a ella no le gustara, no me privaría de usar pañales en privado, onesie o lo que sea, cuando ella no estuviera en casa, etc. A eso nunca renunciaría ni consideraría aceptable que ella me lo quisiera prohibir o restringir. Puede, por supuesto, elegir no involucrarse, pero no pedirme que me niegue a mí mismo.

20) ¿Tienes un osito, peluche o muñequito de apego? (Respuesta actualizada a enero de 2024) ¡Sí! Me compré un osito no muy grande hará cosa de un año. Y me mola mazo ^^. También tengo algún que otro peluchito pequeño (un pulpo), regalo de mi pareja.

CUATRO POSIBLES RAZONES POR LAS QUE SOY ABDL

Si algo nos une a todos los ABDL del mundo es la necesidad de hacernos preguntas sobre el origen de nuestros gustos (esas sí que son historias abdl recurrentes). En mayor o menor medida, es algo que nos intriga: ¿Por qué yo y no otra persona? ¿Hay alguna forma de saberlo? ¿Existe una predisposición genética? ¿Es mera casualidad?

La verdad: no tengo ni idea.

En internet, al menos hace 20 años, las escasas teorías con las que uno se encontraba giraban en torno a lugares comunes de la psicología: traumas infantiles y demás. Todo muy de andar por casa, como os imaginaréis (“Si te gusta ponerte pañales, es que te maltrataron de niño y tal y cual…”). Si ya me sonaba bastante burdo, imaginaos a medida que iba conociendo más gente en internet -y en persona-, hablando con ellos de este tema y dándome cuenta de que no había absolutamente ningún patrón común. Que cada uno éramos de nuestra padre y madre, vaya. Es más: nadie refería nada relativo a traumas infantiles ni similares. La inmensa mayoría de estas personas habían tenido infancias normales, felices, padres afectuosos y demás.

En otras palabras: los fans de Bergman se podían ir a pastar. Nada de maltratos ni brutalidades físicas ni psicológicas. Que no. Y se acabó.

La escena de “¡muere, maldito!” me ponía los pelos de punta de joven

Hay muy pocos estudios científicos sobre el ABDL. No me preguntéis la razón, a lo mejor tiene que ver mucho con la cuestión de la que hablábamos en esta entrada previa, pero en donde no se adentran los expertos, los aficionados -o, simplemente, practicantes- digo yo que tenemos carta blanca, ¿no?

Así que aquí van, sin ningún orden particular, CUATRO HECHOS o razones, si queréis, que podrían haber influido para que me convirtiera en ABDL:

ENURESIS NOCTURNA

Sí, vale: un nombre muy enrevesado para definir algo tan sencillo como el “mearse en la cama” de toda la vida. Yo estuve dentro del 15/20% de niños a los que les pasa. Como consecuencia de ello, usé pañales por la noche hasta poco después de cumplir 7 años. Si me gustaba o no me gustaba usarlos, es difícil de decir. Retrospectivamente, lo único que podría decir es que no me disgustaba. O que no me disgustaba tanto como se supone que debería disgustarme, vaya. Ya hablaremos más de eso.

Este factor no se repetía tanto como cabría suponer en otros ABDL. Por mis propios datos -no es que tenga un Excel, vaya- y a ojo de buen cubero, solo entre un cuarto y un tercio de los ABDL habían mojado la cama y usado pañales (o no) por ello.

DESAPEGO

La verdad es que el título/tag no es muy bueno, pero no se me ocurre otro. Me refiero a si los ABDL hemos tenido un cierto problema de distanciamiento o desafección respecto a nuestros padres y parientes más cercanos. Cuidado: no hablo aquí de maltrato, ni mucho menos. Hablo de conflictos o carencias afectivas no resueltas. Sentimientos de soledad, incomprensión o decepción relacionados con otras personas habitualmente convivientes durante la infancia.

En mi caso, con toda seguridad hay un componente de este tipo, aunque no sé hasta qué punto intervendría en la fórmula. Muchos de mis amigos o conocidos ABDL mencionaban sentimientos parecidos, pero ninguno los veía tan importantes en la gestación del fetiche.

FANTASÍA

Fui un niño, un adolescente y un joven con una fantasía desbordante, en algunos casos rozando lo enfermizo -no digo patológico de milagro-. Este factor contribuía a generarme imágenes, contextos y referencias muy intensas en mi día a día, incluido lo relativo a historias ABDL. Digamos que mi rico mundo interior trataba de compensar el aburrido y pacato mundo exterior. Esa fantasía, por supuesto, me sigue acompañando en la vida adulta, aunque ya no es siempre para bien, como me ocurría antes. Qué le vamos a hacer.

Y me gustaban las banderas

Aquí, aunque parezca extraño, sí que coincidía bastante con otros ABDL. A menudo teníamos gustos o aficiones parecidas o vinculadas, especialmente con aquellos que tenían un lado AB más pronunciado.

TEMPERAMENTO MELANCÓLICO

¡Ja! Primero me meto con los “fans” de los traumas infantiles y ahora voy y saco a Hipócrates XD. Esto sí que es columpiarse, ¿eh?

En fin, me refiero a ciertos tipos de carácter más tendentes a la depresión que otros, vaya. Personas particularmente sensibles, artísticas, perfeccionistas, obsesivas, con tendencia a la idealización y, por norma general, más introvertidas que extrovertidas.

Este patrón se daba con cierta frecuencia, pero no me parecía significativo, puesto que no deja de ser una especie de arquetipo psicológico de entre los muchos que hay, y además desfasado de narices. Se necesitaría un estudio más profundo para valorar estos patrones, además de unos conocimientos que yo no tengo.

Y esto es todo. ¿Cuáles son vuestras 4 razones?

Nos vemos, meoncetes.

Stephan

My Inner Baby

Hoy el post va a ser corto. Muy corto.

Para los que entendáis bien el inglés, os invito a seguir la legítima lucha de una tienda ABDL contra las autoridades locales correspondientes en una ciudad de Indiana (EEUU).

Al parecer, las autoridades han ordenado el cierre de la tienda ABDL en cuestión, que tiene un local a pie de calle, por considerarlo un sex shop. Esto está causando graves trastornos a los dueños, además de pérdidas económicas significativas.

Con el máximo respeto a las autoridades de la ciudad norteamericana en cuestión, compartimos la opinión y los argumentos de Ryan Polokoff, el dueño de la tienda.

No os doy la brasa más. Os dejo algunos links donde podéis leer más si os interesa.

Desde este humilde y anónimo blog deseamos mucha suerte a My Inner Baby.

Nos vemos

Stephan

LINKS

https://myinnerbaby.com/

https://eu.indystar.com/story/news/local/hamilton-county/noblesville/2022/07/21/inner-baby-noblesville-sells-diapers-for-adults-is-it-a-sex-shop/65375934007/

https://linktr.ee/myinnerbaby

Actualizo a enero de 2024: Creo que los dueños de la tienda perdieron el caso, pero siguen en los tribunales. Al parecer, según tengo oído, también vendían juguetes sexuales, lo que llevó al juez a concluir que sí era un sex shop. En cualquier caso, de este detalle me enteré hace poco. Y… ¡caray! La cosa cambia mucho, ¿no creéis?

Historias ABDL: «Junto a la chimenea»

Primero, como siempre, las reglas

-¿Cuánto hacía que no nos veíamos, tía?

-No sé, desde antes de mi boda, creo.

-Menos mal que hemos recuperado el contacto. Pensaba que te habías ido al extranjero.

Ángela le sirvió a Lourdes otra copa. Después de tanto tiempo, las dos hubieran querido remojarlo, pero remojarlo de verdad. Salir de fiesta y todo eso, como habían hecho tantas veces en la universidad. Por desgracia, no podía ser.

-Nada. Al final nos quedamos. El nene no quería irse a los Estados Unidos y yo no estaba demasiado segura.

El nene -otros días era su marido Mateo, pero aquella tarde era su nenito- estaba sentado en la alfombra, jugando con unas piezas de Lego, sin más ropa que la camiseta del pijama y el pañal. Habían apartado la mesa para que pudiera hacerlo a la vista de las dos. Por precaución, más que nada. Tenían que estar pendientes del nenito. Qué hacía, qué no hacía, dónde estaba… Todo eso. Era bastante traviesillo y le gustaba esconderse por la casa. Aunque Ángela luego le reñía, él nunca escarmentaba, porque adoraba jugar con ella. Sí. El nenito adoraba a Ángela; de eso no había duda.

-Mírale -dijo Lourdes-. Qué mono y qué grande está. Y el pijama de animalitos es una pasada, le queda genial.

-Sí, la verdad es que es un bombón. ¿Me da un beso mi nenito bombón? ¿Quién me da un beso?

Cuando Ángela sonrió, Mateo se desentendió de la construcción de su nave espacial y la miró fijamente. Tenían una conexión especial y no necesitaban más que un gesto o una palabra para que esa conexión se manifestara. Mateo se quitó el chupete de la boca, se levantó y se arrojó en brazos de Ángela con los ojos cerrados y una expresión de felicidad incontrolable. Ángela sintió las manos del nenito recorrer su espalda y encontrarse en su cintura. Le correspondió, mientras Mateo le comía a besos la mejilla. Tuvo que reír: no podía evitarlo. Lourdes también rio.

-Hueles a galletas -dijo Ángela en voz baja- ¿has estado cogiendo dulces a escondidas otra vez?

-Qué travieso -dijo Lourdes-. Yo a mi chico no le consiento tanto.

Mateo se colgó del cuello de Ángela y los dos acabaron tumbados en el sofá. El nenito era más que grande y, de hecho, le sacaba una cabeza a su mujer.

-A ver, dime la verdad, mi pequeñín -le dijo Ángela-. ¿Has cogido galletas a escondidas?

Lo preguntó con esa voz melodiosa que se usa para regañar cuando aún no se está de veras enfadado. Mateo abrió la boca para decir algo, pero Ángela le introdujo el chupete en ella y no le dejó contestar. Él sacudió la cabeza: “No, no, no, yo soy muy bueno”.

-¿Seguro?

Con deliberada lentitud, consciente del efecto que iba a tener su gesto, Ángela se agachó, se sacó la zapatilla del pie derecho y se dio unos golpecitos en la palma de la otra mano. Tap. Tap Tap. Mateo abrió los ojos como un búho y volvió a negar con la cabeza, más veces y más rápido.

-Huy, huy, huy… aquí alguien va a terminar con el culito muuuuy rojo -dijo Lourdes, agitando la mano arriba y abajo.

-No me mientas, ¿eh?

Mateo se enfurruñó, se cruzó de brazos y les hurtó la mirada. Ángela tuvo la seguridad de que no mentía. Lo que le pasaba, probablemente, era que no le gustaba Lourdes. No es que se llevaran mal, es que Lourdes era mucho más severa que ella y la animaba a poner firme a Mateo cuanto antes. Y Mateo la escuchaba, claro. Hablar casi no hablaba -esas eran las reglas- pero no podía evitar escucharlo todo.

-Bueno, ve a jugar. Pero no te acerques a la chimenea, que te quedarás dormido.

-A esta hora es lo normal -dijo Lourdes-. ¿Cuál es el problema?

Ángela le dio un beso a Mateo, e hizo que se sentara junto a él. Pareció que él iba a protestar, pero ella le puso un dedo en los labios y se lo impidió. Tomándole de los pies, lo recostó sobre el sofá. Cuando las rodillas de Mateo reposaron sobre los muslos de Ángela, ella desabrochó las cintas. Mateo abrió un poco las piernas y se dejó hacer. Siempre se portaba bien en el cambio de pañal.

– ¡Sequito y limpito, mi campeón del espacio! -exclamó Ángela.

Mateo no se había hecho en toda la tarde. Ángela volvió a abrocharle y tironeó de él hasta que se puso en pie.

-Nada, siempre le pasa lo mismo. Abraza al osito, se queda dormido y se levanta con el pañal a reventar. Puede tirarse seco el día entero, pero como se duerma junto a la chimenea, acabo gastando un paquete entero de toallitas para cambiarle -Ángela cogió la copa que le alargaba su amiga y le dio a Mateo una palmadita en el trasero-. ¡Venga! Tú a jugar, pero que te veamos. Y nada de chimenea, ¿eh?

Mateo recogió su enorme oso de peluche de la alfombra, lo estrujó con un brazo y con el otro señaló a las llamas del hogar, que llevaba encendido desde después de la comida. Con el frío de fuera era necesario para caldear la casa, en la que hacía bastante calor. Ese calor acaramelado de las navidades que inspira los sueños más dulces. Que acaricia sin agobiar.

-No, no, no- dijo Ángela-. Nada de chimenea. Estás sequito y limpito como un niño mayor. ¿Es que quieres ensuciarte delante de la tía Lourdes?

Al nenito, quedarse dormido junto a la chimenea le gustaba más que chupetear y mordisquear los pezones de Ángela. Ella no le quería consentir eso: Mateo debía comprender que no siempre podía salirse con la suya. Si se dormía, iba a acabar embarrado hasta las trancas. Ángela no se extrañó cuando Mateo dio un fuerte pisotón. Y otro. Y otro. Y se puso a protestar. Y a gimotear. ¡Ya estaba liada!

«Mateo recogió su enorme oso de peluche de la alfombra…«

-¿Qué te pasa? ¿No me has oído? Venga, juega con las piezas y pórtate bien.

-Este sí que es buena pieza – Lourdes hizo un gesto de advertencia-. Un día de estos deberías dejarle con una canguro y salir conmigo por ahí.

Mateo se acercó a Lourdes y se volvió a quitar el chupete. La mirada que le dedicó a la mejor amiga de su mujer lo decía todo. Luego, dijo:

-¡No, no y no!

Por toda respuesta, Lourdes dio un sorbo a la copa mientras, por el rabillo del ojo, se fijaba en la reacción de Ángela, que fue la de dejarse caer en el sofá.

-Muy bien -dijo Ángela-. ¿Sabes lo que te digo, caprichoso? Duérmete si quieres. Pero como te despiertes sucio, me voy a enfadar. A enfadar de verdad. ¿Lo entiendes? ¡Hala!

El nenito sí que estaba un poco consentido: Ángela lo reconoció e hizo una mueca cuando Mateo alzó los brazos en señal de triunfo y salió correteando hasta el hogar. Allí abrazó a Azotitos (Mateo lo llamaba así porque muchas veces jugaba a castigarlo por portarse mal), y con el chupete entre los labios se hizo un ovillo y cerró los ojos.

Ángela y Lourdes llenaron las copas hasta arriba y brindaron. Dos veces. Después del segundo trago, Ángela suspiró:

-No sé, quizá tengas razón. Me tiene cogida la medida. Es que lo veo tan guapo, tan mono, con esa ropa y esos pañalitos estampados que no me sale ser estricta con él. Es… no sé cómo decirlo. Me lo como. Es lo mejor de ser esposa y lo mejor de ser madre, pero sin lo malo. Y sigue siendo una fiera en la cama.

-¿Para mojarla?

-No, boba -las dos amigas rieron-. Tú ya me entiendes.

-Sí, yo tampoco me quejo del mío, la verdad.

Charlaron durante largo rato. Se pusieron al día. Siempre habían estado muy unidas, pero desde que se habían casado con sus novios de la universidad habían perdido contacto. Gracias a las redes sociales se habían vuelto a localizar y habían descubierto que las dos tenían una relación muy especial con sus parejas. En el caso de Lourdes, de absoluta dominación y en el de Ángela… bueno. De devoción mutua, o algo así.

Se había formado entre ellos, en efecto, un vínculo especial, a base de cocinar sus vidas al fuego lenta y amorosamente. Los jueguecitos con pañales, chupetes y demás empezaron como una broma: una de estas tonterías que se ven en una página de internet y que se prueban más para hacer risas que por ganas. Luego la cosa fue escalando. Se normalizó y se infiltró en la rutina del día a día. Mateo le pedía que le pusiera pañales para dormir, o que le leyera cuentos infantiles. Ella llegaba del trabajo y necesitaba relajarse en brazos de él. Y después de unos años, ni Ángela ni Mateo querían pasar un solo día sin esas caricias y esos juegos. Las semanas pares, él se convertía en su nenito especial. Las impares, Ángela era su princesita. “Valiente, pero meona”, como decía él.

Ángela sonrió. No pudo evitarlo. No quiso evitarlo.

-¿Y eso? – preguntó Lourdes-. ¿En qué estás pensando? Te has puesto colorada.

-Nada, nada… Es solo que mañana es lunes y además cogemos vacaciones.

-¿Y? – Lourdes alzó las cejas-. ¡Ah, ya! Cambio de tercio, ja, ja. No sé cómo puede gustarte, tía.

-Es genial. De algún modo siento que estamos más unidos que nunca. Es… no sé. Mágico. Él no ha hecho ni hace esto con nadie más. Es una prueba de que confía en mí ciegamente. Y eso me toca el corazón. Joder, qué cursi… pero no sé explicarlo de otra manera.

Lourdes levantó los ojos hacia el cielo, como si lamentara algo. Ángela se sorprendió.

-¿Qué ocurre?

-¿Qué pasa? ¿No lo hueles?

¡Era de esperar! Ángela miró a Mateo, que dormía a pierna suelta, de espaldas y abrazado a Azotitos.  La parte trasera de su pañal estaba invadida por una mancha oscura que amenazaba con desbordarse. Y entonces lo olió. Vaya si lo olió. ¡Como para no olerlo!

-¡Mateo! ¡Guarro! ¡Despierta ya!

Pero el nenito estaba profundamente dormido y lo único que hizo fue darse la vuelta, ponerse el osito de almohada y seguir durmiendo. Lourdes contuvo la risa y cabeceó, para indicar a su amiga que lo tenía que haber previsto. Ángela se llevó las manos a la cabeza.

-¡Tú misma, tía!

-Pues sí. Yo misma. Y ahora mismo.

No le gustaba. Y a Mateo tampoco le iba a gustar. Pero había cosas que tenía que hacer por él. Saberle cuidar y saberle castigar era exactamente lo mismo. Ángela rara vez tenía que ponerle límites o reivindicar su autoridad de la forma que Lourdes le aconsejaba siempre: Mateo no era un nenito rebelde, sino cariñoso y soñador. Pero tocaba hacerlo.

En fin, cuanto antes mejor, pensó Ángela. Se sacó la zapatilla, esta vez con muchas menos ganas de broma y se encaminó al hogar. Fue entonces cuando ese vínculo íntimo volvió a manifestarse y Mateo abrió los ojos para verla de pie junto a él, con una mano en jarras, la otra empuñando la zapatilla y la mirada amenazante. Para quien mira desde el suelo y en pañales, todas las miradas lo son o pueden serlo.

Mateo levantó los brazos, suplicando un aúpa. Aún seguía medio dormido. Ángela chasqueó la lengua.

-Lo siento, mi amor. Mami te avisó.

Casi por azar Mateo se llevó la mano al culete y manoseó el pañal. El crujido sordo del plástico y el ruido de succión no dejaban lugar a dudas. Se había hecho cacota dormido. ¿Y entre las piernas? Igual o peor. El pañal ya no era blanco sino entre amarillo y marrón, y los animalitos estampados parecían mucho más tristones, anegados en pipí como estaban.

-Yo… Yo…-fue lo único que Mateo pudo decir al levantarse.

Ángela lo agarró de la mano, dio un tirón para atraerlo y con el primer zapatillazo -¡¡PLAAAS!!- Mateo puso los ojos en blanco. Intentó escapar, pero ya no podía. El segundo azote casi lo levantó del suelo: la cosa iba muy en serio. Quiso correr para apartarse del tercer mordisco pero la zapatilla de Ángela tenía hambre aquella noche. Hambre de culitos traviesos, como el de Mateo.

-¡Toma!¡Toma y toma! Así aprenderás a no hacer cochinadas delante de tía Lourdes. Mami te había avisado, ¿no? ¡Pues toma! ¡Toma! ¡Por desobediente!

Normalmente Ángela no recurría a esos métodos, pero estaba dispuesta a hacer una excepción. E hizo treinta excepciones como treinta soles, que fueron estampándose contra el trasero de su marido una detrás de otra. ¡ZAS! Mateo daba un indefenso saltito. ¡ZAS! Mateo sollozaba. ¡ZAS! Mateo decía: “¡No!” (pero sí). ¡ZAS! Mateo la llamaba “mala”. ¡ZAS! ¡ZAS!¡ZAS!

-¡Y esta por hacer la escena para que te dejara dormir! ¡Y esta por llamarme mala!

Cuando Ángela paró de zurrarle, Mateo lagrimeaba y se frotaba los ojos y el culete sucio: uno con cada mano. Con la vista en la alfombra llena de juguetes dio unos pasitos cortos hacia ella y sin atreverse a mirarla le tomó la mano desarmada. Ángela pensó que seguía estando muy guapo, aunque oliera a lo que olía, claro. El muy cochino. 

-Lo siento -murmuró Mateo-. Perdón. Perdón.

Y se echó a llorar otra vez, mucho más fuerte que con los zapatillazos. Ángela lo atrajo hacia sí, pero no para castigarle más sino para reconfortarle. Sin embargo, el temblor acompasado del cuerpo de su marido no se detenía por mucho que ella lo abrazase, le acariciase el pelo y le susurrara al oído que era su nenito, que lo amaba y que lo había hecho por su bien. Se sentía al mismo tiempo culpable y… ¿cómo decirlo? Extrañamente satisfecha. Incluso reconocía que se había puesto un poco cachonda. De no haber estado Lourdes en el sofá, además de las toallitas habrían necesitado condones.

Besó a Mateo. Lourdes, desde el sofá, aplaudía.

-¡Bravo! ¡Bravo! ¡Eso es marcar límites, tía!

Ángela buscó con la mirada el rostro de Mateo. Lo levantó entre sus manos. Tenía los ojos irritados, pero brillantes como canicas nuevas. Ángela sacó un pañuelo y le limpió los mocos.

-Te perdono, mi amor. ¿Cómo no te voy a perdonar?

-Mami… -dijo Mateo besándola en el cuello-. Mami, yo no quería.

-Yo tampoco. Estamos en paz. Y ahora…

-¿Sí?

Ángela se separó unos milímetros porque le había notado a Mateo algo muy duro debajo del pañal y solo podía ser una cosa. Ya estaba ella lo bastante cachonda como para ponerse más, aunque hay reacciones que, como esa, no se eligen. Tragó saliva; le supo a gloria y aún tenía más sed. Así que le susurró al oído a Mateo una de esas frases que a él siempre le gustaba oír:

-Tráeme las toallitas, cochinote.

Mientras veía cómo Mateo se dirigía al cuarto de baño, Ángela sonrió. Iban a necesitar más toallitas que nunca, porque su marido no podía estar más mojado que ella.

Historias ABDL: «El supermercado»

Antes de leerla, por favor, recuerda las normas

Cuando la señorita tiró mi pañal a la basura y buscó uno limpio en el cajón, se dio cuenta de que no quedaban.

-Vaya, qué descuido. Tendremos que ir al supermercado.

Yo estaba tumbado en la cama, desnudo salvo por la camiseta. Me puse colorado.

-Pero ¿qué pasará si me hago pipí?

-No te preocupes. Tengo por aquí unas braguitas de plástico del año pasado. Te irán bien por un rato. Pero… si te haces un super pipí de campeón, no aguantarán mucho.

-Como usted diga, señorita.

Dicho y hecho. Un minuto después apareció con las braguitas y un par de toallas del armario. Las dobló para que absorbieran lo más posible, las colocó entre mis piernas y me puso las braguitas. Me estaban algo ajustadas, la verdad, pero no lucían mal. Como los pantalones me quedaban algo grandes, los improvisados pañales no se notaban apenas. Con unas converse, quedó completo mi atuendo. Me miré al espejo: podía pasar por un chico de 28 años normal y corriente.

De camino al aparcamiento la señorita y yo echamos una carrera. Ella me tomó la delantera, tal ágil y rápida como siempre (y el día que intentéis escapar de su zapatilla, sabréis que digo la verdad). Yo, detrás, hacía lo que podía: me faltó poco para estrenar los pañales del esfuerzo.

En coche, tardamos unos diez minutos en llegar al supermercado y al bajar, retomamos el juego. Pero con tanta gente como pasaba, yo tenía ventaja: se me daba bien correr con obstáculos. Y, además, la señorita era demasiado distinguida como para ponerse a correr entre la gente. De modo que llegué mucho antes que ella a la puerta del supermercado y la vi venir hacia mí con paso firme y ese bamboleo al caminar que me deja con la boca abierta. Cualquiera que la hubiera visto así, tan erguida y formal, hubiera pensado que era la mujer más seria del mundo y que la última vez que besó a alguien debió ser a su abuelita en el lecho de muerte. Pero yo sé lo dulce y cariñosa que es conmigo en privado. Lo que me mima y me cuida. No os podéis imaginar cómo la quiero.

Por fin, llegó a la puerta y le dije:

-¡He ganado! ¡He ganado! -alargué los brazos para suplicarle un abrazo- Quiero mi premio, señorita. ¡Una medalla! ¡Un juguete! Por lo menos… -conté con los dedos- ¡cinco super besitos!

-Lo siento, mi amor, pero de premios no dijimos nada.

-Jo… Es verdad -no tengo muy buena memoria, aunque, según la señorita, depende de para qué-. Pues quiero por lo menos… ¡diez besitos normales!

-Bueno. Como ganador, tengo por lo menos uno para ti -dijo ella. Me tomó la cabeza entre las manos y, como premio de consolación, me dio uno bien fuerte en la frente-. Para que luego digan tus amigos que en lo único que eres un hacha es en hacerte pis encima.

-¡Bah, qué sabrán ellos!

-Venga, vamos, que tenemos prisa.

Entramos en el supermercado y nos dirigimos al pasillo de los pañales. No sé si sería por el ejercicio, por el aire acondicionado o por alguna otra razón desconocida, pero nada más poner el pie dentro, me entraron muchas ganas de hacer pipí. Tuve que caminar con las piernas más juntas y más despacio para que no se me escapara. La señorita me lanzó una mirada inquisitiva. Se sabía mis trucos para aguantar y también que no funcionaban bien.

-Aguanta un poquito…

El supermercado estaba a rebosar. Me pareció que habíamos tardado horas cuando por fin llegamos a la zona de los pañales. Yo seguía juntando mucho las piernas, porque no quería decepcionar a la señorita. Cuando por fin encontró un paquete de nuestra marca habitual, resultó que no había de mi talla. La seño llamó a una empleada -una chica joven, muy mona, con el pelo rubio recogido en una graciosa coleta y el mono del supermercado- y le pidió un paquete. Ella se ofreció a traerlo del almacén y antes de irse me miró como si me acusara de la cochinada que yo aún no había hecho. Se fue al almacén y yo, que tenía muchísimo calor, no pude aguantarme más.

-Oh, no…¡No!

En cuanto la perdí de vista, noté el pipí fluir por entre mis piernas, humedecer las toallas y desbordarse. Agaché la cabeza, avergonzado, con la sensación de que todo el que pasaba por allí iba a levantar un dedo para señalarme y decir: “Mira: ese señorito se está haciendo pis”. Cerré los ojos y recé para no mojar los pantalones y para que las braguitas ayudaran, pero no sirvió de nada. Cuando terminé de hacerme y me fijé, sendas líneas oscuras bajaban por la pernera de mis pantalones, como pintadas con acuarela por el dios de los meones. Odio las acuarelas.

Por supuesto, la señorita se había dado cuenta.

-Vaya por dios. ¿No puedes estar seco ni veinte minutos?

-Yo… Yo… lo siento. Lo siento mucho, señorita. Se me escapó. Perdóneme.

Vencí a duras penas la tentación de chuparme el dedo.

-Anda, será mejor que te quites el pantalón. Vaya pintas que llevas.

-Pero entonces todo el mundo me verá en braguitas y sabrá que…

-Si te quitas los pantalones disimularás el pipí, al menos. Venga, no me discutas.

Si algo sé de la señorita es que no es buena idea llevarle la contraria. Obedecí. Me ayudó a quitarme las converse y después, al ver que me demoraba con los pantalones, me hizo un gesto categórico para que me apoyara en la pared y de dos fuertes tirones me los quitó; casi diría que me los arrancó. Me quedé en braguitas en medio del pasillo de los pañales. Tenía las mejillas como ascuas y un par de lagrimones se columpiaban en las comisuras de mis ojos. El aire acondicionado enfriaba los rastros delatores del interior de mis piernas.

Justo entonces llegó la chica rubia con el paquete.

-Apuesto a que se ha hecho pipí -dijo-. Los nenitos, cuanto más monos, más meoncetes. ¿A que sí? -dijo, dirigiéndose a mí- ¿A que estás mojadito?

Me sorbí los mocos y aparté la cara. No le contesté. Con aguantar el llanto tenía suficiente. Estaba claro que a mi cuerpo, por muy atlético que fuera, se le daba mal retener líquidos. Notaba cómo las toallas, empapadas, tiraban de las braguitas hacia abajo.  

«…Me quedé en braguitas en medio del pasillo de los pañales…»

-Dile algo, no seas maleducado.

-Bueno…Yo…Quiero decir… -tuve que callar para no echarme a llorar. Asentí con la cabeza. Una. Dos. Tres veces.

-Qué monada. ¿Es suyo?

-No, pero a estas alturas, prácticamente -la señorita cogió el paquete y lo puso en el carrito-. Muchas gracias.

-Vuelvan pronto. Tú también, ricura -y me tiró un beso.

La dejamos atrás y nos dirigimos a los baños. Yo apenas podía levantar la mirada. Solo veía los zapatos de la gente que venía hacia nosotros en dirección contraria. Esperaba alguna burla de un momento a otro. Un chascarrillo. Un comentario. Apreté la mano de la señorita muy fuerte y la miré de soslayo. Ella me acarició la cabeza. Sonrió. En sus ojos claros había una promesa de paz y tranquilidad: “No te preocupes, todo saldrá bien”.

Y, como la señorita nunca se equivoca, ocurrió algo increíble. Genial. En vez de reírse de mí, la gente pasaba junto a nosotros y nos hacía cumplidos.

-¡Pero qué nene más bueno!

-¿Vas con tu mami a que te cambie?

-¿Cómo te llamas, preciosidad?

Y cosas por el estilo. Nadie se burló ni se metió conmigo, aunque sí escuché chistar a la señorita un par de veces, quizá para pedir indulgencia a alguien. Lo único malo fue que también pasó un señor muy alto y guapo, y me llamó “campeón”, me dio una palmadita en el culete mojado e intercambió una mirada insinuante con la señorita. No me gustó nada esa mirada: a la señorita solo yo la miraba así. Aceleré el paso para alejarme de él cuanto antes. Casi tiraba yo de ella, en vez de al revés como suele ser habitual, (salvo cuando vamos al kiosco a comprar golosinas).

Al llegar al cambiador, nos metimos dentro y por fin estuvimos solos. Me enjugué las lágrimas, avergonzado, mientras la señorita me daba un fuerte abrazo para tranquilizarme. Yo ardía como si tuviera fiebre.

-¿Ves? – me dijo al oído-. No ha pasado nada. Todo el mundo te ha dicho lo mono que eres y lo bien que te quedan las braguitas.

Hice un puchero. El contacto físico con ella siempre tenía un efecto al mismo tiempo narcótico y excitante para mí. La señorita me dio unos cuantos besos en la mejilla y los fue contando uno tras otro.

-Uno: por ser tan mono. Dos: por ser tan obediente. Tres: por ser tan rápido. Cuatro: por subirte solo al cambiador…

Lo hice. El plástico estaba helado y me dio un escalofrío.

-Seño… Señorita… ¿Sabe una cosita?

-Dime, mi amor.

-La amo.  

Y cuando la señorita, acto seguido, me quitó las braguitas y retiró las toallas, entendió perfectamente por qué le había dicho eso. 

ABDL: ¿Nuestro y solo nuestro?

A poco que uno busque por internet o husmee la wikipedia se encuentra con algunos datos verdaderamente insólitos. Fijaos: según no sé quien, resulta que 1 de cada 1.000 personas es ABDL. Por ejemplo, si vivieras en Bilbao, que sepas que hay 400 ABDL -suficientes para montar una cojomegafiesta de las de petarlo- viviendo contigo en la misma ciudad. En Barcelona, más de 2.000 y en España (insisto, según no sé quien), haciendo una cuenta muy sencilla, resulta que habría unos 45.000 ABDL’s. ¡Medio Lugo! ¡Un tercio de Tarragona!

¿Entonces por qué cojones no hay una super mega convención de ABDL’s todos los años en IFEMA? ¡Sería la caña! Con cobertura de prensa y con los políticos apareciendo para hacerse la foto y convencernos de que ellos son ABDL de toda la vida, y que si no les votas, los del partido contrario prohibirán los pañales con estampados chulos, los onesies tamaño adulto y las palas de spanking con lemas sensuales y tal y cual…

Vale, juro no hablar más de política.

De esto sí, ¿eh?

Cuando, hace muchos años, me topé con la estadística en cuestión, que es tan antigua como apócrifa – creo- me quedé patidifuso. Éramos muchos; ¿por qué asomábamos la cabecita tan pocos? Os hablo de hace 15 o 20 años; ahora la cosa ha mejorado, pero antes de que existiera Tumblr, en la época de los foros (pasaros por este si os mola el ABDL), y los grupos de MSN, no digo que fuera tabú, pero como mínimo era muy minoritario.

Luego, cuando me fui haciendo mayor (que no viejo), comencé a preguntarme, debido a muchas razones que os iré detallando en otras entradas, si de veras hace falta “salir del armario”, y si salir es algo inequívocamente bueno para todos los ABDL. Quiero decir: está claro que queremos hablar de lo que nos gusta, practicarlo y encontrar personas que compartan nuestros gustos, ya sea por amistad, afinidad o porque queremos que nuestra pareja sea también ABDL y en Tinder, que yo sepa, no existe la etiqueta “me hago pipí” ni ninguna parecida. Que, ojo: si la estadística de antes es cierta, no entiendo por qué no :P. ¡Debería! Desde Historias ABDL lo reclamamos.

Vivimos en una sociedad en la que todo lo que hacemos está siendo evaluado, medido, juzgado y clasificado, prácticamente en tiempo real, por los grandes poderes tecnológicos y los límites entre la vida privada y la pública son cada vez más difusos. Parece que, de algún modo, se nos obliga a exhibirnos como objetos de adorno y a formar parte de un mundo virtual cuyas reglas ni establecemos ni podemos cambiar, pero que nunca nos favorecen. Incluso hay presiones para participar en él y de él, ya sabéis: “Si no estás en la app chachipeich, no te enteras de nada”, “Date de alta en instasap, no seas antiguo”, “Puedes verlo en mi perfil de Turbochof”, etc. Tener privacidad, tranquilidad, intimidad, anonimato, está pasado de moda. Si no quieres ponerte en el escaparate a posar, eres un troglodita.

En consecuencia, nunca hemos estado más sojuzgados ni sometidos al arbitrio de los demás. No de nuestros amigos, familiares o allegados, no (que tampoco me vale, pero ya hablaremos de eso). Del “público”. De “la red”. De gente que ni siquiera conocemos. Y sin embargo, parece que importa mucho lo que piensen, o nos debería importar.

En este marco, digo, ¿por qué no es preferible y enriquecedor el guardarnos nuestros gustos para nosotros y nuestras parejas/amigos/ligues/whatever? En vez de obsesionarnos por ganar visibilidad y hacer que el público entienda lo que hacemos o lo que somos -cosa que probablemente nunca haga- ¿por qué no, simple y llanamente, pasar del público? ¿Por qué no mandar a ese público a tomar por el culo, básicamente? Y, además, como decía cierto famoso escritor: ¿Quién es el público y dónde se le encuentra?

A lo mejor no es tan importante que se nos comprenda. ¿Quién nos tiene que comprender? Y, sobre todo, ¿para qué? ¿En qué iba a mejorar nuestra situación, individualmente considerados todos y cada uno de los ABDL?

A mí me gusta creer que, por ahí, pensando algo parecido, hay en este mismo momento miles y miles de kinksters cochineando, haciéndose mimos y calentándose mutuamente esos culitos traviesos (por supuesto, con erótico resultado). Yo sé que nunca me dejarán verlo, ni me enviarán fotos, ni vídeos ni nada. Y está bien. Porque resulta que la estadística de 1 entre 1000 a lo mejor es verdad, solo que nosotros somos así de discretos y nos gustan los secretitos. A ver si no por qué todas las compañías que venden historias ABDL repiten una y mil veces lo de “discreet shipping”.

¡Siempre!

¿Y quiénes podrían ser esos cientos de miles? Cualesquiera. Podrían ser conocidos míos, o mi jefe y su marido, o los simpáticos millenials que se acaban de mudar al edificio. Me gusta pensar que hay miles de personas que han construido su refugio ABDL y que son felices en él, como yo lo soy en el mío, sin necesidad de buscar aprobación, comprensión ni sensibilización (detesto esa palabra) respecto a lo que hacen o dejan de hacer.

Si hay alguna militancia que merece la pena hoy día, es la de la intimidad. Porque hay cosas en la vida que son personales de verdad.

¡Todos al Walden!

Stephan

ABDL: ¿Nuestro y solo nuestro?

A poco que uno busque por internet o husmee la wikipedia se encuentra con algunos datos verdaderamente insólitos. Por ejemplo, según no sé quien, resulta que 1 de cada 1.000 personas es ABDL. Por ejemplo, si vivieras en Bilbao, que sepas que hay 400 ABDL -suficientes para montar una cojomegafiesta de las de petarlo- viviendo contigo en la misma ciudad. En Barcelona, más de 2.000 y en España (insisto, según no sé quien), haciendo una cuenta muy sencilla, resulta que habría unos 45.000 ABDL’s. ¡Medio Lugo! ¡Un tercio de Tarragona!

¿Entonces por qué cojones no hay una super mega convención de ABDL’s todos los años en IFEMA? ¡Sería la caña! Con cobertura de prensa y con los políticos apareciendo para hacerse la foto y convencernos de que ellos son ABDL de toda la vida, y que si no les votas, los del partido contrario prohibirán los pañales con estampados chulos, los onesies tamaño adulto y las palas de spanking con lemas sensuales y tal y cual…

Vale, juro no hablar más de política.

De esto sí, ¿eh?

Cuando, hace muchos años, me topé con la estadística en cuestión, que es tan antigua como apócrifa – creo- me quedé patidifuso. Éramos muchos; ¿por qué asomábamos la cabecita tan pocos? Os hablo de hace 15 o 20 años; ahora la cosa ha mejorado, pero antes de que existiera Tumblr, en la época de los foros (pasaros por este si os mola el ABDL), y los grupos de MSN, no digo que fuera tabú, pero como mínimo era muy minoritario.

Luego, cuando me fui haciendo mayor (que no viejo), comencé a preguntarme, debido a muchas razones que os iré detallando en otras entradas, si de veras hace falta “salir del armario”, y si salir es algo inequívocamente bueno para todos los ABDL. Quiero decir: está claro que queremos hablar de lo que nos gusta, practicarlo y encontrar personas que compartan nuestros gustos, ya sea por amistad, afinidad o porque queremos que nuestra pareja sea también ABDL y en Tinder, que yo sepa, no existe la etiqueta “me hago pipí” ni ninguna parecida. Que, ojo: si la estadística de antes es cierta, no entiendo por qué no :P. ¡Debería! Desde Historias ABDL lo reclamamos.

Vivimos en una sociedad en la que todo lo que hacemos está siendo evaluado, medido, juzgado y clasificado, prácticamente en tiempo real, por los grandes poderes tecnológicos y los límites entre la vida privada y la pública son cada vez más difusos. Parece que, de algún modo, se nos obliga a exhibirnos como objetos de adorno y a formar parte de un mundo virtual cuyas reglas ni establecemos ni podemos cambiar, pero que nunca nos favorecen. Incluso hay presiones para participar en él y de él, ya sabéis: “Si no estás en la app chachipeich, no te enteras de nada”, “Date de alta en instasap, no seas antiguo”, “Puedes verlo en mi perfil de Turbochof”, etc. Tener privacidad, tranquilidad, intimidad, anonimato, está pasado de moda. Si no quieres ponerte en el escaparate a posar, eres un troglodita.

En consecuencia, nunca hemos estado más sojuzgados ni sometidos al arbitrio de los demás. No de nuestros amigos, familiares o allegados, no (que tampoco me vale, pero ya hablaremos de eso). Del “público”. De “la red”. De gente que ni siquiera conocemos. Y sin embargo, parece que importa mucho lo que piensen, o nos debería importar.

En este marco, digo, ¿por qué no es preferible y enriquecedor el guardarnos nuestros gustos para nosotros y nuestras parejas/amigos/ligues/whatever? En vez de obsesionarnos por ganar visibilidad y hacer que el público entienda lo que hacemos o lo que somos -cosa que probablemente nunca haga- ¿por qué no, simple y llanamente, pasar del público? ¿Por qué no mandar a ese público a tomar por el culo, básicamente? Y, además, como decía cierto famoso escritor: ¿Quién es el público y dónde se le encuentra?

A lo mejor no es tan importante que se nos comprenda. ¿Quién nos tiene que comprender? Y, sobre todo, ¿para qué? ¿En qué iba a mejorar nuestra situación, individualmente considerados todos y cada uno de los ABDL?

A mí me gusta creer que, por ahí, pensando algo parecido, hay en este mismo momento miles y miles de nenitos y nenitas cochineando, haciéndose mimos y calentándose mutuamente esos culitos traviesos (por supuesto, con erótico resultado). Yo sé que nunca me dejarán verlo, ni me enviarán fotos, ni vídeos ni nada. Y está bien. Porque resulta que la estadística de 1 entre 1000 a lo mejor es verdad, solo que nosotros somos así de discretos y nos gustan los secretitos. A ver si no por qué todas las compañías que venden historias ABDL repiten una y mil veces lo de “discreet shipping”.

¡Siempre!

¿Y quiénes podrían ser esos cientos de miles? Cualesquiera. Podrían ser conocidos míos, o mi jefe y su marido, o los simpáticos millenials que se acaban de mudar al edificio. Me gusta pensar que hay miles de personas que han construido su refugio ABDL y que son felices en él, como yo lo soy en el mío, sin necesidad de buscar aprobación, comprensión ni sensibilización (detesto esa palabra) respecto a lo que hacen o dejan de hacer.

Si hay alguna militancia que merece la pena hoy día, es la de la intimidad. Porque hay cosas en la vida que son personales de verdad.

¡Todos al Walden!

Stephan

¿AB o DL?

Cuando dijimos que es común referirse a estos dos fetiches tan estrechamente vinculados con un acrónimo, era por algo. ¿AB? ¿DL? ¿ABDL? ¿AB/DL? ¡Qué lío!

Aunque no es un kink sobre el que haya mucha literatura científica -al menos hasta donde yo sé- se podría decir que la inmensa mayoría de los ABDL tienen un componente AB y otro DL. Un gusto por los pañales (que esencialmente, es siempre sexual) y un gusto por las cosas relacionadas con la infancia (que no tiene por qué serlo), ya sean juguetes, ropa, peluches o, por supuesto, los omnipresentes pañales.

Es habitual que los ABDL se refieran a esta dicotomía en términos porcentuales. Los hay que se consideran mayoritariamente AB o mayoritariamente DL, los hay que mitad y mitad, y los hay 100% AB o 100% DL aunque por mi experiencia después de 20 años conociendo a gente con estos gustos, puedo afirmar que la gente que está en los extremos, AB’s o DL’s puros son los menos frecuentes. Especialmente los AB’s puros.  

Así, es habitual decir, por ejemplo: “Soy 80% AB y 20% DL”, “50% AB y 50% DL” y cualquier otro reparto de puntajes que se os ocurra. También es posible -a mí me pasa- que dependiendo del estado de ánimo y demás ese porcentaje cambie de un día para otro o de una temporada para otra. Un día uno se siente más AB y otro más DL y es habitual moverse entre ambos extremos, sin llegar a alcanzarlos.

Además, aunque en este tema es más difícil de generalizar, las prácticas AB no tienen por qué coincidir con las DL, es decir: un AB puro, o casi, no tiene por qué excitarse cuando le cambian el pañal, mientras que a un DL podría no gustarle usar un onesie, o incluso podría no gustarle que le cambien. Lo que sí es más claro es la tendencia de los DL a otro tipo de prácticas como el BDSM, el spanking, sissyfication (lo siento, no hay página en español) y otras parecidas, mientras que los AB no suelen tener esos gustos extra. A los DL, en general (1), les gustan las prácticas de humillación o dominación -digamos que están más por la parte BDSM- mientras que a los AB, normalmente, no. Y, claro está, siendo la mayor parte de los ABDL ambas cosas -AB y DL- hay niveles, combinaciones y matices infinitos.

En realidad no tiene nada de raro, si lo pensáis un poco. Hay muchos otros fetiches que están interrelacionados y, de hecho, casi no se conciben por separado. No conozco a ningún spanko al que no le gusten la humillación y el ageplay. Y a ninguno que zurre a su compañero o compañera sin un poquito de parafernalia y teatrillo. El rol es vida, chicos.

           Escena ab-so-lu-ta-men-te legendaria de «Padre de Familia»

Servidor, en circunstancias normales y durante la mayor parte del tiempo, es un 60% DL y 40% AB. Me encanta el roleplay -me encanta demasiado- y adoro los onesies, los chupetes, los pañales monos y todas esas cosas, pero no nos engañemos: en cuanto hay sexo, se me olvidan pronto 😉 Y si no lo hay, casi siempre parece como que falta algo (aunque no siempre).

Regla que, por otra parte, se debería aplicar de forma generalizada a la vida adulta. ¿No creéis?

¡Venga, a dormir! Y nada de hacerse pipí, ¿eh?

Stephan

(1) Actualizado en febrero de 2024: Algunos me habéis escrito y me habéis comentado que también hay DL’s no necesariamente fetichistas, es decir: «amantes del pañal» en sentido estricto. Personas a las que simple y llanamente les gustan los pañales sin que haya en ello ningún tipo de connotación sexual. Los usan porque se sienten bien; los pañales les dan seguridad, paz, comodidad, etc. Queda hecha la aclaración ;).