Categoría: normas

Historias ABDL: «El paquete» (y III)

Vamos con el tercer y último episodio. Y siempre, al principio, las normas, claro.

Parece que mami se ha enfadado con su nene…

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Ese jefe es tonto y no te hará nada, mami. Yo te defenderé con mi espada: la tengo en mi habitación”. Mami se agachó y lo estudió de cerca, con el borde de la mesa a la altura de la nariz. Parecía un cocodrilo acechando a su presa. “Ja, ja, mami. ¿Quieres jugar a los crocodrilos?”. Javier se incorporó y crispó los dedos. “¡Grrrrr! ¡Yo seré un león submarino devorador de crocodilos! ¡Grrrrrr! ¡Te voy a comer!”. Se puso a cuatro patas y gateó por encima de la toalla hacia mami. “¡Grrrrrr! ¡Grrrrrr!”. Mami se puso de pie; seguramente quería atacarle desde arriba. “¡Jaja, eso no funciona con los leones submarinos devoradores de crocodrilos!”. Javier abrió la boca todo lo que pudo. “¡Waaaaaargh!”. Era su momento: ¡iba a saltar para devorar a mami! La devoraría de mentira, claro, pero la devoraría. A él también le gustaba dar chupetones y mordisquitos. ¡Mami vería que…!

-Te vas a enterar -. Mami debió pensar que no la había oído, porque subió el tono-. ¡Te vas a enterar!

-“De eso nada, mami, además te he pillado por sorpresa, jaja. Eres tú la que no se entera”. El león se arrojó a los brazos de mami, fundiéndose con ella en una presa muy juguetona. Ella lo cargó a cuestas hasta el sofá. “Qué fuerte estás, mami”. Javier encontró aquella sensación de ingravidez encantadora. ¡Qué cómoda era mami! ¡Qué ergonómica! “¡Pero el león submarino comedor de crocodrilos siempre gana!”. Le dio a mami un mordisquito en el cuello, pero ella se zafó de él y lo obligó a ponerse de pie. Luego se sentó en el sofá y le lanzaba una mirada oblicua y afilada como un colmillo. ¿De crocodilo o de león submarino? “Bah, eso da igual, yo he ganado, mami”.

-¿Has visto lo que has hecho, desagradecido? Has tirado el móvil de mami, y ahora no funciona.

Sí que funciona, mami, ya verás como sí. Yo le haré un pase mágico para…”.

-¿Qué te dijo mami? ¿Te dijo que estuvieras quieto? ¿Te lo dijo o no?

Nooo, no me dijo nada de eso. Me dijo que íbamos a jugar a los tiburones y…”. Javier juntó mucho las piernas, como si tuviera frío; encajó una rodilla en el hueco de la otra. “Y… y… que era muy fuerte y muy guapo”. Dejó de mirar a mami; algo le impedía centrar la vista. “Y además el león siempre gana y…”.

-¿Y tú qué hiciste? ¿Fuiste bueno y obediente? ¿O fuiste muy malo y desobedeciste a mami y por eso tiraste el móvil de mami?

Yo… Mami, fue sin querer”.

-Claro, seguro que tú lo hiciste sin querer, pero cuando el señor de la tienda me vaya a cobrar la reparación, ¿qué le digo? “¿Mi principito lo tiró sin querer?”.

Sí, mami, dile eso. El señor de la tienda lo comprenderá”. Javier sentía una súbita urgencia de esconder el pañal de los ojos de mami, pero por más que estirara los bajos de la camiseta del pijama, seguía sin poder taparlo. Se notaba mucho. Y entonces sintió, por primera vez desde que mami había entrado, una punzada de culpabilidad. “¿Por qué no jugamos a los coches, mami?”.

-Seguro que el señor se ríe de mí y me llama tonta y boba. Y entonces ¿qué? ¿Mami se queda sin trabajo? ¿Y qué hacemos?

No, eso no te lo dirá, mami. Tú eres guapa y lista, no tonta y boba.”.

-Esto es lo que vamos a hacer: te voy a quitar el pañal…

A pesar de los ímprobos esfuerzos de Javier, mami lo hizo, bajándoselo de unos cuantos tirones, como si fuera un calzoncillo, y dejándoselo por la mitad del muslo. “Pero mami, ¿y si se me escapa?”

-Luego, te vas a venir conmigo -. Mami lo agarró por la cintura y lo sentó en su regazo-. Así, muy bien.

¿Mami, te has enfadado porque perdiste en el juego de los crocodrilos?”. Javier se acurrucó contra los pechos de mami, temiendo lo peor. Rezongó. Ronroneó. El calor que transmitía hizo suspirar a mami, o acaso fuera otra cosa. ¿Y si mami no estaba ya jugando ni disfrutando? Ya no. ¿O sí? Mami era como la corriente de un torrente: lo arrastraba consigo. “Pero mami, no te enfades”.

-Y ahora, mi amor, mami te va a dar unos zapatillazos en ese culito travieso. Para que aprendas a ser bueno.

¡No, mami! ¡No!”. La cabeza de Javier parecía una veleta. “¡No quiero! ¡No! ¡En el culito no!”.

-A ver, venga -. Los fuertes y cálidos brazos de mami lo empujaron hacia abajo-. Así, apoyadito en el sofá. Túmbate sobre la barriguita, que mami pueda ver ese culete.

«¿Te has enfadado porque perdiste en el juego de los crocodilos?»

Perdón, mami, perdón. Seré superbueno”. Mami apartó la mesita con la punta del pie, para dejarle espacio, y se retiró del sofá. Javier quedó postrado sobre él, con las rodillas en la alfombra y el culete al aire, tal y como mami había dispuesto. La funda del sofá olía a polvo y a ambientador barato; el olor le trajo a la mente experiencias que Javier creía olvidadas, o más bien las sensaciones que esas experiencias le habrían provocado, si supiera cuáles eran, pero no lo sabía. Lo único que sabía es que estaba rendido ante mami, que mami debía estar detrás de él y que, cuando volvió la vista atrás para verificarlo, mami enarbolaba una de sus zapatillas en la mano y lo miraba con carita de pena… y de algo más.

-¿Estás listo para tu castigo, mi pequeñín?

Javier cerró los ojos muy fuerte, como si no quisiera volver a abrirlos y sollozó. “Mami, no, mami…”. El chupete se le salió de la boca; babeó y se limpió en un cojín, que ya estaba húmedo. “Seré muy bueno, haré siempre lo que me digas, mami, pero pampám no. Pampám no”. No recordaba haberse sentido así de vulnerable y de desesperado jamás.

-¿Sí?

-Sí, mami -dijo Javier, permitiéndose hablar por primera vez desde que el juego había empezado y descubriendo, al mismo tiempo, que algunas palabras podían tener sabor propio-. Mami.

-Ah, vale, todo bien. Voy en seguida.

-¿En seguida, mami?

-Vale, estoy en diez minutos.

No ocurrió nada más. No se oyó el zumbar de la zapatilla, ni el restallar de la suela contra las nalgas, ni tampoco quejidos, ni súplicas, ni pucheros. Javier seguía con los ojos cerrados pero, cuando los hubo abierto supo que la situación había cambiado por completo. Algo había ocurrido que lo había alejado de ese otro yo suyo. Quizá a ella también le hubiera pasado.

-Me voy, peque, que me reclama el jefe. Ha estado genial.

Javier se incorporó y se enjugó una lágrima muy poco furtiva. Buscó a mami; estaba sentada en el sillón, poniéndose la zapatilla. Respiraba rápida y entrecortadamente, y parecía tener mucha prisa.

-Eh… Esto…

-A ver si algún día quedamos -. Le tiró un beso-. Seguro que tú también quieres…

¿Cómo demonios era posible que permaneciese delante de una desconocida con un pañal en las rodillas y no sintiera necesidad de taparse, disimular o decirle adiós, como poco? No sabía qué explicación dar ni cómo comportarse. Era como si se hubiera olvidado del lenguaje. Como si de veras tuviera dos años y no dominase más que unas pocas palabras. No sentía vergüenza, solo confusión y ofuscación.

-Tienes… ¿Tienes?

-Ya te escribo yo, tranqui -. Se levantó de un salto-. Nos vemos.

Se dirigió a la puerta, escoltada por una mirada nebulosa de Javier, que seguía en la misma posición desde que había dejado de babear sobre el cojín y se había puesto de pie.

-Por cierto -dijo ella cuando ya tenía el picaporte en la mano, como si se olvidara algo-. Una cosa importante.

Javier hizo un esfuerzo y caminó hacia ella con pasitos tímidos, anadeando como un pollito que persigue a su madre. El pañal no le dejaba separar las piernas bien. No supo por qué lo hizo, se había sentido llamado, simplemente, y había asumido que su deber era obedecer.

En cuanto la hubo alcanzado, ella lo agarró por el antebrazo, lo zarandeó violentamente y, antes de que Javier pudiera reaccionar, le estampó la palma de la mano en una nalga con tal contundencia que Javier soltó el “¡Au!” más convincente de sus treinta y un años de vida. Capaz de rivalizar, por cierto, con el segundo “¡Au!”, que emitió después de que ella repitiera la operación seguidamente, contra la otra nalga. Javier se sintió como si cada azote lo hubiera marcado a fuego: “Propiedad de mami”. Porque quemar, lo que es quemar, quemaba de narices.

-No creas que te vas a librar, niño malo -musitó ella.

No dijo más. Salió por la puerta y Javier oyó, poco después, cerrarse también la de la calle. El renovado silenció cayó sobre él como una manta térmica y, sin saber nuevamente por qué, se puso a acariciar el picaporte de la puerta como si buscase en él el la huella térmica de los dedos de la repartidora. Huella que lo abandonó muy pronto, dejándolo a solas con los rumores de la calle y los ecos del ascensor perdiéndose en lo profundo.

Arrastró los pies por el salón, deambulando, tocando esto y lo otro sin ningún propósito, rastreando el olor del ella y el suyo, el de los polvos de talco, las toallitas y el pipí, como lo haría un perrito en busca de su ama. Esa tarea, aunque sabía que sería infructuosa, lo volvió a conectar con la realidad circundante, pero la conexión no fue inmediata, sino paulatina. A cada paso rememoraba una escena. A cada mirada una palabra.

Se miró en el pequeño espejo del salón. Javier Jiménez Junín. Treinta y un años. Un chico normal, salvo en lo relativo a todo el «equipamiento» -como le gustaba llamarlo- que lo rodeaba en aquel momento. El montoncito de pañales. Los lápices de colores. Todo eso, al fin, que no aparecía en el espejo. O no siempre.

Suspiró para tranquilizarse y supo que lo había conseguido porque empezaba a notar frío de la cintura para abajo. Su dulcísimo delirio, su éxtasis, había terminado. Ni siquiera podía decir si había sido corto o largo, ni cuánto había durado. Pero sí había una cosa que tenía que decir, y lo dijo sin miramientos y en voz bien alta:

-Tu jefe es un hijo de puta, mami.

Y sonrió… como un león submarino comedor de crocodilos.

FIN

(¿o principio?)

😉

Stephan

Historias ABDL: «El paquete» (II)

Vamos con el segundo episodio. No sin antes recordar las normas, claro.

«Mami ha venidooooo….» 🙂

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No obstante, no fue así, porque cuando la chica trazó una línea sobre una de ellas, desde la sien hasta su boca, con un dedo suave y refrescante, fue como si lo estuvieran tatuando. Aquel dedo dejaba rastro e impronta, no solo huella.

-Pobrecito bebé -dijo una voz melosa, que era de la chica y al mismo tiempo de alguien más-. Aquí solito, asustado y mojado.

Javier asintió. No podía dejar de mirarse sus zapatillas. Un momento, ¿por qué acababa de asentir con la cabeza? ¿Qué cojones…? ¡No, no! ¡Que se fuera!

-Eh… bueno, sí. Muchas gracias.

Quiso agarrar el marco de la puerta para cerrar, pero sentía los brazos pegados a sus respectivos costados. Se descubrió creyendo que si los despegaba de ahí, el pantalón del pijama daría de sí y se le caería, y entonces ella vería lo que había debajo. No una pequeña parte: todo. Incluyendo, por supuesto, la mancha amarillenta que, a aquellas alturas, estaría copando su entrepierna.

-Pero bueno, mírate -. La chica puso los brazos en jarras. Su mediana estatura y su silueta curvilínea le conferían un aire indudablemente maternal-. ¿De veras te vas a pasar así toda la tarde? ¿Un niño tan guapo y tan mayor?

-Así… O sea, así… Así, ¿cómo?

-¡Qué tontorrón! Pues con el pipí. No me irás a decir que estás sequito.

No. Javier no se lo iba a decir. Ni eso ni nada, en realidad, porque tenía un nudo en la garganta y no podía colar a través de él ni un monosílabo. Lo único que se atrevió a hacer fue dar un paso atrás y encogerse de vergüenza. Estaba a punto de pedir perdón y no sabía por qué.

-Shhhhh, tranquilo, bebé. ¿Quieres que mami esté contigo un ratito?

Sí, mami, un ratito. Quédate un ratito conmigo”. Javier se apartó para dejarla pasar. Ella lo hizo, cerró la puerta tras de sí y dejó la tablet sobre el mueble del recibidor. “Hala, mami, ¿eso es tuyo? Parece super importante y mágico”.

-En fin, hoy me quedo sin bocata -dijo ella, risueña-. Pero a cambio, creo que voy a conocer a un nene muy mono.

Le cogió de la mano, pero Javier no se conformó con una mano y pidió la otra. “Qué manos más suaves, mami”. Lo eran en verdad. Mami tenía manos de algodón y labios de fruta escarchada. Olía como las tiendas de chuches y se movía como las heroínas de las películas.

-Venga, vamos dentro, que seguro que tienes el pañal a reventar.

Javier se dejó llevar hacia la mesa del salón. De un modo extraño, casi sobrenatural, ese salón había cambiado. Se le ocurrían muchas posibilidades: el sillón podía ser el puesto de mando de una nave espacial y, si quitaba el teléfono de la mesita, como tenía ruedas, podía montarse en ella y echar carreras por el pasillo. ¿Cómo no lo había pensado antes? Su salón era mucho más que un simple salón. Su casa entera mucho más que una simple casa.

Mami apartó los lápices y los demás trastos de la mesa, que quedaron amontonados en un extremo. Luego dio unos golpecitos sobre ella.

-¿Me traes una toalla, ricura? No queremos manchar la mesa de pipí, ¿a que no?

Pues claro que no, mami, no podemos ser cochinos”. Javier se escabulló al baño, arrampló la primera toalla que se le cruzó por delante y volvió al salón, en donde mami había recuperado, de entre los trastos, los polvos de talco y las toallitas.

-Vente conmigo -dijo mami-. Súbete. ¿Puedes solito?

Buah, mami, claro si yo soy super fuerte”. Javier se encaramó a la mesa sin esfuerzo y se volvió hacia mami para recibir sus cumplidos, como hacen los niños buenos. Y sonrió a más no poder cuando mami dijo:

-¡Hala, pero qué niño más fuertote! -. Mami se llevó las manos al rostro. Abrió desmesuradamente la boca-. ¡Mami está orgullosa de ti!

Sí, mami, quiero que estés orgullosa”. Javier se puso a palmotear. Ni siquiera tuvo que pensarlo. Es más: es que no tenía nada que pensar. Solo se dejaba ir. Actuaba como tenía que actuar y no se le ocurría hacerlo de otra manera. El Javier de las tres jotas se había quedado en el recibidor y al nuevo -o mejor dicho, viejo- Javier sus apellidos le importaban un comino.

-¡Venga, vamos allá! -dijo mami, tomándole suavemente por los hombros-. ¿Le enseñas a mami ese pipí, mi niño grandote?

Lo empujó, con sumo cariño, hacia abajo y hacia delante. Una sensación de liberadora e infinita vulnerabilidad invadió a Javier, que no pudo hacer otra cosa que dejarse vencer por ella y se tumbó, tan relajado como obediente. Aunque estuvieran en un cuarto piso, él se disponía a bucear por un mar cálido y tranquilo, en el que mami bien podía ser la reina de las sirenas. Si cerraba los ojos seguro que veía pececitos de colores y campos de coral. Probó suerte, a ver si estaban ahí los. No fue el caso, pero se los imaginó a la perfección.

-A ver ese culete, levántalo un poquito. Así, así. Muy requetebién, mi pequeñín. A ver las piernecitas. Venga, como si dieras un salto. ¿Das un salto para mí?

Sí, mami, lo que tú digas”. Javier reunió fuerzas para levantar las piernas de un tirón pero, cuando se disponía a hacerlo, mami le puso la mano en la tripa, se inclinó sobre él y le susurró, en voz muy, muy bajita:

-Pero no demasiado fuerte, mi campeón. ¡Imagínate que llegas a la luna y me quedo aquí solita!

Tocado y hundido. Javier apenas veía ya la luz de la superficie en su mar imaginario. Pero no tenía miedo, no. El agua lo abrazaba por todas partes. Lo protegía. Quería seguir descendiendo, sumergiéndose en ese océano que era mami. Un océano de amor en el que bañarse, en donde no había ni monstruos ni tempestades. Y eso era lo mejor: la calma, la quietud. La paz de aquellas aterciopeladas y narcóticas profundidades.

Mami le quitó el pantalón del pijama. Javier apenas se dio cuenta, porque seguía en un estado de relajación absoluta. Pero tampoco tenía ninguna necesidad de analizarlo y, además, la palabra “autosugestión” era una palabra de mayores y él no sabía qué podía significar esa palabra. A lo mejor significaba lo mismo que “mami”. O lo mismo que “pipí”. Y, además, las palabras eran tontas. Ninguna podía expresar lo que estaba experimentando gracias a mami.

-Y ahora, el ris-rás -dijo mami, y se puso a cantar una canción para él-. «Ris-ras-ris-ras, las cintitas del pañal / Ris-ras-ris-ras, el pipí se va a acabar / Ris-ras-ris-ras, mi nene no va a escapar / Ris-ras-ris-ras, mami se lo va a…» ¿A qué, eh? ¿A qué?

Jajajaja, mami, nunca había oído esa canción. ¡Cántamela otra vez!”.

-¿Qué es lo que va a hacer mami? ¿Qué es lo que va a hacer?

Como eres la mejor, puedes hacer lo que quieras :D”

-¡Se lo va a zampaaaaaaaaaaaaaar! -. Y mami se acurrucó contra su tripa y empezó a mordisquearla-. ¡Ñam, ñam, ñam! ¡Qué ricoooooo!

“¡Jajajaja, mami, noooo, mami…!”

Ñam, ñam, ñam. ¡Sabe a fresa! ¡Y el ombliguito a chocolate! Ñam, ñam. ¡No voy a dejar nada de nada!

La canción decía que no iba a llorar, pero Javier se dio cuenta de que estaba llorando. De felicidad. “Pero eso no es malo, esto no es malo”. Su risa histérica restalló en el salón, rebotó en los cristales de la terraza y se expandió por toda la casa como una inundación. Era la primera vez en su vida que reía y lloraba a la vez.

Y, de pronto, sintió el roce del aire en la cara interna de los muslos, en las ingles y el bajo vientre. El calor que se había acumulado entre sus piernas quedó libre y Javier comprendió que estaba completamente en manos de mami. Ya no llevaba calcetines, ni pijama, ni braguita de plástico. Mami le había desnudado de la cintura para abajo. Y no pasaba nada, absolutamente nada. Estaba bien.

-¡Halaaaa! ¡Pero bueno! ¡Vaya meoncete que tenemos aquí! Claro, como es tan grandoteeee…

Sí, mami, soy muy grande. Y te quiero”. Por alguna razón, estar desnudo delante de mami le parecía lo más natural del mundo. Ningún miedo. Ninguna vergüenza. Se sentía alegre, despreocupado. ¿Una prenda de ropa menos? Un problema menos. “Te quiero”.

-A ver, vamos a limpiar un poquito por aquí…

«Ris-ras-Ris-ras…»

La fragancia de las toallitas -genérica, pero muy reconocible- desplazó al olor del pipí. Javier notaba los lametones de la tela húmeda arriba y abajo sobre el culete. Arriba y abajo. Mami era concienzuda y sistemática: selo iba a decjar como los chorros del oro. Arriba y abajo. «Mami es la mejor»

– Listo. Levanta un poco… -. “Sí, mamí ¿así?”-. Eso, así. Muy, muy requetebien.

Mami apartó el pañal mojado a un lado y deslizó bajo su cintura uno limpio, espolvoreó el talco y levantó la parte delantera hacia ese ombliguito que, al parecer, sabía a chocolate. “¡Y yo sin saberlo, mami!”. Javier notó una comunión con ella que nunca había notado con nadie. “Gracias, mami. Te quiero”. Cuando mami ajustó el pañal y pegó las cintas -esta vez sin canción- hasta le entraron ganas de dormir. Echarse una siesta, pero en vez de achuchar a sus peluches, achucharía a mami. “Seguro que si dormimos juntitos ya no me hago más pipí, mami”.

– Bueno, preciosidad, mami tiene que irse. Se pone triste, pero tiene que volver al trabajo -. “¿Cómo que irte? No, no, no quiero”-. Otro día nos vemos.

Pero mami, ¿es que prefieres estar en el trabajo que conmigo?”. Javier pataleó sobre la mesa. Mami le llamó la atención, pero él no hizo caso. Acabó por volcar el botecito de los polvos de talco, que estornudó sobre los lápices de colores. Mami también estornudó y, cuando se hubo recuperado, lo miró muy seria y formal, pero igual de guapa. “Es la mami más guapa del mundo”.

-Mira cómo has dejado los lápices. Vas a mancharlo todo cuanto te pongas a colorear. ¡Estate quieto, peque!

¡No, no, y no! ¡No te vayas!”. Javier se revolvía como un bichito panza arriba y mami, que se estaba limpiando las manos, no pudo reaccionar a tiempo y unos cuantos lápices se precipitaron hacia la alfombra, seguidos, por ese orden, del paquete de toallitas, de un cochecito de juguete y de algo que hizo un seco “clot-tokrot” contra el parquet. O “cataplonk”. O algo así, pero sonó como un mazazo: recio y romo.

-¡Mi móvil! -dijo mami, escandalizada-. ¡Has tirado mi móvil! -, Se agachó para recogerlo, mientras Javier se cruzaba de brazos, aún tumbado sobre la toalla-. ¿A ver? ¿Funciona? Marca, clave… No, no… No… ¡Está roto! ¡Roto! Mi jefe me mata, de esta me mata.


Pasadlo bien, chicos! :*

Stephan

Historias ABDL: «El paquete» (I)

Venga, va.

Vamos con una historia larga y por fascículos, que sé que os gustan.

Full AB, nada de travesurillas 😉

Y antes de abrir el telón, ya sabéis: las normas

«Hoy les ofresemos…»

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Siempre le ocurría lo mismo, o parecido. En cuanto se ponía un pañal, todo cuanto le rodeaba y, también, todo cuanto había dentro de él, cambiaban para bien. El mundo dejaba de ser un entorno absolutamente frío y hostil para convertirse en un campo de juegos con infinitas posibilidades. Su mente dejaba de vagar de problema en problema, de miedo en miedo, y se desbordaba, relegando sus complejos a un lugar en donde no le hacían daño. Y en ese estado, que no siempre estaba a su alcance, no tenía necesidad de ser nadie más que él.

No solo tenía que ver con el pañal. El olor de los polvos de talco, tan suave y tierno, también contaba. El encontrar esas manchitas harinosas en los lugares más inverosímiles. El chupete, que ayudaba lo suyo: lo mascaba, lo succionaba, lo cambiaba de carrillo como si fuera una piruleta. El crujir del plástico. La sensación siempre calurosa del bulto bajo el pantalón del pijama (aunque aquel día solo llevase un imperceptible pañal desechable). Todo ello le absolvía de los sinsabores y errores de su vida diaria. Lo reconectaba consigo mismo.

A veces, fascinado, se quedaba quieto, chupando y chupando, mirando a las musarañas. Podía pasar media hora hasta que recuperaba la noción del tiempo, en medio de una avalancha de fantasías y evocaciones de una vividez apabullante. No había diferencias entre aquellos viajes mentales y una buena borrachera. Su mundillo ABDL era mejor que le alcohol: no atentaba contra su salud y, además, le dejaba unas resacas bien placenteras.

Superados los miedos de su adolescencia y las reticencias de su juventud, había abrazado definitivamente su afición, gusto o lo que fuera. Y se lo pasaba bien, pero una cosa le faltaba: un amiguito con el que jugar. O dos. O tres. Y una mami. En ese aspecto, aspiraba al menos a tener una, una que fuera tan feliz cuidándolo como él dejándose cuidar. ¡Ay, si tuviera con quien compartir esa felicidad! ¿Tanto pedía?

¿Qué hacer para conseguirla? ¿Cómo se conocía a alguien con quien tuviera esa afinidad? No es que se pudiera decir a las primeras de cambio. Lo había intentado con algunas chicas y la receptividad había sido nula, o incluso negativa. “No, no, tío, tú estás muy mal”. O “paso infinito”. Y otras múltiples variantes, más o menos adornadas, de la palabra “no”. Y ahí se había acabado la cosa.

Eso le obesionaba. Había llegado al punto de convencerse de que jamás encontraría a esa otra persona o personas. Y esta autoprofecía se cumplía todos los días de su vida, muy especialmente los días en los que, como aquel, se ponía un pañal, se metía el chupete en la boca y se pasaba la tarde viendo dibujos animados, coloreando o gateando arriba y abajo por el pasillo de casa.

Y, sin embargo…

Cuánto deseaba encontrar esa mami que, sonriente, lo mirase jugar con sus muñequitos sobre la alfombra. Una mami que lo acostase pronto, tras comérselo a besos, después de haberle puesto su pañalito de las noches. Una mami que lo mimase… o que lo castigase cuando no se portara bien. Ni siquiera tenía por qué haber sexo. Para él, sus gustos tenían poco o nada que ver con el sexo. Sí con la paz interior y con un cierto estado mental, muy próximo a la felicidad.

Se fijó en el estuche lleno de lápices de colores que tenía encima de la mesa y comenzó a fantasear. ¿Qué le habría dicho mami si, por ejemplo, le daba un manotazo y desparramaba los lápices por la alfombra? Seguro que se enfadaba y se lo hacía recoger. ¿Y si él se negaba? Pues lo mismo lo mandaba a su habitación o al rincón de pensar. ¿Y si seguía protestando? Pues entonces, lo más seguro sería que mami le diese pam-pam en el culete hasta ponérselo como un tomate. Se puso a acariciar el culete en cuestión -el suyo- por encima del pijama, recreándose en el fruncir casi melódico del algodón contra el plástico. Huy, sí. Mami se lo habría puesto bien rojito, por maleducado. Y él quizá habría llorado y le habría pedido perdón mil veces.

– Joder. Sería la hostia.

La fantasía se adueñó de él. Sentía un cosquilleo muy especial; no en la piel, sino más adentro. ¿Cómo le daría mami de comer? ¿Cómo lo vestiría? ¿Le haría una fiesta de cumpleaños -él quería cumplir 3 años-? ¿Le cambiaría el pañal? ¿Le reñiría mucho? ¿Poco? ¿Le querría incluso aunque se hiciera pipí y popó? Claro, pensó. Las mamis son así. Hacen esas cosas porque quieren mucho a sus peques.

«Y en ese estado, que no siempre estaba a su alcance, no tenía necesidad de ser nadie más que él».

El timbre de la puerta puso fin a su ensoñación. Dio un respingo; de no ser porque ya estaba empapado hasta las trancas, se habría vuelto a mear. Abrió la boca para maldecir -aunque fuese en voz baja- y el chupete se precipitó, rebotó en un peluche y se fue rodando hasta parar debajo de la mesa. Lo recogió y procedió a revisar su ropa para detectar posibles indicios que lo delataran, si iba a ver quién llamaba. Nada, todo bien. Podría abrir la puerta en pijama y pañal; nadie lo iba a notar. Lo había hecho más de una vez, estaba acostumbrado. Pero… ¡joder! ¡Vaya susto! ¡Qué inoportuna es la gente! pensó.

Se levantó de un salto y tuvo que sobreponerse a un leve mareo por hacerlo demasiado deprisa.

-¡Va! ¡Va!

Cuando la niebla de sus ojos hubo desaparecido, se puso las zapatillas y salió al recibidor para abrir. No sin antes, claro, entrecerrar la puerta del salón, convertido aquella tarde en su refugio personal, su santuario. De lo que había en ese refugio -no tanto físico como mental- nadie se tenía por qué enterar.

Abrió. Sin más. Ni siquiera notó un escalofrío, ni un nudo en la garganta, ni nada de eso. No pensaba cambiarse, ducharse ni recogerlo todo para venir a abrir la puerta. No le habría dado tiempo y, además, tampoco preveía problema alguno. Sería un muy breve paréntesis en su tarde de los viernes. Esa tarde que, desde hacía años, se reservaba exclusivamente para sí mismo y para su lado más íntimo.

Como había previsto, se trataba de un paquete: una veinteañera con coletas, pizpireta, un poco gordita pero muy mona, enfundada en un horroroso uniforme azul marino, le sonrió profesionalmente al otro lado del felpudo.

-Buenas tardes. Paquete para Javier Jiménez… -. La chica leyó en una tablet que traía-. ¿Junín?

-Soy yo -contestó él, y repitió eso que llevaba repitiendo desde el parvulario-. Tres jotas, sí, lo has dicho bien.

-Claro, claro…-. Ella anotó algo, sin dejar de sonreír-. Aquí tienes.

Una ráfaga de corriente. Súbita. Traicionera. Una de esas que parecen perpetradas con alevosía por algún monstruo mofletudo de esos que triscan por los mapas antiguos. Una que, en fin, penetró desde el descansillo, los acarició a ambos y empujó la puerta del salón lo justo, lo muy justo, como para que Javier se quedara petrificado.

Le pareció fuera de lugar volver a ponerla como estaba -¡ni que estuviera haciendo algo malo!- y, al mismo tiempo, quería que su secreto lo siguiera siendo. Apartó la vista y cerró los ojos como si no quisiera volver a abrirlos. Pero tuvo que hacerlo después de unos larguísimos segundos, porque no estaba en un sueño y la puerta seguía abierta. Estúpidamente abierta.

¿Cómo podía haber sido tan descuidado, tan dejado? Si hubiera puesto una silla para asegurar la… ¡Joder! ¿Qué iba a decir ahora? No se le ocurría nada. Tampoco es que estuviera obligado. En su casa hacía lo que le diera la gana. Ah, pero si eso era así, ¿entonces por qué se ocultaba? ¡Contradicciones! ¡Siempre contradicciones! ¡Su vida era una montaña de contradicciones! La escalaba una y otra vez para, al final, regresar al mismo valle en el que, en vez de árboles y praderas, había biberones y pañales king size. Como los que estaban ahí -menos mal que secos- sobre la mesa. Y el peluche. Y las toallitas. Y el botecito de polvos de talco con un despreocupado y delator osito pintado en la etiqueta.

Atrapado entre la rabia y el pánico, Javier se vio incapaz de reaccionar. Si se inventaba una excusa… malo. Si no lo hacia… ¡qué vergüenza! Y lo peor era que, cuanto más tardara en tomar una decisión, peor. Al final, se obligó a tomarla. Agachándose, arrastró el paquete dentro de casa pero, al incorporarse para firmar, se topó cara a cara con la repartidora, que contemplaba descaradamente la parafernalia del salón por encima de su hombro izquierdo.

-El paquete…

-Ya lo veo, ya-. La chica señaló hacia la cintura de Javier con el dedo, no hacia el suelo-. Te asoma por encima del pijamita.

En un mundo de dibujos animados, como esos en los que adoraba perderse, los ojos de Javier se hubieran salido de sus órbitas, les habrían brotado alas y habrían partido al vuelo, dado tres vueltas al descansillo y retornado a sus respectivas cuencas. En el mundo real, demasiado real, solo se abrieron desmesurada y súbitamente, como objetivos de una cámara de fotos.

– Eh… Eh… Yo…

Ahí estaba la foto del Pulitzer. Del año. Del siglo. El pañal era por completo visible y los animalitos del estampado se reían a tope, seguramente de él. Concluyó que quizá había aflorado minutos antes, cuando se frotaba el culo, pensando en sus chorradas de siempre. La verdad es que daba igual. Había pecado de exceso de confianza. No había sido concienzudo antes de abrir la puerta.

-Bueno…Esto no…

¡Bravo! pensó Javier. Eso era balbucear y lo demás, recitar poesía. No era ya que se muriera de vergüenza, que por supuesto, es que además sudaba como un picapedrero en agosto.

-¿Estás bien? -preguntó ella.

Se subió el pantalón del pijama de un fuerte tirón. Tarde, pero lo hizo. Qué puto papelón estaba haciendo.

-¿Qué?

-Yo… No es lo que parece -. Le costó un esfuerzo titánico decirlo, y no bien lo hubo hecho, se dio cuenta de lo tonto de la frase y de lo mal que le hacía quedar-. No es nada.

La chica suspiró -Javier creyó que de vergüenza ajena- y su aliento ascendió hasta él. Olía a chicle de menta y a limpio. Contrastaba con el olor a pis que, de inmediato, se hizo omnipresente. Un olor que antes no estaba ahí, que solo se había manifestado en presencia de la repartidora. O en presencia del ridículo que Javier estaba haciendo; todo podía ser. Sintió un rubor en las mejillas capaz de derretir la primera mano que las rozara.

(Continuará…)

Stephan

Historias ABDL: «ABDLIA» (IV)

Primero, como siempre, las normas

En episodios anteriores… II y III

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Maite prefirió quedarse de pie. Tenía calor y los sillones la harían sudar más. Aspiró el olor el café y le dio un sorbo. Estaba ardiendo, pero no le molestó.

-Verás: cuando tratas durante años con los demás usuarios, o compañeros, o amigos si lo prefieres, descubres cosas. Las personas que vienen aquí son muy diferentes entre sí, pero puedes estar segura de que todos, a su manera, disfrutan mucho de sus visitas.

-Me lo imagino… Oye. Y… ¿alguna vez…? Bueno, ya sabes.

-¿Sí?

Aunque en la última hora y pico Maite había visto algunas de las cosas más raras de su vida, no se atrevía a hablar de sexo abiertamente con Paula. Alzó las cejas, y Paula entendió la indirecta.

-Ah, ya entiendo. Ya sé por donde vas -Paula se rascó la nuca, divertida-. Bueno, con estos usuarios no hay problema. Son muy AB; para ellos no tiene nada o casi nada de sexual. Algunas veces hay pequeños accidentes con eso, pero no hay problema, estamos acostumbrados y ellos también. Las normas son las normas y en esta planta, nada de sexo entre los usuarios. Para eso está la segunda planta y las habitaciones privadas. Por eso no permitimos que la pareja del usuario sea su cuidadora en la planta baja.

-Sí que lo tenéis controlado.

-Esas cosas son importantes y somos tajantes con ellas. Las parejas y los rollitos, a la segunda planta. Aquí, tranquilidad y seguridad.

-Ah, vale. Perdona -y Maite, aliviada, cambió de tema-. Me estabas hablando de las diferencias entre los usuarios.

-Sí -brindaron con las tazas de café-. Yo casi siempre cuido chicos y he aprendido mucho de ellos. De los hombres, me refiero.

-¿Por ejemplo?

Paula meditó un instante, dando vueltas al café con la cucharilla. Parecía la bruja buena de un cuento infantil, preparando una pócima.

-Yo soy feminista. Creo que las mujeres siempre nos llevamos la peor parte en todo. Pero… -Paula detuvo su discurso para dar énfasis- ya no soy tan radical como antes. Tengo claro que ser un hombre tampoco es ninguna ganga.

-¿Y eso?

-Es la verdad. Cada cual tiene sus presiones. Nosotras las nuestras y ellos las suyas. Cuando los ves ahí jugando, riendo o pidiendo mimos, sientes por ellos… No sabría decirte. Una empatía especial. Aunque lleven su onesie, su trajecito o su pañal, en realidad es como si estuvieran desnudos por completo. Aquí no hay jefes cabrones, no hay padres exigentes… Los estereotipos no operan. No tienen por qué ser fuertes, agresivos ni invencibles. Si necesitan llorar, lloran. Si se enfadan, protestan. Si están cansados, se echan la siesta.

-Vestidos por fuera y desnudos por dentro.

-Sí. Algo así -de pronto a Maite le pareció que Paula estaba exhausta-. Lo percibo en cómo me abrazan, en cómo me besan… Incluso en cómo berrean y se contorsionan cuando les doy una buena zurra. Ya lo has visto. Cuando consuelas a un little es cuando comprendes de veras lo que ser little significa para ellos.

-Sí, sí, consolar -Maite agitó la mano derecha arriba y abajo-. Le has puesto fino, ¿eh? ¡Caray!

-¡A tope! -Paula esbozó una sonrisa tan amable como malévola-. Hay días en los que salgo de aquí prácticamente borracha, después de tanta carga emocional. Pero ellos se sienten felices y seguros conmigo y eso me importa. Y yo me siento… renovada. Me cargan las pilas.

-Ajá -aunque Maite no lo comprendía del todo, le fascinó la idea de ser capaz de comprenderlo al menos en parte-. Siempre es más o menos como lo he visto, ¿no?

-Hay mucha improvisación. Cantamos, jugamos, leemos… Mediamos entre ellos, pero les dejamos libres. Lo importante es la comunidad, la idea de tener un espacio seguro en el que compartir este estilo de vida con personas afines.

-Intrigante, lo reconozco. Y raro.

-Si, muy raro. Raro y maravilloso, en mi opinión.

-¿Vienen muchas parejas?

-Bastantes. Yo diría que más de la mitad de usuarios tienen pareja. Pero lo que te digo: si va a haber sexo, que sea en privado.

-¿Y qué hay de ti, Paula?

Maite pensó en retirar la pregunta, pero la reacción de Paula la intrigó demasiado: cruzar las piernas, echarse hacia atrás y juguetear con uno de los tirabuzones de su pelo. Probablemente estaba acostumbrada a despertar la curiosidad de los visitantes. ¿Una mujer aficionada a cambiarle los pañales a hombres hechos y derechos? ¿A leerles cuentos? ¿A darles unas azotainas de campeonato? Peculiar, como mínimo.

-Mi pareja no sabe que soy fundadora y cuidadora en Abdlia. No es de este mundillo, vaya.

-Anda. Qué raro. Me da la impresión de que cualquiera de esos hombres de antes… Ya sabes. Se morirían por ser tu pareja.

-Es posible, sí. Pero mi chico… bueno. Nuestro porcentaje de éxito es alto, pero no del 100%.

El asombro de Maite la obligó a terminarse la taza de un solo trago. Por suerte se había enfriado lo suficiente.

-Lo trajiste aquí y no funcionó, entonces. Menudo papelón -Maite miró a Paula con verdadera piedad-. Siempre introduciendo a otras personas, pero tú, en cambio, nada.

-Por desgracia, así es. Hice un par de intentos con él. Le compré algo de ropa, un chupetito mono… Pero nada, no hubo la menor química.

-¿Y lo de…? -Maite creyó que si lo decía de cierta manera, Paula no notaría su renovado interés por la cuestión-. Lo de “pam, pam en el culete” -Maite hizo el gesto-. ¿Tampoco?

-Tampoco -Paula entrelazó sus manos y las usó de almohada. Más que sentada, estaba hundida en el sofá-. Le pareció estúpido. Desagradable. ¿Sabes qué me dijo? “No entiendo qué tiene de excitante pegarle a tu pareja”.

Por mucho que le costara asumirlo, Maite no podía decir otro tanto. Había descubierto ciertas inclinaciones muy íntimas acerca del significado de pegar a un amante. Solo de imaginarse a ella misma jugando a según qué cosas con Pablo, se mareaba. ¿Se atrevería ella a plantearlo? ¿Habría una negociación al respecto? ¿Le diría Pablo que ni loco? ¿O se pondría a cien?

-¿Y crees que se enfadaría si se entera de que vienes a menudo?

-Puede, pero por ahora prefiero callarme -Paula respiró profundamente-. No tengo nada con ningún usuario, pero supongo que mi rol sería difícil de explicar.

-¿Y no te planteas dejarle?

-Qué va -Maite se enterneció. Había una nota de auténtica tristeza en la voz de Paula-. Yo le quiero. Le quiero muchísimo. No estoy dispuesta a renunciar a él. Pero a esta faceta de mi vida -Paula corrigió los pliegues de su batín de maestra- tampoco. No tengo ningún amante aquí. Solo amigos.

-Tranquila, yo no te juzgo. Tiene sentido lo que dices.

-Por desgracia, dudo que él lo entendiese. No estoy dispuesta a arruinar mi relación contándole algo así. Es mejor mantener el secreto.

-¿Y no te reconcome? ¿No te comes el tarro?

-Bastante -Paula carraspeó-. Pero estábamos hablando de tus sensaciones. Cuéntame qué tal en el aula.

-Pues, bueno… De todo un poco, la verdad

Maite descubrió que era divertido, además de oportuno, el hablar de sus nuevas ideas con alguien que tenía infinitamente más experiencia que ella en ponerlas en práctica,

-Me gustaría saber, si puede ser, lo que sentías cuando estabas castigando al little.

-¿Te llamó la atención?

Un silencio cortés, a modo de respuesta implícita. Maite sonrió con afectación.

-Oh, claro. Perdona. Mis sensaciones -Paula hablaba en ese tono apresurado y agudo que preludia la risa, pero la contuvo-. Cuando están a mi merced, completamente entregados y sumisos, preparados para su castigo, es cuando más se fortalece el vínculo del que te hablaba. El momento previo a propinar ese primer manotazo o zapatillazo es el más especial de todos. Algunos incluso tiemblan de la emoción y tengo que tranquilizarlos un poco antes de empezar. En cuanto a mí, lo que siento es, sobre todo, conexión e intimidad. Y una especie de impaciencia muy gratificante. ¿Te has tirado en paracaídas alguna vez?

-Pues no.

-¿Y del trampolín de una piscina?

-Sí, pero no muy alto.

-Pues yo me tiro del más alto de todos -Paula hizo una mueca divertida y guiñó un ojo-. Casi ni veo el agua desde ahí arriba, te lo juro.

Maite se conocía a sí misma lo suficiente como para comprender que el pinchacito que sintió en el vientre era de envidia. Ella también quería experimentar eso. Tenía que subir alto, muy alto, y luego precipitarse. Soltó un silbido.

-Guau. Pues no sé. Quizá lo pruebe algún día.

Para mañana es tarde, pensó Maite.

-¿Qué más querrías saber? No te cortes.

-Tantas cosas… Por ejemplo, ¿no te da asco lo de cambiarles? ¿No te echa para atrás?

-En absoluto. Es algo bastante común. Lo habitual, ¿no? Si llevan pañales, es por algo.

-Ya, pero podían limitarse a llevarlos. ¡Puagh!

-Y algunos solo los llevan, nada más -Paula hizo un ademán comprensivo-. De los usuarios que viste, hay uno que no lleva nunca, porque no le gusta. Luego, hay dos o tres que llevan pañal, pero no lo usan, porque para ellos eso no es importante. De los otros, hay tres que lo mojan y los dos restantes… pues de todo. Ya me entiendes.

-Uf… qué asco. Para mí eso sería una línea roja.

-¿Y qué hay del lado bueno de esa línea?

Ahí estaba de nuevo. Esa inexorable tranquilidad con la que Paula le planteaba cada avance y le sacaba punta a sus comentarios. Maite se atragantó de la impresión y se puso a toser. Tardó lo suyo en recuperar el aliento.

-Uf, no me veo, no me veo -dijo Maite-. El pañal, bueno, pero nada más.

-Cada persona es un mundo, y cada sumiso un universo. ¿Tu pareja te habló del tema?

-Una vez mencionó lo de hacerse pis. Ya sabes: el truquito. Decirlo en plan de broma, como quien no quiere la cosa. No me hizo mucha gracia, la verdad.

-¿Y ahora que lo has visto en vivo y en directo?

-Ya vi que uno de los usuarios se había hecho. El chico del cuento, el que estaba donde los libros. Me pareció que estaba muy mojado.

-Y lo estaba, créeme. Te lo digo como quien lo cambió.

-El caso es que viéndolos a ellos, no me parecía tan desagradable. Pero no me imagino a Pablo haciendo lo mismo. Ni a mí misma con las toallitas y demás, en plan «meoncete«, etc.

-Pues ningún problema. Eso háblalo con él y ya está. ¿Te ves bañándolo, acostándolo o leyéndole cuentos, por ejemplo?

-Mmmm… Quizá -Paula asintió con la cabeza y Maite se sobresaltó-. ¡Eh! Solo digo que quizá.

-Es un comienzo muy prometedor, Maite.

-Quizá, he dicho.

Una vez más, Paula tenía razón. Había una enorme diferencia entre el “quizá” y el “no sé”. Y entre el “no sé” y el “ni de coña”. De hecho, “ni de coña” es lo que Maite le había dicho a Pablo la primera vez. Había sido durante unas vacaciones en la playa, en las cuales él le había mencionado lo de comprarse un onesie y dormir con él. Se acordaba a la perfección de la cara de decepción que Pablo había puesto ante su rotunda negativa; poco le había faltado para hacer pucheros. Tres años después, y tras innumerables anécdotas, los pasos de Maite la habían encaminado a Abdlia, en busca de un sentido que ella, por sí sola, no había logrado desentrañar. Quizá, sí. Quizá gracias a Paula había conseguido encontrar uno de los extremos del nudo. Y ahora tenía que decidir si tiraba de él o no.

-Te gustaría castigarle, ¿no? Al menos, probarlo.

-Sí.

Qué fácil había sido decirlo. Maite no se arrepintió en absoluto de ser tan franca y menos después de todo lo que Paula se había esforzado para ayudarla. Se lo debía.

«Me pareció que estaba muy mojado»

-Díselo, entonces. Así iréis encontrando puntos en común.

-Das por hecho que dirá que sí.

-Es muy probable. Los castigos son muy importantes. Ser little implica, entre otras cosas, poder meter la pata sin miedo real a las consecuencias.

-Pero eso no es así. Si acaban con el culo rojo como un mandril… ¡Hay consecuencias!

Paula bajó la mirada. Parecía enfrascada en un monólogo interior que se sabía de memoria, por haberlo mantenido con anterioridad innumerables veces. Maite supo que iba a revelarle algo importante.

-No funciona así, Maite. Créeme: no funciona así.

-¿Y cómo?

-El castigo es un juego íntimo, un mutuo desahogo. En la vida real, el el mundo real, los little son como cualquier otra persona. Tienen problemas el trabajo, en su entorno familiar, en su círculo de amistades, etc. En ese mundo real, los errores se pagan caro. Te equivocas y pierdes un amigo, a tu pareja, a un familiar. O pierdes tu trabajo. O te arruinas. O pierdes el apoyo de tu familia.

-Pero eso tampoco es así.

-O sí.

Maite tuvo que callarse. No podía descartar que Paula tuviera, cuando menos, bastante razón. Mucha más razón de la que le habría gustado reconocer. La vida, además de injusta, podía ser muy cruel.

-El little cuenta con su cuidador haga lo que haga. ¿Lo entiendes? Porque en el fondo, ese tiempo que, como little, pasa en el rincón de pensar, o el escozor del culo, o el sabor a jabón en la boca no significan casi nada. Llegan rápido y se van. Cuando mete la pata, el little sabe que podrá expiar su culpa rápidamente y en menos de nada volverá a sentirse genial. El cuidador seguirá ahí. Sus juguetes seguirán ahí. Sus peluches seguirán ahí. Sus rotuladores nuevos también. La felicidad, cuando se es little, nunca está de veras en juego, ni camina por el filo de la navaja. Es tan perenne como las hojas de un pino. Es indestructible. ¿Qué importan unas nalgadas de más o de menos? ¿Qué importa irse a la cama a las siete de la tarde? Al minuto o al día siguiente, todo volverá a ser perfecto.

-No estoy segura de seguirte.

-¿Has hecho la primera comunión?

Maite se echó a reír con ganas.

-¿Eso que tiene que ver? -como Paula seguía muy seria, Maite decidió darle la información-. Sí, la hice. ¿Y qué?

-Entonces tuviste que confesarte antes.

-Claro.

-Ajá. Pues no lo llames castigo, llámalo penitencia. Un precio ínfimo por reconciliarte con ese mundo perfecto. Por volver al paraíso.

-Joder -esa vez Maite no sabía como ponerse, ni en dónde meter las las manos, ni qué contestar que tuviera algo de sentido-. Suena incluso demasiado profundo. ¿Entonces tú serías… una especie de dios para ellos?

-No exactamente. Pero sí el guardián y gestor de ese paraíso. El que decide quién entra, quién sale y quién se queda. El garante de ese estado de dicha interminable.

-Me parece acojonante -dijo Maite con un resoplido-. Pero así descrito, ese mundo es más un estado mental que otra cosa.

-Puede ser. Pero esta es solo mi visión, Maite. Hay otras. Mira, ¿sabes qué es lo que más teme un little?

Maite, abrumada por la avalancha de información, buscó el asiento más próximo y se sentó con un quejido.

-¿La soledad? -Paula negó con un dedo-. ¿La oscuridad? -el mismo gesto de Paula-. Huy, yo qué sé. ¿La muerte? ¿La vejez? ¿La vida real?

Esa vez quien se carcajeó fue Paula, y lo hizo tan fuerte que Maite estuvo tentada de taparse los oídos.

-¿La vida real? ¿Quién no teme a eso? -Paula se secó las lágrimas de risa-. No, mujer. Los usuarios y yo misma somos personas completamente capacitadas para la vida real. Los kinks nos generan ningún problema. Fuera de este edificio no dirías que somos diferentes a nadie y vivimos tan plenamente nuestras vidas como cualquier otra persona. Simplemente, tenemos… ¿cómo decirlo? Una vidilla paralela.

-¿Qué es lo que temen, según tú?

-La pérdida.

-¿Cómo que la pérdida?

-Sí. La pérdida -Paula alzó una mano en un ademán solemne-. Temen perder ese mundo, con todo lo que hay en él y cuanto significa. Temen ser expulsados para siempre de ese paraíso del que te hablaba. Temen perder el cariño del cuidador. Temen dejar de ser lo que son. Temen despertarse un día y haber perdido la capacidad de regresar a ese estado. En definitiva: la pérdida.

-¿Y por eso se mean encima?

-No -replicó Paula, sonriendo-. Vuelves a confundir… incontinente e incontenido.

-Pues lo siento, no lo entiendo. Creía que en parte sí, pero me equivocaba. Lo siento.

-Ya lo entenderás cuando pruebes con… ¿Pablo?

La mención del nombre de su novio hizo aterrizar a la mente de Maite, después de un viaje vertiginoso, casi de vértigo, por galaxias previamente desconocidas.

-Sí. Quizá me anime.

-Quizá, no. Te animarás.

-¿Cómo estás tan segura?

-Porque Pablo te está esperando en la segunda planta.

(continuará…)

Historias ABDL: «ABDLIA» (III)

Primero, como siempre, las normas

En episodios anteriores… I y II

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Paula se levantó despacio, con cierta solemnidad, y dijo:

-Se me ha ocurrido sobre la marcha, no estaba preparado. En el cuestionario, si mal no recuerdo, escogiste interactuar con los usuarios si había ocasión.

-Sí… eso puse. Creo.

-Estate tranquila. Los little que están con Mateo se han prestado voluntarios también -Paula levantó un pedagógico dedo índice. Hacía el papel de maestra a las mil maravillas-. En Abdlia no solo tenemos cuidadores embajadores, sino también embajadores little. Así tiene más sentido la propuesta y las personas que vienen pueden hacerse una idea lo más real posible.

-¿No es muy caro todo esto?

-Al principio sí lo fue -dijo Paula-. Ahora lo mantenemos entre todos y no es nada caro para todo el bien que nos hace. Créeme: aquí solo hay adultos que saben lo que quieren.

-Y quieren usar pañales y tal.

-Muchos sí, de vez en cuando. Y otros les cuidamos, por así decir. También tenemos bastantes usuarios que disfrutan de ambos roles. Y algunos que mantienen relaciones 24/7, pero son muy pocos. ¿Vamos?

-Oye… Yo no quiero cambiar pañales ni nada de eso. Paso.

-Por supuesto que no -contestó Paula-. De eso nos encargamos nosotros. En cualquier caso, si en algún momento te sientes incómoda, superada o, por la razón que sea, prefieres salir y volver a este salón o a algún otro sitio, por favor, dínoslo.

-Lo prometo.

Salieron en dirección a la sala correspondiente, que estaba al fondo del pasillo. A Maite le llamó la atención que las paredes de aquel ala estaban llenas de pintura de manos. Había manos por todas partes y de todos los colores imaginables. Supuso que los usuarios dejaban así su firma en la casa.

-Para la mayor parte -dijo Paula, adivinando los pensamientos de Maite- sus edades de little van de los dos a los seis años. No tendría sentido una firma para ellos. Ni un grafiti.

-Tiene su lógica. ¿Y los hay que juegan a ser más mayores?

-Sí, claro. Pero esta planta es para los más little.

-¿Hay plantas para otros juegos?

-También -dijo Paula llamando a la vieja puerta de madera-, por supuesto. Tenemos tres mazmorras en el tercer piso y ahí cada cual…

-¿Y el segundo?

-Ese es especial. Luego te lo enseño, si quieres. De todas formas, las tres cuartas partes de los usuarios solemos andar más por aquí abajo.

La puerta se abrió violentamente y al otro lado apareció quien Maite supuso que sería Mateo. Debía frisar los treinta, también. De complexión y estatura medias. El pelo cortado al cepillo. Aniñado todavía; la barba parecía más postiza que de verdad. Su rostro, congestionado por la furia, era todo líneas de expresión.

-Llegáis a tiempo -dijo Mateo-. Porque me sé de uno que, además de un pañal limpio, va a necesitar dentro de nada un culito nuevo.

De dentro llegaba una barahúnda de gritos, risas y algún que otro quejido. Cosas arrastrándose por el suelo. Cosas revueltas. Cosas que golpeaban otras cosas. Maite miró a Paula, como pidiendo más información.

-Son little -explicó Paula-. Si se portan mal, les castigamos. Esa es una de mis especialidades, además.

-Anda -Maite no podía imaginarse a Paula riñendo ni pegando a nadie. Y menos después de haber visto lo cariñosa que había sido con Bruno en el salón-. Quién lo diría.

-Pasad, por favor. Maite. Mami Pau… Perdón; Paula.

En menos de lo que tardó Maite en comprender la razón del error, el rostro de Mateo adquirió un color capaz de rivalizar con el colorete de Paula. Mateo permitió que la cuidadora le acariciase. Luego ella retiró las manos de repente, haciendo como que se había quemado. Eso hizo sonrojarse a Mateo aún más, hasta el punto de que el tono de su piel era indistinguible del de sus labios.

-Mateo tiene poca experiencia como cuidador en Abdlia -comentó Paula-. Normalmente prefiere ser little, pero lleva una temporada explorando otros roles.

-Eh… Sí, claro. Es eso -una risa nerviosa, efervescente-. Paula. Paula…

-A ver, ricura mía -dijo Paula, tomando a Mateo del mentón-. Cuéntale a la tía Maite cuántas veces Mami Paulita le ha cambiado el pañal a su meoncete preferido. Cuántas veces le ha leído cuentos y cuántas veces le ha hecho mimitos hasta que se duerme.

Los ojos de Mateo chisporrotearon como ascuas. Luego, el brillo fue remitiendo lentamente, a medida en que una sonrisa iba dibujándose en su rostro milímetro a milímetro, y otra, más pícara e inmediata en el de Paula.

-Cabrona.

-Un poquito, sí.

Ambos estallaron en carcajadas y Maite se les unió por cortesía. ¿Por qué, si no? Quería encajar un mínimo en aquel estrafalario lugar.

-Venga, que si no estos prenden fuego a la casa -dijo Mateo-. No sé cómo haces tú para meterlos en cintura, Paula.

-Como si no lo supieras -respondió Paula, insinuante-. Vamos allá.

Aunque Maite no se sentía completamente preparada, entró detrás de ellos. La sala era amplia; el triple que el salón de su casa, por lo menos. La decoración ya se la esperaba: dibujos rudimentarios, paneles con letras de colores y posters de dibujos animados. Estaba dividida en secciones: había una pizarra y pupitres en una esquina, una zona de juegos en la que destacaba un curioso tobogán y una pequeña biblioteca con silloncitos, pufs y peluches grandes como armarios. También había un pequeño arenero, pero estaba cerrado. Reinaba una febril actividad; Maite contó hasta nueve little muy metidos en su papel. Había dos que jugaban con piezas de construcción y se disputaban las mejores. Otros dos jugando a esconderse tras las cortinas. Otros dos peleándose por tirarse antes del tobogán. El restante les echaba a los demás miradas rencorosas desde un rincón. Maite dedujo que estaría castigado.

Los nueve tenían un aspecto diferente, único por así decir, pero inequívocamente… ¿ABDL?. La mitad solo llevaban puestas camisetas de colores y pañal. Uno vestía pantaloncitos cortos, con tirantes. Otra little, un vestido con lazos que parecía más de juguete que la muñeca con la que jugaba. El del rincón llevaba un onesie con muñequitos (elefantes, presumió Maite desde el centro del salón). Maite supo que su novio se habría encontrado en aquella sala como en su casa. No, se dijo. Casa no era el término adecuado. “Hogar” acertaba de plano. El matiz era fundamental, si es que Maite estaba en disposición de entender lo que estaba ocurriendo allí. Tenía que intentarlo, por lo menos.

Mateo y Paula no la importunaron y la dejaron pasear por entre los little, observando cuanto hacían. Maite había supuesto que dejarían de jugar. Que se asustarían o al menos se avergonzarían al entrar ella allí. Pero nada de eso. Al revés; incluso uno de ellos, de la edad de Pablo más o menos, le sonrió y le ofreció el cuento que estaba leyendo. Cuando Maite lo cogió, el chico se ruborizó de emoción, pero ella apenas se dio cuenta. No podía dejar de mirar la mancha de color amarillo verdoso que el little lucía entre las piernas. Estaba empapado. Y le daba igual estarlo, de eso Maite no dudaba. Allí dentro, según parecía, uno podía hacerse pis encima y no tenía importancia. Podía tirarse por un tobogán y se consideraba normal. Podía jugar al escondite como si nada.

Paula apareció junto a Maite, saludó al chico y le puso el chupete en la boca. Él rio despreocupadamente y alargó los brazos hacia Paula, ansioso por recibir cariñitos.

-¿Te estás portando bien hoy, Juanito? -preguntó Paula-. Mateo dice que estáis muy rebeldes.

El little asintió con la cabeza y señaló con disimulo a su compañero castigado, que observaba la escena con interés desde su rincón “de pensar”. En cuanto se dio cuenta de que Paula y Mateo lo miraban, se volvió de repente y se quedó muy quieto.

-Ya veo, ya -dijo Paula-. Vamos a ello.

Maite tuvo que preguntarlo. De alguna manera necesitaba una confirmación expresa para creerlo.

-¿A qué?

-Oh, ya sabes… A imponer un poquito de disciplina a un nene travieso. A ese, en concreto. Puedes salir un ratito si quieres, Maite.

-Ah… Bueno, supongo que me quedo. Acabo de entrar.

-Sí, mami Paulita -dijo el little sin levantar la vista del cuento. Pronunciaba mal debido al chupete-. Ha sido muy malo. Pam, pam, en el culete hasta que haga buah, buah.

-Sí, ¿eh? -dijo Mateo-. Pues a lo mejor tú eres el siguiente, así que mejor no digas nada.

-Noooooo -el chico parecía de veras ofendido-. Yo he sido muy bueno, papi Mateo.

-Ya veremos.

Maite tuvo la impresión de que la algarabía previa daba paso a una quietud tensa, expectante, a medida que Paula se aproximaba al rincón con pasos lentos y rituales, atrayendo las miradas temerosas de todos y cada uno de los little de la sala. Cuando llegó junto al chico que estaba castigado, el silencio era tal que Maite escuchaba los latidos de su propio corazón. De alguna manera, se había dejado contagiar por aquella amalgama de devoción y miedo que la presencia de Paula generaba en la sala. El little con el que estaban se puso a toquetear su pañal muy ufano y Mateo le dio un suave coscorrón para que parase.

-Vamos a ver -dijo Paula, metiendo un dedo en la cintura del pañal y tirando hacia atrás. El little se puso tenso y juntó las piernas como un soldado en posición de firmes-. Ajá. Ya veo. Además de bruto, un gran meón.

-N…no, no -balbuceó el chico-. Yo no hice nada, mami Paulita. Ha sido Juanito.

-¿El pipí también es culpa de Juanito?

-Yo… yo… Se me escapó cuando jugaba…

El brazo derecho de Paula salió disparado como una serpiente, agarró al little por la oreja y le dio un tirón. La otra mano se estampó en el trasero del little y lo hizo vacilar.

-Ven conmigo, pequeñín, ven. Ven a la faldita de mami.

Paula arrastró una silla de madera por el suelo. El inexorable chirrido de las patas le puso a Maite la piel de gallina y un nudo en la garganta que no era capaz de explicar.

-No, mami Paulita. Faldita, no. ¡Faldita, no!

-Sí, sí -dijo Paula, casi solfeando-. A mami no le gustan los niños malos y meones que se pelean con sus amiguitos- desabrochó el onesie con una habilidad notable, mientras el little daba pisotones en el suelo, sin moverse del sitio-. Así, bien desabrochadito.

-Mami, mami Paulita… Seré muy bueno. Seré bueno.

-Claro que lo serás, tesoro. Venga, la cuenta atrás -Paula fue arrancando las tiras adhesivas del pañal una a una, mientras las contaba-. Cuatro, tres, dos… -el little sollozó-. Uno.

Paula recogió el pañal mojado, lo dobló y lo puso bajo la silla. El little, desnudo de cintura para abajo, no se atrevía a mirarla. Paula lo agarró por una mano y le clavó un dedo en una de las redondas nalgas.

-Y ahora toca poner este culito como una picota. ¡Venga! A la faldita, mi amor.

-No, mami, no…

-Sí, mami, sí. Claro que sí.

El little, muy despacio, como si aún tuviera esperanzas de ser perdonado, se inclinó sobre el regazo de Paula y le dirigió una última mirada de tardío arrepentimiento. Cuando tenían la cabeza a la misma altura, Paula le dio un encantador beso en la sien y Maite se estremeció al escuchar a la cuidadora decir:

-Mami te quiere.

Por fin, el little se quedó tumbado de bruces sobre las rodillas de Paula, con el trasero completamente al aire y un poco elevado. Aunque la azotaina no había comenzado, el little no dejaba de lloriquear y de pedir perdón en voz muy baja. Maite se fijó en que más de uno de sus compañeros de juegos contemplaba la escena con malicia. Quizá el little no hubiera mentido. Pero ya daba igual.

Después, todo sucedió a una velocidad portentosa. Maite ni siquiera fue quién a contar los palmetazos cuando Paula comenzó a descargar una auténtica retahíla sobre el culo de su pupilo, a mano abierta y con el vigor de una atleta. Las marcas de sus dedos pronto formaron un red roja sobre la piel, mientras esta se encendía bajo los demoledores azotes, pasando del blanco al rosa y del rosa al encarnado. El little no dejaba de patalear, como si quisiera escapar corriendo, ni de sollozar bajo la implacable disciplina de Paula. Su culo, que vibraba bajo los tremendos impactos como un flan, fue literalmente tundido por Paula, ante la atenta y medrosa mirada de los demás little, que había perdido todo atisbo de la malicia inicial. Maite se preguntó por qué Paula no seguía riñendo al chico; le habría parecido lo más natural del mundo en aquel contexto. Algo del tipo “esto te pasa por malo” o “llora todo lo que quieras”. Lo típico, o lo que ella pensaba que sería lo típico. Incluso como neófita, Maite no carecía de imaginación.

El castigo se detuvo tan súbitamente como había comenzado. Casi parecía que el chico se había sentado sobre una hoguera cuando Paula le acarició las nalgas al rojo vivo y le dijo con suma ternura:

-Hala, ya tienes el culito bien rojo. Ahora, enséñamelo.

Maite no pudo entender nada de lo que el little respondió: algo ininteligible y entrecortado. Paula le ayudó a incorporarse, lo sentó sobre sus muslos y se puso a acunarlo. El little la abrazó, sin parar de llorar, enterrando el rostro bajo la barbilla de su cuidadora. Paula le susurraba palabras al oído, meciéndose con él atrás y adelante. Maite aprovechó la calma sobrevenida para mirar a Mateo, que estaba a su lado de brazos cruzados, y se lo imaginó también sobre las rodillas de Paula, sufriendo el mismo castigo. Por mucho que se hiciera el duro en su rol de cuidador, seguro que también había pasado por la faldita de Paula alguna vez.

Entretanto, el little castigado iba recobrando la compostura. Al menos ya se le entendía.

-Mami, mami… Lo siento mucho.

-Shhhh… Tranquilo, tesoro. No pasa nada. Estoy aquí contigo. A ver, dile a mami por qué te ha castigado.

Aquí dentro hace un calor de mil demonios, pensó Maite.

-Por hacerme pipí -se le quebró la voz-. Y por pelearme con Juanito. Pero ya no lo haré más, mami.

-Pues claro que no. Un nenito tan guapo y tan listo como tú -Paula pasó el dorso de la mano por las mejillas pringosas del little, que se quedó extasiado, mirándola con la boca abierta, incapaz de articular una sola palabra más-. Mami ha tenido que calentarte el culito un poco, pero te sigue adorando. Hala, ahora haz lo que mami te dijo, ¿vale?

El abrazo en que se fundieron descolocó a Maite. Sentía un vacío en el estómago que distaba mucho de ser desagradable. Un hambre nueva, de una avidez refinada. Una gota de sudor fluyó hacia abajo por el canal de su espalda y la obligó a pensar en Pablo. En sus ojos. Sus brazos. Y, sobre todo, en su culo. Maite se metió las manos en los bolsillos y apretó los dientes, entre los que habría dado cualquier cosa por tener los labios de su novio. Ese cabroncete de Pablo. Ese… ese… niño malo. Joder, qué poderosas eran algunas palabras.

Hubiera querido no mirar, pero lo hizo cuando el little se levantó, ayudado por Paula, y se inclinó hacia delante, mostrando su baqueteado trasero a toda la sala.

-¿Veis? -dijo Paula-. Esto es lo que les pasa a los niños malos.

Maite cerró sus puños bajo los bolsillos. Se clavó las uñas. Tenía el resultado de la antológica azotaina delante de sus ojos y no podía apartarlos.

-Muy bien -Paula se levantó y abrazó de nuevo al chico-. Ven, que voy a cambiarte.

-Sí, mami.

-Sí, mami… ¿qué más?

-Sí, mami Paulita.

Lo llevó de la mano a un lateral en el que había dos cambiadores. A una indicación de Mateo, se fueron acercando los demás usuarios y se pusieron a la cola. Maite recordó lo que había dicho Mateo, lo de la “Operación Culito” o algo así. Iban a cambiarlos a todos y ella no estaba segura de querer verlo.

-¿Cómo vas, Maite?- le preguntó Mateo-. ¿Estás bien? ¿Estás a gusto?

-Pues… es complicado. Por una parte sí, y por otra… me siento algo incómoda.

-Ya sabes que puedes quedarte o salir cuando quieras -le dijo Paula, abriendo el cajón del cambiador. Estaba lleno de pañales y toallitas de mil tipos y marcas diferentes-. Nada es obligatorio aquí salvo relajarse.

Maite había tenido suficiente para una primera aproximación. Se sentía abrumada por la experiencia. Había notado una auténtica conexión en algunos momentos, mientras que en otros se había sentido completamente alienada. Saciada su primera curiosidad, necesitaba digerir lo visto y presenciado. No tenía todavía una opinión formada respecto a eso del ABDL. Al menos no en su conjunto. Sin embargo, la idea de ser ella quien zurrara a Pablo era sumamente atrayente. Más que eso: excitante. Nunca lo había deseado antes y no sabía por qué. ¿Acaso se trataba del atrezzo? ¿Del ritual previo? ¿De la situación? ¿De… del público? Y Maite, que toda su vida se había considerado normal, se encogió de hombros y dijo:

-Bueno… Me quedo un poquito más.

-Como quieras -dijo Paula-. A ver, ven aquí, principito -Paula dio unos golpecitos encima del cambiador, levantando nubecillas de talco-. Vamos a ver qué regalito tienes para mami.

El primero de los little se subió al cambiador y se quedó quieto y a cuatro patas, esperando más indicaciones.

-Huy, huy huy… -Paula se cruzó de brazos, con un ademán desenfadado-. Mira lo que tenemos aquí. A ver, enséñale tu super pipí a la tía Maite.

-Pensándolo mejor, prefiero esperar fuera un ratito -dijo Maite-, hasta que terminéis.

-Ok, no te preocupes. Estoy contigo en cinco minutos -y se dirigió al usuario-. ¡Hop! Venga, date la vuelta y abre esas piernecitas bien para mami Paulita. Mateo, ¿te pones con los otros y abreviamos?

-Sí, claro -Mateo cogió a la chica del vestido cantoso de la mano y se la llevó al cambiador contiguo-. Vamos a ver ese culito de princesa -la levantó a pulso y la sostuvo hasta que la little consintió en sentarse en el borde. Luego, a traición, ella le dio un beso en la nariz y se echó a reír-. Mira que eres…

Maite levantó la mano para despedirse y salió sin mirar atrás. Cuando ya estaba fuera, se apoyó en la puerta y resopló como si hubiera escapado de un desprendimiento por los pelos. Caminó en círculos por el pasillo durante unos minutos, luchando por ordenar sus sentimientos y asimilar lo que había aprendido en aquella sala. Al poco, como había prometido, Paula salió, precedida por un coro de voces que cantaron al unísono: “Adiós, mami Paulita”.

«Y, sobre todo, en su culo…»

-¿Qué tal? ¿Muy fuerte? ¿Muy chocante? ¿Muy cringe?

-Un poco sí, la verdad.

-Pero solo un poco. Eso es buena señal.

-Necesito más café -la sonrisa de Maite fue equivalente a enarbolar una bandera blanca. Suspiró-. Es como si no estuviera preparada, y mira que he investigado por internet, pero verlo en persona es totalmente diferente.

-Sí, por supuesto -Paula hizo un gesto para que Maite fuera delante-. Tómate todo el tiempo que necesites y, si puedes, pásalo bien.

-Es jodido -Maite se sintió súbitamente nerviosa por soltar el taco y rectificó-. Quiero decir… rompe mis esquemas.

Siguieron hablando mientras se dirigían de vuelta al salón de estar. Allí, Paula preparó otra cafetera mientras le daba a Maite algunos detalles sobre lo que había visto.

-Tienen entre veinticinco y cuarenta y tres años. Son todos ellos ABDL, claro, aunque más AB que DL. Usuarios veteranos, por cierto. Uno de ellos estaba en el grupo de Sebas. ¿Sabes, el de los tirantes?

-Sí, sí.

-Pues nos conocemos desde hace años ya -Paula le acercó a Maite la taza de café-. Es un tío encantador. Para él, esto es un refugio con todas las de la ley. Lo necesita.

-¿Qué quieres decir?

(continuará…)

Historias ABDL: «ABDLIA» (II)

Siempre las normas primero.

Y allá vamos!

________________________________________________________________

Las palabras de Maite quedaron suspendidas en el aire. Paula las recogió con delicadeza y, en voz baja, de confidencias, dijo:

-¿Nunca has tenido la sensación de que algo no encaja dentro de ti? ¿De que estás fuera de lugar?

-Depende del sitio en donde me encuentre -Maite hizo una mueca burlona-. Aquí, por ejemplo, sí.

-Ya, bueno. Es habitual al principio.

-¿Al principio? -Maite se puso a la defensiva-. Venía a por información, nada más.

-Estupendo. Informar es uno de nuestros objetivos. Con claridad. Con transparencia.

Había un deje cansado, casi de agotamiento en la voz de Paula, como si acabara de salir de un gimnasio después de horas de entrenamiento. Maite iba a preguntarle si se sentía bien, pero Paula se recuperó y tras una muy honda respiración, dijo:

-Cada cual tenemos nuestra propia experiencia. La mía, te la resumo: niña solitaria, adolescente problemática y joven nihilista. Comencé a interesarme por este mundillo de casualidad. Con veinte o veintiún años leí Historia de O (no sé si te suena el libro) y, como me gustó, me puse a buscar por internet para profundizar. Hasta que encontré algo que de veras me hizo “clic” en la cabeza. Ese algo fue el ageplay: una rama específica del BDSM.

El término le sonaba mucho a Maite. Se había documentado exhaustivamente antes de buscar Abdelia.

-¿Y antes no te había llamado la atención?

-Puede, pero no le había hecho mucho caso a las señales. Ya sabes: un día estás discutiendo con tu chico y te asaltan pensamientos del tipo “te voy a lavar la boca con jabón, mocoso” o “una buena zurra es lo que te debería dar”. Y te lo imaginas pataleando sobre tus rodillas y suplicándote, mientras tú le pones el culo como un tomate.

Maite no había experimentado nada de eso, pero descubrió que tenía la boca abierta y que la taza de café seguía bajo ella sin necesidad, porque se lo había terminado. Paula se dio cuenta del efecto que su confesión había producido y detuvo la narración. Maite, tímida, desvió la mirada y devolvió la taza a la mesita. Aprovechó para tapar la foto de uno de los folletos; los hombres vestidos de rosa y con faldita no le gustaban.

-Entiendo. Estaba un tanto latente esa necesidad.

-Sí, algo así. El caso es que por aquella época, a los veintipocos, comencé a frecuentar foros y páginas de internet en las que se hablaba del tema y vi que había mucha más gente con esas tendencias. Al final, me desinhibí y me animé a probar.

-Vaya. Te refieres a ello como si fuera una droga.

-Una droga inofensiva. Sí -Paula consideró la idea unos segundos-. Es un buen modo de describirlo.

-Algo he leído también en internet sobre eso.

-Seguro -y Paula continuó su historia-. Empecé a conocer gente, más o menos por el centro de España: Madrid, Castilla-León, Castilla la Mancha, etc.

Maite necesitaba detalles para hacerse una imagen mental del relato y Paula iba muy aprisa, pero no le pidió ir más despacio porque le gustaba su naturalidad. Su sinceridad.

-¿Te gustó cuando probaste?

-¿Gustarme? -Paula agachó la cabeza a medida en que sus recuerdos la asaltaban-. “Gustar” es decir poco. Fue como si aquel día descubriera mi lugar en el mundo. Como si por primera vez me sintiera libre. Perfecta -. Una pausa dubitativa-. Yo.

-¿Tú?

-Sí. Yo… «de verdad«.

El silencio resultante fue largo. Paula respiraba hondo. Maite deseaba algunas aclaraciones por su parte. Las típicas notas a pie de página en un libro difícil de entender. Le daba vergüenza pedirlas. Prefirió esperar a que Paula retomase el hilo:

-Nos acabamos juntando un grupo de siete u ocho personas que congeniábamos mucho entre nosotros. Dos de ellas acabaron siendo pareja. El resto, buenos amigos con… cierto derecho a roce.

-Ajá.

-Quedábamos casi todos los fines de semana para vernos, hablar de nuestros gustos y ponerlos en práctica, aunque esto último solo de vez en cuando y con moderación. No porque no quisiéramos, sino porque necesitábamos conocernos bien antes. Nos parecía lo más adecuado tratándose de una actividad tan íntima. Y no todos teníamos la misma experiencia.

-¿Sexo? -Maite se sorprendió de su atrevimiento

Paula negó con la cabeza.

-Depende de la práctica en cuestión. Cada cual se sentía libre. Teníamos unos deseos, unas expectativas y unos límites distintos. Compartimos muy buenos momentos en aquella época, la verdad. Éramos un grupo de lo más variopinto.

-¿Y eso?

-Pues… imagínate. La más joven era yo, con veintidós años, pero el mayor pasaba de los cincuenta. Había gente de dinero y gente corriente. Heteros y homo. Más atrevidos y menos atrevidos, pero todos con una mentalidad muy abierta, eso sí. Y ganas de explorar.

-Heteros y homos. Los de veinte con los de cincuenta. Qué raro, ¿no?

La pregunta, en realidad, era muy otra: si la diferencia de edad tenía algún significado relevante en las prácticas. Una función diferenciada.

-Es bastante habitual en nuestro mundillo. Mi primer sumiso, y uno de los mejores, por cierto, me doblaba la edad.

-Perdona, debí callarme.

-Al revés; cuando menos te calles, mejor. En fin, que a los veinticuatro años, más o menos, tuve claro quién era y lo que quería en esto de la dominación y la sumisión.

-Y tú querías dominar.

-Sí, pero no exactamente dominar. No simplemente infligir dolor o humillación. Esa parte tenía menos importancia para mí-. Paula se inclinó hacia un lado y apoyó el codo en el brazo del sofá -. Yo prefería corregir, domar, educar… Dar y recibir devoción y ternura. Mi motivación, mi vocación si lo prefieres, siempre tenía una base… no sé. Sentimental, si quieres. Emotiva.

Algo más espiritual y mental que físico.

-Puede. Lo físico tenía su importancia, pero en un plano diferente.

Se oyó algo similar a una canción, que un coro de voces entonaba a lo lejos. A Maite le llegaba el sonido muy distorsionado, pero dio por hecho que sería una canción infantil. Fue incapaz de reconocerla.

-¿Y así fue como te metiste en lo del ABDL?

-Más o menos. Al principio fue raro; qué te voy a contar que no sepas. Ver a tíos hechos y derechos en pañales me parecía una frikada. La primera vez fue con alguien mayor que yo; me dio la risa, igual que a ti -Maite se envaró y Paula fingió ignorarlo-. No pude seguir. Luego, fui mejorando. Comprendiendo, poco a poco, las reglas del juego. Para mí el ABDL fue como el whisky.

-¿Como el whisky?

-La primera vez que lo probé me supo fatal -Paula hizo una mueca, como si le dieran arcadas-. La segunda, un poco menos a mierda que la primera; digamos que el regusto fue bueno. Y así. Con el tiempo, llegué a disfrutar profundamente del juego. Y ahora, lo practico siempre que puedo.

-No sé -Maite se frotó la barbilla, pensativa-. Dudo mucho que yo pudiera acostumbrarme, la verdad. Además -creyó necesario bromear, para distender un poco el ambiente-, casi no bebo.

-Haces bien -Paula sonrió de oreja a oreja-. Pero, en fin, las estadísticas están ahí.

-¿Estadísticas?

-Pues sí -dijo Paula, satisfecha-. Hemos elaborado algunas estadísticas con los pocos datos de que disponemos. Y lo dicen claro: más de la mitad de quienes prueban, repiten. Al menos aquí, en Abdlia.

-¿Se puede probar?

¿Por qué cojones había dicho eso? ¿Su innata curiosidad le jugaba la enésima mala pasada? ¿Se había dejado llevar por la pasión con la que Paula le estaba revelando todo aquello? Decidió disculparse, para evitar malentendidos.

«Ver a tíos hechos y derechos en pañales y onesie me parecía una frikada»

-Perdona, quiero decir si prueba mucha gente.

-Casi todos. Mmm… -Paula hizo memoria-. Nueve de cada diez, prueban.

-Qué precisión.

-¡Solo faltaba! -Paula se recostó en el sofá, con aire desenfadado-. Soy licenciada en Matemáticas.

-No se te nota.

-¡Ja! Esa sí que es buena -una risa, como un trino-. ¿Y cómo se me debería notar? ¿Poniéndome unos pendientes con el signo de la integral?

Maite sonrió y se preguntó si tales pendientes, de existir, podían tener connotaciones sadomasoquistas. Por lo menos, para ella sí. A fin de cuentas, Maite era funcionaria, no científica. Su única relación con las integrales consistía en comer insípidas barritas de cereales…integrales.

-¿Qué pasó luego? ¿Cómo llegasteis a fundar Abdlia?

-En aquel grupillo, como te dije, había un hombre maduro. Lo queríamos y respetábamos mucho. Se llamaba Sebas. Este hombre, además de ser la persona más dulce y culta que jamás he conocido, había hecho bastante dinero en su vida.

-¿Fue tu pareja ¿Tu little?-preguntó Maite, orgullosa de deslizar el término.

-¿Sebas? No, qué va. Pobre.

-¿Por qué?

-Lo primero y principal, porque era gay. Aunque él odiaba esa palabra. “Qué cursilada”, solía decir.

-¿Y qué más?

-Verás: Sebas había visto mucho mundo, con diferencia el que más de todos nosotros. Eso incluía haber explorado a fondo la cultura BDSM, tanto aquí como en el extranjero. Era un tío liberal. Sin embargo, también llevaba a cuestas mucha carga psicológica.

Más allá del hueco de la puerta Maite vio desfilar a varios little. Iban juntos, de la mano, a veces con su cuidador y otras con algún compañero. Ninguno iba vestido del mismo modo, pero Maite estaba segura que debajo de aquellos pijamas, aquellos trajecitos y aquellos mandiles llevaban pañales porque, en la mayoría de los casos, la ropa les abultaba demasiado de cintura para abajo. La tropa no les molestó. De hecho, no les hizo el menor caso. Su alegre griterío pasó de largo y se extinguió.

-¿Cuánta gente tenéis hoy?

-Entre las tres plantas, seremos unos treinta, más o menos -y, como si ese dato no tuviese la menor importancia, Paula retomó la historia-. Cuando digo cargas, digo cosas serias. Auténticas movidas. Unos padres retrógrados. Un matrimonio fracasado en los años noventa. Un intento de suicidio. Acoso. Amenazas de muerte. Problemas con las drogas… Yo que sé. Sebas arrastraba tanta mierda que ninguno comprendíamos cómo era posible que pudiera aún sonreír. Y lo más raro: nunca estaba de mal humor.

-Hablas en pasado. ¿Qué le pasó?

-Murió de cáncer -Paula aguardó a que la terrible píldora surtiera efecto en el rostro de Maite-. En junio hará cuatro años.

-Lo siento de veras.

-Gracias -y Maite tuvo la sensación de que ese gracias no se parecía a otros que estaba acostumbrada a oír o a pronunciar-. Sebas, como te dije, tenía pasta, pero su único heredero resultó ser un primo suyo o algo así. Sus padres ya habían muerto y él había sido hijo único, así que, antes de morir nos pidió que hiciéramos… esto.

-Abdlia.

-“Haced esto en memoria mía” nos dijo -al ver la sonrisa torcida de Maite, Paula se la devolvió-. A él le encantaba hacer coñas con las cosas de la iglesia. Según él, los curas le habían jodido demasiado en su niñez y adolescencia como para perdonarlos. Y, sin embargo, a su manera, él creía. Les había perdonado más de lo que le gustaba reconocer.

-Sebas era ABDL, entonces. ¿Me equivoco?

-Y muchas más cosas: spanko, por ejemplo. Pero profesaba un cariño especial al ABDL y a quienes lo practicaban. Hasta tenía su propia definición: “Teatro indie meets meditación trascendental, pero meándote encima” -. Paula rio, atolondrada-. Le echamos mucho de menos.

-Ya veo. ¿La herencia de Sebas cubrió todo esto?

-En gran parte. El resto lo pusimos de nuestro bolsillo. Aunque no fue muy caro.

-¿Y cómo lo hicisteis? -Maite superó la tentación de pedir el importe exacto a la licenciada en matemáticas- ¿Vosotros, directamente?

La interrumpió un súbito zumbido. El teléfono móvil de Paula vibraba sobre los cojines del sofá. Maite le dio permiso para cogerlo con un gesto.

-¿Sí? -pausa indeterminada-. Ah, sí, claro -un bisbiseo ininteligible-. Escucha, hoy estoy de embajadora. Está esa chica, Maite, conmigo. ¿Te importa si pongo el manos libres? Vale.

Paula dejó el móvil en la mesa con sumo cuidado, como si conociera la acústica del salón y quisiera escoger el mejor lugar. Del otro lado se presentó una bonita voz de barítono, apenas distorsionada por la algarabía de fondo:

-Hola, Maite. ¿Cómo estás? Nos encanta que nos visites. Soy Mateo, encantado.

-Hola, ¿qué tal?

-Oye, Mateo -dijo Paula-. Estamos aquí de charleta, pero si necesitas que te eche una mano, no hay problema.

-Sí, porfa. A saber lo que han desayunado estos cabrones. Están hiperactivos -la voz se alejó por momentos, perdiendo volumen-¡Clara, estate quieta con las cortinas! ¡David, ven aquí! -y la voz volvió a escucharse en primer plano-. Hay que cambiarles y no quiero alborotos en plena Operación Culito Al Aire.

-¿Vamos?

Maite detestó darse cuenta de ello, pero aquel era uno de esos momentos en los que un “sí” o un “no” pueden lamentarse el resto de la vida. Y detestó más aún ignorar cuál de las dos opciones la haría, a la larga, más feliz. A corto plazo prefería el “no”, eso lo tenía clarísimo. El subsiguiente conflicto interior se saldó, tras un enconado enfrentamiento, con la victoria por la mínima -y en el tiempo de descuento- de la Maite curiosa e inquieta.

– Por mí, está bien -dijo Maite.

-Vale -dijo Mateo desde el altavoz-. Estoy en la sala 2 con… -y soltó un grito estridente, antes de colgar-. ¡Como vaya ahí os caliento!- Y colgó.

Las dos mujeres intercambiaron una mirada de inteligencia. Se avecinaba la prueba de fuego y ambas lo sabían. Lo único que Maite tenía claro es que a ella el whisky no le gustaba. Pero, como había dicho Paula, a nadie le gustaba al principio. O a casi nadie. Casualidades de la vida: Pablo, su novio, no bebía otra cosa cuando salían.

(Continuará…)

Historias ABDL: «ABDLIA» (I)

¡Hola, queridos!

Hoy vamos con historia, que ya iba tocando, y va a ser un poco diferente. En primer lugar, va a ser larga, muy larga, así que la iré subiendo por entregas. En segundo lugar, será un poco especial ya que la mayor parte de la historia será un encuentro o entrevista ficticia entre dos mujeres, en un lugar igualmente ficticio, claro está (Abdlia, hasta donde yo sé, no existe; nada de hacerse ilusiones, jajajaja). Y será también muy intertextual, casi como un post convertido en relato.

También quería deciros que ando liado, con mucho curro y cientos de proyectos entre manos, por lo que no voy a poder actualizar el blog con tanta frecuencia como hasta ahora. Supongo que a medida que se vaya acercando el verano tendré más tiempo para darle caña y podré volver a una media de cinco o seis posts al mes. Pero vamos, que no lo dejo, ni mucho menos. Es solo que necesito priorizar otras movidas durante unos mesecitos ;).

¿Qué podéis esperar durante los próximos 3-4 meses en Historias ABDL? Sobre todo, «capítulos» adicionales de «Abdlia» y, muy de tanto en tanto, si me da la vida, algún post random sobre nuestro tema de siempre.

Por supuesto, para cualquier cosa que me queráis contar, escribidme: nenitomojadito@gmail.com

Como es costumbre, antes de empezar, las normas.

Y, por fin… «let me tell you of the days of high adventure...» 😉

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Maite mantenía el dedo índice sobre el timbre, pero no se atrevía a presionarlo, como si tuviera miedo de que el ruido fuera a despertar a alguna bestia dentro de la casa. Dudaba que hubiera animales, pero gente había seguro; se escuchaban voces, conversaciones, y de vez en cuando alguna risa lejana, amortiguada por la pared de ladrillo y por las gruesas cortinas, corridas en todas y cada una de las ventanas.

La sierra de Madrid en febrero podía llegar a ser un lugar inhóspito. El viento levantó los bajos de su abrigo y Maite se arrebujó en él. Notó una helada humedad calando sus medias hasta el hueso. El brazo empezaba a dolerle. Quizá, pensó, sea mejor que me vaya; esto ha sido una mala idea y este edificio, aquí en mitad de la nada, da mal rollo. Todo eso del ABDL es chungo, se dijo.

La posibilidad de recorrer de vuelta los cien kilómetros hasta su casa y acabar con las manos vacías estaba ahí. Había empezado sus vacaciones y podía permitirse perder un poco el tiempo. Pablo, su novio, ni siquiera sabría nunca que había llegado tan lejos como hasta aquellas coordenadas de Google Earth, después de bucear en páginas y páginas de internet y de interesarse a fondo por esa historia rara del ABDL.

Ella quería de veras a Pablo. Muchísimo. Pero…¿tanto? Hubiera entendido que a su novio le gustaran otras cosas: la ropa de cuero, atarla a la cama…. Raro, pero básico. Lo de los pañales, los chupetes y demás, le costaba infinito. ¿Cuántas mujeres habrían siquiera considerado la opción de informarse? Pocas. Y de involucrarse en ello, Maite creía que una o ninguna, como solía decir su padre. Ella era esa una. Informarse y leer de todo era su vicio.

Y, sin embargo…

Aquel podía ser el fin de su búsqueda. ¿Qué le podía pasar? ¿Qué más iba a aprender? ¿Qué iba a ver que no hubiera visto ya en internet? Una cosa tenía clara: lo del ABDL, por raro que fuera -y lo era mucho, joder- le parecía inofensivo. ¿Una fantasía como cualquier otra? Eso tampoco, ojo. Sí, vale: ella también tenía sus fantasías, pero mucho más… normales, vaya. Maite se consideraba bastante normal. O sea, con sus cosas y eso, ¿no? ¡Ay, joder! ¡Qué difícil era la vida a veces! Chasqueó la lengua.

-¿Qué es normal? -musitó Maite. Lo mismo que Pablo le había dicho más de una vez cuando le sacaba el dichoso tema.

-Y yo qué sé. Pero eso no, cariño -solía decirle ella.

-O sea, que soy un anormal -el típico contraataque de ese cabronazo y adorable guaperas que era su novio.

-No… Déjame pensarlo. Déjame. Quiero entenderlo de alguna manera.

Pues ahora es el momento, se dijo Maite. Miró por encima del hombro: dehesas perladas de lluvia, la carretera serpenteando hacia unas montañas que sostenían sobre sus romas cumbres un cielo encapotado. Escapar no era una opción. Iba a dar el paso. Y ese paso la adentraría en una casa aislada en mitad de Sistema Central que, por fuera, habría hecho un buen papel en un libro de Stephen King: ladrillo desportillado, ventanas de madera y el aspecto desvencijado de un edificio decimonónico. Salvo por el críptico cartel adornaba la fachada, que en letras mayúsculas ponía “Abdlia”.

Tomó aliento. Pulsó el timbre y escuchó, ansiosa, el rumor de pasos que venían hacia ella. Hasta los contó. Siete en total. El corazón de Maite se embarcó en un sprint implacable. Por fin, la puerta se abrió.

-Buenos días. Tú debes de ser Maite, ¿no?

-Hola. Sí.

Debido a la diferencia de temperaturas, una vaharada de calor se abalanzó desde dentro contra Maite, que tuvo que parpadear para mantener la compostura.

-Encantada. Yo soy Paula. Hoy me toca a mí hacer de relaciones públicas aquí. Ya he echado un vistazo a tu cuestionario.

-Ah… Perdona -dijo Maite-. No quiero molestar. Solo informarme un poco… Ya sabes.

-Claro que sé.

La chica le hizo un gesto, invitándola a pasar. No era muy alta, pero sí algo más joven que Maite: veintimuchos años. Sonrisa afable. Anchas caderas. La piel sonrosada, con mejillas como manzanas silvestres y dos coletas doradas que las enmarcaban, sobrepasando la boca de labios carnosos. Vestía un mandil sencillo, sobre una bata a cuadros blancos y azules que a Maite le pareció como de maestra de guardería. No faltaba el portatizas en el bolsillito correspondiente.

-Adelante -dijo Paula, guiñando un ojo-. Que se escapa el gato.

-Por supuesto.

Dentro hacía un calor casi achicharrante. Maite se quitó el abrigo mientras contemplaba el hall. Las paredes estaban pintadas de colores vivos: azul cielo, amarillo limón y lila, aunque había tantos recortables, tantos dibujos y paneles de corcho atiborrados de monigotes que la pintura apenas tenía claros. Maite se fijó en las palabras que recorrían las paredes, construidas con grandes letras de papel pintarrajeado: “Amistad”, “Felicidad” y ya casi en penumbra -no había mucha luz en el pasillo, solo un discreto halógeno- “Alegría”. Olía a ambientador, con un toque de lejía.

Estando allí dentro, era imposible no sentirse más segura, y no solo por el calor. Maite venció la sensación de irrealidad para preguntar:

-Vaya. Por fuera es muy diferente.

-Sí, es verdad. Pero nos gustó la idea y decidimos hacerlo así.

-¿Por algo en concreto?

-Los usuarios. Nadie es igual por dentro que por fuera. Acompáñame, por favor.

Recorrieron el pasillo. En cada una de las habitaciones -o aulas- laterales se paseaban sombras de un lado a otro. Los gruesos y traslúcidos cristales impedían a Maite ver nada más.

Llegaron a un pequeño saloncito muy en la línea de una consulta médica, con una mesa baja llena de folletos y panfletos varios. Maite los estudió de lejos, intentando disimular su interés. No; decididamente, ninguno de los hombres en pañales, pijama o onesie que había en las portadas era Pablo. Tendrían otros nombres. La idea, por muy simple que fuera, la sobresaltó, aunque no para mal. Quería decir algo: en este mundillo había más gente. Y mucha, quizá.

También había un mueble archivador, un par de sofás algo viejos y sobados, y una cafetera llena el aroma de cuyo contenido reinaba supremo dentro del saloncito. El toque cotidiano lo ponía la fila de archivadores negros que copaba el resto del mueble. Con los lomos atestados de lamparones inidentificables, rasgaduras y rayones de color, daba la impresión de que los archivadores estaban cansados, pero felices de seguir en pie.

-¿Un café? -dijo Paula-. Me imagino que tendrás muchas preguntas. Echa un vistazo a los folletos, si quieres, aunque dirán más o menos lo que ya sabes.

-Sí, por favor. Con leche- a Maite le pesaba la cabeza-. Cuanto más cargado, mejor.

Paula destapó la cafetera, se dejó bautizar por el humo y sirvió dos tazas, mientras el burbujeo del líquido hacía salivar a Maite. Paula se agenció un puñado de terrones de azúcar de un cestito, le dio uno a ella y Maite lo vio normal: Paula tenía aspecto de ser muy dulce, y en más de un sentido. Ambas mujeres (de las cuales una aún podía identificarse como chica) se sentaron, frente a frente, y se permitieron beber el primer sorbo en silencio. Después, Paula retomó la conversación:

-Lo primero, gracias por venir. Es un acto de valor.

-Imagino que no se atreverá mucha gente.

-Pues imaginas mal -rio Paula-. Cuando empezamos, hace cinco años, no logramos reclutar ni a una docena de personas. Y ahora somos casi doscientos.

-Guau. ¿Doscientos?

-Y eso que, como es normal, solo viene gente de Madrid y alrededores. Y que no todo el mundo quiere participar en un proyecto así -Paula tomó la taza con ambas manos y puso cara de satisfacción-. No tenemos datos fiables, pero solo en España calculamos que puede haber, entre caregivers y littles, varias decenas de miles.

-Vosotros sois una inmensa minoría, entonces.

-Pues sí. La punta del iceberg, apenas.

De lejos llegó el eco de lo que sonaba como un llanto y Maite apretó los dientes. Luego escuchó el portazo y ya no lo pudo evitar: se puso tensa. Paula hizo un gesto para reconfortarla.

-Tranquila. Este es un lugar feliz y seguro. No será nada.

Un segundo después un chico irrumpió en el salón. Maite le calculó unos treinta años: alto, fuerte, moreno, con el pelo corto y un pecho prominente de deportista. Vestía solo una camiseta estampada de animalitos, que le quedaba pequeña, y unos calcetines largos de lana. En conjunto, si no fuera por el muñeco de trapo de la mano derecha y el pañal, a Maite le habría parecido incluso atractivo.

El chico ni se fijó en ella. Hizo un mohín y se envaró.

-¡Mami Paulita! -dijo el chico, zalamero- No quiero más judías. ¡No me gustan! ¡No y no!

Maite se removió en el sofá debido a una nueva punzada de incomodidad; era como si se hubiera sentado en el colchón de un faquir. También puedo levantarme y marcharme, razonó. No me lo van a impedir. Solo la mirada serena de la cuidadora -si Maite comprendía la terminología- la logró retener. Otra cosa no, pero Paula transmitía una ternura y una serenidad innegables, que hasta a ella la reconfortaban. De algún modo.

-Ya hemos hablado de eso, tesoro -la voz de Paula tenía una musicalidad adormecedora-. Tienes que comer judías para estar fuerte. ¿O quieres ser un debilucho?

El chico pasó junto a la mesa, se sentó en el regazo de Paula y apoyó la cabeza en su hombro. De pie, probablemente le sacara cabeza y media a su rubia cuidadora. Mientras tanto, Maite se había perdido en su interior, justo entre el estupor y la curiosidad. Es decir: en el terreno de la vergüenza ajena. Se mordisqueó los labios para no reír. Una vez superada la primera impresión… como para no hacerlo.

-Pero yo nu quiero judías -dijo el chico para el cuello de Paula. Pataleó con timidez, más como juego que como protesta.

-Bueno, ¿y entonces qué hacemos? Es lo que había hoy -apoyó la mano en el vientre del chico y apretó ligeramente-. ¿Esta barriguita se queda vacía?

-Mmmm… Pero yo no quiero.

-Aaaaaanda -de nuevo ese tono cálido y armonioso-. Vaaaaamos.

-Eso -el chico batió las palmas-. ¡Aúpa! ¡Aúpa!

Mientras él la aferraba como un monito, Paula lo levantó en el aire y le dio un beso. Él se puso de pie. Maite se quedó mirando el pañal, que el chico llevaba muy ajustado, casi tirante. No podía explicarse que un hombre de treinta años se paseara así, en pañales, por aquella casa, con toda la tranquilidad del mundo y sin privacidad. Paula introdujo un dedo por detrás del pañal, forzó el elástico y echó un vistazo dentro.

-Seco -dijo amablemente-. Pero te queda justito. Habrá que pedir más de tu talla.

-Sí, mami Paulita. ¡De dinosaurios!

-Hala, vamos allá -Paula le dio una graciosa nalgadita. Pam-. Que si no te perderás el postre. Venga, sé un poco educado y por lo menos di adiós con la manita, cielo-. Y se dirigió a Maite-. Disculpa, no tardo nada.

El chico la miró, sorprendido, como si hasta aquel momento no hubiera sido consciente de que Maite estaba allí. Levantó muy despacio la mano. La agitó. Maite se sintió obligada a hacer lo mismo.

Paula sacó un chupete de uno de sus múltiples bolsillos y se lo metió al chico en la boca. Él succionó con avidez, como si tuviera una deuda consigo mismo y quisiera pagarla así. Ambos se marcharon, caminando de la mano. Maite, al quedarse sola, se imaginó a su novio acurrucado contra ella, en pijama y chupándole los pezones. Se estremeció.

El amargor del café la arrebató de sus ensoñaciones. Se le estaba quedando frío. Casi tanto como los folletos que tenía delante. Tomó uno al azar y lo hojeó. Llevaba por título “¿Eres sissy y no lo sabes?” y en la portada salía una chica en pañales, vestida con un extravagante conjunto rosa, y gateando. ¿O era un chico? Iba tan maquillada que Maite… ¡Anda! ¡Si era un chico! Sí, casi con seguridad. Como si fuera un periódico, Maite fue pasando las páginas del folleto y leyendo los titulares de cada artículo: “Género fluido y ABDL”, “La importancia del travestismo en el Ageplay”, “Feminización forzada y petticoating”…

«¡Mami Paulita! ¡No quiero más judías!»

-¿Interesante?

Paula entró de nuevo en el salón pero Maite, esa vez, mantuvo la calma. Decidió que, por el momento, no se alteraría más. Aunque supusiera un reto para ella, afrontaría la experiencia como algo positivo. Porque desde luego, para las personas que había por allí (los “usuarios” como decía Paula) Abdlia era un sitio 100% positivo. Casi perfecto. Eso resultaba evidente.

-Por experiencia, sé lo difícil que es romper el hielo -Paula se sirvió otro café-. Permíteme ser directa. ¿Tu pareja es un sissy boy?

-¿Pablo? -Maite no se avergonzó de decir el nombre de su novio en aquella estancia-. Yo… ni idea, solo estaba leyendo -dejó el folleto con los demás-. Te agradezco… Te agradezco la amabilidad, porque no sé ni por donde empezar.

-Tampoco lo sabía yo hace seis o siete años. Y aquí me tienes hoy, cuidando de algunos de mi little favoritos.

-¿Tu… tesoro?

Nada más decirlo, Maite comprendió lo impertinente, lo absurdo de la pregunta, pero Paula se echó a reír, como si tuviera preparada la respuesta de antemano:

-¿Quién te crees que soy? ¿Gollum?

Entonces fue Maite la que rio. Fue una risa espontánea, franca. Sintió que liberaba con ella una considerable parte de sus prejuicios. Como un globo, soltaba lastre para poder ascender. Paula le estaba cayendo bien. Tuvo que dejar la taza sobre la mesa, porque no quería derramar el café.

-Perdona. Soy gilipollas, de verdad -dijo Maite-. Imagino que será tu pareja.

-¿Bruno? ¡Qué va! No. Es el compañero de mi mejor amiga y uno de los little más populares por aquí. Un poco mentirosillo, pero nada que no se pueda corregir con algo de cariño y disciplina. Tú ya me entiendes, ¿no? Y si no, me lo dices y yo te explico.

-Vaya -dijo Maite, genuinamente asombrada-. Veo que os tomáis muy en serio lo de los little y demás.

-Eso es más difícil de responder de lo que parece -Paula se quedó pensativa unos instantes. Sus ojos acapararon la luz del salón-. Es al mismo tiempo en serio y en broma. De verdad y de mentira. A veces lloramos y a veces reímos -se encogió de hombros-. O las dos cosas a la vez. Nosotros no tenemos todas las respuestas. Es más: la mayor parte hemos renunciado a buscarlas. Ya no queremos respuestas, sino disfrutar de lo que nos gusta y expresarlo en un entorno seguro. Pero estoy hablando yo demasiado. Dime. Pregúntame.

-Me gustaría saber más respecto a un tema, no sé si es lo más adecuado.

-Tú dirás.

Maite hizo un amplio gesto circular, como queriendo abarcar todo el salón. La casa entera. Y, con un suspiro de impaciencia, se lanzó:

– Cuéntame. ¿Cómo empezásteis?

-¿Esta aventura de Abdlia?

-Sí, esta aventura de Abdlia.

-Ahora soy yo la que no sé por dónde empezar -. Pero antes de que Maite dijera algo demasiado obvio, Paula la chistó-. Un segundo. Ya. Ya sé como.

-Me muero de ganas de oírlo -y Maite lo decía con absoluta sinceridad. Curiosidad le sobraba, aunque le diese un poco de grima eso del ABDL. Bueno; con Paula cerca, reconocía que un poquitín menos-. ¿Cómo empezó todo?

(Continuará…)

Stephan

PD: Jojojojo… soy el puto amo de los cliffhangers XD

Historias ABDL: «Angelitos»

Como siempre, antes de cualquier historia, las normas.

Hoy nos vamos a poner muy AB. Muy, pero que muuuuuy AB… 😉

¡Disfrutad!

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A las diez de la mañana sonó el despertador. Los agujeros de las persianas proyectaban pequeños círculos dorados sobre las sábanas de la habitación en penumbra, coloreando de gris oscuro el armario, el cambiador y los juguetes desperdigados alrededor de la cama. Apenas se oía el rumor de la calle; los sábados, a la ciudad le gustaba tanto remolonear como a Bruno.

Se dio la vuelta en la cama y estiró el brazo para agarrar a Milo, su peluche favorito. Allí estaba. Se lo acercó de un tirón e hincó la nariz en el pescuezo del elefantito: olía a sobado, a suavizante y también -Bruno lo reconocía- un poco a pipí. Eso le recordó que había dormido la noche del tirón. Palpó el colchón justo debajo de él. No estaba húmedo. Hizo lo mismo con su pijama; también estaba seco. No había mojado la cama. No se le había escapado ni una gotita. Mami se iba a poner muy, muy contenta.

Además, era sábado por la mañana. Los sábados por la mañana eran lo mejor del mundo. Podía comer todas las magdalenas que quisiese, todos los platos de cereales que le apeteciesen, jugar sin parar durante horas y horas… Y eso cuando dejaran de poner dibujos animados en la televisión, claro. En realidad, mami le ponía el despertador a las diez para que no se los perdiese y aprovecharse mejor el fin de semana. De no ser por ello, Bruno nunca se levantaba antes de las doce, porque le gustaba quedarse en la cama, dormitando.

Se sentía tan en paz. Tan afortunado y pleno. Mami le decía siempre que los niños debían dormir mucho para recargar las pilas y poder hacerle mimos a sus mamis. Era verdad, porque cuando él se despertaba, siempre tenía esa urgente necesidad de afecto, de intimidad. Necesitaba liberar esa carga cuanto antes con mami. Se arrastró hacia el otro lado de la cama sin soltar a Milo, aún con los ojos cerrados y una sonrisa bobalicona en la cara. En busca de una blanca espalda y un terso cuello. Iba a tejerle a mami un albornoz de besos y caricias que sería la envidia de todas las mamis del mundo.

Pero ella no estaba allí. Su lado estaba frío y la almohada había perdido el huequecito de su cabeza. Solo quedaba de ella su tenue olor a flores, matizado por la transpiración de ambos, de mami y de él: la fragancia más inconfundible del mundo. Para Bruno, la felicidad olía exactamente así: a los dos al mismo tiempo, pero sobre todo a ella. Una vez, mientras mami le vestía, le había sugerido que sacaran una colonia igual que esas que anunciaban en la tele, justo con ese olor, y mami se estuvo riendo de la ocurrencia toda la semana.

Buenos días, Grenouille! -le decía mami antes de abrir las cortinas.

-¿Qué es eso de Grenuil, mami? -inquiría él, frotándose los ojos.

Pero ella no estaba allí para hacer la misma broma, si es que lo del grinuil ese era una broma.

A Bruno se le ensombreció el ánimo. Los besos se le iban a marchitar en los labios. Las caricias en la punta de los dedos. Todo ese amor se malograría, se esfumaría sin remedio. La angustia de la pérdida se encaramó desde su vientre a la garganta, como una bola de plomo impulsada por un martillazo en las atracciones de la feria. Bruno tanteó. Arañó. Pataleó. Pero ella no estaba allí. No estaba allí para los mordisquitos en la oreja y los buenos días. No estaba allí para cantarle la canción de los sábados. No estaba allí para felicitarle, dibujar un sol en el calendario de la mesita, quitarle el pañal y ponerle el pullup de estrellitas mientras lo llamaba “mi hombrecito”.

Cuando vio que sobre la mesita había un sobre con la letra de mami y unas caritas sonrientes dibujadas se sintió… no sabía cómo… Quizá como un viajero que, a punto de morir de sed, encuentra un oasis en mitad del desierto. Sí. Eso. Y ojalá mami le esperase en ese oasis, vestida con una túnica y un velo. O, mejor, desnuda, que es cuando más guapa estaba. Y tuviera preparada una bandeja de dulces de miel y pistachos para él. Y los labios pintados con mermelada de lima.

Dentro del sobre había una carta perfumada, escrita a mano con esa letra tan bonita y redonda de mami. Las “b” tenían barriguitas tan gordas como la de Milo. Casi inconscientemente, Bruno se introdujo el chupete en la boca. Aun sabía un poco al helado que habían comido de postre la noche anterior. Empezó a leer.

“Buenos días, tesoro. ¡Levántate pronto o te perderás los dibujos!

He tenido que salir temprano de compras para poder hacerte espaguetis. Volveré en cuanto pueda, ¿vale? Pórtate bien y no te preocupes.

No tardaré mucho; a lo mejor vuelvo antes de que te levantes, pero prefiero dejarte la nota, por si acaso.

Te echa mucho de menos y te adora

Mami.

XOXO”

Bruno suspiró y se llevó al corazón la carta de mami como quien se cubre una herida que sangra. Una tempestad de dudas se desató dentro de él. Los primeros signos de la inundación se revelaron en su cara, más concretamente en las lágrimas que empujaban contra las comisuras de sus ojos, clamando por ser liberadas. Los más acuciantes e incontrolables, sin embargo, fueron otros: en cuanto Bruno se sentó al borde de la cama, empezó a hacerse pipí. No un poquito. No unas gotitas. Un chorretón incontrolable, de los que mami llamaba “la gota fría”. Bruno se sentía incapaz de reaccionar. Lo único que se le ocurrió fue seguir haciéndoselo, notando los burbujeos dentro del pañal y cómo este iba engordando más y más entre sus piernas. Dio un estirón a la cintura del pijama y lo comprobó. Si habitualmente el pañal abultaba bastante, después de empaparlo así el pijama le iba a quedar muy justito. Puede que mami tuviera que ponerle el nuevo, el de los patitos. Cuando volviese, claro.

Pero ella no estaba allí.

-Mami. Mami… -susurró-. Ven.

En cuanto hubo terminado, se echó a llorar. En la mano derecha apretaba la carta de mami. En la otra, sostenía a Milo contra su cara, como si quisiera ocultar su llanto al resto de juguetes, a la foto de mami que le sonreía en un marco sobre la mesita y a la gran ciudad de la que le separaba la persiana aún bajada. El olor rancio del peluche mojado de lágrimas le retrotrajo a las escasas ocasiones en las que mami había tenido que castigarle. ¿Y qué? ¿Qué importaba? Solo habían sido unos cuantos azotes con el pañal puesto. Y se los había merecido, por jugar cerca de los enchufes y por romper el móvil de mami con la pistola de ventosas. Estaba dispuesto a recibir el doble, el triple… los que fueran. Con el cepillo. Y con el culito al aire, si era necesario. Estaba dispuesto a afrontar cualquier prueba. Pero no a tener que esperar a mami ni un solo minuto más.

¿Y si se había marchado para siempre? Solo de pensarlo, la cabeza le daba vueltas y tenía la sensación de que la casa se le iba a desmoronar encima, a sepultarlo irremediablemente. Si de veras ella lo había dejado, quería que el derrumbe fuera cuanto antes. No quería ni podía vivir sin ella. ¿Dónde se había visto a un nene sin mami? Sí, él sabía que había huérfanos, pero su orfandad sería, de consumarse, mucho peor que una orfandad natural. Porque Bruno tenía una madre, sin ir más lejos. Pero había tardado treinta y seis años en tener una mami, y perderla era un drama que no quería siquiera considerar como posibilidad.

No había peor castigo que no estar con ella. Que no poder abrazarla. Que no quedarse embelesado durante horas escuchándola hablar por teléfono, mientras él organizaba carreras con sus cochecitos de juguete. Que no quedarse con la boca abierta y perder el chupete cuando ella se daba la vuelta y lo miraba antes de explicarle a esa voz difusa y bisbiseante del teléfono:

-Está para comérselo, de verdad. La semana pasada tres solecitos bien sequitos y grandotes; pronto dejará el pañal. Y tendrías que ver lo bien que dibuja. Está hecho un artista.

Y él sonreía, se ruborizaba y se hinchaba de orgullo como un globo. Mami tomaba entonces una foto para la tía y cuando él volvía a ponerse el chupete, mami hacía como que lo abrazaba de lejos. Era genial.

Bruno siguió llorando sin parar. Desconsolada y ardientemente. A cada poco, se frotaba la irritada nariz con la manga del pijama y lo hizo tantas veces que, al final, solo consiguió extenderse los mocos por la cara. Se levantó y se dirigió al espejo; en la solitaria habitación, sus pasos sonaban como chapoteos. Contempló la imagen: tenía las mejillas llenas de costras blancuzcas. Estaba feísimo, con los ojos hinchados, la cara sucia y el pelo sin peinar. Si mami estuviera allí, no permitiría que su príncipe especial estuviera tan feo: le pondría los leotardos, la ropa de marinero, le lavaría la cara y le haría un peinado super mono, de esos que ella sabía hacer.

-Mami…

Contuvo el llanto con un esfuerzo supremo y salió de la habitación. Cruzó el pasillo. El comedor era inmenso si mami no estaba. Las sillas tenían el asiento demasiado alto. No alcanzaba el tablero de la mesa. Los muebles lo amenazaban como gigantes de madera. Sabía que no podía ser así, que se trataba de puras figuraciones suyas, pero eso era exactamente lo que sentía. Si le hubieran arrancado un brazo o una pierna habría podido soportarlo, a condición de que mami estuviera con él. Pero ella no estaba allí.

Se asomó a la calle a través de las ventanas del salón. Llovía a cántaros y por culpa del agua el mundo se revelaba ante sus ojos como a través de un cristal rayado. Sollozó. Mami decía que la lluvia la causaban los ángeles. Cuando él hacía alguna travesura y se la ocultaba, los ángeles se ponían tristes y lloraban. Pero Bruno no recordaba haber hecho ninguna trastada tan grave como para sufrir la pérdida de mami. ¿O sí? Dejó las marcas de sus palmas sobre el cristal. Sin mami, aquel piso era una cárcel.

¿Cuánto faltaba para que mami abriera la puerta y entrara en casa? ¿Un minuto? ¿Diez? ¿Una hora? Cualquier plazo era excesivo. ¿Y si se escapaba para ir a buscarla? Sí. Saldría por la puerta en busca de mami. Aunque corrían ciertos rumores por el edificio, le daba igual que los vecinos lo vieran en pijama y en zapatillas. Que lo llamaran bebé meón y cualquier otra cosa. Que lo señalaran con el dedo y se rieran de él. Bruno correría bajo la lluvia, con el pañal a reventar, y recorrería cada palmo de la ciudad hasta encontrar a mami, con la única ayuda de Milo. Lo sostuvo frente a sí: el elefantito, con la cabeza torcida, parecía tan compungido como él. Claro: cuando mami no le daba un beso de buenos días, Milo se ponía muy triste.

-¿Tú también la echas de menos?

Bruno hizo que Milo asintiera. Tres veces.

-¡No! Yo la quiero más.

¿Y si mami le había engañado con la carta? ¿Y si era un truco para que no la persiguiera y así poder darle esquinazo? Bruno había sido bueno. ¿Lo bastante bueno? Mami decía de vez en cuando, cuando él se portaba mal, que un día se marcharía a buscar a otro niño más obediente, y se ponía super dramática (las mamis son así) cuando, por ejemplo, él se manchaba la ropita o dejaba los juguetes tirados por ahí. Sin embargo, con la súbita desaparición de mami un sábado por la mañana Bruno no había contado. Aquella huida podía ser su venganza definitiva por seguir creyéndose más listo que nadie. Por mentirle. Por no comerse las verduras. Por tantas cosas que a Bruno no le importaban hacía pocas horas, pero que aquella mañana le parecían pecados imperdonables contra mami. Ah, si de veras regresaba no la volvería a decepcionar. Recogería los juguetes. Se comería las zanahorias. Todo, lo haría todo como le gustaba a mami para que estuviera contenta. 

Y había… Bueno, había algunas otras travesuras pendientes de resolución. Se moría de vergüenza por haber sido tan desconsiderado. Necesitaba pedir perdón a mami, de rodillas si era necesario, pero ella no estaba allí. A lo mejor esperaba turno debajo de alguno de esos tejados que brillaban bajo la lluvia. O caminaba por las calles esquivando las ráfagas de goterones. O iba metida dentro de alguno de esos coches que iban de un lado a otro por las carreteras levantando telones de agua sucia a su paso. O acaso ya no estaba en la ciudad y, en ese mismo momento, mami estaba besando, acariciando y mimando a otro nenito mucho más guapo y obediente que él. Lo que no era muy difícil.

-No. No, por favor.

“Bruno Martínez: 34 años, metro ochenta y seis, ochenta kilos. Rubio, atlético, me gustan los deportes y el cine. Complaciente, humilde, sincero… ¿Nos damos una oportunidad? El no ya lo tenemos”. Eso decía el anuncio -¡pésimo anuncio!- gracias al cual, contra todo pronóstico, había conocido a mami dos años atrás: los mejores de su vida. Había consumido su reserva de suerte en encontrarla, para después no valorarla lo suficiente. ¡Ahora regresaría a la soledad! A volver a sentirse inconexo, inútil, como una herramienta rota y en el estuche equivocado. A ver los días pasar; todos iguales, todos clónicos. Prescindibles. Y rememorar cada uno de ellos (“nada”) al meterse en una cama fría, vacía, en la que su cuerpo lograba entrar en calor justo antes de tener que levantarse, pero su alma seguía igual de congelada que ocho horas antes. Un buen resumen de la inmensa mayoría de los años de su vida, por cierto.

-Mami, lo siento. Lo siento, mami. Mami…

Oyó un ruido. Al girarse, el elástico resbaló y se le bajaron los pantalones del pijama a las rodillas. Falsa alarma: quizá fuera el timbre de los vecinos.

No supo si con la lluvia se vería ventanas adentro. Le dio igual. Quizá fuera algo bueno. Si se daba el caso, y algún vecino lo encontraba ahí, en pijama y pañales y agarrando a Milo por el brazo, por lo menos podría preguntarle si sabía dónde estaba mami. A gritos, si hacía falta, porque tenía ganas de gritar. De gritar el nombre de mami, con la esperanza de que ella pudiera oírle y se dignara a perdonarle.

-¡Mami! ¡Ven! ¡Ven conmigo!

La parte racional de su mente le decía: “ten calma”, pero Bruno estaba en plena regresión. Añadía: “ella vendrá en un rato”, pero un rato era una maldita eternidad. “Mami nunca te engañaría”, pero Bruno la había engañado más de una vez, diciéndole que no tenía pipí para seguir viendo la tele, por ejemplo, o que no había sido él quien había roto la figurita de porcelana del vestíbulo. ¡Cuánto se arrepentía de haberlo hecho! ¿Y si mami se había dado cuenta de todo? Se habría enfadado muchísimo y habría decidido no seguir queriendo a un niño tan malo y mentiroso. Eso era lo que pasaba, seguro.

Con pasitos cortos y tímidos, fue al baño, abrió el cajón y sacó el cepillo del pelo de mami. Si ella volvía, por lo menos sería un niño valiente y se lo confesaría todo. Sí; eso haría en cuanto entrara en casa. Y después de confesar, le ofrecería el cepillo, agacharía la mirada y le pediría perdón mil veces. Aceptaría cualquier castigo, con tal de que ella nunca le dejara. Sería un niño nuevo: el mejor que mami hubiera nunca soñado. Su niño ideal.

Aunque… probablemente tendría que dejar sus propósitos de enmienda para el día siguiente, porque se estaba haciendo popó. Bueno, ya se la había hecho, más bien. O más mal. Pero una cochinada más… ¿qué importaba? Como mami decía siempre cuando metía los pañales en la maleta y él se sentía avergonzado por si alguien descubría su secreto: “esto no tiene importancia, mi amor”.  Un culito sucio de más o de menos no le impediría pedir perdón. Al revés: le proporcionaba otra razón más. Una razón gordota y apestosa, que no podría esconder. Y le daba igual.

«Mami, lo siento. Lo siento, mami. Mami…»

Y entonces, sucedió el milagro. Justo cuando Bruno se quedaba quieto, de pie frente a la puerta de la calle, con las piernas muy juntas, el cepillo aferrado con ambas manos y a Milo sujeto entre el brazo y la cadera, sonó la cerradura de la puerta, las bisagras gimieron y mami entró en casa. Bruno supo que era ella, porque su llegada le hizo sentir como si viera el amanecer sentado al borde de un precipicio.

-¡Vaya tormentón! -dijo mami.

La puerta tardó solo un segundo más de lo normal en cerrarse.

-¿Mi príncipe? ¿Qué ocurre?

Silencio. Bruno estaba temblando de pies a cabeza. No sabía cómo ponerse. Se mareaba al estar de pie. No importaba: había hecho una promesa y la iba a cumplir.

-Mami…-dijo él con un hilo de voz-. Creí… Creía…

Ella dejó las bolsas que traía. Emanaba -porque mami era como un jardín en movimiento- un aura fresca y húmeda que a Bruno le erizó los pelos de las piernas. No se sentía capaz de levantar la vista. Si se encontraba con los ojos de mami se echaría a llorar otra vez y quería demostrarle que era un niño fuerte y valiente. Mojado y embarrado, sí, pero fuerte y valiente de todas maneras.

-¿Qué creías, pequeñín? ¿Qué te pasa? -Mami hizo una pausa reflexiva. Se desembarazó del último paquete-. ¿Has estado llorando?

-Mami… Creí que te habías ido para siempre.

Las bolsas crujieron y algunos de sus productos se derramaron por el vestíbulo. Mami intentó responder pero Bruno se lo impidió. Dentro de él, sus miedos saltaron despedazados. Él se desprendió de ellos uno por uno, tras convertir cada cascote en una palabra. Y los soltó:

-Yo rompí la figurita del recibidor jugando con la pelota. Ayer te dije que no tenía pipí cuando tú querías mirar, pero me había hecho un montón. El lunes te dije que me había lavado los dientes y no lo hice. Y el martes no me comí la merienda: la enterré en el parterre de la terraza. Y… Y…

Bruno se sorbió los mocos. Jadeaba de miedo. Notó un pinchazo en el pecho, como una cuchillada. Su brazo, tembloroso, ascendió lentamente para ofrecerle a mami su cepillo. Así se portaban los niños valientes. Hasta creyó escuchar que Milo le daba ánimos en voz baja.

-Toma, mami.

-Pero…

-Lo siento, mami -gimió Bruno-. Lo siento mil veces. Lo siento tanto… Perdóname. Perdóname. Toma… Toma… He sido malo, pero no te vayas. No te vayas nunca.

A Bruno se le quebró la voz; por mucho que lo intentaba, de la garganta no le salían más que gorgoritos ahogados. Dio un pasito atrás, como si estar tan cerca de mami fuese un honor inmerecido para él, y entonces notó en los dedos el roce gélido de los guantes de ella. Se estremeció. Tierna, pero firmemente, mami le quitó el cepillo y lo arrojó lejos; resonó el impacto cuando el cepillo chocó con una pata de la mesa del salón. Ploc. Bruno solo podía ver sus propios pies descalzos y la punta de las botas negras de mami. No se atrevía a avanzar. No se lo merecía, pero no podía pensar en otra cosa que en enterrar la cabeza entre los pechos de mami y llorar hasta el anochecer.

-Solo fui a comprar para hacerte tu comida favorita, mi amor. ¿Has estado pensando en cosas malas?

Bruno ya no se acordaba de que tenía los pantalones bajados y, al dar un nuevo paso atrás, pisó el chupete y tropezó. Se habría estampado contra el suelo de no ser porque mami lo agarró por el jersey del pijama a tiempo. Por pura inercia -o, más bien, magnetismo-, mami lo atrajo hacía sí y lo rodeó con dos brazos que a él le parecían cadenas, pero cadenas hechas con eslabones de caramelo. Se moría de pena por haber pensado mal de mami. Y, al propio tiempo, el estar pegado a ella, el sentir los latidos de su corazón, el notar las cosquillas que la melena de mami le hacía en la frente al achucharla… Un momento. ¿La estaba achuchando? Vaya. Había cosas que no podía controlar. Y eso le encantaba.

Se dejó ir y derramó lágrimas de arrepentimiento sobre el hombro enfundado en ante de ella.

-Pero… Es que me he hecho pipí.

Ella le quitó con dulzura el jersey del pijama y le acarició la espalda. Ya no llevaba guantes. Sus cálidas manos eran como mariposas que despiertan tras un largo sueño y extienden las alas.

-¡Pues vaya una cosa! -bromeó mami-. Tú eres mi niñito y los niñitos mojan su pañal.

-Y… y también me he hecho popó.

Mami olfateó discretamente. La mariposa se posó sobre el trasero de Bruno, tras rozar por un segundo la cintura del pañal.

-No importa. Tenemos toallitas del año que las pidas para…  este culito- y mami le dio un pellizquito justo ahí.

-Pero he sido muy malo. Te he engañado y por eso los angelitos lloran.

Lo cierto era que había salido el sol y, desde la cristalera del salón, un rectángulo de luz tibia y serena se proyectaba sobre Bruno y su mami, enmarcándolos.

-Tú sí que eres un angelito. Además, ya no lloran, ¿ves? Están felices porque me has pedido perdón y has sido sincero conmigo.

-Pero…Pero… -a Bruno le entró hipo, de puro nerviosismo- Pensaba que te habías ido para siempre. No he confiado en ti. No…

-¿Qué pasa, caprichoso? – preguntó ella con un deje irónico- ¿Me montas esta escena porque no te apetecen los espaguetis?

La pregunta tuvo el mismo efecto que si a Bruno le hubieran pegado los labios con cinta aislante. Se enjugó las lágrimas usando la nuca de mami como pañuelo y siguió llorando. Ella no permitió que se apartara ni un centímetro. Y, mientras seguía desahogándose, Bruno alcanzó a oír la voz de mami, que le hablaba directamente al oído:

-Escucha, príncipe mío: mami te adora. Te quiere con locura. No le importa que cometas errores, que te equivoques o que tengas malos pensamientos. Si has hecho alguna travesura, te perdono. Si te has hecho pipí, no pasa nada. Y si te has ensuciado, tampoco. No me importa lo mas mínimo.

-Mami, yo…

Ella le chistó y Bruno omitió su enésima disculpa.

-Mientras seas tú mismo, para mami siempre serás perfecto.

-Mami… -un sollozo- A partir de hoy seré el niño más bueno del mundo, para que no te vayas.

-Ya eres el niño más bueno del mundo. Mi niño especial. Y yo te quiero así, tal y como eres. Incondicionalmente.

-Mami, te quiero -un beso en la mejilla-. Mami, te amo. Mami…

Por la tímida vibración que le transmitían los hombros de mami, Bruno dedujo que se estaba riendo.

-¿Y qué te piensas? ¿Que yo a ti no? -ella le pasó la mano por el pelo-. ¿Que no te amo, te necesito ni te quiero?

Bruno reía y lloraba al mismo tiempo. Se sentía como ido. Fuera de sí mismo, viendo todo lo que ocurría como quien ve una película. Semejante felicidad solo estaba al alcance de los personajes de ficción. O eso creía él hasta que había conocido a mami. Y la confirmación la había recibido aquel sábado de enero, tan lluvioso y desapacible, en el que mami le había sacado de dudas y le había hecho feliz para siempre. Ya no tendría miedo de perderla nunca más, en adelante. Porque aquel momento de plenitud absoluta nadie se lo podría robar jamás.

Unos instantes después volvió en sí y se fijó en el reloj que llevaba en la muñeca. Eran las diez y siete minutos de la mañana. ¡Qué bien! El peor día de su vida solo había durado siete minutos.

Las veintitrés horas y cincuenta y tres minutos restantes los quería pasar entre besos, mimos y caricias. Quería comer espaguetis y mancharse de salsa de tomate. Quería dormir la siesta en pañales. Quería jugar. Quería vivir. Y también quería a mami… Y quería…

-Mami.

-¿Qué desea mi hombrecito?

Bruno se separó un poco de ella. Por amor. Por rubor, también. Mami siempre olía bien, pero Bruno no. De hecho, olía fatal. Mami creyó intuir la pregunta y compuso una mueca divertida.

-Mami, ¿me pones los dibus?

-Antes hay que cambiarte -se tapó la nariz con los dedos y continuó con voz gangosa-. Vamos a la habitación a limpiar ese culete.

-¡Pero mamiiiiiiii! -Bruno dio unos fugaces y rápidos saltitos, sin moverse de donde estaba- ¡Yo quiero dibus!

Los dos sonrieron. Después, ella negó con la cabeza y puso los brazos en jarras.

-¿Quieres que mami recoja el cepillo de donde lo tiró? ¿Eso quieres?

-¡No! -chilló Bruno, cuyas pulsaciones habían experimentado un aumento frenético tras la mención al cepillo-. ¡Vamos, mami, vamos!

Se cogieron de la mano. Caminaron despacio por el pasillo. El tableteo de los tacones de mami era una melodía sublime para la conciencia limpia de Bruno, que volvía a sentirse, de veras, como un angelito. Él, descalzo, no hacía ruido alguno, salvo el clásico fruncir de pañal a rebosar. Apretó fuerte la mano de mami y ella hizo lo mismo. Ninguno de los dos se sorprendió cuando ambos dijeron al unísono:

-No te vayas nunca.

Stephan

Historias ABDL: «Carta a Papá Noel»

Como siempre, antes de cualquier historia, las normas.

Os recuerdo que la encuesta sigue abierta. ¡Últimas 48 horas!

Y vamos con la historia, aunque no es exactamente una historia, sino una carta, jejeje…

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Querido Papá Noel:

Soy ________________ y te escribo esta carta porque si no lo hago a lo mejor no me traes ningún juguete y si no me traes ningún juguete me pondré muy triste ☹. Pero yo soy un nenito muy bueno y siempre hago caso a lo que me dice la seño. O casi siempre, pero en eso no me extenderé para que no te enfades.

Aunque tengo casi treinta prefiero pensar que estoy a punto de cumplir cuatro añitos. Eso no sé por qué es así, pero es la verdad, te lo prometo. Y hago todas las cosas que hacen los niños de cuatro años. Veo dibujos animados, juego con mis juguetes, voy al parque, duermo con mi peluche… La señorita dice que, en eso, no ve ninguna diferencia entre otros nenitos de cuatro años y yo. Siempre le respondo que no hay ninguno tan guapo ni que la quiera tanto como yo, y ella me sonríe y entonces yo también le sonrío y la quiero más todavía y voy corriendo hasta donde está ella y le doy muchos besitos y ella me hace mimos y me dice que me adora y esas cosas.

Hay una cosa que no suelen hacer los nenitos de cuatro años y yo todavía hago. Me da un poco de vergüenza reconocerlo, pero la señorita me ha advertido que a Papá Noel no se le puede mentir ni ocultar nada, así que te lo contaré, a condición de que no te chives a nadie. Ni a los renos, ni a los elfos ni a nadie. Y a mis amigos del cole tampoco. ¿Me lo prometes? Vale.

Pues es que todavía me hago pipí y uso pañales como los niños pequeños, ¿sabes? Porfa, no se lo cuentes a nadie. Si mis amigos se enteran se reirán de mí. Yo creo que sospechan algo, porque cuando jugamos en el aula, a veces le preguntan a la señorita por qué aún lleva en el bolso toallitas y pañales y ella dice que no son para mí, que son para unos vecinos a los que les hace recados de vez en cuando. Este verano también le preguntaban por qué me abultaban tanto los pantaloncitos cortos. Se lo preguntaban porque a ellos, que usan ya calzoncillos y braguitas, no les abultan tanto. La señorita les decía que era porque soy muy friolero, incluso en verano, y tengo que llevar mucha ropita. Y ellos decían: “ah, vale”, y la señorita me miraba y entonces yo me ponía rojo como un tomate, me sentaba en tobogán y me tiraba super rápido con mi bajada secreta supersónica. Las otras seños decían que sus nenes también son muy frioleros, sobre todo cuando están en casa o por las noches y se guiñaban un ojo las unas a las otras. No sé qué quiere decir eso, pero tú no preocupes, Papá Noel: si tú no te chivas, nadie se enterará. La señorita es listísima y ella cuida de mi secreto: por eso nunca me cambia delante de las otras mamis ni de nadie. Ni siquiera cuando se me escapa un super pipí mientras juego en el arenero. Cuando eso pasa, a veces mojo un poco el pantalón y entonces ella me coge de la mano y me lleva a casa, poniendo como excusa a mis amiguitos que sudo mucho y que me tiene que bañar. Ellos se quedan cuchicheando, pero no saben nada, seguro, porque nunca me dicen nada ni se burlan de mí. Y es que la seño es super lista, nadie la puede pillar.

La señorita me ha dicho que, por si no te lo crees, te mande una foto junto al árbol de Navidad. Ella piensa que un nenito de veintinueve años ya debería usar calzoncillos y yo le digo que tengo cuatro y ella me dice “pues con cuatro también”, pero hasta el momento todas las veces que lo hemos intentado he acabado haciéndome pipí en público. Este verano hicimos la prueba yendo al supermercado, aunque la señorita, que no se fía mucho, me había puesto las braguitas de plástico y pañal de tela por si no me podía aguantar. No me aguanté y me dio mucha vergüenza tener que pasear en braguitas de plástico por el supermercado. Por suerte, vamos a uno que queda bastante lejos de casa y no nos encontramos con nadie conocido.

Al final no encontré la foto, así que no soy yo, pero para que te hagas una idea…

El popó ya nunca se me escapa. Bueno, casi nunca. La última vez fue el mes pasado, cuando fui con la señorita a la farmacia. Es que chica de la farmacia es muy guapa y siempre me da caramelos, pero ese día no le quedaban y entonces yo me puse a llorar y a pedirle caramelos y la señorita me riñó por ser un maleducado y me atizó una nalgada delante de la chica de la farmacia y entonces yo me enfadé y estaba tan enfadado que me hice popó. Luego, en casa, le pedí mil veces perdón a la seño y le prometí que no me volvería a portar mal cuando voy de compras con ella. Ella me perdonó -casi siempre lo hace-, me cambió el pañal y estuvimos jugando juntos toda la mañana.

Mi seño es la mejor seño del mundo. Soy muy feliz con ella y hago todo lo que puedo por ser obediente. Ella dice que lo soy mucho, pero que podría serlo más. Y entonces me da una palmadita cariñosa en el culete y me dice: “venga, juega un poco con tus muñecos, mi amor”. Y yo le hago caso y juego. Aunque a veces es un poco difícil, porque cuando estoy haciendo una batalla con mis juguetes y la señorita viene a verla, y se sienta junto a mí y me da un besito o me abraza, me pasa una cosa muy rara que yo no entiendo bien, ¿sabes, Papá Noel? La seño dice que te lo puedo contar y que no me tiene que dar miedo, así que te lo contaré.

Lo que me pasa es esto: cuando la señorita se sienta conmigo y demás, me siento como raro. Pero no me da miedo, ni me pongo triste, ni nada de eso. Me siento muy raro, pero muy bien. Y me dan muchas ganas de besar a la señorita, de achucharla como a un peluche y de chupetear sus pezones. Ella casi siempre me deja y cuando lo hago mi cosita se pone muy, muy dura y siento que quiero mucho a la señorita y que quiero dormir abrazado a ella y otras cosas muy bonitas. Al principio pensaba que sería una travesura y que estaba mal, pero ella me dijo que de eso nada, que estaba muy orgullosa de su nenito y que eso solo le pasa a los nenitos que quieren a su seño muchísimo.

Por lo demás, soy un nenito muy bueno. Voy al cole, hago los deberes y también a una cosa que se llama trabajo y que es muy aburrido, aunque la seño dice que es mi obligación. Ayudo a la seño en todo lo que puedo: pongo la mesa y la recojo, y la ayudo a fregar los platos y a limpiar el polvo. La cama solo la hago cuando no la mojo por las noches, porque entonces dejo un cerco de pipí enorme. La seño no suele reñirme por hacer pipí en la cama -siempre duermo en pañales-, pero sí me dice que ya soy un hombrecito y que pronto dejaré de usarlos. Que es cuestión de unos pocos meses más.

Y eso es lo que te quería pedir este año, Papá Noel. Quiero darle un alegrón a la señorita y dejar de hacerme pipí y popó. Así podría usar calzoncillos como los otros niños, ir al baño y todas esas cosas. Seguro que la señorita se pone contentísima y me da un montón de premios. Además, así ya no tendría que seguir engañando a las mamis del parque ni a mis amigos con lo de la ropita. Ni tendría que volver corriendo a casa desde el arenero. Yo quiero que la señorita se sienta muy orgullosa de mí, así que mi regalo quiero que sea ese: dejar de hacerme pipí y popó. ¿Me lo concederás? Te prometo que cuando tenga muchas ganas avisaré siempre a la señorita y que aguantaré todo lo que pueda. Y así me convertiré en un niño mayor, como quiere la señorita. Cuando vea que el pañal siempre está sequito se pondrá loca de contenta y yo quiero que esté siempre contenta para que juegue conmigo.

De todas formas, la señorita me ha avisado que pedirte eso sería demasiado. Yo le he dicho que no, porque tú tienes poderes y esas cosas y puedes hacerlo. Pero, por si acaso, también me puedes traer el barco pirata de playmobil y una espada de piratas chula y que parezca de verdad. A mí me encantan los piratas porque son valientes y viven aventuras. Quiero ser igual de fuerte y de valiente para poder cuidar de la señorita y que no tenga que ser siempre ella quien cuide de mí. Se lo dije un día y ella se rio mucho y me compró unos pañales super chulos de piratas. Ahora mismo, mientras te escribo esto, estoy en pijama y llevo puesto un pañal de piratas. Y la seño dice que, teniendo en cuenta lo meoncete que soy, los piratas van a tener marejadas y tempestades para rato.

Y estoy super mono con ellos

También te pongo una poesía que le he hecho a la señorita y que se me ocurrió el otro día, para que veas lo mucho que la quiero. No tengo ninguna para ti, pero te prometo inventar alguna para el año que viene.

La poesía es así:

“Mi seño es la más guapa

Y yo la quiero así.

Me hace mimos y me cuida

Y me riñe si me hago pipí”

A ella le encantó. La hizo imprimir y ahora está pegada al frigorífico junto con otras poesías y dibujos míos. Me siento muy orgulloso cuando invita a sus amigas a casa y me pide que la recite para ellas, justo antes de llevarme a la cama. Suele ser así: me cambia, me pone el pijama (me queda ajustado y el pañal se nota mucho) y vamos juntos al salón. Entonces yo saludo, me pongo delante de sus amigas muy sonriente y recito la poesía de memoria, sin equivocarme ni una sola vez. Las amigas de la señorita me aplauden a rabiar, me dan cada una un beso de buenas noches y le dicen que se mueren de envidia, porque ellas no tienen un nenito tan bueno ni tan guapo como yo. A mí me encanta que la señorita invite a sus amigas, porque a veces me traen regalos o juegan un rato conmigo antes de la hora de dormir.

Uh…Eh…Bueno, Papá Noel. Tengo que dejarte. Estaba tan concentrando en la carta que no me he dado cuenta y creo que se me han escapado unas gotitas… Además, huelo raro; ojalá no se me haya escapado también otra cosa. ¿Tú me perdonas? Eso espero. ¿Ves como necesito tu regalo? Si me lo traes seré el nenito más bueno del mundo; no te arrepentirás.

Ahora le enseñaré la carta a la señorita para que la corrija. Por bien que yo escriba… pues bueno. Cuatro años son cuatro años.

Porfa, porfa, seré bueno. Haz que no se me vuelva a escapar el pipí ni el popó. Porfa.

¡Gracias! Te quiere mucho…

________________________

PD: Papá Noel: soy la señorita. ¡No le traigas nada, se ha puesto perdido mientras te escribía y hasta he tenido que poner una lavadora! Le he dado la azotaina de su vida y ahora está en el rincón, con el culito al aire y llorando a moco tendido. ¡Este año se queda sin juguetes! ¡Por cochino!

Un beso. La seño.

PD2: Papá Noel: soy la señorita otra vez. Está bien, tráele lo que consideres más adecuado. Cuando te escribí lo de antes estaba muy enfadada, pero luego mi nenito me pidió perdón de verdad. Pobrecito, cómo suplicaba. Lo sentía de veras.

Quizá sea demasiado indulgente con él. De todos modos, cómo no voy a serlo: en cuanto me mira con esos ojos de cachorrito hace conmigo lo que quiere. En fin. Por lo menos no va a poder sentarse hasta Nochebuena.

¡Un besito y Feliz Navidad!

La seño y su nenito.

Historias ABDL: «Peque»

Como siempre, antes de cualquier historia, las normas.

Os recuerdo que la encuesta sigue abierta. La cerramos en un par de semanas, así que venga, ¡animaos! No os llevará ni 30 segundos.

Y vamos con la historia, que toca uno de los temas más delicados de nuestro mundillo y del que hablaremos otro día más a fondo. Porque más tarde o más temprano, a todos nos pillan, chicuelos…

—————————————-

– Qué raro -exclamó David-. ¿Y esto?

Mónica se quedó paralizada. No podía apartar los ojos del armario, ni de lo que su novio había sacado de él. Hubiera debido extender el brazo, decirle que lo dejara en su sitio y cubrirlo con una blusa, pero no fue capaz. Estaba sin aliento y apenas consciente. La habitación, la casa, el mundo entero giraban en torno a ese paquete de color blanco que tenía gravedad propia y se había convertido en el centro del universo solo porque David lo había encontrado. Cuando recuperó un mínimo de control apartó la vista, angustiada, para impedir que él se asustara a su vez.

Normalmente, esconder los pañales era lo primero que hacía antes de invitar a David a pasar el fin de semana con ella, pero después de un mes matador en el trabajo se le había olvidado. En realidad, se sentía más culpable por el lapsus que por tener que dar explicaciones. Además, nadie la obligaba a hacerlo. Pero tampoco tenía fuerzas para seguir disimulando. ¿Y qué mentira iba a improvisar? David la conocía demasiado bien y se las pillaba siempre, incluso cuando intentaba colarle alguna para darle una sorpresa.

Como ella no se lo impidió, David curioseó dentro.

– ¡Joder! ¡Si son pañales! -dijo, levantando el paquete.

El paquete estaba abierto y faltaban por lo menos cuatro o cinco unidades. Tenía su explicación. Para contrarrestar el estrés de la oficina Mónica se había pasado la semana entera durmiendo en pañales. Y en compañía de uno de sus peluches: un unicornio del tamaño de su mesita de noche que respondía al nombre de Valiant. En aquel momento, su achuchable amiguito parecía lanzarle reproches airados desde el edredón: “Eres una niña tonta y te ha descubierto”. Mónica luchaba contra ellos, se defendía, negaba las acusaciones. Sin embargo, no podía evitar sentirse culpable. Culpable y miserable también. ¿Y si perdía a David? ¿Y si le daba asco el… secreto de su novia?

-No es lo que uno se espera encontrar en el armario de una chicha de veintinueve años, la verdad.

Mónica apretó los dientes, como si tuviera entre ellos una correa con la cual tuviese atado a David. Si no lo hacía, él soltaría cualquier barbaridad, saldría corriendo y ya nunca lo volvería a ver. Lo visualizó mentalmente. ¿Cómo podía haber tenido semejante descuido? Tonta era poco: gilipollas integral, y eso solo para empezar.

-Esto… Me imagino… Supongo que serán de alguna broma, ¿a que sí?

Qué bueno es conmigo, pensó Mónica. Como me ha visto tocada, me ofrece una salida del atolladero. No quiere violentarme. Está dispuesto a pasarlo por alto y a aceptar cualquier excusa. Mónica lo habría dicho en voz alta, pero detestaba la idea de deshacerse en lágrimas delante de él por unos simples pañales. A pesar de ello, los síntomas de un llanto inminente distorsionaron su respuesta:

-Sí…Nada importante. Una despedida de soltera.

Concentró todas sus fuerzas en girar el cuello. Tenía que hacerlo. Tres simples acciones: una mirada, una mentira, una broma y todo habría quedado atrás. Por desgracia, le fue imposible. Su cuello ya no era flexible, sino de piedra. Apropiado, por cierto, dado que seguía sin poder moverse. Le sirvió para comprender algo fundamental: el momento de las mentirijillas y a otra cosa ya había pasado. Notó la sangre concentrándose en sus mejillas. El sudor le chorreaba por la espalda. Su reacción la había traicionado. Incluso Valiant dejaría de quererla. “Niña tonta e irresponsable”. Se lo merecía. Se merecía todo lo malo que le dijeran.

-¿Estás bien, mi amor? -quiso saber él-. ¿Qué te pasa?

Me pasa que vas a salir por esa puerta llamándome de todo menos guapa, pensó Mónica. Me pasa que me siento indefensa. Que me siento idiota. Fue superior a sus fuerzas: hizo un puchero y huyó hacia una de las esquinas de la habitación, mientras una emoción picante, efervescente, se desbordaba en su pecho como champán por el cáliz de una copa.

-No me asustes, nena. Por favor.

Al oír lo de “nena”, la poca confianza que le quedaba a Mónica explotó en su interior, hecha añicos. Se apoyó en la pared, rendida, y se dejó escurrir hacia el suelo. Terminó llorando como una niña, la espalda contra la pared y la cabeza reposando sobre las rodillas, levemente flexionadas. Cuando David se acercó para reconfortarla, Mónica notó el sabor salado de sus propios mocos en la boca. Igual que cuando era niña y la reñían. Qué irónico.

David se sentó junto a ella y la abrazó, sin decir nada. Mónica resopló de vergüenza y se replegó por completo sobre sí misma. Se sentía tan incapaz de rechazar el consuelo que se le brindaba como de entregarse a él.

-De acuerdo. No importa. Me olvido de esto… ¡Ya mismo! ¡Hop! -David se rio por lo bajo y añadió, en un tono nada despreocupado -: No llores, por favor, que me vas a hacer llorar a mí también.

-¡Es que soy idiota! -chilló Mónica, histérica-. ¡Soy idiota! ¿No lo ves?

Por el rabillo del ojo, creyó ver cómo él pasaba la mirada por la habitación, inspeccionándola. Luego volvió a centrarse en ella, pero Mónica tenía la vista empañada por las lágrimas, que le impedían ver con claridad. Era como si cuanto había su alrededor se reblandeciera y derritiese, como muñecos de nieve al sol. Mónica abrazó a David y se recreó en el tacto de su piel. En su indulgente calor, más cercano que nunca.

-Aquí no hay ninguna idiota -le susurró David al oído-. Lo único que yo veo es a la chica más guapa e inteligente del mundo.

-Cállate, por dios. Cállate.

-Y yo amo a esa chica.

-¡Cállate!

A Mónica se le atragantó el llanto. Tosió. Parpadeó. Se lamió los labios goteantes. Tembló en brazos de David. No quería soltarlo. No lo soltaría nunca, si era por ella. Además, ¿por qué clase de patética fantasía, en medio de aquel mal trago, no podía dejar de imaginárselo desnudo? Ah, pero si eso implicaba que él debía alejarse un solo milímetro, aunque fuera para quitarse la ropa, lo seguiría abrazando en camiseta y vaqueros, al menos un buen rato. Mónica soltó un suspiro ahogado y, en ese momento, sintió el tacto de uno de los dedos de David bajo la barbilla. ¿Un simple dedo de su chico tendría más fuerza que ella? David no tardó en demostrárselo, haciéndole levantar la cabeza.

Por primera vez en varios minutos, lo tenía delante. Él le sonrió con su dulzura habitual y para ella fue como si se hubieran perdido y no tuvieran prisa por encontrar el camino. Aunque, si el camino de vuelta pasaba justo por la boca de David -boca que, levemente abierta, clamaba por ser sellada- Mónica estaría encantada de superponer la suya. Se dispuso a ello, pero David la esquivó y tomando una mínima distancia, le dijo:

-Sí. Amo a esa chica que usa pañales -su tono era tan tierno que la hizo salivar, como cuando se pasaban los caramelos de lengua a lengua-. Y estoy loco por ella.

Mónica se obligó a sonreír. Le agradecía que abordara el tema directamente y sin tapujos. Que no se comportara como un cura que escucha supuestos pecados. Se descubrió capaz de articular unas pocas palabras juntas. Cautas, pero coherentes:

-Sí. Los uso de vez en cuando. Me… me gusta.

Él le robó una lágrima con la punta de su omnipotente dedo índice. El mismo que había usado para ahuyentar la vergüenza de su chica. Solo fue un roce, pero ella volvió a apartar la mirada.

-No me juzgues, por favor. Solo… es para relajarme. Para sentirme bien conmigo misma. Conecto con… Lo siento. No quiero… No quiero que pienses cosas raras.

-Hombre, habitual tampoco es -bromeó David y, a continuación, le quitó importancia-.  Pero cosas más raras se han visto.

-¿Tú las has visto?

-Es solo una forma de hablar -le revolvió el pelo-. Tontorrona.

La besó en la coronilla. Mónica se dejó vencer por el beso y volvió a refugiarse en los brazos de David, quien enterró la mano bajo su melena cobriza y siguió con las caricias.

-Si no lo entiendes o no lo compartes, lo entenderé, cariño. Perdona. Debí…

Contra todo pronóstico, David interrumpió sus disculpas y comenzó a sincerarse con ella de un modo que para Mónica resultó desconcertante. Le hablaba con total franqueza, haciendo pausas enfáticas para permitir que ella asimilara bien la información. Mónica se dejó arrullar por su voz.

-En primer lugar, ya lo sabía, nena. -A ella solo le faltó ronronear como una gatita-. O al menos lo imaginaba. Llevamos juntos varios años. Te miro. Te observo. Y pienso constantemente en ti. Por eso me fijo en muchos detalles que a otros les pueden pasar desapercibidos, pero a mí no.

Ella, por supuesto, se consideraba la chica más discreta y sibilina del mundo en lo tocante a su…afición.

-¿Como cuáles?

-Pues muchos -contestó él, y se puso a peinarla con los dedos. Mónica se dejó hacer, porque le encantaba-. Por ejemplo: me fijo en cómo me miras y cómo reaccionas cuando, por casualidad, pasamos por la sección de pañales en el supermercado. En cómo revolotean tus ojitos de un lado a otro, posándose en un paquete de Dodotis aquí, en uno de toallitas acá… Y en cómo me agarras de la mano, sin siquiera darte cuenta.

Mónica se quedó con la boca abierta, roja como una moneda de gominola. David aprovechó para limpiarle los chorretones que desembocaban en ella y le ofreció un pañuelo para que dejara de sorberse los mocos.

-Pero… Eso…

-En segundo lugar, no todas las chicas tienen semejante cantidad de peluches en su habitación. Ni tan grandes como Valiant.

-¡Ya ves! A muchas tías les molan los peluches. ¿Qué tiene de raro?

Miró de reojo a Valiant. Su voz imaginaria -que para Mónica era muy real- le repetía sin cesar: “¡Suertuda! ¡Suertuda!”.

-Yo no dije que sea raro. Pero uno va atando cabos. ¿Comprendes?

-Bueno…

-En tercer lugar, te notaba motivadísima cuando te disfrazaste de bebé en carnavales. Me pareció que lo vivías de una manera muy personal. No era un simple disfraz para ti. Ahora veo que era una indirecta y lo siento mucho, mi amor. Debí ser un poco más zorro. Contar estas cosas es difícil. Perdóname.

Mónica soltó una carcajada estentórea, que fue amainando hasta convertirse en un suspiro.

-Eres un bobo adorable -sollozó-. Te cuento mis rollos y resulta que quien acaba pidiéndome perdón eres tú.

-¡Ah, ah, ah! -replicó David, entonando cada sílaba-. Nada de rollos. Para mí, cualquier cosa que te guste tanto es muy importante y me interesa al máximo.

Sonó la alarma del reloj. A esas horas deberían estar levantándose de la siesta, pero ni siquiera la habían dormido, porque habían comido a las cuatro. Mónica se dio cuenta de que, en adelante, todos los sábados por la tarde, a las cinco y media, tendría algo que celebrar para el resto de su vida. La conmemoración del día en que pudo revelar a otra persona el rincón más íntimo de sí misma. Y, además, a la persona que más quería en el mundo.

-Cuéntame, entonces. ¿Los usas mucho?

Ella asintió en silencio.

-¿Te gusta dormir en pañales? ¿Con tus peluches?

Mónica, por toda respuesta, depositó un beso tardío pero tórrido en los labios de David. Él hizo amago de darle una dentellada y ella se echó hacia atrás, riendo con picardía.

-Quizá no te guste solo dormir. ¿Te gustaría estar en pañales conmigo? ¿En pijama? ¿O desnuda?

Solo falta, de fondo, el jingle con el que empiezan las películas de Disney, pensó Mónica. En el ojo de aquel huracán de emociones era incapaz de explicarse, pero no hacía falta porque las preguntas de David eran certeras como dardos y no fallaba ni un lanzamiento.

-No sé, cuéntame -ella estaba demasiado emocionada como para contarle nada-. ¿Mojas el pañal? ¿Siempre? ¿A veces? ¿También lo ensucias? ¿Tienes toallitas?

-S…Sí…A…A veces -balbuceó ella.

-Guau. Si hasta balbuceas como una niña pequeña y todo. Impresionante.

-¡Idiota! ¡Idiota!

Mónica le dio unos cuantos puñetazos en el pecho. Más bien suaves. Comprendió que lo hacía como preludio de un juego cuyas normas se moría por diseñar juntamente con él. David detuvo el último de los puñetazos y le dio un mordisquito en los nudillos.

-Esto no se hace, bomboncito. ¿Es que no tienes modales?

El tiempo se detuvo para Mónica. De pronto, todo cuanto la rodeaba adquiría un nuevo significado. Se abrían ante ella posibilidades que antes ni siquiera se había permitido imaginar. Como si su vida pasada hubiera estado mediatizada por una enfermedad que David le había curado. Se sentía más segura de sí misma y más enamorada que nunca.

-O sea -dijo DAvid-, que tendré que darte de comer, vestirte, bañarte, cuidarte…

-Bu…Bueno… No es necesario…

-Ver dibujos animados contigo, jugar, hacerte mimos, comprarte ropita…

-Yo solo…

-Vamos, como ahora, pero con más parafernalia.

-¡Qué bobo eres!

-¡Ah! Y cambiarte los pañales, me imagino. Seguro que luego te pasas las tardes correteando por el salón, con el pañal colgando y diciendo: “¡no me pillas! ¡no me pillas!”.

Maldito y maravilloso hijo de puta, pensó Mónica, a punto de llorar de felicidad.

-Bueno -dijo David-. Secreto por secreto. Ven.

Le indicó que se tumbara en la cama. Ella lo hizo y él la imitó y la abrazó por detrás, pasando un brazo entre la almohada y el hombro. La cucharita de siempre, solo que más incitante, porque Mónica notaba cómo una rosa de humedad estaba floreciendo entre sus piernas. Aunque no llevaba pañales, si la conversación seguía por los mismos derroteros, los iba a necesitar. Y de los más absorbentes.

-¿Te acuerdas de Natalia, mi hermana pequeña? ¿Y de Gabriel, mi otro hermano?

-Sí claro. Muy majos.

-Pero no se lo cuentes a nadie, ¿eh?

-No, no. ¿Qué pasa?

Mónica sintió un cosquilleo de curiosidad, que David disipó susurrándole al oído.

-Natalia usó pañales para dormir hasta los doce años. Y Gabriel hasta los nueve.

Mónica, a su vez, casi retrocedió veinte años en el tiempo. A la época en la que intercambiaba mensajitos insidiosos con sus compañeros de clase, apenas una lacónica frase en un trozo de papel. “Juancho está por Inés”. “Rubén es imbécil” (eso no era ningún secreto). Sonrió. “Natalia y Gabriel se mean en la cama y usan pañales” sonaba de lo más verosímil. No habría envidiado a ninguno de los dos en caso de que semejante secreto hubiera sido descubierto.

-Vaya. ¿Y eso?

-Pues nada. A ella le saco doce años y a Gabriel diez. Imagínate.

Con los ojos cerrados, Mónica estaba en la mejor disposición posible para dejar volar la imaginación. Sin pasarse, claro. Si la dejaba volar muy alto, incendiaría las sábanas. Entonces comprendió, y giró sobre sí misma con una sonrisa de incredulidad en la cara.

-¿Quieres decir que les cambiabas tú?

-De pequeños, muy a menudo. Y luego, como dormíamos en la misma habitación, a ella hasta los siete y a él hasta los ocho. En casa éramos ciento y la madre. Los mayores no daban abasto. Sobre todo durante el verano, cuando no estábamos en el colegio.

-¿En serio? Qué mono.

-Y eso no es todo. Me pasé mi primera adolescencia cuidando a mis hermanitos. Entre mis doce y mis quince años, había días que cambiaba diez o doce pañales. Mis amigos me llamaban Cacaman, no te digo más.

-Qué poca inventiva -rio Mónica-. ¿Cacaman?

-De pie, sobre la cama, en el cambiador -David contaba con los dedos de la mano-, sobre una toalla, en la playa, en el parque, en el asiento de atrás del coche… ¡Tengo un master en cambiar pañales y en pringar culitos!

-Si, claro, y yo me lo creo.

David se puso a imitar la voz de un niño pequeño. Mónica iba a decirle que se le daba genial, pero él empezó a hacerle cosquillas y la risa se lo impidió.

-¿Quieres mimos?

-¡Para! Ja, ja, ja… ¡Para!

-¿Qué pasa? ¿Te haces pipí?

-¡Venga ya! Te lo estás inventando. Eres muy capaz.

Siguió un silencio bastante largo, durante el cual Mónica se planteó ciertas dudas acerca de la sinceridad. La suya y la de su pareja. Lo que David le contaba sonaba demasiado artificial. Y ella no quería más mentiras ni más secretos entre los dos. Nunca más.

-¿Eso crees?

-Pues sí. Eso creo. Lo haces para que me sienta mejor.

-Muy bien -dijo David en un tono deliciosamente paternal, mientras sus manos escalaban con suavidad hacia los pechos de ella-. Acércame ese paquete y te lo demuestro.

Luego añadió en voz baja una palabra. Solo una. Pero fue suficiente como para arrancar de cuajo todas las reservas de Mónica y sembrar en ella una semilla de divina locura:

Peque.

Aunque no había ni podía haber eco en la habitación, Mónica creyó escuchar la voz de David rebotando de pared en pared. Se incorporó en la cama y lo miró. Estaba acostado, las manos detrás de la cabeza, mirándola con una vaga sonrisa. David reiteró su invitación enarcando una ceja y ella se encogió de hombros, todavía sin creerle del todo.

Gateó sobre la cama hacia el paquete de pañales y, al hacerse con él, sintió cómo David le propinaba una rotunda nalgada. “¡Plas!” sonó. Y Mónica ya ni se preocupó por lo que había brotado bajo sus braguitas. La rosa se había transformado en rosal y muy pronto el rosal mutaría en exuberante jardín. Y no precisamente impenetrable.

-Vamos, peque -repitió David-. ¿Me traes tus pañalitos?

Mónica se volvió hacia él. Era como si David hubiera accionado un resorte oculto de su alma que ni ella misma conocía. Un hormigueo embriagador campaba por sus muslos, por su culo, por sus caderas, cuando David se sentó en el borde de la cama y le dijo:

-Venga. Ponte de pie delante de mí.

-Vale. Pero dímelo otra vez, por favor.

Una rodilla. Otra. David estaba tan lejos y tan cerca… Mónica intentó expresar verbalmente lo que sentía, pero solo podía gemir, mirar a David y probar suerte. Estuvo a punto de apartarse, en pleno conflicto interior. La vida le brindaba la ocasión de reconciliarse consigo misma. ¿Debía aprovecharla? David estaba a punto de ponerle un pañal. ¿Eso hacían las parejas normales? Seguro que no. ¿Por qué no lo olvidaban todo y se iban al cine? Sí, mejor. ¿Por qué no…?

-Tranquilízate, peque. Solo te voy a poner tu pañalito. No tengas miedo.

El corazón de Mónica batía a toda velocidad. Triturando sus prejuicios. Haciendo trizas sus dudas. Y ella, una excelente corredora, capaz de cubrir tres kilómetros en once minutos, se veía incapaz de salvar el metro escaso que en aquel instante le separaba de su novio. Su mente se oponía, a pesar de que su cuerpo lo necesitaba como pocas otras veces había necesitado nada.

Cuando estaba a punto de renunciar, él se estiró, la tomó por la cintura con gentileza y la ayudó a bajarse de la cama y a ponerse de pie frente a él. Dio un tironcillo y Mónica notó cómo el pantalón del pijama le caía sobre los tobillos, dejando sus piernas al descubierto. Con una suavidad que a Mónica le provocó escalofríos, David le bajó las braguitas también, obviando el hecho de que estuvieran calientes y mojadas. Mónica se preguntó cómo era posible que él pudiera respirar todavía, porque todo el aire de la habitación lo estaban consumiendo sus pulmones. Y todavía echaban en falta un poco más.

Con una técnica inmejorable, David desplegó el pañal entre sus piernas, estiró los extremos y se lo subió a dos dedos del ombligo, por delante, y hasta la cintura, por detrás. Mónica sintió que cuatro brazos la abrazaban simultánea y amorosamente. Dos cálidos y dos fríos. Dos fuertes y dos elásticos.

-Abre un poquito más las piernas. Vas a estar preciosa con tu pañalito.

A Mónica lo mismo le habría dado, en aquel momento, que le hubieran arrancado la piel con garfios al rojo. O que la hubieran cosido a flechazos. Total… ya estaba en el cielo y se veía a sí misma flotando entre las nubes como un ángel borracho. El rasgar de las tiras adhesivas cuando David las despegaba y las volvía a ajustar no tenía nada que envidiar a ningún coro celestial. Ojalá, pensó Mónica, este momento dure para siempre.

-Ya estás. ¡Mira qué guapa! -dijo David.

Sumergió la cabeza en su vientre y le dio a Mónica un suave lametón. Mónica se estremeció de júbilo.

-Dímelo otra vez. Por favor…

-Claro.

Él la miró desde abajo y Mónica tuvo que apoyarse en sus hombros para no marearse. El aliento de David en su vientre la abrasaba. Estaba perdiendo algo más que el control de sí misma. Perdía un peso que había arrastrado consigo, como un fantasma arrastra sus cadenas. Sin ese lastre se sentía capaz de todo. De todo… menos de soportar otro lametón en el vientre. Si eso ocurría, estaba segura de que se desmayaría.

Por fortuna, David prefirió subirle los pantaloncitos del pijama de nuevo. Y por mayor fortuna todavía, cuando estaban a medio subir, se paró en seco y en vez de lamerle, le dio un bocadito justo entre el ombligo y el pañal. Después se pegó a ella y le dijo lo más hermoso y divertido que un hombre le había dicho en toda su vida:

-Te amo,

peque.