Como siempre, antes de cualquier historia, las normas.
Os recuerdo que la encuesta sigue abierta. La cerramos en un par de semanas, así que venga, ¡animaos! No os llevará ni 30 segundos.
Y vamos con la historia, que toca uno de los temas más delicados de nuestro mundillo y del que hablaremos otro día más a fondo. Porque más tarde o más temprano, a todos nos pillan, chicuelos…
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– Qué raro -exclamó David-. ¿Y esto?
Mónica se quedó paralizada. No podía apartar los ojos del armario, ni de lo que su novio había sacado de él. Hubiera debido extender el brazo, decirle que lo dejara en su sitio y cubrirlo con una blusa, pero no fue capaz. Estaba sin aliento y apenas consciente. La habitación, la casa, el mundo entero giraban en torno a ese paquete de color blanco que tenía gravedad propia y se había convertido en el centro del universo solo porque David lo había encontrado. Cuando recuperó un mínimo de control apartó la vista, angustiada, para impedir que él se asustara a su vez.
Normalmente, esconder los pañales era lo primero que hacía antes de invitar a David a pasar el fin de semana con ella, pero después de un mes matador en el trabajo se le había olvidado. En realidad, se sentía más culpable por el lapsus que por tener que dar explicaciones. Además, nadie la obligaba a hacerlo. Pero tampoco tenía fuerzas para seguir disimulando. ¿Y qué mentira iba a improvisar? David la conocía demasiado bien y se las pillaba siempre, incluso cuando intentaba colarle alguna para darle una sorpresa.
Como ella no se lo impidió, David curioseó dentro.
– ¡Joder! ¡Si son pañales! -dijo, levantando el paquete.
El paquete estaba abierto y faltaban por lo menos cuatro o cinco unidades. Tenía su explicación. Para contrarrestar el estrés de la oficina Mónica se había pasado la semana entera durmiendo en pañales. Y en compañía de uno de sus peluches: un unicornio del tamaño de su mesita de noche que respondía al nombre de Valiant. En aquel momento, su achuchable amiguito parecía lanzarle reproches airados desde el edredón: “Eres una niña tonta y te ha descubierto”. Mónica luchaba contra ellos, se defendía, negaba las acusaciones. Sin embargo, no podía evitar sentirse culpable. Culpable y miserable también. ¿Y si perdía a David? ¿Y si le daba asco el… secreto de su novia?
-No es lo que uno se espera encontrar en el armario de una chicha de veintinueve años, la verdad.
Mónica apretó los dientes, como si tuviera entre ellos una correa con la cual tuviese atado a David. Si no lo hacía, él soltaría cualquier barbaridad, saldría corriendo y ya nunca lo volvería a ver. Lo visualizó mentalmente. ¿Cómo podía haber tenido semejante descuido? Tonta era poco: gilipollas integral, y eso solo para empezar.
-Esto… Me imagino… Supongo que serán de alguna broma, ¿a que sí?
Qué bueno es conmigo, pensó Mónica. Como me ha visto tocada, me ofrece una salida del atolladero. No quiere violentarme. Está dispuesto a pasarlo por alto y a aceptar cualquier excusa. Mónica lo habría dicho en voz alta, pero detestaba la idea de deshacerse en lágrimas delante de él por unos simples pañales. A pesar de ello, los síntomas de un llanto inminente distorsionaron su respuesta:
-Sí…Nada importante. Una despedida de soltera.
Concentró todas sus fuerzas en girar el cuello. Tenía que hacerlo. Tres simples acciones: una mirada, una mentira, una broma y todo habría quedado atrás. Por desgracia, le fue imposible. Su cuello ya no era flexible, sino de piedra. Apropiado, por cierto, dado que seguía sin poder moverse. Le sirvió para comprender algo fundamental: el momento de las mentirijillas y a otra cosa ya había pasado. Notó la sangre concentrándose en sus mejillas. El sudor le chorreaba por la espalda. Su reacción la había traicionado. Incluso Valiant dejaría de quererla. “Niña tonta e irresponsable”. Se lo merecía. Se merecía todo lo malo que le dijeran.
-¿Estás bien, mi amor? -quiso saber él-. ¿Qué te pasa?
Me pasa que vas a salir por esa puerta llamándome de todo menos guapa, pensó Mónica. Me pasa que me siento indefensa. Que me siento idiota. Fue superior a sus fuerzas: hizo un puchero y huyó hacia una de las esquinas de la habitación, mientras una emoción picante, efervescente, se desbordaba en su pecho como champán por el cáliz de una copa.
-No me asustes, nena. Por favor.
Al oír lo de “nena”, la poca confianza que le quedaba a Mónica explotó en su interior, hecha añicos. Se apoyó en la pared, rendida, y se dejó escurrir hacia el suelo. Terminó llorando como una niña, la espalda contra la pared y la cabeza reposando sobre las rodillas, levemente flexionadas. Cuando David se acercó para reconfortarla, Mónica notó el sabor salado de sus propios mocos en la boca. Igual que cuando era niña y la reñían. Qué irónico.
David se sentó junto a ella y la abrazó, sin decir nada. Mónica resopló de vergüenza y se replegó por completo sobre sí misma. Se sentía tan incapaz de rechazar el consuelo que se le brindaba como de entregarse a él.
-De acuerdo. No importa. Me olvido de esto… ¡Ya mismo! ¡Hop! -David se rio por lo bajo y añadió, en un tono nada despreocupado -: No llores, por favor, que me vas a hacer llorar a mí también.
-¡Es que soy idiota! -chilló Mónica, histérica-. ¡Soy idiota! ¿No lo ves?
Por el rabillo del ojo, creyó ver cómo él pasaba la mirada por la habitación, inspeccionándola. Luego volvió a centrarse en ella, pero Mónica tenía la vista empañada por las lágrimas, que le impedían ver con claridad. Era como si cuanto había su alrededor se reblandeciera y derritiese, como muñecos de nieve al sol. Mónica abrazó a David y se recreó en el tacto de su piel. En su indulgente calor, más cercano que nunca.
-Aquí no hay ninguna idiota -le susurró David al oído-. Lo único que yo veo es a la chica más guapa e inteligente del mundo.
-Cállate, por dios. Cállate.
-Y yo amo a esa chica.
-¡Cállate!
A Mónica se le atragantó el llanto. Tosió. Parpadeó. Se lamió los labios goteantes. Tembló en brazos de David. No quería soltarlo. No lo soltaría nunca, si era por ella. Además, ¿por qué clase de patética fantasía, en medio de aquel mal trago, no podía dejar de imaginárselo desnudo? Ah, pero si eso implicaba que él debía alejarse un solo milímetro, aunque fuera para quitarse la ropa, lo seguiría abrazando en camiseta y vaqueros, al menos un buen rato. Mónica soltó un suspiro ahogado y, en ese momento, sintió el tacto de uno de los dedos de David bajo la barbilla. ¿Un simple dedo de su chico tendría más fuerza que ella? David no tardó en demostrárselo, haciéndole levantar la cabeza.
Por primera vez en varios minutos, lo tenía delante. Él le sonrió con su dulzura habitual y para ella fue como si se hubieran perdido y no tuvieran prisa por encontrar el camino. Aunque, si el camino de vuelta pasaba justo por la boca de David -boca que, levemente abierta, clamaba por ser sellada- Mónica estaría encantada de superponer la suya. Se dispuso a ello, pero David la esquivó y tomando una mínima distancia, le dijo:
-Sí. Amo a esa chica que usa pañales -su tono era tan tierno que la hizo salivar, como cuando se pasaban los caramelos de lengua a lengua-. Y estoy loco por ella.
Mónica se obligó a sonreír. Le agradecía que abordara el tema directamente y sin tapujos. Que no se comportara como un cura que escucha supuestos pecados. Se descubrió capaz de articular unas pocas palabras juntas. Cautas, pero coherentes:
-Sí. Los uso de vez en cuando. Me… me gusta.
Él le robó una lágrima con la punta de su omnipotente dedo índice. El mismo que había usado para ahuyentar la vergüenza de su chica. Solo fue un roce, pero ella volvió a apartar la mirada.
-No me juzgues, por favor. Solo… es para relajarme. Para sentirme bien conmigo misma. Conecto con… Lo siento. No quiero… No quiero que pienses cosas raras.
-Hombre, habitual tampoco es -bromeó David y, a continuación, le quitó importancia-. Pero cosas más raras se han visto.
-¿Tú las has visto?
-Es solo una forma de hablar -le revolvió el pelo-. Tontorrona.
La besó en la coronilla. Mónica se dejó vencer por el beso y volvió a refugiarse en los brazos de David, quien enterró la mano bajo su melena cobriza y siguió con las caricias.
-Si no lo entiendes o no lo compartes, lo entenderé, cariño. Perdona. Debí…
Contra todo pronóstico, David interrumpió sus disculpas y comenzó a sincerarse con ella de un modo que para Mónica resultó desconcertante. Le hablaba con total franqueza, haciendo pausas enfáticas para permitir que ella asimilara bien la información. Mónica se dejó arrullar por su voz.
-En primer lugar, ya lo sabía, nena. -A ella solo le faltó ronronear como una gatita-. O al menos lo imaginaba. Llevamos juntos varios años. Te miro. Te observo. Y pienso constantemente en ti. Por eso me fijo en muchos detalles que a otros les pueden pasar desapercibidos, pero a mí no.
Ella, por supuesto, se consideraba la chica más discreta y sibilina del mundo en lo tocante a su…afición.
-¿Como cuáles?
-Pues muchos -contestó él, y se puso a peinarla con los dedos. Mónica se dejó hacer, porque le encantaba-. Por ejemplo: me fijo en cómo me miras y cómo reaccionas cuando, por casualidad, pasamos por la sección de pañales en el supermercado. En cómo revolotean tus ojitos de un lado a otro, posándose en un paquete de Dodotis aquí, en uno de toallitas acá… Y en cómo me agarras de la mano, sin siquiera darte cuenta.
Mónica se quedó con la boca abierta, roja como una moneda de gominola. David aprovechó para limpiarle los chorretones que desembocaban en ella y le ofreció un pañuelo para que dejara de sorberse los mocos.
-Pero… Eso…
-En segundo lugar, no todas las chicas tienen semejante cantidad de peluches en su habitación. Ni tan grandes como Valiant.
-¡Ya ves! A muchas tías les molan los peluches. ¿Qué tiene de raro?
Miró de reojo a Valiant. Su voz imaginaria -que para Mónica era muy real- le repetía sin cesar: “¡Suertuda! ¡Suertuda!”.
-Yo no dije que sea raro. Pero uno va atando cabos. ¿Comprendes?
-Bueno…
-En tercer lugar, te notaba motivadísima cuando te disfrazaste de bebé en carnavales. Me pareció que lo vivías de una manera muy personal. No era un simple disfraz para ti. Ahora veo que era una indirecta y lo siento mucho, mi amor. Debí ser un poco más zorro. Contar estas cosas es difícil. Perdóname.
Mónica soltó una carcajada estentórea, que fue amainando hasta convertirse en un suspiro.
-Eres un bobo adorable -sollozó-. Te cuento mis rollos y resulta que quien acaba pidiéndome perdón eres tú.
-¡Ah, ah, ah! -replicó David, entonando cada sílaba-. Nada de rollos. Para mí, cualquier cosa que te guste tanto es muy importante y me interesa al máximo.
Sonó la alarma del reloj. A esas horas deberían estar levantándose de la siesta, pero ni siquiera la habían dormido, porque habían comido a las cuatro. Mónica se dio cuenta de que, en adelante, todos los sábados por la tarde, a las cinco y media, tendría algo que celebrar para el resto de su vida. La conmemoración del día en que pudo revelar a otra persona el rincón más íntimo de sí misma. Y, además, a la persona que más quería en el mundo.
-Cuéntame, entonces. ¿Los usas mucho?
Ella asintió en silencio.
-¿Te gusta dormir en pañales? ¿Con tus peluches?
Mónica, por toda respuesta, depositó un beso tardío pero tórrido en los labios de David. Él hizo amago de darle una dentellada y ella se echó hacia atrás, riendo con picardía.
-Quizá no te guste solo dormir. ¿Te gustaría estar en pañales conmigo? ¿En pijama? ¿O desnuda?
Solo falta, de fondo, el jingle con el que empiezan las películas de Disney, pensó Mónica. En el ojo de aquel huracán de emociones era incapaz de explicarse, pero no hacía falta porque las preguntas de David eran certeras como dardos y no fallaba ni un lanzamiento.
-No sé, cuéntame -ella estaba demasiado emocionada como para contarle nada-. ¿Mojas el pañal? ¿Siempre? ¿A veces? ¿También lo ensucias? ¿Tienes toallitas?
-S…Sí…A…A veces -balbuceó ella.
-Guau. Si hasta balbuceas como una niña pequeña y todo. Impresionante.
-¡Idiota! ¡Idiota!
Mónica le dio unos cuantos puñetazos en el pecho. Más bien suaves. Comprendió que lo hacía como preludio de un juego cuyas normas se moría por diseñar juntamente con él. David detuvo el último de los puñetazos y le dio un mordisquito en los nudillos.
-Esto no se hace, bomboncito. ¿Es que no tienes modales?
El tiempo se detuvo para Mónica. De pronto, todo cuanto la rodeaba adquiría un nuevo significado. Se abrían ante ella posibilidades que antes ni siquiera se había permitido imaginar. Como si su vida pasada hubiera estado mediatizada por una enfermedad que David le había curado. Se sentía más segura de sí misma y más enamorada que nunca.
-O sea -dijo DAvid-, que tendré que darte de comer, vestirte, bañarte, cuidarte…
-Bu…Bueno… No es necesario…
-Ver dibujos animados contigo, jugar, hacerte mimos, comprarte ropita…
-Yo solo…
-Vamos, como ahora, pero con más parafernalia.
-¡Qué bobo eres!
-¡Ah! Y cambiarte los pañales, me imagino. Seguro que luego te pasas las tardes correteando por el salón, con el pañal colgando y diciendo: “¡no me pillas! ¡no me pillas!”.
Maldito y maravilloso hijo de puta, pensó Mónica, a punto de llorar de felicidad.
-Bueno -dijo David-. Secreto por secreto. Ven.
Le indicó que se tumbara en la cama. Ella lo hizo y él la imitó y la abrazó por detrás, pasando un brazo entre la almohada y el hombro. La cucharita de siempre, solo que más incitante, porque Mónica notaba cómo una rosa de humedad estaba floreciendo entre sus piernas. Aunque no llevaba pañales, si la conversación seguía por los mismos derroteros, los iba a necesitar. Y de los más absorbentes.
-¿Te acuerdas de Natalia, mi hermana pequeña? ¿Y de Gabriel, mi otro hermano?
-Sí claro. Muy majos.
-Pero no se lo cuentes a nadie, ¿eh?
-No, no. ¿Qué pasa?
Mónica sintió un cosquilleo de curiosidad, que David disipó susurrándole al oído.
-Natalia usó pañales para dormir hasta los doce años. Y Gabriel hasta los nueve.
Mónica, a su vez, casi retrocedió veinte años en el tiempo. A la época en la que intercambiaba mensajitos insidiosos con sus compañeros de clase, apenas una lacónica frase en un trozo de papel. “Juancho está por Inés”. “Rubén es imbécil” (eso no era ningún secreto). Sonrió. “Natalia y Gabriel se mean en la cama y usan pañales” sonaba de lo más verosímil. No habría envidiado a ninguno de los dos en caso de que semejante secreto hubiera sido descubierto.
-Vaya. ¿Y eso?
-Pues nada. A ella le saco doce años y a Gabriel diez. Imagínate.
Con los ojos cerrados, Mónica estaba en la mejor disposición posible para dejar volar la imaginación. Sin pasarse, claro. Si la dejaba volar muy alto, incendiaría las sábanas. Entonces comprendió, y giró sobre sí misma con una sonrisa de incredulidad en la cara.
-¿Quieres decir que les cambiabas tú?
-De pequeños, muy a menudo. Y luego, como dormíamos en la misma habitación, a ella hasta los siete y a él hasta los ocho. En casa éramos ciento y la madre. Los mayores no daban abasto. Sobre todo durante el verano, cuando no estábamos en el colegio.
-¿En serio? Qué mono.
-Y eso no es todo. Me pasé mi primera adolescencia cuidando a mis hermanitos. Entre mis doce y mis quince años, había días que cambiaba diez o doce pañales. Mis amigos me llamaban Cacaman, no te digo más.
-Qué poca inventiva -rio Mónica-. ¿Cacaman?
-De pie, sobre la cama, en el cambiador -David contaba con los dedos de la mano-, sobre una toalla, en la playa, en el parque, en el asiento de atrás del coche… ¡Tengo un master en cambiar pañales y en pringar culitos!
-Si, claro, y yo me lo creo.
David se puso a imitar la voz de un niño pequeño. Mónica iba a decirle que se le daba genial, pero él empezó a hacerle cosquillas y la risa se lo impidió.
-¿Quieres mimos?
-¡Para! Ja, ja, ja… ¡Para!
-¿Qué pasa? ¿Te haces pipí?
-¡Venga ya! Te lo estás inventando. Eres muy capaz.
Siguió un silencio bastante largo, durante el cual Mónica se planteó ciertas dudas acerca de la sinceridad. La suya y la de su pareja. Lo que David le contaba sonaba demasiado artificial. Y ella no quería más mentiras ni más secretos entre los dos. Nunca más.
-¿Eso crees?
-Pues sí. Eso creo. Lo haces para que me sienta mejor.
-Muy bien -dijo David en un tono deliciosamente paternal, mientras sus manos escalaban con suavidad hacia los pechos de ella-. Acércame ese paquete y te lo demuestro.
Luego añadió en voz baja una palabra. Solo una. Pero fue suficiente como para arrancar de cuajo todas las reservas de Mónica y sembrar en ella una semilla de divina locura:
–Peque.
Aunque no había ni podía haber eco en la habitación, Mónica creyó escuchar la voz de David rebotando de pared en pared. Se incorporó en la cama y lo miró. Estaba acostado, las manos detrás de la cabeza, mirándola con una vaga sonrisa. David reiteró su invitación enarcando una ceja y ella se encogió de hombros, todavía sin creerle del todo.
Gateó sobre la cama hacia el paquete de pañales y, al hacerse con él, sintió cómo David le propinaba una rotunda nalgada. “¡Plas!” sonó. Y Mónica ya ni se preocupó por lo que había brotado bajo sus braguitas. La rosa se había transformado en rosal y muy pronto el rosal mutaría en exuberante jardín. Y no precisamente impenetrable.
-Vamos, peque -repitió David-. ¿Me traes tus pañalitos?
Mónica se volvió hacia él. Era como si David hubiera accionado un resorte oculto de su alma que ni ella misma conocía. Un hormigueo embriagador campaba por sus muslos, por su culo, por sus caderas, cuando David se sentó en el borde de la cama y le dijo:
-Venga. Ponte de pie delante de mí.
-Vale. Pero dímelo otra vez, por favor.
Una rodilla. Otra. David estaba tan lejos y tan cerca… Mónica intentó expresar verbalmente lo que sentía, pero solo podía gemir, mirar a David y probar suerte. Estuvo a punto de apartarse, en pleno conflicto interior. La vida le brindaba la ocasión de reconciliarse consigo misma. ¿Debía aprovecharla? David estaba a punto de ponerle un pañal. ¿Eso hacían las parejas normales? Seguro que no. ¿Por qué no lo olvidaban todo y se iban al cine? Sí, mejor. ¿Por qué no…?
-Tranquilízate, peque. Solo te voy a poner tu pañalito. No tengas miedo.
El corazón de Mónica batía a toda velocidad. Triturando sus prejuicios. Haciendo trizas sus dudas. Y ella, una excelente corredora, capaz de cubrir tres kilómetros en once minutos, se veía incapaz de salvar el metro escaso que en aquel instante le separaba de su novio. Su mente se oponía, a pesar de que su cuerpo lo necesitaba como pocas otras veces había necesitado nada.
Cuando estaba a punto de renunciar, él se estiró, la tomó por la cintura con gentileza y la ayudó a bajarse de la cama y a ponerse de pie frente a él. Dio un tironcillo y Mónica notó cómo el pantalón del pijama le caía sobre los tobillos, dejando sus piernas al descubierto. Con una suavidad que a Mónica le provocó escalofríos, David le bajó las braguitas también, obviando el hecho de que estuvieran calientes y mojadas. Mónica se preguntó cómo era posible que él pudiera respirar todavía, porque todo el aire de la habitación lo estaban consumiendo sus pulmones. Y todavía echaban en falta un poco más.
Con una técnica inmejorable, David desplegó el pañal entre sus piernas, estiró los extremos y se lo subió a dos dedos del ombligo, por delante, y hasta la cintura, por detrás. Mónica sintió que cuatro brazos la abrazaban simultánea y amorosamente. Dos cálidos y dos fríos. Dos fuertes y dos elásticos.
-Abre un poquito más las piernas. Vas a estar preciosa con tu pañalito.
A Mónica lo mismo le habría dado, en aquel momento, que le hubieran arrancado la piel con garfios al rojo. O que la hubieran cosido a flechazos. Total… ya estaba en el cielo y se veía a sí misma flotando entre las nubes como un ángel borracho. El rasgar de las tiras adhesivas cuando David las despegaba y las volvía a ajustar no tenía nada que envidiar a ningún coro celestial. Ojalá, pensó Mónica, este momento dure para siempre.
-Ya estás. ¡Mira qué guapa! -dijo David.
Sumergió la cabeza en su vientre y le dio a Mónica un suave lametón. Mónica se estremeció de júbilo.
-Dímelo otra vez. Por favor…
-Claro.
Él la miró desde abajo y Mónica tuvo que apoyarse en sus hombros para no marearse. El aliento de David en su vientre la abrasaba. Estaba perdiendo algo más que el control de sí misma. Perdía un peso que había arrastrado consigo, como un fantasma arrastra sus cadenas. Sin ese lastre se sentía capaz de todo. De todo… menos de soportar otro lametón en el vientre. Si eso ocurría, estaba segura de que se desmayaría.
Por fortuna, David prefirió subirle los pantaloncitos del pijama de nuevo. Y por mayor fortuna todavía, cuando estaban a medio subir, se paró en seco y en vez de lamerle, le dio un bocadito justo entre el ombligo y el pañal. Después se pegó a ella y le dijo lo más hermoso y divertido que un hombre le había dicho en toda su vida:
-Te amo,
…peque.