Categoría: normas

Historias ABDL: «Juguetes viejos»

Antes de nada y como siempre, las normas de Historias ABDL.

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Le sonó el móvil. David lo tenía a todo volumen y de la impresión dio un brinco en el sofá. Se levantó, temblando. Al coger el tembloroso cacharro casi se le cayó al suelo de los nervios. El teléfono no temblaba más que él.

Se lo llevó al oído. Le dio al botón. Del otro lado oyó a su madre, que le decía:

-Bueno, ya hemos llegado, no te preocupes. Ahora desharemos las maletas y luego iremos a comer algo. ¿Todo bien?

-S…Sí, mamá. Yo me quedaré estudiando un rato. Ya empiezan los exámenes en la facultad.

-Vale, pero no te acuestes sin cenar, que te conozco.

-No, no. Te lo prometo. Divertíos.

-Pues eso intentaremos. Te quiero. Oye, ¿sabes que en la nevera…?

La voz de su madre le sonaba como si saliera de la televisión. Como la de un locutor de radio a altas horas de la madrugada. David esquivó el resto de las preguntas con los monosílabos de siempre y cuando colgó el teléfono le pareció que el minuto escaso de conversación había durado una hora.

Ya era oficial. Sus padres estaban celebrando sus bodas de plata en un resort de la costa Brava o donde fuera. Eso significaba que estaba completa y efectivamente solo en casa. Y que cuanto hiciera, en tanto no dejara rastro, quedaría impune. Iba a ser su segunda vez y lo tenía todo bien planeado. No quería que fallase nada.

Corrió por el pasillo, entró en su habitación y puso sobre la cama la torre de su viejo ordenador, después de sacarla del armario. La había conservado solo porque no se le había ocurrido un escondite mejor. A fin de cuentas, sus padres no hurgarían en las tripas de un pc ni por todo el oro del mundo. Luego, fue al desván y se trajo una caja de herramientas y otra de cartón con un indescifrable y desvaído logo en una de las caras. Intentó leerlo, como siempre, pero era imposible. Echó un vistazo dentro, para cerciorarse de que seguían allí sus juguetes viejos. Comprobó con alivio que sí.

Había de todo. Piezas de construcción, cochecitos de plástico, de metal, muñecos de acción… Todos ellos encantadoramente viejos. Gastados. Trastocados. Para la mayor parte de la gente, morralla de baratillo, cutre hasta para un mercadillo callejero. Para él, tesoros irremplazables. Pedazos de sí mismo. Con historia y vida propias y muchas cosas que contarle o, mejor dicho, recordarle. Más valiosos que la inmensa mayoría de personas a las que llamaba “amigos”.

David detestaba que su madre se refiriera a la caja como “el baúl de los trastos”. Que dijera “a ver cuando me acuerdo de tirarlos”. O, peor aún, que le intentara convencer de donarlos a alguna ONG. “No te jode”, pensaba él entonces. “Dona tú tus joyas o tus bolsos, mamá”. La gente mayor era así: denostaba las cosas de los jóvenes y luego se gastaba una pasta en sus propios trastos vintage, escudándose en que treinta años atrás el cacharro “x” era lo más, etc. Consciente de esa contradicción, David había saboteado todos los intentos de su madre por deshacerse de los juguetes. Y había conseguido que siguieran en el desván, acumulando polvo. Olvidados por todos menos por él.

La ropa le pesaba como si fuera de plomo. Se desnudó y se quedó por unos momentos muy quieto, solo, de pie junto a la caja de juguetes y a la torre del ordenador. El corazón le golpeaba el pecho como si exigiera salir a pasear solito. David cerró los ojos e intentó controlar la excitación. Y no solo la mental.

En un minuto desatornilló la caja del ordenador y sacó de dentro otro tesoro que había conseguido gracias a internet. Había pasado quince años callado, guardándose aquel anhelo en lo más profundo de su alma. Deseando ardientemente el tesoro que por fin tenía delante. ¿Cómo algo tan barato -apenas 6 euros le habían costado- podía producirle semejante alegría, semejante regocijo?

Se llevó los pañales a la nariz para olerlos. Había comprado de los perfumados y, más que aspirar, esnifó el olor. ¿No era inconcebible? Otros se gastaban el dinero en drogas que les destruían, lo que estaba curiosamente bien visto en algunos círculos, por mucho que se dijera lo contrario de cara a la galería. David se lo gastaba en humildes objetos cotidianos que no solo no le dañaban, sino que le garantizaban un paréntesis de íntima felicidad en medio de las presiones del día a día. ¿Y era él quien tenía que esconderse y callarse lo que hacía? ¿Qué mierda de mundo era ese?

Desplegó uno de los pañales sobre la cama y se tumbó sobre él. Echó el cuerpo hacia atrás, como tantas veces había visto en vídeos, películas o en la vida cotidiana. Levantó la parte delantera, la sostuvo sobre su vientre y la aseguró con las bandas elásticas. Tuvo que hacer tres intentos, pues no podía controlar -no quería controlar- su erección. El bulto que le provocaba en el pañal le hizo sonreír.

-El señorito ya ha acampado- dijo.

Desde la banda decorativa del pañal le miraban unos animalitos sonrientes de ojos enormes, dándole la bienvenida a su espacio personal y haciéndole saber que estaban encantados de compartirlo con él.

Al levantarse de la cama y notar el roce de los elásticos entre las piernas, se le erizó el vello de la espalda. Fue como si le hubieran dado un lametón desde los riñones hasta el cuello, siguiendo la columna vertebral. Se miró en el espejo del móvil. El pañal le quedaba estupendo. Allí estaba él. Se veía genial. Se gustaba. Era él.

Con los nervios en ebullición, cogió la caja de los juguetes y se dirigió al salón por el pasillo. Despacio. Muy despacio. Saboreando el momento. Con cada paso, el pañal crujía suavemente, como si tuviera voz propia. ¿Qué le querría decir? Probablemente que todo iba bien. Que no hacía nada malo. Y que estaba muy guapo.

Caminó sin dejar de mirarse los pies. No sentía vergüenza ninguna, pero de algún modo no levantar la vista le ayudaba a centrarse en su momentánea condición de little.

Previamente se había ocupado de apartar mesas y sillones para poder jugar tranquilo y con el mayor espacio posible. Tenía toda la alfombra para él. Sacudió la caja para que los juguetes entrechocaran -adoraba el ruidito- los volcó en el centro del salón y se sentó. Al ver el suave pliegue que los pañales formaban en sus ingles, no pudo evitar recorrerlas con los dedos. Aprovechó para hurgar en los elásticos y ajustarlos mejor.  

Suspiró. Hacía meses que no se sentía tan bien, y eso que estaba nerviosísimo. Igual que en una primera cita, exactamente igual. Solo había una diferencia: no había un “ella”. David deseó que un día la hubiese, pero se obligó a pensar en otra cosa, porque no quería que ese tipo de pensamientos le estropeasen la experiencia. Miró las cortinas de reojo: cerradas. Las puertas de las habitaciones en el pasillo: también.

Todo estaba en orden. Se sentía seguro. En armonía consigo mismo. Una armonía plena, muy similar a la felicidad. Y ello al módico precio de unos pocos euros y unos juguetes viejos que no valían ni uno. David compadecía a quienes no podían comprender lo que eso significaba. Los compadecía de veras.

-¡El cemento! ¡Cementoooo! – dijo en voz todavía baja. Casi no podía creer lo que estaba haciendo – ¡Aquí viene la hormigonera! ¡Paso!

De rodillas, se puso a desplazar el pequeño camión sobre la alfombra. Las ruedecillas giraban como engranajes. David sentía que dentro de él, otros engranajes, los de su propia personalidad, se realineaban, se calibraban de nuevo. La máquina de su cabeza funcionaba de otra manera, pero igual de bien o mejor. Con viejas esperanzas y deseos como combustible. En un modo más perfecto y estable que en la realidad cotidiana.

A David no le gustaba esa realidad cotidiana. No había juguetes. Ni dibujos animados. Ni pañales. En esa realidad cotidiana no se le permitía jugar con muñecos, ni dormir dos horas de siesta todos los días, ni nadie le bañaba, ni le hacía aguadillas en la bañera, ni le secaba con toallas suaves, ni le hacía caricias al salir. Ni le ponía cremita. La cremita: ¡cómo le gustaría que alguien se la pusiera!

Hizo el trayecto completo hasta la nevera de la cocina, que cuando jugaba hacía las veces de cantera o almacén. Se levantó, la abrió y sacó los dos litros de zumo que tenía preparados. Era suficiente, teniendo en cuenta que había bebido otros dos durante la hora anterior a que sonara el teléfono. Al levantarse, de hecho, notó un agradable pinchacito bajo el pañal. Su erección disminuía y, con ella, las ganas de hacer pipí hacían acto de presencia. Echó un trago. Estaba frío, dulce… Era lo más parecido a un beso que iba a tener esa tarde, pero se conformaba.

Esperó unos minutos, creyendo que podría mojarse sin problemas, pero no fue así. Ya le habían dicho que, al principio, podía ser muy difícil. Y era la segunda vez que David se ponía pañal y jugaba como más le gustaba en lo que iba de año. Tendría que esperar.

Gateó de vuelta a la salita. Solo a una mano, porque la otra iba arrastrando el camión por su cordelito. De vuelta entre los juguetes, montó a uno de sus muñecos en el asiento: cabía a duras penas. De niño, le había gustado hacerlo, a pesar de que a veces algunos muñecos se rompían y luego sus padres le echaban la bronca por romper otro juguete más. Ahora no tenía por qué seguir sus reglas. Bueno, ni ninguna regla. Estaba en su elemento. Él decidía lo que hacer y lo que no. O más bien su naturaleza lo decidía.

Y lo que le dictó su naturaleza en aquel momento era jugar a indios y vaqueros.

-¡Venceremos a los rostros pálidos! -dijo y se sentó de piernas abiertas sobre la alfombra. Incluso a él le sorprendió la naturalidad con que lo había hecho.

Dispuso a ambos ejércitos a lo largo y ancho del salón. Había indios emboscados en las estanterías. Sobre el sofá. Asomados al borde de las mesas. Acechando bajo el sillón. Los vaqueros, pobrecillos, avanzaban en fila india -¡qué coincidencia!- por una alfombra en la que no faltaban los cactus, las diligencias y las vallas de plástico. A merced de los fieros apaches, exactamente como a David le gustaba. Porque los indios eran los más fuertes, eso lo sabía todo el mundo.

-¡Bang! ¡Bang! ¡Muere, rostro pálido! ¡Aaaaah! -y David se revolcaba por el suelo y se hacía el muerto.

Fue tumbando, uno a uno, a todos los vaqueros. ¡Bang! Caía el sargento. ¡Zas! Salía un jinete del séptimo de caballería despedido. ¡Paf! Causaba baja otro de un manotazo. Y, paralelamente, una miríada de escenas, de imágenes sepultadas en su memoria iba desfilando por su mente. Lugares que le sonaban familiares, como el desván de la casa de los abuelos en el pueblo. Sensaciones casi olvidadas volvían a manifestarse a través de sus sentidos, como el tacto y el olor grasiento de las ceras de colores de su infancia, tan similar al sobado plástico de las figuras de juguete. La suavidad de la moqueta del viejo piso de sus padres en las plantas de sus pies descalzos. El olor del suavizante que su madre usaba para la ropa, veinte años atrás.

Contempló el pañal limpio que, junto al sofá, había colocado a modo de gigantesco tipi. Allí, rodeado de juguetes y en pañales, David se paseaba por un jardín emocional en el que cada gesto, cada movimiento, cada palabra, hacía florecer recuerdos cuyas semillas llevaban dos décadas enterradas, ansiando el día en que pudieran germinar. Y no quería abandonar ese jardín porque, si lo hacía, simplemente no podía ser él mismo.

El estado de íntima plenitud se intensificaba gracias al juego, al fruncir del pañal y a las frases infantiles que pronunciaba en voz alta, y el tiempo pasaba con rapidez. Qué diferencia con su última llamada telefónica. Nunca tendría de nuevo tres o cuatro años, eso estaba claro. Pero, joder, qué bien se estaba haciendo como que era posible.

De pronto, lo notó. Una imperiosa y tensa presión en el vientre. Algo se movía ahí dentro. David no quiso pensar en ello. No le dio importancia. Lo normal con tanto zumo. De modo que continúo con su Little Big Horn en miniatura y, sin saber por qué, se echó a reír. Por lo bajito, para sí mismo. Como cuando, de pequeño, estaba a punto de hacer una travesura. Y había recuerdos o sensaciones que David se negaba a dejar de experimentar. Entre ellos, ese.

-Oh… Oh…- cuchicheó-. Hoy el nene tampoco llega. Se distrajo jugando.

Se puso de rodillas otra vez, y derribó con un barrido a todos los vaqueros que quedaban. Hizo ademán de levantarse, pero como él mismo había adelantado, no iba a llegar. Al ponerse en cuclillas, notó un retortijón: ya estaba saliendo. Y en los dos o tres segundos que tardó en ponerse de pie, apoyándose en el sillón, se hizo caca. Y no un poquito, precisamente. Hasta notó cómo le abultaba el pañal por detrás.

-¡Ooooh! -dijo David con voz de falsete-. Pobrecito. Mira que hacerse popó otra vez. A este paso nunca dejarás el pañal.

David se metió el pulgar en la boca. Aunque nadie le entendiese, aunque nadie comprendiera por qué hacía aquello, eso no cambiaba el hecho incuestionable de que se sentía genial. Por no decir en la gloria, vaya. No hacía daño a nadie. Es más: cuanto más vulnerable y despreocupado lograba sentirse mientras jugaba, más feliz era la experiencia. Ser vulnerable, o fantasear con serlo, le daba una paz que no se veía capaz de describir a alguien que no hubiera hecho lo mismo que él al menos una sola vez, aunque fuera por curiosidad. Chuparse el dedo, rodeado de juguetes viejos, desnudo salvo por el pañal. Y con la caca en el culo, que, por cierto, empezaba a oler regular.

Daba igual. Quería seguir jugando y así lo hizo. Se montó una nueva batalla, esta vez mucho más rápida, pero de igual resultado. Leyó un tebeo, tumbado en el sofá, mientras bebía más y más zumo de un biberón de juguete que, durante su adolescencia, solía chupetear a escondidas cuando no podía dormir. Luego, en el ordenador, se puso a ver dibujos animados antiguos. Los que veía en su infancia, por supuesto. “Escubidú” y todas esas cosas.

Cada poco, volvía a mirarse en el espejo del móvil. Pasó la mano sobre el pañal. Jugueteó con las plantas de los pies. Hizo posturas, como si le estuvieran haciendo una sesión de fotos. Quería exprimir cada minuto que pudiera pasar así. Atesorarlo.

Al rato, tuvo sed. Tenía que ir a por más zumo, o agua. Y, cuando ya había creído que no sería capaz de mojar el pañal, abrió la nevera y un auténtico torrente de pipí se desencadenó ahí abajo. David se quedó de pie, ensimismado, chupándose el dedo de nuevo mientras veía cómo la mancha iba ascendiendo lenta y apaciblemente por la parte delantera del pañal. Tardó bastante en terminar y cuando lo hizo creyó que, de tan lleno, se le iba a caer.

«…rodeado de juguetes viejos, desnudo salvo el pañal«

Llevaba aguantando todo el día para hacérselo y por fin lo había conseguido. Estaba calentito, tranquilo y relajado. El pañal, rebosante, le colgaba libre entre las piernas. Tendría un escape si se sentaba, eso seguro.

Cuando por fin se decidió a hacerlo, esta vez sobre el parqué, desencadenó al mismo tiempo los dos efectos que más le gustaban. El primero fue el de aplastar la caca contra el pañal y convertirla en una torta de un palmo. El segundo proyectó decenas de cosquilleantes chorritos y corrientes dentro del pañal. Como había creído, tuvo una fuga: había dejado unas cuantas gotitas brillando sobre el parqué.

Ya lo limpiaría. Cogió su pala excavadora, porque no quería dejar de jugar.

Nunca dejaría de jugar.

Historias ABDL: «Cacaciones»

Antes de nada y como siempre, las normas de Historias ABDL.

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-Bueno, Martín. Y tú, ¿dónde te vas este año? ¿A la playa? ¿A la montaña?

Martín se quedó embobado, mirando cómo María daba vueltas al palito del café. ¿Dónde voy a ir?, pensó. Con Mami. Y notó una súbita tensión en el perineo, como un dulce pinchazo. Luego se acercó a la máquina, seleccionó “con leche”, “azúcar max” e introdujo una moneda en la ranura.

-Pues ya veré – dijo Martín-. Supongo que me iré a Marbella, que hay más ambiente.

-Ambiente, ambiente… Tú vas a lo que vas, ¿no, soltero de oro?

Después de casi veinte años trabajando juntos, María tenía derecho a tomarse ciertas libertades con Martín, el consejero delegado. Había entre ellos una gran confianza. Confianza que, en algunas épocas, a Martín le hubiera gustado convertir en algo más, pero María se había casado a los veintinueve con un tipo de esos que salían en las revistas de economía prediciendo crisis y más crisis.

-Joder, ¡pues claro! ¿A qué va uno a Marbella, si no? ¿De retiro espiritual? -Martín soltó una carcajada fanfarrona.

-Ah, no sé… dímelo tú.

¿Pasarse quince días en calcetines, onesies y pijamas con personajes de dibujos animados podía considerarse retiro espiritual? ¿Y jugar en una cerca de bebé tamaño adulto? ¿Y hacérselo todo encima? María no tenía ni idea de la verdad. Ella no sabía nada, ni podía saberlo. Ni lo sabría nunca ya.

Martín hizo un gesto ambiguo; lo mismo podía significar sexo o cualquier otra cosa. Sonrió.

-¿Y qué quieres que te diga?

-No sé, estos últimos años te pasas días sin responder al wasap ni coges el móvil de la empresa. Para ser un directivo, me parece desconectar demasiado.

¡Qué va! Lo que María no sabía es que los niños buenos -y Martín intentaba ser bueno, lo intentaba de verdad- no usan el móvil, porque es de mayores. Por eso nunca deben tocar el móvil de Mami, ni jugar con él, ni tampoco con ningún otro. Una vez, Martín se había hecho unas fotos vestido como más le gustaba, recién cambiado y con el pañal limpio, pero a Mami le había parecido una travesura imperdonable y le había propinado tal zurra que Martín había perdido la cuenta de los palmetazos a los ciento veinte. Justo los que había aguantado antes de echarse a berrear sobre las rodillas de Mami como si no hubiera un mañana. O, en palabras de Mami: “como el cochino y desobediente que eres”.

-Es la política que yo mismo he implantado en la empresa -dijo Martín-. Estaría bueno que no la respetase.

Según Mami, eso de que era consejero delegado de una gran empresa eran puras fantasías, alimentadas por un exceso de televisión y videojuegos, que ella le tenía estrictamente prohibidos. Mami no se cansaba de repetirlo. ¿Qué era entonces? Un niño malcriado, travieso y desobediente, que tenía que aprender modales, fuera como fuese. Solo así podría ser algo en la vida.

Eso de ser algo en la vida a Martín siempre le había sonado muy enigmático. Hasta que, con treinta y cinco años, poco después de ser nombrado consejero, volvió a mojar la cama, como cuando era pequeño. Una noche tras otra, se levantaba en medio de cercos fríos y amarillentos, cuyo olor agrio le traía de vuelta recuerdos nada agradables de su niñez.  Y así, a los treinta y cinco, supo de veras lo que sería y era en la vida: un meón. Mami siempre decía que mucha gente tardaba una eternidad en descubrirlo, y que Martín tenía suerte de haberlo hecho en la treintena.

-Ya, hombre, pero no sé…- María dio otro sorbo al café-. Antes te ponías tan exigente con lo de la disponibilidad, que… ¡menudo cambio!

¿Disponibilidad? Martín lo sabía todo sobre disponibilidad. Cuando Mami le decía que tocaba chequear el pañal, apenas tenía unos segundos para acercarse, estuviera donde estuviese, abrir un poquito las piernas y permitir que Mami le palpara entre ellas. A la hora de comer, más le valía estar en la sillita cuando Mami trajera la papilla si no quería, también en palabras de Mami, “comer caliente”. Cuando se le escapaba algún taco (cosa que ocurría a menudo, por cierto), tenía que acompañar al baño a Mami, en donde ella le lavaba la boca con jabón, y luego lo llevaba de la oreja hasta el rincón de pensar. Y, si Mami decía que había que cambiar el pañal, daba igual lo que estuviera haciendo: cuentos, cubos, cochecitos, peluches, siesta… ¡Daba igual! Tenía que ir a por las toallitas al baño, tumbarse sobre la manta y cuando Mami se inclinara hacia él, acercarle las toallitas, darle un beso y decir siempre la misma frase: “Gracias por limpiar mi culito cochino, Mami”. O eso, o no había pañal limpio. Y volar de Barcelona a Sidney con el culo escocido por haber estado dos días enteros con el mismo pañal, era algo que Martín no quería volver a experimentar. Ni la horrible vergüenza de tener que ponerse cremita a escondidas, en el baño del avión, mientras el espejo le devolvía la imagen de lo que, si Mami hubiera estado allí, habría descrito como “melocotón con crema”.

-Los tiempos cambian. Ya no soy ese joven con ideales que entraba en la empresa a comerse el mundo, ¿no?

María negó con la cabeza y se rio. Martín adoraba esa risa. Dios, cómo la adoraba.

-Mira que eres tonto, de verdad. Ni que tuvieras ochenta palos.

¿Palos? Sí. Además de los de golf, tenía otros. Mami usaba todos para lo mismo y hasta les había puesto nombres. Los de cada una de las mujeres que Martín no había sido capaz de conservar. La paleta de caoba -los ricos son ricos- con la que había recibido alguna de las azotainas más contundentes, se llamaba “María”, de hecho. También estaban “Nerea” (aunque Martín opinaba que no era un buen nombre para un bastón), “Marta” (que estaba adornado con la cola de una marta de las de verdad) y “Núria” (que más que palo era una fusta en toda regla y, además, de color rosa).  Sí. Martín tenía palos para dar y -sobre todo- recibir.

«O eso, o no había pañal limpio»

-No, mujer, pero no somos jovencitos, hay que ir pensando en dar ejemplo.

Qué mentiroso. Pues claro que era un jovencito. Mami le tenía prohibido mentir y si se enteraba de una mentira tan grande, el castigo iba a ser sonado. Sentido. Martín se la imaginó entrando en el comedor de la empresa justo en ese mismo momento y se estremeció. Mami era perfectamente capaz de castigarle en público. Una vez lo había hecho, en la playa; menos mal que a las nueve de la mañana no suele haber mucha gente todavía y la tenían toda para ellos. Es lo que tiene. Mami te pregunta si has metido en tu mochila la crema solar, tú se lo prometes y luego resulta que no está ahí. Entonces, Mami se enfada mucho y te dice: “Prepara el culo ahora mismo. Y ven, que te quito el dodotis”.

-Bueno, yo creo que estamos en nuestro mejor momento -dijo María.

Martín se dio cuenta de que les quedaba poco café y sintió una asfixiante congoja al saber que no volvería a ver a María en los siguientes quince días de vacaciones. Menos mal que Mami le había dicho que los hombres no lloran y estaba acostumbrado a aguantar, porque de lo contrario, se habría puesto de rodillas y le habría suplicado a María que se viniera con él. Deseaba más que nada en el mundo estar con ella. A menudo pensaba en María cuando se masturbaba por las noches en su gigantesco apartamento de Pedralbes, en el que solo entraban él, las chicas de la limpieza y Mami.

-¡Brindo por este buen momento!

-¡Por el buen momento! -dijo Martín, alzando el vaso.

Tenía prohibido también tomar café. El café es una bebida de mayores. Los niños beben zumo, leche, agua y poco más. Si beben cualquier otra cosa, es muy importante que sus Mamis lo sepan cuanto antes, para que puedan darles la medicina. Y Mami le daba a Martín una medicina que, a los diez minutos de entrar, obligaba a todo lo demás a salir. No se podía decir que por la puerta grande, pero desde luego salía a chorro. Martín no era quién a aguantarse ni unos segundos cuando llegaba la “cacarata” como Mami la llamaba. Dejaba sus juguetes, se levantaba de un salto, pero ya llegaba a la puerta del baño -siempre cerrada- con el pañal completamente lleno. Los ruiditos que iba haciendo por el pasillo le daban más vergüenza que ninguna otra cosa, porque a Mami, a veces, le hacían gracia. A Martín, no tanta. Sobre todo cuando, al volver a la alfombra y sentarse -rojo de vergüenza y sintiéndose fracasado- se le salía algún chorrito y acababa manchándola de caca. A Mami no le gustaba nada eso, por lo que Martín escondía las manchas poniéndoles encima los cubos o los peluches. Luego, solo quedaba esperar que Mami no se diera cuenta del truco. Porque si se daba… ¡Huy, si se daba!

-Buenas vacaciones, Martín. Nos vemos.

Se dieron dos cordiales besos. Lo habitual. Martín vio venir la boca de María hacia la suya como un condenado que, de camino al infierno, ve pasar un ángel y no se atreve a pedir ayuda.

-Igualmente, María. Pásalo bien.

-¡Vacaciones!- volvió a decir ella. El resto de los compañeros, que se reunían en torno a las diferentes mesas del comedor, contestaron con la misma palabra.

¿Vacaciones? No, Martín no tenía vacaciones. Nunca volvería a tenerlas. Mami, que era toda una experta en inventarse palabras, les había puesto un nombre mucho más acorde con lo que Martín hacía en ellas. Con lo que llevaba haciendo los últimos doce años. Desde la boda de María.

Cacaciones -dijo en voz baja.

Menos mal que mami era muy severa, pero también muy previsora. Y no le dejaba salir de casa sin la jaulita de castidad puesta, porque los niños buenos tampoco tienen erecciones. Eso sí que es de mayores. Y Martín no era mayor, ni consejero de un gigante tecnológico, ni un hombre rico, fuerte, respetado, de cuarenta y dos años, con dos casas, un apartamento, dos coches y una cuenta bancaria en la que no cabía un euro más.

Era un meón, que debía ser corregido para hacer de él alguien de provecho.

Un meón a punto de irse de cacaciones. Con Mami.

Historias ABDL: «Junto a la chimenea»

Primero, como siempre, las reglas

-¿Cuánto hacía que no nos veíamos, tía?

-No sé, desde antes de mi boda, creo.

-Menos mal que hemos recuperado el contacto. Pensaba que te habías ido al extranjero.

Ángela le sirvió a Lourdes otra copa. Después de tanto tiempo, las dos hubieran querido remojarlo, pero remojarlo de verdad. Salir de fiesta y todo eso, como habían hecho tantas veces en la universidad. Por desgracia, no podía ser.

-Nada. Al final nos quedamos. El nene no quería irse a los Estados Unidos y yo no estaba demasiado segura.

El nene -otros días era su marido Mateo, pero aquella tarde era su nenito- estaba sentado en la alfombra, jugando con unas piezas de Lego, sin más ropa que la camiseta del pijama y el pañal. Habían apartado la mesa para que pudiera hacerlo a la vista de las dos. Por precaución, más que nada. Tenían que estar pendientes del nenito. Qué hacía, qué no hacía, dónde estaba… Todo eso. Era bastante traviesillo y le gustaba esconderse por la casa. Aunque Ángela luego le reñía, él nunca escarmentaba, porque adoraba jugar con ella. Sí. El nenito adoraba a Ángela; de eso no había duda.

-Mírale -dijo Lourdes-. Qué mono y qué grande está. Y el pijama de animalitos es una pasada, le queda genial.

-Sí, la verdad es que es un bombón. ¿Me da un beso mi nenito bombón? ¿Quién me da un beso?

Cuando Ángela sonrió, Mateo se desentendió de la construcción de su nave espacial y la miró fijamente. Tenían una conexión especial y no necesitaban más que un gesto o una palabra para que esa conexión se manifestara. Mateo se quitó el chupete de la boca, se levantó y se arrojó en brazos de Ángela con los ojos cerrados y una expresión de felicidad incontrolable. Ángela sintió las manos del nenito recorrer su espalda y encontrarse en su cintura. Le correspondió, mientras Mateo le comía a besos la mejilla. Tuvo que reír: no podía evitarlo. Lourdes también rio.

-Hueles a galletas -dijo Ángela en voz baja- ¿has estado cogiendo dulces a escondidas otra vez?

-Qué travieso -dijo Lourdes-. Yo a mi chico no le consiento tanto.

Mateo se colgó del cuello de Ángela y los dos acabaron tumbados en el sofá. El nenito era más que grande y, de hecho, le sacaba una cabeza a su mujer.

-A ver, dime la verdad, mi pequeñín -le dijo Ángela-. ¿Has cogido galletas a escondidas?

Lo preguntó con esa voz melodiosa que se usa para regañar cuando aún no se está de veras enfadado. Mateo abrió la boca para decir algo, pero Ángela le introdujo el chupete en ella y no le dejó contestar. Él sacudió la cabeza: “No, no, no, yo soy muy bueno”.

-¿Seguro?

Con deliberada lentitud, consciente del efecto que iba a tener su gesto, Ángela se agachó, se sacó la zapatilla del pie derecho y se dio unos golpecitos en la palma de la otra mano. Tap. Tap Tap. Mateo abrió los ojos como un búho y volvió a negar con la cabeza, más veces y más rápido.

-Huy, huy, huy… aquí alguien va a terminar con el culito muuuuy rojo -dijo Lourdes, agitando la mano arriba y abajo.

-No me mientas, ¿eh?

Mateo se enfurruñó, se cruzó de brazos y les hurtó la mirada. Ángela tuvo la seguridad de que no mentía. Lo que le pasaba, probablemente, era que no le gustaba Lourdes. No es que se llevaran mal, es que Lourdes era mucho más severa que ella y la animaba a poner firme a Mateo cuanto antes. Y Mateo la escuchaba, claro. Hablar casi no hablaba -esas eran las reglas- pero no podía evitar escucharlo todo.

-Bueno, ve a jugar. Pero no te acerques a la chimenea, que te quedarás dormido.

-A esta hora es lo normal -dijo Lourdes-. ¿Cuál es el problema?

Ángela le dio un beso a Mateo, e hizo que se sentara junto a él. Pareció que él iba a protestar, pero ella le puso un dedo en los labios y se lo impidió. Tomándole de los pies, lo recostó sobre el sofá. Cuando las rodillas de Mateo reposaron sobre los muslos de Ángela, ella desabrochó las cintas. Mateo abrió un poco las piernas y se dejó hacer. Siempre se portaba bien en el cambio de pañal.

– ¡Sequito y limpito, mi campeón del espacio! -exclamó Ángela.

Mateo no se había hecho en toda la tarde. Ángela volvió a abrocharle y tironeó de él hasta que se puso en pie.

-Nada, siempre le pasa lo mismo. Abraza al osito, se queda dormido y se levanta con el pañal a reventar. Puede tirarse seco el día entero, pero como se duerma junto a la chimenea, acabo gastando un paquete entero de toallitas para cambiarle -Ángela cogió la copa que le alargaba su amiga y le dio a Mateo una palmadita en el trasero-. ¡Venga! Tú a jugar, pero que te veamos. Y nada de chimenea, ¿eh?

Mateo recogió su enorme oso de peluche de la alfombra, lo estrujó con un brazo y con el otro señaló a las llamas del hogar, que llevaba encendido desde después de la comida. Con el frío de fuera era necesario para caldear la casa, en la que hacía bastante calor. Ese calor acaramelado de las navidades que inspira los sueños más dulces. Que acaricia sin agobiar.

-No, no, no- dijo Ángela-. Nada de chimenea. Estás sequito y limpito como un niño mayor. ¿Es que quieres ensuciarte delante de la tía Lourdes?

Al nenito, quedarse dormido junto a la chimenea le gustaba más que chupetear y mordisquear los pezones de Ángela. Ella no le quería consentir eso: Mateo debía comprender que no siempre podía salirse con la suya. Si se dormía, iba a acabar embarrado hasta las trancas. Ángela no se extrañó cuando Mateo dio un fuerte pisotón. Y otro. Y otro. Y se puso a protestar. Y a gimotear. ¡Ya estaba liada!

«Mateo recogió su enorme oso de peluche de la alfombra…«

-¿Qué te pasa? ¿No me has oído? Venga, juega con las piezas y pórtate bien.

-Este sí que es buena pieza – Lourdes hizo un gesto de advertencia-. Un día de estos deberías dejarle con una canguro y salir conmigo por ahí.

Mateo se acercó a Lourdes y se volvió a quitar el chupete. La mirada que le dedicó a la mejor amiga de su mujer lo decía todo. Luego, dijo:

-¡No, no y no!

Por toda respuesta, Lourdes dio un sorbo a la copa mientras, por el rabillo del ojo, se fijaba en la reacción de Ángela, que fue la de dejarse caer en el sofá.

-Muy bien -dijo Ángela-. ¿Sabes lo que te digo, caprichoso? Duérmete si quieres. Pero como te despiertes sucio, me voy a enfadar. A enfadar de verdad. ¿Lo entiendes? ¡Hala!

El nenito sí que estaba un poco consentido: Ángela lo reconoció e hizo una mueca cuando Mateo alzó los brazos en señal de triunfo y salió correteando hasta el hogar. Allí abrazó a Azotitos (Mateo lo llamaba así porque muchas veces jugaba a castigarlo por portarse mal), y con el chupete entre los labios se hizo un ovillo y cerró los ojos.

Ángela y Lourdes llenaron las copas hasta arriba y brindaron. Dos veces. Después del segundo trago, Ángela suspiró:

-No sé, quizá tengas razón. Me tiene cogida la medida. Es que lo veo tan guapo, tan mono, con esa ropa y esos pañalitos estampados que no me sale ser estricta con él. Es… no sé cómo decirlo. Me lo como. Es lo mejor de ser esposa y lo mejor de ser madre, pero sin lo malo. Y sigue siendo una fiera en la cama.

-¿Para mojarla?

-No, boba -las dos amigas rieron-. Tú ya me entiendes.

-Sí, yo tampoco me quejo del mío, la verdad.

Charlaron durante largo rato. Se pusieron al día. Siempre habían estado muy unidas, pero desde que se habían casado con sus novios de la universidad habían perdido contacto. Gracias a las redes sociales se habían vuelto a localizar y habían descubierto que las dos tenían una relación muy especial con sus parejas. En el caso de Lourdes, de absoluta dominación y en el de Ángela… bueno. De devoción mutua, o algo así.

Se había formado entre ellos, en efecto, un vínculo especial, a base de cocinar sus vidas al fuego lenta y amorosamente. Los jueguecitos con pañales, chupetes y demás empezaron como una broma: una de estas tonterías que se ven en una página de internet y que se prueban más para hacer risas que por ganas. Luego la cosa fue escalando. Se normalizó y se infiltró en la rutina del día a día. Mateo le pedía que le pusiera pañales para dormir, o que le leyera cuentos infantiles. Ella llegaba del trabajo y necesitaba relajarse en brazos de él. Y después de unos años, ni Ángela ni Mateo querían pasar un solo día sin esas caricias y esos juegos. Las semanas pares, él se convertía en su nenito especial. Las impares, Ángela era su princesita. “Valiente, pero meona”, como decía él.

Ángela sonrió. No pudo evitarlo. No quiso evitarlo.

-¿Y eso? – preguntó Lourdes-. ¿En qué estás pensando? Te has puesto colorada.

-Nada, nada… Es solo que mañana es lunes y además cogemos vacaciones.

-¿Y? – Lourdes alzó las cejas-. ¡Ah, ya! Cambio de tercio, ja, ja. No sé cómo puede gustarte, tía.

-Es genial. De algún modo siento que estamos más unidos que nunca. Es… no sé. Mágico. Él no ha hecho ni hace esto con nadie más. Es una prueba de que confía en mí ciegamente. Y eso me toca el corazón. Joder, qué cursi… pero no sé explicarlo de otra manera.

Lourdes levantó los ojos hacia el cielo, como si lamentara algo. Ángela se sorprendió.

-¿Qué ocurre?

-¿Qué pasa? ¿No lo hueles?

¡Era de esperar! Ángela miró a Mateo, que dormía a pierna suelta, de espaldas y abrazado a Azotitos.  La parte trasera de su pañal estaba invadida por una mancha oscura que amenazaba con desbordarse. Y entonces lo olió. Vaya si lo olió. ¡Como para no olerlo!

-¡Mateo! ¡Guarro! ¡Despierta ya!

Pero el nenito estaba profundamente dormido y lo único que hizo fue darse la vuelta, ponerse el osito de almohada y seguir durmiendo. Lourdes contuvo la risa y cabeceó, para indicar a su amiga que lo tenía que haber previsto. Ángela se llevó las manos a la cabeza.

-¡Tú misma, tía!

-Pues sí. Yo misma. Y ahora mismo.

No le gustaba. Y a Mateo tampoco le iba a gustar. Pero había cosas que tenía que hacer por él. Saberle cuidar y saberle castigar era exactamente lo mismo. Ángela rara vez tenía que ponerle límites o reivindicar su autoridad de la forma que Lourdes le aconsejaba siempre: Mateo no era un nenito rebelde, sino cariñoso y soñador. Pero tocaba hacerlo.

En fin, cuanto antes mejor, pensó Ángela. Se sacó la zapatilla, esta vez con muchas menos ganas de broma y se encaminó al hogar. Fue entonces cuando ese vínculo íntimo volvió a manifestarse y Mateo abrió los ojos para verla de pie junto a él, con una mano en jarras, la otra empuñando la zapatilla y la mirada amenazante. Para quien mira desde el suelo y en pañales, todas las miradas lo son o pueden serlo.

Mateo levantó los brazos, suplicando un aúpa. Aún seguía medio dormido. Ángela chasqueó la lengua.

-Lo siento, mi amor. Mami te avisó.

Casi por azar Mateo se llevó la mano al culete y manoseó el pañal. El crujido sordo del plástico y el ruido de succión no dejaban lugar a dudas. Se había hecho cacota dormido. ¿Y entre las piernas? Igual o peor. El pañal ya no era blanco sino entre amarillo y marrón, y los animalitos estampados parecían mucho más tristones, anegados en pipí como estaban.

-Yo… Yo…-fue lo único que Mateo pudo decir al levantarse.

Ángela lo agarró de la mano, dio un tirón para atraerlo y con el primer zapatillazo -¡¡PLAAAS!!- Mateo puso los ojos en blanco. Intentó escapar, pero ya no podía. El segundo azote casi lo levantó del suelo: la cosa iba muy en serio. Quiso correr para apartarse del tercer mordisco pero la zapatilla de Ángela tenía hambre aquella noche. Hambre de culitos traviesos, como el de Mateo.

-¡Toma!¡Toma y toma! Así aprenderás a no hacer cochinadas delante de tía Lourdes. Mami te había avisado, ¿no? ¡Pues toma! ¡Toma! ¡Por desobediente!

Normalmente Ángela no recurría a esos métodos, pero estaba dispuesta a hacer una excepción. E hizo treinta excepciones como treinta soles, que fueron estampándose contra el trasero de su marido una detrás de otra. ¡ZAS! Mateo daba un indefenso saltito. ¡ZAS! Mateo sollozaba. ¡ZAS! Mateo decía: “¡No!” (pero sí). ¡ZAS! Mateo la llamaba “mala”. ¡ZAS! ¡ZAS!¡ZAS!

-¡Y esta por hacer la escena para que te dejara dormir! ¡Y esta por llamarme mala!

Cuando Ángela paró de zurrarle, Mateo lagrimeaba y se frotaba los ojos y el culete sucio: uno con cada mano. Con la vista en la alfombra llena de juguetes dio unos pasitos cortos hacia ella y sin atreverse a mirarla le tomó la mano desarmada. Ángela pensó que seguía estando muy guapo, aunque oliera a lo que olía, claro. El muy cochino. 

-Lo siento -murmuró Mateo-. Perdón. Perdón.

Y se echó a llorar otra vez, mucho más fuerte que con los zapatillazos. Ángela lo atrajo hacia sí, pero no para castigarle más sino para reconfortarle. Sin embargo, el temblor acompasado del cuerpo de su marido no se detenía por mucho que ella lo abrazase, le acariciase el pelo y le susurrara al oído que era su nenito, que lo amaba y que lo había hecho por su bien. Se sentía al mismo tiempo culpable y… ¿cómo decirlo? Extrañamente satisfecha. Incluso reconocía que se había puesto un poco cachonda. De no haber estado Lourdes en el sofá, además de las toallitas habrían necesitado condones.

Besó a Mateo. Lourdes, desde el sofá, aplaudía.

-¡Bravo! ¡Bravo! ¡Eso es marcar límites, tía!

Ángela buscó con la mirada el rostro de Mateo. Lo levantó entre sus manos. Tenía los ojos irritados, pero brillantes como canicas nuevas. Ángela sacó un pañuelo y le limpió los mocos.

-Te perdono, mi amor. ¿Cómo no te voy a perdonar?

-Mami… -dijo Mateo besándola en el cuello-. Mami, yo no quería.

-Yo tampoco. Estamos en paz. Y ahora…

-¿Sí?

Ángela se separó unos milímetros porque le había notado a Mateo algo muy duro debajo del pañal y solo podía ser una cosa. Ya estaba ella lo bastante cachonda como para ponerse más, aunque hay reacciones que, como esa, no se eligen. Tragó saliva; le supo a gloria y aún tenía más sed. Así que le susurró al oído a Mateo una de esas frases que a él siempre le gustaba oír:

-Tráeme las toallitas, cochinote.

Mientras veía cómo Mateo se dirigía al cuarto de baño, Ángela sonrió. Iban a necesitar más toallitas que nunca, porque su marido no podía estar más mojado que ella.

Historias ABDL: «El supermercado»

Antes de leerla, por favor, recuerda las normas

Cuando la señorita tiró mi pañal a la basura y buscó uno limpio en el cajón, se dio cuenta de que no quedaban.

-Vaya, qué descuido. Tendremos que ir al supermercado.

Yo estaba tumbado en la cama, desnudo salvo por la camiseta. Me puse colorado.

-Pero ¿qué pasará si me hago pipí?

-No te preocupes. Tengo por aquí unas braguitas de plástico del año pasado. Te irán bien por un rato. Pero… si te haces un super pipí de campeón, no aguantarán mucho.

-Como usted diga, señorita.

Dicho y hecho. Un minuto después apareció con las braguitas y un par de toallas del armario. Las dobló para que absorbieran lo más posible, las colocó entre mis piernas y me puso las braguitas. Me estaban algo ajustadas, la verdad, pero no lucían mal. Como los pantalones me quedaban algo grandes, los improvisados pañales no se notaban apenas. Con unas converse, quedó completo mi atuendo. Me miré al espejo: podía pasar por un chico de 28 años normal y corriente.

De camino al aparcamiento la señorita y yo echamos una carrera. Ella me tomó la delantera, tal ágil y rápida como siempre (y el día que intentéis escapar de su zapatilla, sabréis que digo la verdad). Yo, detrás, hacía lo que podía: me faltó poco para estrenar los pañales del esfuerzo.

En coche, tardamos unos diez minutos en llegar al supermercado y al bajar, retomamos el juego. Pero con tanta gente como pasaba, yo tenía ventaja: se me daba bien correr con obstáculos. Y, además, la señorita era demasiado distinguida como para ponerse a correr entre la gente. De modo que llegué mucho antes que ella a la puerta del supermercado y la vi venir hacia mí con paso firme y ese bamboleo al caminar que me deja con la boca abierta. Cualquiera que la hubiera visto así, tan erguida y formal, hubiera pensado que era la mujer más seria del mundo y que la última vez que besó a alguien debió ser a su abuelita en el lecho de muerte. Pero yo sé lo dulce y cariñosa que es conmigo en privado. Lo que me mima y me cuida. No os podéis imaginar cómo la quiero.

Por fin, llegó a la puerta y le dije:

-¡He ganado! ¡He ganado! -alargué los brazos para suplicarle un abrazo- Quiero mi premio, señorita. ¡Una medalla! ¡Un juguete! Por lo menos… -conté con los dedos- ¡cinco super besitos!

-Lo siento, mi amor, pero de premios no dijimos nada.

-Jo… Es verdad -no tengo muy buena memoria, aunque, según la señorita, depende de para qué-. Pues quiero por lo menos… ¡diez besitos normales!

-Bueno. Como ganador, tengo por lo menos uno para ti -dijo ella. Me tomó la cabeza entre las manos y, como premio de consolación, me dio uno bien fuerte en la frente-. Para que luego digan tus amigos que en lo único que eres un hacha es en hacerte pis encima.

-¡Bah, qué sabrán ellos!

-Venga, vamos, que tenemos prisa.

Entramos en el supermercado y nos dirigimos al pasillo de los pañales. No sé si sería por el ejercicio, por el aire acondicionado o por alguna otra razón desconocida, pero nada más poner el pie dentro, me entraron muchas ganas de hacer pipí. Tuve que caminar con las piernas más juntas y más despacio para que no se me escapara. La señorita me lanzó una mirada inquisitiva. Se sabía mis trucos para aguantar y también que no funcionaban bien.

-Aguanta un poquito…

El supermercado estaba a rebosar. Me pareció que habíamos tardado horas cuando por fin llegamos a la zona de los pañales. Yo seguía juntando mucho las piernas, porque no quería decepcionar a la señorita. Cuando por fin encontró un paquete de nuestra marca habitual, resultó que no había de mi talla. La seño llamó a una empleada -una chica joven, muy mona, con el pelo rubio recogido en una graciosa coleta y el mono del supermercado- y le pidió un paquete. Ella se ofreció a traerlo del almacén y antes de irse me miró como si me acusara de la cochinada que yo aún no había hecho. Se fue al almacén y yo, que tenía muchísimo calor, no pude aguantarme más.

-Oh, no…¡No!

En cuanto la perdí de vista, noté el pipí fluir por entre mis piernas, humedecer las toallas y desbordarse. Agaché la cabeza, avergonzado, con la sensación de que todo el que pasaba por allí iba a levantar un dedo para señalarme y decir: “Mira: ese señorito se está haciendo pis”. Cerré los ojos y recé para no mojar los pantalones y para que las braguitas ayudaran, pero no sirvió de nada. Cuando terminé de hacerme y me fijé, sendas líneas oscuras bajaban por la pernera de mis pantalones, como pintadas con acuarela por el dios de los meones. Odio las acuarelas.

Por supuesto, la señorita se había dado cuenta.

-Vaya por dios. ¿No puedes estar seco ni veinte minutos?

-Yo… Yo… lo siento. Lo siento mucho, señorita. Se me escapó. Perdóneme.

Vencí a duras penas la tentación de chuparme el dedo.

-Anda, será mejor que te quites el pantalón. Vaya pintas que llevas.

-Pero entonces todo el mundo me verá en braguitas y sabrá que…

-Si te quitas los pantalones disimularás el pipí, al menos. Venga, no me discutas.

Si algo sé de la señorita es que no es buena idea llevarle la contraria. Obedecí. Me ayudó a quitarme las converse y después, al ver que me demoraba con los pantalones, me hizo un gesto categórico para que me apoyara en la pared y de dos fuertes tirones me los quitó; casi diría que me los arrancó. Me quedé en braguitas en medio del pasillo de los pañales. Tenía las mejillas como ascuas y un par de lagrimones se columpiaban en las comisuras de mis ojos. El aire acondicionado enfriaba los rastros delatores del interior de mis piernas.

Justo entonces llegó la chica rubia con el paquete.

-Apuesto a que se ha hecho pipí -dijo-. Los nenitos, cuanto más monos, más meoncetes. ¿A que sí? -dijo, dirigiéndose a mí- ¿A que estás mojadito?

Me sorbí los mocos y aparté la cara. No le contesté. Con aguantar el llanto tenía suficiente. Estaba claro que a mi cuerpo, por muy atlético que fuera, se le daba mal retener líquidos. Notaba cómo las toallas, empapadas, tiraban de las braguitas hacia abajo.  

«…Me quedé en braguitas en medio del pasillo de los pañales…»

-Dile algo, no seas maleducado.

-Bueno…Yo…Quiero decir… -tuve que callar para no echarme a llorar. Asentí con la cabeza. Una. Dos. Tres veces.

-Qué monada. ¿Es suyo?

-No, pero a estas alturas, prácticamente -la señorita cogió el paquete y lo puso en el carrito-. Muchas gracias.

-Vuelvan pronto. Tú también, ricura -y me tiró un beso.

La dejamos atrás y nos dirigimos a los baños. Yo apenas podía levantar la mirada. Solo veía los zapatos de la gente que venía hacia nosotros en dirección contraria. Esperaba alguna burla de un momento a otro. Un chascarrillo. Un comentario. Apreté la mano de la señorita muy fuerte y la miré de soslayo. Ella me acarició la cabeza. Sonrió. En sus ojos claros había una promesa de paz y tranquilidad: “No te preocupes, todo saldrá bien”.

Y, como la señorita nunca se equivoca, ocurrió algo increíble. Genial. En vez de reírse de mí, la gente pasaba junto a nosotros y nos hacía cumplidos.

-¡Pero qué nene más bueno!

-¿Vas con tu mami a que te cambie?

-¿Cómo te llamas, preciosidad?

Y cosas por el estilo. Nadie se burló ni se metió conmigo, aunque sí escuché chistar a la señorita un par de veces, quizá para pedir indulgencia a alguien. Lo único malo fue que también pasó un señor muy alto y guapo, y me llamó “campeón”, me dio una palmadita en el culete mojado e intercambió una mirada insinuante con la señorita. No me gustó nada esa mirada: a la señorita solo yo la miraba así. Aceleré el paso para alejarme de él cuanto antes. Casi tiraba yo de ella, en vez de al revés como suele ser habitual, (salvo cuando vamos al kiosco a comprar golosinas).

Al llegar al cambiador, nos metimos dentro y por fin estuvimos solos. Me enjugué las lágrimas, avergonzado, mientras la señorita me daba un fuerte abrazo para tranquilizarme. Yo ardía como si tuviera fiebre.

-¿Ves? – me dijo al oído-. No ha pasado nada. Todo el mundo te ha dicho lo mono que eres y lo bien que te quedan las braguitas.

Hice un puchero. El contacto físico con ella siempre tenía un efecto al mismo tiempo narcótico y excitante para mí. La señorita me dio unos cuantos besos en la mejilla y los fue contando uno tras otro.

-Uno: por ser tan mono. Dos: por ser tan obediente. Tres: por ser tan rápido. Cuatro: por subirte solo al cambiador…

Lo hice. El plástico estaba helado y me dio un escalofrío.

-Seño… Señorita… ¿Sabe una cosita?

-Dime, mi amor.

-La amo.  

Y cuando la señorita, acto seguido, me quitó las braguitas y retiró las toallas, entendió perfectamente por qué le había dicho eso. 

Un blog ABDL (+18)

Edito: Para que no queden dudas sobre el alcance y el contenido, he decidido fijar este post en la parte superior del blog

Hoy doy comienzo a historias abdl; un pequeño proyecto personal -no sé si debería llamarlo así- que llevaba mucho tiempo rondándome la cabeza.

Lo primero es presentarse, ¿no? Mi nombre no es relevante («il messaggiero non é importante«), pero me podéis llamar Stephan. Soy un anónimo ciudadano español de edad comprendida entre los 35 y 45 años, casado y con un hijo. Vivo desde hace años en una de las 3 ciudades más grandes de España, en la que soy forastero, ya que nací en un lugar pequeño, húmedo y decadente de ese mismo país. Ejerzo una profesión liberal y me apasionan la música, los libros, los juegos de mesa y cuantas nerderías y rarezas os podáis imaginar. Soy un tipo apasionado, como podréis comprobar, romántico incurable e inconformista enfermizo. Valga como resumen.

Y me gustan según qué cosas

Pero, de entre todas estas pasiones, aquí os voy a hablar de la que acaso es más vieja e íntima: el ABDL. Con ello no pretendo hacer apología de lo que soy, ni convencer a nadie de que lo practique o lo deje de practicar. Me importa más dar a conocer o divulgar cuestiones relativas a esta peculiar y (¿lo pilláis?) absorbente afición, por llamarla de algún modo. Compartir historias, experiencias y gustos. Conocer y conocernos mejor.

Dicho esto, paso a describiros muy por encima las pautas generales que voy a seguir en el blog:

– Ya que hablaremos de cuestiones relacionadas con la sexualidad, este es un blog +18. Creo que los menores no deberían leerlo, así que, si lo eres, no lo hagas, por favor. Mejor busca otros contenidos. Para WordPress, este es un blog de adultos.

– No obstante lo anterior, lo máximo que encontrareis aquí es, como mucho, fotos y textos con clara carga erótica o referencias sexuales, pero no pornografía. Algo perfectamente normal en un blog sobre fetiches.

– Me gusta escribir relatos eróticos ABDL (o no) y de vez en cuando postearé alguno, como decían los Cradle of Filth  : «For your vulgar delectation«. Lo que encontrareis en ellos es, insisto, lo que ya he descrito en el párrafo anterior. No os hagáis ilusiones :P.

«In marble ballrooms of delight
The erotic and the wicked dance alike
«

– Si encuentras algo que consideres que es tuyo, de tu propiedad o derecho, o de un tercero, escríbeme y será retirado inmediatamente.

– Haré lo posible por actualizar el blog dos veces por semana. Espero cumplir, pero tampoco puedo garantizarlo. La vida es dura.

– Habrá bastantes posts enfocados a hablar de algo que a casi todos los abdl nos obsesiona: el origen de nuestro fetiche. Tengo mis propias dudas y, como decían Faemino y Cansado «las voy a exponer» en el blog . No es una teoría científica -no soy psicólogo-, solo una mera opinión o aproximación desde la experiencia. Al fin al cabo, en mi blog digo lo que quiero.

¡Cómprate un bajo y ve por ahí a tocar en pañales!

– Contaré ciertas experiencias personales también, tanto de mi infancia como mi adolescencia y vida adulta, relacionadas en su mayoría con el ABDL y que de algún modo de marcaron. Quizá os identifiquéis con ellas. O puede que os parezcan increíbles. A lo mejor pensáis que me las estoy inventando. Vosotros decidís.  

– Soy un obseso de la libertad de expresión. Solo borraré o retiraré comentarios, links o similares que de una forma clara contravengan las políticas de WordPress o, de algún otro modo, puedan entenderse como calumnias, injurias, u otro tipo de conductas ilegales.

– El sentido del humor está en horas bajas en mi país. Vamos a ver si lo retomamos un poquito y nos divertimos todos: vosotros y yo. No hace falta ponerse demasiado serios para hablar de cómo y con qué lo pasamos bien. Tan contentos.

– Para cualquier cosa que me queráis contar. Para charlar. Contactarme. Saludarme. Para intercambiar experiencias. Para preguntarme mi opinión, o para intentar venderme un alargamiento de pene (¡buena suerte! :P), sentíos libres de escribirme a nenitomojadito@gmail.com .

¡Un abrazo -o mimo- a todos y vamos allá!

Stephan