Antes de nada y como siempre, las normas de Historias ABDL.
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Le sonó el móvil. David lo tenía a todo volumen y de la impresión dio un brinco en el sofá. Se levantó, temblando. Al coger el tembloroso cacharro casi se le cayó al suelo de los nervios. El teléfono no temblaba más que él.
Se lo llevó al oído. Le dio al botón. Del otro lado oyó a su madre, que le decía:
-Bueno, ya hemos llegado, no te preocupes. Ahora desharemos las maletas y luego iremos a comer algo. ¿Todo bien?
-S…Sí, mamá. Yo me quedaré estudiando un rato. Ya empiezan los exámenes en la facultad.
-Vale, pero no te acuestes sin cenar, que te conozco.
-No, no. Te lo prometo. Divertíos.
-Pues eso intentaremos. Te quiero. Oye, ¿sabes que en la nevera…?
La voz de su madre le sonaba como si saliera de la televisión. Como la de un locutor de radio a altas horas de la madrugada. David esquivó el resto de las preguntas con los monosílabos de siempre y cuando colgó el teléfono le pareció que el minuto escaso de conversación había durado una hora.
Ya era oficial. Sus padres estaban celebrando sus bodas de plata en un resort de la costa Brava o donde fuera. Eso significaba que estaba completa y efectivamente solo en casa. Y que cuanto hiciera, en tanto no dejara rastro, quedaría impune. Iba a ser su segunda vez y lo tenía todo bien planeado. No quería que fallase nada.
Corrió por el pasillo, entró en su habitación y puso sobre la cama la torre de su viejo ordenador, después de sacarla del armario. La había conservado solo porque no se le había ocurrido un escondite mejor. A fin de cuentas, sus padres no hurgarían en las tripas de un pc ni por todo el oro del mundo. Luego, fue al desván y se trajo una caja de herramientas y otra de cartón con un indescifrable y desvaído logo en una de las caras. Intentó leerlo, como siempre, pero era imposible. Echó un vistazo dentro, para cerciorarse de que seguían allí sus juguetes viejos. Comprobó con alivio que sí.
Había de todo. Piezas de construcción, cochecitos de plástico, de metal, muñecos de acción… Todos ellos encantadoramente viejos. Gastados. Trastocados. Para la mayor parte de la gente, morralla de baratillo, cutre hasta para un mercadillo callejero. Para él, tesoros irremplazables. Pedazos de sí mismo. Con historia y vida propias y muchas cosas que contarle o, mejor dicho, recordarle. Más valiosos que la inmensa mayoría de personas a las que llamaba “amigos”.
David detestaba que su madre se refiriera a la caja como “el baúl de los trastos”. Que dijera “a ver cuando me acuerdo de tirarlos”. O, peor aún, que le intentara convencer de donarlos a alguna ONG. “No te jode”, pensaba él entonces. “Dona tú tus joyas o tus bolsos, mamá”. La gente mayor era así: denostaba las cosas de los jóvenes y luego se gastaba una pasta en sus propios trastos vintage, escudándose en que treinta años atrás el cacharro “x” era lo más, etc. Consciente de esa contradicción, David había saboteado todos los intentos de su madre por deshacerse de los juguetes. Y había conseguido que siguieran en el desván, acumulando polvo. Olvidados por todos menos por él.
La ropa le pesaba como si fuera de plomo. Se desnudó y se quedó por unos momentos muy quieto, solo, de pie junto a la caja de juguetes y a la torre del ordenador. El corazón le golpeaba el pecho como si exigiera salir a pasear solito. David cerró los ojos e intentó controlar la excitación. Y no solo la mental.
En un minuto desatornilló la caja del ordenador y sacó de dentro otro tesoro que había conseguido gracias a internet. Había pasado quince años callado, guardándose aquel anhelo en lo más profundo de su alma. Deseando ardientemente el tesoro que por fin tenía delante. ¿Cómo algo tan barato -apenas 6 euros le habían costado- podía producirle semejante alegría, semejante regocijo?
Se llevó los pañales a la nariz para olerlos. Había comprado de los perfumados y, más que aspirar, esnifó el olor. ¿No era inconcebible? Otros se gastaban el dinero en drogas que les destruían, lo que estaba curiosamente bien visto en algunos círculos, por mucho que se dijera lo contrario de cara a la galería. David se lo gastaba en humildes objetos cotidianos que no solo no le dañaban, sino que le garantizaban un paréntesis de íntima felicidad en medio de las presiones del día a día. ¿Y era él quien tenía que esconderse y callarse lo que hacía? ¿Qué mierda de mundo era ese?
Desplegó uno de los pañales sobre la cama y se tumbó sobre él. Echó el cuerpo hacia atrás, como tantas veces había visto en vídeos, películas o en la vida cotidiana. Levantó la parte delantera, la sostuvo sobre su vientre y la aseguró con las bandas elásticas. Tuvo que hacer tres intentos, pues no podía controlar -no quería controlar- su erección. El bulto que le provocaba en el pañal le hizo sonreír.
-El señorito ya ha acampado- dijo.
Desde la banda decorativa del pañal le miraban unos animalitos sonrientes de ojos enormes, dándole la bienvenida a su espacio personal y haciéndole saber que estaban encantados de compartirlo con él.
Al levantarse de la cama y notar el roce de los elásticos entre las piernas, se le erizó el vello de la espalda. Fue como si le hubieran dado un lametón desde los riñones hasta el cuello, siguiendo la columna vertebral. Se miró en el espejo del móvil. El pañal le quedaba estupendo. Allí estaba él. Se veía genial. Se gustaba. Era él.
Con los nervios en ebullición, cogió la caja de los juguetes y se dirigió al salón por el pasillo. Despacio. Muy despacio. Saboreando el momento. Con cada paso, el pañal crujía suavemente, como si tuviera voz propia. ¿Qué le querría decir? Probablemente que todo iba bien. Que no hacía nada malo. Y que estaba muy guapo.
Caminó sin dejar de mirarse los pies. No sentía vergüenza ninguna, pero de algún modo no levantar la vista le ayudaba a centrarse en su momentánea condición de little.
Previamente se había ocupado de apartar mesas y sillones para poder jugar tranquilo y con el mayor espacio posible. Tenía toda la alfombra para él. Sacudió la caja para que los juguetes entrechocaran -adoraba el ruidito- los volcó en el centro del salón y se sentó. Al ver el suave pliegue que los pañales formaban en sus ingles, no pudo evitar recorrerlas con los dedos. Aprovechó para hurgar en los elásticos y ajustarlos mejor.
Suspiró. Hacía meses que no se sentía tan bien, y eso que estaba nerviosísimo. Igual que en una primera cita, exactamente igual. Solo había una diferencia: no había un “ella”. David deseó que un día la hubiese, pero se obligó a pensar en otra cosa, porque no quería que ese tipo de pensamientos le estropeasen la experiencia. Miró las cortinas de reojo: cerradas. Las puertas de las habitaciones en el pasillo: también.
Todo estaba en orden. Se sentía seguro. En armonía consigo mismo. Una armonía plena, muy similar a la felicidad. Y ello al módico precio de unos pocos euros y unos juguetes viejos que no valían ni uno. David compadecía a quienes no podían comprender lo que eso significaba. Los compadecía de veras.
-¡El cemento! ¡Cementoooo! – dijo en voz todavía baja. Casi no podía creer lo que estaba haciendo – ¡Aquí viene la hormigonera! ¡Paso!
De rodillas, se puso a desplazar el pequeño camión sobre la alfombra. Las ruedecillas giraban como engranajes. David sentía que dentro de él, otros engranajes, los de su propia personalidad, se realineaban, se calibraban de nuevo. La máquina de su cabeza funcionaba de otra manera, pero igual de bien o mejor. Con viejas esperanzas y deseos como combustible. En un modo más perfecto y estable que en la realidad cotidiana.
A David no le gustaba esa realidad cotidiana. No había juguetes. Ni dibujos animados. Ni pañales. En esa realidad cotidiana no se le permitía jugar con muñecos, ni dormir dos horas de siesta todos los días, ni nadie le bañaba, ni le hacía aguadillas en la bañera, ni le secaba con toallas suaves, ni le hacía caricias al salir. Ni le ponía cremita. La cremita: ¡cómo le gustaría que alguien se la pusiera!
Hizo el trayecto completo hasta la nevera de la cocina, que cuando jugaba hacía las veces de cantera o almacén. Se levantó, la abrió y sacó los dos litros de zumo que tenía preparados. Era suficiente, teniendo en cuenta que había bebido otros dos durante la hora anterior a que sonara el teléfono. Al levantarse, de hecho, notó un agradable pinchacito bajo el pañal. Su erección disminuía y, con ella, las ganas de hacer pipí hacían acto de presencia. Echó un trago. Estaba frío, dulce… Era lo más parecido a un beso que iba a tener esa tarde, pero se conformaba.
Esperó unos minutos, creyendo que podría mojarse sin problemas, pero no fue así. Ya le habían dicho que, al principio, podía ser muy difícil. Y era la segunda vez que David se ponía pañal y jugaba como más le gustaba en lo que iba de año. Tendría que esperar.
Gateó de vuelta a la salita. Solo a una mano, porque la otra iba arrastrando el camión por su cordelito. De vuelta entre los juguetes, montó a uno de sus muñecos en el asiento: cabía a duras penas. De niño, le había gustado hacerlo, a pesar de que a veces algunos muñecos se rompían y luego sus padres le echaban la bronca por romper otro juguete más. Ahora no tenía por qué seguir sus reglas. Bueno, ni ninguna regla. Estaba en su elemento. Él decidía lo que hacer y lo que no. O más bien su naturaleza lo decidía.
Y lo que le dictó su naturaleza en aquel momento era jugar a indios y vaqueros.
-¡Venceremos a los rostros pálidos! -dijo y se sentó de piernas abiertas sobre la alfombra. Incluso a él le sorprendió la naturalidad con que lo había hecho.
Dispuso a ambos ejércitos a lo largo y ancho del salón. Había indios emboscados en las estanterías. Sobre el sofá. Asomados al borde de las mesas. Acechando bajo el sillón. Los vaqueros, pobrecillos, avanzaban en fila india -¡qué coincidencia!- por una alfombra en la que no faltaban los cactus, las diligencias y las vallas de plástico. A merced de los fieros apaches, exactamente como a David le gustaba. Porque los indios eran los más fuertes, eso lo sabía todo el mundo.
-¡Bang! ¡Bang! ¡Muere, rostro pálido! ¡Aaaaah! -y David se revolcaba por el suelo y se hacía el muerto.
Fue tumbando, uno a uno, a todos los vaqueros. ¡Bang! Caía el sargento. ¡Zas! Salía un jinete del séptimo de caballería despedido. ¡Paf! Causaba baja otro de un manotazo. Y, paralelamente, una miríada de escenas, de imágenes sepultadas en su memoria iba desfilando por su mente. Lugares que le sonaban familiares, como el desván de la casa de los abuelos en el pueblo. Sensaciones casi olvidadas volvían a manifestarse a través de sus sentidos, como el tacto y el olor grasiento de las ceras de colores de su infancia, tan similar al sobado plástico de las figuras de juguete. La suavidad de la moqueta del viejo piso de sus padres en las plantas de sus pies descalzos. El olor del suavizante que su madre usaba para la ropa, veinte años atrás.
Contempló el pañal limpio que, junto al sofá, había colocado a modo de gigantesco tipi. Allí, rodeado de juguetes y en pañales, David se paseaba por un jardín emocional en el que cada gesto, cada movimiento, cada palabra, hacía florecer recuerdos cuyas semillas llevaban dos décadas enterradas, ansiando el día en que pudieran germinar. Y no quería abandonar ese jardín porque, si lo hacía, simplemente no podía ser él mismo.
El estado de íntima plenitud se intensificaba gracias al juego, al fruncir del pañal y a las frases infantiles que pronunciaba en voz alta, y el tiempo pasaba con rapidez. Qué diferencia con su última llamada telefónica. Nunca tendría de nuevo tres o cuatro años, eso estaba claro. Pero, joder, qué bien se estaba haciendo como que era posible.
De pronto, lo notó. Una imperiosa y tensa presión en el vientre. Algo se movía ahí dentro. David no quiso pensar en ello. No le dio importancia. Lo normal con tanto zumo. De modo que continúo con su Little Big Horn en miniatura y, sin saber por qué, se echó a reír. Por lo bajito, para sí mismo. Como cuando, de pequeño, estaba a punto de hacer una travesura. Y había recuerdos o sensaciones que David se negaba a dejar de experimentar. Entre ellos, ese.
-Oh… Oh…- cuchicheó-. Hoy el nene tampoco llega. Se distrajo jugando.
Se puso de rodillas otra vez, y derribó con un barrido a todos los vaqueros que quedaban. Hizo ademán de levantarse, pero como él mismo había adelantado, no iba a llegar. Al ponerse en cuclillas, notó un retortijón: ya estaba saliendo. Y en los dos o tres segundos que tardó en ponerse de pie, apoyándose en el sillón, se hizo caca. Y no un poquito, precisamente. Hasta notó cómo le abultaba el pañal por detrás.
-¡Ooooh! -dijo David con voz de falsete-. Pobrecito. Mira que hacerse popó otra vez. A este paso nunca dejarás el pañal.
David se metió el pulgar en la boca. Aunque nadie le entendiese, aunque nadie comprendiera por qué hacía aquello, eso no cambiaba el hecho incuestionable de que se sentía genial. Por no decir en la gloria, vaya. No hacía daño a nadie. Es más: cuanto más vulnerable y despreocupado lograba sentirse mientras jugaba, más feliz era la experiencia. Ser vulnerable, o fantasear con serlo, le daba una paz que no se veía capaz de describir a alguien que no hubiera hecho lo mismo que él al menos una sola vez, aunque fuera por curiosidad. Chuparse el dedo, rodeado de juguetes viejos, desnudo salvo por el pañal. Y con la caca en el culo, que, por cierto, empezaba a oler regular.
Daba igual. Quería seguir jugando y así lo hizo. Se montó una nueva batalla, esta vez mucho más rápida, pero de igual resultado. Leyó un tebeo, tumbado en el sofá, mientras bebía más y más zumo de un biberón de juguete que, durante su adolescencia, solía chupetear a escondidas cuando no podía dormir. Luego, en el ordenador, se puso a ver dibujos animados antiguos. Los que veía en su infancia, por supuesto. “Escubidú” y todas esas cosas.
Cada poco, volvía a mirarse en el espejo del móvil. Pasó la mano sobre el pañal. Jugueteó con las plantas de los pies. Hizo posturas, como si le estuvieran haciendo una sesión de fotos. Quería exprimir cada minuto que pudiera pasar así. Atesorarlo.
Al rato, tuvo sed. Tenía que ir a por más zumo, o agua. Y, cuando ya había creído que no sería capaz de mojar el pañal, abrió la nevera y un auténtico torrente de pipí se desencadenó ahí abajo. David se quedó de pie, ensimismado, chupándose el dedo de nuevo mientras veía cómo la mancha iba ascendiendo lenta y apaciblemente por la parte delantera del pañal. Tardó bastante en terminar y cuando lo hizo creyó que, de tan lleno, se le iba a caer.

Llevaba aguantando todo el día para hacérselo y por fin lo había conseguido. Estaba calentito, tranquilo y relajado. El pañal, rebosante, le colgaba libre entre las piernas. Tendría un escape si se sentaba, eso seguro.
Cuando por fin se decidió a hacerlo, esta vez sobre el parqué, desencadenó al mismo tiempo los dos efectos que más le gustaban. El primero fue el de aplastar la caca contra el pañal y convertirla en una torta de un palmo. El segundo proyectó decenas de cosquilleantes chorritos y corrientes dentro del pañal. Como había creído, tuvo una fuga: había dejado unas cuantas gotitas brillando sobre el parqué.
Ya lo limpiaría. Cogió su pala excavadora, porque no quería dejar de jugar.
Nunca dejaría de jugar.



