Categoría: personal

A little bit more… (I)

Bueno, pues aquí estoy, con la primera parte del post del que os daba alguna pista a finales de agosto.

¿Habéis sido buenos, no?

«Con el culete bien rojo ya veréis lo buenos que sois…» 😛

Foto: Wikipedia

El caso es que, sobre todo a raíz del anuncio de cierre de una de las páginas ABDL más conocidas (www.adisc.org), he estado reflexionado sobre “lo nuestro”, y me gustaría comentarlo en el blog. Vaya por delante que este post es un poco por desahogarme, como algunas otras veces, pero esta vez creo que lo que os voy a contar tiene mucho más de positivo que de negativo, o podría tenerlo. Seamos optimistas, aunque sea un poquito.

Como sabéis, Historias ABDL es, hablando en términos generales, un blog sobre BDSM y, muy especialmente, sobre el ABDL, que viene a ser un subgénero de Ageplay, y este, a su vez, una rama del BDSM, etc. etc. O, al menos, así es como lo hemos venido planteando en estos últimos tres años. Como un blog que trata temas eróticos, sexuales, o llamadlo como queráis. Y no solo hemos hablado de esas cosas, sino también de esa parte del ABDL o del BDSM que no es en absoluto sexual y que tiene más que ver con lo psicológico y espiritual. Con un cierto tipo de experiencia íntima y profunda, pero diferente y única para cada persona.

Pues bien, si hay un tema recurrente en el blog es lo difícil que es conocer gente con la cual esté uno alineado y con la que haya una confianza e intimidad lo bastante intensas como para dar el “tránsito” al BDSM. Si hablamos del ABDL en particular, es todavía más difícil, y no creo que haga falta explicar aquí por qué. Las imágenes, la parafernalia y las escenas ABDL son lo que son y a muchas personas les echan para atrás, incluso a aquellas que no son en absoluto vanilla. No todas las amas ni amos están abiertos a ese tipo de juegos. Los que lo están, a menudo imponen límites estrictos, que a alguno le pueden parecer excesivos o frustrantes, por chocar con sus preferencias. Y a pesar de que aquí siempre hemos sido positivos, porque fantasear es gratis, no nos vamos a engañar: plantearle esto a una persona que no tiene ni ha tenido contacto con el BDSM es, como mínimo, arriesgado.

Eso hace que liberar a ese “yo” tan reprimido y necesitado de expresión sea difícil para nosotros, los ABDL. Si se diera el caso de que quisiéramos hacerlo, ¿con quien podríamos o nos animaríamos? No es tan sencillo como decir “ah, pues quedo con alguien y ya está”. No todo el mundo vive en una gran ciudad, en la que es siempre más sencillo (ojo: no fácil), ni tiene las mismas prioridades, gustos ni enfoques. Entonces, ¿qué hacer? Quiero decir: ¿existe algún club o círculo ABDL en España? Que yo sepa, no. ¿Algún tipo de asociación o colectivo explícitamente centrado en el ABDL? Pues que yo sepa, tampoco. ¿Eventos o fiestas ABDL regulares o relativamente conocidas? Nasti, hasta donde yo sé. ¿Guarderías ABDL? Pues no, (creo). ¿Mazmorras o locales especializados? Si los hay, los desconozco. ¿Una comunidad online -o outline– asentada y accesible? Qué va. Ni siquiera en Fetlife, en donde no pasamos de algún grupo suelto y muy poco frecuentado (aunque no por falta de interés, me parece a mí). Tampoco ayuda el hecho de que Fetlife sea una página de mayoría anglosajona, y más centrada (no digo que exclusivamente) en el aspecto sexual. Y esto del ABDL para muchas personas ni siquiera es sexual. A mí, por ejemplo, me pasa: algunas veces es sexual y otras muchas no, y tiene que ver más con un estado mental, tranquilidad, relajación, alivio del estrés, complicidad, diversión, conexión interna… ¡whatever!

Al decir esto, no pretendo invisibilizar a nadie. Sé que, por ejemplo, este año ha habido otro evento en MZM Rainbow (al que me fue imposible asistir) y que hay mucha gente moviéndose, hablando, conociéndose y demás. Que están Wasap y Telegram. Todo eso es verdad. Gracias a la tecnología existen opciones que antes no había. Veo en ello un potencial muy importante, pero, a la hora de la verdad, ese potencial se queda un poco cojo y casi todo el mundo te cuenta la misma historia: “estoy muy solo”, “no encuentro a nadie”, “no soy capaz de soltarme”, “vivo con el miedo permanente de que me descubran”, etc. En pocas palabras: que a pesar de ese potencial, los ABDL’s seguimos más o menos como antaño, instalados en el miedo y la desconfianza. Incluso un poquito marginados (es la verdad) dentro de la cultura BDSM. Y he dicho un poquito, por dios. No empecemos a discutir sobre niveles, que no estamos jugando a D&D (¡pero molaría!).

Nos conocemos poco, nos vemos poquísimo y nos mimamos todavía menos… o nada. Y para muestra, un botón: yo mismo llevo veinticinco años tratando a otros ABDL y relacionándome con ellos a través de internet, pero en persona… casi no he visto a nadie. No me han cuidado apenas, ni he cuidado. En la práctica “real” acabo de salir del armario, si vosotros me entendéis. El evento del año pasado fue mi estreno.

La cuestión es: siendo este el panorama, ¿qué puedo hacer yo? Y cuando me hago esta pregunta, me refiero a qué puedo hacer yo activamente, más allá de llevar este blog y daros la murga con mis mierdas mentales e historietas XD. Es decir, ¿puedo hacer algo más, por mí y por vosotros? ¿Por nosotros? “¿Por mí y por todos mis compañeros?”

Sinceramente, sí…”

Me gustaría ir un poco más allá con Historias ABDL. Contribuir a la creación de entornos seguros, recursos tangibles y relaciones reales. Más acercar a las personas y menos scrollear la pantalla de un móvil ad nauseam. No digo que esté pensando en montar la ABDELIA de mis relatos, pero… ¡Igual sí, oye! ¡Yo qué sé! O podría ser algo distinto, sin dejar el ámbito online, siempre y cuando nos ayude. Siempre y cuando sea algo positivo. Ni puta idea de qué, pero algo.

Me consta lo útil y entretenido que es Historias ABDL para muchos de vosotros. Y ahora… ¿qué más? ¿doy/damos un paso adelante o no? ¿Cómo?

El caso es que lo estoy pensando y se admiten ideas ;).

Portaos bien y… continuará 😉

Stephan

Cambios (y no de pañal)

¿Cómo estáis, meoncetes y meoncetas? 🙂

¡Vaya racha que llevo de andar ocupado! No he tenido tiempo ni de respirar los últimos meses, embarcado como estoy en uno de esos proyectos locuelos que de vez en cuando me da por acometer para sobreponerme al ennoie de vivre, que dicen en Francia. Ya sabéis a qué me refiero. Os hablé de ello en este post múltiple: con primera, segunda y tercera parte.

En estos últimos días, por fin, he vuelto no a la normalidad (a eso no puedo volver, leeros los fokin post de antes), sino a una situación de relativa relajación, en comparación con la época en la que dejé un poquito de lado el blog, allá a principios de año. Ahora ya puedo deciros que, si lo hice, fue porque atravesé otra de esas rachas malas o muy malas que mi desahuciada cabeza me brinda de vez en cuando. Lo de siempre: pastillas, psicólogos, psiquiatras… Esos rollos.

Todavía no estoy bien, pero sí lo suficiente como para retomar un poco el blog, aunque no sé hasta qué punto. No habrá promesas esta vez, que luego las cumplo solo a medias (o, directamente, las incumplo) y me siento muy mal por ello. Diréis: ¡vaya chorrada! Pues no, no es ninguna chorrada. Yo soy así. Lo de cumplir mi palabra es algo que me obsesiona desde niño. Junto con los pañales, los onesies y dilucidar cuál es la mejor canción de Abba (pista: es Super Trooper, y se acabó).

Joder… ¡qué temón!

Además de todo esto, quería comentaros que llevo un tiempo dando vueltas a ampliar esta página y hacerla mucho más extensiva y participativa. Tengo muchas ideas al respecto, y me gustaría ponerme a ello pronto, siempre y cuando tenga claro hacia dónde quiero llevarla. Justo este verano se han cumplido 3 años desde que empezamos, y va siendo hora de aspirar a un poquito más. ¿A qué más? Lo iremos viendo juntos. Como decía el mítico Ánsar: Estamos trabajando en ello.

Otra cosa, aun a riesgo de ser pesado: os agradezco mucho a las personas que me escribís o contactáis para contarme vuestra opinión, vuestras experiencias o cualquier otra cosa que se os ocurra. Es un alegrón para mí saber que mis movidas os aportan algo positivo en vuestra vida diaria. Ser útil a los demás es otra de mis muchas obsesiones ;).

Hay una tercera cosa de la que os quería hablar un poco más en profundidad, pero lo dejaremos para la semana que viene. Cuasi spoiler: tiene algo que ver con la serie de posts que dedicamos al evento Orfanato del año pasado en MZM Rainbow, y cuya primera parte os linkeo aquí. Ojo: no es que ahora me vaya a dedicar a organizar eventos ABDL, que os veo venir. Síiiiiiiiiiiiiiii, yaaaaaaaaa, yaaaaaaaaaaa, ya sé que molaría maaaaaaaazo y tal y cual. Pues no.

Notwithstanding the foregoing…

Besituelos, babies :*

Stephan

¡Otra vez de links caídos!

¡Hola, chicos! No he desaparecido, es solo que estas últimas semanas he estado hasta arriba de curro y otros compromisos, y no he tenido tiempo ni de respirar.

Entretanto, se me ha olvidado renovar el dominio como dios manda y algunos links se me han vuelto a descuajeringar. ¡Lo siento! Voy a ir reparándolos poco a poco.

No os preocupéis, que en unos días sigo dando guerra con más artículos, historias y movidas ABDL. Esta vez he venido a quedarme. ¡Crucemos los dedos!

Y sed buenos, que si no, ya sabéis: ¡tras-tras al culete! 😛

Stephan

La eterna y recurrente pregunta (y III)

¡Mis cojones es fácil ser raro! Puede llegar a ser acojonantemente difícil. Dificilísimo. Dificilérrimo. Más duro que escalar con tenedores. Más jodido que caminar boca abajo. Más desafiante que… que… ¡Que yo qué sé!

Mi generación -y muy probablemente cualquier otra generación- se crio en base a unos principios que, por doloroso que sea reconocerlo, son principios fallidos. Falsos. Mendaces. Una mierda pinchada en un palo, vaya. No hay uno solo que resista el menor análisis. Si se les dedica un poco de reflexión, saltan por los aires que esto parece la mascletá.

Uno de los más recurrentes es esa idea de que todos los seres humanos tienen derechos. Que las personas tienen derecho a una casa, a un trabajo, a una educación, a su personalidad y a un montón de cosas más.

Pues es mentira. Pero mentira cochina, vaya. Tan cochina como un pañal después de 48 horas.

Tienes derecho a la casa que compres, al trabajo que encuentres, a la educación que recibas y así con todo. En resumidas cuentas: no tienes derecho a nada de nada que no consigas tú mismo. Y, a veces, ni así.

Si ya nos ponemos más trascendentes y hablamos del derecho a la individualidad o, en términos más prosaicos, del derecho de cada cual a ser como es, aquí la polémica ya puede ser de las que hacen época.  ¿Quién no ha visto alguna puta película de Disney sobre eso? ¿Eh?

Joder, no os podéis imaginar cómo odio a Disney, en serio. Me supera.

Es una puta falacia que cada cual pueda ser como es, sin más. Una falacia cruel, destinada a encontrarse con el impenetrable muro de los prejuicios y la estadística. El sistema está programado para detectar, delimitar y desechar cualesquiera diferencias. Para tamizar a los seres humanos y convertirlos simplemente en gente.

¿Por qué? Porque está inspirado en el principio de igualación (observad que no digo de igualdad). Cuanto más iguales seamos para él, mejor, así que en cuanto aparece algo diferente, los mecanismos del Leviatán se activan de inmediato para aniquilar esa diferencia, cortar el tallo y desechar la flor. A mí esto me parece una aberración absoluta, que atenta contra la naturaleza humana, pero es lo que hay. ¿Quieres ser diferente? Estupendo. Sé diferente. Siempre y cuando, claro, estés dispuesto a pagar la factura que te va a pasar el Leviatán de los huevos. SÉ RARITO POR TU CUENTA Y RIESGO, Y A TU PROPIA COSTA.

Esto no es sino una deformación grotesca del principio antropológico más básico: tendemos a rechazar a los que no son como nosotros. En eso, no ha cambiado gran cosa la humanidad. Hay mucho maquillaje, claro está, pero se queda en eso: maquillaje. La auténtica verdad es más profunda y mucho más cruel. Y no me habléis de inclusión, porque con la inclusión pasa como con la libertad en la transición española (“Libertad sí, pero dentro de un orden”, “Libertad, no libertinaje” , “De la ley a la ley”, etc.).

Ser distinto o diferente es tener todos los boletos para estar jodido en la vida real. La gente cuya máxima aspiración -no me preguntéis por qué- es la de ser normal, abomina de cualquier individualidad muy pronunciada. Así que Disney podrá decir lo que le dé la gana, pero a ti te seguirán haciendo bullying, te señalarán con el dedo o te echarán del trabajo porque no quieres reducirte a un patrón predeterminado de normalidad, cosa que en algunos sitios y situaciones es imprescindible e incluso se incentiva.

Si a esta problemática le unís una práctica como el ABDL, tan minoritaria como pintoresca, pues para qué os voy a contar. Muy poca gente hace lo que hacemos nosotros y el mundo está lleno de Pepes: si eso que llamamos “sociedad” (ya os advierto que no existe) está dispuesta a censurar cualquier rareza, imaginaos lo que hará con vuestro mundillo ABDL, con vuestros peluches y vuestros mimitos. Es por esa razón que, muy a menudo, en este blog, hemos defendido la “naturalización”, pero nunca la normalización, porque ese es un objetivo muy poco realista y hace flaco favor a los que somos ABDL’s. La verdad es que el 95% de la gente no nos va a aceptar, por mucho que les expliquemos mil veces que esto son prácticas inofensivas, que no hacemos daño a nadie y demás. Guardémoslo para nosotros, los nuestros y nuestra comunidad, y ya está. A la sociedad que le vayan dando. A fin de cuentas, ¿qué nos da a nosotros la sociedad, salvo por el culo?

Yo no quiero dejar de ser ABDL; me gusta serlo y disfruto todo lo que puedo de ello. Pero a los que tenéis dudas, os desesperáis o desearíais arrojaros a los aletargantes y candorosos brazos de la normalidad, no creáis que no os entiendo. Como a cualquiera que se deje caer por este blog y pertenezca a la comunidad kink, o que sufra algún tipo de marginación por ser distinto. Recibid todo mi apoyo y mi cariño -tan anónimos como sinceros-; os deseo lo mejor.

Es duro, muy duro, esto del ABDL, especialmente si no tienes amigos o pareja con que compartirlo. La soledad puede llegar a ser inmensa y la sensación de culpa también. No tanto por la práctica en sí, sino por verla como una enfermedad, un lastre que no tienes manera de quitarte de encima. Es cierto que está internet (imaginaos lo que era ser ABDL hace 30 años…), pero ni por esas; no hay tanta gente que se abra en cosas tan íntimas y para algunos de nosotros encontrar mami, papi o caregiver en general es casi una utopía.

A veces, la vida nos deja pocas opciones y cuanto podemos hacer es optar entre la mentira y la desolación. Algunas personas -y también muchos ABDL en la parte que les toca- acaban por hacerse pasar por quienes no son. Yo no les culpo. La vida es muy dura y tenemos que afrontarla como podamos. Y es extremadamente hostil con los raritos. ¡Toca joderse, chavales!  Las fábulas y los dibujos animados no tienen ninguna virtualidad: ahí fuera hace frío y, para los raritos, hiela, nieva y graniza.

¿Sería más fácil ser como Pepe? Puede que sí, pero es que yo no soy como Pepe, no puedo ser nadie distinto a mí mismo, y es fácil que os pase igual a vosotros. Si no os interesa lo que les interesa a los demás, si no os motivan las mismas cosas, y si, en definitiva, lo que queréis es dormir en pañales, abrazados a un peluche, despertaros empapados y decir «Mami, tengo pipí«, ¿qué hacéis? ¿Fingís que no?

También podéis ser sinceros con vosotros mismos, quedaros en vuestro escaque del tablero y defenderos como podáis, porque más tarde o más temprano, la Inquisición se os echará encima (cuando menos lo esperéis, por supuesto) :P. Es así, y no le deis mas vueltas.

Nadie dijo que fuera fácil, y no lo es. Ser diferente, seguir tu propio camino, hacer aquello que amas aunque nadie lo entienda, tiene un precio exorbitante. No sé si merece la pena o no, esa es otra pregunta que quizá algún día intentaremos contestar en Historias ABDL. Lo que sí sé es que a quienes somos de esta manera tan peculiar nadie nos va a consolar ni a comprender, salvo que tengamos la suerte de encontrar a esa persona o personas que se sientan poco más o menos como nosotros.

¿Y qué hacer con el desprecio, la soledad, la burla, la censura? No lo sé. Lo único que se me ocurre es traer a colación la vieja cita:

“Pañales tengo; lo demás, dios lo remedie”

Ánimo, peques.

¡Y FELIZ NAVIDAD!

Stephan

La eterna y recurrente pregunta (II)

No sé vosotros, pero yo me paso la vida rodeado de personas con las que no tengo nada que ver. No tenemos intereses comunes, ni pasados comunes, ni las mismas ideas, ni los mismos referentes. Si a esto le añadís el escaso aliciente que supone para mí el trabajo (porque llevo como veinte años haciendo lo mismo) y una jornada laboral completa en una gran ciudad, ya os podéis imaginar que mi vida es… pues eso. Poco interesante, por no decir monótona y alienante.

A lo mejor también la vuestra lo es y os sentís como yo me siento, o puede que no y estéis viviendo el sueño americano. O boliviano, ecuatoriano, argentino, español… Vuestro sueño, sea el que sea.

Podría contar con los dedos de la mano las personas que he conocido en el trabajo y por las cuales he sentido una cierta afinidad o que, a la vuelta de los años, se han convertido en algo más que simples compañeros. Me sobrarían dedos, tenedlo por seguro.

Es muy posible que alguien diga: “bueno, el trabajo es trabajo y nada más”. Eso estaría bien para un recopilatorio de aforismos vacíos de contenido y para de contar.

En el mundo real el trabajo es, para la inmensa mayoría de las personas, aquello a lo que dedicamos la mayor parte del tiempo. Y algo a lo que dedicas la mayor parte de tu tiempo no es “trabajo y nada más”, ¡a otro perro con ese hueso! ¿Que es muy duro reconocerlo? Claro que es duro reconocerlo, joder, pero es la verdad.

En otros aspectos de la vida me ocurre lo mismo, porque mi vida familiar, sin ir más lejos, es igualmente insatisfactoria en ese sentido, y nadie cambia de familia como cambia de trabajo. Así es: no soporto a mi hermano -le quiero mucho, pero no le soporto- y mi padre siempre me pareció un marciano. Con mi madre es diferente. Ella fue lo más cerca que estuve de sentirme comprendido hasta que conocí a mi pareja. Sin embargo, tampoco tengo una conexión tan intensa con mi madre como para sentirme de veras “bien”.

En cuanto a mi familia política digamos que… “ok”. Un muy discreto ok.

Vayamos con mi mujer. Como ya sabéis los que seguís el blog, la adoro, y no hay palabras que puedan describir hasta qué punto. También a mi hijo. No tengo ningún problema con ellos, al revés. Aunque los veo muy poco, me dan fuerzas para levantarme de la cama y vivir un día más… y un día menos. Suena triste, lo sé. Perdonadme.

En esto cada persona es diferente, pero en mi opinión y ya bastante dilatada experiencia, el amor consuela, no salva. Es una medicina, un bálsamo, o una droga si queréis, no la Piedra Filosofal.

Tampoco hay tiempo para estar con mis amigos -acaso porque tengo pocos o muy pocos, y están lejos-. En resumidas cuentas: no tengo ocasión de ser yo mismo durante días enteros, semanas o meses. Me siento desconectado, desarraigado… Y es frustrante, viendo lo mucho que se motiva la gente con las mayores nimiedades.

Pongamos un ejemplo: yo uso mucho el metro y, de vez en cuando, me lo encuentro petado de hinchas de fútbol. Los veo sumidos en una especie de trance místico e incomprensible para mí, entonando cánticos ridículos, vociferando, alborotando. No los entiendo, y entiendo menos todavía el impulso que los mueve a comportarse así. La cuestión es que los miro y me digo: “¿soy yo capaz de esto? ¿podría hacer lo mismo?”.

Pues no. No soy capaz, o no me veo capaz.

Y, entonces, indefectiblemente, escucho la voz de Pepe en mi cabeza:

-Venga, hombre, no digas bobadas. ¿Cómo no te va a gustar el fútbol?

Decido rebelarme y le replico en voz baja, para que nadie piense que estoy pirado. Hago como que tarareo una canción, aunque tenga los auriculares desconectados y el móvil en silencio.

-No, no me gusta. ¿Qué carta juego ahora, Pepe? ¿Una que no tengo?

-¿Y los toros? ¿Cómo no te van a gustar los toros?

-Pues no, no me gustan nada.

-¡Es una tradición milenaria!

-Sí, como la horca. No te jode.

Algún que otro pasajero me mira extrañado. Ya me ha puesto la etiqueta -no del todo inmerecida- de tarado irredento. Se me nota hasta cuando quiero disimular. La voz de Pepe, inmune al desaliento, no ceja:

-¡Hay que ser comercial, hombre!

-Hay que fingir, básicamente, ¿no?

-Mira que eres raro, macho.

-¿Y qué culpa tengo yo?

La chica que va leyendo junto a mí se pasa sin complejos al asiento de al lado y deja uno vacío, digamos de seguridad, entre ella y el tío que habla solo con un tal Pepe.

-Juego mi mano, Pepe, pero las cartas las repartió dios, no las escogí yo.

-Si tú no vas a misa, descreído. No hables de dios.

-Me sé los evangelios mil veces mejor que tú.

-Pues mil por cero…

Pepe me observa (o me observaría) con un interés puramente ecológico, científico, como un biólogo que descubre una nueva especie de escarabajo en el desván de su casa. Porque Pepe no solo no me entiende, sino que no cuenta con las herramientas necesarias para entenderme y es muy posible que no tenga interés en adquirirlas. Total, ¿para qué? ¡Ya llegará algún científico de los de verdad a diseccionarme!

Pero… ¡cuidado! Es que es mucho peor. Es muchísimo peor, chicos.

Es jueves por la tarde/noche y vuelvo a casa. Me he pasado todo el día fantaseando con ella y me duelen los huevos desde la hora de comer. Y entonces Pepe, que es un cachondo, va y se materializa ante mis asombrados ojos -porque tiene la facultad de materializarse a voluntad, además de ser ubicuo y omnisciente-, se sube al metro conmigo en Nuevos Ministerios, en Sants o en Maritim y, en su tono más irónico, me pregunta:

-¿Y entonces qué es lo que te apetece hacer a ti?

-Como mañana es fiesta y el enano irá con su abuela, me gustaría estar en pañales, sobre la alfombra de mi casa, con mis juguetes. Solo eso y nada más.

-¿En serio?

-Y hacerme pis encima.

-Tú me estás vacilando.

-¡Qué va! Y, si me apuras, también…

-¡Para, para! -porque Pepe presume de cosmopolita, de heterodoxo y de políglota, pero, en el fondo, y por decirlo de alguna manera, no distinguiría el klingon del sindarin -. No me lo puedo creer, macho. ¡Y encima no te gusta el fútbol!

-Y me quiero tirar a mi chica cien veces, eso también. Pero a ella y solo a ella. ¿Sabes lo que te digo?

-Bueno, eso lo entiendo un poco mejor.

-Qué vas a entender, si tienes tarjeta VIP de todos los puticlubs de aquí a Tombuctú, coño.

-¡Ya salió el melindres!

Es exactamente esto.

A esas alturas, nos hemos quedado solos en el vagón del metro. Damos un poco de miedo, la verdad, pero no tanto como el vagón del metro semivacío, que recuerda demasiado a una jaula. Pepe y yo mantenemos el tipo y seguimos piando.

-Tengo un chupete nuevo, es super chulo. Y un biberón. Y pañales con muñequitos. Y si soy bueno, la seño me dejará dormir con mi peluche y mi pañalito.

-¿Qué leches dices?

-Pero si me hago pipí me dará pam pam en el culete.

-Tú estás mal de la cabeza, tío.

-No como tú, que lloras por el resultado de un partido de fútbol. Eso sí que es cordura, ¿eh?

-¿Me estás diciendo que lo tuyo es mejor que el fútbol, la política, los toros o el puticlub?

-De puticlubs no entiendo, pero te digo que, si ahora mismo me dejaras escoger entre acabar con el hambre en el mundo y mi onesie de piratas, me costaría tomar la decisión. Lo siento por África.

-Supongo que tú prefieres tus pañales y tus peluches y tal.

-Sí.

Así de simple y categórico. No le doy más explicaciones a Pepe. Podría hacerlo, pero, ¿para qué? Si no entiende lo del fútbol, ¿qué probabilidades hay de que entienda lo demás? De que entienda que yo tengo esa necesidad y que no escogí tenerla, sino que es inherente. De que para mí, todo eso que él ignora o rechaza es fundamental. Forma parte de mí mismo. Soy como soy, y si no podía cambiar a los 20 años, ¿cómo voy a cambiar ahora, a los 40 y pico?

¿Comprendéis lo que quiero decir? Seguro que sí. Vosotros no sois unos pepes.

Ser raro no es un drama, chicos. No tiene nada de malo, ni es indeseable (“eso es muy bueno, de verdad”), ni es intrínsecamente negativo. Ya lo hemos dicho más de una vez en Historias ABDL. Vive la difference y todo eso. A tope.

Otra cosa es que sea fácil, claro, porque NO lo es.

De hecho, es muy jodido. Jodidísimo.

Stephan

La eterna y recurrente pregunta (I)

Disclaimer: este post va a ser largo y enrevesado. Se va a alejar un poco de la tónica distendida del blog y se adentrará en cuestiones que, quizá, podrían ser delicadas o demasiado emotivas para algunos lectores.

Me habéis escrito o preguntado algunos si todo va bien, ya que en los últimos meses el ritmo de actualizaciones ha descendido mucho.

Es difícil contestaros a esa pregunta. A esa eterna y recurrente pregunta, vaya 😉.

Digamos que va, dentro de lo que cabe, bien, pero que no va bien del todo. Rara vez va bien del todo en mi cocorota; llamadme cenizo, inadaptado, incomprendido, o simple y llanamente gilipollas…

No me llame gilipollas, llámeme payaso -12:50-”

¿Cómo explicarlo? Es una sensación o un estado mental bastante habitual en mí desde mi adolescencia y que, por épocas, aflora o se manifiesta de maneras impredecibles. Es un poco como el fokin Visitante Incierto de Gorey: nadie sabe por qué está ahí ni qué demonios quiere. Simplemente, está y se siente…extraño.

Esta sensación a veces se retira por sí sola (gracias a dios, en esto no se parece al Visitante Incierto), y otras necesita una ayudita adicional, normalmente en la forma de algún proyecto delirante, de esos que tanto me gusta emprender. Como este blog, sin ir más lejos 😉.

«It came seventeen years ago and, to this day / It has shown no intention of going away»

Hoy quiero hablaros de ello más en profundidad, porque me parece a mí que no soy el único a quien le pasa y, respecto a estas cosas tan señaladas: “podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto…”.

Voy a empezar contándoos una anécdota. Benigna, por supuesto.

Hace muchos, muchos años -parece que ha pasado un siglo- tuve un jefe de veras peculiar. Un tipo de esos -vamos a llamarle Pepe- que te marcan, para bien y para mal. Hay un antes y un después de él en mi vida y no solo en lo profesional. Suena a tópico, pero es la verdad.

Tenía un perfil marcadísimo, muy común en las altas y medianas esferas de mi país: muy buena familia, contactos en todas partes, títulos nobiliarios por aquí y por allá, estancias en el extranjero, universidades privadas, etc. A todo esto, se añadían un carisma, una simpatía natural y una incuestionable inteligencia, además de una capacidad extraordinaria para gestionar personas y, sobre todo, para calarlas.

Su perspicacia y su don de gentes, cuando quería, rozaban lo prodigioso. Le vi, en vivo y en directo, meterse en reuniones con personas que al entrar pedían su cabeza en bandeja de plata y que al salir lo abrazaban y le pedían disculpas, cuando una hora antes no querían verle ni en pintura y hasta maldecían su nombre.

Mi relación con él fue extraordinariamente buena. De hecho, es una de las personas a las que más agradecido estoy en muchos sentidos. Y puedo aseguraros que no teníamos nada en común. Yo; un chico de barrio. Él: un niño bien. Yo: un “anarquista, pero buena gente”. Él: un monárquico conservador. Yo: anti-fútbol. Él: futbolero a muerte. Yo: friki de los libros. Él: el “Marca” y gracias. Y así, si quisiera, hasta rellenaros el post entero. Éramos el día y la noche, las personas más diferentes que os podáis imaginar.

Podría contaros muchas otras anécdotas sobre él, algunas de ellas completamente descacharrantes, pero no vienen al caso. Os voy a referir, concretamente, la que viene que ni pintada al tema.

Esto ocurrió en el otoño del año 2010, más o menos: ¡hace catorce años! Dios, ¡qué viejo soy! Tempus fugit y tal y cual 😊

También hay otras cosas que se fugan, ya me entendéis… 😛

Contra todo pronóstico, y después de una serie de desencuentros con diversos clientes y proveedores de la empresa, conseguí resolver un marrón de los gordos, uno que llevaba encima de la mesa varios meses. Digamos que, gracias a mi solución, Pepe se libró de una buena, y de tener que dar un montón de explicaciones de esas que nadie quiere dar, porque puedes perder a tu mejor cliente, a tu único proveedor fiable del tipo tal o cual, etc.

Bajábamos juntos las escaleras del edificio, porque a él le gustaba bajar andando. Pepe iba exultante, más contento que unas pascuas, con su sonrisa de cuarto creciente -marca registrada- en la cara.

Estábamos ya en el recibidor del edificio, en la penumbra, a punto de salir a la calle, cuando me agarró del brazo y me paró. No le di importancia, porque era mucho de abrazos, palmaditas, etc. Muy cordial, muy cercano. A la media hora de conocerte, ya te llevaba en el bolsillo.

-Oye, Stephan.

-Dime.

Se me quedó mirando un rato, como si dudase de lo que iba a decirme. Me sonreía, pero solo con la boca; en sus ojos había un brillo no burlón, pero sí muy condescendiente.

-Eres un buen tío. Un tío magnífico, de verdad.

-Vaya, muchas gracias, pero…

-¡Chissssst! ¡Calla! -me interrumpió, como solía-. Escúchame. Va en serio. Eres un tipo fantástico. Tienes madera. Tienes futuro. Te lo digo de corazón y yo rara vez me equivoco en esto. Y encima tienes una cosa muy buena: eres un tío peculiar. Raro, pero en el buen sentido. Eso es muy, muy bueno. De verdad. Eso es muy bueno. Pero permíteme un consejo, ¿eh? Esto tienes que comprenderlo, es muy importante.

-¿A qué te refieres?

De pronto, su sonrisa se esfumó y se puso muy serio. Luego, cuando se hubo asegurado de captar toda mi atención, torció un poco el gesto y, mirándome fijamente, me dijo, en un susurro:

-No juegues siempre esa carta.

No supe qué decirle, fuera de “ya”. Asentí, salimos juntos a la calle y no hubo nada.

La cuestión, mis queridos amigos, es la siguiente: ¿puede uno jugar cartas que no ha robado? O, en resumidas cuentas: ¿puede alguien dejar de ser quien es? ¿se puede fingir que eres otra persona? ¿Incluso una persona normal? ¿De esas que ve el fútbol, hace maratones de series y habla de política como si le fuera la vida en ello?

Yo no puedo. No sé hacerlo.

¿Y vosotros?

(continuará)

Stephan

Las crónicas del eventaco (y VII): «Examen médico y final»

En el piso de arriba nos estaba esperando el equipo médico (la señora doctora y su joven y aventajada enfermera), junto con el resto de auxiliares, entre ellos también la seño, que había subido conmigo porque (solo faltaba) a esas alturas ya había decidido que me iba a adoptar :).

Aunque ella me había avisado antes de que la revisión iba a ser genial, lo cierto es que yo me la había imaginado un poco como un juego de medical play suave o algo similar; no en vano estábamos en un evento BDSM. Había prejuzgado mal, porque en realidad, fue mucho mejor de lo que yo había pensado. Nada de movidas sexuales: solo mofes y mofes XD.

Para mí, aquello fue el broche de oro del evento, algo tan inesperado como divertido en lo que participé de mil amores, pues a mí todo lo que sea hacer el gilipollas y reírme, normalmente me parece bien. ¡Menuda ocasión se presentaba, ageplay o no por medio! Si había que seguirle el juego a la señora doctora y a los demás presentes, se lo seguiría. Y, además, me venía bien para relajarme tanto mental como emocionalmente.

Pasamos el reconocimiento juntos mi compi más peque ABDL (que todavía debía tener el culo caliente) y yo. Primero fui yo el examinado y luego él, pero los dos estuvimos allí en la consulta -bastante bien provista, todo he de decirlo-, pasando las pruebas y respondiendo a las preguntas de la señora doctora que, por supuesto, también formaba parte del staff.

Casi lo primero que me preguntó la doctora fue si me daban miedo las agujas. “No, yo soy super valiente”, le respondí, creyendo que se trataba, como os digo, de algún tipo de medical play, que me iban a desnudar y a quitar el pañal delante de todo el mundo, etc. Nada más lejos de la realidad: aquello no iba a de agujas, sondas ni lavativas. Aquello iba de mofarse de uno mismo; algo a lo que soy muy aficionado. Los que seguís el blog desde hace tiempo ya lo sabéis.

Imaginaos el tipo de escena: se me acerca la enfermera con un martillito y empieza a darme golpecitos en las rodillas. Yo la miro sonriendo, como si no supiera qué decir ni hacer (¿va en serio? ¿tengo que fingir? ¿tengo que dar pataditas?) y esperase alguna instrucción, pero la doctora me sentencia de inmediato:

Doctora: (muy seria) Huy… Ligero retraso. Sí, sí…

Claro, todo el mundo descojonado y el primero yo, que me pillaba con el pie cambiado. Nunca sabía por dónde me iban a caer, lo cual le añadía un punto de expectación al asunto y me ponía en guardia; era la forma de asegurar que los littles colaborábamos al 100%. Otro ejemplo:

Doctora: ¿Qué tal va con las palabras, el lenguaje y demás?

Nenito: Ah, eso se me da genial. En la guarde…

Doctora: (Apuntando en el cuaderno) Va de listillo.

Así todo el rato, no sé cuánto tiempo estaríamos metiéndonos unos con otros: yo con la doctora, la doctora conmigo, la seño conmigo… Y de sexo, lo que se dice sexo, hablamos bien poco. Creo que esto fue lo único:

Doctora: ¿Qué tal en el sexo?

Seño: Huy, en eso sí que no tengo ninguna queja. Fabuloso.

Nenito: ¿Qué es el sexo, seño?

Doctora: Anda, mira… Se hace el graciosete, a pesar de su retraso (Apuntando). Gra-cio-si-llo.

Reconozco que aquí no me atreví a decir nada tipo “ah, sí, el juego del pipí mágico de la seño”. No por nada, sino por no acabar con la atmósfera de cojoneo imperante. Tampoco creo que hubiera pasado nada, pero no me salió. En otra ocasión, tal vez.

El resultado del examen fue…¡aprobado! Pero, a pesar de mi aprobado, la señora doctora me recetó, literalmente, unas cuantas dosis de “polla de conserje”, medicina que, a nivel de principio activo, no tiene parangón chimpón en la historia de la humanidad y que merecería una entrada aparte. Estuve riéndome como diez minutos con lo de la “polla de conserje”, aunque también había “teta de gobernanta” y algunos otros remedios, todos ellos salvíficos y milagrosos según la doctora ;). Pero si algún día me paso a la otra acera, juro a dios y prometo a España que probaré una buena polla de conserje XD XD XD.

Mi compi pasó también el examen sin mayores sobresaltos, aunque a causa de ciertas condiciones personales que aquí no mencionaré, no me hubiera importado que se lo pusieran un poco más difícil o que lo hubieran martirizado un poquito más 😛 . Eso sí: como no le gustaban nada los médicos, hubo que prácticamente inmovilizarlo. Ya me entendéis… 😉

Para esta entrada no se me ocurre ninguna foto, así que aquí me tenéis a mí, por la tarde, después de merendar. Como un héroe crepuscular.

Bajamos de allí junto con la enfermera y la doctora a eso de las diez de la noche, por lo menos, quizá pasadas. Era la hora de cenar y al poco comenzó a llegar la cena que cabía esperar en un evento lleno de littles: patatas fritas, nuggets de pollo, refrescos y delicias semejantes. Justo entonces la seño se fue con el staff para iniciar los trámites de adopción y yo me quedé un rato abajo, saludando y conociendo a peña nueva que iba llegando, y jugando con el perrito más mono que hubo en el evento (:*) y otros compis varios.

Ahora mismo no puedo poneros fotos de los documentos “no-oficiales” de la adopción porque estoy fuera de casa pero si los encuentro (ya le preguntaré a la seño) os subiré alguna: tan geniales como lo fue el evento, de verdad.

No obstante, esta detallada e innecesariamente larga crónica toca ya a su fin: a eso de las diez y veinte minutos, quizá diez y media, aunque había bastante gente (no solo la del evento, sino la que iba llegando al local), mi pobre corazoncito ABDL pedía tregua y no daba para más, así que nos despedimos de todo el mundo (entre aplausos, por cierto, ¡cuánto honor!) y repartimos besos y abrazos por doquier. ¡Hasta otra y muchas gracias a todos! ¡Se os quiere!

Resaltar que el evento no terminó aquí ni mucho menos, y que se prolongó bastantes horas más, según me comentaron después otros compis, pero nosotros nos marchamos a eso de las 22:30, mientras la peña cenaba nuggets, patatas fritas y veía dibujos animados en pantalla grande: si eso no es de littles, nada lo es ;).

Desde este humilde blog, solo me queda agradecer a MZM Rainbow la organización del evento, al staff y a todos los amigos y compañeros que participaron, y desear que haya pronto una segunda edición o, si no fuera mucho pedir, un evento 100% ABDL, propiamente dicho, en el que dar rienda suelta a esas locurillas que a los de mi palo tanto nos gustan. Prometo hacer lo imposible por ir y, si así ocurre, espero y deseo volver a encontrarme con todos vosotros. Aquí tenéis a un decidido supporter, como dicen los jóvenes, por siempre jamás.

¡Chao, meacamas! Y recordad: el pañal en verano, mejor con cremita a tope 😉

Stephan

PD: Ando de vacaciones así que no creo que actualice ya hasta septiembre, pero se viene macrohistoria por fascículos (oh, la la!) y un par de entradas tan íntimas como interesantes. No sé, puede que incluso polémicas, en el buen sentido de la palabra ;).

PD2: ¡En serio, habría que montar una Capcom en España, joder!

LAS CRÓNICAS DEL EVENTACO (VI): “La cama”

Cuando bajamos, el ambiente no podía ser más alegre: los participantes habían terminado de merendar y empezaba un rato de “haz lo que quieras”, por así decir. Los little y algunos middle estaban disfrutando en las piscinas de bolas -había dos, si mal no recuerdo- y los mayores se organizaban para otros juegos ya más “de mayores”. No, no quiero decir ESOS juegos. Digo juegos de mayores de verdad, como luego os contaré.

Yo estaba relativamente tranquilo. Tener cerca a mi seño me ayudaba mucho. Al principio quise jugar un poco más con la plastilina, pero como la cosa estaba en un punto muy desenfadado, entre la seño y el staff me convencieron para piscinear.

Pasé muy buen rato en la piscina de bolas, sobre todo jugando a taparme con ellas o a “enterrarme” bajo un montón de bolas de plástico. También nos las tirábamos los unos a los otros, nos las pasábamos y hacíamos… bueno, lo que se supone que hay que hacer en una piscina de bolas, ¿no? Creo que nadie dijo “Bazinga!” pero, por lo demás, cumplimos al máximo.

Aprovechamos que teníamos a mano unas raquetas -porque eran raquetas, no palas de spanking, si vosotros me entendéis- para batear unas cuantas bolas. El caso es que entre los otros compis más little y yo lo dejamos todo hecho unos cirios y a mí como me daba cosa y soy muy bueno, me dio entonces por recoger un poco el estropicio para que no me riñeran :).

Claro que eso fui yo; el little más little, al final, de tanto incordiar e incordiar se llevó una tunda morrocotuda con una de las raquetas, por mucho que se intentara escapar por toda la planta baja y corretear de aquí a allí. “Vente, vente, ya verás”… “Como lleva pañal hay que darle más fuerte…”. Imaginaos la escena en plan Benny Hill, porque de veras fue así XD. Pero vaya, que el pobrecito cobró “como está mandao”. Todo esto lo vimos, mayormente, subidos a la cama mi otro compi little y yo, y no creáis que nos reímos mucho; nosotros nos portábamos bien, pero siempre está el miedo de que el siguiente seas tú. Buff…

De vez en cuando la seño se me me acercaba para ver si estaba a gusto. Así era, en líneas generales. Especialmente cuando una de las middle se puso a jugar con un pompero y aquello fue la apoteosis little para mí: atrapar las bolas, explotarlas, etc… Y si encima ves que todo el mundo te dice lo mono y lo bueno que eres, pues la hostia en verso, ya XD.

Iba llegando más gente, y el evento aún estaba más animado. Teníamos de todo: más papis y mamis, más little, más middle… y hasta algún puppy por ahí. Mando mil besos desde aquí a la bellísima y nunca bien ponderada Gwynbleidd, que se hizo un pedazo de viaje para participar: por fin nos conocimos en persona. ¡Qué grande! Y también a todos los demás, como -a título indicativo y no limitativo- super Bebé-Jefazo ;).

Fue sobre las nueve o así que empezaron los juegos a los que antes me refería: se jugó a los tazos, al pictionary (creo) y a más cosicas. Aquí yo necesitaba un breve descanso mental y apenas participé; me puse a dormitar en una especie de puff o similar que había. La seño vino conmigo a hacerme mimos y…bueno. Por primera y única vez durante todo el evento, pasó lo que tenía que pasar. Mi lado DL y sexy despertó con inusitada furia y comencé, digámoslo así, a verlo todo rosa. Rosa fosforito…

Una vez “activado” el mecanismo físico y mental, ya no había nada que pudiera hacer salvo respirar hondo e intentar alejar el deseo. Adivinad qué: fue completamente imposible. No es que la seño hiciera nada por provocarme o excitarme pero cuando eso hace click… pues al cuerno. A los quince o veinte minutos estaba a punto de perder la cabeza. Se me debía notar, porque Altana se pasó por donde yo estaba para interesarse y se lo acabé diciendo: “como esto siga así, voy a necesitar esa cama de ahí, y no para dormir”. Se rio mucho, haciéndose a un lado en plan “ahhh… pues también podéis subir arriba, pero eso díselo a mami, que está aquí contigo” XD.

Total, que como mis poderes zen estaban en horas bajas, y la seño es la más guapa, la más lista, la más cariñosa, la más inteligente y, en definitiva, la mejor seño del mundo, aunque a veces me riña o me de pampam en el culete, el Nenito quería jugar a juegos de MUY mayores (ahora sí). Ella ya me notaba en un estado distinto, pero no le cupo la menor duda cuando le dije abiertamente (sic):

Seño, si no me llevas a la piscina de bolas un rato, ahora mismo te arranco la ropa y te follo sobre esa cama delante de todo el mundo.

-Hala, qué cosas más feas -me contestó la seño-. Eso no lo dicen los niños buenos.

-Los niños buenos no sé, pero yo sí, mi amor.

Me llevó, claro. Y reconozco que los dioses del desenfreno fueron piadosos conmigo, porque si en ese momento la seño me hubiera propinado un par de nalgadas por decir palabrotas –as usual-, no respondo. No-res-pon-do XD. Menos mal que la piscina no tenía agua de verdad; se hubiera evaporado en contacto con mi piel y habría salido con el pañal igual de seco.

Pero se acercaba la hora de la cena y yo aún no había pasado el reconocimiento médico.

-¡Vamos, vamos, que si no no te pueden adoptar!

-No tengas miedo, guapo.

-Ya verás qué bien: te van a dar una piruleta. ¿Le gustan las piruletas?

-Pues claro -decía la seño-. Y los piratas.

-(!!!!!!———-balbuceosapagadossobreelvalordelospiratasysusaventurasytalycual————–!!!!!!)

Y así subimos a la consulta, en la segunda planta. Yo un poco reticente, de la mano de la seño, pero… ¡bah! Si ella decía que no pasaba nada y que me iban a dar una piruleta, pues yo me lo creía y ya está.

Hice bien, porque el reconocimiento médico fue la guinda del pastel, jajajajaja XD

Stephan

LAS CRÓNICAS DEL EVENTACO (V): «La herida»

Me eché a llorar. Así, sin más. Directamente.

Mi reacción inmediata fue, por supuesto, intentar disimularlo. No quería molestar a Bea ni que pensara que había hecho o dicho algo malo, entre otras cosas porque no lo había hecho. Mi llantina, completamente espontánea, me salió de un modo natural. ¿Por qué? No lo sé. No tengo ni idea.

El problema es que me sentía emocionalmente desbordado y controlar mi llanto me resultaba muy difícil. Ella se dio cuenta, e hizo lo posible por tranquilizarme con palabritas dulces y todo eso pero, aun así, la cosa se demoró un buen rato. Recuerdo que me dio la mano, yo se la besé y estuve un buen rato escuchando cómo me consolaba. Fue dulce y considerada. Y yo no paraba de pensar: “No me dejes, no te vayas, no es culpa tuya. Por favor, quédate conmigo”.

En esta parte del evento el problema fue que, aunque pude calmarme por fuera, no fui capaz de calmarme por dentro. No tuvo que ver con el hecho de que Bea tuviera que irse a seguir con sus tareas y sus cosas (de mayor, por supuesto). Sí, pude dejar de llorar. Sí, pude dejar de hacer pucheros. Pero había una herida que se había abierto -por muy rimbombante que suene- en lo más profundo de mi ser, y que no había manera de cerrar. Supuraba, sangraba, palpitaba… Yo quería volver a ese estado de simplona y caótica felicidad del que os hablé en el episodio anterior, pero de alguna manera estaba convencido que el tiempo de permanecer en ese estado había pasado, como si, dondequiera que mirase, viera un cronómetro cuya cuenta atrás progresara cada vez más rápido.

Venga, la pongo. Aunque sea para subir un poco los ánimos…

Me dolía. Mucho. La jodida y misteriosa herida dolía un huevo. No había manera de apartar de mi cabeza esas palabras -por otra parte, tan inocuas- que habían desencadenado el infierno dentro de mí. Me las repetí mil veces, hurgando en mi propia memoria, con la esperanza de poder racionalizarlo todo y superar la crisis. Sí; por la parte buena, mi yo racional y cuadriculado estaba de vuelta. Por la mala, mi nuevo yo solo quería llorar y llorar hasta caer rendido, a ser posible en brazos de alguien que me… quisiera.

Llegó la hora de la merienda (tarde, pero no quedaba otra) y merendamos nuestras cositas, aunque yo no tenía mucha hambre: hubo chocolate, refrescos, zumos, patatuelas… Cosas ricas. A mí se me notaba un huevo que me había pasado algo, que ya no estaba igual de contento que hacía apenas media hora. El staff volvió a echarme una mano y, de hecho, me propusieron apartarme un rato del evento y descansar la cabezota. Al principio pasé, porque no quería perderme nada, pero cuando me di cuenta de que yo solo no podía salir de aquel pozo de angustia y de que me estaba hundiendo más y más, hube de rendirme a la evidencia y les pedí que, por favor, llamaran a la seño, porque necesitaba estar un rato con ella y respirar hondo, muy hondo. Accedieron de inmediato, aunque implicara saltarse un poco las reglas del evento.

Truqui 7: Las reglas son las reglas, pero no están por encima del bienestar y la seguridad de las personas. Si necesitas apartarte un rato, hazlo. Si necesitas compañía, ayuda, consuelo o feedback, pídelo.

La seño vino a recogerme y me llevó de la mano al piso de arriba -donde, por cierto, estaban comenzando los chequeos médicos, de los que os hablaré luego-. Fue el equivalente, para mí, de escapar del ojo de un huracán. Una parte importante de mi ruido interior se esfumó gracias a ella y aunque el dolor seguía ahí, al menos ya no acompañado de ese marasmo adicional. Y aunque ella se ofreció a hacer cualquier cosa que necesitara -no penséis mal, ¡cochinos!- yo lo único que quería era sentirla cerca, abrazarme a ella y cerrar los ojos. Lo único que quería era… No sé cómo decirlo. Chutarme amor en vena, como si fuera un analgésico. De un modo intuitivo, yo sabía que los efectos de aquel shock solo podía paliarlos el amor.

Lo hice: la achuché y empecé a contarle cómo me sentía. Me fue muy difícil -me es difícil hoy y han pasado ya 15 días-, pero no por tener que abrirme, sino porque no comprendía qué me pasaba y me sentía doblemente estúpido: por no aprovechar el evento al máximo y por no saber gestionarme a mí mismo. La seño me escuchó, me mimó un poquito -esto fue lo más importante- y me dijo que si no me sentía a gusto, no tenía ningún sentido quedarme. Que ella no quería verme así y que lo único importante para ella era… yo.


Entonces tuvo lugar, más o menos, la siguiente conversación:

-Perdóname, lo estoy estropeando todo, soy un imbécil. No me riñas.

-¿Por qué eres tan duro contigo mismo? Siempre te pasa.

-Hay algo dentro de mí que estaba oculto, algo a lo que nunca me he enfrentado. Es terrible y muy, muy poderoso. Me está torturando mientras hablo contigo. Sé que suena a una locura más de las mías, pero es la verdad.

-Pues olvídalo. Hoy es tu día, chico guapo -. Un beso-. Mi nenito especial…

Seño…Seño… Yo… xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(1)

-¿Qué importa eso? Pero mírate: ¡si eres una monada!

¡Hala! Y ooooooooootra vez a llorar. Pero esta vez sin pudor, continencia ni miedo alguno. A moco tendido, vaya. Me tiré berreando, abrazado a la seño, lo suficiente como para que no me quedara ni una lágrima más que derramar durante el resto de la tarde.

Cuando me hube tranquilizado, acordamos volver abajo con los demás. Debían ser, como mucho, las ocho y media. El plan -casi la orden- de la seño estaba claro: si no conseguía pasármelo bien, no iba a quedarse ahí viendo cómo sufría. Me llevaría de vuelta a casa con ella y se acabó.

Me pareció bien, la verdad: ese lo-que-fuera que vigilaba mi jodido edén interno me lo estaba haciendo pasar fatal. Mordía, pateaba, laceraba… Yo qué sé. Solo le faltaba el arma de aliento de 10D10 de daño… ¡Joder! ¿Y si la tenía y acababa usándola contra mí? Solo de pensarlo, me moría del miedo. No sabía si tendría fuerzas para volver a encontrarme con él cara a cara.

Y después de llorar mucho y bien, y de los correspondientes mimitos, volví abajo a jugar con los demás amiguitos.

En cuanto a eso… A esa cosa, locura, trauma, monstruo o lo que sea, os he dicho cuanto os puedo decir. No me salen muchas más palabras. Al menos, todavía no.

Es mejor que os lo digan los Héroes del Silencio por mí …

Siempre he preferido
Un beso prolongado
Aunque sepa que miente
Aunque sepa que es falso

¿Qué demonios ocurre
Cuando miradas no se encuentran?
La pelea de gallos
Se admiten apuestas

¿Quién buscó abrigo
En algún otro lugar?
¿Es posible que el frío
Venga con la edad?

«¡No se vayan todavía! ¡Una y más!» 😉

Stephan

(1) La misma frase que le dije a Bea y que, por ahora, prefiero no hacer «semipública» 😉

LAS CRÓNICAS DEL EVENTACO (IV): «SHINE»

Fue algo progresivo, un poco como cuando te metes en el baño con agua muy caliente y al principio molesta, pero luego es genial. El peso del que os hablé y que me había estado atormentando desde el principio del evento se fue desvaneciendo. O disolviendo en ese agua caliente, si queréis ;). Y de veras hacía calor, pero no demasiado. Se estaba bien allí.

El proceso tuvo mucho de monólogo interior o conversación conmigo mismo. Había una vocecita que me iba chivando en la oreja lo que debía decir y hacer y yo simplemente lo hacía y le daba las gracias mentalmente por haberme ayudado. Cuanto más caso le hacía, más aliviado me notaba. No solo de mi frustración inicial, sino de muchas otras movidas que estaban allí antes de que empezara el evento. Lo de siempre, vaya: mis eternos conflictos mentales, existenciales, laborales… Llegaría, poco después, un momento en el que no existirían, pero yo aún no lo sabía.

Así como una hora antes había acumulado sentimientos negativos, a eso de las ocho u ocho menos cuarto, acudieron solo cosas positivas a mí. Hasta generar algo así como un estado mental -casi diría un estado alterado de conciencia- completamente nuevo para este vuestro Nenito.

Su primer componente, en primer lugar, era una sensación muy pronunciada de potencialidad. Como si hubiera recuperado una libertad primigenia, inconsciente, que superaba el hacer o no hacer y que consistía más en una forma de experimentar el mundo que de relacionarse con él. Sin ninguna razón particular, gracias a esa potencialidad, me tiré sonriendo no sé cuanto tiempo. A veces con la boca, otras veces solo con la mirada y, las más, con ambas. Seguro que ponía cara de bobalicón; si es el caso, fue cosa natural XD.

También tenía ganas de jugar, de tener muchos amigos, de querer a todo el mundo. Mejor dicho: de aprovechar el tiempo queriendo a todo el mundo. Nada de lo que había a mi alrededor me parecía aburrido ni falto de interés. Y, por eso, no había ninguna razón para no ser feliz ni para estar triste. Mi nuevo yo daba por hecho que la felicidad era mi estado natural y que lo raro había sido perderla por el camino.

Este nuevo “yo” ya apenas podía abstraerse y analizar sentimientos de forma objetiva. Sobre todo porque una de sus tendencias más marcadas era la de no analizar, racionalizar ni clasificar nada de nada. Mi enrevesada y cuadriculada cabezota había sido desplazada por una especie de caos multicolor y azucarado. Absolutamente benigno, pero muy poderoso. Implacable y, al mismo tiempo, inofensivo.

Más o menos así, pero con el sabor de cien gominolas diferentes…

Me di cuenta de que ya no pintaba: disfrutaba pintando. Ya no reía: disfrutaba riendo. Y era mucho más que maravilloso sentirse así: era mágico. Comprendí que estaba ante una oportunidad nueva para mí y tenía que dejarme ir. Así lo hice. Ya lo dijo el poeta, ¿no?: ¡Al mar, al mar, y no pensar en nada!. ¡Pues hala! ¡Allá iba yo!

Justo entonces una de las middle (la llamaremos Bea) se vino a jugar con nosotros porque, al parecer, había terminado su tarea. “Yo cuido a los pequeños, no os preocupéis” dijo. Se sentó a mi lado y yo me puse super contento solo porque ella estaba allí. Ya sé que suena estúpido, pero es la verdad. Estaba genuinamente encantado de que se hubiera venido con nosotros. Incluso reconozco que me la quería quedar solo para mí. Quería que fuera mi amiguita. ¡Yo tenía que ser muy bueno y muy dulce con ella para que se quedase a jugar conmigo! 😀

Y jugamos, claro que jugamos. Me hizo dibujos y yo los coloreé. Le conté sobre mis colores favoritos, las cosas que me gustaba hacer y ella también me contó. Yo me abrí un poquito y ella se abrió un poquito. Sobre todo conmigo, porque mi otro compi no me acuerdo muy bien qué estaba haciendo, y el super-peque… muy en su línea, tocando las narices, jajajaa.

Bueno, y ya que he citado a Manuel Machado y este post está quedando casi demasiado emotivo, vamos a poner este temón solo para partirnos el culo XD

Como os digo, pinté y dibujé con ella. Y le demostré que yo también sabía los números y esas cosas de mayores y ella se sorprendió mucho. Claro, vosotros diréis: menuda hazaña la de saber contar con 45 años, pero tened en cuenta cómo me sentía yo entonces. Creedme: fue un logro solo digno de un nenito tan abnegado como yo ;).

Hablamos mucho rato, no sé cuanto. Para mí fueron horas, aunque no creo que pasara de media, en realidad. Y Bea me regaló un avión de papel :D. Me hizo mucha ilusión, hasta me parece que me puse colorado y todo de la emoción y lo lancé varias veces para verlo volar. Creo que ella también se sentía bien allí conmigo.

-¿A qué quieres que juguemos? -me preguntaba

Y yo solo la miraba fijamente y le decía sonriendo:

-A montarnos en este avión y marcharnos lejos, muy lejos.

-¿Pero dónde quieres ir?

-No sé, pero muy, muuuuuuuuy lejos. Y juntos. 😀

-Jajajaja. Qué cosas tienes. Pero no podemos montarnos en un avión de papel…

-Sí, sí, sí… Ya verás como sí 1.

-Desde luego, imaginación te sobra…

-Sí, la seño dice que tengo mucha imaginación.

-¿Y por qué has pintado esto de aquí de azul?

-Me gusta el azul. Yo tengo los ojos azules O:).

-Ah, es verdad. Qué bonitos.

Etc…

Fue muy buena y cariñosa conmigo ^^. Tengo el dibujo que hicimos guardado en la mesita como si fuera un tesoro O:) ¡¡Gracias, Bea!! Fuiste un amor con este nenito, digamos “nuevo en el mundo”.

Todo iba mejor que bien. Era maravilloso. Emocionante. Emotivo… y 0% sexual. ¡Ni siquiera yo mismo comprendía lo que estaba ocurriendo! Pero a) Me daba exactamente igual y b) quería seguir en ese mismo estado el mayor tiempo posible. Si no para siempre, casi, casi… 😉

Entonces ella dijo algo. Algo completamente inocente. Algo que encajaba al 100% con la situación y que yo debía haber recibido con una sonrisa de bobalicón aún más exagerada que la que ya lucía.

Fue un simple cumplido, un cumplido al 100% inocente, insisto. Amable. Hasta oportuno.

Y, entonces… ¡Tambores! ¡Tambores en lo profundo…!

monstruo

(1) Sí, una niñería. Pero ahí está esa potencialidad de la que os hablaba. No lo dije del todo en broma. Una parte de mí (ese nuevo yo) lo creía posible.