En episodios anteriores, I, II, III, y IV
Y aquí está el último episodio de esta cojo-mega historia ABDL, que ha durado hasta hoy. Un último episodio que, como veréis, tiene final bastante «feliz» en términos abedélicos XD. He decidido edulcorarlo un poco respecto a mi idea original para celebrar la llegada del verano y, con él, de las vacaciones, que espero disfrutéis mucho. Un poco de positividad nunca viene mal. ¡Regocijémonos esta noche de San Juan! O Midsommer, o yo qué cojones sé.
Sigo bastante liado con otros proyectos, por lo cual la velocidad de actualización del blog se mantendrá igual durante los próximos dos o tres meses. En cuanto vaya cerrando cosas retornaremos al post semanal, como mínimo. Pinky promise 😉
¡Pasadlo bien! Y recordad: no todo en la vida son pañales y mimos. También está el Diablo IV :P.
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Así que eso era, pensó Maite. Ese era el misterio de la segunda planta, cuya descripción Paula había rehuido varias veces: un misterio forzado. Supuso que la mayor parte de los invitados se enfadaban al llegar aquel momento, pero decidió ser mucho más original. Práctica, quizá. Después de todo, retrasar el primer intento suponía procrastinar mucho. Ahora, por lo menos, estaba del humor necesario y la gente de Abdlia se lo ponía en bandeja.
-No es una broma, ¿verdad?
-Pues no. Hablo completamente en serio, Maite. Pablo llegó como media hora antes que tú y te dejó solo un recado.
-¿Cuál?
-Cito textualmente: “Maite: haz lo que quieras”.
Y el caso es que Maite quería. Quería probar, al menos. Quería explorar. En parte por la situación y en parte por la experiencia. Sin embargo, los nervios hicieron acto de presencia y la colmaron de dudas: ¿Qué debía decir? ¿Qué hacer? ¿Y si salía mal? ¿Debía pedir consejo a Paula? Lo más seguro es que pagara la novatada y que lo hiciera tan mal que decepcionara a Pablo.
-No sé por donde… En fin. Nunca he jugado a este juego.
-Lo bueno de estos juegos -dijo Paula- es que nadie pierde. Es cien por cien ganancia.
-¿Tú crees?
-Ya te lo dije. No lo creo; lo sé.
-¿Podrías venir tú conmigo?
-Mejor no -Paula negó con la cabeza-. Pablo dijo que solo quería jugar contigo y el consentimiento lo es todo.
La fingida maestra se levantó, cogió uno de los archivadores y el subrayador que guardaba en el bolsillo del mandil, volvió al sofá, abrió el archivador y se puso a estudiarlo. Al poco, sacó unas gafitas del mismo bolsillo y se las puso.
-¿No me deseas suerte, Paula?
La respuesta se demoró tres o cuatro rayones del subrayador, que Paula deslizaba de un lado a otro, muy concentrada.
-Si ya tienes suerte -miró a Maite por encima de las gafas-. Y mucha.
-Tampoco te pases, ¿eh? ¿Qué suerte? ¿La suerte de tener un novio rarito?
Paula cerró el archivador y estudió a Maite con aire circunspecto. Esta se preguntó si había dicho algo inconveniente, porque Paula parecía de veras decepcionada, como una maestra que recibe una respuesta incorrecta de su mejor pupilo.
-Mira, Maite -dijo Paula en tono de reprimenda-. Tú lo estás analizando solo desde tu propia perspectiva.
-¿Qué quieres decir?
-Pues algo muy sencillo. Si la confianza es la base de cualquier pareja, Pablo te ha dado la mayor prueba de que confía en ti al contarte estas fantasías que tiene. ¿O es que crees que va publicando estas movidas en Twitter y en el tablón de anuncios de su bloque? Quizá seas la primera persona con la cual lo comparte. Si eso no es tener suerte, dime tú que es. Él no es un capullo que te lo dice a las primeras de cambio, ni el típico imbécil que trata de convencerte de que no puedes negarte. Tú eliges.
-Joder -Maite hizo un gesto brusco y despectivo-. ¿Y por qué tengo que darle el gusto? Menudo papelón.
-No tienes, Maite -contestó Paula, acentuando todas las sílabas-. Ni siquiera debes. La cuestión es si quieres. Si te animas. Cualquier elección es buena si es responsable, es tuya, y es libre. Y, por supuesto, si no haces daño a nadie con ella.
Controlar sus impulsos era una de las especialidades de Maite. Tenía que hacerlo para no volverse loca en el trabajo. Paula, además, tenía una personalidad narcotizante, que le facilitaba la tarea. Maite respiró por la nariz para conseguirlo, notando la tensión y distensión del diafragma.
-¿Y si no quiero?
-Pero quieres -dijo Paula volviendo a su archivador-. He visto a docenas en tu situación. Y tú quieres. Lo que de ahí salga… ya se verá.
Docenas, pensó Maite. Antes de Pablo y de ella había venido mucha gente. Algunos se subían al carro y otros no. Maite estaba intrigada: ¿cómo habían reaccionado esas personas que la precedían? Lo mismo se habían ido dando un portazo. O se habían suscrito a Abdlia antes de la hora de comer. Ahora llegaba su turno. Su turno de cagarla, quizá. La jodienda era que la podía cagar dijera lo que dijera.
-¿Y cómo…?
Paula se lamió un dedo y pasó página muy despacio. El crujido del papel y de los plásticos protectores puso a Maite aún más nerviosa.
-Lo que ya has visto. Mucha ternura. Mucha palabrita dulce. Mucha atención. Muéstrate protectora y accesible. Cuídalo, en el más amplio sentido del término, y déjale ser como quiera. Dentro de unos límites, claro. Tú estás al mando…formalmente -Paula la miró y le guiñó un ojo-. Que siempre haya acuerdos, pero que no lo parezca.
-Naturalidad.
-Sí, eso es clave. A los ABDL les encanta -dijo Paula, y le señaló la salida-. Segunda planta, sala tres. Las escaleras están justo ahí afuera, a la izquierda.
Una respiración honda y un disimulado estiramiento de hombros después, Maite salió al pasillo, se despidió de Paula y entrecerró la puerta del saloncito. Ahí, a unos pasos, estaban las escaleras, dispuestas a llevarla a un nivel superior -o inferior, según se mirase- de su relación de pareja. Eso de que hay gente para todo es una verdad con mayúsculas, pensó Maite. En cierto sentido, también se le aplicaba a ella, porque iba a probar.
Tras dejar atrás los quince peldaños -¿por qué los había contado?-, repartidos en dos tramos de ocho y siete, separados por un descansillo, Paula se encontró en un corredor iluminado con halógenos y amenizado por el zumbido sordo de las cañerías. La segunda planta se caracterizaba por ser íntima e impersonal al mismo tiempo. Tenía algo de antro y algo de monasterio; la decoración, mucho más discreta, se limitaba a fotos enmarcadas de los usuarios -no necesariamente ejerciendo de little ni de caregiver- dispuestas a intervalos regulares sobre el viejo papel de pared, de un mustio verde oscuro. A los usuarios de Abdlia debía encantarles lo retro, porque la última casa empapelada que Maite conocía había sido la de sus padres. Eso era mucho de los años 80 y 90. Podía imaginarse por qué los usuarios habían escogido ese papel y ese color.
Ninguna foto ni ningún fotografiado se repetía y a Maite la tranquilizó saber que Abdlia tenía una historia detrás. Que no era fruto del delirio colectivo ni de la improvisación. Ese convencimiento la arropó mientras se dirigía hacia la sala tres, que encontró con facilidad. Detrás de aquella simple puerta de madera, de aspecto añejo, la estaba esperando uno de los momentos más decisivos de su vida. O más what-the-fuck. Imposible saberlo de antemano.
-¿Pablo? -musitó-. ¿Pablo?
Nadie contestó. Reinaba una quietud tensa, de película de suspense. Si un mastuerzo con máscara blanca y cuchillo jamonero hubiera salido de alguna de las puertas, a Maite no le habría extrañado. Pero aquel edificio era la sede de un club BDSM, no un escape room rural. Si aquello no resultaba, Maite les recomendaría que cambiaran de sector; por lo tétrico de los alrededores saldrían ganando.
-¿Pablo? -insistió Maite-. Soy yo. Soy Maite.
De una chapa con forma de cabeza de león colgaba una aldaba. Maite la hizo sonar y agarró el picaporte.
-Voy a entrar.
Y lo hizo. Con cautela, pero mucha seguridad, pasó dentro, cerró la puerta y permaneció de espaldas al interior unos segundos. Aunando fuerzas, quizá. O dando una última oportunidad a Pablo de pensarlo mejor y renunciar. Porque, cuando ella se diese la vuelta, ya no podría. Lo que viese se le quedaría grabado para siempre en la memoria.
-Hola, bebé -dijo Maite. Después de años llamándolo así, era la primera vez que lo usaba con una mínima propiedad-. Me has dado un sorpresón.
-Ho… Hola… Ma…Mami.
La voz de Pablo sonaba entrecortada, frágil. Maite no sabía si formaba parte del juego o si lo que ocurría era que Pablo estaba igual de acojonado. Lo iba a descubrir pronto. En una cosa le daba la razón a Paula: para Pablo no debía ser tampoco nada fácil. Le echaba huevos, a su manera.
Se volvió hacia el centro de la habitación. Pablo estaba tumbado boca arriba sobre un mantelillo de juegos gris extendido a modo de alfombra, vistiendo una camiseta corta, con estampado de cochecitos y locomotoras. El chupete afloraba de su barba como una boya azul. Un grueso pañal desechable, adornado con una cinta de plástico como de dibujos animados hacía las veces de calzoncillo. Tenía abiertas las piernas para estar más cómodo -el manspreading más inofensivo de la historia-, pero no debía de estarlo mucho, porque se medio tapaba la cara con un osito de peluche muy sobado, al que le habrían venido bien un par de lavadoras. Y por si las sorpresas fueran pocas, Maite descubrió una adicional: su novio se había depilado de cuerpo entero. En los demás detalles de la habitación se fijó de pasada: la cama, el armario, el sofá y los ganchos y argollas de las paredes y el techo.
Ninguno se atrevía a hablar. Maite sentía una presión malsana en el pecho; la del actor que se olvida su texto el día del estreno. A fin de cuentas, la mami era ella, ¿no? La caregiver. ¿Desde cuando una mami no sabe qué hacer?, pensó. Debía emanar autoridad. Seguridad. Afianzar los roles y marcar límites. Sabía que lo de los límites era cosa de dos, pero… ¿Cómo iba a ponerse al mismo nivel que el… sumiso? ¿Se decía así, no?
Pablo tuvo más valor. Se quitó el chupete y dijo:
-Gracias, Mai. Gracias.
-Llámame mami, bebé.
Ahí estaba. Su primera interacción. ¿Cómo había estado? ¿Bien? ¿Mal? ¿Lo había dicho en el tono adecuado? Se fijó en Pablo. Trató de adivinar lo que sentía, pero él seguía tapándose con el osito. ¿Podía ser parte del juego fingir un poquito de vergüenza?
«Ho…Hola… Ma…Mami»
-No sabía si te atreverías, mami.
-Valiente que es una.
-Sí. Mami es valiente. Yo quiero ser valiente como mami.
-Muy bien.
Se arrodilló junto a él y, con toda la ternura que le cupo, le tomó las manos y se las besó. Pablo seguía reacio a enseñar el rostro, como si le dijera: “Sí, este también soy yo, no me juzgues”.
-Te quiero, bobito. No tengas miedo.
Un escalofrío sacudió el cuerpo de Pablo, como si lo hubiera atravesado una corriente de alto voltaje. Irradiaba un calor tan intenso que Maite tuvo que separarse un poco, porque estaba empezando a sudar. Miró el radiador: no estaba encendido. Pablo calentaba el cuarto él solo.
-Tranquilo, campeón.
Pablo se abrazó al osito y giró sobre su eje. Luego, en posición fetal, se encogió, como si le doliera algo. Joder, pensó Maite. Es mi novio, no mi mascota. ¿Qué cojones le digo?, protestó para sí. Además, ¿no era eso lo que quería Pablo? ¿Qué le pasaba ahora? Seguro que tenía ella la culpa. Lo estaba haciendo fatal.
-Mami está contigo y no tienes nada que temer, amor.
Le acarició el pelo, sintiéndose insegura de ir más allá. Él no interactuaba y eso la desanimaba por completo. Como último recurso, lo único que se le ocurrió fue levantarle la camiseta y darle un mordisquito en la cintura, apartando un poco el pañal.
-Estás para comerte, pequeñín. El caramelito de mami -otro mordisquito-. Dulcecito y suave.
Maite era un mar de confusión. Un mar que se alzó en horrenda tempestad cuando Pablo, de repente, se echó a llorar. Temblaba, sollozaba y tartamudeaba, abrazado a su osito como un náufrago a una tabla de madera. Maite, asustada, se convenció de que debían parar. Se le daba tan mal aquella mierda que había hecho llorar a su novio. Lo ayudó a sentarse y descubrió que se le caían los mocos y la baba. Lloraba, literalmente, como un crío. Es la puta última vez, se dijo Maite. La puta última vez.
Se abrazaron. Maite notó cómo las las lágrimas de su novio rodaban por su propio cuello abajo. Habían compartido muchas cosas antes, pero nunca las lágrimas. Curiosamente, eso la hizo sentir mejor. Recordó lo que había dicho Paula sobre genitalidad: aquel acto de abrazarse en medio del llanto, por simple que fuera, resonaba con una melodía íntima y propia. Ni era follar ni se le parecía, pero tampoco era la clase de actividad que se hacía en público. No sabía si era excitante, pero desagradable, tampoco.
-Lo siento -dijo Maite. Y exhaló un suspiro cansado-. Es mejor que nos olvidemos de esto y nos piremos.
–Mai…Mami…Yo…
-Shhhhhhh. Anda, no llores. Tranquilízate.
Maite se obligó a sonreír. Era como estar abrazada a un inmenso reloj despertador, de esos antiguos, porque Pablo hacía un ruido parecido: vibraba y se agitaba con cada sollozo, completamente entregado. Entregado… ¿a ella? Sí, eso debía ser. Entregado al cien por cien. De eso se trataba, si los consejos de Paula se ajustaban a la realidad. La cuestión consistía en determinar si los dos se sentían cómodos.
-Mami, te quiero mucho. Gracias.
-¿Por qué? Soy un desastre. Apenas hemos hecho nada.
-¿Nada?
Pablo se limpió el rostro con el antebrazo. Maite se quedó pensando en si debía llamarle la atención y decir “eso no se hace, cochino”, o alguna frase por el estilo. Quizá fuera lo suyo, pero por pensar demasiado -le pasaba a menudo- perdió la ocasión.
-Mami, no estoy de acuerdo.
-Ah… ¿Entonces?
-¿Entonces? -Pablo sonaba casi como él mismo, pero más tierno y vulnerable-. Te documentas, investigas, vienes hasta aquí, experimentas y subes a verme, aun imaginando cómo me ibas a encontrar. ¿Eso es nada?
Se le quebró la voz y Maite tuvo que volver a abrazarle, porque Pablo retomó los pucheros. Descubrió entonces que se sentía ligera. Liberada. Alineada con su novio, a pesar del contexto. Le daban igual la camisetita, el pañalito y el chupete. Si a él le hacía ilusión, que se los dejara puestos. Seguía siendo Pablo.
-Pensé que lo hacía fatal -confesó Maite-. Como seguías callado, sin decir nada, pues… ¡yo qué sé!
El aliento de Pablo en sus sienes hizo que Maite se estremeciera. Era como el vapor de una sauna, pero más denso. En vez de esfumarse, se adhería a la piel.
-Lo haces genial. Lo haces estupendamente. Eres maravillosa. Eres… la mejor.
-Ya será menos.
-Mami -Pablo la abrazó, la achuchó, la estrujó como si quisiera fundirse con ella-. Mami…
Maite se levantó y ayudó a su novio a hacer lo mismo. Le hizo gracia que quien estaba en pañales le sacara casi una cabeza entera. Aquel teatro improvisado que, a diferencia del clásico, jamás sería representado ante el público, tenía su puntito de coña. Había hecho cosas más vacías y aburridas en su vida. Incluso con Pablo.
Lo llevó de la mano a la cama. Pablo, muy contento, se puso de rodillas sobre sus talones. Sonreía como si le fuera la vida en ello. A Maite le calentó el alma esa sonrisa, porque sabía que ella era su principal causa. Pablo la había condecorado con su confianza, ella se la devolvía centuplicada y entre los dos fluía -Maite no tenía explicación para eso- una especie de alegría desbordante. Una emoción tan potente que llegaba a intimidarla. Fue entonces cuando Maite se dio cuenta.
-Un momento -apoyó la mano en el frontal del pañal y tiró hacia arriba-. ¿Te has hecho pis?
-Yo… Mami…
-¿Sí o no? Dímelo. ¿Estás mojado, bebé?
-Eh… Bueno…
-O sea, que sí, vamos. Que te has meado bien meado.
-Es que…
-Menudo meón tengo de novio.
-Pensé…
-Se lo pienso contar a todas mis amigas: “Mi Pablito usa pañales porque se hace pipí”.
-Pero…
Nada de peros, pensó Maite. Le puso un dedo sobre los labios y Pablo se quedó paralizado, a excepción de su boca, que se apropió del dedo y se puso a chuparlo sin el menor reparo. Cuando Maite lo retiró, se fijó en las marcas de los dientes de su novio, que conformaban un sensual anillo entre el nudillo y la uña.
-Mírate -prosiguió Maite, del único modo que se le ocurría-. Tan grandote, tan fuertote y haciéndote pis encima. ¿No te da vergüenza?
-Un.. un poquito, mami -dijo Pablo, abrumado-. Fue… fue sin querer.
-Ya, claro. Sin querer.
-Cuando me eché a llorar me despisté un montón y…
-Pues a mami no le gusta que su nene se haga pipí -Maite ya no sabía cómo seguir. Buscó más salidas- Nene malo. Malo, malo, malo.
Los instintos de Maite le jugaron una mala pasada, identificando cada una de esos tres adjetivos con un rotundo y restallante palmetazo en el trasero desnudo de Pablo. Se vio a sí misma sentada en la cama. Agarrándolo por la cintura. Con él sobre sus muslos, boca abajo y culo en pompa. Se imaginó bloqueando el movimiento de los brazos de Pablo. Ignorando sus últimas y desesperadas súplicas y poniéndolo en el lugar donde se pone a los niños malos: en el rincón y con el culete como una rosa. Una rosa encarnada, claro.
-Lo siento, mami -dijo Pablo. Sonaba a auténtica disculpa-. No volveré a hacerlo si mami no quiere.
-Muy bien. Me gusta cuando eres obediente.
Joder si le gustaba. Le gustaba tanto que iba a empezar con las órdenes de inmediato. A tal efecto, sin previo aviso, se subió a la cama con Pablo y con una tranquilidad muy calculada, fue arrancando cada una de las tiras adhesivas del pañal. Risss. Rass. Pablo se dejaba hacer, con los músculos en tensión y el chupete a punto de salir disparado desde su boca como el corcho de una botella de champán. Rasss. Maite sonrió. Riss. Arrancó la última, pero no dejó caer el pañal, sino que lo recogió con el otro brazo y se lo retiró a Pablo de entre las piernas, haciéndolo de manera en que le rozase lo máximo posible. Se había meado, sin duda, porque el pañal pesaba demasiado como para estar seco. Sin dignarse a mirarlo, Maite hizo un rollo con la prenda y la arrojó a la moqueta. Notó una vaharada de olor agrio, que se esfumó rápidamente. Por lo demás, Pablo no olía a pis sino a su colonia de siempre y a ropa limpia. Y a algo más, que Maite no supo identificar al principio. Como a recién fregado, o a sus viejas cajitas de maquillaje, siempre revueltas en el neceser.
-Ah… claro. Ya entiendo. ¿Te has echado el talquito tú solo?
-Sí, mami. Yo solito.
-¡Guaaaaau! Como los mayores.
Y para su satisfacción, los ojos azules de Pablo se convirtieron, por un divino y maravilloso instante, en zafiros de mil quilates. Maite hubiera querido atesorar ese momento. Quizá sí, quizá fuera afortunada. Incluso rica.
-Me… ¿me cambias, mami?- preguntó Pablo, tímido-. Se me podría escapar otra vez y no quiero que te enfades.
No te pases, tío, se dijo Maite torciendo la boca.
-No, no, no, no… Nada de más escapes ni fugas, meoncito mío -y al decir eso, le pellizcó a Pablo una mejilla-. Vete a la ducha y cuando estés limpito, vuelves con mami, que mami quiere hablar contigo.
-Pero mami…
-No me discuuuuutas -Maite añadió las vocales suficientes para crear el efecto necesario-. Ve.
Por toda respuesta, Pablo se dejó caer en la cama con los ojos cerrados, en la postura en que se hacen ángeles de nieve.
-Joder…
No era una palabra de niños buenos, pero Maite decidió no abusar. Quizá Pablo necesitara un descanso. Se volcó en él y sobre él. Lo besó. Una, dos, tres veces. Luego fue él quien la besó a ella y Maite acogió la lengua de su novio en su propia boca, en donde, enlazadas, ejecutaron una danza de cortejo digna de un documental de la segunda cadena.
-¿Cansado? -quiso saber Maite- Para ser la primera vez igual hemos ido muy rápido.
-Qué va -Pablo se puso hablar con total incontinencia, haciendo sentir a Maite como una artista que recibe ovaciones desde el escenario-. Ha sido la hostia, has estado genial. Super cariñosa. Super amable. Super cercana. Has dicho cosas… Dios, lo del talco casi me mata. Y el mordisquito, eso ha estado top, de verdad. Y cómo me has quitado el pañal, con ese… Y el pellizco. Y cómo me has consolado. Y lo de tus amigas… ¡Buah! ¿Cómo se te ha ocurrido? Y…
Maite se encogió de hombros. Hubiera querido hacer una reverencia, pero le costaba aceptar que semejantes chorradas fueran importantes para Pablo. Que las valorase hasta tal punto. Al final, Maite hizo de la artista que no era y tiró de falsa modestia:
-Ya ves tú qué cosa -compuso una sonrisa afectada, de vedette-. Iré mejorando.
-Imposible, es imposible -Pablo se atropellaba al hablar-. Y cómo me hablas y cómo me miras. ¿Y cuando me dijiste si me había hecho pis? Joder, no me lo esperaba. Qué momentazo, joder. Y cuando…
-Oye -le interrumpió Maite-. Si no recuerdo mal, te mandé a la ducha. ¿Es que me vas a desobedecer?
Casi pudo percibir el asombro de Pablo como algo físico. Tenía un sabor especial. Ácido y sugerente. Pablo miró a todos lados, como si lo hubieran invitado a un programa de bromas con cámara oculta. Era evidente que le costaba procesar la experiencia.
-Creía… -Maite le quitó las creencias con una mirada fiera, incontestable-. Sí, claro. Voy.
-¿Voy… qué?
-Voy a la ducha -dijo Pablo, gateando por la cama-. Voy a la ducha.
Maite lo agarró por el tobillo y Pablo se dio de bruces contra el colchón. Acto seguido, le propinó tres nalgadas como tres chupitos de tequila: a la izquierda, a la derecha y al centro.
-Voy -¡PLASS!- … A la ducha -¡PLASS!- … Mami-. ¡PLASS!
Ninguna respuesta. Ni un solo movimiento de Pablo. Los azotes lo habían dejado en un estado de postración absoluta. O eso, o simplemente es que está flipando, pensó Maite. Igual se había pasado. Pero la disculpa fue innecesaria, porque Pablo se rehizo, se puso de pie y se metió en el baño sin decir nada más. Cerró la puerta y Maite se lo imaginó frente al espejo del baño. Contemplando, encandilado, las marcas que mami le había dejado en su culito travieso.
Al oír el chispeo de la ducha, Maite también se levantó y rebuscó por los cajones. No tenía ni idea de lo que iba a encontrar, ni si había de veras algo que encontrar, pero necesitaba hacerlo. Estaban todos vacíos. Todos salvo uno, en el que había una cajita de cartón rosa con un lacito y una tarjeta insertada. Maite sacó la tarjeta de la ranura y la leyó.
“Para cuando Pablito se porte mal.
Con cariño:
tus amigos de Abdlia”
Dentro había una paleta de azotes de madera, tallada en forma de corazón. En el reverso, pegada con celo, Maite encontró una segunda nota, escrita a mano con letras redondas y airosas, de colegio de monjas:
“Felicidades. ¡Ya eres un dato estadístico más!
Un beso
Paula”
Maite se echó a reír a grandes carcajadas mientras hendía el aire con su nueva herramienta, dando palazos a diestro y siniestro.
-¡Estadística! -decía una y otra vez Maite- ¡Estadística!
-¿Me dices algo, Mai? -la voz de Pablo sonaba muy apagada por culpa del chorro de la ducha-. No te oigo.
-¡Nada, nada! ¡Termina pronto!
Pablo cerró el grifo dentro del baño y Maite, como si fuera una señal, se sentó en el borde de la cama. Con una extraña solemnidad que a ella misma asombró se quitó la blusa y luego la falda, quedándose en sujetador, braguitas y medias. Los zapatos se los dejó puestos. Qué pena no llevar tacones, pensó Maite. Y así, tan ansiosa como segura de sí misma, se quedó esperando, dando golpecitos con la pala contra la palma de la mano contraria.
-¡Ya voy! -le comunicó Pablo- Me estoy secando.
Maite se soltó el pelo, sintiendo que al mismo tiempo se desprendía de su corazón una espina que llevara ahí clavada años y años. María Teresa: Reina de Espinas, se dijo. Algo trillado, pero sonaba bien. Tenía que buscarse un nombre como dómina, si es que se iba a convertir en una. O quizá fuera innecesario, porque a ella solo le interesaba su chico y no pensaba compartirlo con nadie. Esos ojos, esas manos, esos morritos y ese culito serían suyos para siempre, o por lo menos hasta que el destino lo ordenase de otro modo. Suyos y de nadie más.
-¡Voy! ¡Ya termino!
La puerta se abrió y Pablo salió del baño desnudo. Llevaba el chupete colgado del cuello y un pañal limpio en la mano. Cuando la vio, se quedó de una pieza en el umbral, completamente arrasado por la admiración y el asombro, pero eso no impidió a Maite pronunciar la frase que llevaba media hora preparando.
-Eso -dijo con voz aflautada-. Termina pronto y ven con mami.
-Pero… Yo…
-Ven, Pablito. Ven con tu mami.
Y con el subsiguiente palazo en la almohada, Pablo tembló como un bloque de gelatina. Aun así, reunió el valor suficiente para agachar la cabeza y susurrar las dos palabras mágicas:
– Sí, mami.
FIN