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Un blog ABDL (+18)
Edito: Para que no queden dudas sobre el alcance y el contenido, he decidido fijar este post en la parte superior del blog
Hoy doy comienzo a historias abdl; un pequeño proyecto personal -no sé si debería llamarlo así- que llevaba mucho tiempo rondándome la cabeza.
Lo primero es presentarse, ¿no? Mi nombre no es relevante («il messaggiero non é importante«), pero me podéis llamar Stephan. Soy un anónimo ciudadano español de edad comprendida entre los 35 y 45 años, casado y con un hijo. Vivo desde hace años en una de las 3 ciudades más grandes de España, en la que soy forastero, ya que nací en un lugar pequeño, húmedo y decadente de ese mismo país. Ejerzo una profesión liberal y me apasionan la música, los libros, los juegos de mesa y cuantas nerderías y rarezas os podáis imaginar. Soy un tipo apasionado, como podréis comprobar, romántico incurable e inconformista enfermizo. Valga como resumen.

Y me gustan según qué cosas
Pero, de entre todas estas pasiones, aquí os voy a hablar de la que acaso es más vieja e íntima: el ABDL. Con ello no pretendo hacer apología de lo que soy, ni convencer a nadie de que lo practique o lo deje de practicar. Me importa más dar a conocer o divulgar cuestiones relativas a esta peculiar y (¿lo pilláis?) absorbente afición, por llamarla de algún modo. Compartir historias, experiencias y gustos. Conocer y conocernos mejor.
Dicho esto, paso a describiros muy por encima las pautas generales que voy a seguir en el blog:
– Ya que hablaremos de cuestiones relacionadas con la sexualidad, este es un blog +18. Creo que los menores no deberían leerlo, así que, si lo eres, no lo hagas, por favor. Mejor busca otros contenidos. Para WordPress, este es un blog de adultos.
– No obstante lo anterior, lo máximo que encontrareis aquí es, como mucho, fotos y textos con clara carga erótica o referencias sexuales, pero no pornografía. Algo perfectamente normal en un blog sobre fetiches.
– Me gusta escribir relatos eróticos ABDL (o no) y de vez en cuando postearé alguno, como decían los Cradle of Filth : «For your vulgar delectation«. Lo que encontrareis en ellos es, insisto, lo que ya he descrito en el párrafo anterior. No os hagáis ilusiones :P.
«In marble ballrooms of delight
The erotic and the wicked dance alike«– Si encuentras algo que consideres que es tuyo, de tu propiedad o derecho, o de un tercero, escríbeme y será retirado inmediatamente.
– Haré lo posible por actualizar el blog dos veces por semana. Espero cumplir, pero tampoco puedo garantizarlo. La vida es dura.
– Habrá bastantes posts enfocados a hablar de algo que a casi todos los abdl nos obsesiona: el origen de nuestro fetiche. Tengo mis propias dudas y, como decían Faemino y Cansado «las voy a exponer» en el blog . No es una teoría científica -no soy psicólogo-, solo una mera opinión o aproximación desde la experiencia. Al fin al cabo, en mi blog digo lo que quiero.
¡Cómprate un bajo y ve por ahí a tocar en pañales!
– Contaré ciertas experiencias personales también, tanto de mi infancia como mi adolescencia y vida adulta, relacionadas en su mayoría con el ABDL y que de algún modo de marcaron. Quizá os identifiquéis con ellas. O puede que os parezcan increíbles. A lo mejor pensáis que me las estoy inventando. Vosotros decidís.
– Soy un obseso de la libertad de expresión. Solo borraré o retiraré comentarios, links o similares que de una forma clara contravengan las políticas de WordPress o, de algún otro modo, puedan entenderse como calumnias, injurias, u otro tipo de conductas ilegales.
– El sentido del humor está en horas bajas en mi país. Vamos a ver si lo retomamos un poquito y nos divertimos todos: vosotros y yo. No hace falta ponerse demasiado serios para hablar de cómo y con qué lo pasamos bien. Tan contentos.
– Para cualquier cosa que me queráis contar. Para charlar. Contactarme. Saludarme. Para intercambiar experiencias. Para preguntarme mi opinión, o para intentar venderme un alargamiento de pene (¡buena suerte! :P), sentíos libres de escribirme a nenitomojadito@gmail.com .
¡Un abrazo -o mimo- a todos y vamos allá!
Stephan
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«¡Soy ABDL!» : Una anécdota muy real
Lo he dicho varias veces y lo sigo diciendo: aunque tendamos a pensar que hay muy pocos ABDL, la auténtica verdad es que somos todos los que estamos, pero no estamos todos los que somos.
Hay muchas razones para no decir “Soy abdl”. La primera, claro, es la vergüenza, el dichoso “qué dirán de mí”. Pues bueno. Dirán que eres ABDL. Lo tendrás que asumir. No te apures, rey…
De miedos muy similares, en el fondo, ya se reían los Mecano hace 25 años.
También es porque no todo el mundo se autoexamina ni tiene una rica vida interior, por decir así. Hay muchas personas a las cuales la inercia del día a día les puede tanto que nunca se han parado a pensar qué fantasías tienen ni cuáles les gustaría poner en práctica. No es raro que la gente descubra sus fetiches a los 40, por ejemplo. Ni que no los disfrute hasta los 50. O nunca jamás.
Ahora bien; no pretendo con esto criticar ni culpabilizar a nadie de lo que siente y cómo lo siente. Yo soy ABDL y lo llevo muy bien; otras personas, no tanto. Lo cierto, y esto también lo he de decir, es que cuando hace 20 años me relacionaba con otros kinksters, todos teníamos la sensación de que en el futuro -o sea, ahora- este tipo de prácticas, fantasías o conductas estarían mucho más aceptadas y nadie tendría que esconderse en exceso para llevarlas a cabo. Sin embargo, mi percepción actual es que, aunque la comunidad ha aumentado gracias a internet y el número de chicas abdl es mayor que antes, la aceptación sigue siendo problemática, al menos en mi país.
Tampoco creo que la cosa sea mucho mejor en el extranjero. Los españoles tendemos a pensar que vivimos en el Paleolítico, pero luego cruzamos la frontera y nos damos cuenta de lo mucho que se estilan las flechas de sílex en Francia, las lascas en Alemania y las pinturas rupestres en Inglaterra. No sé si me explico.
Casi os puedo escuchar diciendo: “¿Y a mí qué cojones me cuentas, pitufo filósofo?” XD.
Ya vooooooooooooooooooy, ya voooooooooooooooooooooy. ¡Qué impacientes, joder, no puede uno reflexionar ni dos párrafos!
Hoy os traigo una anécdota relativamente reciente y que abonará mi tesis al respecto de los pocos que se atreven a decir lo de “yo soy ABDL”. Os aseguro que es verídica y que sucedió en un contexto completamente natural. Pinky promise.
De vez en cuando juego a videojuegos online con mis amigos de toda la vida. Cada uno hemos ido a parar a puntos distintos de la geografía de España, pero hacemos lo posible por mantener el contacto. Y…bueno, lo de jugar online suele ser más divertido, así que con los colegas de siempre, pues mucho más. La mitad de las veces no atendemos apenas y nos dedicamos a contarnos nuestras vidas y a meternos los unos con los otros. Nada de raro ahí, imagino que más o menos todos los tíos que pasamos de los 30 y/o 40 hacemos lo mismo.
Un día que habíamos quedado para jugar Mobas, uno de mis amigos -vamos a llamarle Raúl- llegó tarde y el muy cabrón, además, borracho como una cuba después de una comida de empresa o similar, así que, si ya no solemos hacer mucho caso a los juegos, aquel día menos que nunca.
Empezamos, para variar, a meternos los unos con los otros (“no sé si eres más manco que gilipollas o al revés, tron…”, “dios, solo de oír tu voz de mierda me pongo enfermo…”, etc.). Perdimos la partida, claro, pero como somos unos putos cuarentones, nos gusta pensar en que al otro lado de las pantallas habrá un puñado de adolescentes autoafirmándose gracias a esa, su ridícula victoria. Y eso es bueno, como el yogurlado XD.
En fin. El caso es que juntar a unos cuantos maromos -uno de ellos borracho- a decir barbaridades por un chat es fórmula segura para que acaben hablando de sexo. Y así fue. Que si tal personaje del juego me recuerda a fulanita, que si el otro día salió menganita en una noticia, “joder, cómo le daba”… Todas esas cosas. Muy bronversation, ya me entendéis. Tampoco va a ponerse uno a charlar de metafísica mientras aniquila monstruitos electrónicos, ¿no?
En un momento dado, salió el tema de cierta celebridad nacional que, como sabemos todos en la pandilla, es el amor platónico y no tan platónico de Raúl. No le juzguéis, seguro que a todos y todas (y todes, venga) os pasa lo mismo. Cada cual fantasea lo que quiere, ¿qué pasa? 😛
A partir de aquí, voy a intentar transcribiros el diálogo entre los 3 amigos que estábamos conectados: Raúl, David y yo (Nenito), tal y como, más o menos, lo recuerdo. ¡Pasen y vean la bronversation!
Disclaimer: Nivel de Bro-ismo EXTREMO XD
R: Ayyyyy. Ella no sabe ni que existo, pero yo la amo. ¡La amo!
N: Tíiiiiio, qué mal. Se ha echado un novio nuevo, según la prensa. ¿No te mueres de rabia? ¿No querrías retar a duelo al novio y cargártelo?
D: Igual con follártela te dabas por satisfecho, con novio nuevo o sin novio nuevo. Tú no eres celoso, ¿no?
R: (borrachísimo y con la voz gangosa) ¡Blasfemia! ¡Blasfemia! Si yo no soy digno, ¿quién lo va a ser?
N: Ya, yo creo que solo con poder dirigirle la palabra te daba un síncope. Y follar, ni hablamos.
R: Yo solo quiero estar a sus pies. ¡Mi señora! ¡Mi diosa! ¡Aquí me tienes!
D: (citando en tono épico)»¡Arise, my champion!«
N: (continuando la cita) ¡At your side, my lady!
R: Haría todo lo que ella me dijera.
N: (Risas) ¿Como qué, tío turbio, como qué?
R: Me vestiría como ella me dijera. ¡Yo qué sé!
N: Algo me dice que tienes alguna cosa en mente.
D: ¡De humilde lagarterana!
N: ¡De oficial de la Werhmacht!
R: Nah, nada de eso, ¡qué va! Ni de lejos.
N: Huuuuy… qué misterioso. Seguro que es algo delirante, inconfesable…¡Penitenziagite!
D: ¿Qué será? ¿Qué será?
R: ¿Y si fuera, por ejemplo, un traje de cuero?
D: No sé, no te veo yo en plan amo exigente con ella.
R: Nah, no es eso, no…
N: Eh, tron, tranquilo, tus fantasías son tuyas. Paz, hermano.
R: ¿Y si fuera su mascota?
N: Pues muy guay. A mucha peña le mola eso.
D: Bastante, sí. Furros a tope.
R: (dubitativo) Y si fuera… ¿un pañal cagado?
(y se hizo el silencio)
N: (Retomando la conversación unos larguísimos segundos después) Pues hombre, la mayoría de la gente te diría que eso es una perversión aberrante, pero en mi opinión, la única forma que habría de describirte es: “El puto amo”.
R: (Riendo) Pero solo sería en ocasiones especiales. Yo sería su niñito…
N: ¿Una mami que te haga mimitos y te limpie el culete? ¿Quién no quiere eso, jajaja?
D: (Entre descojonado y estupefacto) ¿Queréis atender a la pantalla, cerdos de mierda?
Resultó que Raúl, quién lo iba a decir, también es ABDL. Y mira que hemos sido amigos durante más de 20 años. Fuimos a la misma facultad. Nos hemos emborrachado juntos miles de veces. Hemos salido, viajado y compartido mil experiencias. Y nunca en esos más de 20 años había reconocido o siquiera mencionado la cuestión. Ni aun medio sabiendo ya, como medio sabía, que yo soy ABDL.

Y vosotros también lo sabéis, claro Por eso, mi propuesta es que os arméis de fe y paciencia: el día que menos lo esperéis, algún compi ABDL saldrá del armario delante de vosotros. Y espero que estéis allí para tranquilizarle, decirle que no pasa nada y… ¡quién sabe! A lo mejor, si los dioses de la heterodoxia y el frikismo así lo quieren, para mucho más 😉
Somos legión.
¡Divertíos, peques!
Stephan
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Probando los pull-ups
¡Hola a todos, chic@s!
Lo primero: espero que estéis todos bien y petándolo a tope. Yo sigo en mi senda de recuperación física y mental. Voy poco a poco, pero no me quejo: creo que la primavera me está sentando -salvo por la dichosa alergia- bastante bien.
Hoy, de todas maneras, el post será corto. Una pequeña review, por así decir. Bueno, en realidad, no llega a review, es más una anécdota pañalera o un conjunto de truquitos y tips.
El caso es que a finales del año pasado me entró el capricho de probar los pull-ups de toda la vida. Ya sabéis a cuáles me refiero, ¿no? Los que se venden en supermercados y demás. Nunca los había usado -ni en la vida real ni en la vida “irreal”, ya me entendéis- y a raíz de una conversación con un colega ABDL me entró el gusanillo. Entre otras cosas, por la típica fantasía de de “no, no, no, eso no te sirve, que tú eres muy meón…”. No me digáis que no sabéis a lo que me refiero; al fin y al cabo estáis pululando por este blog 😛
La cuestión más complicada era saber si me iban a servir. Yo soy más bien delgado y alto, como sabéis (1.88 / 79 kg), y la talla más grande disponible decía que el peso máximo era de 57 kg. ¿Me valdrían? Me moría de curiosidad por comprobarlo.
El caso es que al final me animé; pillé un paquete en Amazon y aquí va la fotillo, jejeje:

La verdad es que la sensación es buena, son suaves y agradables de llevar. En lo que respecta a talla y demás me quedan algo pequeños, por desgracia, sobre todo por detrás; como se suele decir, voy enseñando un poco la hucha XD. En lo relativo a ajustes, poco que decir, ya que al venirme algo pequeños me quedan ajustaditos, pero en cuanto al ancho de piernas y demás, la verdad es que bastante bien.
Eso sí: si vuestros pañales os gustan más bien gruesos, está claro que los pull ups no son la mejor apuesta, ya que están diseñados para ser discretos. Los dibujillos, por cierto, no están mal, pero acostumbrado como estoy a los de los Kiddo, Tykables y demás, a mí personalmente me saben a poco. Aunque no es demasiado importante: ya os decía que ha sido un caprichito, más bien.
A nivel de absorción tampoco esperéis maravillas, aunque mi experiencia ha sido bastante positiva y han mejorado mis expectativas. De hecho, me imaginaba que iban a desbordar a las primeras de cambio, y pueden aguantar un poquito más de lo que pensaba. Ojo: un poquito solo. Si sois unos meoncetes consumados mejor seguís con vuestros pañales habituales o lo dejaréis todo perdido («tú necesitas pañaletes bien gorditos, etc.») :P.
Molaría que los hubiera más grandes y con otros dibujitos, yo creo que ahí sí que merecerían más la pena, pero he hecho una investigación al respecto y, al parecer, los Goodnites de la talla máxima, que vienen a ser muy parecidos a estos pero mucho más grandes, no se comercializan en España, y comprarlos en cualquier país anglosajón es un rollo por el tema aduanas, gastos de envío, etc.
La experiencia, en resumen, ha sido bastante positiva. No obstante, me quedo con mis clásicos Kiddo y similares, tanto por el aspecto como por otras razones… de peso, jajajaja.
¡Besos y mimos!
Stephan
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¡Volvemos!
¡Hola, hola, hola, culebras!
Después de un trabajito de remodelación -que todavía no está terminado-, de reparar links, recargar fotos y qué sé yo más, creo que el blog vuelve a estar más o menos operativo 🙂
De manera que, como la primavera la sangre altera, ha llegado el momento de seguir con esta labor tan amena, divulgativa y desenfadada que es subir artículos, historias, fotos, rewievs, opiniones, movidas y todo lo que tenga que ver con el ABDL (sobre todo) y el BDSM. Para vosotros 😉
En principio aún es pronto para deciros nada, pero es posible que el blog se amplíe mucho y, quién sabe, a lo mejor acaba siendo algo más que un blog. Habrá nuevas secciones, muy probablemente otros colaboradores… ¡yo qué sé! Iremos viendo a medida en que vayamos trabajando.
De momento tengo en la recámara un par de entradas y una historia nueva que pronto verán la luz. Y espero, como os decía hace unos meses, poder volver a un ritmo de actualización razonable. Una entrada a la semana, al menos. Tampoco es que sea un compromiso por mi parte; en general las obligaciones le sientan muy mal a mi muy debilitada mollera, pero en fin… Se hará lo que se pueda.
Para cualquier cosa que me queráis contar o aportar, ya sabéis: nenitomojadito@gmail.com
Por último –but not least-: muchas gracias a todos los que me escribís contando vuestras experiencias y opiniones. Lo valoro mucho. Me hacéis sentir que este blog es, además de un hobby, algo de veras útil para vosotros.
¡Besituelos para todos!
PD: ¡Meones! 😛

Yo no. ¡Hoy nooooo! 😀
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Trabajito pendiente
¡Hola, chicuelis!
Lo primero, desearos a todos un Feliz 2024, lleno de éxitos, pañales y mimos 😉
Como ya dijimos en el último post, estamos recobrando fuerzas para volver más a tope que nunca, pero hay bastante trabajo pendiente en el blog.
Resulta que al dejar el blog aparcado se han descuajaringado muchos de los posts, desaparecido bastantes fotos y desconfigurado varias páginas. Me llevará un tiempo volver a subirlas todas y arreglar este desaguisado, pero no os preocupéis, que estoy en ello. Tampoco sabría deciros para cuándo estarán, pero iré corrigiendo unos cuantos errores por semana, a ver si mis infinitas obligaciones me dejan.
En segundo lugar, voy a tener que reemplazar algunas fotos concretas que ya no se muestran. Misterios de la informática; no preguntéis 😉
Y por último, también tengo que chequear algunos posts que han decidido quedarse en modo privado, así como los links internos del blog, ya que muchos de ellos dan errores o no funcionan bien. Como veis, hay trabajito pendiente.
Estad atentos y tened paciencia, porfa. En menos que canta un gallo, volvemos a estar en la cresta de la ola.
Una palmadita en el culete para todos…

¡Sequito y bien sequito! La seño está orgullosa 😀
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Gracias por el apoyo
¡Hola todos, nenitos y nenitas! 🙂
Escribo, casi medio año después de mi último post para daros en general buenas noticias.
En primer lugar, mis problemas laborales parece que se han ido solucionando de la forma más clásica: cambiar el chip, tanto el del trabajo como el de la forma de afrontarlo.
Mis problemas psicológicos siguen ahí pero me encuentro bastante mejor. Este verano, sobre todo, fue durísimo y me he tenido -para variar- que hinchar a medicamentos. No es la primera vez, como ya os he contado en algún post. Ahora parece que estoy más relajado, gracias a dios.
Aprovecho para desearos también Feliz Navidad, que ya está a la vuelta de la esquina. A mí, como sabéis, me encanta. ¿Puede haber algo más ABDL que la Navidad? No sé, yo lo dudo, ¿eh?
También me gustaría agradecer el apoyo que me habéis brindado a través del correo, del Telegram y de cualquier otro medio. Me habéis escrito muchos pidiendo acceso al sitio o dándome ánimos. Muchas gracias; para mí es de mucha ayuda constatar que este blog os gusta y disfrutáis con el contenido, así que ha llegado el momento de volver a él. Muy pero que muy despacito, eso sí.
En cuanto al tiempo, sigo tan liado como siempre o más, pero prometo, en la medida de lo posible, ir retomándolo. Tengo ideas y temas que tratar por un tubo todavía, pero mi cabeza necesita un poquito más de reposo. Sobre todo de esa clase de reposo que os estáis imaginando 😉
Por lo pronto, os mando a todos un besito y un diaper pat (o sea, palmadita cariñosa en el culete, por si no os suena el término).

Exacto: este tipo de relajación
Volvemos pronto!
Stephan
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Hasta pronto
¿Cómo va eso, chicos?
Esta entrada va a ser un poco triste, pero creo que es necesaria.
Después de un año de subir contenido diverso -historias y artículos, básicamente- me he dado cuenta de que este blog se ha convertido en otra de esas innumerables cargas autoimpuestas que son tan típicas de mi vida. A día de hoy, escribir artículos, historias o entradas se me está haciendo cuesta arriba y he decidido hacer un alto antes de que subir contenidos acabe por generarme más infelicidad de la que me quita.
La razón principal es esa, pero hay muchas otras: estrés, ansiedad (en la que soy un experto consumado), falta de tiempo, cambios profesionales -creo que a bien- y un montón más.
Por si fuera poco, no estoy atravesando un buen momento personal. Vuelvo a la medicación en breve y eso me quita las ganas de actualizar y mantener el nivel de compromiso que a mí me gustaría.
Es posible que a medio plazo suba parte de los contenidos a wattpad o a diaperforo, pero para eso antes tendría que tener tiempo y ganas. También es posible que cambie el blog y haga una página un poco más sesuda, traduciendo artículos del inglés o transcribiendo vídeos y demás. Eso podría ser en un futuro no lejano, pero de momento tengo que dejar Historias ABDL en standby.

Eso sí: en privado seguiré siendo el mismo meoncete cariñosón de siempre 😉
No os equivoquéis; ha sido un placer compartir el mundillo ABDL con vosotros y en ese sentido, me alegro de haberlo hecho y de haber ido actualizando el blog con cierta regularidad. Os agradezco mucho el apoyo a los suscriptores, a los que habéis comentado las entradas o contado vuestra experiencia y a las personas que me habéis escrito para saludarme y felicitarme por el contenido. Para vosotros y para cualquier otra persona estoy disponible en en mi mail BDSM: nenitomojadito@gmail.com. También me podéis agregar en Fetlife, si queréis: Nenito82.
No os preocupéis por mí: yo estoy bien. Con unos mimitos a mí se me pasa todo ;).
Poco más que deciros, chicos. Espero tener la fuerza necesaria para volver pronto. Por el momento, se impone un parón.
Un besito y un azotito para todos.
Stephan
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Ser ABDL y la normalidad
Edito: Me he dado cuenta de que por un error esta entrada se había publicado de forma restringida. ¡Corregido!
¿Ser ABDL o no ser? Esa es la cuestión.
Como decía un colega mío cuando se emborrachaba: “Buenas tardes. Inspector de culos mojados. ¡Bájese los pantalones!” La de veces que se lo oí decir y pensé: “Joder, si en vez de inspector fuera inspectora, todo bien. Y si me pone pañales, ni te cuento” XD.
Hoy, al calor de este tardío pero ardiente verano -al menos en la gran ciudad-, quería hablaros de algo serio. Este es un post que he venido postergando durante los últimos meses, sobre todo para que pudierais disfrutar de la cojo-mega-historia ABDL que he venido subiendo por entregas y que es más o menos una especie de manifiesto de este blog. Podéis empezar a leerla aquí y tenéis todos los episodios en el menú, arriba a la derecha.
+++Fin de la innecesaria promosió+++
La segunda razón por la cual he retrasado el hablar de este tema es porque, en general, a mí me gusta más el ambiente festivo, por no decir de cachondeo. Sin embargo, no quiero dejar de tocarlo. Ya empezamos a hacerlo aquí, y hoy seguimos.
Empezaré por deciros algo que quizá no os asombre mucho: esto de ser ABDL pues…. en fin: no es normal. Haré una pausa para que lo asimiléis.
+++Paussa dramática+++
Por favor, que nadie se escandalice. Que nadie se lleve las manos a la cabeza ni me llene la sección de comentarios con lugares comunes (“¡aaaah, ooohhh! ¿y quién define lo que es normal? ¡Mimimimimimi!”). En el blog siempre hemos priorizado el sentido común sobre cualquier otro -excepto, quizá, el del humor-, así que asumamos el adjetivo sin ninguna otra connotación adicional a su significado según la RAE: “habitual u ordinario”.
La premisa, por tanto, es que ser aficionado a usar pañales y chupete mientras finges que eres un niño pequeño no es normal. Y no me toquéis los cojones: no lo es y se acabó. No lo es porque no es ni habitual ni ordinario que un adulto haga eso. Yo intento usar la cabeza y tiendo a creer que la verdad existe así que, por favor: si queréis luchar contra algo, luchad contra la injusticia, no contra las matemáticas o la realidad.
Ser ABDL no es normal. Si lo fuera, explicadme por qué tantos ABDL’s tienen dificultades para encontrar pareja o, por así decir, cumplir sus fantasías. Por qué temen abrirse y por qué albergan sentimientos negativos sobre algo que les hace felices. O debería.

¿Normal? ¿En serio?
No obstante, vamos a dejar las polémicas a un lado, porque en Historias ABDL no nos interesan mucho las polémicas. Somos más de acercar que de separar a las personas. Para separarlas ya están los medios de incomunicación. Y para convencernos de lo mala que es la gente que no piensa como nosotros. ¡Crom les confunda!
La cuestión es la siguiente: de la misma manera que a los que dicen “el rock ha muerto” yo les contesto, parafraseando a Homer: “da igual, porque a mí la muerte me mola un mazo”, a la afirmación “ser ABDL no es normal” solo se puede responder con un rotundo: “¿Y qué?”. Las más veces la conversación devendrá algo parecido a esto:
-Soy ABDL
-Es que ser ABDL no es normal.
-¿Y qué?
-Pues eso, que no es normal.
-¿Y qué?
-Pues que es raro, yo qué sé. Que casi nadie es ABDL.
-¿Y qué?
-Ay, mira, cambiemos de tema.
A lo que voy, peña, es que no hay nada inherentemente malo en la anormalidad. Normal no significa “bueno”. Significa eso: “normal”. Lo anormal no es por definición maligno, execrable o perjudicial. Algunas conductas normales -en el sentido de habituales- son malas (como la hipocresía) y algunas anormales son buenas (como el altruismo). No se me ocurre ninguna razón por la cual se deba proscribir lo anormal, salvo que seas uno de esos individuos cuya máxima aspiración es la de tatuarle a cada ser humano un código de barras en la frente. Que los hay, ¿eh? Se llaman a sí mismos políticos.
Uno puede ser anormal y buena persona. Puede ser normal y mala. Sabiendo eso, que no por obvio viene mal recordar, ¿qué más da si ser ABDL es normal o no? Es más, y aun a riesgo de ponerme orteguiano: ¿desde cuándo lo normal tiene connotaciones aspiracionales? ¿Por qué debemos buscar la normalidad? ¿Hay una alegría o bienestar intrínseco en lo normal? ¿Quién lo garantiza o, al menos, lo postula?
¿Hará falta decir que algunos actos o ideas anormales son malas? Pues claro que lo son. Pero lo que nadie ha podido demostrar, justificar o argumentar -racionalmente, no desde posturas integristas- es que ser ABDL sea algo malo, por muy anormal que resulte visto desde fuera.
Otra cosa es cómo te haga sentir esa tendencia o inclinación para contigo mismo o con los demás, si sufres por ello. Pero sufrirás porque te sientes solo, porque no lo puedes compartir con nadie, porque te preocupa lo que otros piensen de ti, porque temes generar un conflicto con tu pareja si se lo dices, etc. Eso es diferente, y ahí cada cual tiene el deber ineludible de posicionarse frente al problema y decidir qué quiere o no quiere en su vida. En cualquier caso, parece evidente que no es ser ABDL lo que daña, sino la forma de gestionarlo. Y en ese sentido (lo siento, inglispitinglis), existen algunas publicaciones sobre la experiencia ABDL muy interesantes y que recomiendo a quien tenga esa clase de conflictos psicológicos; quizá le sirvan de algo.
Admitámoslo: la vida no se soluciona con ser normal. Se soluciona con buscarle un sentido, desarrollarte y estar en armonía con lo que te rodea, que no es poco. Y diferenciando tu vida privada de tu vida pública y tu intimidad de la de los demás. Y de muchas otras maneras. No con ser normal. La normalidad no es garantía de nada.
Por eso, en Historias ABDL hacemos nuestra divulgativa y lúdica labor desde una perspectiva positiva, alejándonos de dramas e intentando ser justos y objetivos con nosotros mismos y con los demás. No pretendemos normalizar nada, solo dar a conocer la práctica y contribuir a desestigmatizarla (¡toma palabro!). Y lo mismo con el BDSM, del cual solemos tratar una de sus ramas; nuestra rama favorita.

Aunque ramas, lo que se dice ramas, nos molan más…
Ya lo he dicho alguna vez, pero cuando escuché en CSI lo de “hay hombres que solo pueden amar a su madre”, casi me da algo. O cuando en cierto episodio de Bones en el que se mostraban prácticas de pony play el gilipollas del protagonista decía, muy sentencioso: “Esta vida sexual es una mierda” y Bones -a la sazón, también gilipollas- le daba la razón.
En fin, chicos. No quiero enrollarme más. Espero haber sido claro. No pasa nada por ser ABDL, aunque no sea muy normal.
En breves, más historias, incluyendo la secuela de esta. ¡Y muy pronto cumplimos un año! A ver qué se nos ocurre para celebrarlo (admito ideas).
¡Pasadlo bien, mojacamas!
Stephan
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Historias ABDL: «ABDLIA» (V)
En episodios anteriores, I, II, III, y IV
Y aquí está el último episodio de esta cojo-mega historia ABDL, que ha durado hasta hoy. Un último episodio que, como veréis, tiene final bastante «feliz» en términos abedélicos XD. He decidido edulcorarlo un poco respecto a mi idea original para celebrar la llegada del verano y, con él, de las vacaciones, que espero disfrutéis mucho. Un poco de positividad nunca viene mal. ¡Regocijémonos esta noche de San Juan! O Midsommer, o yo qué cojones sé.
Sigo bastante liado con otros proyectos, por lo cual la velocidad de actualización del blog se mantendrá igual durante los próximos dos o tres meses. En cuanto vaya cerrando cosas retornaremos al post semanal, como mínimo. Pinky promise 😉
¡Pasadlo bien! Y recordad: no todo en la vida son pañales y mimos. También está el Diablo IV :P.
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Así que eso era, pensó Maite. Ese era el misterio de la segunda planta, cuya descripción Paula había rehuido varias veces: un misterio forzado. Supuso que la mayor parte de los invitados se enfadaban al llegar aquel momento, pero decidió ser mucho más original. Práctica, quizá. Después de todo, retrasar el primer intento suponía procrastinar mucho. Ahora, por lo menos, estaba del humor necesario y la gente de Abdlia se lo ponía en bandeja.
-No es una broma, ¿verdad?
-Pues no. Hablo completamente en serio, Maite. Pablo llegó como media hora antes que tú y te dejó solo un recado.
-¿Cuál?
-Cito textualmente: “Maite: haz lo que quieras”.
Y el caso es que Maite quería. Quería probar, al menos. Quería explorar. En parte por la situación y en parte por la experiencia. Sin embargo, los nervios hicieron acto de presencia y la colmaron de dudas: ¿Qué debía decir? ¿Qué hacer? ¿Y si salía mal? ¿Debía pedir consejo a Paula? Lo más seguro es que pagara la novatada y que lo hiciera tan mal que decepcionara a Pablo.
-No sé por donde… En fin. Nunca he jugado a este juego.
-Lo bueno de estos juegos -dijo Paula- es que nadie pierde. Es cien por cien ganancia.
-¿Tú crees?
-Ya te lo dije. No lo creo; lo sé.
-¿Podrías venir tú conmigo?
-Mejor no -Paula negó con la cabeza-. Pablo dijo que solo quería jugar contigo y el consentimiento lo es todo.
La fingida maestra se levantó, cogió uno de los archivadores y el subrayador que guardaba en el bolsillo del mandil, volvió al sofá, abrió el archivador y se puso a estudiarlo. Al poco, sacó unas gafitas del mismo bolsillo y se las puso.
-¿No me deseas suerte, Paula?
La respuesta se demoró tres o cuatro rayones del subrayador, que Paula deslizaba de un lado a otro, muy concentrada.
-Si ya tienes suerte -miró a Maite por encima de las gafas-. Y mucha.
-Tampoco te pases, ¿eh? ¿Qué suerte? ¿La suerte de tener un novio rarito?
Paula cerró el archivador y estudió a Maite con aire circunspecto. Esta se preguntó si había dicho algo inconveniente, porque Paula parecía de veras decepcionada, como una maestra que recibe una respuesta incorrecta de su mejor pupilo.
-Mira, Maite -dijo Paula en tono de reprimenda-. Tú lo estás analizando solo desde tu propia perspectiva.
-¿Qué quieres decir?
-Pues algo muy sencillo. Si la confianza es la base de cualquier pareja, Pablo te ha dado la mayor prueba de que confía en ti al contarte estas fantasías que tiene. ¿O es que crees que va publicando estas movidas en Twitter y en el tablón de anuncios de su bloque? Quizá seas la primera persona con la cual lo comparte. Si eso no es tener suerte, dime tú que es. Él no es un capullo que te lo dice a las primeras de cambio, ni el típico imbécil que trata de convencerte de que no puedes negarte. Tú eliges.
-Joder -Maite hizo un gesto brusco y despectivo-. ¿Y por qué tengo que darle el gusto? Menudo papelón.
-No tienes, Maite -contestó Paula, acentuando todas las sílabas-. Ni siquiera debes. La cuestión es si quieres. Si te animas. Cualquier elección es buena si es responsable, es tuya, y es libre. Y, por supuesto, si no haces daño a nadie con ella.
Controlar sus impulsos era una de las especialidades de Maite. Tenía que hacerlo para no volverse loca en el trabajo. Paula, además, tenía una personalidad narcotizante, que le facilitaba la tarea. Maite respiró por la nariz para conseguirlo, notando la tensión y distensión del diafragma.
-¿Y si no quiero?
-Pero quieres -dijo Paula volviendo a su archivador-. He visto a docenas en tu situación. Y tú quieres. Lo que de ahí salga… ya se verá.
Docenas, pensó Maite. Antes de Pablo y de ella había venido mucha gente. Algunos se subían al carro y otros no. Maite estaba intrigada: ¿cómo habían reaccionado esas personas que la precedían? Lo mismo se habían ido dando un portazo. O se habían suscrito a Abdlia antes de la hora de comer. Ahora llegaba su turno. Su turno de cagarla, quizá. La jodienda era que la podía cagar dijera lo que dijera.
-¿Y cómo…?
Paula se lamió un dedo y pasó página muy despacio. El crujido del papel y de los plásticos protectores puso a Maite aún más nerviosa.
-Lo que ya has visto. Mucha ternura. Mucha palabrita dulce. Mucha atención. Muéstrate protectora y accesible. Cuídalo, en el más amplio sentido del término, y déjale ser como quiera. Dentro de unos límites, claro. Tú estás al mando…formalmente -Paula la miró y le guiñó un ojo-. Que siempre haya acuerdos, pero que no lo parezca.
-Naturalidad.
-Sí, eso es clave. A los ABDL les encanta -dijo Paula, y le señaló la salida-. Segunda planta, sala tres. Las escaleras están justo ahí afuera, a la izquierda.
Una respiración honda y un disimulado estiramiento de hombros después, Maite salió al pasillo, se despidió de Paula y entrecerró la puerta del saloncito. Ahí, a unos pasos, estaban las escaleras, dispuestas a llevarla a un nivel superior -o inferior, según se mirase- de su relación de pareja. Eso de que hay gente para todo es una verdad con mayúsculas, pensó Maite. En cierto sentido, también se le aplicaba a ella, porque iba a probar.
Tras dejar atrás los quince peldaños -¿por qué los había contado?-, repartidos en dos tramos de ocho y siete, separados por un descansillo, Paula se encontró en un corredor iluminado con halógenos y amenizado por el zumbido sordo de las cañerías. La segunda planta se caracterizaba por ser íntima e impersonal al mismo tiempo. Tenía algo de antro y algo de monasterio; la decoración, mucho más discreta, se limitaba a fotos enmarcadas de los usuarios -no necesariamente ejerciendo de little ni de caregiver- dispuestas a intervalos regulares sobre el viejo papel de pared, de un mustio verde oscuro. A los usuarios de Abdlia debía encantarles lo retro, porque la última casa empapelada que Maite conocía había sido la de sus padres. Eso era mucho de los años 80 y 90. Podía imaginarse por qué los usuarios habían escogido ese papel y ese color.
Ninguna foto ni ningún fotografiado se repetía y a Maite la tranquilizó saber que Abdlia tenía una historia detrás. Que no era fruto del delirio colectivo ni de la improvisación. Ese convencimiento la arropó mientras se dirigía hacia la sala tres, que encontró con facilidad. Detrás de aquella simple puerta de madera, de aspecto añejo, la estaba esperando uno de los momentos más decisivos de su vida. O más what-the-fuck. Imposible saberlo de antemano.
-¿Pablo? -musitó-. ¿Pablo?
Nadie contestó. Reinaba una quietud tensa, de película de suspense. Si un mastuerzo con máscara blanca y cuchillo jamonero hubiera salido de alguna de las puertas, a Maite no le habría extrañado. Pero aquel edificio era la sede de un club BDSM, no un escape room rural. Si aquello no resultaba, Maite les recomendaría que cambiaran de sector; por lo tétrico de los alrededores saldrían ganando.
-¿Pablo? -insistió Maite-. Soy yo. Soy Maite.
De una chapa con forma de cabeza de león colgaba una aldaba. Maite la hizo sonar y agarró el picaporte.
-Voy a entrar.
Y lo hizo. Con cautela, pero mucha seguridad, pasó dentro, cerró la puerta y permaneció de espaldas al interior unos segundos. Aunando fuerzas, quizá. O dando una última oportunidad a Pablo de pensarlo mejor y renunciar. Porque, cuando ella se diese la vuelta, ya no podría. Lo que viese se le quedaría grabado para siempre en la memoria.
-Hola, bebé -dijo Maite. Después de años llamándolo así, era la primera vez que lo usaba con una mínima propiedad-. Me has dado un sorpresón.
-Ho… Hola… Ma…Mami.
La voz de Pablo sonaba entrecortada, frágil. Maite no sabía si formaba parte del juego o si lo que ocurría era que Pablo estaba igual de acojonado. Lo iba a descubrir pronto. En una cosa le daba la razón a Paula: para Pablo no debía ser tampoco nada fácil. Le echaba huevos, a su manera.
Se volvió hacia el centro de la habitación. Pablo estaba tumbado boca arriba sobre un mantelillo de juegos gris extendido a modo de alfombra, vistiendo una camiseta corta, con estampado de cochecitos y locomotoras. El chupete afloraba de su barba como una boya azul. Un grueso pañal desechable, adornado con una cinta de plástico como de dibujos animados hacía las veces de calzoncillo. Tenía abiertas las piernas para estar más cómodo -el manspreading más inofensivo de la historia-, pero no debía de estarlo mucho, porque se medio tapaba la cara con un osito de peluche muy sobado, al que le habrían venido bien un par de lavadoras. Y por si las sorpresas fueran pocas, Maite descubrió una adicional: su novio se había depilado de cuerpo entero. En los demás detalles de la habitación se fijó de pasada: la cama, el armario, el sofá y los ganchos y argollas de las paredes y el techo.
Ninguno se atrevía a hablar. Maite sentía una presión malsana en el pecho; la del actor que se olvida su texto el día del estreno. A fin de cuentas, la mami era ella, ¿no? La caregiver. ¿Desde cuando una mami no sabe qué hacer?, pensó. Debía emanar autoridad. Seguridad. Afianzar los roles y marcar límites. Sabía que lo de los límites era cosa de dos, pero… ¿Cómo iba a ponerse al mismo nivel que el… sumiso? ¿Se decía así, no?
Pablo tuvo más valor. Se quitó el chupete y dijo:
-Gracias, Mai. Gracias.
-Llámame mami, bebé.
Ahí estaba. Su primera interacción. ¿Cómo había estado? ¿Bien? ¿Mal? ¿Lo había dicho en el tono adecuado? Se fijó en Pablo. Trató de adivinar lo que sentía, pero él seguía tapándose con el osito. ¿Podía ser parte del juego fingir un poquito de vergüenza?

«Ho…Hola… Ma…Mami»
-No sabía si te atreverías, mami.
-Valiente que es una.
-Sí. Mami es valiente. Yo quiero ser valiente como mami.
-Muy bien.
Se arrodilló junto a él y, con toda la ternura que le cupo, le tomó las manos y se las besó. Pablo seguía reacio a enseñar el rostro, como si le dijera: “Sí, este también soy yo, no me juzgues”.
-Te quiero, bobito. No tengas miedo.
Un escalofrío sacudió el cuerpo de Pablo, como si lo hubiera atravesado una corriente de alto voltaje. Irradiaba un calor tan intenso que Maite tuvo que separarse un poco, porque estaba empezando a sudar. Miró el radiador: no estaba encendido. Pablo calentaba el cuarto él solo.
-Tranquilo, campeón.
Pablo se abrazó al osito y giró sobre su eje. Luego, en posición fetal, se encogió, como si le doliera algo. Joder, pensó Maite. Es mi novio, no mi mascota. ¿Qué cojones le digo?, protestó para sí. Además, ¿no era eso lo que quería Pablo? ¿Qué le pasaba ahora? Seguro que tenía ella la culpa. Lo estaba haciendo fatal.
-Mami está contigo y no tienes nada que temer, amor.
Le acarició el pelo, sintiéndose insegura de ir más allá. Él no interactuaba y eso la desanimaba por completo. Como último recurso, lo único que se le ocurrió fue levantarle la camiseta y darle un mordisquito en la cintura, apartando un poco el pañal.
-Estás para comerte, pequeñín. El caramelito de mami -otro mordisquito-. Dulcecito y suave.
Maite era un mar de confusión. Un mar que se alzó en horrenda tempestad cuando Pablo, de repente, se echó a llorar. Temblaba, sollozaba y tartamudeaba, abrazado a su osito como un náufrago a una tabla de madera. Maite, asustada, se convenció de que debían parar. Se le daba tan mal aquella mierda que había hecho llorar a su novio. Lo ayudó a sentarse y descubrió que se le caían los mocos y la baba. Lloraba, literalmente, como un crío. Es la puta última vez, se dijo Maite. La puta última vez.
Se abrazaron. Maite notó cómo las las lágrimas de su novio rodaban por su propio cuello abajo. Habían compartido muchas cosas antes, pero nunca las lágrimas. Curiosamente, eso la hizo sentir mejor. Recordó lo que había dicho Paula sobre genitalidad: aquel acto de abrazarse en medio del llanto, por simple que fuera, resonaba con una melodía íntima y propia. Ni era follar ni se le parecía, pero tampoco era la clase de actividad que se hacía en público. No sabía si era excitante, pero desagradable, tampoco.
-Lo siento -dijo Maite. Y exhaló un suspiro cansado-. Es mejor que nos olvidemos de esto y nos piremos.
–Mai…Mami…Yo…
-Shhhhhhh. Anda, no llores. Tranquilízate.
Maite se obligó a sonreír. Era como estar abrazada a un inmenso reloj despertador, de esos antiguos, porque Pablo hacía un ruido parecido: vibraba y se agitaba con cada sollozo, completamente entregado. Entregado… ¿a ella? Sí, eso debía ser. Entregado al cien por cien. De eso se trataba, si los consejos de Paula se ajustaban a la realidad. La cuestión consistía en determinar si los dos se sentían cómodos.
-Mami, te quiero mucho. Gracias.
-¿Por qué? Soy un desastre. Apenas hemos hecho nada.
-¿Nada?
Pablo se limpió el rostro con el antebrazo. Maite se quedó pensando en si debía llamarle la atención y decir “eso no se hace, cochino”, o alguna frase por el estilo. Quizá fuera lo suyo, pero por pensar demasiado -le pasaba a menudo- perdió la ocasión.
-Mami, no estoy de acuerdo.
-Ah… ¿Entonces?
-¿Entonces? -Pablo sonaba casi como él mismo, pero más tierno y vulnerable-. Te documentas, investigas, vienes hasta aquí, experimentas y subes a verme, aun imaginando cómo me ibas a encontrar. ¿Eso es nada?
Se le quebró la voz y Maite tuvo que volver a abrazarle, porque Pablo retomó los pucheros. Descubrió entonces que se sentía ligera. Liberada. Alineada con su novio, a pesar del contexto. Le daban igual la camisetita, el pañalito y el chupete. Si a él le hacía ilusión, que se los dejara puestos. Seguía siendo Pablo.
-Pensé que lo hacía fatal -confesó Maite-. Como seguías callado, sin decir nada, pues… ¡yo qué sé!
El aliento de Pablo en sus sienes hizo que Maite se estremeciera. Era como el vapor de una sauna, pero más denso. En vez de esfumarse, se adhería a la piel.
-Lo haces genial. Lo haces estupendamente. Eres maravillosa. Eres… la mejor.
-Ya será menos.
-Mami -Pablo la abrazó, la achuchó, la estrujó como si quisiera fundirse con ella-. Mami…
Maite se levantó y ayudó a su novio a hacer lo mismo. Le hizo gracia que quien estaba en pañales le sacara casi una cabeza entera. Aquel teatro improvisado que, a diferencia del clásico, jamás sería representado ante el público, tenía su puntito de coña. Había hecho cosas más vacías y aburridas en su vida. Incluso con Pablo.
Lo llevó de la mano a la cama. Pablo, muy contento, se puso de rodillas sobre sus talones. Sonreía como si le fuera la vida en ello. A Maite le calentó el alma esa sonrisa, porque sabía que ella era su principal causa. Pablo la había condecorado con su confianza, ella se la devolvía centuplicada y entre los dos fluía -Maite no tenía explicación para eso- una especie de alegría desbordante. Una emoción tan potente que llegaba a intimidarla. Fue entonces cuando Maite se dio cuenta.
-Un momento -apoyó la mano en el frontal del pañal y tiró hacia arriba-. ¿Te has hecho pis?
-Yo… Mami…
-¿Sí o no? Dímelo. ¿Estás mojado, bebé?
-Eh… Bueno…
-O sea, que sí, vamos. Que te has meado bien meado.
-Es que…
-Menudo meón tengo de novio.
-Pensé…
-Se lo pienso contar a todas mis amigas: “Mi Pablito usa pañales porque se hace pipí”.
-Pero…
Nada de peros, pensó Maite. Le puso un dedo sobre los labios y Pablo se quedó paralizado, a excepción de su boca, que se apropió del dedo y se puso a chuparlo sin el menor reparo. Cuando Maite lo retiró, se fijó en las marcas de los dientes de su novio, que conformaban un sensual anillo entre el nudillo y la uña.
-Mírate -prosiguió Maite, del único modo que se le ocurría-. Tan grandote, tan fuertote y haciéndote pis encima. ¿No te da vergüenza?
-Un.. un poquito, mami -dijo Pablo, abrumado-. Fue… fue sin querer.
-Ya, claro. Sin querer.
-Cuando me eché a llorar me despisté un montón y…
-Pues a mami no le gusta que su nene se haga pipí -Maite ya no sabía cómo seguir. Buscó más salidas- Nene malo. Malo, malo, malo.
Los instintos de Maite le jugaron una mala pasada, identificando cada una de esos tres adjetivos con un rotundo y restallante palmetazo en el trasero desnudo de Pablo. Se vio a sí misma sentada en la cama. Agarrándolo por la cintura. Con él sobre sus muslos, boca abajo y culo en pompa. Se imaginó bloqueando el movimiento de los brazos de Pablo. Ignorando sus últimas y desesperadas súplicas y poniéndolo en el lugar donde se pone a los niños malos: en el rincón y con el culete como una rosa. Una rosa encarnada, claro.
-Lo siento, mami -dijo Pablo. Sonaba a auténtica disculpa-. No volveré a hacerlo si mami no quiere.
-Muy bien. Me gusta cuando eres obediente.
Joder si le gustaba. Le gustaba tanto que iba a empezar con las órdenes de inmediato. A tal efecto, sin previo aviso, se subió a la cama con Pablo y con una tranquilidad muy calculada, fue arrancando cada una de las tiras adhesivas del pañal. Risss. Rass. Pablo se dejaba hacer, con los músculos en tensión y el chupete a punto de salir disparado desde su boca como el corcho de una botella de champán. Rasss. Maite sonrió. Riss. Arrancó la última, pero no dejó caer el pañal, sino que lo recogió con el otro brazo y se lo retiró a Pablo de entre las piernas, haciéndolo de manera en que le rozase lo máximo posible. Se había meado, sin duda, porque el pañal pesaba demasiado como para estar seco. Sin dignarse a mirarlo, Maite hizo un rollo con la prenda y la arrojó a la moqueta. Notó una vaharada de olor agrio, que se esfumó rápidamente. Por lo demás, Pablo no olía a pis sino a su colonia de siempre y a ropa limpia. Y a algo más, que Maite no supo identificar al principio. Como a recién fregado, o a sus viejas cajitas de maquillaje, siempre revueltas en el neceser.
-Ah… claro. Ya entiendo. ¿Te has echado el talquito tú solo?
-Sí, mami. Yo solito.
-¡Guaaaaau! Como los mayores.
Y para su satisfacción, los ojos azules de Pablo se convirtieron, por un divino y maravilloso instante, en zafiros de mil quilates. Maite hubiera querido atesorar ese momento. Quizá sí, quizá fuera afortunada. Incluso rica.
-Me… ¿me cambias, mami?- preguntó Pablo, tímido-. Se me podría escapar otra vez y no quiero que te enfades.
No te pases, tío, se dijo Maite torciendo la boca.
-No, no, no, no… Nada de más escapes ni fugas, meoncito mío -y al decir eso, le pellizcó a Pablo una mejilla-. Vete a la ducha y cuando estés limpito, vuelves con mami, que mami quiere hablar contigo.
-Pero mami…
-No me discuuuuutas -Maite añadió las vocales suficientes para crear el efecto necesario-. Ve.
Por toda respuesta, Pablo se dejó caer en la cama con los ojos cerrados, en la postura en que se hacen ángeles de nieve.
-Joder…
No era una palabra de niños buenos, pero Maite decidió no abusar. Quizá Pablo necesitara un descanso. Se volcó en él y sobre él. Lo besó. Una, dos, tres veces. Luego fue él quien la besó a ella y Maite acogió la lengua de su novio en su propia boca, en donde, enlazadas, ejecutaron una danza de cortejo digna de un documental de la segunda cadena.
-¿Cansado? -quiso saber Maite- Para ser la primera vez igual hemos ido muy rápido.
-Qué va -Pablo se puso hablar con total incontinencia, haciendo sentir a Maite como una artista que recibe ovaciones desde el escenario-. Ha sido la hostia, has estado genial. Super cariñosa. Super amable. Super cercana. Has dicho cosas… Dios, lo del talco casi me mata. Y el mordisquito, eso ha estado top, de verdad. Y cómo me has quitado el pañal, con ese… Y el pellizco. Y cómo me has consolado. Y lo de tus amigas… ¡Buah! ¿Cómo se te ha ocurrido? Y…
Maite se encogió de hombros. Hubiera querido hacer una reverencia, pero le costaba aceptar que semejantes chorradas fueran importantes para Pablo. Que las valorase hasta tal punto. Al final, Maite hizo de la artista que no era y tiró de falsa modestia:
-Ya ves tú qué cosa -compuso una sonrisa afectada, de vedette-. Iré mejorando.
-Imposible, es imposible -Pablo se atropellaba al hablar-. Y cómo me hablas y cómo me miras. ¿Y cuando me dijiste si me había hecho pis? Joder, no me lo esperaba. Qué momentazo, joder. Y cuando…
-Oye -le interrumpió Maite-. Si no recuerdo mal, te mandé a la ducha. ¿Es que me vas a desobedecer?
Casi pudo percibir el asombro de Pablo como algo físico. Tenía un sabor especial. Ácido y sugerente. Pablo miró a todos lados, como si lo hubieran invitado a un programa de bromas con cámara oculta. Era evidente que le costaba procesar la experiencia.
-Creía… -Maite le quitó las creencias con una mirada fiera, incontestable-. Sí, claro. Voy.
-¿Voy… qué?
-Voy a la ducha -dijo Pablo, gateando por la cama-. Voy a la ducha.
Maite lo agarró por el tobillo y Pablo se dio de bruces contra el colchón. Acto seguido, le propinó tres nalgadas como tres chupitos de tequila: a la izquierda, a la derecha y al centro.
-Voy -¡PLASS!- … A la ducha -¡PLASS!- … Mami-. ¡PLASS!
Ninguna respuesta. Ni un solo movimiento de Pablo. Los azotes lo habían dejado en un estado de postración absoluta. O eso, o simplemente es que está flipando, pensó Maite. Igual se había pasado. Pero la disculpa fue innecesaria, porque Pablo se rehizo, se puso de pie y se metió en el baño sin decir nada más. Cerró la puerta y Maite se lo imaginó frente al espejo del baño. Contemplando, encandilado, las marcas que mami le había dejado en su culito travieso.
Al oír el chispeo de la ducha, Maite también se levantó y rebuscó por los cajones. No tenía ni idea de lo que iba a encontrar, ni si había de veras algo que encontrar, pero necesitaba hacerlo. Estaban todos vacíos. Todos salvo uno, en el que había una cajita de cartón rosa con un lacito y una tarjeta insertada. Maite sacó la tarjeta de la ranura y la leyó.
“Para cuando Pablito se porte mal.
Con cariño:
tus amigos de Abdlia”
Dentro había una paleta de azotes de madera, tallada en forma de corazón. En el reverso, pegada con celo, Maite encontró una segunda nota, escrita a mano con letras redondas y airosas, de colegio de monjas:
“Felicidades. ¡Ya eres un dato estadístico más!
Un beso
Paula”
Maite se echó a reír a grandes carcajadas mientras hendía el aire con su nueva herramienta, dando palazos a diestro y siniestro.
-¡Estadística! -decía una y otra vez Maite- ¡Estadística!
-¿Me dices algo, Mai? -la voz de Pablo sonaba muy apagada por culpa del chorro de la ducha-. No te oigo.
-¡Nada, nada! ¡Termina pronto!
Pablo cerró el grifo dentro del baño y Maite, como si fuera una señal, se sentó en el borde de la cama. Con una extraña solemnidad que a ella misma asombró se quitó la blusa y luego la falda, quedándose en sujetador, braguitas y medias. Los zapatos se los dejó puestos. Qué pena no llevar tacones, pensó Maite. Y así, tan ansiosa como segura de sí misma, se quedó esperando, dando golpecitos con la pala contra la palma de la mano contraria.
-¡Ya voy! -le comunicó Pablo- Me estoy secando.
Maite se soltó el pelo, sintiendo que al mismo tiempo se desprendía de su corazón una espina que llevara ahí clavada años y años. María Teresa: Reina de Espinas, se dijo. Algo trillado, pero sonaba bien. Tenía que buscarse un nombre como dómina, si es que se iba a convertir en una. O quizá fuera innecesario, porque a ella solo le interesaba su chico y no pensaba compartirlo con nadie. Esos ojos, esas manos, esos morritos y ese culito serían suyos para siempre, o por lo menos hasta que el destino lo ordenase de otro modo. Suyos y de nadie más.
-¡Voy! ¡Ya termino!
La puerta se abrió y Pablo salió del baño desnudo. Llevaba el chupete colgado del cuello y un pañal limpio en la mano. Cuando la vio, se quedó de una pieza en el umbral, completamente arrasado por la admiración y el asombro, pero eso no impidió a Maite pronunciar la frase que llevaba media hora preparando.
-Eso -dijo con voz aflautada-. Termina pronto y ven con mami.
-Pero… Yo…
-Ven, Pablito. Ven con tu mami.
Y con el subsiguiente palazo en la almohada, Pablo tembló como un bloque de gelatina. Aun así, reunió el valor suficiente para agachar la cabeza y susurrar las dos palabras mágicas:
– Sí, mami.
FIN
-
Mini reseña: ABU Little Kings (¡por fin!)
¡Albricias, chicos! ¡Por fin he probado los ABU Little Kings! ¡Wiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!
La gente de Diaper Minister se ha animado a distribuir esos legendarios pañales ABDL y en cuanto me enteré… ¡Zas!, pedido al canto.
Como llevo casi dos años queriendo conseguirlos, ahora que por fin los he probado, os haré una brevísima reseña porque, que yo sepa, hasta el momento la única forma de conseguirlos era a través de alguna tienda en Irlanda o UK, que te salían los gastos de envío y aduanas por un pico. Y, además, después del Brexit todo lo que se pide a UK tarda un huevo.
Recordad que si andáis pensando en tiendas, tenemos algunas breves reseñas de ellas en el blog, por ejemplo, aquí.
Ah, sí… la reseña. ¡Vooooooooooy! 😛
El caso es que en general me están gustando mucho. Sin embargo, también tienen algún puntito negativo por el cual tirarle un poco de las orejitas a los de ABU. Digamos que para mí consiguen el sobresaliente, pero por los pelos.
PROS DE LOS ABU LITTLE KINGS
- Evidentemente el aspecto, con los dibujitos y demás. Super retro y super mono.
- Son suavísimos, casi ni notas que los tienes puestos.
- No llevan prácticamente nada de plástico, son de papel y celulosa, como los Dodot, Huggies y demás. Mega pros en ese sentido.
- Muy absorbentes. Hasta que los llevas «colgando», puedes mojarlos varias veces.
- Muy ligeros y anatómicos, ideales para estar en littlespace.
CONTRAS DE LOS ABU LITTLE KINGS
- Pillé la talla grande según la propia tabla de tallas de la página, y me quedan bien pero un poquito más flojos de lo que a mí me gustan. Esto no es culpa de nadie… («¡ni siquiera de los romanos!» XD), pero le resta algunas decimillas. Para que os hagáis la idea, yo de cintura tengo algo menos de 100. Andaré por los 97 o algo así. Ojo, que aquí también depende de las preferencias de cada uno y de cómo y con qué quiera llevarlos. A mí me gustan más bien ajustaditos y bastante por debajo del ombliguillo.
- Las cintitas adhesivas podrían ser mejores. Sin ser tan chungas como las de los Tykables (unos pañales geniales, pero con unas tiras horribles), no pegan tan bien como deberían.
- Habrá gente que prefiera los de plástico, sobre todo si tira más a DL, aunque para gustos colores. La verdad es que yo prefiero que cruja y se note (crinkly boy!), así que, en ese aspecto, a mí no me molan, porque son demasiado discretos.
En resumen: unos pañales monísimos para tus momentos más little y para ser el nenito o nenita más guapetón o guapetona, pero no perfectos.
Nota final
Parafraseando a Futurama, voy a ponerles la peor nota que se puede dar: un sobresaliente MUY bajo. Se quedan en el 9 «raspao».
Y, hablando de sobresalientes…

Se me ve algo debajo del pantalón, ¿no?… No os rallo más. Solo quería compartir este flash de felicidad -por otra parte tan materialista- con vosotros, jejeje.

Hasta me hice pipí de la emoción, creo…
Disfrutad!
Stephan
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Historias ABDL: «ABDLIA» (IV)
Primero, como siempre, las normas
En episodios anteriores… I , II y III
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Maite prefirió quedarse de pie. Tenía calor y los sillones la harían sudar más. Aspiró el olor el café y le dio un sorbo. Estaba ardiendo, pero no le molestó.
-Verás: cuando tratas durante años con los demás usuarios, o compañeros, o amigos si lo prefieres, descubres cosas. Las personas que vienen aquí son muy diferentes entre sí, pero puedes estar segura de que todos, a su manera, disfrutan mucho de sus visitas.
-Me lo imagino… Oye. Y… ¿alguna vez…? Bueno, ya sabes.
-¿Sí?
Aunque en la última hora y pico Maite había visto algunas de las cosas más raras de su vida, no se atrevía a hablar de sexo abiertamente con Paula. Alzó las cejas, y Paula entendió la indirecta.
-Ah, ya entiendo. Ya sé por donde vas -Paula se rascó la nuca, divertida-. Bueno, con estos usuarios no hay problema. Son muy AB; para ellos no tiene nada o casi nada de sexual. Algunas veces hay pequeños accidentes con eso, pero no hay problema, estamos acostumbrados y ellos también. Las normas son las normas y en esta planta, nada de sexo entre los usuarios. Para eso está la segunda planta y las habitaciones privadas. Por eso no permitimos que la pareja del usuario sea su cuidadora en la planta baja.
-Sí que lo tenéis controlado.
-Esas cosas son importantes y somos tajantes con ellas. Las parejas y los rollitos, a la segunda planta. Aquí, tranquilidad y seguridad.
-Ah, vale. Perdona -y Maite, aliviada, cambió de tema-. Me estabas hablando de las diferencias entre los usuarios.
-Sí -brindaron con las tazas de café-. Yo casi siempre cuido chicos y he aprendido mucho de ellos. De los hombres, me refiero.
-¿Por ejemplo?
Paula meditó un instante, dando vueltas al café con la cucharilla. Parecía la bruja buena de un cuento infantil, preparando una pócima.
-Yo soy feminista. Creo que las mujeres siempre nos llevamos la peor parte en todo. Pero… -Paula detuvo su discurso para dar énfasis- ya no soy tan radical como antes. Tengo claro que ser un hombre tampoco es ninguna ganga.
-¿Y eso?
-Es la verdad. Cada cual tiene sus presiones. Nosotras las nuestras y ellos las suyas. Cuando los ves ahí jugando, riendo o pidiendo mimos, sientes por ellos… No sabría decirte. Una empatía especial. Aunque lleven su onesie, su trajecito o su pañal, en realidad es como si estuvieran desnudos por completo. Aquí no hay jefes cabrones, no hay padres exigentes… Los estereotipos no operan. No tienen por qué ser fuertes, agresivos ni invencibles. Si necesitan llorar, lloran. Si se enfadan, protestan. Si están cansados, se echan la siesta.
-Vestidos por fuera y desnudos por dentro.
-Sí. Algo así -de pronto a Maite le pareció que Paula estaba exhausta-. Lo percibo en cómo me abrazan, en cómo me besan… Incluso en cómo berrean y se contorsionan cuando les doy una buena zurra. Ya lo has visto. Cuando consuelas a un little es cuando comprendes de veras lo que ser little significa para ellos.
-Sí, sí, consolar -Maite agitó la mano derecha arriba y abajo-. Le has puesto fino, ¿eh? ¡Caray!
-¡A tope! -Paula esbozó una sonrisa tan amable como malévola-. Hay días en los que salgo de aquí prácticamente borracha, después de tanta carga emocional. Pero ellos se sienten felices y seguros conmigo y eso me importa. Y yo me siento… renovada. Me cargan las pilas.
-Ajá -aunque Maite no lo comprendía del todo, le fascinó la idea de ser capaz de comprenderlo al menos en parte-. Siempre es más o menos como lo he visto, ¿no?
-Hay mucha improvisación. Cantamos, jugamos, leemos… Mediamos entre ellos, pero les dejamos libres. Lo importante es la comunidad, la idea de tener un espacio seguro en el que compartir este estilo de vida con personas afines.
-Intrigante, lo reconozco. Y raro.
-Si, muy raro. Raro y maravilloso, en mi opinión.
-¿Vienen muchas parejas?
-Bastantes. Yo diría que más de la mitad de usuarios tienen pareja. Pero lo que te digo: si va a haber sexo, que sea en privado.
-¿Y qué hay de ti, Paula?
Maite pensó en retirar la pregunta, pero la reacción de Paula la intrigó demasiado: cruzar las piernas, echarse hacia atrás y juguetear con uno de los tirabuzones de su pelo. Probablemente estaba acostumbrada a despertar la curiosidad de los visitantes. ¿Una mujer aficionada a cambiarle los pañales a hombres hechos y derechos? ¿A leerles cuentos? ¿A darles unas azotainas de campeonato? Peculiar, como mínimo.
-Mi pareja no sabe que soy fundadora y cuidadora en Abdlia. No es de este mundillo, vaya.
-Anda. Qué raro. Me da la impresión de que cualquiera de esos hombres de antes… Ya sabes. Se morirían por ser tu pareja.
-Es posible, sí. Pero mi chico… bueno. Nuestro porcentaje de éxito es alto, pero no del 100%.
El asombro de Maite la obligó a terminarse la taza de un solo trago. Por suerte se había enfriado lo suficiente.
-Lo trajiste aquí y no funcionó, entonces. Menudo papelón -Maite miró a Paula con verdadera piedad-. Siempre introduciendo a otras personas, pero tú, en cambio, nada.
-Por desgracia, así es. Hice un par de intentos con él. Le compré algo de ropa, un chupetito mono… Pero nada, no hubo la menor química.
-¿Y lo de…? -Maite creyó que si lo decía de cierta manera, Paula no notaría su renovado interés por la cuestión-. Lo de “pam, pam en el culete” -Maite hizo el gesto-. ¿Tampoco?
-Tampoco -Paula entrelazó sus manos y las usó de almohada. Más que sentada, estaba hundida en el sofá-. Le pareció estúpido. Desagradable. ¿Sabes qué me dijo? “No entiendo qué tiene de excitante pegarle a tu pareja”.
Por mucho que le costara asumirlo, Maite no podía decir otro tanto. Había descubierto ciertas inclinaciones muy íntimas acerca del significado de pegar a un amante. Solo de imaginarse a ella misma jugando a según qué cosas con Pablo, se mareaba. ¿Se atrevería ella a plantearlo? ¿Habría una negociación al respecto? ¿Le diría Pablo que ni loco? ¿O se pondría a cien?
-¿Y crees que se enfadaría si se entera de que vienes a menudo?
-Puede, pero por ahora prefiero callarme -Paula respiró profundamente-. No tengo nada con ningún usuario, pero supongo que mi rol sería difícil de explicar.
-¿Y no te planteas dejarle?
-Qué va -Maite se enterneció. Había una nota de auténtica tristeza en la voz de Paula-. Yo le quiero. Le quiero muchísimo. No estoy dispuesta a renunciar a él. Pero a esta faceta de mi vida -Paula corrigió los pliegues de su batín de maestra- tampoco. No tengo ningún amante aquí. Solo amigos.
-Tranquila, yo no te juzgo. Tiene sentido lo que dices.
-Por desgracia, dudo que él lo entendiese. No estoy dispuesta a arruinar mi relación contándole algo así. Es mejor mantener el secreto.
-¿Y no te reconcome? ¿No te comes el tarro?
-Bastante -Paula carraspeó-. Pero estábamos hablando de tus sensaciones. Cuéntame qué tal en el aula.
-Pues, bueno… De todo un poco, la verdad
Maite descubrió que era divertido, además de oportuno, el hablar de sus nuevas ideas con alguien que tenía infinitamente más experiencia que ella en ponerlas en práctica,
-Me gustaría saber, si puede ser, lo que sentías cuando estabas castigando al little.
-¿Te llamó la atención?
Un silencio cortés, a modo de respuesta implícita. Maite sonrió con afectación.
-Oh, claro. Perdona. Mis sensaciones -Paula hablaba en ese tono apresurado y agudo que preludia la risa, pero la contuvo-. Cuando están a mi merced, completamente entregados y sumisos, preparados para su castigo, es cuando más se fortalece el vínculo del que te hablaba. El momento previo a propinar ese primer manotazo o zapatillazo es el más especial de todos. Algunos incluso tiemblan de la emoción y tengo que tranquilizarlos un poco antes de empezar. En cuanto a mí, lo que siento es, sobre todo, conexión e intimidad. Y una especie de impaciencia muy gratificante. ¿Te has tirado en paracaídas alguna vez?
-Pues no.
-¿Y del trampolín de una piscina?
-Sí, pero no muy alto.
-Pues yo me tiro del más alto de todos -Paula hizo una mueca divertida y guiñó un ojo-. Casi ni veo el agua desde ahí arriba, te lo juro.
Maite se conocía a sí misma lo suficiente como para comprender que el pinchacito que sintió en el vientre era de envidia. Ella también quería experimentar eso. Tenía que subir alto, muy alto, y luego precipitarse. Soltó un silbido.
-Guau. Pues no sé. Quizá lo pruebe algún día.
Para mañana es tarde, pensó Maite.
-¿Qué más querrías saber? No te cortes.
-Tantas cosas… Por ejemplo, ¿no te da asco lo de cambiarles? ¿No te echa para atrás?
-En absoluto. Es algo bastante común. Lo habitual, ¿no? Si llevan pañales, es por algo.
-Ya, pero podían limitarse a llevarlos. ¡Puagh!
-Y algunos solo los llevan, nada más -Paula hizo un ademán comprensivo-. De los usuarios que viste, hay uno que no lleva nunca, porque no le gusta. Luego, hay dos o tres que llevan pañal, pero no lo usan, porque para ellos eso no es importante. De los otros, hay tres que lo mojan y los dos restantes… pues de todo. Ya me entiendes.
-Uf… qué asco. Para mí eso sería una línea roja.
-¿Y qué hay del lado bueno de esa línea?
Ahí estaba de nuevo. Esa inexorable tranquilidad con la que Paula le planteaba cada avance y le sacaba punta a sus comentarios. Maite se atragantó de la impresión y se puso a toser. Tardó lo suyo en recuperar el aliento.
-Uf, no me veo, no me veo -dijo Maite-. El pañal, bueno, pero nada más.
-Cada persona es un mundo, y cada sumiso un universo. ¿Tu pareja te habló del tema?
-Una vez mencionó lo de hacerse pis. Ya sabes: el truquito. Decirlo en plan de broma, como quien no quiere la cosa. No me hizo mucha gracia, la verdad.
-¿Y ahora que lo has visto en vivo y en directo?
-Ya vi que uno de los usuarios se había hecho. El chico del cuento, el que estaba donde los libros. Me pareció que estaba muy mojado.
-Y lo estaba, créeme. Te lo digo como quien lo cambió.
-El caso es que viéndolos a ellos, no me parecía tan desagradable. Pero no me imagino a Pablo haciendo lo mismo. Ni a mí misma con las toallitas y demás, en plan «meoncete«, etc.
-Pues ningún problema. Eso háblalo con él y ya está. ¿Te ves bañándolo, acostándolo o leyéndole cuentos, por ejemplo?
-Mmmm… Quizá -Paula asintió con la cabeza y Maite se sobresaltó-. ¡Eh! Solo digo que quizá.
-Es un comienzo muy prometedor, Maite.
-Quizá, he dicho.
Una vez más, Paula tenía razón. Había una enorme diferencia entre el “quizá” y el “no sé”. Y entre el “no sé” y el “ni de coña”. De hecho, “ni de coña” es lo que Maite le había dicho a Pablo la primera vez. Había sido durante unas vacaciones en la playa, en las cuales él le había mencionado lo de comprarse un onesie y dormir con él. Se acordaba a la perfección de la cara de decepción que Pablo había puesto ante su rotunda negativa; poco le había faltado para hacer pucheros. Tres años después, y tras innumerables anécdotas, los pasos de Maite la habían encaminado a Abdlia, en busca de un sentido que ella, por sí sola, no había logrado desentrañar. Quizá, sí. Quizá gracias a Paula había conseguido encontrar uno de los extremos del nudo. Y ahora tenía que decidir si tiraba de él o no.
-Te gustaría castigarle, ¿no? Al menos, probarlo.
-Sí.
Qué fácil había sido decirlo. Maite no se arrepintió en absoluto de ser tan franca y menos después de todo lo que Paula se había esforzado para ayudarla. Se lo debía.

«Me pareció que estaba muy mojado»
-Díselo, entonces. Así iréis encontrando puntos en común.
-Das por hecho que dirá que sí.
-Es muy probable. Los castigos son muy importantes. Ser little implica, entre otras cosas, poder meter la pata sin miedo real a las consecuencias.
-Pero eso no es así. Si acaban con el culo rojo como un mandril… ¡Hay consecuencias!
Paula bajó la mirada. Parecía enfrascada en un monólogo interior que se sabía de memoria, por haberlo mantenido con anterioridad innumerables veces. Maite supo que iba a revelarle algo importante.
-No funciona así, Maite. Créeme: no funciona así.
-¿Y cómo?
-El castigo es un juego íntimo, un mutuo desahogo. En la vida real, el el mundo real, los little son como cualquier otra persona. Tienen problemas el trabajo, en su entorno familiar, en su círculo de amistades, etc. En ese mundo real, los errores se pagan caro. Te equivocas y pierdes un amigo, a tu pareja, a un familiar. O pierdes tu trabajo. O te arruinas. O pierdes el apoyo de tu familia.
-Pero eso tampoco es así.
-O sí.
Maite tuvo que callarse. No podía descartar que Paula tuviera, cuando menos, bastante razón. Mucha más razón de la que le habría gustado reconocer. La vida, además de injusta, podía ser muy cruel.
-El little cuenta con su cuidador haga lo que haga. ¿Lo entiendes? Porque en el fondo, ese tiempo que, como little, pasa en el rincón de pensar, o el escozor del culo, o el sabor a jabón en la boca no significan casi nada. Llegan rápido y se van. Cuando mete la pata, el little sabe que podrá expiar su culpa rápidamente y en menos de nada volverá a sentirse genial. El cuidador seguirá ahí. Sus juguetes seguirán ahí. Sus peluches seguirán ahí. Sus rotuladores nuevos también. La felicidad, cuando se es little, nunca está de veras en juego, ni camina por el filo de la navaja. Es tan perenne como las hojas de un pino. Es indestructible. ¿Qué importan unas nalgadas de más o de menos? ¿Qué importa irse a la cama a las siete de la tarde? Al minuto o al día siguiente, todo volverá a ser perfecto.
-No estoy segura de seguirte.
-¿Has hecho la primera comunión?
Maite se echó a reír con ganas.
-¿Eso que tiene que ver? -como Paula seguía muy seria, Maite decidió darle la información-. Sí, la hice. ¿Y qué?
-Entonces tuviste que confesarte antes.
-Claro.
-Ajá. Pues no lo llames castigo, llámalo penitencia. Un precio ínfimo por reconciliarte con ese mundo perfecto. Por volver al paraíso.
-Joder -esa vez Maite no sabía como ponerse, ni en dónde meter las las manos, ni qué contestar que tuviera algo de sentido-. Suena incluso demasiado profundo. ¿Entonces tú serías… una especie de dios para ellos?
-No exactamente. Pero sí el guardián y gestor de ese paraíso. El que decide quién entra, quién sale y quién se queda. El garante de ese estado de dicha interminable.
-Me parece acojonante -dijo Maite con un resoplido-. Pero así descrito, ese mundo es más un estado mental que otra cosa.
-Puede ser. Pero esta es solo mi visión, Maite. Hay otras. Mira, ¿sabes qué es lo que más teme un little?
Maite, abrumada por la avalancha de información, buscó el asiento más próximo y se sentó con un quejido.
-¿La soledad? -Paula negó con un dedo-. ¿La oscuridad? -el mismo gesto de Paula-. Huy, yo qué sé. ¿La muerte? ¿La vejez? ¿La vida real?
Esa vez quien se carcajeó fue Paula, y lo hizo tan fuerte que Maite estuvo tentada de taparse los oídos.
-¿La vida real? ¿Quién no teme a eso? -Paula se secó las lágrimas de risa-. No, mujer. Los usuarios y yo misma somos personas completamente capacitadas para la vida real. Los kinks nos generan ningún problema. Fuera de este edificio no dirías que somos diferentes a nadie y vivimos tan plenamente nuestras vidas como cualquier otra persona. Simplemente, tenemos… ¿cómo decirlo? Una vidilla paralela.
-¿Qué es lo que temen, según tú?
-La pérdida.
-¿Cómo que la pérdida?
-Sí. La pérdida -Paula alzó una mano en un ademán solemne-. Temen perder ese mundo, con todo lo que hay en él y cuanto significa. Temen ser expulsados para siempre de ese paraíso del que te hablaba. Temen perder el cariño del cuidador. Temen dejar de ser lo que son. Temen despertarse un día y haber perdido la capacidad de regresar a ese estado. En definitiva: la pérdida.
-¿Y por eso se mean encima?
-No -replicó Paula, sonriendo-. Vuelves a confundir… incontinente e incontenido.
-Pues lo siento, no lo entiendo. Creía que en parte sí, pero me equivocaba. Lo siento.
-Ya lo entenderás cuando pruebes con… ¿Pablo?
La mención del nombre de su novio hizo aterrizar a la mente de Maite, después de un viaje vertiginoso, casi de vértigo, por galaxias previamente desconocidas.
-Sí. Quizá me anime.
-Quizá, no. Te animarás.
-¿Cómo estás tan segura?
-Porque Pablo te está esperando en la segunda planta.
(continuará…)