No sé vosotros, pero yo me paso la vida rodeado de personas con las que no tengo nada que ver. No tenemos intereses comunes, ni pasados comunes, ni las mismas ideas, ni los mismos referentes. Si a esto le añadís el escaso aliciente que supone para mí el trabajo (porque llevo como veinte años haciendo lo mismo) y una jornada laboral completa en una gran ciudad, ya os podéis imaginar que mi vida es… pues eso. Poco interesante, por no decir monótona y alienante.
A lo mejor también la vuestra lo es y os sentís como yo me siento, o puede que no y estéis viviendo el sueño americano. O boliviano, ecuatoriano, argentino, español… Vuestro sueño, sea el que sea.
Podría contar con los dedos de la mano las personas que he conocido en el trabajo y por las cuales he sentido una cierta afinidad o que, a la vuelta de los años, se han convertido en algo más que simples compañeros. Me sobrarían dedos, tenedlo por seguro.
Es muy posible que alguien diga: “bueno, el trabajo es trabajo y nada más”. Eso estaría bien para un recopilatorio de aforismos vacíos de contenido y para de contar.
En el mundo real el trabajo es, para la inmensa mayoría de las personas, aquello a lo que dedicamos la mayor parte del tiempo. Y algo a lo que dedicas la mayor parte de tu tiempo no es “trabajo y nada más”, ¡a otro perro con ese hueso! ¿Que es muy duro reconocerlo? Claro que es duro reconocerlo, joder, pero es la verdad.
En otros aspectos de la vida me ocurre lo mismo, porque mi vida familiar, sin ir más lejos, es igualmente insatisfactoria en ese sentido, y nadie cambia de familia como cambia de trabajo. Así es: no soporto a mi hermano -le quiero mucho, pero no le soporto- y mi padre siempre me pareció un marciano. Con mi madre es diferente. Ella fue lo más cerca que estuve de sentirme comprendido hasta que conocí a mi pareja. Sin embargo, tampoco tengo una conexión tan intensa con mi madre como para sentirme de veras “bien”.
En cuanto a mi familia política digamos que… “ok”. Un muy discreto ok.
Vayamos con mi mujer. Como ya sabéis los que seguís el blog, la adoro, y no hay palabras que puedan describir hasta qué punto. También a mi hijo. No tengo ningún problema con ellos, al revés. Aunque los veo muy poco, me dan fuerzas para levantarme de la cama y vivir un día más… y un día menos. Suena triste, lo sé. Perdonadme.
En esto cada persona es diferente, pero en mi opinión y ya bastante dilatada experiencia, el amor consuela, no salva. Es una medicina, un bálsamo, o una droga si queréis, no la Piedra Filosofal.
Tampoco hay tiempo para estar con mis amigos -acaso porque tengo pocos o muy pocos, y están lejos-. En resumidas cuentas: no tengo ocasión de ser yo mismo durante días enteros, semanas o meses. Me siento desconectado, desarraigado… Y es frustrante, viendo lo mucho que se motiva la gente con las mayores nimiedades.
Pongamos un ejemplo: yo uso mucho el metro y, de vez en cuando, me lo encuentro petado de hinchas de fútbol. Los veo sumidos en una especie de trance místico e incomprensible para mí, entonando cánticos ridículos, vociferando, alborotando. No los entiendo, y entiendo menos todavía el impulso que los mueve a comportarse así. La cuestión es que los miro y me digo: “¿soy yo capaz de esto? ¿podría hacer lo mismo?”.
Pues no. No soy capaz, o no me veo capaz.
Y, entonces, indefectiblemente, escucho la voz de Pepe en mi cabeza:
-Venga, hombre, no digas bobadas. ¿Cómo no te va a gustar el fútbol?
Decido rebelarme y le replico en voz baja, para que nadie piense que estoy pirado. Hago como que tarareo una canción, aunque tenga los auriculares desconectados y el móvil en silencio.
-No, no me gusta. ¿Qué carta juego ahora, Pepe? ¿Una que no tengo?
-¿Y los toros? ¿Cómo no te van a gustar los toros?
-Pues no, no me gustan nada.
-¡Es una tradición milenaria!
-Sí, como la horca. No te jode.
Algún que otro pasajero me mira extrañado. Ya me ha puesto la etiqueta -no del todo inmerecida- de tarado irredento. Se me nota hasta cuando quiero disimular. La voz de Pepe, inmune al desaliento, no ceja:
-¡Hay que ser comercial, hombre!
-Hay que fingir, básicamente, ¿no?
-Mira que eres raro, macho.
-¿Y qué culpa tengo yo?
La chica que va leyendo junto a mí se pasa sin complejos al asiento de al lado y deja uno vacío, digamos de seguridad, entre ella y el tío que habla solo con un tal Pepe.
-Juego mi mano, Pepe, pero las cartas las repartió dios, no las escogí yo.
-Si tú no vas a misa, descreído. No hables de dios.
-Me sé los evangelios mil veces mejor que tú.
-Pues mil por cero…
Pepe me observa (o me observaría) con un interés puramente ecológico, científico, como un biólogo que descubre una nueva especie de escarabajo en el desván de su casa. Porque Pepe no solo no me entiende, sino que no cuenta con las herramientas necesarias para entenderme y es muy posible que no tenga interés en adquirirlas. Total, ¿para qué? ¡Ya llegará algún científico de los de verdad a diseccionarme!
Pero… ¡cuidado! Es que es mucho peor. Es muchísimo peor, chicos.
Es jueves por la tarde/noche y vuelvo a casa. Me he pasado todo el día fantaseando con ella y me duelen los huevos desde la hora de comer. Y entonces Pepe, que es un cachondo, va y se materializa ante mis asombrados ojos -porque tiene la facultad de materializarse a voluntad, además de ser ubicuo y omnisciente-, se sube al metro conmigo en Nuevos Ministerios, en Sants o en Maritim y, en su tono más irónico, me pregunta:
-¿Y entonces qué es lo que te apetece hacer a ti?
-Como mañana es fiesta y el enano irá con su abuela, me gustaría estar en pañales, sobre la alfombra de mi casa, con mis juguetes. Solo eso y nada más.
-¿En serio?
-Y hacerme pis encima.
-Tú me estás vacilando.
-¡Qué va! Y, si me apuras, también…
-¡Para, para! -porque Pepe presume de cosmopolita, de heterodoxo y de políglota, pero, en el fondo, y por decirlo de alguna manera, no distinguiría el klingon del sindarin -. No me lo puedo creer, macho. ¡Y encima no te gusta el fútbol!
-Y me quiero tirar a mi chica cien veces, eso también. Pero a ella y solo a ella. ¿Sabes lo que te digo?
-Bueno, eso lo entiendo un poco mejor.
-Qué vas a entender, si tienes tarjeta VIP de todos los puticlubs de aquí a Tombuctú, coño.
-¡Ya salió el melindres!

Es exactamente esto.
A esas alturas, nos hemos quedado solos en el vagón del metro. Damos un poco de miedo, la verdad, pero no tanto como el vagón del metro semivacío, que recuerda demasiado a una jaula. Pepe y yo mantenemos el tipo y seguimos piando.
-Tengo un chupete nuevo, es super chulo. Y un biberón. Y pañales con muñequitos. Y si soy bueno, la seño me dejará dormir con mi peluche y mi pañalito.
-¿Qué leches dices?
-Pero si me hago pipí me dará pam pam en el culete.
-Tú estás mal de la cabeza, tío.
-No como tú, que lloras por el resultado de un partido de fútbol. Eso sí que es cordura, ¿eh?
-¿Me estás diciendo que lo tuyo es mejor que el fútbol, la política, los toros o el puticlub?
-De puticlubs no entiendo, pero te digo que, si ahora mismo me dejaras escoger entre acabar con el hambre en el mundo y mi onesie de piratas, me costaría tomar la decisión. Lo siento por África.
-Supongo que tú prefieres tus pañales y tus peluches y tal.
-Sí.
Así de simple y categórico. No le doy más explicaciones a Pepe. Podría hacerlo, pero, ¿para qué? Si no entiende lo del fútbol, ¿qué probabilidades hay de que entienda lo demás? De que entienda que yo tengo esa necesidad y que no escogí tenerla, sino que es inherente. De que para mí, todo eso que él ignora o rechaza es fundamental. Forma parte de mí mismo. Soy como soy, y si no podía cambiar a los 20 años, ¿cómo voy a cambiar ahora, a los 40 y pico?
¿Comprendéis lo que quiero decir? Seguro que sí. Vosotros no sois unos pepes.
Ser raro no es un drama, chicos. No tiene nada de malo, ni es indeseable (“eso es muy bueno, de verdad”), ni es intrínsecamente negativo. Ya lo hemos dicho más de una vez en Historias ABDL. Vive la difference y todo eso. A tope.
Otra cosa es que sea fácil, claro, porque NO lo es.
De hecho, es muy jodido. Jodidísimo.
Stephan












