Categoría: curiosidades

La eterna y recurrente pregunta (II)

No sé vosotros, pero yo me paso la vida rodeado de personas con las que no tengo nada que ver. No tenemos intereses comunes, ni pasados comunes, ni las mismas ideas, ni los mismos referentes. Si a esto le añadís el escaso aliciente que supone para mí el trabajo (porque llevo como veinte años haciendo lo mismo) y una jornada laboral completa en una gran ciudad, ya os podéis imaginar que mi vida es… pues eso. Poco interesante, por no decir monótona y alienante.

A lo mejor también la vuestra lo es y os sentís como yo me siento, o puede que no y estéis viviendo el sueño americano. O boliviano, ecuatoriano, argentino, español… Vuestro sueño, sea el que sea.

Podría contar con los dedos de la mano las personas que he conocido en el trabajo y por las cuales he sentido una cierta afinidad o que, a la vuelta de los años, se han convertido en algo más que simples compañeros. Me sobrarían dedos, tenedlo por seguro.

Es muy posible que alguien diga: “bueno, el trabajo es trabajo y nada más”. Eso estaría bien para un recopilatorio de aforismos vacíos de contenido y para de contar.

En el mundo real el trabajo es, para la inmensa mayoría de las personas, aquello a lo que dedicamos la mayor parte del tiempo. Y algo a lo que dedicas la mayor parte de tu tiempo no es “trabajo y nada más”, ¡a otro perro con ese hueso! ¿Que es muy duro reconocerlo? Claro que es duro reconocerlo, joder, pero es la verdad.

En otros aspectos de la vida me ocurre lo mismo, porque mi vida familiar, sin ir más lejos, es igualmente insatisfactoria en ese sentido, y nadie cambia de familia como cambia de trabajo. Así es: no soporto a mi hermano -le quiero mucho, pero no le soporto- y mi padre siempre me pareció un marciano. Con mi madre es diferente. Ella fue lo más cerca que estuve de sentirme comprendido hasta que conocí a mi pareja. Sin embargo, tampoco tengo una conexión tan intensa con mi madre como para sentirme de veras “bien”.

En cuanto a mi familia política digamos que… “ok”. Un muy discreto ok.

Vayamos con mi mujer. Como ya sabéis los que seguís el blog, la adoro, y no hay palabras que puedan describir hasta qué punto. También a mi hijo. No tengo ningún problema con ellos, al revés. Aunque los veo muy poco, me dan fuerzas para levantarme de la cama y vivir un día más… y un día menos. Suena triste, lo sé. Perdonadme.

En esto cada persona es diferente, pero en mi opinión y ya bastante dilatada experiencia, el amor consuela, no salva. Es una medicina, un bálsamo, o una droga si queréis, no la Piedra Filosofal.

Tampoco hay tiempo para estar con mis amigos -acaso porque tengo pocos o muy pocos, y están lejos-. En resumidas cuentas: no tengo ocasión de ser yo mismo durante días enteros, semanas o meses. Me siento desconectado, desarraigado… Y es frustrante, viendo lo mucho que se motiva la gente con las mayores nimiedades.

Pongamos un ejemplo: yo uso mucho el metro y, de vez en cuando, me lo encuentro petado de hinchas de fútbol. Los veo sumidos en una especie de trance místico e incomprensible para mí, entonando cánticos ridículos, vociferando, alborotando. No los entiendo, y entiendo menos todavía el impulso que los mueve a comportarse así. La cuestión es que los miro y me digo: “¿soy yo capaz de esto? ¿podría hacer lo mismo?”.

Pues no. No soy capaz, o no me veo capaz.

Y, entonces, indefectiblemente, escucho la voz de Pepe en mi cabeza:

-Venga, hombre, no digas bobadas. ¿Cómo no te va a gustar el fútbol?

Decido rebelarme y le replico en voz baja, para que nadie piense que estoy pirado. Hago como que tarareo una canción, aunque tenga los auriculares desconectados y el móvil en silencio.

-No, no me gusta. ¿Qué carta juego ahora, Pepe? ¿Una que no tengo?

-¿Y los toros? ¿Cómo no te van a gustar los toros?

-Pues no, no me gustan nada.

-¡Es una tradición milenaria!

-Sí, como la horca. No te jode.

Algún que otro pasajero me mira extrañado. Ya me ha puesto la etiqueta -no del todo inmerecida- de tarado irredento. Se me nota hasta cuando quiero disimular. La voz de Pepe, inmune al desaliento, no ceja:

-¡Hay que ser comercial, hombre!

-Hay que fingir, básicamente, ¿no?

-Mira que eres raro, macho.

-¿Y qué culpa tengo yo?

La chica que va leyendo junto a mí se pasa sin complejos al asiento de al lado y deja uno vacío, digamos de seguridad, entre ella y el tío que habla solo con un tal Pepe.

-Juego mi mano, Pepe, pero las cartas las repartió dios, no las escogí yo.

-Si tú no vas a misa, descreído. No hables de dios.

-Me sé los evangelios mil veces mejor que tú.

-Pues mil por cero…

Pepe me observa (o me observaría) con un interés puramente ecológico, científico, como un biólogo que descubre una nueva especie de escarabajo en el desván de su casa. Porque Pepe no solo no me entiende, sino que no cuenta con las herramientas necesarias para entenderme y es muy posible que no tenga interés en adquirirlas. Total, ¿para qué? ¡Ya llegará algún científico de los de verdad a diseccionarme!

Pero… ¡cuidado! Es que es mucho peor. Es muchísimo peor, chicos.

Es jueves por la tarde/noche y vuelvo a casa. Me he pasado todo el día fantaseando con ella y me duelen los huevos desde la hora de comer. Y entonces Pepe, que es un cachondo, va y se materializa ante mis asombrados ojos -porque tiene la facultad de materializarse a voluntad, además de ser ubicuo y omnisciente-, se sube al metro conmigo en Nuevos Ministerios, en Sants o en Maritim y, en su tono más irónico, me pregunta:

-¿Y entonces qué es lo que te apetece hacer a ti?

-Como mañana es fiesta y el enano irá con su abuela, me gustaría estar en pañales, sobre la alfombra de mi casa, con mis juguetes. Solo eso y nada más.

-¿En serio?

-Y hacerme pis encima.

-Tú me estás vacilando.

-¡Qué va! Y, si me apuras, también…

-¡Para, para! -porque Pepe presume de cosmopolita, de heterodoxo y de políglota, pero, en el fondo, y por decirlo de alguna manera, no distinguiría el klingon del sindarin -. No me lo puedo creer, macho. ¡Y encima no te gusta el fútbol!

-Y me quiero tirar a mi chica cien veces, eso también. Pero a ella y solo a ella. ¿Sabes lo que te digo?

-Bueno, eso lo entiendo un poco mejor.

-Qué vas a entender, si tienes tarjeta VIP de todos los puticlubs de aquí a Tombuctú, coño.

-¡Ya salió el melindres!

Es exactamente esto.

A esas alturas, nos hemos quedado solos en el vagón del metro. Damos un poco de miedo, la verdad, pero no tanto como el vagón del metro semivacío, que recuerda demasiado a una jaula. Pepe y yo mantenemos el tipo y seguimos piando.

-Tengo un chupete nuevo, es super chulo. Y un biberón. Y pañales con muñequitos. Y si soy bueno, la seño me dejará dormir con mi peluche y mi pañalito.

-¿Qué leches dices?

-Pero si me hago pipí me dará pam pam en el culete.

-Tú estás mal de la cabeza, tío.

-No como tú, que lloras por el resultado de un partido de fútbol. Eso sí que es cordura, ¿eh?

-¿Me estás diciendo que lo tuyo es mejor que el fútbol, la política, los toros o el puticlub?

-De puticlubs no entiendo, pero te digo que, si ahora mismo me dejaras escoger entre acabar con el hambre en el mundo y mi onesie de piratas, me costaría tomar la decisión. Lo siento por África.

-Supongo que tú prefieres tus pañales y tus peluches y tal.

-Sí.

Así de simple y categórico. No le doy más explicaciones a Pepe. Podría hacerlo, pero, ¿para qué? Si no entiende lo del fútbol, ¿qué probabilidades hay de que entienda lo demás? De que entienda que yo tengo esa necesidad y que no escogí tenerla, sino que es inherente. De que para mí, todo eso que él ignora o rechaza es fundamental. Forma parte de mí mismo. Soy como soy, y si no podía cambiar a los 20 años, ¿cómo voy a cambiar ahora, a los 40 y pico?

¿Comprendéis lo que quiero decir? Seguro que sí. Vosotros no sois unos pepes.

Ser raro no es un drama, chicos. No tiene nada de malo, ni es indeseable (“eso es muy bueno, de verdad”), ni es intrínsecamente negativo. Ya lo hemos dicho más de una vez en Historias ABDL. Vive la difference y todo eso. A tope.

Otra cosa es que sea fácil, claro, porque NO lo es.

De hecho, es muy jodido. Jodidísimo.

Stephan

La eterna y recurrente pregunta (I)

Disclaimer: este post va a ser largo y enrevesado. Se va a alejar un poco de la tónica distendida del blog y se adentrará en cuestiones que, quizá, podrían ser delicadas o demasiado emotivas para algunos lectores.

Me habéis escrito o preguntado algunos si todo va bien, ya que en los últimos meses el ritmo de actualizaciones ha descendido mucho.

Es difícil contestaros a esa pregunta. A esa eterna y recurrente pregunta, vaya 😉.

Digamos que va, dentro de lo que cabe, bien, pero que no va bien del todo. Rara vez va bien del todo en mi cocorota; llamadme cenizo, inadaptado, incomprendido, o simple y llanamente gilipollas…

No me llame gilipollas, llámeme payaso -12:50-”

¿Cómo explicarlo? Es una sensación o un estado mental bastante habitual en mí desde mi adolescencia y que, por épocas, aflora o se manifiesta de maneras impredecibles. Es un poco como el fokin Visitante Incierto de Gorey: nadie sabe por qué está ahí ni qué demonios quiere. Simplemente, está y se siente…extraño.

Esta sensación a veces se retira por sí sola (gracias a dios, en esto no se parece al Visitante Incierto), y otras necesita una ayudita adicional, normalmente en la forma de algún proyecto delirante, de esos que tanto me gusta emprender. Como este blog, sin ir más lejos 😉.

«It came seventeen years ago and, to this day / It has shown no intention of going away»

Hoy quiero hablaros de ello más en profundidad, porque me parece a mí que no soy el único a quien le pasa y, respecto a estas cosas tan señaladas: “podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto…”.

Voy a empezar contándoos una anécdota. Benigna, por supuesto.

Hace muchos, muchos años -parece que ha pasado un siglo- tuve un jefe de veras peculiar. Un tipo de esos -vamos a llamarle Pepe- que te marcan, para bien y para mal. Hay un antes y un después de él en mi vida y no solo en lo profesional. Suena a tópico, pero es la verdad.

Tenía un perfil marcadísimo, muy común en las altas y medianas esferas de mi país: muy buena familia, contactos en todas partes, títulos nobiliarios por aquí y por allá, estancias en el extranjero, universidades privadas, etc. A todo esto, se añadían un carisma, una simpatía natural y una incuestionable inteligencia, además de una capacidad extraordinaria para gestionar personas y, sobre todo, para calarlas.

Su perspicacia y su don de gentes, cuando quería, rozaban lo prodigioso. Le vi, en vivo y en directo, meterse en reuniones con personas que al entrar pedían su cabeza en bandeja de plata y que al salir lo abrazaban y le pedían disculpas, cuando una hora antes no querían verle ni en pintura y hasta maldecían su nombre.

Mi relación con él fue extraordinariamente buena. De hecho, es una de las personas a las que más agradecido estoy en muchos sentidos. Y puedo aseguraros que no teníamos nada en común. Yo; un chico de barrio. Él: un niño bien. Yo: un “anarquista, pero buena gente”. Él: un monárquico conservador. Yo: anti-fútbol. Él: futbolero a muerte. Yo: friki de los libros. Él: el “Marca” y gracias. Y así, si quisiera, hasta rellenaros el post entero. Éramos el día y la noche, las personas más diferentes que os podáis imaginar.

Podría contaros muchas otras anécdotas sobre él, algunas de ellas completamente descacharrantes, pero no vienen al caso. Os voy a referir, concretamente, la que viene que ni pintada al tema.

Esto ocurrió en el otoño del año 2010, más o menos: ¡hace catorce años! Dios, ¡qué viejo soy! Tempus fugit y tal y cual 😊

También hay otras cosas que se fugan, ya me entendéis… 😛

Contra todo pronóstico, y después de una serie de desencuentros con diversos clientes y proveedores de la empresa, conseguí resolver un marrón de los gordos, uno que llevaba encima de la mesa varios meses. Digamos que, gracias a mi solución, Pepe se libró de una buena, y de tener que dar un montón de explicaciones de esas que nadie quiere dar, porque puedes perder a tu mejor cliente, a tu único proveedor fiable del tipo tal o cual, etc.

Bajábamos juntos las escaleras del edificio, porque a él le gustaba bajar andando. Pepe iba exultante, más contento que unas pascuas, con su sonrisa de cuarto creciente -marca registrada- en la cara.

Estábamos ya en el recibidor del edificio, en la penumbra, a punto de salir a la calle, cuando me agarró del brazo y me paró. No le di importancia, porque era mucho de abrazos, palmaditas, etc. Muy cordial, muy cercano. A la media hora de conocerte, ya te llevaba en el bolsillo.

-Oye, Stephan.

-Dime.

Se me quedó mirando un rato, como si dudase de lo que iba a decirme. Me sonreía, pero solo con la boca; en sus ojos había un brillo no burlón, pero sí muy condescendiente.

-Eres un buen tío. Un tío magnífico, de verdad.

-Vaya, muchas gracias, pero…

-¡Chissssst! ¡Calla! -me interrumpió, como solía-. Escúchame. Va en serio. Eres un tipo fantástico. Tienes madera. Tienes futuro. Te lo digo de corazón y yo rara vez me equivoco en esto. Y encima tienes una cosa muy buena: eres un tío peculiar. Raro, pero en el buen sentido. Eso es muy, muy bueno. De verdad. Eso es muy bueno. Pero permíteme un consejo, ¿eh? Esto tienes que comprenderlo, es muy importante.

-¿A qué te refieres?

De pronto, su sonrisa se esfumó y se puso muy serio. Luego, cuando se hubo asegurado de captar toda mi atención, torció un poco el gesto y, mirándome fijamente, me dijo, en un susurro:

-No juegues siempre esa carta.

No supe qué decirle, fuera de “ya”. Asentí, salimos juntos a la calle y no hubo nada.

La cuestión, mis queridos amigos, es la siguiente: ¿puede uno jugar cartas que no ha robado? O, en resumidas cuentas: ¿puede alguien dejar de ser quien es? ¿se puede fingir que eres otra persona? ¿Incluso una persona normal? ¿De esas que ve el fútbol, hace maratones de series y habla de política como si le fuera la vida en ello?

Yo no puedo. No sé hacerlo.

¿Y vosotros?

(continuará)

Stephan

¿Peluches sí y pañal no?

Hola, pequeñines, ¿cómo os trata la vida?

«Me defiendooooo, me defiendooooo / como gato panza arriba»

Hoy os traigo un post que, básicamente, se reduce a una pequeña reflexión tal y como os la he resumido en el título. Vamos que, a efectos prácticos, os he destripado la entrada en los titulares XD.

Ya sabéis que aquí defendemos el derecho de cualquiera a hacer lo que le de la gana en su vida privada, siempre y cuando no haga daño a los demás. Y si ese «algo» es usar un chupete o dormir en pañales, pues fantástico. ¿A quién le importa?

El caso es que hace unos meses me encontré con una serie de artículos sobre un tema que a los ABDL les suele molar mucho: los peluches y demás. Normal, ¿no? Son monos, achuchables y ayudan a entrar en el littlespace con facilidad. Todos tenemos alguno, jeje. Yo, por lo menos, sí. Dos, concretamente: un pulpito y un osito 🙂

Los ositos molan. Yo soy un clásico.

Pues bien, aquí os dejo un par de links que tratan el tema de dormir con los peluches en cuestión. ¡Pasen y lean!:

¿Qué tan raro es seguir durmiendo con un peluche?

¿Eres adulto y duermes con peluches?

¡Mira tú! Y nosotros pensando que dormir con un peluche era super anormal y super chungo y super todomal. Ahora viene la ciencia y dice que no hay ningún problema y que es útil y hasta terapéutico. Ojito con el término: TERAPÉUTICO. Entre cuyos sinónimos, según la RAE, figuran: «curativo», «medicinal» o «rehabilitador».

Y pregunto yo: ¿solo el peluche? ¿Si te limitas al muñequito, está bien, pero si además le añades un chupete, o un pañal, o un onesie, o un pijama mono, o unas braguitas de plástico, está mal? ¿Ya no es algo de cuyas ventajas psicológicas puedas aprovecharte?

No sé para vosotros, pero para mí, los momentos ABDL tienen mucho de terapéuticos también. Me relajan, me liberan de mucho estrés, me permiten conectar con compartimentos de mi mente y mi personalidad que de otro modo quedarían aislados y me proporcionan una sensación de ligereza y fluidez mental muy parecida a la felicidad.

Así que reitero la pregunta: ¿peluche sí y pañal no?

Tenemos dos opciones: disfrutar de lo que nos gusta sin complejos o esperar a que la ciencia nos diga que está ok para hacerlo despreocupadamente 😉

Yo lo tengo claro. ¿Y vosotros?

¡Buen finde, peques!

Stephan

«¡Soy ABDL!» : Una anécdota muy real

Lo he dicho varias veces y lo sigo diciendo: aunque tendamos a pensar que hay muy pocos ABDL, la auténtica verdad es que somos todos los que estamos, pero no estamos todos los que somos.

Hay muchas razones para no decir “Soy abdl”. La primera, claro, es la vergüenza, el dichoso “qué dirán de mí”. Pues bueno. Dirán que eres ABDL. Lo tendrás que asumir. No te apures, rey…

De miedos muy similares, en el fondo, ya se reían los Mecano hace 25 años.

También es porque no todo el mundo se autoexamina ni tiene una rica vida interior, por decir así. Hay muchas personas a las cuales la inercia del día a día les puede tanto que nunca se han parado a pensar qué fantasías tienen ni cuáles les gustaría poner en práctica. No es raro que la gente descubra sus fetiches a los 40, por ejemplo. Ni que no los disfrute hasta los 50. O nunca jamás.

Ahora bien; no pretendo con esto criticar ni culpabilizar a nadie de lo que siente y cómo lo siente. Yo soy ABDL y lo llevo muy bien; otras personas, no tanto. Lo cierto, y esto también lo he de decir, es que cuando hace 20 años me relacionaba con otros kinksters, todos teníamos la sensación de que en el futuro -o sea, ahora- este tipo de prácticas, fantasías o conductas estarían mucho más aceptadas y nadie tendría que esconderse en exceso para llevarlas a cabo. Sin embargo, mi percepción actual es que, aunque la comunidad ha aumentado gracias a internet y el número de chicas abdl es mayor que antes, la aceptación sigue siendo problemática, al menos en mi país.

Tampoco creo que la cosa sea mucho mejor en el extranjero. Los españoles tendemos a pensar que vivimos en el Paleolítico, pero luego cruzamos la frontera y nos damos cuenta de lo mucho que se estilan las flechas de sílex en Francia, las lascas en Alemania y las pinturas rupestres en Inglaterra. No sé si me explico.

Casi os puedo escuchar diciendo: “¿Y a mí qué cojones me cuentas, pitufo filósofo?” XD.

Ya vooooooooooooooooooy, ya voooooooooooooooooooooy. ¡Qué impacientes, joder, no puede uno reflexionar ni dos párrafos!

Hoy os traigo una anécdota relativamente reciente y que abonará mi tesis al respecto de los pocos que se atreven a decir lo de “yo soy ABDL”. Os aseguro que es verídica y que sucedió en un contexto completamente natural. Pinky promise.

De vez en cuando juego a videojuegos online con mis amigos de toda la vida. Cada uno hemos ido a parar a puntos distintos de la geografía de España, pero hacemos lo posible por mantener el contacto. Y…bueno, lo de jugar online suele ser más divertido, así que con los colegas de siempre, pues mucho más. La mitad de las veces no atendemos apenas y nos dedicamos a contarnos nuestras vidas y a meternos los unos con los otros. Nada de raro ahí, imagino que más o menos todos los tíos que pasamos de los 30 y/o 40 hacemos lo mismo.

Un día que habíamos quedado para jugar Mobas, uno de mis amigos -vamos a llamarle Raúl- llegó tarde y el muy cabrón, además, borracho como una cuba después de una comida de empresa o similar, así que, si ya no solemos hacer mucho caso a los juegos, aquel día menos que nunca.

Empezamos, para variar, a meternos los unos con los otros (“no sé si eres más manco que gilipollas o al revés, tron…”, “dios, solo de oír tu voz de mierda me pongo enfermo…”, etc.). Perdimos la partida, claro, pero como somos unos putos cuarentones, nos gusta pensar en que al otro lado de las pantallas habrá un puñado de adolescentes autoafirmándose gracias a esa, su ridícula victoria. Y eso es bueno, como el yogurlado XD.

En fin. El caso es que juntar a unos cuantos maromos -uno de ellos borracho- a decir barbaridades por un chat es fórmula segura para que acaben hablando de sexo. Y así fue. Que si tal personaje del juego me recuerda a fulanita, que si el otro día salió menganita en una noticia, “joder, cómo le daba”… Todas esas cosas. Muy bronversation, ya me entendéis. Tampoco va a ponerse uno a charlar de metafísica mientras aniquila monstruitos electrónicos, ¿no?

En un momento dado, salió el tema de cierta celebridad nacional que, como sabemos todos en la pandilla, es el amor platónico y no tan platónico de Raúl. No le juzguéis, seguro que a todos y todas (y todes, venga) os pasa lo mismo. Cada cual fantasea lo que quiere, ¿qué pasa? 😛

A partir de aquí, voy a intentar transcribiros el diálogo entre los 3 amigos que estábamos conectados: Raúl, David y yo (Nenito), tal y como, más o menos, lo recuerdo. ¡Pasen y vean la bronversation!

Disclaimer: Nivel de Bro-ismo EXTREMO XD

R: Ayyyyy. Ella no sabe ni que existo, pero yo la amo. ¡La amo!

N: Tíiiiiio, qué mal. Se ha echado un novio nuevo, según la prensa. ¿No te mueres de rabia? ¿No querrías retar a duelo al novio y cargártelo?

D: Igual con follártela te dabas por satisfecho, con novio nuevo o sin novio nuevo. Tú no eres celoso, ¿no?

R: (borrachísimo y con la voz gangosa) ¡Blasfemia! ¡Blasfemia! Si yo no soy digno, ¿quién lo va a ser?

N: Ya, yo creo que solo con poder dirigirle la palabra te daba un síncope. Y follar, ni hablamos.

R: Yo solo quiero estar a sus pies. ¡Mi señora! ¡Mi diosa! ¡Aquí me tienes!

D: (citando en tono épico)»¡Arise, my champion!«

N: (continuando la cita) ¡At your side, my lady!

R: Haría todo lo que ella me dijera.

N: (Risas) ¿Como qué, tío turbio, como qué?

R: Me vestiría como ella me dijera. ¡Yo qué sé!

N: Algo me dice que tienes alguna cosa en mente.

D: ¡De humilde lagarterana!

N: ¡De oficial de la Werhmacht!

R: Nah, nada de eso, ¡qué va! Ni de lejos.

N: Huuuuy… qué misterioso. Seguro que es algo delirante, inconfesable…¡Penitenziagite!

D: ¿Qué será? ¿Qué será?

R: ¿Y si fuera, por ejemplo, un traje de cuero?

D: No sé, no te veo yo en plan amo exigente con ella.

R: Nah, no es eso, no…

N: Eh, tron, tranquilo, tus fantasías son tuyas. Paz, hermano.

R: ¿Y si fuera su mascota?

N: Pues muy guay. A mucha peña le mola eso.

D: Bastante, sí. Furros a tope.

R: (dubitativo) Y si fuera… ¿un pañal cagado?

…And then there was silence

(y se hizo el silencio)

N: (Retomando la conversación unos larguísimos segundos después) Pues hombre, la mayoría de la gente te diría que eso es una perversión aberrante, pero en mi opinión, la única forma que habría de describirte es: “El puto amo”.

R: (Riendo) Pero solo sería en ocasiones especiales. Yo sería su niñito…

N: ¿Una mami que te haga mimitos y te limpie el culete? ¿Quién no quiere eso, jajaja?

D: (Entre descojonado y estupefacto) ¿Queréis atender a la pantalla, cerdos de mierda?

Resultó que Raúl, quién lo iba a decir, también es ABDL. Y mira que hemos sido amigos durante más de 20 años. Fuimos a la misma facultad. Nos hemos emborrachado juntos miles de veces. Hemos salido, viajado y compartido mil experiencias. Y nunca en esos más de 20 años había reconocido o siquiera mencionado la cuestión. Ni aun medio sabiendo ya, como medio sabía, que yo soy ABDL.

Soy abdl
Y vosotros también lo sabéis, claro

Por eso, mi propuesta es que os arméis de fe y paciencia: el día que menos lo esperéis, algún compi ABDL saldrá del armario delante de vosotros. Y espero que estéis allí para tranquilizarle, decirle que no pasa nada y… ¡quién sabe! A lo mejor, si los dioses de la heterodoxia y el frikismo así lo quieren, para mucho más 😉

Somos legión.

¡Divertíos, peques!

Stephan

Probando los pull-ups

¡Hola a todos, chic@s!

Lo primero: espero que estéis todos bien y petándolo a tope. Yo sigo en mi senda de recuperación física y mental. Voy poco a poco, pero no me quejo: creo que la primavera me está sentando -salvo por la dichosa alergia- bastante bien.

Hoy, de todas maneras, el post será corto. Una pequeña review, por así decir. Bueno, en realidad, no llega a review, es más una anécdota pañalera o un conjunto de truquitos y tips.

El caso es que a finales del año pasado me entró el capricho de probar los pull-ups de toda la vida. Ya sabéis a cuáles me refiero, ¿no? Los que se venden en supermercados y demás. Nunca los había usado -ni en la vida real ni en la vida “irreal”, ya me entendéis- y a raíz de una conversación con un colega ABDL me entró el gusanillo. Entre otras cosas, por la típica fantasía de de “no, no, no, eso no te sirve, que tú eres muy meón…”. No me digáis que no sabéis a lo que me refiero; al fin y al cabo estáis pululando por este blog 😛

La cuestión más complicada era saber si me iban a servir. Yo soy más bien delgado y alto, como sabéis (1.88 / 79 kg), y la talla más grande disponible decía que el peso máximo era de 57 kg. ¿Me valdrían? Me moría de curiosidad por comprobarlo.

El caso es que al final me animé; pillé un paquete en Amazon y aquí va la fotillo, jejeje:

La verdad es que la sensación es buena, son suaves y agradables de llevar. En lo que respecta a talla y demás me quedan algo pequeños, por desgracia, sobre todo por detrás; como se suele decir, voy enseñando un poco la hucha XD. En lo relativo a ajustes, poco que decir, ya que al venirme algo pequeños me quedan ajustaditos, pero en cuanto al ancho de piernas y demás, la verdad es que bastante bien.

Eso sí: si vuestros pañales os gustan más bien gruesos, está claro que los pull ups no son la mejor apuesta, ya que están diseñados para ser discretos. Los dibujillos, por cierto, no están mal, pero acostumbrado como estoy a los de los Kiddo, Tykables y demás, a mí personalmente me saben a poco. Aunque no es demasiado importante: ya os decía que ha sido un caprichito, más bien.

A nivel de absorción tampoco esperéis maravillas, aunque mi experiencia ha sido bastante positiva y han mejorado mis expectativas. De hecho, me imaginaba que iban a desbordar a las primeras de cambio, y pueden aguantar un poquito más de lo que pensaba. Ojo: un poquito solo. Si sois unos meoncetes consumados mejor seguís con vuestros pañales habituales o lo dejaréis todo perdido («tú necesitas pañaletes bien gorditos, etc.») :P.

Molaría que los hubiera más grandes y con otros dibujitos, yo creo que ahí sí que merecerían más la pena, pero he hecho una investigación al respecto y, al parecer, los Goodnites de la talla máxima, que vienen a ser muy parecidos a estos pero mucho más grandes, no se comercializan en España, y comprarlos en cualquier país anglosajón es un rollo por el tema aduanas, gastos de envío, etc.

La experiencia, en resumen, ha sido bastante positiva. No obstante, me quedo con mis clásicos Kiddo y similares, tanto por el aspecto como por otras razones… de peso, jajajaja.

¡Besos y mimos!

Stephan

NI NUEVO, NI MODERNO: DOS MIL QUINIENTOS AÑOS DE BDSM Y… ¿TRES SIGLOS DE ABDL?

Como estamos en carnaval -o deberíamos-, vamos a dejarnos de intrincadas y profundas reflexiones sobre la naturaleza de nuestras fantasías y de alambicados post llenos de líricas reflexiones sobre sexualidad BDSM. Hoy vamos a intentar ser amenos y nada más.

Empecemos, pues, con una pregunta tramposa: ¿Desde cuando creéis que existe el BDSM? Mejor todavía. ¿Cuál es, a vuestro entender, la referencia más antigua que conocéis de la existencia de prácticas ABDL?

En realidad el BDSM, muy probablemente, es tan antiguo como la civilización y puede que más. Todavía hoy hay muchos practicantes que lo conciben como la expresión más intelectual y “civilizada” de la sexualidad humana, porque en el BDSM la genitalidad tiene una importancia comparativamente menor que en la sexualidad vanilla. Esto, por supuesto, es más que discutible, pero hoy nos abstenemos de debates sesudos. Hoy, a tope con las risas, la curiosidad y la divulgación carnavalescas.

Así, a bote pronto y a modo de ejemplo, es muy probable que los misterios eleusinos y/o dionísíacos incluyeran, dentro de un amplio espectro de prácticas psico-sexuales, elementos BDSM. Y es que la importancia que en los cultos órficos y sobre todo dionisíacos tenían elementos simbólicos como los látigos, los tirsos y determinadas plantas trepadoras o con espinas no puede ser simplemente obviada.

Yo diría más: el mito de Orfeo contiene elementos BDSM para dar y tomar. Y qué decir de los famosos relieves de la llamada Tumba de los Flagelantes (siglo VI A.C., nada menos), en donde se representan con ab-so-lu-ta cla-ri-dad prácticas sexuales de flagelación. El spanking y el whipping vuelven a aparecer con toda su crudeza en un fragmento de El Satiricón de Petronio, una obra, dicho sea de paso, muy saturnálica y carnavalesca.

Antíoco, macho. Ahora no me acuerdo si mi palabra segura era “onicofagia” o “catalepsia»

Aquí, como nos gusta contribuir al buen rollo, os damos una idea para disfraz de carnaval: Ménade. Y cuando la peña se queje de que vais fustigando o despedazando al personal por la Diagonal, vosotros os ofendéis y decís que forma parte de vuestra religión y que quien no se deje zurrar es un Dionisiófobo y mimimimimimimi…

¿Shakira y Piqué? Unos aficionados. ¡Prepara el culo!

Si seguimos hacia la Edad Media, resulta bien fácil encontrar referencias BDSM en la literatura de los goliardos. Recordemos, si no, la mítica “Balada de Margot la Gorda” del aún más mítico François Villon (Siglo XV):

Pero vuelve la paz, se tira un pedo
más criminal que de un cañón la bala,
riendo me da un golpe, luego, quedo,
“¡súbete!” dice, en tanto que se instala.
Dormimos como un zueco, ambos beodos.
Si despierta y su vientre aún reclama
se alza y me monta, tales son sus modos.
¡Nos aplasta!” gemimos yo y la cama,
“¡Por tu lujuria nos desvencijamos!”
en el burdel en donde el pan ganamos.

Que llueva o truene, tengo el pan seguro.
Soy vicioso y halléme una viciosa.
No sé cuál de los dos lo es más, lo juro.
Y la basura nos parece hermosa
y el honor nos repugna y lo ahuyentamos
en el burdel en donde el pan ganamos.”

Pero para encontrar referencias al ABDL es necesario, hasta donde yo sé, avanzar un poco más en el tiempo. Hasta el siglo llamado de las luces, el siglo XVIII. Aquí, incluso, existe una literatura cuya razón de ser consiste en explorar, divulgar y escandalizar describiendo prácticas BDSM. Es la época de «Fanny Hill«, de «Las Amistades Peligrosas» y, por supuesto, del gran y divino Marqués de Sade. También es la época en la que Jean Jacques Rousseau -quizá el filósofo más influyente de los últimos siglos, y pilar fundamental del pensamiento moderno, para bien o para mal- escribía, ni corto ni perezoso, lo siguiente en un celebérrimo párrafo de sus “Confesiones”:

El cariño, propio de una madre, que la señorita Lambercier nos profesaba, la revestía de la autoridad de tal, y algunas veces usaba de ella imponiéndonos castigos merecidos. Durante mucho tiempo se concretó a la amenaza, pareciéndome espantosa la prometida pena, nueva enteramente para mí; pero desde que la sufrí me pareció mucho menos terrible de lo imaginado. Y lo más particular es que aquel castigo aun me aficionó más a lo que me lo había impuesto, de modo que fue necesaria mi natural dulzura y toda la verdad del afecto que le profesaba para que no tratara de conocer la repetición del mismo, mereciéndolo, porque encontré una mezcla de sensualismo en el deber y en la vergüenza del castigo, que me hacía desear recibirlo otra vez de la misma mano. Es verdad que había en ello cierta precocidad instintiva de sexo y, por lo tanto, el mismo tratamiento practicado por su hermano no me habría parecido tan gustoso. Pero, atendido su carácter, no había que pensar en semejante sustitución: y me abstenía de merecer el correctivo por temor de disgustar a la señorita Lambercier; pues tal es el imperio que sobre mí ejerce la benevolencia”

Aquí ya estamos un poco más cerca de encontrarnos de lleno con una referencia explícita al ABDL, pero aún no llegamos del todo. Nos quedamos cerca como quien dice: en los culetes rojos, castigos y demás. Tendrá que ser, como siempre, el Divino Marqués el que, en sus “120 Jornadas de Sodoma”, por la boca de uno de los personajes, describa algunas fantasías típicamente ABDL. ¡Agarraos, que vienen curvas!:

Un joven cuya manía, aunque muy poco libertina, en mi opinión, no por eso era menos singular, se presentó en casa de madame Guérin poco después de la última aventura de la que hable ayer. Necesitaba una nodriza joven y lozana, la mamaba y eyaculaba sobre los muslos de aquella buena mujer mientras se atiborraba con su leche. Su pito me pareció muy mediocre, y toda su persona bastante desmedrada y su descarga fue tan dulce como su operación.”

¿Qué os parece? No es todavía 100% ABDL, pero ya nos acercamos muy mucho. Fetiche de lactancia, que es primo hermano del nuestro. Y ya donde entramos de lleno en el rollo es en el siguiente, del que he eliminado la parte de scat. Más que nada, por hacerlo más obvio y porque el scat no es mi rollo, aunque al marqués se la pusiera como un torreón de la Bastilla.

El héroe de la aventura era un viejo brigadier de los ejércitos del rey; había que desnudarlo del todo, después fajarlo como a un niño y, estando así (…). Todo se ejecuta, nuestro libertino lo come todo y descarga en sus pañales mientras imita los lloros de un niñito.”

Lá voilá: la primera referencia al ABDL clara y evidente que yo conozco en la historia de la humanidad. ¿Qué os parece?

Y ahora os dejo, que no seré brigadier de los ejércitos del rey, pero acabo de hacerme pipí en el pañal como el meoncete que soy…

No es un disfraz. Soy yo. Ahora.

Fuera prejuicios…¡y divertíos!

Stephan

IL MESSAGIERO…¿É IMPORTANTE? (II)

Nota: Mi experiencia personal, por resumir, se parece mucho a la que relata el célebre Kent Perry, auténtico precursor y patrón laico de los ABDLS, solo que yo no tuve “epifanía” pañalera porque lo soy desde siempre. Si tenéis buen nivel de inglés, echadle un vistazo. Es de veras interesante.

¡Hola, posturetas del BDSM! ¿Qué dulce tortura tenéis preparada para hoy?

«Hellraiser, Hellraiser, nos tiene aquí acojonadoooooooooos…«

Hoy en Historias ABDL vamos con la segunda parte de este post, en la que os contaré un poco mis andanzas ABDL, que ocupan ya un espacio de casi cuatro décadas, ahí es nada.

Nadie sabe todavía si un ABDL nace o se hace. Teorías, hay para todos los gustos, claro. Que si lovemaps, que si fijaciones, que si imprinting, que si patatas. El caso es que, para resumir, los psiquiatras y psicólogos no tienen ni puta idea del origen de esta extraña -pero maravillosa- fantasía, fetiche o llamadlo “x”. Aquí, en Historias ABDL ya hicimos nuestros pinitos y seguiremos haciéndolo.

En mi caso, y hasta donde alcanza mi por otra parte magnífica memoria, yo nací ABDL. No recuerdo un día en el que no me haya sentido atraído por los pañales y -en mucha menor medida- por los peluches, chupetes, ropita y demás. En ciertas épocas de mi vida, esa atracción rozaba lo obsesivo y en otras, aun estando presente, se mantenía un poco más agazapada.

Como ya os conté, usé pañales para dormir hasta los 7 años. Mi ritual para irme a la cama era el mismo todas las noches: mi madre me poñía los pañales, subía la braguita de plástico, el pantalón del pijama, un beso y a la cama. Casi siempre eran de tela: toallas estratégicamente dobladas para que absorbieran más (pasta no había) o, a veces, pads similares a este, de los que necesitaba, como poco, unos tres. No era lo habitual porque la celulosa, al mojarse, se volvía demasiado blanda y tendía a desmenuzarse, además de no ser lavable ni reutilizable. Así que en un 95% de las veces, usaba toallas viejas.

Todos los tópicos que hayáis leído por ahí en páginas ABDL y en relatos del mismo rollo me ocurrían: los cercos de pis en la cama, el cambio de pañales a escondidas para decir que me había levantado seco, la noche en que por alguna razón no me conformé con el pis y me lo hice todo encima, el miedo a que mis amigos se enterasen, la vez que me lo hice a propósito, etc. Profundizaremos en anécdotas concretas otro día, quizás.

El caso es que en aquella época yo no comprendía muy bien lo que me pasaba con los pañales y ni mucho menos lo identificaba con algo sexual, porque no tenía ni idea de qué era eso del sexo, pero usarlos era a la vez vergonzoso y agradable, con un punto mágico. ¿Por qué no sentía auténtico rechazo, como un niño de 5 o 6 años debería hacerlo (o eso mandaban los cánones establecidos)? Ni idea. Muy al contrario, por aquellos días yo quería profundizar en lo relativo a los pañales. Me habría encantado usar los desechables, por ejemplo. Quería ser como los niños que salían en los anuncios de pañales de la televisión y cada vez que veía uno con 6 o 7 años, me sentía completamente identificado. Quería ser actor de anuncios de pañales XD.

Poco después de los 7 años mi enuresis remitió súbita y definitivamente, sin ninguna razón aparente. Puede que fuera un tema de madurez física o algo así. Desde entonces se acabaron las toallas y las bragas de plástico para mí. En principio mi actitud fue la de “ah, qué bien, por fin. Ya soy definitivamente mayor”. Pero eso fue a corto plazo. A largo, en cambio, los eché muchísimo de menos. Incluso puedo decir que la mejor parte de mi infancia transcurrió antes de que dejara de usar pañales para dormir. ¿Casualidad? Es difícil de decir, pero yo siempre lo he sentido así.

A partir de los 9 años tuve habitación propia y con ello, cama propia. Fue en esa época cuando comencé a fantasear, noche sí y noche también, con usar pañales de nuevo. Para ello, me quitaba los pantalones del pijama y los metía dentro del calzoncillo, de forma que abultara como un pañal. En esta época, que duró hasta los 12 o 13 años, yo era un preadolescente y mis fantasías a menudo incluían chicas guapas y esculturales que ejercían de “mamis”, aunque yo seguía sin comprender por qué me gustaba tanto, ni mucho menos que hubiera algún componente sexual en ello.

Fue una etapa bastante intensa en lo relativo al ABDL. Por ejemplo: intenté fabricarme unos pañales propios con bolsas de plástico y camisetas viejas, pero los prototipos desaparecían misteriosamente (¿mi madre? ¿mi hermano? Jamás lo supe) de los sitios donde los escondía. También me pasaba los ratos libres husmeando por casa, cuando me quedaba solo, con la esperanza de encontrar mis viejas braguitas de plástico, aunque nunca lo conseguí.

Mis fantasías fueron perfeccionándose y llegué a inventarme de todo: desde programas de televisión ABDL a películas y demás (con servidor como actor principal), además de escenas de un erotismo subliminal con las “chicas-mamis”. Solía dedicarles las primeras horas de la mañana del sábado en la cama, antes de levantarme a ver dibujos animados, y a menudo también la madrugada del jueves al viernes, la media hora o tres cuartos de hora previos a levantarme para el desayuno.

Durante mi adolescencia abandoné todas estas prácticas bajo el lema “esto no es lo que hacen los hombres”, que me repetí hasta la saciedad, aunque eso no significa que me sintiera mal ni avergonzado por el pasado. No es que me quisiera “curar” ni mucho menos; simplemente mi lado ABDL pasó un tiempo en hibernación, desarrollándose más y madurando (si es que eso es posible XD). Algunas veces pensaba en pañales, pero no con tanta frecuencia e intensidad como en mi preadolescencia. Lo único relevante desde la perspectiva ABDL en esta etapa es que comencé a entender mejor lo que sentía. Que mi fijación con los pañales tenía mucho de kink.

Y unos pocos años después llegó algo que nos cambió la vida a todos los ABDL: internet. Como usuario muy temprano en comparación con la inmensa mayoría (llevo navegando asiduamente por internet desde el año 1997), fui seguidor y visitante de todas las páginas de aquella época: Dpf, Deeker (de turbia memoria), Abkingdom (todavía sigue muy pero que muy activa) y demás. No obstante, llegué a ellas un poco después, de la mano de otros fetiches míos (spanking) y, sobre todo, a raíz de una mera casualidad.

La cosa fue así: a finales de los 90 y principios de los 2000 yo era usuario habitual de dos páginas muy conocidas en aquellos tiempos: yonkis.com y la página de Torbe (Putalocura cuando era en un 95% bizarra y humorística, no pornográfica). Fue una de estas páginas la que, un día cualquiera, allá por el 2000 o el 2001, publicó un artículo sobre sexo y pañales, en plan “esta pareja tiene sexo en pañales, vaya movida”. El artículo y las fotos que incluía eran más bien humorísticos, pero curiosamente unas pocas semanas después la página publicó otro un poco más serio (“se está poniendo de moda esto de follar en pañales”, etc.), proporcionado más información y diversos links entre los que estaban -creo- algunas de las páginas que os mencionaba en el párrafo anterior.

Yo ya andaba por la veintena y a partir de ahí, mi lado ABDL volvió -nunca se había ido del todo- con más fuerza que nunca. Y, como yo nunca me había sentido mal por tener estos gustos, cuando descubrí que había muchas otras personas que los compartían mi reacción fue más la de “de puta madre” que la de “menos mal, qué alivio, no estoy loco”. A partir de este año 2000-2001, mi nenito interior se cobró de sobra los años que había permanecido “a la sombra” 😉. Así, fui explorando mis gustos a través de chats, grupos de yahoo, foros, grupos de msn (dios, ¡el puto jurásico!), irc y demás. Conociendo a mucha, muchísima gente. Y por todo el mundo: es lo que tiene hablar inglés decentemente :P, sobre todo teniendo en cuenta que en aquella época el 95% de los contenidos ABDL eran en inglés.

Allá por 2003-2004 retomé la costumbre de pantalones de pijama+calzoncillos de vez en cuando, aunque muy residualmente. Y por fin, en 2006, tuve el valor de comprar pañales en Mercadona y usarlos, si bien en esa época yo estaba prácticamente independizado y no le daba explicaciones a nadie.

Luego me mudé para vivir con mi novia –quien ya sabía lo de mis stranger things, como os conté aquí– y juntos hemos ido profundizando más. Ella no es ni nunca ha sido ABDL pero lo respeta absolutamente y disfruta conmigo de aquellos aspectos que sí le llaman (los castigos, la forma de hablarnos, la ropita…) y en otros, esencialmente, se mantiene aparte (cambios de pañal, por ejemplo). A veces nuestros juegos ABDL incluyen sexo y otras veces no, pero lo más frecuente es que sí. Lo importante para nosotros es disfrutar juntos, explorar y reforzar al otro para que sea siempre él mismo, sin que nadie tenga nunca que fingir lo que no es. Recordad, además, que aunque ella no es ABDL sí es una ageplayer y spankee de pro. Y ambos somos switchers y unos auténticos yonkis del soft dom y los culitos rojos 🙂 _______ .

Y eso es todo, chicos. Esta es mi propia Historia ABDL para Historias ABDL.

Seguro que la vuestra no es tan, tan diferente. ¿A que no?

¡Besitos!

Stephan

PD: Perdonad los anglicismos, pero términos como «spankee» o «ageplayer» son muy chungos de traducir.

OH, LETHE…

Hola, gentecilla, ¿cómo va eso? Espero que bien, porque escribo esto un viernes por la noche y los viernes por la noche todo tiene que ser bien 😉. Todo bien… salvo que no tengo sueño. Así que aquí ando, y no sé si conseguiré que me entre el sueño o si, al tener que hacer el esfuerzo, ocurrirá justo lo contrario. Bueno, si me han dado las tantas cuando termine, os lo digo al final.

Esta entrada va a ser un poco especial. Un poco más íntima (que no personal) y más introspectiva que de costumbre. También va a ser, me parece, de las más largas, porque quiero intentar explicar algo que ha menudo me han preguntado y que suele ser objeto de especial curiosidad para las personas que, desde fuera, se asoman un poquito al mundo del BDSM. Y si me queda un poco pedante, os pido disculpas: ¡la culpa es del insomnio!

“Dame a beber el fluido que desintegra / y proporcióname el dulce bálsamo y la bendición / del olvido, vacío y fuerte / Leteo / Oh…Leteo!”

Haciendo memoria -sin tirar de agenda ni nada-, me he dado cuenta de que hace ya mucho tiempo, más de tres meses, que navego por las tibias aguas del Leteo, pero no me sumerjo ni bebo de ellas. No os asustéis por el ramalazo greco-pretencioso; no me he vuelto catedrático de Filología Clásica así, súbitamente (“canta, oh, musa, la cólera del pélida Aquiles”… y ya de paso haz la cena, etc.).

No adelantemos acontecimientos. Empecemos por el principio.

Hemos hablado varias veces del mundo BDSM y de su relación con las prácticas ABDL, que con carácter general se consideran englobadas en él. Sin embargo, nunca hemos dedicado una entrada completa a hablar de sexualidad BDSM y algún día -noche- tenía que ser el primero. Hoy es ese día.

A todos los que alguna vez hemos reconocido -o simplemente mencionado- que practicamos o hemos practicado BDSM nos han preguntado las mismas cosas: “¿Pero tú que sientes?”, “¿Pero cómo lo haces?”, “¿Pero cómo eres capaz de hacer daño a tu pareja?”, “¿No te da miedo? ¿No es peligroso?”. Etc, etc.

Para alguien que no haya tenido nunca nada que ver con el estilo de vida BDSM (que lo es; aunque hoy en día esté de moda llamar estilo de vida a cualquier cosa), asomarse un poquito a él puede ser, además de intimidante, engañoso. Por un lado está la ingente cantidad de parafernalia y de atrezzo que rodea con frecuencia al BDSM y, por otro, el acercamiento -aun a título meramente informativo- a alguna de sus prácticas más extremas puede causar una fuerte impresión que en poco o nada se corresponde con lo que el BDSM es. Al menos con lo que yo creo que es. Y como este es mi Skattergories, pues…

Estas personas poco informadas o sin experiencia caen en el mismo error -o cualquiera de sus variantes- a menudo: confundir continente con contenido y creer que el BDSM consiste en vestirse de formas estrafalarias y en hacer daño a otra persona. No seré yo, desde luego, quien critique o niegue el derecho de nadie a practicar el BDSM -o el macramé- como le dé la gana, siempre que lo haga de un modo consensuado, respetuoso y entre adultos responsables.  A lo que me refiero es a que bajo la mera superficie -lo que se ve- se revuelve y predomina algo muchísimo más importante -lo que se siente- donde no llega, literalmente, la luz del sol. Ni los prejuicios.

Vamos a intentarlo con una metáfora sencilla. Para una persona muy religiosa y con verdadera fe cristiana ¿qué es lo más importante de ir a misa? ¿Las retahílas? No creo. ¿Los trajes del domingo? Qué va. ¿El retablo con el Cristo ensangrentado? Imposible. ¿Las plegarias del cura? Difícilmente. ¿Los temazos tipo ”Señooooor, has venido a la orillaaaaaa”? Lo dudo, aunque cuando uno ha escuchado barritar a tantas feligresas como yo, no puede descartarse. Bromas aparte, lo que de veras cuenta es el significado. Algo más profundo y personal que no puede encapsularse ni mucho menos reducirse a un puñado de objetos, y cuya trascendencia, en realidad, no tiene nada que ver con lo físico, sino con lo mental y espiritual.

En el BDSM pasa exactamente lo mismo. Lo físico es meramente accesorio. La mente y el espíritu son lo que de veras cuenta. En pocas palabras: las máscaras, las ataduras, las cadenas, los collares, las jaulas… Todo eso importa una puta mierda. Es, en el mejor de los casos, pura anécdota. Pura accidentalidad.

El BDSM no va de dolor, sino de devoción. De liberación. De búsquedas. El BDSM es la última cruzada por reconquistar una tierra santa en donde ya solo quedan dos dioses: el dominante y el sumiso. ¿Creéis que el templo es solo para la dómina con tacones de aguja? ¿Que el sumiso arrodillado no irradia esa misma o incluso mayor divinidad? Craso error, queridos míos. Prescindid de cáscaras y de envoltorios, sean estos de látex, de pvc, cuero o vinilo. Arrojadlos al fuego y quedaos viendo cómo se consumen. Lo harán en unos pocos segundos. Lo que deja auténticas marcas no es el látigo, ni la pala, ni la fusta.

¿Y entonces qué se busca? ¿Qué es lo que tiene de tan maravilloso el BDSM?

Un estado mental. Un estado de intrincada felicidad que, por lo normal, los practicantes alcanzan en una sesión de BDSM y que en mi opinión está conectado con dos elementos: la exaltación de la vulnerabilidad, por un lado, y por otro, la fantasía de una entrega absoluta.

“Así, limpiado por una inundación de luz / aparezco, renovado y reforjado / acariciado por el dulce bálsamo y bendición / del olvido vacío y fuerte / Leteo”

Uno: hay una fuerza imparable en la vulnerabilidad, más imparable que el tránsito de los planetas, y que todos los practicantes del BDSM adoramos. Cuando nos sometemos, la exploramos, pero no hay en ello humillación alguna, sino exaltación. Es un modo de elevamos por encima de lo mundano -no queremos, no necesitamos ser fuertes ni invulnerables- convertidos en mejores versiones de nosotros mismos.

Dos: nos han enseñado a racionalizarlo todo. A medir, calibrar y ahorrar. Que el mundo son matemáticas. Química. Tú y luego los demás. Lo absoluto se nos ha vedado, o lo perdimos por el camino. ¿Eso se nos ha dicho? Quienes practicamos el BDSM nos negamos a aceptarlo. Perseguimos y abrazamos el absoluto con una avidez infinita en nosotros y en la otra persona. Nos olvidaremos hasta de nuestros nombres, nuestra entrega será más perfecta que la proporción áurea y al que no le guste, que le jodan. Así de claro.

Pero ese momento… ¿Cómo explicarlo? Nunca es exactamente igual y nunca es predecible. No avisa. No puede convocarse, ni atiende a ruegos ni órdenes, pero cuando los astros se alinean, acude. A veces es breve, como un relámpago: te invade, te fríe y se va. Y durante unos segundos, la mente y el espíritu se alinean y dejan de tirar cada uno de su extremo de la cuerda. Otras, en cambio, se extiende durante un tiempo indeterminado que parecen horas y horas de juegos en una de esas noches de verano de tu infancia. De promesas bajo la lluvia. De sublime plenitud.  

Y en ambos casos se produce algo así como un eclipse de vida. El Leteo. Lethe.  

Justo antes, durante y/o después de este estado (al cual mi pobre descripción no hace justicia en absoluto), el grado de excitación sexual puede variar, sin mayor problema, de bajo a extremo, de nimio a insoportable o al menos eso me ocurre a mí. Algunas personas pueden orgasmar sesionando y otras no, o lo hacen después en el aftercare. El orgasmo es solo la guinda del pastel y, como tal, ni siquiera forma parte del plato principal sino, como mucho, del postre. Y… bueno, hay gente que prefiere el salado al dulce, ¿no? 😉.

Nada que yo haya experimentado puede compararse a ese estado mental. O, al menos, nada que yo haya experimentado de forma natural. Tampoco las drogas: yo no las recomiendo. He probado unas cuantas y ni siquiera se le acercan. Es por ello que el BDSM puede llegar a ser tan adictivo para sus practicantes, creo. Tan atrayente. Y por lo que se lo considera algo más que un simple elenco de prácticas sexuales.

“Mantenme cerca / desenreda las estrellas / mientras cojo velocidad a través de los cielos / velocidad a través de la noche / pues tú eres mi hoja y mi soga / tú eres mi Leteo / lo eres todo”

A mí personalmente no me gusta la ropa fetichista clásica, ni prácticamente ninguna que no sean mis cositas ABDL. Tampoco soy especialmente fan de los látigos y las fustas. Nunca me ha atado nadie a una cruz de san Andrés. Casi ninguno (casi) de los adminículos asociados normalmente con el BDSM me atrae lo suficiente como para incorporarlo a mis juegos. Pero no creáis que en mi caso es diferente a los que van full equip. Yo también quiero darme un buen chapuzón. Y no solo eso: beber hasta hartarme de ese fluido que desintegra.

Es lo que tiene ser switch: alguien tiene que estar esperando en la barca mientras el otro se baña, resopla, bucea en el agua y emerge con los ojos enrojecidos, para decirle aquello tan bonito de: “Ven, ven, bebe. ¡Es estupendo!”. Alguien debe mantener el timón en su sitio y vigilar las corrientes. Bien está. Me ha tocado a mí los últimos meses.

Pero seguro que un día de estos, cuando menos lo piense, ella llegará a casa, me cubrirá de besos, me empujará al río y cuando yo consiga volver a cubierta me estará esperando con una provisión infinita de pañales, mimos, peluches, cosquillas y zapatillazos en el culo. Entonces a mí me aflorará una sonrisilla de bobo al careto, le diré: “¡Hola, seño!”, me pondré colorado y me arrojaré a sus brazos.

Mierda. Son casi las 3 de la mañana y sigo sin tener sueño.

En fin, amigos. Tendré que acostarme de todas maneras. ¡Buen fin de semana!

Lethe.

Oh, Lethe…

IL MESSAGIERO… ¿É IMPORTANTE? (I)

¡Hola, traviesillos! Espero que los inicios de 2023 os estén tratando bien. O mal, si lo preferís (cada cual tiene sus kinks; yo, desde luego, sí).

Han pasado prácticamente seis meses desde que iniciamos el blog y creo que, tras la encuesta que finalizó hace unas semanas, es un buen momento para hablaros un poco más de mí mismo. No porque yo sea un cerdo narcisista y ególatra, no. Simple y llanamente porque me lo habéis pedido. Y también, aunque en menor medida, porque ya va siendo hora de que sepáis quién está al teclado, en un 90% (y por el otro 10% Tumblr e internet XD), de Historias ABDL.  

Como tampoco quiero convertir esto en un diario -lo que sería muy aburrido- voy a intentar condensar toda la información más o menos relevante en este post y la información más centrada en el ABDL en otro, para así dejar el tema cerrado. Tampoco voy a subir una foto de mi DNI, y ya sabéis por qué: lo comentábamos aquí.

Yo soy este de la foto:

Vale, vale… Supongo que preferís que empiece de otro modo. En plan Historias ABDL, que para eso estamos aquí.

«¿Quieres que empecemos como en David Copperfield? Nací. Crecí…»

Nací hace algo más de 40 años (tampoco mucho más) en el norte de España, así que soy español, como podía haber sido cualquier otra cosa. No estoy ni orgulloso ni avergonzado de serlo, porque básicamente me da igual. No creo en nada parecido a patrias ni naciones.

Pertenezco a una familia muy, muy clásica: padre trabajador y madre ama de casa, con bastante tradición militar por línea paterna, y un tanto… farandulera por línea materna. Crecí durante los años 80 y 90 en un ambiente muy conservador, marcado por una fuerte religiosidad católica y con normas estrictas, a menudo incomprensibles para mí.

Mis padres fueron y son buenas personas, pero yo no tuve una infancia feliz. No hay que darle muchas vueltas. Simplemente no fui un niño feliz y ya está. Puede que muy al principio sí, pero recuerdo la época que va entre los 7 y 12 años con horror: aburrimiento, apatía, incomunicación, normas y más normas, malas caras, soledad… Me evadía de todo ello a través de la música y de los libros; no había mucho más. Así que, por si no lo sospechabais, sí: soy un ratón de biblioteca y además, melómano.

Lo peor fue la soledad. No es que no tuviera amigos, sino que mis amigos y yo no congeniábamos demasiado. Yo no era bueno jugando al fútbol ni nada de eso. Pero mi perfil no encaja del todo con el del chaval tímido que sufre bullying. En primer lugar porque siempre tuve mucho carácter (soy orgulloso como un demonio) y en segundo porque si con alguien me solía llevar bien era con los más gamberros. Con esta forma de ser, ya podéis imaginar que nunca he encajado en ningún sitio: demasiado empollón para unos y demasiado rebelde para otros.

Es posible que de pequeño sufriera algún tipo de trastorno psicológico, en mayor o menor medida. Puede que el menda fuera un poco autista, o índigo o vete tú a saber… También se habló mucho de una supuesta superdotación, ya que un estudiante tan brillante como yo fui hasta la universidad y sin ningún esfuerzo era algo que nadie se podía explicar. No sé si lo fui o lo soy. Pero si es así, puedo aseguraros que ser superdotado es una puta mierda. Pasad de esas chorradas, en serio.

Mi adolescencia, gracias a los videojuegos y los juegos de rol fue mucho mejor que mi infancia y la considero una de mis mejores etapas. No fue una adolescencia prototípica, ya que la mayor parte de las cosas que a los adolescentes les interesan a mí no me decían lo más mínimo. Ya sabéis: el sexo, las discotecas y todo eso. Tuve muchas oportunidades para tener una adolescencia más común y las rechacé todas. Eso, en aquella época, era comprar todas las papeletas para que te llamaran maricón/maricona y cosas peores, y así ocurriría hasta muy avanzados los años 2000 por las calles de mi pequeña ciudad natal. Más adelante, ya durante mi vida plenamente adulta descubrí que soy -a grandes rasgos- demisexual y gracias a ello pude explicarme parte de lo que sentía entonces. Pronto, también a petición vuestra en la encuesta, trataremos un poco más estos temas.

A los 18 años tuve una crisis religiosa y dejé de creer en dioses y cosas por el estilo. Y no lo digo con orgullo: ojalá creyese todavía. No soy ateo, ojo, sino más bien deísta.

La época de la universidad no fue tampoco buena, salvo por dos cosas: por mis pinitos en la industria de la música y por haber conocido en ella a una chica muy especial, con la que tuve desde el principio “una comprensión mística y profunda”. Justo a finales de esa época universitaria nos liamos, me mudé a la gran ciudad para estar con ella y aquí seguimos, 15 años después. Ella y el hijo que me dio hace unos años es lo único inequívocamente bueno que hay en mi vida.

Soy uno de esos tíos que trabajan en edificios grandes. Con traje, corbata y gemelos. Lo mismo soy economista, auditor, arquitecto, ingeniero o vete tú a saber. Uno de esos que se pasan la vida hablando en inglés, que utilizan palabras incomprensibles y que parecen tan poderosos y seguros de sí mismos. Cuando veáis alguno, no hagáis ni caso: es todo mentira. Pura fachada y teatro. Desconfiad de la gente que necesita deslumbraros; lo hace precisamente para que no podáis ver con claridad.  

Aunque pueda parecer una persona triste y apocada por todo esto que os he contado, tengo una personalidad muy independiente y un sentido del humor a prueba de terremotos. Río muchísimo y me paso el día diciendo chorradas, como estrategia de defensa contra el mundo que me rodea y que mayormente detesto. En el lado negativo, tengo tendencia a la melancolía, a soñar despierto y a enfrentarme con cualquier clase de poder que tenga delante, sea el que sea. Lo cual me ha granjeado, en mi vida personal y profesional, problemas de leves a muy serios.

¿Ha merecido la pena el viaje hasta ahora? Puede. Pero de eso hablaremos otro día, así como de mi propio historial ABDL.

En fin. Ahora ya me conocéis un poco mejor y os podéis ir a dormir la siesta. Con pañal, chupete y peluche. Como Ilúvatar manda.

Y ver si os levantáis sequitos por una vez, ¿eh?

Stephan

¡Feliz 2023!

¡¡FELIZ AÑO, MEONCETES!! Que vuestras más delirantes fantasías se hagan realidad. Que encontréis a vuestro mami, papi o whatever si no lo tenéis. Que riáis, améis y disfrutéis más que nunca.

PD: Iba a cambiarlo y a poner «Diapers» en vez de «Dragons», pero estoy demasiado borracho ahora mismo XD.

Stephan